Lejos del mar. Relato lésbico +18.

¡Hola! Después de tanto tiempo, un nuevo relato original. En este caso, lésbico. Porque puedo, ¡ajá! Bromas. Lésbico porque desde hace tiempo quiero escribir algo con esta temática. Además, las cosas que me han pasado últimamente ayudaron a darle el giro que le di a la historia. Porque es un relato lésbico pero no es romántico. Mucho menos pretende ser un juicio existencial nihilista ni nada de eso. Sólo la postura actual de una persona frente a la vida. Postura que puede cambiar en cualquier momento (en el caso de Karla) o que puede perdurar (en el caso de su tío), porque los humanos somos de todos colores y todos queremos cosas distintas y esos no nos haces ni más felices ni más infelices que otros.
¡En fin! Ya no me extenderé. Espero les guste.
Gracias por su constancia con el blog, sé que he andado un poco perdida, pero es que la vida es así (?)


Título: Lejos del mar.
Sinopsis: Sus caderas se movían por cuenta propia, casi sentía sus piernas acalambrarse, tensas y sueltas, apartes, mientras su pecho era un vaivén interminable, sonoro, de ser humano hambriento.
Advertencias: contenido sexual.
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Lejos del mar.


Visitar la playa de noche no resultó todo lo glamuroso que había imaginado. En primer lugar, hacia frío. El viento soplaba con tanto fuerza que la arena le calaba la piel, esa piel resentida por las múltiples picaduras de insectos, los únicos que parecían encontrarse a gusto en el lugar.
Pero, en las películas...
Las películas son una mierda.
Intentaron encender una fogata, pero el viento otra vez, el viento y la humedad que calaba su rostro porque el mar estaba tan embravecido que su llanto enloquecido comenzó a enloquecerlas a ambas. Apenas se conocían. Esto no iba a resultar bueno para ninguna de las dos. Karla pensó que ese mes en casa de su tío no sería tan bueno como había imaginado.
Karla había llegado a la pequeña casa de playa de su tío cuando éste, por un asunto de gran importancia, se vio en la necesidad de dejar el país. Karla y el mar no se llevaban bien, pero era su único tío varón, el que siempre le enviaba regalos de cumpleaños y el que la llamaba, rigurosamente, una vez a la semana. Normalmente, en las familias siempre hay una denominada «tía solterona», en la familia de Karla no era así, era un «tío solterón» y, pese a las insistencias, y con casi cuarenta años, la familia no había logrado influir sobre él. Vivía solo y tenía una vida social y amorosa casi nula, a parte por los asuntos de su trabajo; y así era feliz. Karla comprendía esto a la perfección, o tal vez no tanto, porque todavía dependía de sus padres, pero en poco tiempo se convirtió en la más cercana a él. La incomodidad con el mar perduró, eso sí.
La casa era pequeñísima: dos habitaciones con baño propio, cocinar-comedor, y sala de estar. Estaba poco amueblada por lo que desordenarla resultaba un trabajo exhaustivo, por lo que siempre estaba limpia. Tenía un porch que daba al mar. O, mejor dicho, a un mar de arena, porque había que caminar por lo menos unos diez minutos para tocar las aguas. A pesar de ser tan cercana con su tío, Karla apenas lo había visitado en un par de ocasiones, y nunca se había quedado tanto. El sonido insistente del oleaje casi le causaba pánico y no la dejaba dormir por las noches. ¿Meterse a bañar? ¡Nunca! Y evitaba salir cuando hacía demasiado viento.
¿Estás molesta? —inquirió Tessa, su acompañante. Una chica de aspecto soñador, algo menor que ella y con un rostro a la vez hermoso e indescifrable.
El mar me irrita, es todo —respondió Karla —, soy de occidente, no estoy acostumbrada al mar.
Soy de oriente, el mar tampoco es lo mío —sonrió la chica. Su sonrisa se vio difuminada por la oscuridad imperante, pero Karla la había besado tantas veces ya que con sus propios labios adivinó la curvatura de los de ella.
Karla bufó, aligeró la carga de su acompañante y caminaron hasta llegar a la casa de su tío. La lámpara contra insectos estaba encendida justo en la entrada. Muchos bichos yacían muertos cerca de las gradas. Ambas chicas se quitaron las sandalias y se sacudieron la arena. Karla buscó la llave y abrió, dentro las recibió una bocanada de aire tibio.
¿Me puedo quedar esta noche?
Por mí no hay problema —contestó Karla mientras hacía el inventario mental de las cosas que tenía en las alacenas y el refrigerador —. ¿Cenamos?
Se conocieron apenas una semana atrás, y la cotidianidad entre ellas eran tan natural que asustaba. Karla había salido a dar una vuelta por el centro de la ciudad. Había decidido aprovechar su estadía en casa de su tío para pasarla con ella misma, serenarse y pensar qué era lo que quería ser. La universidad la tenía abrumada, sólo quería un poco de paz y nada más. Pero en ese viaje se topó con un grupo de chicos de lo más disparejo. De todas edades y nacionalidades, el grupo resaltaba en aquel pueblito pesquero tan conservador y no habituado al turismo. Y entre ellos, resaltaba una chica menudita y rubia, de ojos casi celestes y andar entre refinado y torpe. «Extranjeros», bufó Karla, porque tanto bullicio no era propio de la gente local.
