¿Irías sin mí? (Relato gay juvenil)

¡Hola a todxs! Relato nuevo, después de no sé cuánto tiempo. Lo escribí de un tirón, pero igual dejé pasar el tiempo para poder corregirlo mejor. Igual, si encuentran errores, me disculpo humildemente.
Título: ¿Irías sin mí? (Relato gay juvenil)
Resumen: Noé le pide a Lorenzo ir al río el fin de semana. Lorenzo se empecina en llevarle la contraria. (Soy mala en esto de los resúmenes, ¡por qué permiten que los someta a esta tortura xD).
Advertencias: ninguna.

Espero disfruten la lectura. Si es o no es así, igual hagánmelo saber. Los comentarios son amor, son vida (¿) Ok. No. Pero lo hacen a uno feliz, eso no se niega.
Tengan una linda tarde.
Saludos. 
PD: Es la portada más idiota que se me ha ocurrido nunca, pero como no encontraba imagen, y no quería dejar la entrada sin imagen... u.u 
Todos los derechos reservados. No al plagio. (Pero si alguna vez algo les gusta tanto que quieren compartirlo en algún blog, foro, etc., con que me lo hagan saber es suficiente)



¿Irías sin mí?

  
Hay algo en el cielo tormentoso que es reconfortante. Incluso cuando parpadea iluminándolo todo no puedes sentir miedo. Y luego, cuando por fin retumba el primer trueno, sientes que eres todo lo pequeño que puedes ser. No hay para más. Una vez encuentras el fondo del embace, sabes que ya no queda nada, y si ya no tienes nada, todo lo que suceda a partir de ahí resultará una especie de ganancia.
Si estas cerca de una ventana descubrirás que no sólo tu piel vibra con cada retumbar seco, y que no sólo tus párpados se entrecierran ante cada resplandor. Creo que uno se siente realmente vivo cuando la piel se eriza. Estás sintiendo con todo tu cuerpo algo que ni siquiera sabía que podías o querías sentir. Al mismo tiempo, durante una tormenta eléctrica notas que incluso las cosas inanimadas reaccionan de forma no muy distinta a la tuya, y otra vez te sientes pequeño, y siendo tan pequeño lo natural es que, a partir de ahí, sólo te queda crecer.
Creo que mi mamá se refiere a esto como «el consuelo del tonto», pero yo prefiero verle el lado más optimista.
Cuando le expongo este tipo de pensamientos a mi novio, pese a que sé que me quiere mucho, me ve de manera extraña. Frunce el ceño fingiendo que está analizando lo que acabo de decirle, pero bien sé yo que apenas me ha prestado atención. Así es él y así me gusta. Aunque no puedo negar que a veces quisiera notar algo de interés y no sólo miradas dubitativas.
—Oye, Lore —susurró—, ¿vamos al río este fin de semana?
—Dicen que el fin de semana habrá mucha lluvia —respondí yo con medio bostezo en la boca. Sonreí al notar su estómago rugir, me pareció mal el que mi cabeza siguiera descansando sobre su estómago, con lo vacío y necesitado que parecía—. ¿No has almorzado?
—¿Y desde cuándo acá estás tan pendiente del pronóstico del tiempo? —preguntó Noé, divertido, ignorando mi pregunta.
—Por eso dije: «dicen» —bufé—. Los del tiempo le atinan a todo menos al clima.
Yo no suelo llevar paraguas, pero sí sombrilla. Antes creía que a la larga el sol era mucho más dañino, y prefería un resfriado a una enfermedad en la piel. Aunque esto no es del todo cierto, por supuesto. Sin embargo, encuentro algo romántica esta concepción tan inocente e infantil. Pensé así como hasta el séptimo grado. Desafortunadamente, en la clase de Ciencias Naturales me tocó hablar sobre la lluvia ácida, y desde entonces, siento que uno es más feliz viviendo en el engaño. Pero, con todo y todo, no me siento triste. Dejo pasar dos o tres tormentas, y a la siguiente, salgo al patio y corro como loco, sin importar que los pies se me llenen de lodo o que el agua sucia me cubra los tobillos por completo. Sonaré todavía más loco ahora, pero incluso hay ocasiones en las que recuerdo la canción de Barney. Yo alcancé a Barney ya muy tarde, cuando el pobre dinosaurio púrpura ya estaba agonizando y pocos niños lo buscaban. Es más, si le pregunto a un adulto sobre él, fingen no haberlo conocido. Pobre animalito púrpura, tan solitario.
La canción va algo así: «si las gotas de lluvia fueran de caramelo…» y creo que es de libre composición. Es decir, creo que uno tiene permitido agregar cualquier cosa que te guste, sin importar que no vaya en la letra original.
«Pues deberían ser de cerveza —comentó Noé una vez, al tiempo que le daba un nuevo sorbo a su soda. Le gustaba su soda con cinco gotas de limón, por eso siempre se la servía en un vaso, luego, metódicamente, rodeaba el vaso con una servilleta. Decía que no le gustaba que las manos se le humedecieran cuando estaba bebiendo soda—. O de vodka, aunque la verdad no me gusta tanto».
Hay quienes creen que la cerveza es una cosa de machos.

