"Bufanda" Relato corto PG13+

Regresé antes de lo planeado y esta vez con un nuevo relato. Espero les gusta.

BUFANDA

Sinopsis:
Es una reacción en cadena que comienza desde el momento justo en que los colmillos te acarician la piel; se acentúa cuando la rompe, porque lo hace de una manera a la vez delicada, calculada y brusca. Por un segundo escuchas que tu piel sede ante la presión, y más que su aliento, sientes la calidez de tu sangre que se desliza y se pierde sin jamás desperdiciarse.
Géneros: Paranormal, vampiros.
Advertencias: leve contenido sexual.
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Si quieren algún otro formato o algún otro sitio, se aceptan sugerencias.
GRACIAS POR LEER.









Bufanda
Por Seiren
  




R
ecuerdo, mientras veo ese paisaje tan característico de mi vida que se ha convertido en una gran nada, una bufanda de lana verde decolorada de los bordes y con detalles metálicos en uno de los extremos. Esos se los puse yo, porque el verde era común y su diseño incluso más común y yo sentía que tenía que sobresalir de alguna manera. El peso de los detalles metálicos, detalles que ya no logro visualizar, me obligaba a anudarme la bufanda siempre porque si no tendía a deslizarse de un lado y no era algo que yo pudiera permitir, no con las marcas en mi cuello.
Las marcas en mi cuello comenzaron a aparecer tiempo después de dejar la universidad. Entendí y entiendo la importancia del estudio, sin embargo, un estómago vacío representa una necesidad más inmediata. Dejé la universidad y comencé a trabajar en tantos empleos como me fue posible. La carga me resultó pesada debido al trabajo constante y al poco descanso, pero los beneficios generados, o mejor dicho, la estabilidad proporcionada, me ayudaron a tomar el control de mi vida.
No tuve ni una infancia ni una adolescencia trágica, pero durante mucho tiempo sentí, tal vez si razón alguna, que mi vida no me pertenecía por completo. El distanciamiento que se dio entre mi familia y yo, fue algo que yo inicié, pero que ellos acentuaron y que se expandió todo lo imaginable cuando dejé la universidad a costa de sus constantes reproches y sus escasas intenciones de ponerse en mi lugar. La soledad, pura y clara como es y no oscura y silenciosa como la presentan, me cobijó durante mucho tiempo, al punto de tratarme como a una hermana.
La bufanda mencionada la compré con mi primer pago. Aunque tenía cuentas pendientes, cuentas más importantes, al pasar enfrente de la tienda, (una tienda de ropa usada de esas que tanto abundan ahora) y ver que uno de los maniquíes disfrazados detrás del aparador lucía en torno a su cuello un trozo de tela verde anudado de manera descuidada, lo primero que sentí fue que yo quería tener ese trozo de tela alrededor del mío. Por mucho tiempo mi vida se centró en esa parte de mi anatomía: mi cuello. Entré en la tienda y, sin más, sin siquiera preguntar el precio, compré la bufanda. Luego pasé por un salón de belleza y me deshice de casi treinta centímetros de cabello. Mi nuevo cabello rozaba ligeramente la bufanda que resguardaba mi cuello.
En ese momento no sabía que la bufanda cumpliría esa labor de protección durante un largo periodo de tiempo.
La primera vez que le di ese uso fue una mañana en la que desperté recordando absolutamente nada. La cabeza me daba vueltas y sentía una extraña debilidad en todas mis extremidades. La luz se colaba por la ventana como motas borrosas, distorsionadas por el viento, que se acentuaban y opacaban con cada parpadeo. Un extraño calor, como un bochorno, impregnaba todo mi cuerpo. Fueron necesarios varios minutos y muchos intentos para así, tambaleante, más inconsciente que lúcida, llegar al baño; y ya allí, y al ver mi reflejo en el espejo; reflejo claro, impresionista, a pesar de mi estado (o tal vez gracias a él), notar las marcas en mi cuello.
Me estuve mucho tiempo tratando de descifrar la naturaleza de la herida, esos dos puntitos, no tan pequeños, pero tan invisibles, y la línea de sangre coagulada que se originaba en ellos y que se perdía más abajo, casi rozando mi pezón izquierdo... No me alarmé. Me desvestí por completo y estudié el resto de mi piel en busca de heridas similares.
