El ladrón (Relato)

Relato corto. No es romance. Es... no sé. Ahí quedan las advertencias XD Espero tengan una buena semana. Saludos. (No olviden comentar).

Editado: 16, agosto, 2015






El ladrón



  
Había algo en el otro de la cama. Por más que quise voltearme, no pude. Mi piel era un gran escalofrío. Bajo las sábanas podía escuchar mi pulso acelerarse. La cabeza comenzó a dolerme. Tenía los pies helados. A mí lado, una respiración débil y serena casi me rosaba la nunca. Llevaba el cabello amarrado y quería soltarlo, pero ni los brazos podía mover.
—Hace frío, ¿no crees? —preguntó la persona a mi lado. Por más que quise, no pude distinguir si la suya era una voz de niño, de adolescente o de un adulto, y peor aún, si era de hombre o de mujer.
Asentí, aunque no alcancé a mover la cabeza ni un milímetro.
—Oye, y no me malinterpretes, es que tu cama se veía tan calentita. Qué manera de dormir, eh, contagias.
Mi exnovio me lo había dicho, por eso, para cosas ajenas del sexo, me mantenía alejada de la cama. «No me puedo pasar el día haraganeando», decía, aunque igual se quedaba dormido estuviera yo en la cama o no.
—Afuera está insoportable, ni te lo imaginas —continuó la persona—. Y de repente me ha entrado hambre. Has dejado una ventana abierta, ¿lo sabías? Y me dije: hay que aprovechar. Pero la situación económica está perra, ¿verdad? Apenas he encontrado cosas de mi agrado en el refrigerador. Pero había sobras de comida en el microondas, espero no te moleste que las hayas tomado. No te dará mucha hambre al despertar, ¿o sí?
Negué en silencio.
—Y entonces, me dije: si tomo un par de cositas para venderlas y comprar café, no estaría mal, ¿verdad? Por el frío que hace afuera, digo. Pero la verdad es que tu vida no es muy acomodada, ¿cierto? Sólo encontré baratijas por las que no me darían ni diez centavos. Y claro, de diez en diez se puede juntar dinero para comprar un café, pero sería demasiado sospechoso andar por la calle con tantos trastos sueltos, ¿no te parece? Y entonces vi la puerta de esta habitación. No sé, pero algo en esta puerta me atrajo. Pensé algo así como: en esa parte de la casa ha de vivir una persona realmente excepcional. Oye, y no te conozco, pero estás tan quieta que me lo pareces.
Quería gritar. El calor del extraño a mi lado ya se me estaba adhiriendo al cuerpo, aunque era un calor vago, casi imperceptible. Los párpados me pesaban pero, por lo demás, estaba más ligera que una nube. Moví los dedos de los pies, que se rozaron con la mullida colcha que me cubría de cuerpo entero. Seguía con los pies helados. Todo parecía sacado de otro mundo, así que no me quedó más remedio que pensar que todo era un sueño, y cerré los ojos.
—¿Estás desempleada? —preguntó. Abrí los ojos bruscamente, tanto que me dolieron —. Vamos, no estés tan callada, de todas formas, falta poco para que amanezca, y si estás desempleada, te la puedes pasar haraganeando todo el día, ¿no? Hazlo por mí.
Algo en mi pecho se destensó. Dejé escapar un suspiro enorme y prolongado que resonó por toda la habitación.
—Desde hace tres semanas —respondí. Ahora tenía el cuerpo medio acalambrado, como cuando muerdes hojas de limonaria y se te duerme la lengua.
—Apesta, ¿no? —dijo la persona a su vez —. ¿Me creerías que antes de robar casas era un exitosísimo empresario? Qué curiosa es la vida, ¿no?
—Pues yo era una dependiente en una tienda de ropa. Ya sabes, esas del centro. Venden ropa barata de malísima calidad, pero ya ves, la situación.
—Fue un recorte de personal, imagino.
—Nada que ver —suspiré apesarada—. Fue un triángulo amoroso de lo más soso. Mira, qué típico, mi vida perdió su rumbo por el amor, como si ya no bastara con ser mujer; y eso que yo ni siquiera sentía amor.
—Suenas como una auténtica rompecorazones.
—Para nada —sonreí.