Se volvió a topar al grupo en el mercado, mientras compraba fruta y se alejaba de la pegajosa peste del pescado fresco. Se topó con Tessa, en específico, mientras ella utilizaba una pequeña sardina como títere, ocasionando la risa de sus acompañantes y el disgusto del vendedor. El pescado era tan pequeño que terminó deshecho, y a la chica no le quedó de otra que pagarlo.
Se los volvió a encontrar esa misma noche, porque decidió que algo de alcohol y música era necesario, y porque era la primera noche en casa de su tío y... el mar. Siempre el mar. Esta vez Tessa se le acercó, la invitó a un trago, le gustó la conversación, y más aún el acento de la chica, y cuando menos lo esperó, después de tres vasos y medio y cuarenta minutos, se estaban besando. Si la gente en el local se fijó en esto, Karla no lo supo. Se dejó arrastrar afuera, sus dedos enredados en los finos y delicados dedos de Tessa, bronceados por el sol pero de tez suave y tersa. Afuera, Tessa, a pesar de ser más pequeña, la arrinconó contra la pared, se puso de puntillas y la besó con más fuerza. Karla deslizó, no muy segura al inicio, sus manos por todo el contorno de la cintura de Tessa, descendiendo un poco hasta alcanzar sus glúteos, los que apretujó con fuerza. De un sólo impulso la levantó. Tessa enredó sus piernas al rededor de Karla, al tiempo que ella era ahora arrinconada.
Tessa olía bien, olía a fruta, a cítricos y un poquito a mar. Sus labios eran finos y se perdían entre los labios de Karla, más voluptuosos y experimentados. Ninguna de las dos llevaba sujetador debajo de la camisa, y a pesar de estar casi en plena vía publica, Karla se las ingenió para levantar la camiseta de Tessa y comenzar a jugar con sus pezones. Hubo un segundo de silencio primero, porque Karla no recordaba haber besado pezones tan rosados. Vio ahí donde el traje de baño había protegido la piel de Tessa del sol, blancura que contrastaba enormemente con el resto de piel bronceada.
¿Vamos a mi casa? —se aventuró Karla, excitada.
No alcanzaron a llegar a ninguna de las dos habitaciones. A medio camino ya estaban desnudas las dos, en el suelo, jadeando y arañándose la piel.
Karla tomó la iniciativa, y mientras seguía embelesada con los sonrosados pezones de Tessa, comenzó a acariciar la sutil humedad entre sus piernas. Sus dedos encontraron al inicio un poco de fricción, pero un par de besos después tuvieron más libertad. Tessa comenzó a gemir, a separar las piernas y a mover suavemente las caderas. No tenía de donde asirse, así que se prendió de los hombros de Karla, apretándolos fuertemente.
Tessa siguió permitiendo que Karla hiciera lo que quisiera. Descubrió pronto la experiencia de su compañera y aunque no era que prefiriera un rol más pasivo o más activo, se sintió tan cómoda, extrañamente cómoda, que dejó que el sexo la consumiera sin prejuicios.
¿Está bien si te penetro con los dedos? —preguntó Karla, varias gotas de sudor le adornaban la frente.
Tessa movió la cabeza en negación.
De acuerdo —dijo Karla ahora, se inclinó, le dio un beso en los labios para después llenar de besos sus piernas —. ¿Con la lengua?
Tessa quiso responder, pero cuando la lengua de Karla hizo contacto con su clítoris, su cuerpo no hizo sino arquearse de manera abrumadora al tiempo que lo silenciaba. No era su primera vez, ni mucho menos su primera experiencia de sexo con una desconocida, pero la experiencia de Karla la había superado por completo. No había esperado tanto.
Se sintió un poco cohibida cuando comenzó a escuchar ruidos, ruidos húmedos, mientras los labios, la lengua, la boca completa de Karla, devoraba sus labios; uno primero, luego el otro, buscando succionar, buscando abarcarlos enteritos. Tessa separó las piernas todo lo que pudo, gimió sin contenerse, con los brazos extendidos, tratando de buscar de donde sujetarse, porque la experiencia le resultaba como una vertiginosa e interminable caída. Sus caderas se movían por cuenta propia, casi sentía sus piernas acalambrarse, tensas y sueltas, apartes, mientras su pecho era un vaivén interminable, sonoro, de ser humano hambriento. Todo culminó con el único gemido contenido de la noche. Y sintió una satisfacción tan poco habitual, que tomó a Karla del cabello, la jaló hacia sí, besó sus labios una, dos, tres veces, se acurrucó a su lado y allí, justo en el suelo, se quedó dormida.
Despertó sola en una cama, en una habitación pequeña de paredes púrpuras revestidas de abstracciones. Se sintió mal. No había hecho nada en absoluto la noche pasada. Había dejado su placer enteramente en manos de una desconocida y, tal vez por primera vez, no se sintió defraudada. Tenía que saldar su deuda.
Fue así que las chicas se conocieron y fue así como decidieron prolongar su amistad. Mientras estuvieran de vacaciones la pasarían bien. Una relación libre que desde el inicio no estaba dispuesta a perdurar, resultaba liberador; no pensaron más no sólo porque eran de países distintos sino porque por su propia naturaleza ninguna de las dos era propensa a ilusionarse.

