LA REUNIÓN (Relato)

¡HOLA! ¿Qué tal? Aquí ando con un nuevo relato que no tiene nada de romance ni de relaciones y que... no, no sé de qué va. Son de esos que escribo y escribo hasta terminar, sin detenerme ni nada (aunque hice una pausa esta vez).
Espero les guste.
Y espero que les guste lo suficiente como para comentar.
Muchas gracias de antemano, porque no hay nada que yo valore más que el tiempo que se toman para leer.
Saludos a todas y todos.
Se les quiere.

Título: LA REUNIÓN
Advertencias: ninguna.
Sinopsis: El salón está vacío, sólo está ella, un grupo de hormigas y una silla rota. Está vacío y la reunión está por comenzar. Aunque para ella es como si el salón estuviera lleno, con esas hormigas molestas, y siente que tiene que salir a tomar aire. Es que el salón está vacío, y aunque saliera, no perdería su lugar, ¿no? L a reunión es importante y tiene que estar ahí, no puede quedarse sin silla. Pero necesita salir, aunque sea un momento, uno pequeño. Seguro el salón sigue igual de vacío cuando regrese. Sí, seguro que sí.

“Un perro se acercó a la silla rota, comenzó a olfatearla. Podía ver su aliento húmedo adherirse a la madera para luego desaparecer. El perro era de un color aceitoso, entre verde y café, tenía las orejas largas, casi rozaban el suelo, y en la punta de su naricita descansaba una mancha blanca. Tenía los ojos fijos en sí mismo, eran amarillos y grandes y brillaban. Gruñó. Me miró. Hizo una mueca y me sacó la lengua. Me volteé, irritada, crucé las piernas y decidí no prestarle más atención.”
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***




LA REUNIÓN



—La silla está rota —comenté—. ¡He dicho que la silla está rota!
La silla se movió, se dibujó algo en la superficie, los nudos en la madera me miraron, recriminándome. Estás rota, pensé, sólo digo la verdad, de nada sirve que te enojes conmigo.
Es que estaba rota, torcida y astilladla. Una pata era más grande que todas las demás, y la pata rota estaba doblada hacía atrás, como si se hubiera quebrado una rodilla.
Viéndola estaba cuando una señora ingresó al salón, era gorda y olía a perfume barato. La atmósfera se oscureció de repente, y el piso comenzó a agrietarse después de cada tac tac de sus zapatos. Me ignoró por completo. Sí vio en mi dirección pero pronto se volteó para revisar el resto del espacio. La mujer era gorda y fea, me disgustó de inmediato, pero no le dije nada.
—La silla está rota —murmuré, cruzándome de brazos. En verdad no quería advertirle, e incluso, con enferma anticipación, esperaba que al sentarse se viniera abajo. Quería que su rechoncho cuerpo enfermo fuera perforado por las estillas de la madera. Se iba a romper, lo sabía. La silla sedería y ella caería, yo reiría y luego escondería el rostro. Oh, qué desastre. Deje que la ayude, por favor. ¿Quién habrá dejado una silla en mal estado en ese lugar? No. No sé. La silla ya estaba ahí incluso antes de que yo apareciera. ¿Por qué no me habré fijado antes?
Reí por lo bajo. Escondí los ojos. Comencé a mover una pierna, impaciente. La mujer parecía no poder decidirse. Sólo había una silla ocupada en todo el salón, y era la mía. Por lo demás, todas las sillas estaban desocupadas y limpias, pulidas, desprendían el delicioso olor de la madera y el tiempo. Salvo esa, la rota, parecían soldaditos bien uniformados listos para marchar.
Carraspeé. La señora gorda ni siquiera levantó el rostro. Se acomodó el sombrero con prisa, una pluma cayó flotando y flotando, pareció elevarse un momento pero después de uno segundos inevitablemente tocó el suelo. La mujer se asustó, su piel se encogió y sus oídos se irritaron, como si el sonido producido por la pluma al tocar el suelo hubiera sido en verdad estruendoso e insoportable. Yo no había escuchado nada, sólo vi cómo la pluma se deslizaba en el espacio hasta que ya no se deslizó más y se hizo una con el duro piso de mármol.
