El amante (Relato +16)

Creo que llevo tiempo sin compartir en el blog mis trabajos. Este es un relato que me quedó un tanto más extenso de lo habitual (mis relatos suelen ser cortos), pero igual lo publicaré tal cual en esta entrada, al igual que en PDF (para visualizar y descargar).
Título: El amante.
Sinopsis: Alana sabe que su madre siempre ha sido una mujer de muchos amantes, sin embargo, cuando sin querer la escucha desesperada, inquieta y temerosa durante una conversación telefónica —y tal vez por primera vez en su vida—, intuye que el amante de turno es especial.
Alana  deseará conocer al misterioso hombre que le ha arrebatado la seguridad a su madre, sin saber que el pasado de otros puede lastimar demasiado.
Advertencias: contenido adulto.

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O puedes leerlo en esta misma entrada.
De antemano, muchas gracias por su tiempo.
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El amante
Seiren Nemuri



Lunes

Llevaba el cabello amarrado en un moño justo en lo más alto de la cabeza. Lo tenía teñido; un mechón azul oscuro rozaba su frente. Movió la cabeza intentando apartarlo pero al no conseguirlo tuvo que usar las manos. Llevó ambas hasta su moño para desatarlo y volverlo amarrar con más cuidado. No tenía el cabello tan largo, y se podían apreciar las raíces rubias que se hacían camino entre tanto azul oscuro. Varios piercings adornaban sus orejas; eran pequeños la mayoría salvo por un pendiente largo que le rozaba el hombro izquierdo cada vez que se movía un poco más bruscamente entre trazo y trazo. Vestía una camiseta sin mangas color vino, y unos pantalones precariamente sujetos por un cinturón negro lleno de tachuelas. Todo él estaba manchado de pintura. Sus mejillas resaltaban más pálidas y sus labios más rojos a través de las salpicaduras de pintura blanca que se habían adherido a su rostro.
Lo primero que pensé al verlo fue que no era el tipo de mamá y que en definitiva me había equivocado.
Extraje la agenda de mi bolso para revisar la pequeña anotación que había hecho hacía tan solo dos días. No cabía duda de que ese era el lugar que me habían mencionado en la universidad.
¿Thomas Harper? Oh, no puedo darte la dirección de su casa, por razones obvias, ni su teléfono, por lo mismo. Pero no es un secreto que está asistiendo al profesor Greenwich en un mural que está pintando en conmemoración de los 75 años de la Biblioteca Central. Habrás pasado por ahí así que has de imaginar de lo que hablo.
Ignoré el tono patéticamente complaciente de la secretaria y si asentí no fue para darles las gracias sino porque esa fue la primera información que me resultó extraña. Mamá odiaba a los artistas: escritores, pintores, músicos, actores. Los detestaba. Probablemente se trataba de una especie de proyección de sus sueños frustrados que rápidamente terminó convertida en odio. Fuera como fuera, y aunque en ese momento dudé sobre esa posible relación, decidí echar una miradita antes de desistir por completo. Cuando por fin lo vi, sin embargo, ya no supe qué pensar.
Volví a levantar la vista en un vago intento por sopesar las posibilidades tan solo tomando en cuenta la apariencia física del muchacho. ¿Muchacho? Bueno, joven era, pero mayor que yo, y por cuatro años. Apenas cuatro años. Mamá iba de mal en peor. Tener como amante a un chico de veintidós podría sonar interesante, pero mamá no solía escogerlos tan jóvenes... Ni tan pobres. Mucho menos con tan pocas perspectivas futuras. ¿Un pintor? No, nunca. No podía sacármelo de la cabeza. Era imposible.
Mi presencia le era completamente ajena. Lo miraba con intensidad, con una curiosidad casi perversa alimentada por intenciones que rozaban el chantaje. No es que me importara que mi madre tuviera amantes, únicamente me interesaba este en particular por la meticulosidad con la que escondía su existencia. Nunca había sido tan cuidadosa, ¿por qué él era diferente?
Volví a centrar la atención en la agenda. En medio de las páginas había varios papeles doblados, copias en su mayoría. Desdoblé uno y revisé la fotografía en la parte superior derecha. No llevaba el cabello azul, sino rubio, y aunque mostraba las orejas perforadas, apenas podía compararse con todo lo que cargaba ahora. La fotografía era de cuando tenía dieciséis, y el documento lo había obtenido chantajeando a una de las secretarías de su alma mater. A punto de egresar de la facultad de Artes, parecía que a diferencia de otros, ya vivía de lo que le apasionaba o al menos se esforzaba porque así fuera. Toda la demás información, por desgracia, estaba desactualizada.
Retiré la vista del papel, lo doblé y lo regresé a la agenda, la cual rápidamente devolví al bolso. Revisé la hora en mi reloj: faltaba poco para las cuatro de la tarde. Medio me acomodé la ropa y me pellizqué las mejillas. Torpemente comencé a caminar hacia Thomas. Aunque había planificado presentarme como una joven tímida, la verdad es que la timidez que experimentaba en ese momento era real.
—¿Disculpa?
Me ignoró, y como no supe si fue por su grado de concentración o porque ignorar era lo suyo, decidí intentarlos una vez más.
—¡Disculpa!
—¿Dime? —dijo, y lo hizo de forma cortante, alzando una ceja casi con desprecio. No dejé que su reacción me afectara, así que continúe.
—Me preguntaba si las fotografías están permitidas —le dije.
—Haz como los demás: tómala y ya —respondió. En ese momento una gota de pintura cayó sobre el plástico que protegía la acera. El plop que provocó al impactarse hizo que me distrajera un momento.
—Quiero una foto de la obra, no del pintor —aclaré. Thomas volvió a alzar una ceja y luego ladeó una sonrisa sarcástica en su silencio.
—Entonces regresa cuando esté terminada —dijo.
—Por eso los pintores resultan tan insufribles —comenté. De pronto sentí que comprendía más a mi madre—. No lo hago por interés personal, formo parte del periódico de la universidad T. Colaboro como fotógrafa. Ya vas captando por donde va la cosa, ¿verdad?
—Nadie me dijo nada.
—Pues no es un secreto que el señor Greenwich es algo despistado —continúe—. Mira, el artículo intenta plantear un antes y un después. Irá adornado de una secuencia de fotografías y el concepto que tengo planeado necesita precisamente esta luz —dije, señalando hacia arriba—. Así que disculpa la interrupción pero en serio necesito comenzar con esto. Lo quieras o no me verás aquí hasta que termines.
No había mentido del todo, ese año había ingresado en la facultad de periodismo; obviamente era demasiado pronto para optar a un puesto en el periódico pero como él no tenía manera, esperaba, de descubrirlo, dije que así era. El artículo de todas formas tampoco era mentira, así que si decidía corroborar la información se encontraría con lo mismo que ya le había dicho. Únicamente me la había jugado con mi rol de fotógrafa. No tenía idea de qué tanto sabía él sobre el tema. Una torpeza de mi parte podía arruinarlo todo.
—¡Perfecto! —renegó. Colocó el pincel entre sus dientes para luego enterrar los dedos en su cabello. Con un último suspiro descendió de la escalerilla  dejando todo arriba tal y como estaba, paleta incluida. Ya teniéndolo abajo, noté que era un poco más alto que yo, y no tan delgado como había estimado.
—Soy Alana —me presenté.
—Thomas —sonrió, para luego extender la mano, la cual tomé aunque la pintura seguía fresca en su piel—. Un placer —agregó. Rápidamente se alejó aunque sólo por un momento, al tiempo regresó con un cigarrillo entre los labios. Se sentó en la acera, y guardó silencio.
Sin esperar más extraje la cámara fotográfica de su estuche. Estaba nerviosa. Thomas parecía ido en su mundo; el humo del cigarrillo se escapaba de sus labios con prisa, el olor era penetrante y francamente ofensivo y casi podía sentir como si me acariciara la nuca, incitándome. Agité la cabeza y me puse manos a la obra. Enfocaba con la cámara fingiendo una profesionalidad que no tenía en mí. Aparte, sin duda estaba más interesada en él; la velocidad con que fumaba, y en esa postura casi infantil en la que yacía sentado. Vi entonces cómo tiró la colilla al suelo para pisotearla, todo sin ponerse de pie. Luego soltó su cabello para volver a atarlo. Se mordió los labios, seguramente echando de falta el cigarrillo, y se recostó. El plástico que revestía la acera se quejó. Thomas fijó su vista en algo, no supe en qué.
—No pasan muchas personas por aquí, ¿verdad? —comenté. Mis palabras quedaron en el aire un par de minutos hasta que él por fin se hizo con ellas.
—Y no es sólo por el mural —respondió, ausente—. Generalmente pocos pasan por aquí. Já —rió sarcástico—, de no ser así el maldito de Greenwich jamás me habría encargado este estúpido mural.
Bajé la cámara a la altura de mi cintura y lo quedé viendo. A pesar de su aspecto desordenado, era atractivo, más que atractivo sin duda, precisamente del tipo de mi madre, en apariencia al menos. Suspiré. A pesar de que ahora la posibilidad me resultaba más creíble, no podía imaginar a ese joven con una amante mayor. Con una muy rica amante mayor que para colmo detestaba a los artistas. Él no la soportaría. A menos que estuviera haciéndolo por lo mismo que parecía soportar al señor Greenwich.
Volví a lo mío.
No tenía ni la menor idea de cómo funcionaba la creación de murales. ¿No tendrían que bosquejar primero sobre la pared? Un primer intento, ¿tal vez?, para visualizar el probable trabajo terminado. No lo sabía. La mayoría de la pared seguía en blanco, salvo por la sección en la que encontré a Thomas antes de interrumpirlo. Los colores eran fuertes, difuminados en ciertas secciones, cortados abruptamente en otras. Por más que intenté no conseguí darle forma a aquello, pero incluso así sentí que era algo imponente. Sólo le aprecié, de la misma forma en que de pronto sentí que Thomas no era un mal chico, al menos no del todo, sólo estaba frustrado, y tal vez muy decepcionado del rumbo que había tomado su vida. Y si de verdad había decidido soportar a mi madre como una especie de inversión, no lo culpaba.
Cuando terminé de fingir que tomaba fotografías con seriedad, me acerqué a él. Me senté justo a su lado. El plástico estaba ligeramente caliente, así que volví a ponerme de pie para colocar el bolso y sentarme sobre él.
—¿Tienes todavía? —pregunté, tendiéndole la mano.
—Intento dejarlo, ¿sabes?
—Y una mierda —sonreí.
Entonces sacó una cajetilla bastante maltratada de sus bolsillos, extrajo dos cigarrillos y antes de tenderme el mío colocó el suyo entre sus labios. Enseguida lo encendió, con un encendedor barato y bastante sucio, y después de darle la primera calada, lo retiró de su boca.
Me humedecí los labios cuando se inclinó hacia mí, él mordía los suyos, esa ausencia otra vez, la ausencia del hábito y la lucha por deshacerse de él. Abrí la boca ligeramente y permití que dejara el cigarrillo ahí. Cuando yo le di la primera calada, él deshizo el segundo cigarrillo, sin encender, y lo tiró al suelo. Estrujó la cajetilla aun en su bolsillo y cerró los ojos, disfrutando el humo que yo dejaba escapar.
Hablamos hasta que se nos secó la garganta. Pensé que sería fácil llegar a conocerlo.