Mi cuerpo fue recobrando su estado habitual. Ya no lo sentía ni tan ligero, ni dormido o acalambrado. Respiraba con más naturalidad y estaba segura de poder mover todas mis extremidades como de costumbre. A decir verdad, la curiosidad me estaba matando. Cierto era que estaba oscuro, pero por la ventana entraba algo de claridad y con algo de suerte, podría apreciar el rostro de la persona que descansaba a mi lado. Había perdido por completo el sentido del peligro.
—No te molesta si me volteo, ¿verdad? —pregunté educadamente—. Se me está entumeciendo este costado del cuerpo.
—En absoluto —respondió —, y de todas formas, es tu cama. De ser tú, yo a estas alturas ya me estaría corriendo —rió.
Tomé una gran bocanada de aire. Apreté la sábana con fuerza y luego la liberé. Cierto, el cuerpo no me pesaba, ni estaba tan ligero, pero no quería realizar ningún movimiento brusco. Primero vi por encima de mi hombro, estaba todo oscuro del otro lado pero la luz que se colaba me ayudó adivinar un perfil, uno masculino. Al recordar sus palabras me di cuenta de que sí, efectivamente, la voz que me había estado hablando era una voz de hombre. No sé por qué no lo había descubierto antes.
—Es duro dejar el lado calentito de la cama, ¿verdad? Tengo la impresión de que tu cuerpo es verdaderamente caliente y que en ese lado de la cama en el que hasta hace poco has estado descansando se ha de estar muy a gusto.
—¿Te quieres pasar para acá? —pregunté.
—Excepcional en serio —rió el hombre—, mira que ya lo sabía. ¿No será una molestia?
—Para nada.
Me fui acercando a él para darle espacio y se pasara al lado de la cama que yo había estado ocupando. Pensé que durante el proceso nos tocaríamos, pero no ocurrió así. Sí sentí la cama hundirse cuando él se ayudó con sus manos y piernas, aunque apenas pude sentir su calor. Su cuerpo estaba presente y muy cerca del mío, pero aparte de su aliento antes, todo en él resultaba muy vago, casi inexistente.
El lado de la cama que ahora ocupaba no estaba del todo frío, pero tampoco cálido. Sentí nuevamente que me encontraba en un sueño. La presencia del hombre seguía siendo como un espejismo, o más bien, como un fantasma.
—¿Te quieres arropar? —pregunté.
—¿No será una molestia?
—Para ser un ladrón eres bastante educado —sonreí.
—Seguro estás pensando que, de ser otro, en este momento estaría abusando sexualmente de ti, ¿no? Porque no debes tenerme miedo, lo prometo.
—La verdad es que no —le dije.
—Pero se ve mucho en las noticias, ¿verdad? Qué bueno que no tengo un televisor, ver las noticias es en verdad deprimente.
—Me han cortado el cable y el Internet, así que no sabría decirte que cuentas las noticias últimamente.
—¿Y no has sentido que así vives más en paz?
La verdad era que no. No es necesario ver noticias para saber cómo está el mundo de afuera. Si él en verdad fue un empresario exitosísimo, tenía que estar más familiarizado con las cosas del mundo, eso pensé.
—Aunque ya has de vivir en paz, puesto que vives sola.
—Es bueno no rendirle cuentas a nadie —contesté—. Claro está que, cuando te metes en apuros, apenas tienes personas de confianza a las que recurrir. Es como si, con el hecho de vivir solo, piensas que, a partir de ahí, lo natural es seguir aislándote.
—Ya veo.
Algo impactó el cristal de la ventana y me sacó un sobresalto. Parecía que afuera estaba haciendo en verdad mucho viento. Y si adentro estaba frío, no me podía imaginar cómo estaría allí. Por un momento pensé en los vagabundos que siempre me encontraba de camino al centro, cuando trabajaba, y me sumí en un pesar enorme. Pero un pesar vacío, al fin y al cabo; al despertar, incluso viendo en las noticias que uno o dos murieron por el frío, de un «¡qué terrible!» no pasaría, luego seguiría, como si en el mundo no existiera más.
—Oye, y siento que tengo que aclararlo, porque has sido tan amable conmigo, pero en verdad no pensaba robar más de lo necesario.
—Tengo una cadena de oro en el joyero sobre la cómoda, por si te interesa.
—Eres en verdad excepcional —repitió—. Tengo que agradecértelo, si me los das por cuenta propia entonces me ayudas a no sentirme tan mal conmigo mismo. Esto de robar, ¿sabes? No se lo recomiendo a nadie. Es terrible.