La mujer me miró ahora, alarmada. Hizo una pequeña reverencia en mi dirección y sin esperar más nada, se marchó. Conté las sillas que quedaban: faltaba una. Pero la rota seguía ahí.
—La silla está rota —repetí.
Un perro se acercó a la silla rota, comenzó a olfatearla. Podía ver su aliento húmedo adherirse a la madera para luego desaparecer. El perro era de un color aceitoso, entre verde y café, tenía las orejas largas, casi rozaban el suelo, y en la punta de su naricita descansaba una mancha blanca. Tenía los ojos fijos en sí mismo, eran amarillos y grandes y brillaban. Gruñó. Me miró. Hizo una mueca y me sacó la lengua. Me volteé, irritada, crucé las piernas y decidí no prestarle más atención.
El perro ladró, quedo, implorando atención. Por el rabillo del ojo noté que se había alejado de la silla rota y que ahora roía una que estaba exactamente en el extremo contrario de la que me encontraba yo. Roía y roía pero la madera no se hería. Sangraba, eso sí. El líquido manaba de la nada y formaba canales que se encontraban en una pequeña charca debajo de la pata posterior derecha. El perro dejó de morder, acercó la lengua a la charca, y bebió. Su cola se agitó intensamente, su cuerpo pareció erigirse más sano y robusto ahora, como si hubiera perdido años. Los ojos se le oscurecieron, eso sí, y de pronto su lengua se quedó seca. Me miró nuevamente, pero esta vez lo noté aturdido.
—La silla está rota —señalé. El perro agitó la cola una vez más, lentamente. Giró tres veces y se echó —. Está rota, digo. Ha estado así siempre. Creo. No sé.
El can me ignoró. Una vez se hubo echado, no se volvió a levantar.
Me estiré en mi silla y bostecé. Estaba sentada sobre una silla forrada, rellena de motas de algodón. Como estaba cómoda, no pensé en más nada que en la silla rota. ¿Me reiría si alguien se sentaba y se caía? Lo más probable era que lo haría. Pero luego disimularía mi sonrisa maliciosa detrás de una de mis manos y una tosecita falsa y rencorosa: Me has pillado riéndome de ti, animal.
Aunque lo más probable era que nadie llegara.
Es que nadie había llegado. Tenía hambre y sed, me pesaban las piernas y los brazos los tenía cansados. Todo, sólo por esperar. La señora gorda seguramente se había equivocado de salón. El perro entró porque buscaba un lugar agradable en donde descansar. Los verdaderos ocupantes del salón debieron haberse olvidado de sus responsabilidades y andaban vagando por algún lado. Yo seguiría ahí, sola, hasta que el sol se ocultara y no me quedara de otra que abandonar el lugar. Con suerte el perro me seguiría, y si no, tendría que regresar sola a casa, en la vacilante oscuridad de las calles abandonadas.
Volví a bostezar.
Si no estaban ahí es que estaban en otro lado, ese otro lado en el que yo no estaba por estar sentada en ese salón, esperando. Me rasqué la cabeza y me acomodé. ¿Qué tal que ese otro lugar fuera más agradable? El silencio es insoportable. Las sillas vacías son insoportables. Me volteé para no ver el salón, fijé mi vista en la pared a escasos centímetros de donde yo me encontraba. Estaba blanca pero agrietada.
Fijándome bien, parecía vieja. La pared estaba vieja y rasgada, pero limpia. Podía ver huellas digitales adheridas a la pintura vieja, como rasgándola a la vez a medida que naturalmente se descascaraba. Había un olor en el aire, uno gastado que se elevaba presuroso sin ritmo alguno. Me apreté la nariz con los dedos. Me volteé, el perro seguía allí. El olor siguió aumentando, y con el tiempo, ecos, pasos, pasos, pequeños pero pesados. Quise levantarme de la silla para investigar mejor, pero no quería perder mi lugar.