Martes

La tarde siguiente lo encontré de mejor humor. En el aire pendía el ligero aroma del tabaco barato, pero cuando me acerqué a Thomas para saludarlo supe que no provenía de él. Algún travieso transeúnte seguramente había acortado camino por ahí, dejando detrás el leve recordatorio de eso que Thomas quería olvidar.
Thomas me vio y no esperó que yo le pidiera permiso. Descendió de la escalerilla y se retiró tanto como pudo; esta vez no se sentó en la acera, simplemente se dedicó a deambular a mi alrededor, interesado.
Aunque no era más que una fachada, me alegré al notar que las fotografías me habían quedado mejor que la tarde anterior, tal vez se debiera a que ahora me encontraba muchísimo menos nerviosa. Thomas me dio la razón, asintiendo con calma, casi rozándome el hombro derecho mientras lo hacía. La pantalla de la cámara era grande y tenía una resolución preciosa, y él se quedó atrapado en ella. ¿Qué mejor que una fotografía para ver con otros ojos tu propio trabajo? Permaneció un tanto taciturno después de esto, y por último, agregó.
—¿Eres novata?
—Apenas comienzo. Y esta asignación…
—Estamos en las mismas —concluyó él con una sonrisa.
Pude ver por qué. Thomas no estaba feliz con su asignación ya que sabía que lo habían elegido a él porque no era importante. Y no sólo eso, también le habían mandado a una inepta fotógrafa para documentar ese trabajo, que de otro modo, habría sido totalmente ignorado. Una mediocre para un mediocre. Excelente.
—Es que en el periódico están saturados —intenté defenderme.
—No tiene importancia. Es mejor así.
Me quitó la cámara de las manos y la sopesó con cierto aire experto. Jugó con la lente amenazando con enfocarla en mi cuerpo, pero sin perder más tiempo la desvió hacia la pared. El disparador repicó casi en silencio, una, dos, tres veces. Fijó su mirada en la pantalla y sonrió. Tal y como él lo había hecho, me acerqué. Sus fotografías presentaban un acabado superior a las mías, pero igual no parecían profesionales.
—Tremendo maquinón —comentó regresándome el aparato—. Pero de nada sirve si no se sabe lo que se hace.
Asentí. Me conmovía la naturalidad con la que me trataba. De un día para otro parecía que mucho había cambiado, aunque no era el caso, por supuesto. No había razón para ello.
Intenté imitarlo. Sentí el peso de la cámara en mis manos, el lujoso material, y ese pequeño y simple botón ideado para encapsular la realidad con tan aparente facilidad. La llevé hasta mi rostro, y vi a través de ella: Thomas estaba del otro lado. Algo había visto en las fotografías, pensé, dado que con aire meditabundo observaba el mural inacabado. Llevaba el cabello amarrado, varios mechones azulados vagaban libres y despeinados, pero más que desarreglado, le otorgaban cierta naturalidad, cierta espontaneidad. Tenía un tatuaje en la nuca, noté, justo debajo del nacimiento del cabello. Era en blanco y negro, nada complejo. Modulé la lente para conseguir un acercamiento, y sin pensarlo dos veces tomé la fotografía. Se trataba de una llave de aspecto antiguo. Si el tatuador hubiera realizado un trabajo más detallado, seguro parecería una llave vieja y oxidada. O al menos esa intención intuí.
—¿A qué hora terminas? —pregunté de la nada. Mantenía la cámara en la misma posición, así, cuando Thomas se volteó, no se me dificultó tomarle una fotografía. El resultado fue su rostro serio en un estado tan crudo que por un segundo consiguió erizarme la piel.
Thomas se limitó a sonreír, y entonces contestó:
—Ahora mismo si quiero.
—Estupendo —dije—. ¿Te gustaría acompañarme?
Ayudé a que guardara todo y colocara la cinta protectora. «Trabajo en proceso. No tocar» decía el último cartelito que colocamos.
—Menuda mierda —masculló Thomas, mirando la advertencia—. Esta misma mañana me tocó retocarlo.
Antes de tomar sus pertenencias se acomodó el cabello. Pensé que sacaría un cigarrillo de su bolsa, pero no fue así. La costumbre parecía haberlo traicionado.
No había llegado esa tarde con la intención de invitarlo a salir, pero ya puesta ahí, no se me ocurrió otra cosa. No podía preguntarle de buenas a primeras si sus preferencias sexuales incluían a millonarias maduras, no venía a cuento. Pero pensé que, entre más tiempo pasara con él, más fácil se me haría reconocer la presencia de mamá en su vida. Con un poco de suerte ésta lo llamaría cuando él se encontrara conmigo y yo tendría la prueba definitiva. A partir de ahí sólo necesitaría indagar un poco más, y ya teniendo la información necesaria yo podría…
No me interesaba más nada que descubrir por qué mamá lo protegía tanto. Después de eso todo lo demás saldría sobrando. Quizá un poco de dinero no me vendría mal, aunque falta no me hacía. Era la curiosidad, la más cruda e insaciable curiosidad en una situación que de misteriosa tenía bien poco y que probablemente sólo era producto de la monotonía.
Regresé a la mesa con dos cervezas en la mano. Le tendí una.
Era temprano todavía y el local estaba casi desierto. Una música, suave y lenta pero por lo demás inentendible, sonaba en el fondo. Thomas estaba concentrado en las pinturas que revestían las paredes del lugar, y en los bocetos firmados que descansaban sobre el bar y entre las botellas de alcohol. Uno en particular llamó poderosamente su atención:
—Tiene un trazo fuerte —comentó. Se empinó la cerveza, dio un trago prolongado, y luego continuó—, me gusta. Pero nota cómo difumina los contornos. Delicadeza y fortaleza. El artista estaba enamorado de esa mujer. Pero la mujer era demasiado libre para amarlo sólo a él.
Yo le estaba dando la espalda al boceto en cuestión así que tuve que voltearme. Sobra decir que no vi nada de lo que Thomas mencionó,  y mi ignorancia me hizo dudar de sus palabras, pensando que de alguna manera intentaba ponerme a prueba. O impresionarme. En ambos casos falló miserablemente; en el primero, al no responderle; y en el segundo, porque más me pasó por un idiota pretencioso. Ni siquiera le pedí que me explicara con más detalles cómo había llegado a esa conclusión.
—Desconocía la existencia de este lugar —dijo a continuación al notar que no despertaba ninguna reacción en mí.
Lo tomé como una oportunidad, así que dije:
—Sólo en lugares como estos estoy a salvo de mi madre. Detesta todo lo que tiene que ver con el arte.
—De ahí tu ignorancia —me interrumpió.
—Y de ahí mi rebeldía también —dije—. No creo que los artistas sean personas con una perspectiva superior. La mayoría me pasa simplemente por idiotas pretenciosos que necesitan una tan sola razón para sentirse superior a los demás.
—¿Y por eso los buscas?
—No se necesita ser psicólogo para descubrir que disfruto todo lo que le lleve la contraria a mi madre. Llámame enferma, pero es lo que hay.
—¿No que te molestan las personas que se creen especiales? Todos atravesamos esa etapa, créeme. Mi abuela era profesora de matemáticas, y yo la detestaba tanto que me alejé de todo eso. Y esto que ves aquí —dijo, levantando la cerveza como si intentara iniciar un brindis— es lo que hay.
Choqué mi envase contra el suyo, y luego de beberlo de un solo trago, sonreí.
—¿Y por qué tu abuela?
—¿Y por qué tu madre? —respondió.
Nos quedamos viendo un segundo; un interminable segundo que me elevó la respiración y puso a transpirar mi piel. Ahí estaba él, el amante de mi madre. Generalmente escogía puros idiotas con dinero (no se permitiría bajar de nivel) y aunque Thomas seguía pareciéndome idiota y pretencioso era a la vez tan diferente a todos los que había conocido que la curiosidad que inicialmente había sentido comenzó a desviarse por otros caminos que no debía permitirle transitar. Me aferré a este pensamiento y antes de que nuestras miradas comenzaran a significar otra cosa, me levanté de la mesa para ir por otras dos cervezas.
Al regresar, sin embargo, decidí sentarme más cerca de él. Quería saber de qué manera observaba las pinturas y bocetos que nos rodeaban. Fingir interés tal vez haría que me tuviera un poco más confianza.
—¿Y qué hay de aquella de allá? —le pregunté mientras señalaba el boceto de una mujer algo mayor pero con un cuerpo que de alguna manera desentonaba. Me llamó la atención no sólo por esto, sino también porque no me pareció tan íntima como la que me había señalado Thomas al inicio.
—¿Nos podemos acercar?
Nos levantamos de la mesa. El boceto en cuestión descansaba en un portarretrato de madera que ya apestaba a cigarrillos viejos. Thomas se inclinó un poco para apreciarla mejor, luego de unos minutos, me rodeó la cintura con un brazo y me instó a hacer lo mismo.
—Este trabajo es viejo —comentó—. El artista estaba verde todavía. Cuando dibujó esto no tenía dominio de la técnica, pero sin duda prometía. ¿Ves aquí? —señaló—. No hay constancia en su trazo. Y su técnica de sombreado es algo pobre. Pero en general es un trabajo bastante bien logrado. El de un joven prodigio, un niño, tal vez, sin ir más lejos.
—El hijo de la dueña de este bar —dijo alguien detrás del mostrador. Era Sararí, la dueña del bar, una mujer entrada en años pero hermosa incluso a su edad—. Cuando tenía ocho años. No fue su primer trabajo, pero tiene razón, apenas comenzaba a perfeccionarse. Era mi esposo —confesó—. Y esta es su madre.  Bueno, era, también —rectificó—. Nana, no sabía que tenías amigos artistas. De los de verdad —dijo, al tiempo que me guiñaba el ojo.
—Ha sido una coincidencia conocerlo.
—Como sea, querida, sólo tráelo cada vez que quieras. Es bueno conocer gente que sabe apreciar —gesticuló haciendo referencia a todo el lugar— esto.
Sararí se retiró, y fue hasta ese momento que fui consciente de que al brazo de Thomas seguía rodeándome la cintura.
—Es un curioso fenómeno —susurró casi en mi oreja—. Tengo un excelente ojo para el arte, pero por desgracia mis manos no le hacen juego. Por lo demás, soy ingenuo, casi un tonto, y nunca me daría cuenta si alguien simplemente me está utilizando o engañando.
Se me erizó la piel; me sentí atrapada allí, entre sus brazos, entre su aliento alcoholizado  y sus palabras demasiado directas para ser ignoradas. Pero no intenté alejarme, en su lugar cambié el peso de mi cuerpo de un pie al otro, hasta terminar bastante más cerca de él. Tenía los brazos fuertes y el abdomen, aunque no marcado, firme. Olía a pintura todo él, a pintura, a sol y a sudor. Terminé mordiéndome los labios con más fuerza de la necesaria. Él me miró, casi regañándome, para luego acariciarlos. Por un segundo creí que iba a besarme, pero no fue así. Muy lentamente me liberó, dejando en su lugar una desconcertante ausencia que toda la noche intenté sobrellevar con tabaco y alcohol.  