Una persona amante de lo oscuro, de la ciencia ficción y demás variantes habría encontrado la respuesta más que obvia, y por consiguiente, lógica (en su propio mundo de fantasía). Pero yo nunca fui una persona que se permitiera esa clase de lujos. Pensar en cosas tan absurdas como vampiros y demonios chupa-sangre era algo que no toleraba ni siquiera en sueños y desvaríos (de esos que suelen acompañar tan fielmente la adolescencia), y mucho menos en la vida real. Pensé, entonces, que se trataba de una especie de broma y me dije a mí misma que jamás volvería a salir con personas a las que no le tuviera la suficiente confianza.
Por más que quise —y lo quise mucho—, no pude quedarme en casa, y a pesar de que el clima no estaba especialmente caluroso, tampoco era el adecuado para andar por la calle luciendo una bufanda. No obstante, los dos orificios parecían secos e inflamados, como si estuvieran cicatrizando, coloreando la piel circundante de ese tono verde y enfermizo tan poco atractivo; y a falta de camisas de cuello alto, no me quedó de otra.
En ambos trabajos se mofaron de mí diciendo que trataba de ocultar marcas de besos, pero en lugar de molestarme se los agradecí. Así no tuve que dar explicaciones que ni yo misma alcanzaba a comprender y, de paso, me saqué de encima a dos que tres muchachos que me pretendían. Pretensiones inútiles y absurdas que sólo conseguían inquietarme e incomodarme.
Las marcas desaparecieron por completo al cabo de un mes y yo no volví a tocar el tema. El verde de la bufanda se había decolorado en exceso por el uso constante, pero a mí seguía gustándome mucho. Me había comprado otras, porque por alguna razón las bufandas siempre llamaron mi atención de una manera un tanto inexplicable, pero la verde era casi mágica y no podía resistirme a su poder.
Precisamente la llevaba el día que todo se esclareció. El asunto de los dos puntos en mi cuello había pasado a ser un episodio extraño apilado en mis recuerdos junto con las decepciones amorosas y los idilios electrónicos. Era más probable que recordara una de esas absurdas conversaciones pseudo-eróticas vía chat con hombres completamente desconocidos, que las  heridas que ni con maquillaje alcancé a cubrir. Pero al verlo a él, al ver sus ojos azules, casi verdes, casi negros, casi de todos colores, algo se encendió; así como cuando se enciende una vela en la oscuridad, y de pronto me sentí flotar; mi cuerpo no pesaba, no llegaba a ser una pluma, jamás tan suave y fino, pero se movía con cierta delicadeza para nada característica en mí, que siempre fui una persona de maneras bruscas. Mis caderas se contorneaban impregnadas con una sensualidad que sólo era capaz de invocar de manera racional con mis letras; mi boca se deshizo en agua, mis labios, ambos, palpitaban, sedientos y ansiosos, y él estaba ahí, del otro lado de esa bulliciosa habitación. Lo veía a pesar de todas esas masas deformes, remedos de personas, de personas que bailaban y se divertían y se drogaban, a quienes únicamente les prestaba atención porque se interponían en mi camino.
Alguien me rozó la espalda, luego alguien más los hombros, y así, uno tras otro mientas me hacía espacio, mientras atravesaba aquella muralla sedienta de excesos, haciéndome temblar. Y cuando pensé que lo había perdido de vista, sentí cómo me tomaba la mano. Mi mano estaba caliente, pero la suya no, a la suya le faltaba vitalidad, lo supe enseguida. Así como supe que esa noche terminaría enredada con él, de la manera que fuera y dónde fuera cuantas veces lo requiriera. Algo dentro de mí había dejado de ser yo, y la nueva yo estaba deseosa.
Por supuesto que en ese primer encuentro desconocía por completo la clase de influencia que los seres de su tipo ejercen sobre los demás, esos que somos normales y tenemos vidas cortas, esos que no creemos hasta ver. Y yo vi, o más bien, sentí, mientras sus colmillos se hacían con mi cuello por segunda vez, mientras sus dedos acariciaban otras zonas de mi cuerpo. Con ambos actos consiguió de mí lo mismo, mientras yo, sudorosa, casi anémica y temblorosa, pensaba que semejante placer no volvería a visitarme en lo que restaba de vida.