Pon la mesa, la cena está lista —gritó Karla desde la pequeña cocina. Tessa se levantó, sacó los platos, los vasos y los tenedores, y preparó la mesa. Se sentaron y comieron en silencio, mientras en la sala de estar el viejo estéreo del tío esparcía una melodía pausada.
Los chicos partirán mañana —compartió Tessa mientras Karla pelaba una naranja.
Creí que te quedarías más tiempo, ¿partirás con ellos?
No —murmuró —. Digo, ya sé cuál es la ruta que tomarán, puedo tomarme un par de días más y alcanzarlos en el próximo punto. Este es un país pequeño, no habrá problema, la gente es amable y hablo fluidamente el español. Siempre puedo preguntar indicaciones.
Karla sonrió. Desgajó la naranja y la compartió con Tessa.
¿Tanto te gusta el lugar? —inquirió Karla, medio en broma medio en serio.
Me gusta lo que haces con la boca —rió la otra. Karla soltó una sonora pero breve carcajada.
Se terminaron de comer la naranja y después se comieron mutuamente a besos. La desnudez resultaba ahora tan cómoda que la buscaban sin saberlo; una al lado de la otra, trazando cardinales invisibles sobre piel ajena. Tessa se fue deslizando más abajo. Hizo un comentario burlón sobre el vello púbico de Karla, a lo que ella contestó que estaba de vacaciones, lo que implicaba que todo su cuerpo estaba de vacaciones.
¿Y el bikini?
Odio el mar —bufó Karla.
Tessa rió con más fuerza. Separó las piernas de Karla y comenzó a acariciar.
A mí sí me van los dedos —bromeó Karla, recordando que, hasta la fecha, Tessa no había pedido ser penetrada de ninguna manera.
Tessa siguió jugando con el clítoris de Karla un poco más, luego se dedicó a colorear con paciencia los labios menores, dibujando su contorno y rellenándolos, presión moderada, con la yema de sus dedos. Acercó la lengua, que paseó tímida, casi torpemente. Sintió cosquillas. Se separó. Le imprimió más presión a sus dedos, encontrando el camino al interior de Karla.
Karla apenas se retorció. Soltó un gemido leve, casi silencioso, y cerró los ojos al tiempo que lamía sus labios. Sintió un segundo dedo que sólo consiguió relajarla más. Así, mientras Tessa la penetraba, Karla acariciaba su propio clítoris. Ese ritmo, ese placer tan sutil y pausado la relajó tanto, que por un momento todo su entorno dejó de existir. Era placentero, sí, un placer entre afiebrado y sereno, como el viento en verano. Ya ni siquiera escuchaba el mar, ni su respiración, ni la de Tessa. Sus caderas apenas se movían, y su espalda dibujaba una sutil curva que levantaba un poco más sus pechos con los pezones casi endurecidos.
Tal vez era la torpeza de Tessa la que la excitaba tanto. No había preguntado su edad, pero era menor que ella, y por lo poco que pudo descubrir de sus conversaciones, se dio cuenta de que era la primera vez que Tessa se aventuraba de esa manera. Se preguntó qué habría pesando su familia de tan repentino viaje, y si todos habrían estado de acuerdo. A veces la miraba y creía que se había escapado de casa, pero no había nerviosismo ni culpa que la delataran, sólo eran fantasías y deseos suyos, de su cuerpo enloquecido por la inocencia tan placentera que le era proporcionada.
Karla detuvo a Tessa. Ambas se reacomodaron. Karla montó a Tessa, con los dedos de la rubia todavía dentro de ella. Comenzó a moverse. La mano de Tessa descansaba sobre su propia pierna y este aplomo, este rose que se prolongaba y abarcaba más, terminó de cautivar a Karla.
Tessa sentía el peso de Karla y la humedad que entre sus propias piernas comenzaba a extenderse. La seguridad, la soltura de Karla, ese deseo jamás reprimido, y ese movimiento corporal casi salvaje, conseguían excitarla de tal manera que un pequeño rose, uno tan sólo, podría hacer que terminara. Le gustaba el cuerpo de Karla, voluptuoso y libre, y esa seguridad, seguridad derivada de la experiencia, tal vez, o simple reflejo de un carácter naturalmente fuerte. Le provocaba envidia. Ella todavía no era así, pero quería serlo. Y, en realidad, no había nadie que se lo impidiera.
Karla terminó. Se abrazó al cuerpo de Tessa fuertemente, su aliento chocaba contra el cuello de su compañera mientras ésta, medio en broma, decía que se le había acalambrado la mano. Karla rió. Dejó su lugar y posicionó su rostro entre las piernas húmedas y sudorosas de Tessa.
La noche se fue entonces entre complacencias intermitentes y el zumbido sereno del viento.

