Con lápices de colores. Relato corto.

Hola a todos. Estoy aquí con un nuevo relato (me quedé estancada en todo lo demás, lo siento u,u ya me pondré a trabajar en ello). Espero que este relato les guste tanto como a mí me gustó escribirlo. De antemano, ¡muchas gracias! 
Con lápices de colores.
Sinopsis: Todo el color del mundo está entre nuestras manos y no pensamos devolverlo, o eso me dice ella mientras sonríe, casi ríe, por poco, porque su voz es casi secreta y de abrir la boca demasiado todo se oscurecería, lo presiento. Apretamos más nuestras manos, hasta que duele y casi todo es rojo. El rojo que despiden sus labios cuando yo me inclino y los beso, y el rojo que es el único color que le arrebato sin problemas porque es en realidad ella quien me lo cede, y porque todo lo demás ha desaparecido. Me inclino y la beso una vez más.
Advertencias: ninguna.



Con lápices de colores
Por Seiren.




Se sienta en frente de mí, y a veces, durante largo rato, mientras las lecciones vienen y van, yo me pierdo en el tono rojizo de su cabello. No lo lleva largo, ni corto, sino un poco abajo de los hombros, grafilado y en capas. Suele peinarse de lado, con el flequillo un tanto más desordenado, y cuando se concentra en lo que escribe lo acomoda detrás de sus orejas. Lo acomoda, lo acomoda y lo acomoda hasta que se rinde y lo recoge en una coleta baja, pero su flequillo es corto y la interrumpe un poco cada vez que recuerda que lo tiene en la frente. Cuando termina de escribir lanza un suspiro, de esos liberadores que incluso te llegan a ti, luego levanta las manos, se despereza y se recuesta un poco; por último se suelta el cabello y lo acomoda hábilmente con sus dedos, lo peina, y si la hora es adecuada, puedo ver como los rayos de sol que se cuelan por la ventana quiebran las hebras rojizas entre sus dedos.
No es un tono tan oscuro, y cuando la luz lo toca es casi naranja, pero no el naranja de las naranjas, ese no es muy naranja que se diga; es más como el tono de las hojas en otoño; y si todos los atardeceres fueran un poco más anaranjados, también sería así, pero no es el caso.
No tiene pecas en el rostro (muchos llegan a sorprenderse por esto) ni en sus hombros (lo sé mejor que nadie); su nariz es un tanto respingona pero fina. Tiende a morder los lapices grafito y los de colores (incluido los míos). Sus plumas no tienen tapón, los pierde con la misma facilidad con la que pierde los borradores y los sacapuntas. Cuando esto sucede se voltea, y con algo que parece una sonrisa —pero que no llega a serlo porque la frustración de perder un borrador o un sacapuntas habiendo perdidos tantos ya no deja que se forme por completo—, me pide, con su tono más amable, que le facilite uno, y yo así lo hago.
Medio sonrío de vuelta (porque sería demasiado lamentable de mi parte dar una sonrisa entera cuando no he recibido ni la mitad de una) y se lo tiendo, me aprovecho y hago trampa —por supuesto—, y en el proceso mis dedos y los suyos se rozan. Es un roce que se extiende mucho más que los pocos segundos que tal acción demandaría, uno que me arranca la yema de los dedos. Entonces levanto la vista y su cabello estalla en mil colores y desaparezco del mundo por un segundo, pero sólo uno, porque de pasarme me parece que entraré en la dimensión desconocida, y no puedo perder de vista mis deberes. Así que regreso a mi hoja de papel y al dibujo que estaba intentando colorear.
Cuando me devuelve lo que le he prestado, no me habla, lo coloca en mi pupitre con una notita debajo; una notita generalmente adornada con un sticker de esos ñoños que no me gustan, no porque sean femeninos sino porque no me gustan y ya. Yo la tomo y en silencio leo el “Gracias, Ceci” que siempre escribe con la C un tanto curva, como inclinada hacía atrás, sólo la primera c, claro, la segunda es normal, sólo algo pequeña; sigue la e a medio cerrar y la i, comemo si fuera regla universal, con un corazón en lugar de un puntito. Guardo la nota y sigo en lo mío. Jugueteo con los lápices de colores.
