Esto no es crítica: Los chicos de las taquillas de Ryu Murakami.

Esto no es crítica
Los chicos de las taquillas de Ryu Murakami

Los chicos de las taquillas es la cuarta novela que leo del escritor japonés Ryu Murakami (mis otras lecturas han sido: Piercing, Sopa de miso y Azul casi transparente); con esto, cualquiera supondría que estaría más o menos preparada para enfrenar cualquier cosa que el escritor me aventara. Y bueno, casi...


Los chicos de las taquillas nos presenta a Hashi y a Kiku, dos huérfanos que, curiosamente, no sólo fueron a parar al mismo orfanato sino que también fueron adoptados por la misma familia, creciendo como hermanos. Esto no es lo más curioso, sin embargo, dado que el lazo que más los une es otro: ambos fueron abandonados por sus madres, encajonados, un día de verano como cualquiera, en un par de taquillas. Esta circunstancia tan especial definiría el camino de ambos chicos, sumergiéndolos en una vida aparentemente absurda y sin sentido.

Sip, estas son las benditas taquillas xD


Otra circunstancia que destaca es el hecho de que, tan problemáticos como son ambos, las monjas deciden que reciban atención psiquiatra juntos, en donde uno de los tratamientos consistía en encerrarlos a oscuras acompañados únicamente por la grabación del sonido del latido de un corazón humano. Kiku, pero sobre todo Hashi, se verá sumamente influenciado por este sonido, al punto de buscarlo de las maneras más extrañas y ocurrentes.


La relación entre Hashi y Kiku es algo más clara al inicio tornándose un tanto ambigua en el momento en que Hashi decide dejar el hogar y viajar a Tokio en busca de su madre. Cuando Kiku lo encuentra, Hashi es todo un chapero consagrado a punto de iniciar su tan anhelada carrera musical, la cual inició precisamente debido a la búsqueda de ese sonido que ambos escucharon y qué tanto los tranquilizó en su momento. Por otro lado, la obsesión de Kiku es la datura, una sustancia altamente peligrosa capaz de generar en las personas una ira y un descontrol extremo. Kiku lo quiere para destruir Tokio, dejarlo en blanco, mudo. Así, cada uno de los hermanos toma su camino, el que se ve entrelazado en varios momentos de la historia aunque de una manera que no es precisamente fraternal.


Los dos se encontrarán con personajes igual de absurdos: Gazelle, el motero barbudo que conocen en la ciudad minera abandonada. Neva, la estilista a quien le removieron los senos. Anémona, la joven modelo con un cocodrilo como mascota. D, el productor musical. Yamano, Nakakura, Hayashi, entre otros. Todos son un punto de apoyo para los propósitos de ambos protagonistas y se puede decir que sólo aparecen para cumplir esta función: para recordarle algo a cada uno de ellos, ya sea bueno o malo.


El final llega a ser un tanto desconcertante y vago. Aunque, en intensidad, un poco más leve que el resto de la obra. Aunque esto no quiere decir que sea malo, simplemente es un final abierto a la interpretación.


Murakami logra con Los chicos de las taquillas una unión curiosa entre lo cotidiano y lo absurdo, tal vez de una manera no tan sutil, pero igual de efectiva. Ciertos sucesos resultan hilarantes y totalmente desproporcionados considerando la realidad circundante, hay cierta explosividad en ellos, como si se pisara una mina terrestre, no queda más que la resignación, ver cómo los sucesos se desencadenan a partir de ahí jamás tomando el rumbo que uno quisiera, pero que, una vez sucedidos, encontramos aceptablemente lógicos.  


Los chicos de las taquillas fue una lectura extensa, que decayó una o dos veces aunque no de manera tediosa, no fueron más que puntos intermedios para hilar la aguja y seguir tejiendo; se levantó y me atrapó de una manera un tanto vaga, pues en varias ocasiones me tomó más de un minuto asimilar lo que estaba sucediendo, sorprendiéndome y encantándome, haciéndome reír (el humor negro de Murakami está en su punto en esta novela), extrañándome; esta lectura fue como una montaña rusa (aunque nunca he subida en una) y podría señalar fácilmente cuatro o cinco acontecimientos que me elevaron hasta lo máximo, sumiéndome enseguida en una caída lenta, ideada únicamente para ir preparando el terreno para el próximo subidón.

Lectura entretenida, curiosa, y altamente contagiosa. No la recomendaría para aquel que quiere iniciar con este escritor (yo siempre recomiendo Piercing antes que otra cosa) pero si igual alguien quiere echarle una miradita no pierde nada. Tal vez lo atrape, tal vez no, de todas formas, no quedará indiferente.


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