Miércoles

El griterío constante de mis padres hizo que despertara más temprano de lo habitual. Me dolía la cabeza y sentía la garganta irritada. El resto de la noche la habíamos pasado entre alcohol y conversaciones tontas, y ahora me pesaba. Demasiado. A rastras llegué al baño, me lavé los dientes y la cara, y luego me quedé viendo en el espejo. Una ligera marca resaltaba en mi piel. Al final Thomas sí me besó, pero no en los labios.
Acaricié la marca y sonreí. Definitivamente era algo nuevo, y no tan íntimo, me dije, recordando el momento de la noche en que sus labios se adhirieron a mi cuello, secos y delicados. Ni siquiera alcancé a sentir su lengua, sólo el calor, el aliento a alcohol, y esa enredada mata de cabello azul oscuro. Una aventura. Quizá podría permitírmelo. La perspectiva más que excitante me resultaba perversa. No había sido mi intención inicial, pero ahora…
Dejé el pensamiento en el aire cuando escuché un ruido fuerte que parecía provenir de la primera planta, aventuré que quizá del comedor. Me enfundé la bata y descalza bajé los escalones de dos en dos. Antes de llegar, sin embargo, me detuve. Mis padres seguían discutiendo.
—No sé a qué viene todo esto, ¡no sé de qué demonios me estás hablando! —gritó mi padre.
—No lo he buscado, ¡por qué lo haría! Hasta el momento estaba cumpliendo mi parte a la perfección.
—Mintiéndonos a todos.
—Esto no es una mentira —gritó mamá—. Sólo… sólo es… Me encargué de eso en su momento de la manera que me pareció adecuada. De haber sido mi culpa no te lo habría comentado. Sólo quería que lo supieras para evitar…
—¡¿Todo esto?! —exclamó—. Ya es demasiado tarde, Johanna.
—¿Qué quieres decir? —masculló mi madre, ahogando un sollozo—. ¿Divorcio?
—¡Por supuesto que no! —respondió papá—. Sólo no me pidas más dinero, ya no pienso formar parte de todo esto. No es mi asunto, mucho menos el de Alana. Resuélvelo como mejor te plazca, sólo no nos hagas partícipe de tus errores.
—Así lo haré, querido —sollozó corriendo a sus brazos—. Así lo haré, lo prometo. Todo volverá  a la normalidad.
—De paso deshazte de esos otros amantes que tienes. ¿No te parece que ya están demasiado gastados también? ¿O es que te gusta esconder niños en el clóset?
—¿Y qué hay de tu universitaria? —mencionó ahora mi madre con malicia.
Un prolongado escalofrío se apoderó de mi cuerpo. ¿A qué estaban jugando esos dos? ¿Se excitaban mutuamente hablando de sus conquistas? No me interesó. Con la misma meticulosidad con la que me había acercado, me retiré. Papá se había enterado de lo de Thomas pero, ¿por qué le interesaba ese amante en particular y no todos los demás? ¿Porque era pobre y podría llegar a chantajearlos? Esta razón me resultó de lo más estúpida, y sin embargo, no pude descartarla por completo.

Cuando me reuní con Thomas más tarde, mi ánimo seguía por los suelos. Por un segundo quise mandarlo todo por el caño y preguntarle directamente cuál era su relación con mi madre, por qué él era tan especial entre el sinnúmero de amantes que había tenido a lo largo de su vida. Obviamente no lo hice, y fingiendo un interés que no sentía, comencé a fotografiar como de rutina, mientras él me miraba desde cerca, tal vez también fingiendo que no le importaba mi presencia.
—Dame aquí —me dijo al notarme tan poco animada. Comenzó a hacer mi supuesto trabajo en mi lugar, y a la media hora lo dio todo por concluido—. ¿Resaca?
—¡Cómo lo desearía! —respondí con media sonrisa.
Se había hecho más tarde de lo habitual. La calle ya casi estaba oscura y fresca, y nosotros dos continuábamos ahí, casi recostados sobre el plástico pringado de pintura seca.
El mural seguía sin tener una forma clara. Lo miraba directamente, o a través de la fotografías, y todavía no entendía del todo el concepto. Los tonos rojos eran impresionantes, casi vivos, había una intensidad en las distintas tonalidades, una furia podría decirse, como una extensión de la frustración que Thomas parecía experimentar. Ese mural era un infierno, uno enorme y poco definido, pero claro igual, caliente y esclavizante; intenso no sólo por sus colores sino también por lo que provocaba al verlo. No podía estar segura de nada de esto, claro, pero al menos era lo que me hacía sentir. Dejaba que mi sensibilidad contrarrestara mi ignorancia de alguna u otra manera, y así me convencí.
—¿Tienes algún otro proyecto después de este? —pregunté, todavía ida en mis pensamientos. Pudiera ser que, incluso concluido mi contacto con él, yo quisiera seguirle la pista a su trabajo.
—Ninguno —suspiró.
La noche nos cayó encima en esa calle poco transitada. Sentí miedo y calma a la vez. A lo lejos se escuchaba el murmullo del tráfico y de las personas cansadas que arrastraban sus piernas hasta sus hogares. Algo similar evoca el mural de Thomas, me dije. Y aunque quise verlo otra vez, ya no pude; la oscuridad me lo negó.
Thomas jugaba con un cigarrillo encendido. La lucecita roja resaltaba en la penumbra, y desaparecía únicamente cuando algún auto hacía vía por esa solitaria carretera. Entonces extrañamente comenzaron a pasar, uno tras otro, casi rozándonos los pies. Thomas tiró al cigarrillo al suelo, y a los pocos segundos se levantó para pisotearlo. Se metió la mano en el bolsillo, por costumbre, sólo para después rechinar los dientes. Comenzó a recoger todas sus cosas. Esta vez no le ayudé. Estaba más pendiente de la luces de los autos que bañaban su silueta. Enfrascada en mis pensamientos, me volví a perder.
Estaba casi convencida de que no nos resultaba agradable la compañía del otro, y sin embargo, ya parecía haberse convertido en una costumbre soportarnos en silencio. Podía notar que yo no despertaba el más mínimo interés en Thomas, o tal vez se debiera a su carácter aparentemente reservado por naturaleza el que así me lo pareciera. Yo, por otro lado, siempre perdía mi propósito en su presencia. Olvidaba a mi madre por ratos, y la relación que, intuía, ambos compartían.
Nunca estuve tan equivocada en toda mi vida.
Ya casi eran las nueve cuando llegamos al bar de Sararí. Apenas miércoles, así que no estaba muy lleno, y no obstante, aprecié más gente que el día anterior. Al acercarnos al mostrador Sararí nos aproximó dos cervezas y una hermosa sonrisa que de inmediato supe no me pertenecía. Tomé mi cerveza, cogí la cajetilla de mentolados de mi bolso al tiempo que el encendedor, y me fue a internar en uno de los taburetes de la esquina. Thomas se quedó con ella. No llegué a escuchar su conversación.
Sararí parecía encantada. El rostro se le había iluminado por las constantes atenciones de Thomas y se reclinaba sobre el mostrador con cierta coquetería. Encontré la escena divertida, incluso vivificante. Noté autenticidad en las atenciones de Thomas, y sus comentarios sin duda debían ser muy acertados puesto que Sararí reaccionaba a ellos con una jovialidad envidiable. De golpe pareció perder treinta años. Sararí más tarde me diría que Thomas le recordaba a su difunto esposo, aunque sus manos no fueran tan buenas.
Varios minutos después el deber llamó a la mujer, y ya privado de sus atenciones, a Thomas no le quedó de otra que buscar mi compañía. Cuando noté que se me acercaba deshice el cigarro en el cenicero y tomé un largo sorbo de cerveza aunque ya no estaba todo lo fría que debería. Acercó un taburete y se sentó a mi lado, rodeándome la cintura de manera imprevista pero no por esto poco bienvenida.
—Tienes una amiga encantadora —sonrió Thomas al tiempo que se inclinaba y me besaba el cuello.
—Y más que eso, según las malas lenguas —comenté—. No pareces del tipo al que le importe.
—¿La edad? —inquirió.
—Entre otras cosas, sí —asentí—. ¿Me equivoco?
—Muy poco —respondió. Entonces, después de pasar un trago de cerveza, se abalanzó sobre mí con una delicadeza que desapareció cuando sus labios hicieron contacto con los míos.
El beso fue profundo, voraz, hizo que por un segundo perdiera el equilibrio y me sintiera desorientada. Ni siquiera me quedó tiempo ni espacio para recordarme de que se trataba de uno de los amantes de mi madre, aunque sospecho que, de haberlo tenido presente, igual no me habría importado. Era demasiado poco lo que había compartido con Thomas, y sin embargo, ya casi comprendía del todo —o al menos eso pensaba— por qué mi madre lo había enterrado en ese secretismo del que sólo gozaban sus predilectos. A medio beso recordé la discusión de esa mañana y me pregunté qué pasaría con Thomas ahora que su existencia y lo que significaba en la vida de mi madre ya no era un misterio. ¿Qué haría? Poco importaba ahora, recalqué. Mientras el beso continuaba, enterré los dedos en su cabello enredado y seco, en ese azul profundo que se tornaba negro en la penumbra y al que ahora las luces rojas del bar le arrancaban destellos púrpuras.
Nos separamos. Sentí como si hubiera cometido la peor de las atrocidades, aunque no era el caso, no podía serlo, traté de convencerme; no cuando yo era libre, cuando era mi madre quien faltaba a sus deberes, cuando mi padre la dejaba para él hacer lo mismo, mientras yo me encontraba en medio de ese jueguito de hipocresías bien disimuladas. Me mordí los labios con fuerza, para pronto retomar el beso con toda la intensidad que sólo la perversión puede provocar.
Me rodeó y me apretó tanto como sus brazos se lo permitieron. Sentí que me rompía, o al menos, que podría llegar a romperme. Quise liberarme, pues me lastimaba, pero Thomas insistía, embriagado, pero no por el alcohol, sino por las intenciones que desde el inicio había guardado para mí y que yo ya muy tarde descubrí.
—Ven conmigo esta noche —susurró cerca de mis labios.
—No puedo —respondí igual de quedo.
Humedeció sus labios y luego tomó su cerveza hasta acabarla de golpe. Se separó un poco y gesticuló hacia Sararí para que le trajera otra. Noté a continuación que Sararí nos miraba, cómplice, con una enorme sonrisa en su rostro. Cuando llegó con las dos cervezas, me indicó que me acercara a ella, entonces, en uno de  esos juegos de susurros y secretos, me dijo:
—Sabes que tengo una habitación allá atrás que no me molestaría que usaran.
Le di las gracias para luego fijar mi mirada en Thomas.
No puedo, es el amante de mi madre, me obligué a recordar. Aunque no sé si lo hice para incitarme o censurarme.
Sentí un ligero malestar estomacal. No, de ligero muy poco. Me excusé para ir al baño, y ya ahí me hinqué frente al retrete para vomitar lo poco que había bebido esa noche.

