Tres niños (Relato)

Relato nuevo de temática medio psicológica. Este relato lo escribí durante ese triste periodo que estuve sin internet, y pues no sé por qué no lo había publicado. Lo releí hace poco, dos veces, y me sigue gustando, así que consideraré eso como una buena señal (?)
 No olviden que con sus lecturas ya me hacen infinitamente feliz, pero si me comentaran me llevarían a otra dimensión XD Así de geniales son ustedes ;)
Sin más que decir, espero disfruten la lectura. De antemano, muchísimas gracias por su tiempo.
Saludos. 
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Tres niños.



Se detuvo al notar que llevaba sueltos los cordones de los zapatos. Respiró, resignado, se agachó, los amarró, y cuando pensó que volvería a echarse a correr, se percató de que ya no tenía ganas. Se limpió la frente con la manga de la camiseta. Agitó los brazos, intentando relajarse. La mañana estaba pesada. Apenas iba a salir el sol.
Continuó caminando por el medio de la calle. No solían transitar muchos autos por ahí, era una calle que ya no llevaba a ningún lugar. El aroma a azufre se hacía camino en tanto la niebla desaparecía. Y más allá habían árboles enormes, un bosque, y partiendo el bosque en dos un río, en todo el lugar varios riachuelos. Tendría que oler a verde, pero seguía oliendo a podrido, a azufre.
Decían que asustaban. Habían matado a tres niños ahí, cerca del vertedero de la olvidada planta química, decían. Decían que seguían allí dentro, descompuestos entre los desechos. Las plantas al rededor del vertedero seguían verdes, bastante vivas. Había leído algo al respecto, la capacidad de adaptación de la naturaleza. Y eso que él no podía ni soportar el olor.
Cuando el sol por fin se hizo notar con fuerza sintió un escalofrío. Una ráfaga repentina hizo que el bosque a lo lejos se lamentara. El vertedero estaba si tomaba hacía la izquierda. Había una reja electrizada, y casi siempre olía a muerto, animales pequeños que se enredaban y morían. Pero hacia la derecha olía a azufre, y no tenía que ver con los tres niños desaparecidos ni con animales atrapados entre rejas electrizadas. Se decía que habían termas bajo tierra. Pero el terreno era inestable. Muchas compañías habían hecho estudios, todas y cada una concluyó lo mismo: no resultaba rentable, la planta química ya llevaba demasiado tiempo ahí aunque ya no funcionara.
Creyó haber sabido los nombres de los tres niños, pero la verdad era que ni siquiera los había conocido. Eran de otro vecindario, uno pobre. Había llegado el anuncio a la escuela, los niños tenían prohibido andar solos en la calle y tenían que llegar a casa temprano y avisar si notaban a algún extraño cerca. Recordó haber visto a una mujer vestida de enfermera. Llevaba los labios pintados de rojo y al sonreír se le formaban graciosos hoyuelos en las mejillas. Era bonita y delgada, llevaba el cabello corto y un par de llaves en las manos con un llavero bastante parecido al desagradable payaso de las hamburguesas. Lo sonrió y él le sonrió de vuelta. Esa noche tuvo pesadillas. Se pasó a dormir con sus padres y estos lo abrazaron con fuerza. Y si hubiera sido él, ¿a quién habrían abrazado sus padres esa noche?
También recordó las noticias: habían encontrado ropa ensangrentada, varias extremidades y muchísimas fotografías. Los padres que las vieron todavía seguían recibiendo ayuda psicológica. Los niños desaparecidos ahora debían andar por ahí, incompletos. ¿Y si querían correr? ¿Y si querían coger algo?
Volvió a revisar los cordones de los zapatos, y se agachó para asegurar que ya no se le soltaran. Hecho esto, tomó un gran suspiro y se echó a correr. El bosque era cada vez más grande.
A veces el bosque hablaba, tenía voz de niña. A veces el bosque también lloraba, pero cuando lo hacía, lloraba como hombre, casi como un animal lastimado. Siempre se escuchaban muchos pasos dentro, como si los árboles dejaran sus raíces (como él sus zapatos al entrar en su habitación) y se fueran a pasear por ahí. Dejaban las hojas regadas, y las ramas apretujadas se quebraban y caían al suelo, revolviendo la tierra.
Los riachuelos titiritaban de frío. Fluían serenos con el calor, transportando animalitos muertos y hojas secas. En las partes más profundas el agua no era verde ni azul, era amarilla, a veces rojiza, y se podían ver rostros reflejarse, los rostros de los árboles que se inclinaban para verse. Pasaba de todo, sólo que cuando él llegaba, se detenía. El bosque tenía sus horas, y tres niños desaparecidos que jugaban cerca del agua sucia que no estaba rodeada por cercas eléctricas.