***
Una mañana, un par de días después, Karla recibió una llamada de su tío. Era la llamada semanal. A pesar de la situación, sin embargo, no hizo más que las preguntas de costumbre. No preguntó por el estado de su casa o si había llevado gente. Mucho menos preguntó si había tenido oportunidad de disfrutar el mar. La conocía demasiado para eso. En cambio le pidió que se cuidara, que cerrara todo con llave y no fuera tan confiada. Le dijo que regresaría antes de lo previsto y que, aunque todavía no sabía la fecha con exactitud, que lo esperara en una semana o menos. Por último le preguntó si deseaba algo en especial, a lo que Karla respondió con un «sorprendeme». Karla tenía deseos de verlo y le preguntó que si podía seguir quedándose con él incluso cuando regresara. Su tío dijo que sí, y Karla pudo adivinar una amplia sonrisa del otro lado del auricular.
Tessa escuchaba la conversación desde el porch. Frente a ella no había más que arena pero sentía el frescor marino que el viento arrastraba. El olor a salitre se le antojó tentador, y sugestionado su cuerpo, comenzó a sudar.
¡Iré a darme un chapuzón al mar! —gritó desde su lugar. Karla se acercó a la puerta y asintió. La esperó hasta bien entrada la noche. Tessa apareció con un bronceado excesivo y muchas copas de más. Su estado era tan deplorable que se la pasó vomitando toda la noche. Karla no quería reprocharle nada, pero ni la conocía ni estimaba lo suficiente como para aguantarle tales desplantes.
Por primera vez sintieron que la dinámica de su inexistente relación ya no las sostenía. Siguieron teniendo sexo dos, hasta tres veces al día, todos los días; pero, por lo demás, esas charlas y esas comidas relajantes, todo iba en descenso. Era normal, pensaban ambas, apenas se conocían, habían comenzado a relacionarse por motivos estrictamente físicos, y una vez satisfechas, no había razón alguna que las mantuviera cerca; ninguna de las dos siquiera pensaba en tomarse la molestia de tratar de arreglar eso poco que tenían. No fue sorpresa, entonces, cuando Tessa por fin le comunicó a Karla que era hora de partir.
No sólo fue la llamada temprana del tío de Karla, sino también la llamada de sus amigos que le informaban que su nuevo destino no había sido tan divertido y que planificaban partir al siguiente en cuanto pudieran. Tessa tomó su tableta y revisó Google Maps. Descubrió el camino más corto a su próximo destino y les dijo a sus amigos que partiría al día siguiente y que los esperaría ahí. Ninguno de sus amigos se sorprendió. Se despidieron como si apenas se hubiesen separado.
Cuando Tessa se lo comentó a Karla ésta tampoco se sorprendió. Las cosas no tenían la candencia y frescura que al inicio y la partida de Tessa no era más que el curso irremediable que el agotamiento que todas esas cosas que las habían juntado produjo. Ninguna de las dos siquiera se aventuró a imaginar que la cosa podía terminar en un tórrido romance de verano. Y no lo fue.