Jueves

Estaba a punto de bordear la última esquina cuando me percaté de que un auto estaba aparcado justo enfrente del mural de Thomas. Sin pensarlo dos veces, retrocedí. Intuí rápidamente que se trataba del señor Greenwich y no me convenía que me mirara.
Permanecí oculta aproximadamente unos quince minutos. Y cuando el auto por fin se alejó, decidí que era mejor que matara al menos otros diez más, así podría acercarme a Thomas con la excusa de que se me había hecho tarde; con algo de suerte el tiempo transcurrido entre ambos sucesos no levantaría ninguna sospecha.
Así lo hice. Cuando vi a Thomas, sin embargo, no pude leer su rostro. Parecía enojado, pero apenas a medias; un poco frustrado, sin duda, pero era algo común en él; por lo demás, perdido, ausente, como si se tratara de otra persona. Lo saludé, pero me ignoró, cosa que había esperado. Estaba totalmente concentrado en su trabajo, analizando, tal vez, la crítica que acababa de recibir de su supervisor.
Me dediqué a sacar un par de fotografías, pero nada resultó de mi agrado. Sólo lo hice para mantener las apariencias, y una vez terminada la sesión me fui a sentar en el lugar de siempre. Extraje la cajetilla de mentolados, me llevé un cigarrillo a los labios y lo encendí. La primera calada me supo bien, aun con el calor que nos bañaba y que incluso se reflejaba en el asfalto de la carretera. Todavía sentía el estómago pesado.
—Préstame la cámara —me pidió Thomas, plantándose de repente frente a mí. La saqué del estuche y se la tendí—. Gracias.
Ahora aparentaba estar mucho más perdido. El flash de la cámara se fue acentuando a medida el sol se escondía, hasta resultar ofensivo. ¿Para qué activarlo en primer lugar? Desvariaba. Thomas estaba sumergido en su mundo de luces y colores. Se movía de un lado a otro embriagado tal vez por su propio mal humor. Las finas líneas que distorsionaban lo que debía ser una sonrisa resultaban perturbadoras, una expresión que encontré de lo más novedosa, pero no lo suficientemente interesante como para seguir prestándole atención. Decidí entonces ignorarlo y fijarme en su trabajo.
El mural daba mucho más miedo a esa hora porque todas las tonalidades rojas parecían intensificarse con esos últimos rayos del sol, para luego oscurecerse de golpe, creando la ilusión de que has estado en el mismísimo infierno y que, apenas después de un parpadeo, has perdido por completo la capacidad para distinguir si sigues ahí o si has conseguido escapar. Intuí una especie de calma, porque, pese a las fuertes tonalidades, se podía apreciar una serenidad que de alguna manera parecía desentonar. Dejaba escapar una sensación de conformismo, un «somos nuestro propio infierno» a la vez original a la vez muy típico.   
¿Qué tanto había de Thomas ahí plasmado? Comencé a temer que demasiado, aunque nunca se me ocurrió que esas llamas pudieran alcanzarme a mí también.
Hubiera seguido observando el trabajo de Thomas si él no hubiera comenzado a correr por toda la calle, perdido, distrayéndome.
—¡¿Qué pasó?! —le pregunté a gritos al notar que no parecía querer detenerse.
Me ignoró y con esto comencé a perder la paciencia. Artistas. Nunca eran capaces de tomar bien una crítica. Eran tan volátiles la mayoría del tiempo… Extraje otro cigarrillo de mi bolso y cuando estuve a punto de encenderlo Thomas extinguió la llama del encendedor con un soplido. A continuación, la luz del flash de la cámara consiguió cegarme demasiado repentinamente como para reaccionar bien.
—¡Qué demo…! —exclamé, poniéndome de pie de un salto.
Entonces tuve que soportar otro flash, y otro. Thomas reía, desquiciado, y aunque lo perseguía, fácilmente me esquivaba. La luz del flash de la cámara fotográfica parecía rebotar en las paredes, en el suelo, incluso en mi ropa y mis ojos. El resultado fue una persecución un tanto psicodélica, por poco demencial, con mis quejas por un lado y su risa forzada por el otro; el sudor, el cansancio, y al final, mis suspiros, su risa casi muerta y la mirada perdida.
Terminé desistiendo y, temerosa sin razón, tomé mis cosas y comencé a alejarme de él.
—¡Alana! —gritó.
Lo ignoré.
Enseguida me alcanzó, me jaló de la camisa y me acercó al mural, a una sección que estaba todavía sin pintar.
—¿Qué demonios te pasa? —le pregunté. Enterró sus labios en mi cuello y suspiró—. ¿Thomas?
—Hoy no necesito alcohol, necesito café —susurró—.  Pero, sobre todo, te necesito a ti.

Sus amigos me vieron con reserva, con cierta picardía, incluso con rencor. No estaba enterada de nada, mucho menos conocía el grado de cercanía que todos compartían, así que los ignoré aunque Thomas los saludaba a medida que caminaba; yo iba detrás de él.
Al igual que el bar de Sararí, el Café estaba habituado a recibir únicamente a «artistas» y «críticos». Una inmensa nube de humo sobrevolaba las intelectuales y artísticas cabezas de todos los presentes, resultando incluso más ofensiva que en el bar, y acaparando el espacio que debería pertenecerle enteramente al agradable aroma del café. Cuando nos sentamos, la nube de humo pareció volverse más espesa, casi lechosa, pero al mismo tiempo también más lejana. Me resultó curioso. ¿Cómo Thomas esperaba sobreponerse a su adicción a la nicotina si la respiraba por montones en todos lados, si se pasaba la vida rodeado de adictos?
Quise unirme al espíritu universal que parecía imperar en el lugar, pero algo en mi interior me dijo que sólo recibiría burlas si comenzaba a furmar mis mentolados.
—El expreso es genial aquí —me dijo Thomas de la nada. Asentí, y a los pocos minutos él ya volvía con dos enormes y humeantes tazas de café.
Casi con desconcierto vi cómo comenzó a endulzarlo cucharada tras cucharada de azúcar, hasta dejar el recipiente casi vacío.
—No me mires así —sonrió.
—Eres un exagerado —dije. Acerqué la cucharilla a la azucarera y me limité a endulzar mi café, aunque no de manera tan extrema—. ¿Son todos conocidos tuyos? —pregunté haciendo alusión a todas las personas que lo habían saludado al entrar.
—Es más pura cortesía —respondió. Llevó la taza hasta sus labios y bebió con gusto; las cervezas no las bebía con tantas ganas.
Lo imité. En verdad el café estaba bueno, pero no era nada que no hubiera probado ya. Me guardé el comentario y sencillamente asentí intentando que captara que le estaba dando mi aprobación. Él pareció complacido con esto de una manera extraña; su sonrisa se torció en un gesto totalmente ajeno a todos los que conocía en él hasta el momento.
Cuando terminó de beber su café, sin mediar palabra, se levantó de la mesa y se perdió entre la multitud.
No podía sentirme más incómoda ahora. No era simplemente el lugar y el café, eran las personas, el murmullo, el olor, la espesura de sus conversaciones, tan superficiales en su aparente profundidad; y entonces él, su ir y venir, sus sonrisas y luego ese rictus, un asentimiento después dos, para pronto voltearse en mi dirección, sonreír una vez más y regresar a su mundo. Me estaba tratando como una completa idiota, reconocí. Pero fue sólo así que caí en cuenta de que había dejado de pensar en mi madre cada vez que lo veía a él. Había dejado completamente de lado el motivo por el cual había decidido acercarme. Esta revelación no me supo bien, todo lo contrario. Lo mejor era que no permaneciera cerca de Thomas por los motivos equivocados. Busqué dinero en mi bolso y lo dejé en la mesa. Eché una última mirada, esperando no encontrarlo cerca, y me levanté.
Ya afuera sentí algo de temor. No estaba familiarizada con la zona, y dudaba mucho de su seguridad. Caminé hasta la esquina; primero vi calle arriba y después calle abajo. Transitaban personas y autos particulares, pero ningún taxi. Recordaba el camino por el cual habíamos llegado, pero no se me antojó sabio regresar sola y a pie. Lo mejor que podía hacer era regresar al Café, pedir la dirección exacta y llamar un taxi.
Lo decidí así. Regresé, casi como un perro apaleado con el rabo entre las piernas, pero por fortuna, lo suficientemente ignorada como para sentir vergüenza. Thomas seguía ausente. Me acerqué al mostrador pero la persona encargada en lugar de atenderme decidió seguir conversando. No fue ninguna novedad.
—¿Necesitas algo? —me preguntaron. Al voltearme reconocí a Thomas; una chica morena  estaba a su lado.
—Tengo que irme —le dije.
—Tonterías —negó—. Se viene lo bueno.
—Es en serio, Thomas —insistí—. No es mi clase de lugar.
—Pues a mí no me parece tan diferente del de Sararí —comentó.
—No comprendes.
—Explícame entonces.
—Sólo tengo que irme, ¿de acuerdo?
—Como quieras, sólo…
Se acercó a la chica y le susurró algo, entonces ella me quedó viendo de manera brusca. Para lo que importaba. Si bien era cierto que yo había iniciado ese jueguito, no significaba que tenía que seguirlo sólo para demostrar que podía salir victoriosa. No. Ahora algo me olía a peligro. Ya comprendía por qué mamá lo tenía escondido. Probablemente lo supe desde el primer día, yo había decidido seguir viéndolo porque… Por ninguna razón en específico, traté de convencerme. Todo era una estupidez. A estas alturas ya podría preguntarle directamente qué clase de trato recibía de su amante, podría yo misma declararme su hija en el proceso. No había pasado nada entre nosotros. Todavía había tiempo.
Thomas alejó todos estos pensamientos de mí al tomarme la mano con delicadeza. Me guió hasta la salida, pero incluso estando fuera, no me soltó.
El bullicio no se escuchaba ahí, noté ahora. El edificio parecía atrapar no sólo el ruido, sino también el olor. El lugar siguió pareciéndome escalofriante, pero acompañada la sensación era menor.
—He estado un poco fuera de mí —dijo Thomas.
—Créeme que no he pasado por alto tu comportamiento —dije al tiempo que me cruzaba de brazos, un gesto bastante propio de mi madre con el que esperaba estuviera familiarizado.
—Lo sé —se rascó la cabeza con su típica frustración y entonces dijo—: no es aquí donde tenía planeado traerte en realidad, pero a medio camino recordé que anteriormente ya me has rechazado y tuve que hacer un cambio de planes sobre la marcha.
—¿Entonces a dónde querías llevarme? —pregunté, ignorando todo lo demás.
—A mi apartamento —respondió sin demora.
Ahí estaba otra vez ese cambio, no en él, sino en mí. En mí porque fui yo quien se acercó viéndolo únicamente como el amante de mi madre, sin plantearme que podría haber mucho más, como era el caso. Y lo busqué el martes, incluso cuando me pareció un insufrible el lunes; e hice lo mismo el miércoles, porque el martes me había resultado encantador y un poco más; y ahora, jueves, lo seguí buscando, aun cuando literalmente vomité ante la perspectiva de mantener relaciones sexuales con él, aun cuando aceptaba sus besos y sus caricias.
Tal vez me parecía más a mi madre de lo que creía.  Lo más extraño de todo era que yo misma me había tejido esa trampa. No quería seguir enredándome. No es que él me gustara, no era esa clase de nerviosismo lo que experimentaba a su lado; era más bien… perversión. Retar mis límites.
A Thomas le resultaba fácil regresarme a la realidad, esta vez sólo necesitó acariciarme levemente la mejilla para conseguirlo. Levanté la mirada para fijarla en él.
—Creo que comienzas a gustarme —confesó.
Vi las fechas en mi mente: lunes siete, martes ocho, miércoles nueve, jueves… diez. Al día siguiente viernes once, luego sábado doce, domingo trece… ¿Qué tantas fechas tendría que marcar en el calendario para que me resultara real?
«Sólo es sexo», me dijo una voz en el interior, una voz demasiado parecida a la de mi madre.
Estaba por caer en lo más bajo, daba igual si era un día o un mes. Por dentro ya estaba decidida.
—¿Es esta tú forma de hacer las cosas? —le pregunté—. ¿Esta especie de afloja y aprieta?
—Sólo a veces —respondió, complacido consigo mismo. Lo detestaba y al mismo tiempo quería esa última prueba. Sólo la última para luego desaparecer. Esta vez sí me apegaría al plan.
—¿En dónde dices que vives?

