LFDI Capítulo 22: Tiempo.


Capítulo 22.

Tiempo.



Jamás se atrevería a presentarse frente a ella con la apariencia que tenía, pero era cuestión de tiempo antes de que se formara por completo y él podía esperar. Simplemente había querido mostrar que, sin importar que tanto corriera, él siempre sabría en donde se encontraba, porque eran uno, porque su destino era e.se.
La arrogancia y la vanidad eran cosas que no celebraba siempre pero que se permitía tener y mostrar. Era como el regusto amargo que viene después del vómito, pero de la misma manera que el vómito, había cosas que estaban mejor afuera que adentro.
La visión que Lucifer tuvo de Amira en ese momento de terror le provocó un destello de placer que apenas alcanzó a saborear. Aun pesaban las decisiones de la chica, aún permanecía el recuerdo, y las incongruencias entre ambos eran lo suficientemente grandes como para estropearlo todo.

Las mariposas desaparecieron de pronto, casi al mismo tiempo que la lluvia que calaba su cuerpo. Amira se dejó caer al suelo, sus rodillas y manos se hundieron en el lodo. El agua aún se escurría por todo su cuerpo. Mordió sus labios hasta que los hizo sangrar. El cielo estaba despejado pero negro. Las copas de los árboles se agitaban unas sobre las otras. A lo lejos, el canto de un búho la distrajo. Pequeños insectos comenzaron a reptar por sus brazos y piernas, se puso rápidamente de pie.
No ha sido nada —susurró Amira.
No lo ha sido —confirmó Eliel. Se acercó a ella y la besó, llevándose con sus labios el hilo de sangre que corría por los labios de Amira. Saboreó por un momento el gusto metálico, mientras una sensación cálida se extendía por todo su cuerpo.
Cielo se acercó, temerosa, pero pocas palabras fueron suficientes para restaurar su aparentemente eterna calma. La niña le preguntó a Amira si había necesidad de buscar otro lugar, pero la mayor respondió que el mundo no era lo suficientemente grande para huir. Tratar de encontrar un escondite que respondiera a sus necesidades de supervivencia, por tanto, era una tarea ridícula, y resultaba muchísimo más provechoso utilizar ese tiempo para embriagarse en la ilusión de un futuro inexistente en donde la vida de cada uno no tuviera más dueño que el de su propia voluntad.
Pese a los acontecimientos, Amira le pidió a Eliel y a Cielo que la dejaran sola. Descalza y empapada, se adentró en el bosque. Su silueta pronto se fundió con la oscuridad reinante entre los troncos de los grandes árboles, acentuada por el eterno batir de las sendas copas que se agitaban por encima de su cabeza coronando el temor que ahora parecía formar parte inseparable de su ser.
La oscuridad, no obstante, no le dificultó su paso. Sus ojos habían encontrado la manera de adaptarse al medio y pronto comenzó a verlo todo con asombrosa claridad, como si se encontrara caminando en el bosque en pleno mediodía, hora en la que ni las frondosas copas de los árboles podrían impedir que los rayos del sol tocasen el suelo.
Ignoró, por tanto, la mayoría de las cosas que sus ojos veían. Los insectos nocturnos revoloteaban presurosamente. Criaturas reptaban sobre el húmedo suelo deslizándose ágiles, rozando sus pies en el proceso, mientras en las ramas de los árboles otras más se agitaban sin hacer el menor ruido. No había luna en el cielo, pero de haberlo, tampoco la hubiera visto.
Cuando todo se tornó silencioso, se detuvo. Permaneció de pie varios minutos. Cerró los ojos, aguzó sus oídos y se quedó quieta esperando que algo, lo que fuera, se presentara y se la llevara lejos, a un lugar donde nadie consiguiera alcanzarle. Presa, entonces, de un cansancio inexplicable, se dejó caer sobre el lodo que envolvía sus pies, y soñó.
