Incluso en la distancia. Relato lésbico +18

Incluso en la distancia

Atascada en el tráfico, dentro de un autobús atestado de gente cansada y molesta, sólo podía pensar en que quería llegar a casa. Oportunidades como esa no se le presentaban a menudo, y como se había enterado con anticipación que ese martes quedaría totalmente sola, incluso había concertado una cita, con promesas incluidas. Estaba cansada de no hacer todo lo que podía por temor a que alguien llamara a su puerta en el momento menos oportuno. De nada servía que lo hiciera en silencio o que le pusiera seguro a la puerta, siempre sucedía algo… siempre.
Suspiró y revisó el reloj en su muñeca; todavía tenía tiempo, con que el autobús avanzara de un momento a otro estaría bien. Echó una mirada por la ventana; estaba oscureciendo demasiado deprisa, y había nubarrones en el cielo que le erizaban la piel. Quería verlo con optimismo, pero igual parecía que todo saldría mal sin que ella pudiera hacer nada para evitarlo. Impaciente, comenzó a retorcerse en su asiento.
Lo imaginó en el momento que supo la noticia: «el martes iremos…» Quedaría sola. No había podido dejar de pensar en eso, en la soledad, en el espacio y el tiempo que serían sólo para ella.
Descubrió, de mala manera, que el tiempo no es de nadie, y que ya habían pasado quince minutos desde la última vez que había revisado el reloj. No pudo más. Le pidió permiso al pasajero que iba a su lado, pese a su mirada huraña, luego, con incomodidad, se hizo paso entre el gentío apretujado que la separaba de la salida. Disculpas por aquí, y por allá, una sobada totalmente intencional de parte de alguno de los aprovechados que se negaba a darle espacio para pasar, y por fin, el aire libre. Suspiró una vez más y sin mirar el cielo, comenzó a caminar.
El bolso en su hombro pesaba y la cansaba. El ambiente también estaba pesado, húmedo y cálido, y enseguida comenzó a sudar. Caminaría al menos treinta minutos para llegar a su casa, pero al ver que el tráfico seguía prácticamente inmóvil, no se arrepintió de su decisión. Revisó la hora una última vez y apresuró el paso.
Entonces, a medio camino, gotas de lluvia comenzaron a caer, pero ella no se sorprendió, las estaba esperando. Su paso ni disminuyó y ni siquiera intentó limpiarse el agua del rostro. Con cada segundo, el agua arreciaba, y en menos de lo que parpadeaba charchas se formaron a lo largo y ancho de las calles y las aceras; pero le molestaba mucho más el constante pitido de los autos varados en la penumbra, con sus luces cada vez más ofensivas bañando la lluvia y el pavimento.
No permitió que esto la molestara más de la cuenta, no quería arruinar su buen humor. De hecho, de camino a casa, se iba mentalizando, para no llegar y de plano parecer una completa y muy extenuada insensible incapaz de cumplir con lo que había prometido. No era la primera vez que lo hacía, se dijo, y no era precisamente pena lo que sentía cuando lo hacía, de ser así, no estaría tan expectante, tan deseosa por cumplir con la cita concertada. Tan sólo imaginarlo la había entusiasmado, excitado casi. Había dejado un bonito conjunto preparado para la ocasión. Todo saldría bien. Llegaría a tiempo, se dijo… y así fue.
Pero apenas fue con unos segundos de ventaja. Para no parecer una impuntual maleducada encendió la computadora, incluso antes de quitarse la ropa mojada y de secarse, o de revisar siquiera que no llevara el cabello hecho un desastre (el cual, efectivamente, era el caso) o de que en su rostro no se reflejaran todas las ganas que sentía. No daba para más. Estaba todo bien claro y no quería disimularlo.
Accedió casi en tiempo récord a Skype, pero para no parecer demasiado apresurada, se limitó a escribir un sencillo «hola» para después colocarse los auriculares (los inalámbricos que había comprado para más comodidad) y esperó. Ni siquiera sentía el frío, ni el aire del ventilador que le helaba la piel todavía más.
»Hola —le respondieron. Melissa sonrió al ver la foto de perfil de Daiana. En la foto sonreía, y se le veía un poquito más joven. No que fuera vieja, simplemente era mayor que Melissa, aunque sólo un poco.