Viernes

Al despertar sólo vi pinturas, lienzos, papel arrugado, pinceles, colillas de cigarrillos y ropa sucia amontonada en un rincón. ¿Qué hacía Thomas con el dinero que seguramente recibía de mi madre después de cada encuentro? Sé que los materiales son caros, pero los que vi en el apartamento no me parecieron de calidad.
Sorpresivamente no me sentía sucia, que fue lo que esperaba. Aunque tampoco me sentía satisfecha, más bien un tanto confundida. Fue la torpeza del acto, me dije, la forma en que me tocó, como si nunca antes hubiera acariciado a una mujer, como si se arrepintiera después de haberme rozado la piel, para luego obligarse a hacerlo con más seriedad. No podía ser así, por supuesto; con anterioridad ya me había demostrado que podía tomar las riendas del juego y salir victorioso, ¿acaso no había conseguido llevarme a la cama con eso? ¿Entonces qué era esta insatisfacción?
Y no fue simplemente la torpeza, sino también esa sensación de… Por un segundo me vi a mí misma en él; vi en él la reacción que habría esperado en mí, esa suciedad que creía iba a experimentar pero que nunca llegó a rozarme siquiera. El arrepentimiento, el asco… Todo en él mientras yo me entregaba de lo más serena. No entendía.
Me reincorporé sobre la cama teniendo el cuidado de no hacerlo de manera brusca. Thomas dormía a mi lado, aunque algo apartado; su cabello yacía desparramado sobre la almohada, las raíces rubias seguían haciéndose camino entre la calma azul oscuro que teñía el resto del cabello.
Mamá jamás se fijaría en alguien como él, me dije.
Mis pensamientos siempre eran este ir y venir. Ahí estaba yo, bailando entre un sí o un no como si en realidad fuera importante. De no haber estado tan interesada en esto quizá habría notado lo que en verdad pasaba a mi alrededor.
Pero eso era lo que me interesaba. Sí o no. La experiencia vivida me había hecho descartarlo por completo, y no no por su profesión o su apariencia, sino por sus habilidades y porque no gozaba de ciertas virtudes físicas de las que mamá había aprendido a depender.
Por otro lado, ¿cómo podía descartarlo así por así? Recordé la extraña nota que había llegado a la casa, el cuidado con el cual la tomé para leer su contenido sin que mi madre se enterara.
«Prometiste verme este sábado y no apareciste. No me hagas tomar medidas que puedan dificultar tu amorosa vida familiar». Y luego firmado: T.H.
No fue sino por una llamada que mi madre hizo más tarde que descubrí que se refería a Thomas Harper. Con el tiempo lo fui notando con más claridad: el secretismo, el miedo. Intuí chantaje, pero el dinero no era un problema. Las llamadas comenzaron a aglutinarse, fueron varias, hechas en un tono casi obsesivo, desesperado, desproporcionado, ajeno a su narcisismo, al poder que sabía siempre tenía sobre los demás y que ejercía sin decoro. «Nadie puede enterarse» repetía y repetía. «Daré lo que pida cuantas veces lo pida, pero nada más. No debe esperar nada más de mí. Eso nunca». Luego del dinero, una cosa con el apellido, sus familiares, su fecha de nacimiento, el lugar. «¿Estás seguro de todo eso?». ¿Planeaba mamá defenderse con la misma estrategia? Corroborar la información fue relativamente fácil, sólo necesité chantajear al detective privado con el que se había comunicado, aunque éste sólo se limitó a proporcionarme el nombre de la universidad en la que Thomas Harper estudiaba, por cuestiones de fidelidad y de dinero; yo jamás conseguiría proporcionarle la cantidad que estaba habituado a recibir, eso lo tenía claro, y por lo mismo la información me pareció suficiente.
Tres semanas de todo esto y ahora estaba en la cama del amante de mi madre con más dudas de las que debería permitirme.
Me levanté y fui por mi bolso. Al lado descansaba el estuche de la cámara. La encendí, y al percatarme de que todavía tenía carga, decidí hacer una última cosa antes de desaparecer por completo de la vida de Thomas.
Se veía tranquilo en su sueño. La luz del amanecer bañaba su piel haciendo que pareciera más joven, más atractivo. Esto fue lo que plasmé en las fotografías, o lo que intenté al menos: una faceta de él que no habría descubierto si me hubiera negado a pasar esa noche en su apartamento. Me acerqué y le retiré un mechón de cabello del rostro, cuando al fin lo tuve como quise, saqué una nueva foto, y otra después de ésta. Seguí así hasta el cansancio. Ya por último decidí retirar un poco la sábana, para también plasmar su desnudez, pero ya habiendo decidido eso me reté un poco más. Me deshice por completo de la sábana para terminar sacándole una fotografía de cuerpo completo. Un regalo para mi madre. ¿Qué haría ella si se enteraba de que yo ya lo sabía todo? ¿La dejaría papá esta vez?
—Entonces deberíamos ser justos —me sorprendió. Ni su voz ni su mirada se sintieron pesadas, probablemente llevaba despierta más tiempo del que había creído.
Dejé la cámara en el suelo y lo busqué en la cama, acomodándome a horcajadas sobre él.
—¿Así? —inquirí, retándolo.
—Más bien así…
Esa segunda vez fue más intensa. No noté inseguridad en él, ni en mí misma, si vamos a eso. Pero sí fue extraño. ¿Qué había cambiado en su sueño? La torpeza de la noche pasada fue sustituida por violencia; casi sentí que me odiaba y no estaba dispuesto a seguir disimulándolo. Qué curioso; minutos antes estaba a punto de marcharme por completo de su vida y ahora rogaba porque no saliera de mi interior, atrapada en esa sensación de seducción y peligro. ¿Quién era en verdad Thomas y por qué su comportamiento resultaba tan volátil siempre?
Al terminar, abandonó la cama rápidamente para pronto volver con un bloc de dibujos y carboncillo, sin prestarme más atención y sin dirigirme la palabra.
—¿Me dibujarás como a una de tus chicas francesas? —intenté bromear. Pero ni siquiera le saqué una sonrisa. Y parecía tan concentrado en lo que hacía que ya no me pude mover.
Su mirada era extraña. No se parecía en absoluto a la mirada que yo le había descubierto mientras trabajaba en su mural, aun cuando los colores vivos y rojos se reflejaban en su rostro y en su iris grisáceo. Ni aun cuando él mismo contrastaba sobre éste con el peculiar color de su cabello y con el aspecto desaliñado que su ropa siempre parecía mostrar.  Había serenidad, una antitética tensa serenidad. El sonido del grafito sobre el papel rasgaba mi piel, la erizaba, lo que encontré erótico; los trazos lentos que pronto se convertían en rápidos, los dedos teñidos de gris, una que otra mirada repentina, el sudor en su frente, la luz que se colaba ahora con más fuerza, y de nuevo ese sonido, para siempre ese sonido.
Al terminar, minutos después, quizá horas, un pequeño asentimiento, el papel rasgado y una carpeta bajo llave. No le pedí que me lo mostrara, en su lugar pedí prestada su ducha, y una vez lista, decidí que era hora de marcharme.
—Esta tarde no trabajaré en el mural —me comunicó.
—Comprendo —fue lo único que alcancé a decir, ni siquiera me sorprendió el no llegara  interesarme el motivo de su ausencia.
—Camina dos cuadras al norte y luego una al este. Llegarás a la calle principal y te resultará más fácil conseguir un taxi.
—Gracias.
Antes de dejar la habitación eché un último vistazo: estaba sucia, había ropa y papeles tirados. En la pequeña cocineta apenas había una hornilla y una cafetera. Cerca de la cama, una puerta casi deshecha, ¿un armario? Una rajadura  amenazaba la integridad de la madera, y aunque la puerta estaba cerrada, sentí que había una oscuridad detrás. El temor que sienten los niños cuando no están acostumbrados a dormir solos y en la oscuridad.

Fue extraño pasar esa tarde en casa. El peso de la cámara fotográfica ya era otro. Probablemente el peso de la inutilidad. Ya cumplido su propósito no esperaba volver a usar ese aparato nunca más. Respaldé las fotografías en la computadora. No todas, por supuesto, las elegí primero. Salvaría las que mejor habían quedado y las enviaría al periódico de la universidad. Lo que decidieran hacer con ellas ya no era mi problema, sólo decidí hacerlo para compensar de alguna manera el tiempo invertido. Estaban fechadas todas. Y por un segundo me vi sorprendida al notar la fecha porque entonces recordé, recordé que era viernes y si tenía fotos de ese día tan temprano era porque había pasado la noche con él. No lo había olvidado, sólo no me parecía real.
La osadía de la noche anterior desapareció de pronto. Al ver sus fotografías, su cabello desordenado, su piel clara apenas con tatuajes, y esa serenidad en su cara que no parecía suya ni de nadie… Una en particular, en ese momento que despertó y me pescó infraganti; la mirada en su rostro, tentadora, transgresora incluso… ¿Qué había hecho? Corrí hacía el cuarto de baño pero antes de meterme a la ducha me hinqué cerca del inodoro y vomité. Había algo en mí, algo desconocido pero acusante. ¿Todavía respetaba a mi madre y por eso sentía culpa?
Siempre te ha dejado por ellos, ni siquiera te mira. Y los reproches: ¿por qué no tienes el cabello rubio? ¿Por qué no tienes los ojos grises? ¿Por qué tu piel no es más clara? ¿Por qué no eres más delgada? «Apenas y pareces hija mía».
Ahí estaba todo, tan claro. No podía dejar a Thomas, por supuesto que no. Tenía que arrebatárselo, para luego romperlo y entregárselo en pedazos. Lastimarla. No conocía otra forma de hacerlo, nunca la había visto reaccionar tan fuerte ante algo. Ni siquiera sabía que podía. Era lo único que había querido desde el inicio; el chantaje solo había sido una excusa, y una muy tonta.
Me levanté y me metí en la ducha. Dejé que el agua calentara mucho más de lo que podía soportar. La piel pronto se me enrojeció; apretaba los dientes tratando de controlar el malestar. Qué estupideces tenía en la cabeza. No era muy distinta a mi madre, supe más tarde, sólo que a mí me faltaba por montones algo que ella tenía de sobra: experiencia.
Me la iba a jugar: si Thomas seguía en su destartalado apartamento lo tomaría como una luz verde; si no, me olvidaría de todo el asunto.
Cuando al fin me encontré enfrente de su puerta, el corazón me dio un último vuelco. Al llamar, los segundos se me hicieron horas, y mi respiración se perdió en algún punto del espacio entre esa puerta y yo, y ya no pude recuperarla. Cuando la puerta comenzó a moverse la tensión no disminuyó, pero al verlo a él, tan… diferente, me obligué a que dejara de importarme.
—¿Y qué pasó con el azul? —le pregunté, para después abalanzarme sobre él y enterrar los dedos en su cabello ahora rubio por completo.
No me respondió, y tampoco dijo nada cuando nuevamente me llevó a la cama.
Mientras lo hacíamos, yo no podía dejar de ver la oscura grieta en la puerta del armario como si fuera mi propia oscuridad atrapada entre la luz que apenas se colaba en la habitación.