Había pasado mucho tiempo desde que los sueños se apoderaran de ella sin que se percatara de ello. Una bofetada de aire caliente le había hecho perder la postura y la había tirado el suelo como ordenando sumisión. Ya tirada, no le quedó de otra más que adoptar una postura obediente para así poder apreciar la revelación que estaba a punto de regalársele.
Y en el sueño estaba ella... No, no era ella, nunca era ella, era Eva, siempre. Una Eva que sólo era la sombra de lo que había sido cuando había compartido su vida con Lucifer. Una mujer engañada, la primera. Y al final, toda la inteligencia a la que el mismísimo Creador le había temido había quedado reducida a silenciosos lamentos y lágrimas que se secaban con la lenta velocidad del olvido.
«No quiero ver esto —susurró Aimira —. No cuando ya sé cómo terminará.»
Comenzó a temer la muerte de Eva. Por el estado en el que parecía encontrarse, el que la mujer decidiera terminar con su vida por voluntad propia no le parecía una idea del todo descabellada. ¿Eso fue lo que permitió el Creador? Y Seth, a su lado, jovial, con las mejillas rebosantes de juventud e insondable ímpetu, ¿qué papel desarrollaba en todo esto? La niña se volteó y unos ojos violetas parecieron penetrar la figura invisible que era Amira en esa recreación involuntaria. Una recreación que, a pesar de haberse repetido muchas veces, aún no alcanzaba a explicar y mucho menos, comprender.
De pronto el rostro de Eva se iluminó contagiado por la vitalidad infantil de su hija. O quizá fue por algo que vio en sus ojos, el destello de aquel ser de cuya existencia ahora dependía. Lo podía sentir dentro de su pecho. Él vivía, sí, ¿pero para qué? ¿Dónde? Levantó la vista y la centró en el conjunto de nubes que se ceñía justo encima de sus cabezas, amenazando su existencia con un tormentoso futuro y un aún más tormentoso presente. Las ideas vagaban dentro de su cabeza, se escurrían como la sangre por sus venas, como las corrientes de aire que se llevaban sus lamentos y los transportaba a los oídos de aquel que la había desterrado.
¿Dónde estás? —preguntó Eva con un hilo de voz.
¿Quién? —inquirió Seth con genuina curiosidad infantil —. ¿Papá? —Pero Seth no levantó su vista a los cielos, los dejó adheridos al suelo, en donde sus pies descalzos habían dejado huellas imborrables —. ¿Te enseño cómo llegar a él? —La niña ladeó la cabeza. Sus hebras castañas se hicieron a un lado mientras en sus labios se formaba una sonrisa que era todo excepto infantil.
¿Quién te enseñó a ti? —exclamó Eva tomando a la niña de los hombros y agitándola con violencia.
Papá —respondió con calma.
¿Papá? ¿Cuál padre? —la siguió interrogando y agitando hasta que la niña se hizo arena entre sus dedos. Eva se levantó sorprendida y atemorizada.
Amira escuchó el profundo batir de las alas de un ser amorfo que despedía luz por borbotones apoderándose así de todo cuanto sus ojos abarcaban. No era capaz de distinguir la figura, ni lo que había enfrente de él, ni lo que había más allá. El gorgoreo eterno de voces infinitas se fundían en un punto que parecía tocar lo más profundo de su existencia. Y el temor y la excitación provocada por el mismo apenas podían ser superadas por el asombro y por la ingenua creencia de que la irreconocible figura en realidad era aquel que había sido el primero en poner a andar todos los engranajes que hacían girar al mundo.
Recuperando un poco los sentidos, se preguntó entonces si podía permitirse seguir siendo lo suficientemente ingenua como para aceptar lo que estaba presenciando como una réplica exacta de los hechos ocurridos en esos años tan lejanos ahora. Pero por más que lo intentara lo único que encontraba dentro de sí era un vacío que distaba mucho para ser saciado.
Cuando por fin recuperó la totalidad de sus sentidos, no había enfrente de ella más que sol y arena. Los granos que el viento levantaba con sus aullidos violentos calaban sus piernas, sus brazos y su rostro. Trató ver más allá del cercano horizonte, pero las líneas que se extendían no parecían tocar un final.