»Me das unos minutos —respondió Melissa con prontitud, sus dedos parecían obrar magia sobre el teclado—, me ha caído semejante tormenta encima. Parezco un pez moribundo.
»Uno muy lindo, imagino. —Melissa sonrió al notar el emoticón, la típica carita coqueta y sugerente—. ¿Ya tienes puesto los audífonos?
»¿Por qué?
»No me vayas a rechazar.
Melissa casi se va de espaldas al escuchar el tono de la notificación y el cambio en la pantalla. Por un momento se sintió tan nerviosa que ni siquiera se percató de que ya había aceptado la vídeollamada. La voz de Daiana la sacó de su estado de shock.
—Estás empapada —sonrió Daiana en la pantalla.
—Espera que me arregle un poco —balbuceó Melissa, menos nerviosa pero igual sorprendida.
—¿Y para qué? ¿Acaso igual no quedarás desnuda?
Melissa no pudo defenderse, porque era verdad. Simplemente le daba pena porque había planeado arreglarse y hasta había comprando un lindo conjunto. Ya no daba para más, se dijo, lo tendría que dejar para otra ocasión.
—Me haces bullying —sonrió.
—Nada de eso —se defendió Daiana—, es que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que te vi, y no me parece justo. Es por mi bienestar emocional y físico. Sé buena conmigo, por favor.
—Dramática, eso es lo que eres —volvió a sonreír Melissa. El cabello le seguía chorreando por montones, pero su piel ya se había acostumbrado a la temperatura de la habitación, ventilador incluido.
—¿Entonces…?
—¿Sí…?
—Definitivamente ha pasado demasiado tiempo —bufó Daiana. Se acomodó en su asiento y por un momento la pantalla sólo la mostró hasta la altura de su cuello. Melissa notó entonces que ella ya estaba desnuda, que sus senos, con los pezones tan sugerentes a la altura de su vista, hasta parecían solitarios y necesitados, y que Daiana, tan juguetona como era, la había estado esperando. Al menos eso quería creer. Creerlo la excitaba.
Sólo vio sus senos y sus pezones endurecidos y no puedo evitar excitarse. Melissa se mordió el labio, gesto que no le pasó desapercibido a Daiana, y con voz ronca, le dijo:
—Te pones de pie un segundo, ¿por favor?
Daiana obedeció y tal como Melissa sospechó, estaba desnuda; completamente desnuda.
—¿Te gusta? —preguntó Daiana, había algo de timidez en su voz, una urgencia mal disimulada que la erosionaba.
—Sabes que sí.
—Es tu turno.
Melissa suspiró, Daiana volvió a su posición inicial, pero acomodó un poco la cámara, para que tanto su rostro como sus senos fueran visibles.
Melissa comenzó a desabotonar su blusa, esa que, por ser oscura, no se había transparentado ni un poquito. Cuando lo hizo dejó al descubierto una bonita pieza de lencería negra, que escondía, no sin cierta malicia, la excitación que ya se dibujaba en la piel de sus senos. Levantó la vista y vio a Daiana fijamente, mientras, con ambas manos, se acariciaba por encima de la ropa interior.
—Dios, Melissa —gimió Daiana directamente en sus oídos. A Melissa le ecantaba. Las probabilidades de que Daiana la tocara en la vida real eran muy pocas, pero igual ella conseguía meterse en su interior como ninguna otra —. ¿Quieres continuar?
—Dime qué quieres que haga, y lo haré para ti —respondió Melissa, excitada.
Daiana sintió una urgencia repentina, pero esta no era como esas otras ocasiones en que por temor tenían que hacerlo rápido, así que se contuvo.
—Termina de quitarte esa ropa mojada, quédate en ropa interior.
—Sí…
—¿Tienes frío? Desde aquí puedo ver cómo se te eriza la piel.
—Eso es por otra cosa —sonrió Melissa.
—Bien, ahora aléjate un poco, quiero verte completita.