Tiempo después volvió a ver las noticias. Se habían agotado todos los recursos, no habían más pistas ni testigos. Los rostros estáticos de los niños quedaron guardados en una caja que más tarde se llenaría de polillas. Las polillas ya debieron haberse comido sus rostros. No sabían que los verdaderos niños seguían en el bosque. Para ese tiempo vio a un hombre vestido de bombero, llevaba los labios pintados de rojo y al sonreír, graciosos hoyuelos se dibujaban en sus mejillas. Llevaba las manos enguantadas y un sombrero. Lo saludó a lo lejos. No salió de casa en una semana.
Antes de adentrarse en el bosque, miró hacia atrás. La carretera estaba agrietada, con las hendiduras llenas de maleza. El sol brillaba cálido a lo lejos. Apenas había nubes en el cielo azul. Para esa hora sus padres debían estarse levantando. Le rugió el estómago al imaginarse el olor del desayuno que seguramente su madre tenía planeado para ese día. Volvió a revisar los cordones de sus zapatos. Se revolvió el cabello y continuó.
El bosque lo recibió con una enorme bocanada de silencio. Crujieron los troncos, susurrando noticias del niño intruso. Seguramente con estas noticias los tres niños desaparecidos se echarían a correr. Por suerte llevaba zapatos deportivos, podría alcanzarlos.
Olía a azufre. Una vez le pareció escuchar que a eso olía la muerte cuando no era natural. El cuerpo se ponía amarillo y arenoso y se resquebrajaba como castillo de arena. Pero él era bueno reconstruyendo cosas, tal vez, aunque fuese granito a granito, podría reparar los cuerpos de los tres niños desaparecidos, aunque no sabía en dónde estaban las extremidades que encontraron por aparte, y no podría dejarlos completos a menos que alguien le dijeran en dónde podía encontrarlas. Pero claro, ya podría hacer eso después. Dorsos, cabezas, cuellos y hombros por tres se escondían en el bosque. Y no, él ya sabía que no estaban en el vertedero de la vieja planta química.
Un tiempo después otro niño desapareció. Un vecino suyo. Doce años, cabello rizado y negro, no tan lindo como los tres niños desaparecidos, ni tan pequeño tampoco. Sus padres llegaron por él a la escuela. Todos temían que tres niños volvieran a desaparecer, y como faltaban dos, se les ordenó a los padres que cuidaran bien a sus hijos y que no los dejaran ir a ningún lado sin supervisión. Se quedó cerca de la ventana todo el día. En el televisor de la sala sonaban las caricaturas. Sus padres veían las noticias en el pequeño televisor de la cocina. Afuera de la ventana había un sujeto vestido de blanco, tenía las manos llenas de pintura y los labios teñidos de rojo. No sonreía. Comenzó a sacar cosas de su bolsillo, como un payaso, algo ligoso se escurría desde alguna parte. Él parpadeó varias veces. Se sentía sólo un niño y tenía mala vista.
Se acomodó los lentes y volvió a revisar sus zapatos. Dentro del bosque todo iba oscureciéndose, y entre más oscuro, más apestaba a azufre. En ciertas partes escuchaba el correr del agua. Saltaba entre raíz y raíz cuando el suelo se movía bajo sus pies. Tropezó una vez pero el viento lo sostuvo, lo elevó lo suficiente para que sus pies encontraran la forma adecuada de pisar el suelo lleno de ramas y hojas, y siguió avanzando.
Al niño desaparecido lo encontraron ahogado en el vertedero químico. Por eso ahora había una reja electrizada. Todo por un verdad o reto. Los amigos hablaron hasta semanas después, asustados. Nadie lo creía. Esperaban que tuviera relación con los tres niños desaparecidos para así poder reabrir el caso. Él no era tan grande, pero sabía que no tenía que acercarse a ese lugar. Lo que huele mal es malo. Y si ahora iba al bosque era porque los tres niños desaparecidos lo esperaban ahí, no era ni un verdad o reto, era simplemente una cita.
Cruzó un riachuelo, apenas era una línea de agua cristalina veteada de musgo verde. Escupió antes de saltarla. Arrastraba hilos rojos que olían a azufre, y como la fuente era tan superficial casi podía verlos, como los vasitos sanguíneos que se rompen al lastimar la piel. Los demás riachuelos eran más anchos, ¿cómo habrían hecho los tres niños desaparecidos para saltar sin piernas? Tampoco podían arrastrase porque ni manos tenían. Tal vez alguien fue lo suficientemente amable de llevarlos hasta ahí, y por eso no habían regresado a la ciudad, porque no podían.
En la escuela celebraron el aniversario de los tres niños desaparecidos. Oraron, cantaron, y admiraron su valentía. Nadie los conocía pero brindaron en su honor, sin invitarlos. Esto lo molestó. Por eso ese día ni se apareció. Se quedó en casa, junto a la ventana, viendo las calles desiertas porque los niños estaban en las escuelas. Un perro negro pasó cojeando. Se detuvo. Tenía los ojos pintados de rojo. Le faltaba un tercio de la cola y llevaba el estómago abierto, las tripas colgando como enredaderas. Su madre lo distrajo con su voz, le dijo que se fuera a lavar las manos, él sólo quería seguir viendo al extraño animal. Su madre le gritó y él al fin se lavó las manos. Esa noche durmió tarde, y soñó con los tres niños desaparecidos. Así supo que tenía que ir al bosque.