Cuando las clases se terminan guardo mis cosas en mi mochila, mochila y no bolso, porque los bolsos me resultan incómodos. Ella no es muy metódica al ordenar las cosas dentro de su bolso, quizá por eso las pierde, así que termina primero que yo. Termina y sale del salón sin decirme nada. Los vuelos de la falda escolar se mecen de un lado a otro en perfecto orden. Se tambalean con cada uno de sus pasos hasta que desaparecen detrás de la puerta, se cuelan por el pasillo y siguen meciéndose hasta que ya no los escucho más. Hay un adiós por cada uno de ellos.
Cuando estoy lista me levanto de mi lugar, acomodo la mochila en mi espalda y camino; yo no lo hago con tanta gracia, pero sí un poco más rápido. Mis “adiós” son más breves y por cortesía y casi nunca son “adiós”, pero no es porque la gente me desagrade, lo que me desagrada es decir adiós. Me gustan más los “nos vemos luego” o los “hasta mañana”, aunque sea una promesa un tanto burda porque nadie sabe en verdad si llegará a mañana (con tantos conductores imprudentes y soñadores compulsivos), pero son mejores que un adiós, porque los “adiós” suenan demasiado definitivos, suenan a “The End”, pero no uno muy feliz. Sin embargo, si recibo un adiós lo devuelvo, no me parece que esa persona tenga demasiadas buenas intenciones, así que no veo por qué yo tengo que ser igual de considerada.
Soy menos considerada aún con los profesores, pero por suerte, no me encuentro ninguno. Al menos la mayoría de las ocasiones es así, como si se escondieran de mí. Lo que sí sucede con frecuencia es que ella me esté esperando en algún sitio del que yo todavía no estoy enterada. Es un juego. Llegando al portón principal busco en mi mochila, entre mis cuadernos, la notita que me ha dado ese día. La reviso y leo en letras chiquitas —chiquititas y transparentes, no como hormigas sino más bien como termitas—, el lugar en el que nos veremos esa tarde. Sonrío ampliamente, y esta vez sí es una sonrisa completa porque sé que ella no me está viendo; guardo la nota y acomodo mi falda y mi camisa y continúo caminando. El cielo está pintado con acuarelas, y las nubes se deslizan como gotitas de lluvia, gotitas de lluvia como algodones, pero no son blancas, son rosas, y el cielo no es azul, es verde (algo pálido); el pavimento no es gris, es amarillo con manchas cafés, en líneas, como uniformes de abejas. El viento que me acompaña es plateado, y cada uno de mis pasos destiñe azul. Me doy asco. Ser tan cursi me da asco, pero sólo a veces, sólo cuando no estoy con ella y cuando no me deja sus notitas y no me invita a lugares que no conozco pero que terminaré amando (si llego a conocerlos). O cuando no me permite dibujar pequitas en sus hombros, en su nuca y en su cuello. O cuando me impide desordenar los perfectamente planchados paletones de su falda, o desabotonar los botones de su camisa.
Dibujo su camisa, lo que esconde y lo que conozco...
El mundo vuelve a su tono natural.
He olvidado los lápices de colores, no sé cómo me percato de ello, sólo lo hago. Me detengo. Miro el reloj, la hora que es arena con la que se construyen recuerdos. Estoy a punto de regresar, no puedo dejar los colores en el salón, son míos, los necesito. Lo que no recuerdo es cómo y dónde los dejé olvidados. ¿Los dejaría en casa o en el salón de clases? ¿Con qué había estado coloreando desde la mañana? Siento comezón en la espalda, es ligera y es más cosa del sudor que del nerviosismo. Titubeo. Mis pasos ya no destiñen nada y las cosas se tornan oscuras, como sombreadas a grafito. Me rasco la cabeza, siento la garganta seca, mis pies de plomo.