—Como te decía —continuó—, se me apetece ir al río. El lugar que encontramos la última vez me pareció estupendo. Además, hay privacidad, si me entran ganas de comerte la boca en pleno jugueteo, nadie nos quedará viendo mal ni nos gritarán estupideces.
Mi cabeza seguía apoyada en su estómago, así que pude sentir la ligera vibración que produjo su risa. Me volteé un poco; mi oreja derecha pudo captarlo todo con más claridad: seguía rugiendo.
—Bueno, pero es que casi nunca te contentas sólo con la boca —dije.
—Y tú tampoco.

Mamá le dijo una vez a mí papá que sospechaba que yo era gay. Se lo dijo en la cocina, cuando ambos lavaban los platos sucios. Yo me quedé cerca precisamente porque cuando mamá le pide a papá que le ayude a lavar los platos es porque tiene algo serio que decirle.
«—¿Tú crees? —inquirió papá, dubitativo.
—A veces eso parece.
—Tendrás mucha experiencia.
—Para nada.
—Ya —murmuró—. ¿Y entonces?
—Ese chico, Noé, lo visita demasiado.
—Yo casi vivía en la casa de mi mejor amigo cuando tenía esa edad. Lorenzo nunca ha sido de salir mucho, así que tal vez le toca a Noé visitarlo, ¿qué tiene de malo?
—No sé, sólo quería decírtelo.
—Mmm, ya. En todo caso, de serlo, tampoco tiene nada de malo.
—Pues sí, pero ¿sabes? Me duele un poco su falta de confianza.
—No lo había visto de esa manera —murmuró papá. Sus murmullos fueron devorados por el chorro de agua que despedía el grifo, mientras yo escondía una sonrisa detrás del marco de la puerta».

—Pero el clima no está tan caluroso como para que quieras pasar toda una tarde bañando. —Esta vez fui yo quien continuó la conversación.
—Sólo se me ha ocurrido —bufó, molesto—. Si no quieres ir, no tienes que hacerlo. Puedo ir yo solito sin problema. Ni me harás falta.
—No te creo —sonreí.
—Me caes mal —soltó. Y aunque no lo veía, supe que también sonreía.
El cielo de la casa de Noé es como de un color crema, el de su habitación, sin embargo, está lleno de bichos; sí, insectos. No los había pintado él, por supuesto. Noé y yo somos dos personas normales, y cosas como el arte y sus distintas expresiones nos resultan igual de lejanas que el universo. Los insectos en su techo eran stickers que se ganó jugando al tiro al blanco. De eso ya mucho, pero aunque descoloridos, siguen adheridos al cielo como si no quisieran desprenderse jamás. Cuando descansamos sobre su cama, y mi cabeza, a la vez, descansa sobre su estómago, me quedo ido en esos bichos moribundos. Con el tiempo los he ido distinguiendo: un escarabajo, una cucaracha, una mariposa, y un par de hormigas. Al inicio me costó acostumbrarme a ellos.
Siempre que llego a la habitación de Noé, lo primero que hago es levantar la cabeza para ver ese cielo plagado de bichos, esperando que todos sigan igual. Entonces él me dice que un día de estos limpiará y se deshará de ellos. La primera vez que me lo dijo fue la primera vez que visité su casa, de eso casi un año ya. Creo que si llega a removerlos me sentiré incluso más extraño que al inicio.