—Nunca he robado —comenté—, aunque una vez sí se me pasó la idea por la cabeza. Al fin y al cabo me van a despedir, ¡qué más da! Luego vi a las dos personas por las que me iban a despedir y ¡bah!, por ellos sí que no vale la pena. Dices que soy una persona excepcional, pero en verdad soy una persona irremediablemente orgullosa.
Rió. O fue como si su risa se quedara atorada en su pecho, haciéndolo ronronear. Esto, por alguna razón, me dio mucha confianza. Bajo las sábanas acerqué mis pies a los suyos. Iba descalzo.
—¡Uff, qué friito! —masculló—. En realidad eres una persona de sangre fría, quién lo diría —bromeó.
—He olvidado ponerme calcetas.
—¿Y las manos las tienes igual de heladas?
Ahora reí yo. Froté mis manos la una con la otra y lentamente acerqué una a la mejilla del hombre. Él inmediatamente colocó su mano sobre la mía. Descubrí que en él apenas se podía sentir calidez. Era igual que antes. No lo tenía del todo cerca y apenas podía sentir algo tibio, ahora lo había tocado dos veces, y se sentía igual de tibio, como si no hubiera diferencia entre su cuerpo y lo que fuese que lo rodeaba.
—¿De casualidad no serás un fantasma?
—Ya. Pero es que los fantasmas no tienen pies.
—¿Cómo sabes?
—Una vez vi uno.
—¿Y no tenía pies?
—Flotaba en el aire, como una bolsa plástica al viento. No parecen tener mucho control sobre ellos mismos, supongo que a eso se refieren cuando dicen que penan.
—¿Y lo conocías?
—Muy perspicaz. Pues sí, era un compañero de trabajo. Entonces lo vi y me dije: ya no haré nada por esta empresa de mierda. Disculpa la palabrota —se disculpó—. Te sonará muy típico, pero es que para el tiempo que mi compañero se me apareció como un alma en pena, mi esposa me había dejado, llevándose con ella a mí único hijo varón. Hasta ese momento me di cuenta que había estado perdiendo el tiempo como si fuera un deporte olímpico. Llevaba una doble vida. Me esforzaba tanto y para nada.
—Pero seguro llevabas una vida muy cómoda.
—Ya. Sí. Pero cuando pienso que ella, al voltearse en la cama, se encontraba con un lado frío, me da algo, como un remordimiento.
—Tal vez simplemente nunca has sido bueno calentando los otros lados de las camas.
—Puede ser.
Se quedó en silencio, como si mis palabras hubieran sido tan profundas que requerían un poco más de meditación. Mientras tanto yo me acomodé boca arriba. El techo estaba sin encielar. Se veían los cables que alimentaban el foco que iluminaba la habitación, foco que no cambiaba desde hacía mucho tiempo. No recordaba si seguía funcionando o no, y aunque la curiosidad fue grande, no quise levantarme a encender el interruptor para verificarlo. Bostecé. Me rasqué la cabeza y de una vez me solté el cabello. El hombre a mí lado seguía silencioso, parecía que se había dormido, y cerré los ojos.
Pensé que al dormir soñaría con algo cotidiano dado que, durante un suceso tan cotidiano como lo es el dormir, me había sucedido algo en verdad extraño. No fue así. Soñé con girasoles parlanchines, caminos flotantes y bolsas plásticas a la deriva. Y así se ven los fantasmas, recordé. Seguí las bolsas pero éstas ascendían cada vez más y más, al punto que se confundieron con las nubes en el cielo. Pensé que me gustaría que las bolsas plásticas tuvieran rostros, al menos así decidiría con más facilidad cuáles tratar de alcanzar con toda mi fuerza. Tal vez era eso lo que me faltaba, una nueva meta, pero por lo pronto sólo quería seguir durmiendo y soñando, y eso que, hasta donde sabía, la persona que tenía al lado podría terminar estrangulándome sin que yo me percatara. Pero el sueño me pesaba de veras y mi posible muerte apenas zumbó dentro de mí como una nimiedad irreconocible.
Alguien me agitó del hombro.
—Te has quedado dormida.
—Ah —bostecé.
—Está por amanecer.
—Todo sigue oscuro.
—Antes de amanecer parece que todo está más oscuro de lo normal, ¿no te parece?
—Me parece que ese sólo es un cliché bastante romántico —sonreí.
—Y tú no pareces ser una persona romántica, ¿o me equivoco?
—Hay cosas que no se nos dan bien a todos.
—Ya, pero tienes una cama doble. Es curioso.