Melissa retrocedió un par de pasos. No le daba pena exponerse, de hecho, era todo lo contrario. La excitaba, la volvía loca. Daiana la miraba y eso bastaba para encenderla por completo, sin remedio, sin ganas de mirar atrás y detenerse a pensar en lo que estaba haciendo, en los riesgos… Una mirada, tan simple como eso. Dos pasos más atrás, luego la vuelta. El rostro de Daiana en la pantalla y su cuerpo, casi desnudo, a su vista. Le preocupaba a veces, ¿la miraba bien? ¿Lo miraba todo?
—Te veo bien, Meli, estás preciosa, como siempre. Me vuelves loca.
—Daia, me estoy excitando demasiado.
—Eso me encanta.
—No quiero que esto termine tan rápido.
—Yo sólo quiero que nos sintamos bien, el tiempo es lo de menos —respondió para tranquilizará—. Muy bien, ahora… gira, hazlo lentamente… —Melissa lo hizo sin rechistar; y con la voz de Daiana todavía fresca en sus sentidos, comenzó a mover su cuerpo, a girarse para mostrarlo con esa paciencia tan mal disimulada que le estaba carcomiendo las entrañas y humedeciéndola locamente—. No puedo dejar de verte, Meli; demonios, muero por tocarte, por recorrerte enterita. Estás preciosa. No puedo soportar esta distancia.
Melissa se sonrojó, también se excitó más con estas palabras, pero sobre todo, con el hecho de que Daiana se encargara de recalcarle que la estaba viendo, que no podía dejar de mirarla. A veces quería gritar, ¡mírame, mírame más!, pero se contenía, su voz se ahogaba en las suplicas que su garganta aprisionaba. ¿Pero acaso no se había prometido que esta vez sería diferente?
—Mírame más, Daia. Quiero que me mires. Me excita que me mires.
—Lo sé, hermosa —dijo Daiana, conteniendo un suspiro—. Ahora, preciosa, acércate otra vez. Acerca la cámara a tus senos. Quiero ver cómo te quitas el brá, quiero que lo hagas lentamente, que lo hagas sólo para mí.
Obedeció quizá con demasiada prisa, pero Melissa ya no estaba dispuesta a disimular lo que sentía. Se acercó a la computadora, se sentó en la silla e hizo lo que Daiana le había pedido. Su respiración comenzó a acelerarse cuando llevó las manos hasta su espalda, para soltar los broches, y contuvo la respiración cuando, lentamente, fue despojándose de la prenda. La piel se le fue erizando, y Daiana lo notó, se mordió los labios mientras, impaciente, esperaba que Melissa por fin le mostrara su piel.
—Dios, Melissa —gimió Daiana al ver los senos de Melissa. Los pezones, claros y pequeños, estaban completamente erectos; y la piel pálida y suave, erizada por la excitación, resultaba todavía más llamativa—. Quiero ponerlos en mi boca, quiero morderlos…
—Hazlo, hazlo por favor —suplicó. Estaba a punto de acariciarse ella misma, de pellizcar sus pezones con urgencia, cuando la voz de Daiana la detuvo.
—No, preciosa, todavía no.
—Sabes que no aguanto más.
—Sólo déjame verte otro ratito. Vamos, retira las manos…
Melissa suspiró y lo hizo. Daiana se quedó en silencio y esto la martirizaba. La estaba viendo, eso parecía, pero ¿qué estaría pensando? La incertidumbre la excitaba, la misma ignorancia la excitaba, incluso más que el riesgo o lo que pudiera pasar a partir de ahí.
—¿Me ves?
No hubo respuesta. ¡Estaba volviéndola loca! Quería que le dijera algo, o siquiera escuchar un suspiro. Se lo había dicho, haría todo lo que ella quisiera, pero eso era hasta agonizante, placenteramente agonizante, por supuesto, y no miraba su impaciencia como algo precisamente malo, le gustaba sentir como esa excitación desmedida controlaba su cuerpo, haciéndola rogar y esperar por más, pero al mismo tiempo, no quería esperar, quería que todo sucediera ya. Eran sensaciones demasiado contradictorias las que había estado experimentando desde que encendió la computadora.
—Daia, por favor…
—Hermosa, ¿qué tan húmeda estás?
—Mucho, no puedo más, Daia, me vuelves loca. No me hagas esto.
—Pero qué dices, si yo sé que te encanta —sonrió, complacida—. Ahora aléjate un poco, déjame ver ese bonito rostro.