Sábado

Sonreía de manera extraña mientras me miraba, complaciente. Una rara combinación, pero bien podía deberse a que yo todavía no despertaba del todo.
Sentía calor bajo las sábanas, su cuerpo rozándome, sus manos en mis muslos. Fui yo quien sonrió esta vez, pero rápidamente me volteé, soñolienta, decidida a seguir descansando. Entonces me siguió, me rodeó la cintura y apretó uno de mis senos. Al voltearme nuevamente para encararlo, seguía sonriendo de manera extraña. Sentí un tremendo escalofrío. Y como no quise que lo malinterpretara y lo considerara como una señal de deseo, ronroneé como si todavía estuviera más dormida que despierta. Luego, quejándome de que necesitaba ir al baño, me levanté de la cama, dejándolo sobre las sábanas tan desnudo como había permanecido toda la noche.
Me vi en el espejo del baño: tenía el cabello revuelto, el rostro algo pálido, y los labios muy rojos. No había nada diferente en mí a pesar de todo, lo que terminó decepcionándome; quizá, todo el asunto con el amante de mi madre no se debiera en realidad a esos sentimientos tan dispares que en silencio le profesaba, escondidos siempre detrás de una sonrisa de complacencia, de la sumisión de las hijas mujeres con padres cariñosos pero ausentes y madres también ausentes pero más frías, con el dinero contante y sonante y una rebeldía de lo más pasiva. Podría pasar como una suerte de competencia; sin saberlo me enfrentaba a ella, quien a su vez debía enfrentarme aunque de otra manera; esa rivalidad entre mujeres que en realidad no existe sino hasta que las mujeres llegan a conocerse tanto como para aceptar en la otra eso que el mundo ha hecho de nosotras. No peleábamos un hombre, él era más bien un medio, una herramienta si cabía; peleábamos porque no encontrábamos en la otra eso que por naturaleza teníamos que compartir. Tal vez todo se debiera a que no aceptábamos que no nos pertenecíamos la una a la otra: ella era mi madre sólo de nombre y apellido, y yo era su hija sólo por un formalismo biológico que no tuvo en cuenta las exigencias que ella misma se había propuesto como condición para amar al fruto de sus entrañas. Siendo una recién nacida es obvio que no alcancé a ver la decepción en los ojos de mi madre al no ser todo lo que ella había soñado, pero a veces lo soñaba y descubría, azorada, que esa era la verdadera razón de mi llanto.
Había tantas formas de librar esta batalla, dije en silencio, frente al espejo. Vi mis labios, ahora menos rojos, moverse formando cada acallada sílaba devorada ahora por el reflejo que se parecía a mí, pero dudaba que lo fuera. Había armonía en esa imagen, y por dentro yo sólo sentía una falsa paz, la satisfacción de la piel y el miedo infinito a lo desconocido.
Cuando dejé el cuarto de baño, Thomas ya estaba vestido; había arreglado la cama y dos tazas de humeante y aromático café descansaban sobre uno de los taburetes.
Me senté en la orilla de la cama, alcancé una de las tazas y bebí: estaba cargado. Al verme arrugar la cara Thomas sonrió, mientras llevaba la taza hasta sus labios. Luego se disculpó por no tener nada decente con qué acompañar el café, para después agregar que era bienvenida a quedarme todo lo que se me apeteciera, de todas formas, él no tenía planes para ese fin de semana aparte de la cobranza de un dinero que con mucha emoción esperaba.
Lo del dinero despertó mi interés. Podía tratarse de mamá, de uno de sus encuentros furtivos. Adelantándome esa salida tal vez se proponía que su ausencia no me incomodara, y diciéndolo en medio de una conversación tan banal quizá apostaba por mi inadvertencia. No contaba con que yo llevaba esperando ese encuentro desde que lo conocí.
El oscuro líquido en la taza comenzó a enfriarse. El humo poco a poco dejó de elevarse hacia el cielo. Me perdí en ese pozo negro, tratando de contestarme a mí misma. Si se encontraban, ¿qué haría yo? ¿Saldría desde la oscuridad para plantearme entre ellos y así hacerle saber a mi madre que no era tan inteligente como quería hacerle creer al mundo? ¿Me burlaría de ella y de su falsa elegancia, de esa arrogancia que le hacía creer que nadie conocía esa segunda vida aparte de papá y su secretaria? ¿Mutilaría su ego al demostrarle que con dinero o sin él, los hombres seguían prefiriendo a las mujeres jóvenes? Niñerías todas, me dije. Le di un último sorbo al café antes de levantarme para dejar la taza en el pequeño lavatrastos.
Regresé a la cama; no me importó que Thomas ya no me prestara atención, así que decidí acostarme a dormir, desnuda como estaba, sintiéndome vulnerable y molesta, esperando que pasara de todo para yo no tener que hacer nada.
Y efectivamente algo pasó mientras dormía, aunque de esto me enteré hasta después.
Me despertó un murmullo constante, violento en su contención, y casi profético. Los párpados me pesaban todavía, pero pude distinguir la silueta de Thomas, de fondo, un lienzo maltratado y pintura revuelta. Olía bien, olía a vida, a esa inorgánica que no depende de la respiración o de los latidos del corazón, sino del tiempo, como un recuerdo congelado, la felicidad que algunos no entienden pueden proporcionar ciertos objetos.
Bostecé sonoramente acaparando la atención de Thomas. Éste se volteó enseguida, asustado; mi presencia parecía haber jugado sobre él alguna especie de sueño de fantasmas. ¿Podría ser que había olvidado que yo me encontraba en su cama? Se levantó del taburete y caminó hacia el baño, varios minutos después, entre parpadeos pesados y bostezos, regresó. Se había bañado. El teléfono había quedado escondido en algún lugar.
Antes de intercambiar palabras lo imité, me bañé; al regresar a la cama él seguía desnudo. La llamada no había pasado, o eso intentaba disimular.
—¿Saldrás ahora? —pregunté fingiendo desinterés en medio de una prisa que no me dejaba pensar muy bien. No podría estar por salir tan pronto si ni siquiera se había molestado en secarse.
—Lo de esa salida… —murmuró—. Después de todo,  quizá el dinero no me llegue hoy.
—¿Contabas con ese dinero?
—Algo —respondió—. Materiales, comida… Supongo que puede esperar hasta el lunes.
Asentí. Me enfundé los pantalones sin molestarme en usar ropa interior, estaba sucia de todas formas, para luego ponerme una de las camisetas de Thomas. Una de sus favoritas, según había dicho. Una que no olía a nada.
Él seguía sin rastros de querer vestirse. Se acercó al pequeño armario en donde guardaba sus materiales, y de ahí extrajo unos pinceles. Me maravilló la soltura con la que se movía, pues la toalla no había amenazado con caérsele ni una sola vez.
—No me hagas caso —dijo de repente—. Cuando estoy enfadado hago cualquier tontería que se me ocurra. Las he llegado a cometer muy locas, al punto que a veces me encuentro a mí mismo preguntándome qué sería lo peor que podría hacer.
Comprendí que se refería al lienzo rasgado, pero lo dejé ser. Me recosté en la cama y comencé a matar el tiempo con el celular.
Si Thomas ya no se encontraría con su extraño deudor, ¿por qué seguía con él? Aunque hubiera querido pensar sobre ello, Thomas no me lo permitió. No dejaba de caminar hacía el armario, extrayendo cosas, guardando otras más.  De no ser por eso, me habría olvidado por completo de la puerta destartalada, y de esa rajadura inmensa, casi salvaje, que solo desde adentro podría significar una fuente de claridad, pensar en el temor me provocó al inicio... Me levanté para curiosear: el espacio no era grande, apenas podría albergar una cama, y estaba lleno de materiales, de madera, de latas, de marcos; todo viejo, todo sucio, todo inútil. Casi sentí miedo, y sólo casi, porque descubrí que el cerrojo estaba dañado, y no había manera de que nadie se quedara encerrado ahí. De todas formas, ¿quién querría entrar? Olía a moho, a pintura y a diluyente. Fue el olor lo que hizo que me sintiera atrapada, no lo reducido del espacio, y ya satisfecha con mis pesquisas, decidí salir de la pequeña habitación, sin saber muy bien a qué dedicarme a continuación.
—Si estás aburrida puedes salir a dar una vuelta por el vecindario. Aquí a cinco cuadras hay un pequeño centro comercial. No hay pérdida.
Seguramente lo estaba sofocando como la inactividad me sofocaba a mí, así que sin pensarlo mucho terminé más que considerando su recomendación, poniéndola en práctica. Su mal humor reafirmó sus palabras más temprano: no iba a verse con nadie, y siendo así, me relaje más de lo que debí permitirme.