Es una reacción en cadena que comienza desde el momento justo en que los colmillos te acarician la piel; se acentúa cuando la rompe, porque lo hace de una manera a la vez delicada, calculada y brusca. Por un segundo escuchas que tu piel sede ante la presión, y más que su aliento, sientes la calidez de tu sangre que se desliza y se pierde sin jamás desperdiciarse. El cuerpo se debilita, pero no es un debilitamiento molesto, no de un modo enfermizo, no quedas en un estado de somnolencia sino más bien en uno de ensoñación. Se da un desprendimiento, la creencia de que puedes seguir viviendo sin ese cuerpo, habitando el del otro y viceversa. Hay cierto tono perverso en todo esto, mas no es del todo reprochable. Es una experiencia que supera los sentidos, supera la barrera misma de la existencia, y te incita, mientras dura, a creer que a pesar de lo insignificante que ha sido tu vida, en esos minutos en que tu sangre fluye de tu cuello a su garganta, todo recobra sentido; y por contradictorio que suene, o por loco e insensato, el que esa persona —eso que al menos parece persona pero que no lo es—, te esté robando la vida, hace que acentúe su valor, hace que te aferres a ese último segundo, porque la vida no vale del todo sino cuando la estás perdiendo.
Y es una sorpresa, entonces, despertar al día siguiente, abrir los ojos, sentir el calor de otro cuerpo en la oscuridad. ¿Qué tanto es real y qué tanto no? Por un momento no supe ubicarme. Palpé, con dificultad, mi cuerpo; mis senos desnudos, mis hombros cansados, mi piel sudorosa y mi cabello revuelto. El placer seguía escurriéndose entre mis piernas, era presa de una excitación cuyo origen se alojaba a veces debajo de mi cintura, y a veces encima de mis hombros. No me sentía tan cansada pero estaba muy muy sedienta. Mi garganta era arena.
—Este es el momento —dijo mi compañero de cama. Su voz, serena y apagada, era la voz de un demonio aún dormido —, si quieres matarme por lo que he hecho, basta con abrir una ventana.
Me levanté de la cama, a tientas, buscando darle forma a lo que se dibujaba en frente de mí sin que yo me percatara. La oscuridad reinante, o más bien, esa oscuridad que nos envolvía y abrigaba, no resultaba para nada opresora. A pesar de su voz, de mi cuerpo encendido y de la incomodidad en mi cuello, yo no tenía miedo. Era más bien fascinación, fascinación por las facciones y los rasgos que la oscuridad escondía, la voz que sus labios disfrazaba y la piel antes fría y ahora caliente que parecía adherida a la mía.
Regresé a la cama y busqué sus brazos, dibujé su piel tersa, y me permití a mí misma explorar más arriba, abrir su boca y sentir sus colmillos rozando esos mismos dedos que segundos antes habían jugueteado con su piel.
¿Y qué valía mi vida en realidad? Me pregunté. Le pregunté. Pero ni yo me contesté ni él lo intentó. Mordió mis dedos de una manera juguetona, para luego abalanzarse sobre mí, tomar esos mismos dedos y guiarlos a mi interior, como si él no fuera capaz de algo similar, o como si no quisiera. Me espalda se arqueó y él mordió ahora uno de mis senos. Sentí el calor característico de la sangre que resbala, ese calor frío que tensa el cuerpo y lo pone en guardia, que lo prepara y lo domina. Luego me colocó boca abajo, su aliento bailaba en mi espalda, erizando mi piel; me apoyé en mis rodillas y mis codos mientras sentía como su aliento se deslizaba, hasta detenerse entre mis piernas, hundiéndose allí para fundirme con él.
Me morderá…
Pero no lo hizo. Bebió mis fluidos, o eso me pareció sentir, como si fuera sangre, pero la humedad era distinta y el calor era otro, y sus reacciones, su manera perversa o tal vez demasiado humana de gozar con todo aquello —de cómo yo también gozaba todo aquello—, eran diferentes.
Cuando todo hubo acabado, preguntó mi nombre.
—Amelia —respondí.
Se hizo la noche y con ello su vida. Revolvió la cama en busca de un pendiente que había perdido y se marchó. Sus ojos ya no eran de todos colores, eran del color de los míos.