— ¡Hey! ¿Alguien? La silla está rota —exclamé —. Sí, esa, esa —señalé con el dedo índice —. Pasen la voz. Está rota. No sirve. Vamos, que no sirve. Sería malo que alguien se cayera.
Los pasos siguieron retumbando sobre el mármol. Yo no veía nada. Olía y escuchaba nada más, pero no bastaba. Me revolví inquieta, impaciente. Me acomodé el cabello, saqué los lentes del bolso y los acomodé pacientemente en mi rostro.
Eran hormigas, noté de inmediato. Pequeñas hormigas negras que se movían como las letras en el papel. Pude leerlas con claridad: “Sí, sabemos que la silla está rota. La silla está rota. Está rota. Rota”. Suspiré aliviada, me habían quitado una gran carga de encima. Pensé que las hormigas habían llevado para cargar la silla sobre sus pequeños y fuertes lomos. Se la llevarían y la silla rota dejaría de desentonar con el resto del espacio. Qué alivio. Con sólo pensarlo me sentí mejor.
—Gracias, gracias.
Pero las hormigas ni siquiera lo intentaron, rompieron el orden y se echaron a correr con desesperación. Rodearon el perro, tan ajeno a todo lo que estaba ocurriendo, e intentaron cargarlo. El perro debió parecerles demasiado pesado. Rompieron la formación varias veces e intentaron desde distintos ángulos y posturas, pero todo fue inútil. Se formaron nuevamente y al fin pude volver a leerlas: “Aquí como allá, da lo mismo. Es lo mismo. Lo mismo. Mismo”.
No entendí. Me acomodé los lentes sobre el puente de mi nariz, pasé un rebelde mechón de cabello detrás de la oreja, fijé la vista hasta que los ojos se me secaron, y observé.
El perro comenzó a empequeñecerse. No comprendía cómo era posible tal cosa. Su pelaje se fue tornando blanco y seco, y a su alrededor las hormigas parecían celebrar. Era todo negro primero, cuando lo rodeaban, y luego blanco y negro y rojo y luego nada, luego transparente, y el mármol se veía limpio y brillante debajo de ese algo que ya no existía. Lo primero que desapareció fue una de sus patas, luego una oreja, el hocico, la cola. Quedó palpitando su corazón, seco. Las hormigas se detuvieron y lo rodearon.
—Esto es —dijo una de las hormigas —: la prueba definitiva.
Cuchichearon y cuchichearon. Eran molestas y groseras, su lenguaje era pobre, algunas se limitaban a repetir lo que otras decían. El salón se inundó de ecos, de puntos negros y olores extraños.
El corazón del perro, lo único que quedaba de él, se esfumó de repente, como en un acto de magia. Las hormigas no se tomaron ni un momento para descansar, volvieron a formarse, aunque el cuchicheo persistía.
—Hasta los perros son malos —dijo una —. Éste era malísimo.
—Son malos, malos —repitió otra.
—Pero hay perros buenos —recordó una pequeña —, como aquel. No debimos hacerle eso a aquel.
—¿El negro?
—Sí. Ese. Era bonito y tenía los ojos negros.
—Todo negro, negro.
—Negro, negro.
—Negro, negro, negro, negro...
—¡Shhhh!
Estaba quieta y asustada. Las hormigas, todavía ordenadas, me quedaron viendo fijamente. No sabía qué tan bien me veían desde su lugar, pero yo a ellas las veía claritas. Vamos, pasen, váyanse, aquí ya no queda nada. ¡Chuu, chuu!
Una torció un gesto desagradable, se acercó a otra para susurrarle algo al oído. Esa otra hormiga sonrió, me miró y me sacó la lengua.
—No nos iremos —escuché.
