Esto no es crítica: "El grito silencioso" de Kenzaburo Oé.

No es que llevara sin leer a Kenzeburo Oé, lo último de él con lo que me relacioné fue «Arrancad las semillas, fusilad a los niños» lectura de la que ya hablé aquí en el blog. Sin embargo, este novela la elegí por pura casualidad, después de haber dejado de usar PlayBooks como app de lectura (la versión de iOS no se le compara en nada a la de Android que es superior) me di cuenta de que estaba ahí, en el olvido, en mi «Biblioteca». Como acababa de leer grosso modo a ciertos filósofos, me dije que era hora de que retomara la narrativa, y fue así como comencé a leer, no sin interferencias lastimosamente, y hasta que el día de ayer, ya más libre, pude darle fin a la lectura, la que me dejó, entre muchas cosas, algo confundida, pero muy muy satisfecha.
(Lean con calma, evito todos los grandes spoilers).

«El grito silencioso» nos presenta a Mitsu (Mitsusaburo) un hombre que ha perdido toda «esperanza» debido sobre todo al nacimiento de un hijo «subnormal» (así lo describen en la novela), este acontecimiento también ha marcado la vida de su esposa, Natsumiko, quien se refugia en la ebriedad proporcionada por el whisky; adicional a la condición de su hijo, al que han dejado abandonado en un sanatorio, también está la muerte por suicidio (y uno bastante peculiar) de un amigo cercano, que es el acontecimiento con el que inicia la novela y es el que sumerge a Mitsu en ese eterno dilema existencial que es la vida misma. Mitsu está sumido en una depresión de la que pareciera no quiere escapar y que más bien busca, a esto hace alusión cuando dice que su ojo tuerto (el que está así debido a que unos niños, sin razón aparente, lo atacaron lanzándole piedras) ve lo que su ojo sano no ve. Su ojo sano ve hacia el exterior mientras el tuerto lo hace hacia el interior. Y con todo esto, hay cierto equilibrio en sus vidas. En su relación carente de toda iniciativa sexual, en la depresión y el whisky en que ambos se internan, usando esto como excusa válida para que sus vidas sigan estancadas.
Por otro lado tenemos a Taka (Takashi) hermano menor de Mitsu quien, después de  que la aparente culpa por haber participado en varias revueltas estudiantiles se hiciera insoportable, viajó a Estados Unidos, donde una serie de circunstancias hicieron que perdiera comunicación con su hermano, siendo su única conexión con su Japón natal Hoshio y Momoko, dos jóvenes que lo admiran por sus dotes de «revolucionario». Cuando Mitsu recibe la noticia de que Taka va a regresar a Japón, no sólo acude a recibirlo, sino que también acepta la idea de regresar Shikoku, su pueblo natal, con la excusa de que ha vendido las tierras de sus padres.
La mayoría de la novela se desarrolla entonces en este lugar. Shikoku es un lugar alejado, con un camino difícil y tedioso. El pueblo todavía parece atrapado en la forma de vida del pasado, confiriéndole importancia a sucesos históricos, albergando rencores ideológicos productos de todos los ideales de guerra que siguen atrapados en ese lugar, junto con la vergüenza, el miedo y la ira. Sucesos en parte relacionados con la familia Nedokoro, apellido que comparten Mitsu y Taka.
Entre los personajes que se encuentran en el pueblo cabe destacar «El emperador de los supermercados» y Gii, el eremita, así como el personaje colectivo que representa el equipo de fútbol fundado por Takashi, que no es sino una fachada para su grupito revolucionario que tiene como aparente intención, hacer que el pueblo y no un coreano (el emperador del supermercado) sea quien gestione el supermercado, ya que casi todo el pueblo tiene deudas con él, además, al ser el único lugar al que pueden acudir, tienen que versélas con los precios elevados.
Pero la verdadera razón tras todo este levantamiento revolucionario en el pueblo es otro más personal. De hecho, Taka no alberga interés alguno en las personas del pueblo a quienes se refiere como «moscas», y todo este ardid revolucionario no sirve más que para purgar hipócritamente una culpa que carga desde la muerte de su hermana. Sin embargo, nadie puede creer mal de Taka, pese a la insistencia de Mitsu, quien dice conocerlo bien, que afirma que todo lo que está haciendo Taka no es más que producto de la cobardía que ha cargado desde niño. Esto le hace ganar la desaprobación del pueblo, y hace que se distancie del mismo, al punto no sólo de perder su compañía, sino también, la simpatía de su esposa.
La relación entre Taka y Mitsu está directamente relacionada con los sucesos del pasado, con su bisabuelo y el hermano de éste, quien Taka tanto admira y a quien trata de emular, aunque también por razones egoístas. Así, a la par que se va desarrollando la relación entre Taka y Mitsu, se van develando los secretos escondidos en esta primera y gran revolución del pueblo que Mitsu tanto ha frivolizado y que Taka ha idealizado a extremos insospechados.
La conclusión de la novela es cruda y realista, pero es el primer estivo de una «desestancamiento». Lo que pasó en el pueblo sirvió para que tanto Mitsu como su esposa, decidieran que intentarían seguir con sus vidas, y esta vez, al lado de su hijo «subnormal».

