En el mar (Relato corto)

Después de mucho tiempo sin escribir ningún relato corto, traigo este. Lo escribí en la tarde, es que llovió y me dejaron sin energía eléctrica. Espero les guste :)
Gracias por leer y por comentar (si comentan xD)



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En el mar



Tenía los ojos fijos en mí, apenas se movía. En el último segundo bajó la mirada, vio sus huellas en la arena, caminó dándole la espalda al horizonte y se perdió en el mar.
Me dijo algo antes, o eso me pareció. Me froté los ojos. El mar no era mar, era un cementerio. Las lápidas ondeaban con el viento.
Corrí tan rápido como pude. Caía agua del cielo como si el mismísimo mar la escupiera. Un extraño ardor se apoderó de mis ojos, no veía, pero  no me detuve, seguí corriendo. Algo había dicho, algo había susurrado sólo para mí, ¿podría repetirlo?
Con el vestido empapado llegué a la casona; el enorme pasillo, el cabello goteando y los pies deshechos.
¡Pero qué te has hecho, niña! —exclamó la vieja nana mientras se limpiaba las manos en su delantal—. Con este aguacero, con este tiempo...
¡Nana, nana, escucha!
La lluvia repiqueteaba contra el tejado, su ronroneo de gato enfermo ahogó mis palabras.
Niña, corra a secarse, corra a cambiarse. ¡Su mamá nos matará a las dos! ¡A las dos le digo! Vamos, no se demore.
No corría, no hablaba, no recordaba; no podía. ¿Qué era lo que me había dicho? No nana, él. Algo fue, por eso todavía me zumbaban los oídos.
Niña, venga, no se haga la tonta, vaya a cambiarse; vaya, vaya.
No quería secarme ni vestirme, lo justo era que permaneciera empapada para siempre, como todo en ese momento, como su piel.
La lluvia no amainaba. Los relampagos relucían en el espejo y quedaban atrapados allí, en silencio. El mar seguía ondeando a los lejos, llevaba espíritus consigo, espíritus y peces plateados, peces plateados que ahora nadaban en mi pecho.
Eso es lo que se agita,  me dije, eso es lo que me duele.
En mi garganta enterré un dedo índice, caí de rodillas y vomité aire. Palabras buscaba, las suyas. Un trueno envolvió mi piel. La ventana se abrió y me empapó con las últimas gotas de la tormenta. Ya no estaba seca. Era libre.
¿En dónde está? —comenzaron a preguntar.
¡Aquí! —grité.
No, no tú. ¿En dónde está?
¡Aquí, aquí! —Y me apreté la garganta, y me apreté el pecho.
Con este tiempo, ¡si ya es de noche!
¡Está aquí! —grité. Me golpeé el estómago hasta vomitar, pero no estaba ahí, seguía atorado en mi garganta, como las lágrimas en mis ojos.
Niña, ¿qué es eso? ¿Qué haces?
Había un niño más allá, mucho más allá, y era mudo. Extendía sus brazos, movía los labios. Caminaba de espaldas y sonreía. Era grande, era guapo, era mío, pero se perdió en el mar, el mar se lo llevó con mi permiso. Y yo no debía decir nada.

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