Vuelvo a sacar la nota de mi mochila y la veo con detenimiento, abajo del gran “Gracias, Ceci” y de la dirección del lugar en que se supone nos encontraremos, hay unas letras más pequeñas aún, finas como hilos de araña. Me acuclillo, vencida, y me esfuerzo por leer. Las letras son imposibles y mi frustración aumenta. Esa imposibilidad se sale de pronto del papel, una por una, consonantes y vocales, formando sílabas, palabras y oraciones. Me levanto y las sigo, porque me hipnotizan, hasta cierto punto me dominan. Pero les falta color, eso pienso, y si tuviera mis lápices de colores ya habría solventado el asunto. No importa, no los tengo, así que sigo caminando con las letras como guías. Y están algo inclinadas, hacia atrás, como sus c mayúsculas; y las e van sin cerrar, pero las i no tienen corazones en lugar de puntitos. Puntos suspensivos. Al final lo único que quedan son puntos suspensivos y yo estoy enfrente de una puerta.
La puerta es de cristal, transparente. Un letrero, uno a medio colorear, dice “Empuje”; más arriba otro casi invisible dice “Bienvenido”, sí, con O, porque el mundo es una gran O y las A están ocupadas tratando de demostrar los buenas A que son para que se les tome en cuenta y las incluyan en los carteles.
Abro la puerta y las campanitas del otro lado se mesen coloreando diferentes tonos de gris, aburrido gris, deprimente. Las campanitas siguen sonando un poco hasta que se callan y lo vuelven a hacer cuando la puerta las vuelve a golpear, no he sido yo quien lo ha hecho, por supuesto, pero no me volteó a averiguar quién sí lo hizo. Aunque me pregunto qué habrán pintado las campanas para esa persona.
Doy un paso y luego otro. El piso es rugoso como un lienzo. Hay seis mesas en el lugar, enumeradas. En la primera hay dos sombras, altas altas, hasta casi rozar el techo. En la segunda hay un resplandor rechoncho y sobre la mesa descansan bocadillos tornasoles. La tercera está vacía, aunque juraría haber visto algo moverse debajo de ella. La cuarta está llena, las cuatro sillas con cuatro personas que no tienen labios ni orejas, pero sí ojos infinitamente grandes y penetrantes, ojos verdes y azules, ojos que yo no he coloreado. Me sorprendo y me alejo. La quinta está llena de tazas y platos vacíos y duendecillos negros bailan a su alrededor. La sexta ha desaparecido. No comprendo.
Le pregunto a los habitantes de la primera mesa en donde está la sexta. Las sombras apenas se mecen. Le pregunto a comensal de la segunda, su destello ni siquiera se opaca; a la tercera ni me acerco y los clientes en la cuarta ni me han escuchado ni pueden contestarme. Los duendecillos de la quinta se ríen de mí, les bufo y me alejo. Voy a la caja y le pregunto al dependiente en dónde está la sexta mesa. Sonríe y me ofrece el menú, le digo que eso no es lo que quiero, pero insiste. Termino ordenando un café, un café en tonos pasteles. Me dice que espere sentada mientras lo prepara, y me guía hasta la sexta mesa. Y sé que es la sexta cuando veo su cabello, que es rojo como el otoño, y nada de naranja como los atardeceres porque los atardeceres son muy poca cosa. Los atardeceres no deberían existir, porque después de ellos viene la noche y los tonos oscuros no me gustan.
Mientras más me acerco más sigue estando ella allí, y más la dibujo y la coloreo, pero sin colores, porque no los tengo, los dejé en algún sitio que no recuerdo y que ahora no importa. Sus dedos finos, con sus uñas pintadas con escarcha, tamborilean sobre la mesa, sobre el mantel que cubre la mesa y luego sobre las palmas de mis manos que descansan sobre la mesa y el mantel. Me dice que estoy pálida, que debería pintarme un poco, le informo que he perdido los lápices y ella sonríe.
¿No leíste la nota?
Vuelvo a sacar la nota de mi mochila, ya está arrugada y sucia. Algunas letras han desaparecido, y la c mayúscula está menos inclinada hacía atrás, la e se ha cerrado y la i es una l corta, su puntito debió haberse unido a los puntos suspensivos. El caso es que no veo nada. No hay nada allí que yo pueda leer o escuchar. La letras se perdieron todas por la ciudad mientras me guiaban, eso lo tengo claro, y no creo que vayan a volver.