«El grito silencioso» fue une lectura intensa, aun cuando la narrativa japonesa no suele abusar de recursos sentimentales o de giros excesivamente dramatizados. Fue una lectura pesada, en partes, y lenta, por la carga cultural e histórica. El tiempo en el que se desarrolla es lineal, con inserciones dispersas de sucesos pasados, lo que disfraza un poco esta linealidad, linealidad que no es una desventaja en absoluto. El lenguaje (esta traducción al menos) es directo y crudo, al igual que la frialdad con la que al narrador suele referirse a todo lo que acontece.
La novela tiene una carga existencialista bastante pesada, cruda y pesimista. Nos encontramos aquí frente a personajes cuyo propósito en la vida está desaparecido y que más bien se refugian en esa indiferencia, luchando por salir de ella, pero sin intentarlo en serio. Tal vez por eso es que Taka tenga la habilidad de mover tanta gente. Taka aparece aparentemente con un propósito en la vida, cosa que nadie más, sobre todo Mitsu, parece tener. Y no resulta curioso entonces que sea Mitsu precisamente el único que no decide seguirlo, conociendo la falsedad de tal propósito, aunque al mismo tiempo desconociendo todo lo que su hermano es. Cosa que sólo conocerá hasta en las páginas finales.
Aparte de la clara carga existencial hay elementos de crítica social. Se hace mención de varias manifestaciones durante sucesos que marcaron permanentemente la identidad de Japón, sucesos que se desencadenaron después de la II Guerra Mundial, y que pusieron en jaque el espíritu de identidad nacional, en lo que destaca la firma del tratado de protección entre Japón y Estados Unidos. Así, en un pueblo donde el honor es tan importante, ¿qué podían sentir al ver cómo los estadounidenses construían bases militares en sus tierras?
En la novela, todas estas fuerzas represoras se ven representadas en menor escala en la figura del Emperador de los Supermercados, quien, para rematar, es coreano. Se menciona entonces los refugios coreanos, y revueltas que el pueblo ha tenido con los coreanos (una de las cuales terminaría matando al hermano mayor de Mitsu y Taka, referido en toda la novela simplemente como S), quienes al final de la guerra fueron reubicados. Y no es sino una tremenda bofetada que precisamente uno de los coreanos que habitaban en esos refugios fuera quien no sólo comprara toda esas tierras, sino también quien terminara convirtiéndose en el único proveedor del valle. Se revive de esta manera esa antigua tensión entre naciones. Es esta la razón que usa Mitsu para obtener la simpatía del pueblo, quienes se abriga de su propia vergüenza, una vergüenza colectiva que les proporciona cierto anonimato, para intentar reponer el sentimiento de derrota todavía presente en ellos, sin saber que sólo están siendo utilizados, y para caer, después de todo, en la hipócrita benevolencia del Emperador a quienes, sin pretenderlo, terminan dándole más poder.
Pero es gracias a esta serie de acontecimientos que se va develando una verdad más personal, un secreto enterrado que busca ser escuchado y perdonado. Y este secreto, una vez suelto, hace que los engranajes comiencen a girar lentamente, como si se vislumbrara a lo lejos un nuevo propósito que perseguir.
Sólo me resta mencionar que el recurso del hijo «subnormal» es una constante en el trabajo de Oé, se ve de manera más central en «Una cuestión personal» y esto obedece a las vivencias del escritor al enfrentar una situación familiar similar, los sentimientos encontrados y en parte la culpa por tener un hijo con estas condiciones. También el tema del suicidio de un amigo es una constante tanto temática como personal, como se ve en «Renacimiento».
Y hasta aquí esta ¿reseña? ¿opinión? ¿palabrería? Espero haber despertado un poquito el interés por este escritor. Sobra decir que es el segundo premio Nobel para Japón (el primero fue Yasunari Kawabata), y tal vez esto para muchos, como para mí, no signifique gran cosa, pero lo cierto es que Kenzaburo Oé es un excelente narrador y, como tal, merece una oportunidad.

Saludos. 



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