Karla acompañó a Tessa hasta la estación de autobuses, apenas intercambiaron dos que tres palabras. Hacia tanto calor que no sentían ánimos de hacer nada. Y sin embargo, cuando el autobús por fin arribó, Tessa abrazó a Karla, le dio las gracias por la estadía y la buena dosis de sexo. Karla, a modo de respuesta, la abrazó con más fuerza y la besó, hambrienta, casi desesperadamente. Tuvo una de esas revelaciones pasajeras y dentro de su cabeza visualizó todas las veces que habían tenido sexo. Sexo despreocupado, sexo sin ataduras, sexo que es sólo sexo y se siente bien, y le agradeció a Tessa por eso. Sabía que no se volverían a ver, pero se despidieron como si sólo fuera una cosa momentánea. Se despidieron con gestos pero no con palabras, y aparte de las gracias dadas, no se dijeron más nada. Tessa abordó el autobús. Karla esperó hasta que el vehículo se puso en movimiento, y lo siguió con la vista hasta que ya no pudo distinguir nada.
Karla regresó a casa, no pensaba en nada más que en regreso de su tío. Ordenó un poco primero. Limpió con especial énfasis todos los lugares en los que había tenido sexo con Tessa. Cambió la ropa de cama. Ordenó los cajones, las cosas del baño, la loza. Una vez terminó con estas tareas, se bañó. Con el sol muriendo en el cielo, decidió darle una visita al supermercado.
Pasó dos noches sola porque el regreso de su tío se retrasó. Tessa seguía en su cabeza, pero ya como un recuerdo placentero, uno de esos que, aunque gustan y dan alivio, no se busca su conversión a la realidad. Habían cosas que estaban destinadas a pasar una sola vez en la vida y que, aunque calaban de una que otra manera, no constituían, por sí solas, la esencia misma de una persona.
Cuando su tío regresó, la casa se animó más. Es en cosas como estas que se nota la diferencia entre esas personas en tu vida que sólo constituyen la satisfacción de una necesidad momentánea, y aquellas otras que, más reales, encaminan tus decisiones. Estas personas vienen en todas las formas y tamaños, y no sólo como intereses amorosos, como se suele pensar. Karla vio a su tío «cuarentón» animado, con una carácter jovial, alegre y abierto. Su tío era la persona más criticada en la familia por su modo de vida, por negarse un matrimonio, por «negarse la felicidad» al «negarse el amor». Karla por primera vez quiso saber qué había en la cabeza de su tío, y con qué tanta convicción aceptaba la realidad actual de su vida. Pero desistió de esta idea cuando se dio cuenta de que se estaba convirtiendo en uno de esos familiares criticones. Ella, por el momento, no visualizaba una vida en pareja. No era lo suyo, no lo quería ni lo buscaba y, sinceramente, ni lo esperaba. Tal vez ella era como su tío. Tal vez no. Era demasiado joven como para saber eso y era demasiado extenuante tratar de adivinarlo de la nada. De todas formas, todavía tenía tiempo.




Comentarios

  1. Me encantó cómo desarrollaste el relato. De principio a fin. Ni siquiera las partes más eróticas resultaron vulgares. Elegante y desvergonzado. Me gustó mucho.

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    1. Muchas gracias por tus palabras. Y siempre se evita lo vulgar mientras se pueda.
      Saludos.

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  2. He empezado a leer tus historias ayer, y me ha encantado tu forma de relatar. Bien esta historia no tiene romance pero tampoco cae en solo sexo, la envuelves con los cuestionamientos de la vida.

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    1. Muchas gracias por comentar y perdón por la demora.
      Me alegra que te haya gustado :)

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  3. Que bonito escribes, me encanta!!!!

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