El sol calaba, aunque no hacía mucho calor en realidad. Las calles estaban atestadas de personas, como todos los sábados en cualquier lugar; la sensación de inseguridad no había desaparecido, sin embargo, así que caminé rápidamente, con mucha cautela, ignorando por completo la falla que había cometido, convencida de que, efectivamente, Thomas no saldría de su pequeño apartamento, tan disgustado como aparentaba, tan deseoso de estar solo. Se me ocurrió que lo mejor sería no volver, detener un taxi ahí mismito en donde me encontraba y partir a casa. Ni siquiera me importaba el bolso que seguía en el apartamento de Thomas, mucho menos el celular, eran cosas fácilmente reemplazables después de todo.
Seguí caminando, contado cuadras y personas. Era muy temprano por la tarde y no me extrañó sentir hambre de pronto; no había comido nada desde el día anterior. Reconocí el pequeño centro comercial de largo, y una vez dentro me apresuré a buscar el área de comidas.
Tuve que haber hecho caso a todas las corazonadas que experimenté desde que dejé la casa; la culpa, los celos, el miedo de verme descubierta, la suciedad, al fin palpable, pero no por lo que había hecho, sino por la falta de remordimiento. No le hacía caso a nada de lo que sentía, pero, ¿por qué? ¿Fingía que no me interesaba o inventaba que me interesaba para no sentirme mal conmigo misma? Era un ir y venir todavía más errático que el de los transeúntes, que el de los niños gritones alejados de su familia o más bien, ignorados por ellas. Inevitablemente terminé perdiendo el apetito, ¿pero para qué regresar tan pronto?
Pensé en mamá. Ese era todo el asunto después de todo, ¿no?, que no podía dejar de pensar en ella, en lo que se suponía debía significar para mí pero no era. La imaginé, ya por puro morbo, en la cama de Thomas, entre ese desorden oleoso y sucio. Reí. Ella jamás accedería a nada así. Sin duda se veían en terreno neutro, un hotel, y uno lo suficientemente recatado para que ella no se sintiera sucia y para que él no desentonara con su extraña apariencia. Ella siempre tan llena de pretensiones…
No, ya nada valía la pena, lo mejor era regresar por mis cosas e irme, hacer cuenta y caso de que no había pasado nada. Lo decidí así al notar que ya no existía en mí la seguridad de esos primeros días. Estaba metida en algo que no lograba definir del todo, y ese ir y venir no podía hacerme bien sin importar si al final todo resultaba en mi beneficio. Sí, en resumidas cuentas, una vez pasada la euforia del momento, me asusté. Sentí miedo.
Un miedo que llegó demasiado tarde.
Cuando regresé al apartamento de Thomas, noté que estaba bien vestido y peinado. Pensé que iba de salida, pero cuando él me vio, sonrió, y me recibió con un abrazo y un beso que yo no esperaba.
El beso se prolongó, al igual que sus caricias. Había prisa en su comportamiento, y una violencia contenida, cosa que no me asustó porque había descubierto, después de esa torpe primera vez, que él era así. Era como si dentro de sí mismo no alcanzara un acuerdo, como si sintiera culpa por poseerme físicamente, por utilizarme. Porque eso me quedó siempre claro, desde el inicio; no le creí cuando dijo que comenzaba a gustar de mí y menos le creería ahora si volviera a repetírmelo, cosa que, afortunadamente, no hizo.
Me desvistió apenas en segundos, y cuando pensé que estaba llevándome hacia la cama, se desvió. Me tomó del brazo con fuerza, y casi me estampó contra una de las paredes. Me volteé, confundida. No había deseo en sus ojos, sino odio. No lo comprendía y como dejé de sentirme cómoda quise desistir. Pero él se abalanzó sobre mí, sofocándome de cara contra la pared. Me sujetó las manos y las mantuvo inmovilizadas contra mi espalda. Quise gritar, defenderme, me sentía fuerte después de todo, y sabía que con el primer afloje sería capaz de darle y codazo para apartarlo un poco y defenderme mejor. Pero ese afloje nunca llegó. Me mordió el cuello esta vez, y ya no pude contener el grito. El dolor hizo que despertara al fin, me abalancé hacia atrás, y creo haberle lastimado la nariz, pues se quejó; sin embargo, otra vez pudo controlarme; toda su delgadez era un engaño, me dije, me había dado una falsa sensación de seguridad.
—Thomas, no me gusta esto —balbuceé esperando que mi desacuerdo lo incomodara.
—Quiero hacértelo así —susurró—. Sólo hoy. Solo una vez.
Imaginé que a mi madre le había pedido lo mismo, y que no le había gustado y por eso había dejado de verlo. Tenía su lógica, o al menos en ese momento la tuvo. Asentí lentamente. Entonces él me soltó las manos. Por un segundo pensé en huir, pero cuando escuché que se desbrochaba el pantalón, ya no pude. En su lugar apoyé ambos brazos sobre la pared, me hice un poco para atrás y separé las piernas. Él me penetró enseguida. Dolió al inicio, sí, pero cuando comenzó a jalarme el cabello y a morderme la espalda, una excitación diferente se apoderó de mí, humedeciéndome. Pronto me volteó, levantándome lo suficiente para que yo lo rodeara con las piernas.
Sentí como me cargaba, como mi propio peso hacía que él se enterrara más fuerte en mí, pero no noté más movimiento que éste. Cuando mi espalda dio contra la puerta del pequeño armario pensé que ésta se rompería y caeríamos. Él ya parecía cansado, y no creí que pudiera sostenerme mucho más.
Cuando mis pies tocaron el suelo enseguida resentí lo helado que estaba. Thomas miraba algo, algo que estaba detrás de mí. Me dejé guiar por esto y le di la espalda. Detrás de mí sólo estaba la puerta, con esa gran fisura que solo mostraba oscuridad y más oscuridad. Sentí temor entonces, aunque no supe por qué. Había algo en esa oscuridad, algo que bien podía condenarme aunque sólo se tratara de mi imaginación, y aun siendo mi imaginación, ¿acaso no era peor?
La puerta se movió, noté con espanto, pero antes de decir nada Thomas me tomó del cuello y me estrelló contra ésta, para impedir que siguiera abriéndose. No pude gritar, intenté propinarle un codazo pero él se defendió, volvió a subyugarme, a penetrarme, y otra vez supe que había cometido un error, sólo que esta era la primera vez que lo aceptaba.
Y de nuevo esa grieta en la puerta, el olor que la atravesaba y la oscuridad que liberaba, mientras el cuerpo me ardía, me dolía, se abría violentamente, sin delicadeza, rasgándome la piel; alguien me miraba, eso sentí, y llegué a creerlo con tanta intensidad que cerré los ojos, convencida de que si yo dejaba de ver lo que fuera que se encontraba escondido allí dentro dejaría de verme a su vez, de juzgarme.
—Basta ya, Thomas, ¡por favor! —grité. Intenté golpearlo con el codo, echando mi cuerpo para atrás, lo que liberó la presión que mi cuerpo ejercía sobre la puerta.
La puerta fue lo que reaccionó, espantándome más, haciendo que Thomas y yo retrocediéramos. Asustada, caí al suelo, con los ojos llorosos y el cuerpo pesado. Thomas comenzó a reír. Pensé que pronto se detendría, pero no fue así. Reía como loco, a todo pulmón, completamente desquiciado. La puerta volvió a chirriar y entonces, ya menos temerosa, intentando ignorar las carcajadas de Thomas, limpié las lágrimas de mis ojos, y miré.
—¡Mamá! —exclamé, llevando ambas manos hasta mi rostro, avergonzada.
Pero mi madre no me atacó, como habría esperado, en su lugar se abalanzó sobre Thomas y comenzó a golpearlo y a arañarlo mientras lo maldecía y le preguntaba por qué lo había hecho, ¡por qué lo había hecho!
Estaba desorientada; tal vez por primera vez en toda mi vida mi madre estaba de mi lado sin importar las circunstancias. Quise ponerme de pie y detenerla, pero me vi retenida a mi vez por una especie de epifanía que se presentó de la manera más absurda posible.
—¡Cómo te atreviste! —Seguía gritando mi madre mientras golpeaba a Thomas—. ¡Tus problemas son conmigo, no con ella!
Me puse de pie y lentamente caminé a su lado.
—Mamá, mamá —la llamé.
Pero ella estaba furiosa como nunca antes; su cuerpo temblaba y tenía el rostro completamente enrojecido, tanto gritar ya la tenía medio afónica y, en general, se veía tan agotada que por un segundo temí que caería rendida en cualquier instante, fulminada en su totalidad por el impacto de los acontecimientos.
—Es tu culpa —la acusó Thomas, riendo todavía.
Mamá abrió el bolso, sacó un fajo de billetes y se lo lanzó a Thomas para luego correr a mi lado. Él seguía riendo, no sabía muy bien por qué, o más bien, no me importó. Mamá estaba ahora intentando levantarme mientras se disculpaba una y otra vez. Esto era algo que sí me interesaba comprender: ¿por qué se disculpaba ella y no yo? Me dejó un momento para recoger mi ropa del suelo, luego bastante torpemente intentó vestirme, cosa que no había hecho ni cuando yo era pequeña; las sirvientas siempre cumplían ese rol conmigo; a ellas había aprendido a querer.
—Alana, querida, te sacaré de aquí —sollozaba mi madre—. Y luego contrataremos al mejor psicólogo del país. Quedarás como nueva, lo prometo.
Claro, Thomas me acababa de violar enfrente de ella, comprendía esa preocupación, pero no dejaría que me afectara tanto, me dije. Mamá estaba sobre reaccionando y yo tenía que regresarle los pies a la tierra antes de que perdiera el control.
—No ha sido tan duro, mamá —dije. Mis palabras debieron alarmarla porque sus lágrimas se intensificaron. De fondo, todavía podía escuchar la risa de Thomas.
—Oh, Alana, no sabes nada, no sabes nada. Lo siento tanto, hija, lo siento en serio.
—¿Y es que piensas que es la primera vez? —intervino Thomas, divertido todavía, intentando, al igual que con su mural, que las llamas que nos rodeaban crecieran tanto como para calcinarnos—. Ha estado retozando conmigo desde el jueves, ¿sabes eso? Claro que no. Lo que menos te preocupa es saber en dónde están tus hijos.
Mi madre me abrazó con más fuerza, no dejaba de llorar, de disculparse, me acunaba entre sus brazos balanceándonos a ambas, como si intentara dormir a un recién nacido. Y tal vez eso era, tenía tan poca conciencia sobre los peligros del mundo que a lo mejor lo más recomendable habría sido que no me hubieran dejado enfrentarlo sola tan pronto.
—¿Se lo dices tú o se lo digo yo? —volvió a intervenir Thomas.
Mamá se separó de mí para encararlo, y entonces le gritó:
—¿Acaso no es dinero el que querías? ¡Pues ahí está!
—¿Es que no has aprendido nada o no te interesa? —inquirió para luego señalarme—. ¿Sabes lo que somos? ¿Sabes lo que tenemos en común?
—¡Para lo que me importa! —lo reté.
—Te importará una vez lo sepas, no es así, ¿madre?
Mamá me apretó con más fuerza, con una desesperación fútil en su tardanza, fingida en su sinceridad. Una falsa culpa para un falso desconsuelo en una falsa mujer que había erigido su vida sobre un falso pasado.
A partir de ahí, ya no pudo dejar de llorar. Pero no por lo que me habían hecho, sino por verse descubierta. ¿Qué clase de pasado vergonzoso se había personificado en Thomas?