Y no se fueron. Se acomodaron todas sobre una silla. Y así, las únicas sillas ocupadas eran la de las hormigas y la mía. El salón se sentía más lleno que nunca. Yo sentía que me estaba sofocando. Quería dejar el lugar, salir a tomar algo de aire, ¿qué podría pasar? El salón estaba vacío, y había muchas sillas desocupadas. Cierto que la silla rota todavía seguía ahí, pero era cuestión de tiempo antes de que alguien la remplazara. No serían las hormigas, por supuesto, pero si yo salía, y mientras me encontrara fuera alguien llegaba, este alguien notaría la silla rota y lo peligrosa que podría resultar y llamaría a alguien, otro alguien, y este otro alguien la cambiaría y el salón sería seguro otra vez y yo volvería y me sentaría en cualquier lugar, sin riesgo alguno.
Sí, estaba segura de que eso sucedería.
—¡Se va! —sisearon las hormigas. Yo todavía no me había levantado y al escucharlas perdí algo de ánimo.
—Oh, no —susurré —. Sólo será un momento, no me siento bien. Se está raro aquí, ¿no?
—¡Se va, se va, se va!
—No, no, no... sólo. Sólo será un momento. Es urgente. Vuelvo pronto. ¿Creen que podrían echarle un ojo a mi silla? Se está bien cómodo aquí y no quiero perderla, ¿lo harían por mí?
Las hormigas se formaron, leí lo que decían: “no es nuestro asunto”.
Me alejé sin despedirme. Su silla estaba lejos de la mía, de todas formas. Y quedaban tantas vacías. Sólo necesitaba un poco de aire. Si llegaba gente cuando yo no me encontrara, sin duda no sería mucha, no habría problema.
El pasillo era largo, serpenteaba cada dos metros. Era angosto y bajo, y a veces se me enredaban hilos en el cabello. Era molesto transitarlo, pero estaba vacío. Llegué al jardín después de mucho caminar, ¿cuánto tiempo había transcurrido? El reloj en mi muñeca se había detenido. Hacía calor. No soplaba el viento. Tenía el cabello adherido a la piel. ¡Y qué dolor de cabeza! El perfume de la señora, el roer del perro, el cuchicheo de las hormigas. Estaba todo tan fuera de lugar.
Me senté bajo un manzano. No quería sentarme, llevaba demasiado tiempo sentada ya, pero no había más qué hacer. A unos metros de donde me encontraba, una fuente seca chorreaba agua en desorden, salpicándolo todo. El agua salía de la punta y se desbordaba en todas direcciones, pero el fondo estaba seco, con ranas muertas —igual de secas— en el interior. Apestaba, pero no tanto como el cuchicheo de las hormigas.
Me levanté y me acerqué. Me provocó una sensación extraña ver la fuente así, chorreando agua de manera errática, sin parecer rota al mismo tiempo. La fuente no estaba rota como la silla, sólo era diferente. Se podría decir que tenía sus propias reglas. Al lado de la fuente descansaba una cubeta llena de agua, y dentro de la cubeta un pez viejo y verde, con escamas grisáceas que se erguían violentas como navajas. El pez descansaba en silencio. Sus agallas se movían de tanto en tanto, al igual que su cola larga. Algo descansaba debajo de su cuerpo inerte.
—Los peces detestan el agua, ¿sabías? —dijo lo que estaba debajo del pez —. Quieren correr y volar y estar secos todo el tiempo. De ser por ellos ni se bañarían. Pero son peces. Qué les queda.
—¿Y tú te pasas la vida escondiéndote debajo de ellos?
—¡Qué va! Simplemente amo el agua y odio el sol. Y si tienes un pez cerca, siempre habrá agua, ¿no?
—A menos que esté muerto.
—Pero es que los peces nunca mueren en realidad —burbujeó.
Y los perros no desaparecen ni las señoras se espantan con el ruido de las plumas, ¡bah!
—¿Estás aquí por la reunión? —continuó—. Este Sr. Pez también, por eso la cubeta. Su lugar es en el río, uno de esos enormes que nunca se secan. Aunque una vez casi se secó, entonces el Sr. Pez se enterró en el lodo. Por poco me asfixia, pero ambos logramos sobrevivir.
—Oye, ¿y tú cómo luces? ¿Qué eres?