**

Decir que mi vida sufrió un cambio brusco sería exagerar, porque en realidad mi vida nunca había consistido en asistir todos los días al trabajo o colarme en las esquinas más silenciosas de los Cafés a leer o a tratar de escribir algo que resultase decente. Mucho menos era visitar a una familia que no me quería, a unos amigos que no existían o a personas que pudieran interesarse en mí. Las personas normales me resultaban insoportables, a pesar de que yo era una de ellas. Hasta ese momento yo no había analizado el eso, el todo o la nada, que constituía mi vida. Un apartamento pequeño, casi vacío, con pocas cosas, cosas que no eran del todo necesarias pero que necesitaba. Y en el mullido sillón, envuelta la habitación con cortinajes cada vez más gruesos y oscuros, yo esperaba que las cortinas del día se cerraran, y que con ellas me trajeran su presencia.
Llegaba envuelto en misterio, con una mirada penetrante, unos colmillos afilados y unos deseos, más que de beber, de complacer, como si el placer lo satisficiera más que la sangre misma. Era capaz de crear esa ilusión, de hacerte creer que más que una presa eras un donante, y que era él quien más perdía y tú la que se llevaba gran parte de las ganancias. Pero en realidad, lo que se ganaba o perdía dependía de los ánimos de la noche, de los secretos y los grados de placer que se estaba dispuesto a soportar y a sacrificar. Mi sangre roja y palpitante a veces era completamente ignorada, dejada atrás, inexplorada, porque otras zonas, igual de secretas y palpitantes, acaparaban su atención con una complicidad para mi desconocida. Y yo me dejaba hacer, me deshacía, pero luego me  reincorporaba y demandaba como una reina egoísta: muérdeme, muérdeme, muérdeme; y él me servía con más vehemencia de la que creía posible en un ser de los de su tipo, pero a medias, al fin y al cabo, y la mañana me recibía extenuada y solitaria, con la misma cantidad de sangre en el cuerpo que cuando hubo comenzado la noche.
¿Por qué?
Quise saber.
¿Por qué?
Le pregunté.
La palidez de su rostro contrastaba exquisitamente con su cabello negro, y sus ojos, que una noche eran negros y a la siguiente azules o verdes.
—Me enamoré —contestó. La ventana estaba abierta de par en par y la noche fría como su cuerpo cuando no tenía contacto con el mío.
—Si me hablas de amor mi sangre se enfriará —reí.
—Por eso ya no me apetece beberla.
No me molesté, no tenía por qué y sabía que nunca tendría por qué. Son de esas corazonadas certeras, directas, a veces cortantes, que te advierten y congelan tus ánimos en el tiempo. Me levanté de mi lugar y me acerqué a la ventana, me senté en el borde pero antes deshice el nudo que sostenía mi bata. Mis senos se dibujaron generosos ante la luz que se colaba, y mi abdomen, ya no tan plano ni tan firme, era un vaivén de sentimientos encontrados.
Tomó mis senos, los acunó entre sus manos con delicadeza, mientas su aliento carente de vida me desnudaba la piel. Necesitaba que me mordiera y bebiera, no había otra parte de su cuerpo que pudiera penetrarme además de sus dedos y su lengua, y eso era lo que necesitaba. Y sin embargo, esa noche, y otras que le siguieron, apenas y se sintió tentado.
Sus estados de divagación, de lucha interna, fueron incrementándose. Desaparecía con demasiada frecuencia, a pesar de jamás abandonar la cama. Yo lo veía y cuestionaba el motivo de sus visitas, si ya no se alimentaba de mí, ¿qué sentido tenían?
Me vi obligada a tomar las riendas del asunto. Y así, el grado de morbosidad que alcanzó esa relación insana fue increíble. Si lo pienso un poco, las mujeres de ahora se abandonan a esas clases de exhibiciones, desenfrenos y placeres de una manera más natural y menos culposa; pero para mí aquello era morbo en su estado puro. A veces con culpa y arrepentimiento, pero el cuerpo tiene necesidades que la mente ni quiere ni alcanzará a comprender, y yo me entregaba, sin recibir nada a cambio, sin dar nada en realidad.
Poco a poco me fui hartando de su patetismo, como era de esperarse. Esa transformación casi shakesperiana que convocaba a la muerte, la llamaba y la sentía en sus huesos como en los míos. Su palidez acentuada y su silencio devastador hacían mella en mi ánimo como en su propio cuerpo. Éramos, en un mismo grado, reflejo del otro.
— ¡Cómo es que terminaste aquí! —grité —. En mi cuerpo, en mi cama, en mi sangre y ahora ni en ella. Patético.
—No soy como esa ficción que tanto lee tu generación.
—No he leído nada ni me interesa —respondí —. ¿Has recibido devoción ciega de mi parte, acaso? Porque eso sería lo que recibirías si yo fuera una fiel representante de mi generación —continué —. Mi sangre se ha enfriado, dices… ¿pero acaso no es tu paladar el que se ha estropeado?
—Y lo sabes y no preguntas.
—Porque no quiero saberlo. Sólo quiero saber si seguirás o no con esto, si no…
— ¿Qué?
—Esperaba frialdad de tu parte, tu sentimentalismo me está matando. ¡Y qué si estás enamorado! ¿Abandonarás la vida al dejar que ese absurdo te consuma?
— ¿Y de qué otra manera he de morir si no es así? La inmortalidad es una carga que llevo desde hace seis siglos, ¡qué no comprendes! Toda sangre es veneno cuando no es la de ella.