Amira trató de ver el suelo que sus pies pisaban, pero incluso esto le resultó doloroso. Se preguntó cómo era posible que, a pesar de no estar exactamente en ese lugar, pudiese sentir tanto dolor. Se agachó y tomó un puñado de arena que pronto se deshizo entre sus manos. No parecía que despertaría pronto.
Sin tener mayor consciencia de lo que hacía, comenzó a andar, pero con cada paso no podía evitar pensar que en realidad no avanzaba nada. ¿Qué estaba pasando?
¿Qué harás, qué harás? —susurraban varías voces cercanas y lejanas a la vez —. ¿Te someterás? ¿Te acobardarás? ¿Huirás, huirás?
Las voces continuaron cada vez más personales y ajenas, más cercanas y lejanas, más suyas y de nadie.
Niña tonta, niña ingenua —rebotaban cual eco —. Niña vieja, niña eterna.
¡Basta! —gimió Amira.
Te engañaron, te mintieron —continuaron, acusantes —. Un demonio, El eterno. Un alma, compartida. Una existencia, ya no tuya. ¡Traición! ¡Traición! ¡Traición!
Recordó, entonces, y con horrorosa claridad, que esas palabras arrojadas ahora con tanta violencia no le eran del todo ajenas. Había creído, la primera vez que las escuchó, que iban dirigidas a ella, que se referían a Eliel y que era una profecía de la que no podría escapar. Sólo había tenido razón en lo último.
Por más que lo negara, ahora le resultaba imposible desligarse de la Eva que habitaba en su interior. No era la Eva que el Creador había concebido y que Lucifer había manipulado, sin embargo, llevaba consigo el peso insostenible de sus pecados, como si en realidad fuera una misma alma, como si ella misma los hubiera cometido.
Somos distintas —dijo Amira —. Lo somos. Pero eso no significa que no poseamos una existencia en común.
A pesar del breve consuelo, no fue capaz de comprender el propósito con el que tales imágenes se le habían presentado. Al despertar, nos obstante, el alivio era tal que sus ojos brillaban con la claridad del agua cristalina. En ellos, el reflejo del demonio sin cuya protección se hubiera entregado a un destino fatídico, se mostraba afable y a gusto. No sabía a quién le debía el hecho de haber conocido a Eliel. Pero sé sabía que, de él no haberse presentado en su vida, habría sucumbido sin siquiera atreverse a oponer resistencia frente a ese mundo que como un fugaz destello, se le habría presentado sin dejarle el tiempo suficiente para hacerse una idea. Porque comprendió que, con Eliel o sin él, los planes de Lucifer habrían sido exactamente los mismos.
Te fuiste demasiado tiempo.
¿Desde cuándo te volviste tan temeroso? —inquirió ella, posando una mano sobre el delicado rostro de Eliel, un rostro que durante mucho tiempo se había distorsionado dentro de su memoria, pero que ahora apreciaba con agradecida claridad.
No lo sé —sonrió Eliel entregándose a sus caricias —. He pasado por tantas etapas que a veces se me dificulta a mí mismo reconocerme. Pero sabrás, y creo que, de hecho, lo sabes muy bien, que cuando se trata de ti, mi irremplazable Amira, todo lo que alguna vez creí ser, y todo lo que una vez quise ser, se ve reducido a esto: un cachorrito obediente que busca tus caricias con el mismo y ferviente anhelo con el que una polilla busca la luz. No soy más que una burla para los de mi especie. Las terribles historias que alguna vez se contaron de mí desaparecerán y darán lugar a una sola: el demonio que fue completamente domesticado por una humana cuya belleza, aunque innegable, podría ser, y por mucho, superada.
Pobrecillo demonio —sonrió Amira con picardía.
Pobrecilla humana —dijo a su vez Eliel, acercándose para hacer partícipe a Amira de las caricias que con tanto anhelo deseaba proporcionarle —. Pobrecillos todos los que decidan interponerse.