Domingo

Me ardía la garganta.
Estaba en mi cama y estaba a salvo. A cada hora llegaba una sirvienta para comprobar mi estado y para preguntarme si se me ofrecía algo. Papá apareció para el desayuno, se quedó conmigo un rato pero tuvo que dejarme cuando no consiguió que su teléfono celular dejara de sonar, a pesar de ser domingo. No sabía nada, por eso estaba tan tranquilo.
A mí seguía ardiéndome la garganta, y cada vez que recordaba lo sucedido no podía evitar el vómito. Qué ideal que mi madre pudiera esconder todo lo que había pasado detrás de una ligera intoxicación alimenticia. Todo terminaba siendo tan fácil para ella. Aunque claro, no podía culparla cuando todo había sido mi culpa al intentar jugar como los adultos.
La estaba chantajeando, eso era todo. Y pedía cada vez cantidades más ridículas, y mamá, tonta, no comprendió que no era el dinero lo que quería. Tal vez por eso había congeniado tan bien con Thomas desde el inicio. Ambos buscábamos lo mismo. ¿Pero por qué me reclamaba a mí? Esa ausencia; en él, desconocida hasta hace poco; en mí, familiar y constante; nos había entregado lo mismo a pesar de estar separados. Pero, ¿qué se puede esperar cuando en la soledad se idealizan las figuras que deberían permanecer siempre a nuestro lado y simplemente —tan cruda como sólo la vida puede ser— no lo están?
No me sé su historia, no la pregunté, no me interesa. Fui lo primero que tuve en cuenta al despertar. El olvido, la miseria, el malestar en el estómago y la garganta, el terror; su sonrisa, su risa, el eco de sus palabras, la grieta en la puerta, la pequeña cocineta, el café, oscuro y amargo. Todo me daba vueltas. Evocaba el infierno en que se convertía su mural al atardecer una y otra vez, acusándome y mareándome. Entonces de nuevo a la cubeta, a la acidez en mis labios, al vacío en mi estómago, a las medicinas amargas, a la confusión, pero nunca al llanto. Y el rojo del mural, en sus distintas tonalidades comenzó a mancharme la piel, a rasgarla con violencia mientras me revolvía lentamente entre los minutos que el reloj atrapaba para torturarme. Lento, lento, todo lento y agonizante en su silencio, en esa ausencia, en esa falta de interés… Todo esto hasta que supe que era una señal. Me levanté de la cama; tenía que salir de la casa antes de que la sirvienta llegara por el chequeo de rutina.
Mi madre no había llegado a visitarme ni una sola vez. Sólo en esto pensé mientras me preparaba para salir.
Investigué si había alguna ferretería abierta a esa hora. Para mi fortuna, así era. Pasé comprando lo que necesitaba, y fue mi apariencia la que me salvó de pasar por vándalo, aunque era vandalismo lo que estaba a punto de cometer. Aunque, más que vandalismo, una suerte de justicia.
Las latas de pintura en aerosol titilaban en la caja sobre el asiento del copiloto. Yo estaba tan débil que ni siquiera podía sostener la presión sobre el acelerador. La cámara fotográfica pendía de mi cuello.
Llegué, tal vez por pura coincidencia, a la misma hora que solíamos vernos. El lugar estaba desierto, y el mural cubierto con el plástico protector. Eso tienen los domingos, son fantasmas errantes, y si tienen ojos están ciegos, y si tienen boca están mudos, o están tan sepultados en sus miserias que no nos interesa revivirlos.
Comencé a retirar el plástico. Hacía un sonido violento, metálico incluso, pero la ligereza de su peso era casi como una bienvenida. Lo hice a un lado tanto como pude, para luego tomar la cámara entre mis manos. Hice cómo él había hecho, sentí el peso del objeto en mis manos, la frialdad del desuso, del despropósito. Tomé una enorme bocanada de aire, y luego otra, que se prolongó mucho más, debilitándome. Cuando me sentí lista, tomé una fotografía, tan sólo una, y después corrí al auto para sacar las pinturas que había dejado allí.
El color lo había elegido no por la tonalidad falsa de su cabello, sino porque, si el mural me hacía evocar fuego, calor, el pintor era un témpano de hielo distante y profundo. Batí la lata, haciéndola llorar. Quité la tapa, y ya sin consideración alguna, comencé a pintar sobre la pintura. Intentaba aniquilar su mediocridad para recordarle que no tenía nada. Que no le quedaba nada. Y si alguna vez quiso algo, o si alguna vez intentó tener algo, ahora ya no lo iba a conseguir. Ni siquiera le permitiría que siguiera revolcándose en su propio infierno.
La frustración era algo que entendíamos muy bien él y yo.
El mural quedó bañado de azul marino, la acera quedó teñida de azul marino, mis manos quedaron manchadas de azul marino. Pero el color de la culpa no es azul, puede que sí de la tranquilidad, y el odio a veces es tranquilo, pasivo. La cólera debe ser azul también, más oscuro según la intensidad de su dueño, y el mío era casi negro.
Tomé la cámara para sacar una última fotografía. El cielo estaba tan sombrío ya que lo único que capturé de mi trabajo fue oscuridad.

Cuando llegué al bar de Sararí, me sorprendió encontrarlo tan desolado.
—Es temprano todavía, Nanita —sonrió Sararí, para luego acercarme una cerveza bien fría—. Aunque nunca para ti.
Quizás.
Mi estómago resintió el primer trago con tanta intensidad que contuve el vómito con las manos. Por suerte Sararí no me vio, y pude retirarme al baño para asearme y replantearme un poco lo que esperaba que significara esa noche para mí. Era obvio que no podía olvidar, pero tampoco tendría que condenarme. Entre de más lejos me viera, y cuanto con más insignificancia me tratara, mucho mejor.
Cuando regresé, un par de ancianos conversaban con Sararí. Los saludé en la distancia, y luego escogí sentarme en un lugar mucho más apartado. Mis manos seguían azules incluso en esa controlada penumbra, y me pareció curioso que Sararí no preguntara por qué estaban tan sucias.
Saqué un mentolado del bolso, junto con el encendedor, pero cuando llevé el cigarrillo hasta mis labios para encenderlo, desistí. Regresé la cajetilla a su lugar y me recosté sobre el asiento, esperando que pasara lo que tenía que pasar.
Mis manos seguían azules, y el azul ahora sí significaba tranquilidad.
Pasaron las horas, poco a poco, en silencio, lejanas, ausentes, borrachas, entre manecillas y números digitales. Sararí se veía feliz, animada como siempre, charlando, sirviendo, añorando a su esposo, o a sus manos, pues a él nunca lo había amado en su totalidad. Y entonces los ojos se me fueron cerrando, pesados, con vida propia, atrapándome en un sueño, en un sueño como un armario con una pequeña grieta en donde se esconde la luz. El slap slap slap de dos cuerpos, el calor vengativo de uno y la fría ingenuidad del otro. Slap slap slap otra vez. El chirrido de la puerta, la madera podrida. Slap slap slap los gritos. De nuevo el calor, la frialdad de la sangre. Rojo y azul: falso púrpura. Una llave oxidada, una puerta cerrada que no abre con nada. Entonces la llave se rompe, como un hueso, una cabeza rueda, una maraña azul y rojo otra vez. Risas y más risas. Culpa sofocada en el interior, asco y venganza, asco y dolor, asco e indiferencia. Vergüenza.
¡Slap slap slap!
Abrí los ojos al sentir algo frío en el rostro, era Sararí quien trataba de reanimarme con una cerveza helada. Me reincoporé como mejor pude pero no dejaba de sentirme mareada.
—¿Has comido, querida? —preguntó, preocupada.
—Apenas —respondí.
Alejo la cerveza de mí cuando notó que la miraba con demasiada intensidad.
—Me preguntó qué te habrá pasado... —continuó.
—Nada importante, Sarita. Nada que no pueda soportar.
Sararí no insistió, y fue hasta cuando se retiró que me percaté del sobre manila que descansaba sobre la mesa. Supe lo que era antes de ver lo que contenía y esto debió detenerme, pero no lo hizo. Me quedé ida en el papel, en mi figura en grafito, que hizo que evocara unos deformes dedos grises. Si Thomas estuviera a mi lado, ¿qué habría dicho de la modelo, de los trazos, del sombreado, de la intención del artista, de sus sentimientos? Debí intuirlo, porque antes de sentir cualquier otra cosa, de enojarme siquiera, me encontré a mí misma en el baño, vomitando todo lo que no me quedaba en el estómago.
Slap slap slap.           
—¿Quién ha dejado esto aquí? —le pregunté a Sararí cuando ya iba de salida.
—Imagino que lo sabes —sonrió tristemente.
—¿Lo viste?
—Lo siento.
—¿Quieres quedártelo?
—No podría —respondió casi alterada—, es demasiado, demasiado…
La noche estaba fría, y pensé, mientras sentía la rugosidad del papel en mis manos e incluso el odio que desprendía el grafito, que un poco de fuego no me caería mal. Mientras caminaba, extraje el encendedor de mi bolso, acerqué la llama al papel, hasta que éste comenzó a arder en mi mano, constante y cálido, consumiéndolo todo.
Iluminada por la ligera flama, con el aire apenas rozándome y caminando sin intención alguna de detenerme, me pregunté qué clase de noticias leería mañana en el periódico. Y al mismo tiempo se me ocurrió, casi como si hubiera sufrido una especie de epifanía, que un curso de fotografía profesional no me caería mal.
Después de todo, mamá detesta a los artistas.


***

Este fue un relato que se me ocurrió de repente, aunque con claras influencias de una novela que leí hace tiempo, tanto tiempo ya que ni recuerdo el nombre, lo cual no es justo, porque ni siquiera recuerdo el nombre de la escritora, lo que es peor y me deja muy muy mal. Debería darme vergüenza. Lo siento por eso.
Por lo demás, es un relato corto que escribí luego de recluirme casi 18 horas. Perdí total noción del tiempo mientras lo escribía. De esto ya casi los dos meses; dos meses en que lo he estado corrigiendo, borrando, agregando; más borrando que agregando, así es esto.
No es la gran cosa, pero espero los haya entretenido. Es mi único propósito en la vida (no es broma).
Gracias por tomarse el tiempo para leerme, y mucho más si también se toman unos segunditos extras para hacerme saber sus opiniones.
Son lo mejor.
Atte.
Seiren Nemuri.



Comentarios

  1. Quiero creer que sé lo que había en el sobre. Pero como no quiero equivocarme (además en este mismo momento se me está ocurriendo una segunda posibilidad), no lo diré.

    Otra vez aquí comentando, hermosa. Puedes creer que pensé haber leído esto, y luego vengo, y resulta que no lo había leído? Creo que pensé haberlo leído porque me comentaste el argumento una vez, cuando buscabas el título para la historia. Y luego probablemente me perdí de Internet y... No sé XD

    Me gustó bastante. Fue una historia muy intensa. Perturbadora. Pero atrayente. Me gustaron mucho las descripciones. Sobre todo los colores, y los símbolos de los colores: el fuego, el hielo. Y claro, me agarraste por sorpresa con el final, porque, mira, tenía elementos para suponerlo, pero estaba tan metida en la historia que no se me ocurrió (?). Creo que es porque leí la historia desde el punto de vista de Alana, y de alguna forma no podía saber o suponer algo que ella no sabía ni suponía. O simplemente soy poco creativa (?).

    En fin. Muy bueno. Me lo he leído de un tirón.

    Un beso,

    Katiuska.

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  2. PS: Si en algún momento recuerdas el nombre de la novela, por favor me dices. Me gustaría leerla también.

    Katiuska.

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