—“¿Qué eres?” ¡Más respeto por favor! —volvió a burbujear. El agua en la cubeta se agitó pero el pez no se despertó —. Yo soy una sirena.
—¿Una sirena con voz de hombre?
—Una sirena con voz, con eso basta y sobra, gracias.
—¿Un tritón?
—¡Y tú qué sabes! Nunca has visto uno. Deja de darle nombre a las cosas sólo porque se parecen a otras cosas. No conoces nada, niña. Compórtate. Si alguien te dice que es una sirena, vienes tú y le crees, sin cuestionar. Si yo digo que soy una sirena es que lo soy, nadie me conoce mejor que yo misma. Simplemente no puedes ir por el mundo diciéndoles a las personas, los animales, las plantas y las cosas, qué son o qué no son. Es irrespetuoso e invasivo. Una falta total de consideración.
Me volteé, enojada. No había salido para que me regañaran, y menos una sirena que no se atrevía a mostrar la cara. Al rato escuché el crujir del agua en el  cubo y volví a centrar mi atención en él. El pez viejo, grande y verde, había abierto los ojos. Sus escamas descansaban serenas ahora.
—Lo has despertado —le dije a la sirena. Su voz masculina no llegó a salir a la superficie, no burbujeó hasta reventar. Quise acercarme más al cubo para buscar debajo del agua, pero el pez viejo me miraba amenazadoramente.
Era en verdad viejo y grande. Sus ojos se veían cansados y secos, y las agallas se le movían erráticamente, como si hubiera nadado mares enteros. Mirarlo me cansó, así que dejé de hacerlo. Una ráfaga de viento sacudió el jardín. El agua de la fuente me mojó las mejillas, el manzano dejó caer una manzana podrida; el pez viejo volvió a cerrar los ojos.
Me limpié las mejillas y esperé un rato, pensando que la sirena con voz masculina volvería a hablarme, pero no fue así, y comencé a caminar de regreso al salón. En el cielo se veía que era tarde. El pasillo ahora no serpenteaba, era liso, liso y largo, con esquinas afiladas que se perfilaban en el techo. Ronroneaban voces extrañas a lo lejos y el suelo estaba lleno de hojas verdes y pétalos coloridos. Mis pasos eran suaves y moderados, no quería parecer que llevaba prisa. Cuando al fine llegué, el salón ya no estaba vacío. Me asusté.
Sólo habían como cuatro personas y dos perros, pero sobre todas las demás sillas descansaba un pedazo de cartón doblado: “reservado”. Caminé y caminé y en todos encontré lo mismo. Reservado, reservado, reservado...
No podían estar todas las sillas reservadas. Qué ridiculez. No había dejado el salón ni por veinte minutos y sucedían tales disparates. Qué incomodidad.
Las hormigas comenzaron a reírse, estaban todas en la silla que yo había ocupado antes de salir. La silla que el perro había roído había sido cambiada y la primera que habían ocupado las hormigas estaba ahora reservada.
—La rota está vacía —murmuraron todas a la vez. Los dos perros jadearon y las personas agacharon la cabeza.
A mí no me importaba la silla rota, ¡qué no lo entendían! Las personas, las únicas cuatro, estaban posicionadas según los puntos cardinales. Desde la entrada, donde me encontraba, vi la del sur: era un niño con un traje de labrador. Cuando me acerqué a él, noté que llevaba barba, una barba larga, poblada y canosa.
—Disculpe, ¿saben quién ha reservado las demás sillas?
—Jo, jo, jo —rió el niño. Esperé a que dijera algo más, pero no lo hizo.
—Tus padres... ¿tal vez?
—Jo, jo, jo —repitió. Se metió el pulgar en la boca y comenzó a chuparlo con avidez.
Me alejé de él. Me dirigí a la persona en el extremo Oeste. Era una mujer joven con piernas largas y un vestido cuyas caderas asemejaban una sombrilla extendida. Tenía las uñas largas y llevaba el cabello corto, corto, casi al ras, pero de un tono dorado atrayente y brillante. Sus labios también eran dorados y de sus orejas colgaban dos hormigas muertas.