—¿Llevamos comida? —pregunté.
—¿Y no que no querías ir?
—Sólo estaba comprobando si en verdad estabas convencido.
—Lo dices como si cambiara de opinión muy a menudo.
—Bueno, lo normal, creo.
—Ni lo normal ni nada —volvió a bufar—. Si no quieres ir, sólo dímelo.
—Quiero ir —le dije—. Contigo iría hasta el fin del mundo.
—No digas esas cosas —susurró, serio. Supe entonces que había cerrado los ojos. También supe que ya los había abierto cuando me dijo—: ven aquí.
Despegué la mejilla de su estómago y acerqué mi rostro al suyo. Noé se había sonrojado. Siempre lo hace cuando yo le digo algo cursi. Creo que es porque sabe muy bien que, a pesar de ser algo verdaderamente cursi, lo digo sintiéndolo completamente. Y si yo le digo: «contigo iría hasta el fin del mundo» él sabe que es algo que indudablemente cumpliré.
La primera expresión cursi que le dije fue «Te quiero más que a mí mismo», él me respondió de la misma manera: «no digas esas cosas». En ese momento lo dije en serio, pero con el tiempo descubrí que tenía que quererme mucho para así poder quererlo a él en igual magnitud. Entonces, la segunda cosa cursi que le dije fue: «te quiero tanto como me quiero a mí». Esa vez sólo sonrió. Su sonrisa podía traducirse en un «así está mejor». La tercera cosa cursi que le dije fue durante nuestra primera vez. Aunque no la recuerdo muy bien, por eso no la diré.

—Ni siquiera sabes dónde queda el fin del mundo —dijo, al tiempo que me sobaba la mejilla. Lo suyo no era tan tierno como una caricia, porque su mano era pesada y ruda y ni intentándolo con todo el corazón le saldría así.
—Por eso es que iremos los dos juntos —respondí—. Y si no llegamos al fin del mundo, al menos quedaremos algo cerca. Quedaremos lo más cerca del fin del mundo que podamos.
Noé frunció el ceño a lo «otra vez estás diciendo estupideces». Yo sonreí y lo besé. Él enterró los dedos en mi cabello. Yo dejé que cargara con mi peso. Es algo que sólo hago cuando estamos en la cama. Por más que Noé me quiera, y por más que yo lo sepa, jamás dejaría que el cargara con todo lo que soy yo. Tenemos que caminar el uno al lado del otro, y no encima o detrás.
Después de hacer el amor, nos quedamos dormidos.
¡Ah! Creo que esa fue la tercera cosa cursi que le dije.