—¿Así?
—Así —suspiró. Le gustaba tanto ver a Melissa que no necesitaba más para pasarla bien—. ¿Quieres tocarte ya?
Melissa no esperó la orden, y sin consideración alguna, pellizcó sus pezones, para luego ser más delicada, acariciando la aureola, deslizando la yema de los dedos por todo el contorno; y así capturar sus senos entre sus manos. Apretó con ligereza al inicio, ya después de manera más pausada, con mucha más fuerza. Sus pezones estaban demasiado sensibles, y cuando volvió a pellizcarlos un pequeño gemido se escapó de sus labios. Daiana la veía y la escuchaba y podía sentir entre sus piernas esa excitación que ya con tanta anterioridad se había apoderado de su cuerpo. Había estado esperando eso con muchas ganas, y no quería perderse ni un minuto.
—Apriétalos un poco más —ordenó, excitada. Melissa cumplió la orden, más que dispuesta—. Sí, así. Acércate un poco más, déjame saborear tus pezones. Dios, estás preciosa.
—Quiero más, mucho más.
—Pero es que antes quiero verte hasta el cansancio, ¿no te gustaría eso?
—No sé si podré aguantar.
—Sé que lo harás, por mí —dijo con seguridad—. Me encantan tus senos, y como te tocas, pero, ¿sabes que hay una parte de ti que nunca he visto, al menos no con claridad?
Melissa supo de lo que le hablaba, e inmediatamente una placentera corriente se extendió por toda su espalda.
—¿Cómo quieres que lo haga?
—Acerca un poco la silla… Sí, así está bien. No hagamos un ritual de la ropa interior; te queda preciosa, Meli, pero muero por verte. Sólo quítatela. Bien, así—decía Daiana mientras veía cómo Melissa acataba todas sus órdenes—. Ahora… ponte de rodillas sobre la silla…
—¿Así?
—No te preocupes, te veo bien, hermosa, te veo perfectamente. Haz lo que te digo… bien. Así.
—¿Me ves?
—Te veo.
—¿Te gusta?
—Me encanta, estás preciosa así. Ahora, separa un poco más las piernas… dios, perfecta —jadeó—. Estás tan húmeda, Melissa, por dios, estás preciosa. Lo veo todo.
—Eso me gusta…
—¿Puedes separar un poco los labios con tus dedos?
No respondió, simplemente lo hizo, ahogando un leve gemido cuando sus dedos al fin hicieron contacto con su vulva y con esa humedad tan cálida que la abrigaba. Daiana estaba viendo su sexo claramente, esto la volvía loca, hacía que perdiera los sentidos de una manera que jamás había experimentado.
—No, hermosa, no te toques más que eso.
—Daia… estoy tan húmeda, tan excitada. Deja que lo haga, por favor.
—Está bien, pero sólo un poco… Vamos, roza tu clítoris, con un dedo nada más, y sólo acarícialo, no hagas presión, no por ahora.
—Ah…
—No te contengas, quiero escucharte.
—Ah, Daia, esto es tan…
—Puedo verlo, hermosa. Acaríciate más.
En esa posición, Melissa no podía ver a Daiana, lo que resultaba un tanto inconveniente, pero Daiana la estaba viendo, y esto era más importante, más excitante. Cada una disfrutaba a su manera y no la cambiarían por nada. Además, aunque no la estaba viendo, Melissa sabía que Daiana ya había comenzado a tocarse, lo intuía con la naturalidad con las que sus sesiones se llevaban a cabo, esa misma naturalidad con la que habían comenzado a experimentar, sin miedo, a pesar de lo absurdo que les resultó al inicio la idea de jamás poder tocarse. Con el tiempo aprendieron que se podía disfrutar, incluso en la distancia, sin dejar vacíos, sin incumplir promesas, sin mentirse.
A través de los auriculares sólo podían escuchar los gemidos de cada una. Melissa, con las piernas agotadas pero incapaz de detenerse; Daiana, con la mano entre sus piernas y un dedo en su interior, masturbándose lentamente sin despegar la vista del cuerpo de Melissa, de su vulva húmeda y de esos dedos que tanta envidia le provocaban. Esa urgencia tan placentera había vuelto a aparecer. Se penetraba ahora con más fuerza, acariciando sus senos, pellizcándose los pezones, la mirada siempre fija en la pantalla, ida en esos dulces gemidos que rozaban tan delicadamente sus oídos.