—Pensaron que era miel —me dijo antes de que yo me dirigiera a ella —. Pensaron que yo estaba hecha de miel e intentaron morderme. Pues, ¡zaz! A mí nadie me muerde, y menos porque parezca miel. Entonces las pisé con los tacos de mis zapatos, ¿te gustan? —preguntó levantando las piernas. Los zapatos eran verde olivo y el tacón tan fino como una aguja —. No me gusta el color negro, pero penden bien de mis orejas, ¿no? ¡Já! En grupo, ¡quién las aguanta! ¿Solas? Solas apenas te levantan la voz. Y mira, que parecen tan buenas, tan trabajadoras. ¡Sólo hacen bulto y no sirven para nada! —Se giró hacia las hormigas —: Sólo piensan en ustedes. Y creen que porque están bien organizadas todo estará bien, como si eso demostrara que se preocupan por el bienestar de todos, ¡pues no! Se organizan para hacer daño. Se tragan todo lo que se encuentran en el camino, pero igual el mundo las considera buenas. ¡Já! Ese cuento yo no me lo trago, no me lo trago, no que no.
—No que no, no que no, no que no. Que no. No. —la remedaron las hormigas.
—¡Já! Y el perro, el perro era mío y se lo han comido. Tan obediente, tan manso y sereno. Hacía todo lo que yo le decía y nada más. Qué daño podría haber cometido. Ninguno. ¡Animales!
No había caso. La chica dorada siguió cuchicheando, peleando con las hormigas.  Éstas no hacían más que reírse de ella, la remedaban e insultaban. Pero esto no parecía afectar a la chica dorada, más parecía una manera para matar el tiempo. Sus tacones eran armas letales, terminaría aplastándolas a todas. Se veía tan fácil. Las hormigas tenían la batalla perdida desde el inicio.
En el punto Este había un anciano dormido. De su cráneo pendía una trenza blanca blanca que serpenteaba bajo sus pies. Estaba enredada alrededor de una de las patas de la silla. El viejo bostezó y se acomodó, escondió ambas manos bajo sus axilas y dejó escapar un cuchicheo sordo. Me acerqué para poder escucharlo mejor.
—Trabajo, trabajo, trabajo...
Me alejé, asustada. ¿Trabajo? No, de eso, nada. Estaba dormido y haraganeando, el trabajo seguramente lo hacían otros.
—Trabajo, trabajo, trabajo... —continuó—. Dios, dios, dios... sangre negra, negra, negra...
Me dio miedo y me alejé, el pobre anciano, tan viejo ya, deliraba. Me hubiese gustado que soñara con tiempos mejores, pero sólo pesadillas parecían rondarle en la cabeza.  Supe que en tal estado no sacaría nada de él, y decidí acercarme a la persona en el lado Norte.
—Oiga, disculpe, ¿sabe usted quién ha reservado todas las sillas?
Era un joven guapo, con sonrisa encantadora, cabello negro y lustroso, y una piel tan clara como el cielo. Me dio la impresión que podía verlo todo a través de él. Justo a su lado, estaba la silla que yo había ocupado. Un cartel de “reservado” me impidió sentarme.
—Estaban así cuando llegué —me informó.
—¿Ha sido el último en llegar?
—Cuando yo vine ya estaban las hormigas, y un perro. Yo no tengo perros, yo soy una persona de gatos y de serpientes. Los gatos hacen más daño, ¿sabe?
—Pues no lo sé, yo no soy de animales —le respondí.
—Se le nota.
El joven sacó un espejo del bolsillo de su pantalón y se acomodó el cabello. En segundos, el cabello negro se tornó azulado, como el mar, luego pajizo, como el trigo.
—Tal vez no debió haberse ido —me dijo —. Yo la vi salir, y me dio la impresión de que no volvería, por eso no me molesté en guardarle un asiento. Aunque claro, como ya le dije, cuando yo vine ya estaban todos reservados. Yo la vi a usted en el pasillo.