***

La primera vez que fuimos al río terminamos bañándonos desnudos. El lugar no era el más solitario, pero sabíamos que no seríamos los primeros en hacerlo. Con tal de que no apareciera ninguna chica pudorosa, no había problema. Siempre me ha resultado extraño el que las chicas finjan ser tan pudorosas. En el fondo me parece que en realidad no lo son, pero que esa fuerza invisible que es la sociedad las obliga a guardar las apariencias. Era la misma fuerza que nos hacía pensar más de dos veces si darnos un beso a la salida del instituto o si caminábamos con las manos tomadas  no. Todavía nos faltaba hacernos más fuertes.
Ya desnudos me acerqué a él por detrás. No lo hice a modo de broma o por malicia. Cierto es que tenía una erección, pero no me acerqué a él para que la aliviara. No sé muy bien por qué lo hice, pero no fue por nada de eso. Cuando él me sintió, se sonrojó, yo me disculpé rápidamente y me alejé un poco. Creo que también me sonrojé. No sé. Entonces Noé se volteó, me agarró el rostro, y me plantó tremendo beso ahí, en la orilla del río, con el agua hasta la cintura, y el murmullo de la corriente acariciándonos la piel. Lo que yo hice fue rodearlo con mis brazos. Lo acerqué tanto a mi cuerpo que pronto descubrí que ambos estábamos igual. «¡Vaya problema!», seguramente pensamos al mismo tiempo. Y como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, salimos del agua, cogimos nuestra ropa, nos vestimos y caminamos río arriba.
Entre más caminábamos, más frondosa se hacía la vegetación y más desolado parecía todo. El río se ensanchaba y encogía, se ensanchaba y encogía. Por un momento creímos que tendríamos que regresar, porque el río se había ensanchado tanto que no había vereda por la cual seguir caminando. A esa altura, el agua corría con más fuerza, y no nos aventuramos a cruzar nadando. No sabíamos en dónde se arremolinaba el agua, y no nos apetecía para nada morir ahogados. Nos regresamos. Con algo de suerte, encontraríamos un cruce. No, de hecho, nos regresamos porque nos pareció que habíamos visto uno. Así fue. Por fin cruzamos y seguimos caminando. Y seguimos caminando hasta que por fin encontramos un lugar que nos llamó la atención. Nos enamoró. El agua corría suave pero firme, y el suelo parecía estar lleno de hojas secas. El agua era verde, verde, y el resplandor del sor le arrancaba destellos plateados. Parecía de ensueño. Un frondoso árbol proporcionaba algo de sombra; era tan grande que a pesar de estar a varios metros de la orilla, sus ramas casi rozaban el agua. Seguramente las hojas en el fondo eran de ese árbol.
Realizamos una ligera inspección. No parecía haber vida humana en los alrededores, lo que nos resultó refrescante. Nos volvimos a desnudar. De poco fuimos tanteando el agua y la profundidad de la misma. Encontramos varias hondonadas, pero la corriente no era pesada y no parecían tan peligrosas. Igual decidimos guardar distancia. Se sentía muy bien pisar las hojas secas en el fondo, pero al tiempo que lo hacía no pude evitar pensar en todas las clases de organismos que a la vez podía estar pisando. Esperaba que fueran lo suficientemente pequeños para no aplastarlos. Aunque lo cierto es que los organismos dejaron de importante cuando Noé comenzó a tocarme. El sabernos solos activo nuestros cuerpos casi al instante. Cuando Noé me tomó en su mano, yo ya estaba completamente erecto. Algo me decía que no debíamos eyacular dentro del río, pero, cuando sentí que el orgasmo estaba por llegar, instintivamente también dejó de importarme.

***

Llegó el lunes y el martes, pero fue hasta el miércoles que recordé que Noé seguía queriendo pasar el fin de semana bañando en el río. Durante la hora del almuerzo lo busqué. Parecía no recordarlo. Fijé tanto mi mirada en su rostro, tratando de descifrarlo, que, sin quererlo, hice que recordara su resolución. Fue un momento bastante simpático. Me reí mucho de mí mismo.
Cuando llevé a Noé a casa por primera vez y lo presenté como mi novio, fue papá quien se puso más nervioso. Recordé su: «Mmm, ya. En todo caso, de serlo, tampoco tiene nada de malo». ¿Acaso había cambiado de opinión en tan poco tiempo? Mientras la velada se desarrollaba con aparente tranquilidad, yo trataba de descifrar qué era lo que sentían mis padres en ese momento. Noé parecía sorpresivamente cómodo. Me pareció que yo no era su primer novio, pero en lugar de entristecerme o sentir celos, me alegré. Me alegró saber que no había estado desperdiciando su vida en cuanto a relaciones se refiere. Y no que me parezca que las personas que no piensan en relaciones estén desperdiciando su vida, para nada. Lo pensé así únicamente guiado por su carácter. Noé parecía una persona que disfrutaba mucho de otras personas, y no en un sentido estrictamente sexual ni sentimental. Noé no parecía una persona enamoradiza, y sin embargo igual sentía que era como esas personas que, cuando se enamoran, se enamoran en serio, sin importar cuántos enamoramientos hayan tenido ya. En otras palabras, sentí que Noé tenía un corazón tan pero tan grande, y con todo ese tamaño, no tenía espacio para el rencor. Esperaba no descubrir lo contrario.
«Así que ¿son compañeros? —Fue lo primero que dijo mi padre. Noé y yo asentimos».
A partir de ahí el hielo se rompió por completo. El resto de la noche resultó agradable. Mis padres se fueron a dormir con una enorme sonrisa en sus rostros.