La mujer no era más que una niña ante mis ojos, no en edad ni en apariencia, sino en su vano egoísmo, en su narcisismo disfrazado de generosidad, en sus gestos tendenciosos y su falso pudor. Una descarada virgenzuela moderna que sólo me ocasionaba celos por saber que era su sangre y no la mía la que él anhelaba beber.
Mi sangre, mientras tanto, abundante e impaciente, luchaba por abandonar mi cuerpo. Sus colmillos apenas y habían rozado mi piel en dos o tres ocasiones, pero ni la cantidad ni la pasión con la que solía beber eran la misma, y mis ensoñaciones ni siquiera alcanzaban a tomar forma, desaparecían antes de vislumbrarlas, sin que mis retinas se cerraran o que mi boca se deshiciera en gemidos.
Me resguardé en la luz del día, donde su sentimentalismo hipócrita jamás podría alcanzarme, pero a pesar de mis salidas furtivas, siempre llevaba conmigo una parte de él, una señal, una marca distinguible, prueba fehaciente de que, aunque no con tanta frecuencia, seguía encontrándose a sí mismo en mi cuerpo.
La bufanda verde, desteñida y casi deshilachada, seguía cumpliendo su propósito como guardián protector de ese secreto que muchos anhelaban conocer pero que, yo sospechaba, no serían capaz de soportar. Secreto que había debilitado mis venas y arterías y amoratado la piel circundante, que había deshecho la grasa de mi cuerpo y dejado floja mi piel, como una vestimenta que no me pertenecía y, por lo tanto, no tenía derecho a llevar. No me importaba, porque mi mundo, el único que consideraba verdadero, giraba en torno al sonido que generaba ese par de dientes afilados penetrando la curtida piel de mi cuello. En el mundo de los adictos, yo simplemente era uno más. Uno de esos cuyos pensamientos giran en torno a un sólo propósito, uno absorbente y destructivo.
Pero esa mujer de aspecto lozano y figura delineaba me acosaba incluso con más fuerza, haciendo que dejara de lado mis deseos y me enfocara en ella más tiempo del necesario. ¿A qué podría saber su sangre sino a hipocresía y egoísmo? ¿Acaso la mía no estaba impregnada con todas las abundancias de la vida, la libertad y la entrega? Cuando la veía de lejos sólo la miraba como un conjunto de conexiones, venas y arterías, el sistema circulatorio al aire libre, como un maniquí en un salón de clases esperando ser estudiado. Imaginaba esos hilos rompiéndose, deshaciéndose y hasta explotando. Podía ser él o podía ser alguien más, para lo que importaba, porque igual yo sólo veía su muerte desencadenarse desde lo más profundo de su ser, inundando su cuerpo y consumiéndose en un vaho perpetuo que me acosaría para siempre por más que yo me resistiera.  Me vi atrapada en el vórtice que eran sus sentimientos y supe que debía escapar de él, encontrar a otro que fuera como él, pero no él.
Lo recibí esa noche. Las cortinas blancas ondeaban hacia afuera de la ventana, arremolinadas por al aire del ventilador que giraba refrescando la habitación. El sudor se resbalaba por mis senos desnudos. La bufanda verde colgaba del perchero detrás de la puerta. La música en el radio no era más que ecos de murmullos que no alcanzaba a comprender.
—Es esta la última noche y no demandaré de ti más que un favor —dije antes de que él atravesara la ventana. Antes de ver cuál era su condición en ese momento.
Me percaté de la gravedad del asunto y de su silencio cuando se desplomó sobre la alfombra. Extrañada, corrí a encender la luz y lo que vi, lo que olí (tan familiarizada estaba ya con ese olor), me sorprendió un segundo.
— ¿De quién es esa sangre? —inquirí, aun sabiendo la respuesta porque él no dejaba de sollozar —. ¿La has matado? ¿Es este el amor al que tanto le temías, el que tanto te negabas y por el cual, al mismo tiempo, tanto luchabas?
—No pidas respuestas obvias —sollozó casi de manera inaudible —. ¿Qué ya no gozas suficiente con mi estado?
—Tú fuiste quien se acercó a mí.
Lo llevé al cuarto de baño, lo metí bajo la ducha tibia y, pacientemente, limpié la sangre de su cuerpo. Me generaba un malsano placer limpiar de su cuerpo la sangre de la mujer por la cual tantos goces se me habían negado; pero su expresión patética y su sentimiento de culpa inundaban la habitación y hacían insoportable su presencia ahí, reduciendo casi a la nada esa experiencia que en otra situación sólo habría ayudado a incrementar mi morbo. Lo odié y, al mismo tiempo, sentí una gran tristeza por él, una pena indescriptible que no había sentido ni en el momento que mi familia me dio la espalda, o el momento que yo los abandoné a ellos y acepté una vida solitaria.