—¿Y entonces cómo logró sentarse?
—Es que mi nombre estaba escrito aquí —contestó—. Y, oiga, ¿logró hablar con la sirena? ¡No es la cosa más hermosa que ha visto en su vida!
—Es algo malcriada —dije, luego continué —: Pero entonces quiere decir que si encuentro la silla con mi nombre, podré sentarme, ¿no?
—Bueno, pero es que yo las revisé todas, y sólo cuatro tenían nombres. Tendría que hacer lo que hicieron las hormigas, matar a alguien y adueñarse de su puesto.
—No podría —titubeé algo perturbada.
—Seguro lo ha hecho sin darse cuenta —agregó.
—¡Por supuesto que no! —exclamé, alarmada.
—Pero, por ejemplo —continuó él, parlanchín y molesto—: alguien vino aquí primero. Alguien vino cuando no había nadie y notó esa silla rota de allá —señaló—. Mire por dónde la mire, esa silla rota es un peligro. Es terrible. Una verdadera amenaza. Pero yo vine de último y la silla rota está ahí. Lo está, yo la vi, la estoy viendo. Eso quiere decir que nadie se preocupó por la persona que se sentaría ahí, al fin y al cabo, no serían ellos. Y me atrevo a creer que incluso pensaron que sería gracioso que alguien se sentara y se cayera. ¿Lo ve? Eso ya cuenta como matar a alguien.
—Es una exageración —murmuré, nerviosa —. Además, la primera persona que vino seguramente no se fijó. Y, en todo caso, ¿qué hay de la segunda y la tercera? Ellos podrían haber hecho lo mismo.
—En efecto —agregó—, es por eso que me atrevo a decir que este salón está lleno de asesinos.
—Entonces, ¿usted también lo es?
—¡Para nada!
—¿Y por qué no?
—Porque ya hice el aviso. Dentro de poco alguien vendrá y retirará la silla rota —se cruzó de brazos, complacido consigo mismo —. Todos aquí deberían agradecerme, gracias a mi acción, nadie será acusado de asesinato. Excepto las hormigas allá, por supuesto —las señaló—, pero de ellas ya se espera sea que hagan algo o no. Imagino que ya están acostumbradas.
Las hormigas sisearon a lo lejos. Se formaron, y leí: “es de los que tira la piedra y esconde la mano”.
—Pero no es justo —me volví hacia el joven, preocupada —. Apenas me he ido veinte minutos, ¡qué digo veinte! Tal vez menos. Apenas descansé bajo el manzano de las manzanas podridas, y sí, la sirena me entretuvo un momento con su palabrería, pero eso no es nada. Digo, diez, quince minutos. Sí, eso y nada más.
—Pero se ha ido —comentó el joven—, le dio la espalda a las sillas y ahora ha perdido su lugar. Si quiere uno nuevo, tendrá que pelear por él.
—Pero yo no sé pelear —murmuré cohibida.
—Entonces tendrá que marcharse, o tomar la silla rota. Tal parece que demoraran en venir a sacarla, así que, por mientras, y si no se mata en ella, puede usarla. Es la única que no está reservada.
—Pero si usted mismo ha dicho que es un peligro.
—Pero es eso o perder su lugar —Se levantó un poco la manga de su traje para leer el reloj en su muñeca —. Y ya casi va siendo hora. ¿Qué hará?
Miré en todas direcciones, me sentía acorralada y fuera de lugar. En la entrada, la señora gorda de antes veía hacía adentro, como si buscara algo. Las hormigas le gritaron improperios, ella las ignoró. Luego, pareció como si hubiera encontrado lo que buscaba, pues entró de lleno al salón. Detrás de ella venían toda clase de aves con plumajes salvajes y coloridos. El salón casi se llenó por completo. El olor de la señora gorda nos incomodó a todos.
Luego ingresó una persona, un joven apuesto de cuerpo fino y cabello largo y reluciente del color de las manzanas. Estaba desnudo, y en una mano cargaba una gran cubeta llena de agua que salpicaba de tanto en tanto.