—¿Pensaste que lo había olvidado? —me dijo Noé al salir de clases—. Como si no me conocieras.
—Estaba probando mi suerte, nada más.
—Pero ya te dije, si no quieres ir, puedo ir solo. No hay problema.
—Me da miedo dejarte ir sólo —confesé.
—Ya estoy mayorcito —bufó—, además, conocemos el lugar. Y además —enfatizó—, nunca he sido tan temerario. No entiendo por qué te da miedo. A ver, ¿por qué te da miedo?
—¿Y qué tal que le gustes tanto al río que ya después no te deje salir? —inquirí, preocupado.
Noé resopló, divertido, a lo: «ya empezaste con tus rarezas».
La primera cosa rara que le dije a Noé no resulta tan rara en verdad.
Estábamos en nuestra tercera cita, almorzábamos en un restaurante de comida rápida. Había sido todo improvisado. Entramos al local y no nos fijamos en que lo estaban preparando para una fiesta de cumpleaños. Cuando vimos los globos y las piñatas ya era demasiado tarde, así que decidimos seguir comiendo sin prisas.
Noé se llevaba un par de papas fritas a la boca cuando yo le pregunté:
«—¿Qué crees que pase cuando el cielo y la tierra por fin se cansen de nosotros? ¿Qué tal que el océano decida unírseles? Qué bueno que no vivimos cerca del mar, ¿verdad? Pero del cielo y de la tierra sí que no nos salvamos.
El ceño fruncido, y las papas a medio morder. Eso vi en Noé.
—No sé de qué me estás hablando —dijo con la boca llena. Quise regañarlo, pero en su lugar, continué.
Ya sabes —dije. Entonces coloqué ambas manos frente a mi rostro. La derecha, con la palma hacía abajo, y la izquierda, con la palma hacia arriba. Cuando noté que Noé me miraba fijamente, las junté fuertemente, tanto que me hice daño; cuando choqué las palmas no fue como un aplauso, fue más como un manotazo. Noé incluso llegó a sobresaltarse. La gente en la mesa cercana me quedó viendo, pero pronto apartaron la mirada.
Ya —asintió».
Creo que Noé al menos llegó a imaginar a los titanes mitológicos luchando por su pedacito de universo, los humanos los habíamos desplazados y ahora se esforzaban por recuperar su lugar; pero lo mío había sido un comentario medioambiental. Calentamiento global y esas cosas. Trato de reducir mis tendencias antropomorfistas.