La madrugada se deshacía en el cielo entre los rayos del sol. Pensé que debía vigilarlo, que, en un arrebato, podía correr hasta la ventana justo en el momento en el que el sol nacía. Así que lo llevé a mi cama, lo metí bajo mis sábanas y cerré todo con llave no siendo plenamente consciente de que ante su fuerza sobrehumana ninguna puerta representaba obstáculo alguno.
¿Qué haría ahora con él? Ya no lo necesitaba; no, tal vez así era, pero por algo buscaba su reemplazo. Que la mujer hubiera muerto no quería decir nada, al menos no en el estado lamentable en el que se encontraba, mucho menos si jamás lograba escapar de ahí. Un lobo vuelto cachorro, un león moribundo devorado por la risa siniestra de una hiena como representación intangible de la quimera que era sus sentimientos, la negación, la aceptación de estos, la idealización absurda, casi divina, como un Dante con su Beatriz. ¿De qué sirven seis siglos si no se ha aprendido a apreciar con ojo calculador la verdadera realidad de la naturaleza humana?
— ¿Has despertado?
— ¿Ya es de noche?
— ¿Ya recobraste los sentidos? ¿Ya sabes diferenciar una cosa de la otra?
—Es verano, ¿por qué llevas bufanda?
—He salido a hacer unas compras, no has bebido de mí pero las marcas ya no desaparecen del todo —sonreí —. No que me importe.
—Veo que todavía te divierto.
—No es más que tu culpa, yo sólo estoy aquí, tratando de intentarlo; pero no lo consigo, no consigo burlarme de ti por más que quiera. Me das pena, un poco de cariño, y algo más, pero sólo eso.
Él rio, primero no fue más que una sonrisa, un pliegue en sus labios que elevó sus mejillas, dibujando sus pómulos carentes de color. Se levantó de la cama y en un parpadeo ya estaba enfrente de mí; deslizó su mano por mi brazo, subiendo hasta alcanzar la bufanda de la que se deshizo de un tirón y así, sin más, se inclinó de lleno, rozando primero mi cuello con su nariz, para luego enterrar sus afilados dientes en mi piel, sin advertencia alguna, sin duda ni compasión, tal como a mí me gustaba.
Mi primera reacción fue un gemido ahogado, luego un grito pleno y lleno de vida. Mis piernas perdieron fuerza, pero él me sostuvo por la cintura, me cargó y me llevó a la cama, en donde me desnudó con violencia, arrancándome la ropa de golpe e irritando mi piel en el proceso. Lo primero que hice fue abrirme, dejar que se embriagara con esa otra cálida húmeda mientras mi cuello palpitante ardía por la repentina muestra de placer. A pesar de que sus dientes ya no estaban adheridos a mi piel yo podía sentirlos como una ráfaga liberadora.
Muérdeme, muérdeme, muérdeme.
Debió leer mis pensamientos, porque mordió mi entrepierna. El reguero de sangre empapó las sábanas lentamente, pero en mi estado de éxtasis no podría importarme menos, las sábanas manchadas de sangre valían tanto como mi vida; la sangre y mi vida que eran una, no importaban ya, y podían empapar todo lo que quisieran, drenándome por completo, haciéndome desaparecer.
Luego mordió mi tobillo derecho, después mi muñeca izquierda, un seno, clavó sus dientes en mi vientre, en lugares donde la sangre palpitaba con más fuerza y en aquellos en donde apenas se sentía transitar. La ensoñación llegó acompañada de un orgasmo tardío, y al fin pude ver el monstruo que era, la criatura a la que me había entregado en tantas ocasiones y que jamás supe ver en realidad.
—Gracias —balbuceé, débil, pensando que por fin me entregaba a la muerte; pensando que, de otra manera, no encontraría un final más dulce.
—No  —susurró él —. No.
Apenas pude sujetarlo. ¿Qué significaba su No tan pedante y altanero, tan autosuficiente y carente de dolor? Mi vida pendía de una gota, y una gota no me alcanzaría, moriría sin saciar mi reciente curiosidad, sin saber nada de él.
—No —repitió —. Y no, hasta que entiendas. No para siempre, por siempre no.
Mis ojos se cerraron, la oscuridad me guió por senderos de seda en los cuales me perdí. El frío se convirtió en calor, y mi sangre en arena. Cuando desperté era otra.
Era otra no porque él me hubiese convertido en uno de los de su especie sino por el hecho de haberme perdonado la vida. Estuve meses en coma y meses más recuperando mis facultades físicas y mentales. Me dieron de alta del hospital únicamente para internarme en un psiquiátrico, uno que abandoné ya mayor, cuando me consideraron apta; pero ya no tenía vida por vivir, ni familia que cuidara de mí, por lo que terminé en un geriátrico.