Niego con la cabeza y me pierdo en sus ojos, el flequillo luchando por negármelos. Y sonríe, vaya que sonríe, y esta vez es una sonrisa completa. Toma mis manos entre las suyas, las acaricia y luego junta cada uno de sus dedos con los míos, en orden: pulgar, índice, medio, anular y meñique. Y mis yemas se tiñen de muchos colores, inclusos unos que no he visto y con lo que jamás he coloreado nada. Se parecen a mí, pero no lo son, y ella no se parece a nadie, pero lo es.
Todo el color del mundo está entre nuestras manos y no pensamos devolverlo, o eso me dice ella mientras sonríe, casi ríe, por poco, porque su voz es casi secreta y de abrir la boca demasiado todo se oscurecería, lo presiento. Apretamos más nuestras manos, hasta que duele y casi todo es rojo. El rojo que despiden sus labios cuando yo me inclino y los beso, y el rojo que es el único color que le arrebato sin problemas porque es en realidad ella quien me lo cede, y porque todo lo demás ha desaparecido. Me inclino y la beso una vez más. Las sombras de la primera mesa han desaparecido, o se han encogido y ya no las veo. El resplandor de la segunda se ha ido, la mesa ha quedado llena de platos sucios. Hay un ratón sentado en la tercera que me ve con recelo; y en la cuarta sólo queda una persona de ojos grises. La quinta ha desaparecido, y de pronto escucho el tintineo incesante de las campanas en la entrada. Beso y sigo besando, hasta teñirme por completo, tengo los ojos cerrados y no me gusta, porque todo es negro, pero no hay otra manera de besar. Cuando los abro, todo es blanco.
Respiro profundamente y parpadeo con lentitud. Demasiada luz. Hay un repiqueteo molesto, gotas de aguas invisibles. El todo blanco sigue en frente de mí y no sé qué hacer. Miro mis manos y están como siempre. Palpo mi rostro y no parece tener nada fuera de lo normal. Atrapo mi nariz entre mis dedos índice y pulgar pero pronto la libero, me falta el aire. Estoy viva. Una mesa se dibuja a mi derecha, por supuesto que yo no la he dibujado, porque mis manos están vacías. Sobre ésta hay una caja de colores. 48 colores. La abro y noto que faltan algunos: el negro, el azul y el verde oscuro. El café sí está, porque ése me gusta bastante. Los tomo y comienzo a examinarlos. Tienen marcas de dientes, pero la punta es perfecta. Volteo y la pared blanca ha desaparecido, y cuando regreso mi vista a la mesa sobre ésta hay un cuaderno de dibujo. Dentro encuentro su retrato, yo misma lo he dibujado, pero no recuerdo el día, el lugar, ni la ocasión.
Ella solía pintarme también, solía porque puede pero ya no quiere, porque cuando me pinta le robo sus colores, y se queda opaca, irreconocible, como si perdiera un poco de vida cada vez que intenta darme forma. No lo comprendo muy bien y por eso comencé yo a pintarla a ella, para saber lo que se sentía, y así ella dejó de hacerlo pero yo no dejé de existir, pensé que así sería. Ahora ella me deja notas con las que me es más fácil encontrar el camino. Mi mundo es de colores y su mundo de letras, pero hasta sus letras están mejor dibujadas que mis dibujos.
Un pájaro canta a lo lejos, la habitación ya está completa y yo un poco más a gusto. Tengo el cuaderno de dibujo en mis manos, está casi lleno, tiene muy pocas páginas en blanco. Necesito comprar uno nuevo, y unos nuevos colores y unas nuevas acuarelas, porque yo no dejé de existir cuando ella dejó de pintarme, pero ella morirá si yo dejo de hacerlo.


Fin.





Comentarios

  1. Me atrapaste con este relato y sus miles de colores!!! ;) maravilloso mundo de acuarela! :)

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  2. Hermoso, es muy lindo como hablas de los colores. Ame la admiración del cabello rojo, me atrapaste por completo. Tenía tiempo sin encontrar esta forma de escribir. En serio que anoche me he leído todo lo yuri que encontre aquí. Ayudaste a mi insomio. Precioso los colores.

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