—Aunque llueva, iré —continuó.
—Pues ve —le dije—, si ya me dijiste que ni te haré falta.
—Y ahora te enojarás tú, qué bonito.
Me crucé de brazos e hice un puchero. Se me hacía muy difícil contener la risa, pero lo hice lo mejor que pude.
—Dijiste que irías conmigo hasta el fin del mundo —prosiguió.
—Eso dije —asentí.
—Pues se nota que no crees que en ese río podremos encontrar el fin del mundo.
Fruncí el ceño esperando que notara el «ahora eres tú el que dice cosas raras».
Noé sólo bufó y comenzó a caminar.
Noé y yo ya no estábamos en el mismo salón de clases, así que no supe cómo fue que sus compañeros se enteraron de que estaba saliendo conmigo. Lo molestaron mucho y yo me enfadé todavía más. Me enfadé tanto que me gané una expulsión de ocho días y una bonita mancha en mi expediente. Noé me visitó toda esa obligatoria semana de vacaciones sin demora. Llegaba con el uniforme del instituto y los deberes. Gracias a él, no me atrasé. Lo mejor de todo fue que, cuando teníamos la suerte de quedarnos solos, hacíamos el amor. Lo hicimos mucho durante toda esa semana. Creo que mis padres llegaron a un tácito acuerdo y por eso me facilitaron tales libertades. Entonces, tal vez gracias a ellos (por inquietante que suene), le hice el amor a Noé muchas veces, y él me lo hizo a mí muchas veces también. No pensé que pudiéramos soportar tanto, y la verdad no sé cómo le hizo él, puesto que tenía que asistir al instituto. Yo, en cambio, podía quedarme en casa durmiendo, mis papás no me habían castigado tampoco porque no consideraron que lo mereciera, y mientras respetara las horas de la tarde para ponerme al día, todo iba bien. A los jóvenes modernos se nos confiere una vitalidad que en realidad no poseemos, pero mis padres siempre han tenido bien clarito que soy un completo haragán.

—¿En serio irás sin mí? —le pregunté a Noé. Estábamos cerca de mi casa, y todavía seguía pensando si invitarlo a cenar o no.
—Bueno, y si no quieres ir, ¿qué le voy a hacer?
—Convénceme —sonreí.
—Esto ya no me resulta divertido —masculló.
—¿Y si llueve? —insistí.
—No lloverá —suspiró.
—Pero sería bonito que lloviera —comenté.
—Con tal que no sea una tormenta.
—Ah, pero es que las tormentas son todavía más bonitas.
—Porque tú sólo piensas en las nubes oscuras, el agua, los relámpagos, los truenos y la vibración. Jamás piensas en la destrucción.
—Pero es que las tormentas no tienen la culpa —dije, convencido—. Ya había tormentas antes de que el hombre llegara a la tierra, y seguirá habiéndolas incluso después de que dejemos de existir.
—Tú morirías feliz debajo de una tormenta  —dijo al fin.
La verdad es que creo que sí moriría feliz así, aunque al mismo tiempo me parece que sería demasiado doloroso. Las tormentas son bonitas pero dolorosas. Comprendí un poco más a Noé.
—Pero, ¿sabes? No todas las tormentas son tormentas eléctricas.
Noé no se quedó a cenar ese día.

***

Cuando el viernes apareció, supe que ya no tenía salida. No almorcé con Noé a la hora del almuerzo porque no lo localicé, pero al terminar las clases me lo encontré en el portón principal, esperándome.
—No debí evitarte —se disculpó.
Le tomé la mano rápidamente, ya no nos importaba que los chicos del instituto nos miraran.
—Era en serio cuando te dije que contigo iría hasta al fin del mundo —murmuré—. Me he pasado con la broma. Lo siento.
—Sí, te has pasado —asintió—. Y yo también —Sonrió. Cuando sonrió, sentí ganas de llorar.
Corrimos hasta su casa, nos encerramos en su habitación, nos desnudamos, e hicimos el amor. Creo que a Noé no le gusta mucho la expresión «hacer el amor», me parece que es de los que cree que el amor es como la energía, no se crea ni se destruye, solamente se transforma. Para mí es casi lo mismo, pero bueno, él cree que cuando tenemos sexo no hacemos el amor, sólo lo encontramos. Es una bonita idea, pero cuando intento hacerla mía me doy cuenta de que en mi cabeza sólo hay cabida para la expresión «hacer el amor». Por muy genérica, tonta y cursi que pueda parecer, para mí «hacer el amor» es una expresión que sólo puedo asociar con Noé.
Se lo dije ese viernes después de decirle que me gustaba mucho hacer el amor con él. Noé rió y puso una cara a lo: «las cosas raras hasta a la cama te las traes». Asentí y lo besé. Lo seguí besando hasta que volvimos a hacer el amor. Parece que el viernes es el mejor día para eso.