Amira se dejó hacer. A pesar de la suciedad, la humedad, el sudor y el lodo que cubría su cuerpo, dejó que el cuerpo de Eliel, a su vez, la cubriera. Arrancando de él sensaciones que por mucho tiempo se le fueron negadas.
¿Es la Eva en mí? —inquirió sin tener ningún propósito en mente —. ¿Hay algo en ella que la haga irresistible ante los de tu especie? ¿Es su poder? ¿Su posición?
No dudo que haya algo de ella en ti, Amira, porque probablemente el Creador, en su divina incompetencia, de alguna u otra manera, así lo ha permitido; no obstante, considero que no eres lo Eva suficiente como para ejercer la clase de influencia que tú has mencionado. De ser Eva, lo que yo siento por ti sería todo lo contrario. En mi exilio, sopesé la posibilidad, no, verdaderamente creí que lo eras, no hay razón para creer lo contrario, sin embargo, tampoco hay razones suficientes para creer que es así. No eres tampoco un híbrido, o la suma de las circunstancias. Eres tú y nada más. Encuentro inútil el tratar de encontrar las razones suficientes para justificar tu existencia, porque me temo, éstas jamás resultarán adecuadas, jamás complacerán a todos, mucho menos a ti.
He dudado mucho de ti, ¿sabes? —dijo Amira al tiempo que se sacaba a Eliel de encima y se ponía de pie —. Pero ahora que lo pienso, ¿en qué basaba mis dudas? ¿Habría dudado igual de saberte demonio o humano? No, probablemente como humano ni siquiera te hubiera soportado.
Eliel se puso de pie y enseguida llegó a su lado, sopesó, un momento, la idea de acercarse más, de acercarse verdaderamente, tomando sus manos, abrazándola y besándola, ¿desde cuándo se había vuelto tan cauto?
Creo que fue porque durante mucho tiempo jamás puse en duda la veracidad de mis visiones —continuó —, o de mis sueños. Muchas de las cosas que vi y oí me parecieron profecías, predicciones, ¿pero qué certeza tenía yo de esto? ¿Por qué me permití creerlo tan ciegamente? No hablaban de mí, no me advertían nada, no me guiaban, simplemente servían para manipularme. Él estuvo detrás de todo esto todo el tiempo, ahora hasta dudo de lo que aprendí, de mis poderes, de mis recuerdos y mis sentimientos... No sé hasta dónde me ha alcanzado. Él, él y siempre él. Desde el inicio, todo ha sido como él ha querido. Eva no era fuerte, no era independiente, mucho menos inteligente. Todo él. Desde siempre. Y seguirá. Él seguirá existiendo, y yo ya no quiero seguir su juego. Terminaré con esto.
Una repentina ráfaga de viento agitó la arboleda, las copas sollozaron lastimeramente, haciendo crujir las ramas con su prolongado vaivén. Eliel sintió un terrible escalofrío apoderarse de toda su piel, mientras sus manos, como engarrotadas, no eran capaz de tomar lo que en otros tiempos habría tomado con tanta facilidad. Quería a Amira para él y sólo para él, si había que enfrentarse al mismísimo Lucifer lo haría, ni siquiera dudaría, era un demonio y por lo mismo podía gozar del egoísmo que tan a menudo forma parte de la reputación de los de su tipo, sin embargo, ¿acaso ese egoísmo no había desaparecido al someterse por completo a la voluntad de la fémina? Levantó la vista y la vio: su cabello ondulaba libremente, el lodo en sus mejillas, brazos y piernas ya se había secado por completo, dejando una mascarilla árida que contorneaba su aterciopelada piel, completamente pálida en esos lugares que estaban limpios. Quería besarla. Desnudarla. Y así, alabarla como la diosa en la que se había convertido para él. ¿Habría sentido lo mismo de haber sido una simple humana? No, así como Amira, probablemente él se habría cansado, lo habría usado y luego, después de haberla despojada de hasta el último ápice de dignidad, la habría dejado tirada como a un trapo viejo. Pero no se dio así, y fue así porque ninguno de los dos era humano, y era la única razón por la que los lazos entre ambos se habían fortalecido tanto.
