La mujer del otro lado de la habitación (Relato lésbico).

Semana Santa, oh, Semana Santa... ¡Felices vacaciones! Para los que tienen vacaciones, y para los que no: ¡ánimos!
Esta vez vengo con un breve relato (erótico, espero) lésbico que se me ocurrió no sé cómo. O sí sé, pero no quiero decirles, ¡ajá! :P En todo caso, es corto, así que léanlo si es lo suyo, y luego comenten qué les pareció. Está recién salido del horno (?)
Tengan una buena semana.
Saludos.

PD: En serio, los comentarios siempre SIEMPRE son bienvenidos.

ADVERTENCIAS: Contenido sexual. +16



La mujer del otro lado de la habitación.





Kara veía a una mujer al otro lado de la habitación: una mujer desnuda, con las piernas abiertas y la mirada fría. Sintió calor, rubor en las mejillas, y el deseo de cerrar los ojos.
La nombró. Comenzaba con A, quizá con C, era difícil precisarlo, el pecho le ardía y se sentía solitario. Tenía la boca seca mientras el ánimo se avivaba. Se deshizo de su propia ropa, se tendió de lleno sobre la cama, con la cabeza ligeramente apoyada sobre un almohadón que la recibió con delicadeza.
La mujer del otro lado de la habitación no se había movido ni un centímetro desde que ella notó su presencia. Tenía algo a medias dibujado en el rostro que no parecía ni querer desvanecerse ni completarse. A lo mejor si cerraba los ojos... Sintió que cerrar los ojos era jugar con la vida. La mujer parpadeó. Se llamaba K o Q, y quizá era extranjera, lo parecía por su piel, su piel morena casi como el azúcar.
La cama se sentía cómoda bajo su cuerpo, pero una ligera tensión la mantenía aprisionada, la mujer seguía allí, un tanto más relajada ahora, las piernas igual de abiertas, ligeramente húmeda. Kara colocó la mano sobre su estómago, no estaba tan plano, y se levantaba hambriento; separó un poco las piernas, suspiró y se dejó ir sabiendo que la mujer la miraba.
Se hizo camino entre los pliegues, se entretuvo un rato en el calor que se hundía acelerado. Con los dedos, con paciencia. La mujer le sonrió y Kara sintió mariposas en el pecho. Se agarró un seno, jugó con el pezón, los dos se endurecieron. La mujer la seguía viendo, la manos ahora entre las piernas.
Su aliento olía a menta y dibujaba espirales invisibles en al aire. Kara había cerrado los ojos, pero se veía a sí misma con los ojos de la mujer del otro lado de la habitación. Vio con claridad cuando sus propias caderas comenzaron a torcerse, demandantes. Se hundía en su interior, insuficiente, con gritos silenciosos que ocupaban dedos más hábiles para ser liberados.
La mujer dijo algo. Kara gimió. La mujer cerró las piernas. Kara volvió a gemir. La mujer se quedó en silencio. Kara apretó los ojos para mantenerlos cerrados.
La cama se meció un poco. Kara sintió su pecho tensarse, salió de sí misma, alejando las manos por completo de su cuerpo. Un aliento comenzó a rozarle las rodillas, más arriba, el vientre, los senos, los pezones endurecidos, la piel sensible del cuello, los labios deseosos, y las mejillas, hasta ir a posarse eternamente sobre sus párpados. Recibió dos besos, una caricia en el cabello y el calor de la piel ajena que recibía de lleno con la suya, dos dedos insistentes y dientes delicados.
Kara gimió, su espalda se arqueó, casi sintió dolor entre el calor y la humedad que la abrigaban. Decía nombres, uno tras otro, unos iniciaban con A, otros con C, y con L y M y N y el alfabeto completo. Todos eran devorados por la boca de la mujer que ya no se encontraba del otro lado de la habitación, y le eran regresados, tatuados en el cuerpo con saliva y moratones.
La mujer la abandonó, susurró algo contra la piel del vientre de Kara que se perdió entre sus poros. Kara sonrió. Extendió sus manos, como si esperara recibir un castigo. Le temblaban las rodillas. Sentía el sudor en su espalda. Los minutos, la demora.