El cumpleaños número dieciséis de Noé también cayó un día viernes. Ese día amaneció lloviendo y continuó así hasta bien avanzada la tarde. A mí me parecía una idea estupenda pasar el día en casa tomando cosas calientes, bien arropaditos y juntitos mientras escuchábamos el murmullo de la lluvia en la ventana. Pero, por razones obvias, a Noé no le entusiasmó la idea, y no lo pasamos así. Salimos, enfundados hasta los huesos por sendos capotes, y corrimos debajo de la lluvia hasta la estación de autobuses. Ya ahí, esperamos en silencio. Yo sacaba la mano de tanto en tanto para que la lluvia me mojara. Noé seguía de mal humor. Cuando llegó el autobús, no lo tomamos. Decidimos ir hasta el supermercado para gastar el dinero destinado para ese día en todo lo que se nos ocurriera. Compramos puras golosinas y dulces, además de jugo y sodas. Regresamos a casa con la intención de iniciar un maratón de películas de terror, pero cuando Noé intentó introducir la llave en la cerradura de la puerta principal, fuimos sorprendidos por un apagón. Las tormentas a veces causan eso, y son tan inesperados como molestos. Pensamos que la energía eléctrica sería restablecida pronto, pero cuando pasaron dos horas nos resignamos. Tomamos linternas portátiles y subimos a la habitación de Noé.
Noé tiene una bonita voz, no sé por qué no lo he mencionado. Apenas iluminados por las linternas portátiles, comenzó a cantar. Era una canción suave y lenta que me erizó la piel en un santiamén. Me erizó la piel incluso con más intensidad que la lluvia y los truenos. Me quedé quieto, como paralizado. Sentí miedo, mucho miedo. También sentí como si quisiera acercarme a él para abrazarlo, pero no agarré la fuerza suficiente para hacerlo.
«—¿Sabes, Noé? Te quiero mucho —fue lo único que alcancé a decir.
Noé terminó la canción.
—Lo sé —me respondió. Con su canción ya me había dicho lo mismo».

***

—Entonces, ¿ésta cuenta como nuestra primera gran pelea? —pregunté. El agua me llegaba hasta la cintura, mis pies se deleitaban pisando hojas secas.
—No lo creo —respondió Noé casi a gritos, estaba en una parte más honda, donde el agua dejaba de ser verde para ser casi negra; él flotaba como una ramita frágil y temía que la corriente lo arrastrara demasiado lejos de mí—. Fue una broma que se nos salió de control—. Como si me hubiera escuchado, se volteó y nadó hacía mí, se prendó de mi cuello y me besó los labios.
—No volveré a bromear así en un tiempo —comenté.
—Ya veremos.
Nos sumergimos un rato. Debajo del agua, pese a tener los ojos abiertos, veíamos más bien poco; por supuesto teníamos la certeza de que estábamos el uno en frente del otro, así que, a pesar de no poder vernos, no sentimos miedo. Incluso sabía que, de extender las manos, podría tocarlo, pero no necesité hacerlo. La certeza que sentía era inmensa, y sabía que al buscar la superficie, lo encontraría ahí. Él no estaría esperándome, claro, sino que emergeríamos al mismo tiempo, porque poco a poco habíamos conseguido marcar nuestros ritmos. Cuando por fin emergimos notamos que el cielo comenzaba a oscurecerse. Las nubes ya estaban aglomeradas y oscuras, el viento frío, poco faltaba para que comenzara a relampaguear. Tal vez los del servicio meteorológico le habían atinado al fin, pensé. Quién sabe qué estaba pensando Noé.
—¿En realidad ibas a venir sin mí? —pregunté sin despegar la vista del cielo.
Noé se encogió de hombros.
—En realidad no tenía planeado nada —respondió.
Me quedé en silencio un rato. Pronto se escucharon los primeros truenos.
—Me gustan muchos las tormentas —dije—, pero no quiero que esta nos agarre aquí.
Noé sólo sonrió.



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