—Detenme —gimió Melissa—, dios, Daiana, no puedo más…
La misma Daiana no creyó posible detenerse, y sin embargo, lo hizo; moduló su respiración y le ordenó a Melissa que hiciera lo mismo.
—¿Estuviste cerca?
—Demasiado —sonrió Melissa, acomodada ahora en la silla, viendo fijamente el rostro acalorado de Dainana.
—¿Melissa?
—¿Dime?
—Quiero verte todavía más de cerca —confesó, cautelosa—. Quiero ver tu vulva. Muero por ver cómo te penetras con los dedos, cómo entras y sales de ti misma…
—También… también quiero eso.
—¿Sí? —suspiró aliviada—. ¿Puedes acomodarte en tu cama?
—Espera… cortaré esto un momento, no te vayas.
—Ni loca lo haría.
Melissa tomó una gran bocanada de aire, para enseguida buscar entre los cajones de su escritorio. Allí encontró no sólo su tablet, sino también el juguete, debidamente guardado, con el que solía masturbarse desde antes de conocer a Daiana en uno de esos chats que sólo auguran malas cosas, pero en el que ella había tenido la fortuna de conocerla. Sobra decir, nunca más volvió a visitar esos chats. Ni siquiera se sintió tentada.
Encendió la tablet, enseguida sincronizó los auriculares e ingresó a Skype para reanudar la sesión.
—Se me ocurrió… —comenzó a balbucear.
—¿Es tu tablet?
—Lo es.
—Perfecto.
—Entonces… ¿qué querías?
—Un primer plano de tu bonita y húmeda vulva —rió.
—No empieces —Melissa también rió, contagiada por la risa de Daiana y las tonterías que a veces decía.
—¿No quieres?
—Sabes que sí, sabes que siempre quiero que me veas completita. Llega a ser hasta insoportable lo mucho que quiero que me veas.
—Muéstrame, entonces.
Melissa descubrió, tal vez un poco tarde, que no era todo lo cómodo que había imaginado. Se acostó sobre su cama, apoyando la cabeza en una almohada, para luego, lentamente, separar las piernas. Entonces, sin saber muy bien cómo hacerlo, colocó el aparato a una distancia prudente, esperando que en el primer intento lograr su cometido.
—¿Me ves?
—Demonios, sí —respondió Daiana con la voz entrecortada—. Separa un poco los labios… —Melissa lo hizo casi al instante—, dios, sí… así. Estás hermosa. Ahora… acaríciate un poco… sí, el clítoris… Demonios, Melissa, esto es… esto es…
Melissa escuchaba, humedeciéndose todavía más con cada suspiro, con cada “demonios”, con cada expresión de admiración que Daiana le regalaba. Apenas rozaba su clítoris con un dedo, pero la sensación que esto le provocaba era inmensa, todo porque sabía que Daiana la estaba viendo bien de cerca. Casi podía sentirla en la misma habitación.
—Penétrate, hermosa… despacio. Sólo con un dedo… sí, así.
—¿Lo ves? ¿Se ve bien? —gimió Melissa.
—Casi siento que son mis dedos los que te penetran.
—Lo son —volvió a gemir—, y también es tu lengua. Esto es delicioso, Daia, ya no podré detenerme.
—Y no quiero que lo hagas, Melissa. Yo tampoco quiero detenerme.
Daiana estaba ahora recostada, con los dedos de una mano se penetraba mientras con los de la otra se acariciaba el clítoris, ignorándolo a veces para pellizcar sus pezones. Le encantaba lo que veía. La humedad y esa penetración lenta, aparentemente superficial. Ella notaba el entusiasmo con que Melissa se penetraba, esa intención de introducir sus dedos tan profundo como pudiera, sabiendo de antemano que era algo que conseguiría volverla loca en segundos.
—Mete otro —apenas alcanzó a susurrar, pero Melissa, tan atenta a sus pedidos, lo hizo de inmediato. Y no sólo esto, sino que también comenzó a acariciarse con más fuerza y velocidad. Sus gemidos inundaron los oídos de Daiana con un placer inimaginable hasta el momento—. No te contengas, déjame escucharte.