—Soy una loca para dormir. Muchas veces he terminado en el suelo.
—No te creo.
—Bah, tú qué sabes.
—Que te he visto dormir y apenas se te han movido los párpados. Eres de lo más serena. Sonará tétrico, pero por un momento creí que te habías muerto.
—Bueno, morir mientras se duerme no suena para nada mal —dije, convencida.
—Pero si yo he de morir, me gustaría que fuera viendo la realidad en toda su extensión. ¿Sabes? A veces pienso que seré capaz de reconocer mi hora y, en ese instante, dejaré todo y me iré a dar una vuelta por ahí, por los lugares que más me gustan, con las personas con quienes más quiero estar.
—Y si terminas con una enfermedad grave, ¿cómo te moverías?
—Me la pones difícil —rió—, pero estoy seguro que me las apañaría. No sé cómo, pero igual iría al lugar en el que más quiero estar. Cuando se tiene fuerza de voluntad...
—Bueno, entonces te das una vuelta por aquí —bromeé—. Recuerda con cariño a la hermosa chica que dejó que le robaras.
—¿Eres hermosa?
—Por supuesto que sí—reí.
La cama se agitó, sentí su codo hundirse en un costado, cerca de mi propio cuerpo.
—Eres verdaderamente hermosa —comentó, casi ido en otras cosas que estaban más allá de a saber dónde—. ¿Me puedo acercar? —inquirió, temeroso—, hace mucho no duermo tan cerca de nadie.
Extendí mi brazo y a los pocos segundos él ya estaba usándolo como almohada. No sabía qué edad tenía, su voz era áspera y rugosa, bastante grave, y cierto que no parecía la de un adolescente pero tampoco pude atribuírsela a alguien muy, muy mayor. Al tenerlo tan cerca, sintiendo su respiración en mi brazo, me percaté que de él no emanaba mal olor alguno. Ni fuerte ni débil, olía más a jabón de aloe, y el cabello a champú de manzanilla. Son los olores más comunes en la gente pobre, porque se producen en masa jabones y champú con esas fragancias. Yo prefería la lavanda, aunque también me hacía oler de lo más común.
Después de un rato sentí su mano deslizándose en mi cintura. Por alguna razón, el cuerpo del extraño fue encogiéndose, o al menos así lo sentí. Luego de posar su mano en mi cintura acercó su rostro a mi pecho, casi lo restregó allí, para luego comenzar a sollozar hecho un ovillo a mi costado. Mi primera reacción fue enterrar los dedos en su cabello. Lo tenía limpio y sedoso. El olor a manzanilla se desprendió entre cada caricia.
—¿En verdad vives sola? —preguntó.
—Sí —respondí.
—¿No te parece triste?
—Sólo a veces.
—¿Y tus padres?
—Mamá está bien. Se ha vuelto a casar. ¿Puedes creer que tengo una hermana de siete años?
—¿Y tú padre?
—Ah —bostecé—. No sé. No lo sé. Nos dejó cuando yo apenas era un bebé. Mamá siempre dice que fue para bien, que él ya tenía una familia y no había sido tan idiota como para pensar que lo dejaría todo por ella, además, se dedicaba a algo, no sé a qué, pero no era nada bueno. Nunca hemos tenido dinero, bueno, ahora mamá lo tiene, con su nueva familia, pero antes, a pesar de no tenerlo, vivíamos en paz. Y aunque la mayoría de las veces el otro lado de mi cama está helada, también estoy en paz. Así que siéntete en la libertad de venir cada vez que no tengas dónde dormir.
—Lo haré —susurró—. Eres una buena chica, en verdad excepcional.
—Gracias —reí. Mis dedos seguían enredados en su cabello.
—Oye, una última cosa, ¿está bien?
—Dime.
—Posiblemente, cuando despiertes, yo ya no esté en la cama, no creas que soy un maleducado, es sólo que en verdad necesito ir a un lugar, no puedo llegar tarde, así que no hay manera de que me quede más tiempo a tu lado por más que quiera. Espero sepas perdonármelo.
—Descuida, comprendo a la perfección. Cuando tenía empleo, solía ir de un lado a otro con una prisa que hasta absurda me resulta ahora. Así que entiendo, no te preocupes.
—Eres una buena chica, en verdad excepcional.
—Si no dejas de repetirlo me lo terminaré creyendo.
—Pues deberías —rió. Luego continuó—: Oye, ahora sí, una última cosa.