—¡Lo mismo de siempre! —bufó—. Siempre nos dejan hasta atrás. Allá no nos ve nadie, no nos escuchan, da igual si existimos o no. Esto no puede seguir así.
—¿Qué te dije? —comentó el joven cerca de mí —. Es una sirena hermosa, ¿verdad?
—Es un tritón —murmuré.
—Hay sirenas y tritones, y sitritones y tritorenas, etc.. En estos casos es mejor preguntarles a ellos antes de etiquetarlos. No puedes ir por ahí etiquetando a las personas. Es lo que siempre digo. Hazme caso y serás querida, como yo.
—¿De casualidad eres pariente de la chica dorada del Oeste?
—¿Cómo lo has sabido? —sonrió —. Es mi protegida.
Bufé.
—Y entonces... —continuó—, ¿qué harás?
El salón ya estaba completamente lleno de mujeres, hombres, niños, de perros, de hormigas, de aves, de sirenas, tritones, sitritones y tritorenas, y otro sin fin de criaturas que en mi vida jamás había conocido. Me sentía incómoda y fuera de lugar. Sin duda alguna no quería ni debía sentarme en la silla rota, pero la reunión estaba por comenzar y si no me sentaba, me notarían y probablemente se reirían de mí y me sacarían. Y era de esperar, porque no tenía lugar, lo había perdido. Estaba perdida.
Miré la silla rota, ¿qué podría pasar? Si balanceaba bien mi peso seguro podría mantenerla de pie, no se quebraría ni se movería. Me costaría mantenerla así toda la reunión, pero tenía que hacerlo.
Miré al joven del Norte, éste me sonrió. De pronto, se levantó de su silla, tomó mi mano y con desbordante caballerosidad me llevó hasta la silla rota.
—Por favor, recuerde todo lo que he hecho por usted.
—Pero si usted no...
Ya se había ido. Cuando lo busqué, ya estaba sentado. Las sillas a su alrededor seguían vacías, con el cartel de “reservado”, desocupadas y limpias y blancas. El joven se acomodó, subió el pie a la silla que tenía en frente. Yo me enfurecí, la ensuciaría. Además, estaba ocupando un espacio que perfectamente cualquier otra persona podría ocupar. Era increíble, bufé.
De repente yo, enfrente de la silla rota, podía sentir como todo el salón me miraba. Alguien conectó un micrófono y la estática inundó el espacio. Estaba a punto de comenzar. Me agité incómoda sin moverme. Las hormigas reían, la señora gorda apestaba, estaba segura de que el niño y el anciano estaban dormidos y que la chica dorada comenzaba a bostezar.
Durante un gran tiempo, sólo fuimos la silla rota y yo. La miré fijamente, y ella a mí. Recordé nuestro primer encuentro y mis burlas y malos deseos. Yo también había avisado sobre la silla rota. Lo dije muchas veces, pero nadie me escuchó. No había hecho nada malo. Esa silla rota no debía ser para mí, alguien tendría que haberla cambiado. Yo di el aviso primero. Yo avisé.
Suspiré, cansada. Me volteé, dudosa y temerosa. El tac tac de los zapatos de la mujer gorda resonaba en todo el salón junto a la estática del sistema de sonido en preparación. Todos estaban impacientes. Todos me estaban esperando a mí. Volví a suspirar. El sudor corría por todo mi cuerpo. Si iba a sentarme, tenía que hacerlo ahora. No había más tiempo.  La reunión estaba a punto de comenzar.
Escuché un chapoteo a lo lejos, en la esquina oscura de la habitación, donde la sirena cuidada con esmero su cubo de agua. El Sr. Pez sacó su cabeza húmeda a la superficie, me miró, movió la boca y dijo algo que no entendí debido al sonido intermitente y molesto de la estática. De repente la luz desapareció. Alguien dio las buenas noches. Y yo, yo seguía de pie, en frente de la silla rota, viéndola fijamente en la oscuridad, y sin saber qué hacer.

Fin. 

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