**

Tardes enteras las pasé acompañada por el bullicio del radio o de algún programa soso de televisión, mientras mis demás compañeros de vida veían y se quejaban de sus propias dolencias.
Ahora hay series y películas románticas en las que muchachitas jóvenes, casi adolescentes, se enamoran perdidamente de vampiros con siglos de antigüedad, modales impecables y una moderación más que increíble, utópica, nada parecidas a las historias de vampiro de mis días de juventud. El amor de los vampiros no funciona como el amor humano y nadie parece ya verlo de este modo. Él, a su manera, me amaba, aunque no tanto como amaba a esa mujer, pensaba; la prueba de ello era el que yo siguiera viva y ella no.
La muerte es el máximo tributo, el único que vale; la única forma de inmortalizar a la amada sin condenarla, sin maldecirla, porque hacerlo significaría correr el riesgo de ser odiado. Y el tiempo de los vampiros es lento, inexistente, sus memorias poderosas; el rencor y el dolor se asienta en su interior añejándose y potenciándose hasta convertirlos en lo que él era, o lo que yo creía que él era. Quizá ya era alguien distinto, tal vez se había vuelto a enamorar o tal vez seguía llorando a la mujer que mató. No creía poder llegar a saberlo. No quería llegar a saberlo. Tenía miedo. Constantemente, incansablemente, el miedo ya era dueño de mí.
Siguiendo la rutina de todos los días llamé a una enfermera para que me llevara a mi habitación. Me dolían los huesos y la cabeza, y el dolor con los días se volvía más insoportable. Le enfermera hacía tal y cómo le pedía pero al cerrar la puerta la escuchaba renegar. No me importaba hasta cierto punto la comprendía. Camino lentamente hasta mi cama, estoy por acostarme, pero la habitación está más fría de lo normal. Veo entonces que la ventana está abierta, afuera la noche, y pendiendo de ella hay un trozo de tela verde, uno que ha visto muchos años porque apenas y se alcanza a distinguir su color.
Mi corazón da un vuelco desesperado que me hubiese gustado que fuera de alegría pero no lo fue, y esto no cambia ni cuando escucho su voz.
—No has cambiado —dijo, sonrío porque es un mal mentiroso.
—El tiempo pasa más rápido para unos que para otros.
—El tiempo no pasa para mí.
—No, no pasa para tu cuerpo, pero sí para tu alma.
—No tengo alma.
—Entonces no vivirías atormentado.
Sonríe y siento un calor en mi vientre, un calor que ninguna mujer de esa edad debería siquiera soñar sentir.
Él se acerca, se sienta a mi lado y toma mi mano arrugada, venosa y débil.
—Jamás te dije mi nombre.