—A ver. Dime.
—¿Puedo besarte?
Me quedé de piedra un segundo, pero y ya qué. Asentí bien quedito. Temí que no lo hubiera notado así que contesté:
—Sí, está bien. Adelante.
El hombre se levantó, sentí mi pecho de lo más solitario cuando apartó su rostro. Entonces, casi inesperadamente, sentí una ligera caricia en mi mejilla, una caricia casi paternal. Mis labios se curvaron. No había nada sexual en la situación, no sé por qué tengo que aclararlo, se sentía más bien como el sol de verano, cálido y reconfortante, pero que al mismo tiempo cala con muchísima fuerza. De pronto sentí el aliento del hombre cerca de mis labios «en verdad me besará», pensé, pero no lo hizo en ese momento, siguió acariciando mis mejillas. Era como si, a través del sentido del tacto, quisiera memorizar los rasgos de mi rostro. Yo sentía cosquillas y mucha tranquilidad, tenía mariposas revoloteando en el estómago, y unas ganas enormes de ser estrechada entre sus brazos. Tomé una de sus manos, la llevé hasta mis labios y la besé.
—Eres en verdad excepcional —repitió.
Cerré los ojos. Hasta ese momento me había sentido bien despierta pero, de repente, todo el sueño acumulado me devoró. Él ya no estaría cuando yo despertara y esto me entristeció, pero no había más que hacer. Con suerte, se aparecería otro día, así que tenía que recordar comprar cosas de valor que él pudiera robar sin problemas.
—Cuídate mucho, hermosa. Has crecido bastante bien.
Sentí sus labios varias veces en mi frente y mis mejillas hasta que por fin me dormí.
Desperté como en un sueño, pero era tan solo la realidad. El sol entraba con bastante fuerza desde la ventana abierta. El cuerpo me pesaba mares. Mi cabeza parecía de algodón.
Salí de la habitación y me sorprendió encontrar todo en orden. Todo dentro del refrigerador estaba en orden también, no faltaba ni siquiera un tomate, y todavía quedaban sobras de comida en el microondas o, más bien, parecía que nadie las había tocado. Sonreí. Regresé a la habitación y revisé la cómoda: mi cadena de oro seguía tal y cómo siempre la mantenía. Sentí ganas de echarme a reír con muchísima fuerza. Afuera ya no hacía nada de frío.
De pronto pensé en mamá. Alcancé el celular y la llamé. Del otro lado, la voz de mi madre sonaba lejana pero bastante cálida. No sé por qué sentía tanta nostalgia.
—Tendré unos días libres —le dije—, me preguntaba si podía pasar el fin de semana...
—Me encantaría —respondió. La sentí extraña.
—Oye, si no puedes, puede ser otro día.
—Oh no, no es eso, es sólo que he despertado extrañamente melancólica —suspiró—, es como si todavía siguiera dormida. Me faltan energías, hija mía, supongo que es la edad —rió.
Quise decirle que yo había despertado casi de esa misma manera, y que también había sido la melancolía la que me había motivado a hablarle. La única diferencia era que yo me sentía extrañamente animada y feliz.
—¿Y cómo va todo? —intenté cambiar el curso de la conversación.
—Todo va muy bien, por supuesto —respondió con más seguridad ahora.
—¡Y no me extraña! —exclamé, divertida—. Si eres una persona en verdad excepcional, mamá. En verdad excepcional.
Mi madre se quedó muda un buen rato. El tiempo se detuvo. Sentí un ligero aroma a manzanilla colándose desde algún rincón de la habitación.
—¿Dije algo malo? —pregunté después de un tiempo en silencio en el que sólo alcancé a escuchar la respiración serena de mi madre. Por un momento me pareció que comenzaría a llorar.
No lo hizo.
—Te veo pronto —se despidió. El pecho comenzó a latirme con fuerza, pero después de varias bocanadas de aire logré tranquilizarme. Hacía un buen día. Y estaba feliz.
Dejé el celular a un lado y, como cuando estaba pequeña, me tiré de un solo a la cama, sintiéndome de veras muy nostálgica. La cama estaba helada, como si nadie hubiera dormido sobre ella, mucho menos dos personas. Sonreí. Me sentía tan extraña, tan ligerita, como si habitara en un sueño o me estuviera adentrando en uno todavía más profundo que el de la noche pasada; pero, sobre todo, como si una puerta se hubiera abierto mostrándome lo que yo había ignorado durante toda mi vida.



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