Melissa estaba envuelta en un frenesí interminable, se penetraba cada vez con más fuerzas, entre pausas intermitentes para volver a humedecer sus dedos y extender esa humedad por toda su vulva, descansando ligeramente sobre su clítoris, presionando, rozando, acariciando, para luego volver a penetrarse. Pero por más sumida que estuviera en estas contemplaciones tan placenteras, la noción de que Daiana estaba viendo todo lo que hacía no había dejado su mente ni por un segundo. Era imposible tener la mente en blanco en ese momento.
—¿Cómo te tocas, Daia? Dime.
—Como tú —gimió Daiana—. Tengo dos dedos en mi interior, y también acaricio mi clítoris… ah…
—No dejes de verme…
—No podría…
—Daia —titubeó—, me miras, eso me vuelve loca. Mírame más, no te detengas.
Siguieron así un rato, hasta que el tedio disminuyó entonces su excitación. Parecía demasiado y a la vez muy poco.
—Tengo algo aquí… quiero usarlo —dijo Melissa.
—De acuerdo —suspiró Daiana—. Está bien.
Daiana sintió una pequeña incomodidad cuando vio como los dedos de Melissa abandonaban su propio sexo en busca de ese algo que, aunque intuía lo que era, no podía visualizar. Cuando Melissa acercó el juguete a su vulva y comenzó a humedecerlo, pensó que no sentiría la gran cosa, pero no fue así. Que a ella no le gustaran esas cosas no significaba que no le gustara que otras disfrutaran con ellas. Ahogo un pequeño gemido, mientras esperaba que Melissa por fin se penetrara con él.
Y así lo hizo. Lentamente el inicio, rozando y tanteando, pendiente de la forma en que Daiana podía estar viendo todo eso que hacía, demasiado interesada en hacerlo bien, y no de manera obscena, aunque todo el acto así podría parecerle obsceno a cualquiera. Acercó la punta, jugó con la presión al inicio, para luego, poco a poco, ir introduciéndolo en su interior. No se contuvo. Con esa intromisión, tan diferente a la de sus propios dedos, su cuerpo se tensó todavía más, y de sus labios se escapó un gemido tan agotador como placentero. Y así lo siguió introduciendo, para luego retirar la mano y demostrarle a Daiana que lo tenía todo adentro.
—Ábrete más —gimió Daiana—, sólo un poco más. Déjame ver cómo te llena.
Melissa obedeció. Al sepearar las piernas se vio obligada a apoyar más la espalda para sostenerse. No era del todo incómodo, pero al hacer el movimiento, sintió una presión tan placentera en su interior que ya no quiso quedarse quieta. Sus caderas comenzaron a moverse, mientras con una mano favorecía una penetración pausada pero profunda, y la otra sostenía la cámara que era la única ventana que la conectaba en realidad con Daiana.
—Hazlo más rápido —ordenó Daiana. Ella misma ya no podía más, no dejaba de penetrarse, de acariciarse, sentía la tensión apoderarse casi por completo de su cuerpo buscando esa tan anhelada liberación. A veces le parecía tonto verlo así, pero no siempre era capaz de describir todas las sensaciones que experimentaba, el deleite que le proporcionaba el ver a una mujer desnuda, masturbándose y gimiendo de placer, del placer el que le proporcionaba saber que ella la estaba viendo.
—Ya no puedo más… —gimió. Melissa había dejado el consolador en su interior, y ahora únicamente se dedicaba a acariciar su clítoris con una impaciencia que podía escucharse en su voz.
—Está bien, hermosa, termina —gimió Daiana a su vez—. Termina para mí, quiero verlo, quiero escucharte…
La voz de Melissa se deshizo en sus sentidos. Ese último gemido, tan bullicioso y a la vez tan íntimo, la capturó por completo y la envolvió en un estado de sopor terriblemente placentero. Sentía, en su propio pecho, el ir y venir del pecho de Melissa, su voz ahora acallada por esa respiración acelerada, ese cansancio, a la vez ligero y pesado, y el placer, hecho uno, en sus cuerpos tan injustamente separados. Entonces vino su orgasmo, más silencioso pero no menos placentero, y luego el silencio, el espacio y el tiempo.