—Jamás te lo pregunté, y no creo que importe ahora. No era eso lo que buscaba de ti, y los años no han idealizado tu recuerdo.
— ¿Te has preguntado por qué te dejé con vida?
—Porque no me amabas lo suficiente.
—Todo lo contario, te amaba; el problema era que tú no a mí. Yo las quería a ambas por igual, pero mientras tú te entregabas por otros propósitos ella me maldecía y me temía, ¿qué más podía hacer? ¿Jamás se te ocurrió imaginar la maldición que supuso para mí el que me entregaras todo excepto lo que yo quería? —sonrió —. ¿Acasos no pudiste ver más allá de tus inútiles celos y de tu insaciable lujuria? ¿No viste que lo que yo buscaba en ambas era lo mismo, que podía amarlas a las dos?
Amor —bufé.
— ¿Y qué sabes tú del amor de los inmortales?
— ¿Y por eso me dejaste con vida?
—Te dejé con vida porque necesitaba odiarte —bufó él ahora, prepotente e impaciente, como el humano que alguna vez fue.
—Tanto tiempo para…
—Yo sé más que nadie que el tiempo es un buen remedio, pero sobre todo, un perfecto castigo.
—Entonces ambos están por terminar para mí.
—Todo lo contrario —sonrió esta vez más ampliamente, dejando al descubierto la afilada dentadura que tiempo atrás tanto había estimulado mi cuerpo, haciendo que el cuerpo que poseía ahora, viejo y cansado, casi muerto, lo recordara con una lucidez hasta hacía poco perdida.
La sensación es distinta, no hay ruptura, no hay calor ni su aliento frío contrastando con mi sangre caliente, sólo dolor y desesperación mientras mi garganta es drenada y me voz desaparece gota a gota pero sin esfumarse del todo. No llego a perderme, no sé si lo quiero, simplemente me dejo llevar en silencio, mientras las paredes se reducen y la noche se ensancha; mientras el calor de mi cuerpo se vuelve frío y su sonrisa, antes melancólica, me condena desdeñosa.
Ahora sé su nombre, pero mi garganta está tan seca y arenosa que no puedo hablar. Gimo. Ya no hay placer, sólo sangre, sangre, sangre. Pero no mi sangre, la de otros, sangre que no es suficiente para rejuvenecerme, pero que me incita a vivir. Beber es incluso más excitante que ser mordido.


Fin


Comentarios

  1. Me encantó, como sabes me soy una vampimaniaca (y nooo de esa cosas amorfas y brillosas que han salido en estos últimos tiempos...insulto a los vampiros) y de verdad me has dejado feliz de leer algo tan original y lleno de "muerdeme" jajjajajaa. como ya sabes SOY TU FAN!!!

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    1. Jajajajaja loca! Pues las cosas me salen bien de vez en cuando (o decentes, al menos) así que no te acostumbrés tanto XD

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