Se encontró un árbol partido a la mitad, ennegrecido y sin ramas y sin hojas. Lo tocó y las manos se le tiñeron. Despedían un olor extraño, como a cal mojada. Sabía que a partir de ahí tenía que tomar a la izquierda. A la derecha se podía ver un pequeño camino, la vegetación no crecía a su alrededor. En cambio a la izquierda todo estaba lleno de malezas, de hierbajos espinosos, con flores algunos y frutos otros. Ni las flores ni las frutas debían ser tocados, porque nacían cuando alguna espina cortaba la piel. Todas esas flores y frutas rojas no eran más que personas, y entre esas tantas debía estar él. Ya había soñado haber ido a ese lugar. Ahí tenía que estar él.
Las noches antes de huir escuchó a sus padres discutir. Se iban a mudar y no lo iban a llevar. Era su padre quien ya no lo quería, quería ingresarlo a saber donde. Y si su madre lo quería llevar consigo lo mejor era que también se quedara. Ya no los soportaba. Su padre se limpiaba las manos insistentemente, a pesar de que las tenía limpias y secas. Su madre hacía lo mismo en su delantal. Él veía a través de una hendidura en la puerta. Los labios de ambos padres se tiñeron de rojo, sonrieron y se formaron grandes hoyuelos en sus mejillas. Luego ambos los tres se abrazaron, él mismo los llevó a la cama. Después se fue a dormir, despertó en medio de una pesadilla y se fue al bosque.
Pasó otros dos arroyos y luego llegó a un campo, en medio, solitaria, descansaba una enorme roca. Tres rostros habían dibujados allí, entonces lo supo: eran los tres niños desaparecidos. Comenzó a correr con fuerza para alcanzarlos. Al acercarse se percató de que la piedra parecía un inmenso dorso desnudo. Un dorso con un cuello y tres cabezas. Cavó debajo de la piedra. Olía a azufre ahí, a humedad y a rojo. Recordó las sonrisas y los hoyuelos. El perro y las profesiones. Le zumbaron los oídos «¡lávate las manos!» Recordó sus manos pintando de rojo los labios de su madre. No olía a pintura, olía a azufre. ¿Por qué le habrían cortado las piernas y los brazos a los tres niños? Seguro que a alguien le molestaba todo el desastre que hacían con sus manos y su corretear incesante entre acera y acera.
Las uñas le comenzaron a sangrar de tanto cavar. Se encontró una piedra blanca de forma peculiar, luego otras, más pequeñas, más grandes, de varias formas, estilladas algunas, lisas otras. Los rostros en la piedra fueron desaparecieron. Sus manos ya sangraban de todas formas, así que retocó el contorno de los retratos con sus dedos. Olía a azufre. La sangre en sus dedos se había secado. Se terminó de arrancar las uñas, las frotó contra las piedras, las hizo sangrar nuevamente y continuó dibujando. Las sonrisas quedaron de último. Las pintó en rojo, y las repasó y quedaron más rojas, pero esas sonrisas no dibujaban hoyuelos, así que él metió los dedos en la tierra y los dibujó, redondos, dos en cada rostro.
Antes de todo eso, de las discusiones de sus padres, del niño ahogado, de los tres desaparecidos y antes de la escuela, salió a la acera de enfrente. Tres niños: dos niños y una niña, se habían pasado toda la tarde correteando, ahora pintaban en la acera con tizas de colores. La niña dibujó una enfermera, y los niños un bombero y un doctor. Cuando él se acercó un perro comenzó a ladrarle. Los niños se rieron de él. Él les quitó las tizas y las destruyó contra la acera. Los niños le gritaron, él gritó de vuelta. Los niños comenzaron a correr, él los siguió, pero era tan torpe que no se fijó que llevaba los cordones sueltos, y se cayó, además el perro no dejaba de ladrar. Ladraba y ladraba. Si pudiera lo callaría, le cortaría la cola y se la daría de comer para que se atragantara y se callara; y a esos niños, a esos niños le cortaría los brazos para que dejaran de rallar enfrente de su acera, y sus piernas para que no corrieran cuando debían ser castigados. Y su madre le podría decir cuantas veces quisiera que se lavara las manos, qué más daba, él se las lavaría. Se las seguiría lavando ahora que vivía en el bosque, entre tantos riachuelos, y vería como el agua se ponía amarilla, como rojiza, y tal vez de vez en cuando volvería a la ciudad. O quizás no. Había tantos niños en la ciudad, tan bulliciosos, que a él sólo le daban ganas de matarlos, y bien sabía que podía pasarse la vida lavándose las manos.