—Muéstrame tu rostro, hermosa —suspiró Daiana, exhausta pero complacida.
Melissa, no sin algo de esfuerzo, se acomodó de lado y colocó el aparato justo en frente de su rostro, a poca distancia, para cumplir con lo que Daiana le había pedido. Al verse, ambas sonrieron. Ambas se sonrojaron. Ambas se excitaron otra vez.
—Estás toda sudada —comentó Daiana, al tiempo que se acomodaba para ver mejor a Melissa.
—Tú también —suspiró—. Sudada y hermosa.
—Esto ha sido… no sé cómo decirlo.
—Entiendo eso —sonrió—. ¿Te pareció bien que usara el…? Digo, recuerdo que me habías mencionado…
—Lo que sea que te haga feliz, Meli. Lo que me excita a mí es verte excitada, verte disfrutando. Y que no me guste no significa que no haya disfrutado viéndote usándolo. De hecho, me ha encantado.
—Estás toda sonrojada.
—Tú también.
Volvieron a reír. Ahora, algo en el cuerpo les pesaba, no era simple cansancio, era también ese estado de relajación que sumerge el cuerpo tan fielmente después de una experiencia verdaderamente placentera.
—Ya quiero repetir.
—También yo —rió Daiana—. ¿Cuándo se podrá…?
—Ojalá pronto. O más tarde, después de una siestecita. No está mal desvelarse. Lo vales. Aunque también estoy tan pero tan relajada, que podría dormir una semana entera.
—Tomate una ducha antes, te has empapado, ¿recuerdas? Me refiero a la lluvia —aclaró enseguida entre risas.
—Siento que me quedaré dormida en la ducha y me ahogaré.
—¡Exagerada!
—Además, quiero sentir esta humedad entre mis piernas un poquito más, porque esta humedad es tuya —suspiró.
—Lo es —sonrió.
—Oye, ¿ya es muy tarde allá?
—Más bien temprano.
—Siento haber hecho que te desvelaras.
—Tú misma lo has dicho. Lo vale, ¿no? Igual todavía puedo dormir un par de horas, no te preocupes.
—Entonces no te detengo más. Ve a dormir.
—¿Segura?
—Sí. Ya hablamos luego, ¿de acuerdo?
—Ya pronto será un año.
—Lo sé, no se me olvida.
—Eso está bien.
—Sí.
—Hablamos pronto, hermosa. Buenas noches.
—Buenas noches.
La comunicación se interrumpió y la noche por fin tomó forma. Melissa no apagó su tablet, aun con los auriculares en los oídos, decidió escuchar música hasta quedarse dormida.
Nunca hablaban de imposibles, estaban en paz con su extraña relación, la distancia y el tiempo que las separaba. Las dos tenían forma en puntos opuestos del orbe, con sus vidas separadas, con sus gustos diferentes; y aún así, en ocasiones parecía que miraban todo con los mismos ojos aunque a veces también en direcciones opuestas. Melissa no sabía lo que sentía, ni Daiana tampoco. Pero todos, sin importar en el lugar en que se encuentren, merecen su fantasía. Esto pensaban ambas y por eso estaban en paz, sin reclamos, sin celos tontos, sin falsas promesas.
Cuando Melissa despertó sintió un poco de la humedad de la noche anterior. Se estiró sobre su cama, como si fuera un gato, y bostezó sonoramente. Necesitaba un baño y  lo necesitaba ya. Antes de levantarse de la cama, sin embargo, una notificación, silenciosa pero luminosa, acaparó su atención. Abrió el mensaje sin fijarse y cuando leyó: «Apuesto a que vienes despertando. Ten un lindo día»; sólo sonrió. Nunca la había tocado, pero Daiana, de alguna manera poco común, formaba parte de su vida. Y, en ese preciso instante, sólo eso importaba.



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Espero les haya gustado.
Los comentarios siempre son bienvenidos.
Saludos. 


Comentarios

  1. Me encanto muy bueno el relato al igual que en este relato tengo un amor a distancia esta muy bueno de verdad

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  2. Wawww. Me trajo muchos recuerdos, e tenido un amor a la distancia... Muy bonito y tierno

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