Recordó un episodio de su adolescencia, una visita a un lago, muchas chicas, pocas conocidas, sólo una, una sola. Cerca, siempre cerca, buscando debajo del agua, debajo de su traje de baño, encontrando algo, robándole las gotas de agua de los labios. Y la besaba y besaba, y abajo no sabía lo que sentía, era entre pena y calor y un deseo enorme de gritar. Esos dedos curiosos que Kara siempre quería comerse a besos cuando hacían lo que tenían que hacer. La dueña de los dedos sonriendo. Las desapariciones, la desnudez, ese vientre blanco... sus labios ahora en lugar de sus dedos, la lengua, el calor y el aliento.
Kara enterró los dedos en los cortos risos de la mujer. El cabello era suave pero enredadizo, olía a sándalo, a lago y bosque. Kara separó las piernas, contuvo el aliento, su pecho empequeñecía de a poco mientras los ojos agotados parpadeaban, erráticos; algo rasgó el aire frente a sus estos, se deslizó a través de su garganta y le contrajo los pulmones y el vientre. Sus manos ahora jugaban con las sábanas, asiéndolas y arañándolas entre presurosa y serena. Sus dedos se deslizaban entre los pliegues de la tela, arrugada por los pies que sostenían sus piernas separadas. Sus caderas, reaccionando, su respiración, compitiendo. Kara no pudo evitar abrir los ojos, aguantar la respiración, abrir la boca entre hambrienta y desdeñosa.
No había mucho que pudiera decir. Comenzó a moverse, impaciente, bochornosa, sentía la espalda empapada y pegajosa, las sábanas reclamando un espacio que jamás conseguirían.
No, no, no, se dijo Kara, quería cambiar de posición, sentir otro roce, que su aliento se hundiera en la almohada. Quería tener las rodillas sobre la tela, los codos acompañándolas, la cabeza ligeramente inclinada, hacia adelante y hacia atrás, ese ir y venir de todo su cuerpo, de parte del cuerpo de la mujer. Pero seguía sobre su espalda, con las piernas separadas y medio orgasmo en la boca.
No, no, no, seguía pensando. Así no, quiero más.
La mujer se alejó, había mantenido los dedos ocupados en ella misma y su condición rivalizaba con la de Kara, la sobrepasaba, casi, por muy poco. Tomó a Kara del brazo y la haló con fuerza, despegando su espalda sudorosa de las sábanas. Quedaron frente a frente, con el sudor perlándoles la piel, cortándoles el rubor que se extendía en sus mejillas.
Kara, sin mediar palabra, acercó sus dedos, al tocar, una corriente se deslizó por todo su cuerpo hasta que desapareció en sus labios. La mujer era ahora quien tenía los ojos cerrados mientras acariciaba sus propios senos delicadamente. Kara rozó con la lengua los pezones ya endurecidos, los rozó con los dientes para luego perderse entre los hombros y el cuello. La mujer se agitaba en silencio, moviendo las caderas, apoyándose en los hombros de Kara, mientras las rodillas se le hundían por completo en la cama. A punto estuvo, y de un impulso regresó a Kara a su posición inicial. Ésta gimió de disgusto, intentó levantarse, se volteó, volvió a hincarse, a separarse. La mujer le tomó una pierna, la separó. Alejó la otra, la haló para acercarla, y con dedos y lengua continuó.
Kara comenzaba a agotarse, a sumirse en ese soporífero deleite que anticipa un descanso más prolongado. Su voz se liberó, rasgó el aire que separaba sus labios de lo que había más arriba. Se hizo a un lado y al otro, casi combatiendo, y entonces, de pronto, sintió la derrota que se extendía, que traicionaba su cuerpo entre agitaciones que pronto se convirtieron en suspiros que desaparecerían para siempre.
Se acurrucó. El cuerpo temblaba todavía, y a su lado, uno ajeno que en cuestión de segundos desaparecería.
Parpadeó. Bostezó. Le pareció incómoda la humedad entre sus piernas, pero levantarse...
Los párpados siempre pesan y la respiración se relaja, la piel absorbe el sudor y el cabello se enreda y oscurece. No quedan nombres en los labios de nadie, y los dedos arden, acalorados y húmedos. Hay tranquilidad cuando el placer se desvanece atrapado bajo la piel. Kara durmió, soñó y despertó. Nunca había una mujer del otro lado de la habitación.


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