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¡Gracias por leer!

Comentarios

  1. Wow... Has visto "Perfect Blue"? me dio esa impresión medio mezclada con algunos aspectos de Horacio Quiroga... Dios!! Manejaste de una forma espectacular la temática psicológica, ese algo... Esa dosis de suspenso que tanto me gusta supiste plasmarla de una forma que ahh!! Me haces rectificar una vez más las razones por las cuales te leo. Resumiendo, me gustó xD.

    PD. Luego de intentar con varios navegadores por fin pude comentar :'D

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    1. Pues no la he visto, y ¿sabes? No sé por qué. Es que soy una despistada y cuando planeo verla al rato se me olvida. La apuntaré en serio, lo prometo (?)

      Y no he leído tanto a Quiroga así que por ahí tampoco puedo comentarte mucho u.u

      Por lo demás: muchas gracias. ¿Qué digo? MUCHÍSIMAS GRACIAS por tus palabras y por tu entusiasmo, y por supuesto, por tu tiempo. Lo aprecio un montón.

      Saludos.

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  2. Ay mi cabeza explotara! @_@ entonces....?
    oh OMG! ehehe, estuvo excelente. Me gusto! me he imaginado esa sonrisa de rojo y de solo imaginarmela me ha dado escalofrios
    Lo lei en a tarde pero hasta ahorita he comentado j:3
    besos

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    1. Entonces...?

      XD

      Me alegra mucho que te haya gustado. Como siempre, gracias por leer. Y en realidad me alegra que te haya dado escalofríos :3

      Saludos.

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