¿Qué quieres hacer? —preguntó Eliel al fin, observándola como hacía tanto tiempo no se lo había permitido.
Dejaremos de huir, lo enfrentaremos ahora —suspiró Amira —. Antes no podía reconocerlo, pero ahora lo comprendo. Siempre ha habido una especie de presencia a mí alrededor, como si alguien me viera constantemente. Lugo de que apareciste creí que eras tú, luego pensé que era Abel, luego Rauel y Joel; pero ahora la sensación ha desaparecido. Es porque él está aquí, pero débil. Desde su prisión ejercía más poder sobre mí, porque estaba en su medio, en su mundo. Puede que tenga que hacer lo mismo que hizo Azazel, al ser tan poderoso, probablemente tenga que tomar medida especiales para poder presentarse en este mundo tal y cómo es, si aún no lo ha hecho es porque no lo ha conseguido, por eso no ha venido por nosotros, pero sólo es cuestión de tiempo antes de que lo haga. Debemos actuar. No tengo certeza de esto, pero vale la pena el riesgo. Simplemente quiero terminar con esto, liberarme de una vez por todas, para poder hacer y vivir todo cuanto se me antoje... Contigo y con Cielo. No necesito a nadie más.
Podrías morir...
¿Y acaso no es la muerte otra forma de libertad?
No para ti, mi amada Amira. Lo que llevas dentro sólo le pertenece al Creador, muere aquí, y sólo él sabrá lo que te espera del otro lado. Fue Él, después de todo, quien liberó el alma de Eva y la depositó dentro de ti, ¿con qué propósito? No sé, ¿pero desde cuando las acciones del creador han sido guiadas por la lógica? Fue un capricho, nada más, para entretenerse, su soberana ineptitud lo sigue a todas partes, llevándose todo lo que encuentra en el camino.
Lo conseguiré —afirmó Amira, con certeza —. Conseguiré todo cuanto me proponga. De nada sirve sentir miedo.
¿Y qué haré yo, Amira, cuando te vayas y no sepa encontrarte?
Ya has vivido mucho tiempo sin mí, un poco más no te matará —sonrió Amira, melancólica —. Además, si Lucifer tanto me necesita, supongo que puedo fiarme del hecho de que no terminará con mi vida tan abruptamente. Ya veré yo qué hago.
Las palabras de Amira fueron palabras suicidas en los oídos de Eliel. Temió, y se avergonzó por su temor, pero no pudo evitarlo. Muy sutilmente alcanzó la mano de Amira, la rozó, primero, delicadamente con sus dedos, para luego hacerse con ella en un poderoso agarre con la única intención de no dejarla marcharse jamás. Amira lo sintió así, pero no dijo nada. Se acercó más a Eliel, hasta posar sus labios sobre los del demonio en un delicado beso que de beso no tuvo casi nada.
Lo has decidido todo sin mí —susurró Eliel, acongojado.
Sólo me quiere a mí, Eliel. No hay por qué tomar riesgos innecesarios.
Soy un demonio, he vivido más de lo que podrías imaginar, tengo experiencia es esto.
Soy más fuerte que tú, Eliel —dijo Amira, sin ninguna mala intención —. Soy más fuerte que Joel, que Tamiel.
Eliel sonrió, incrédulo. ¿Fuerte? Claro, Amira lo era, de muchas maneras, pero no de la forma necesaria para enfrentarse a Lucifer. Ni siquiera a un Lucifer débil. Chasqueó la lengua ahora con más incredulidad. De pronto sintió el cuerpo de Amira tensarse cerca del suyo, los ojos de la joven se mostraban cristalinos, lo que denotaba tranquilidad, pero poco a poco fue viendo como se fueron enrojeciendo. Eliel se retiró, la miró nuevamente y por poco se echa a reír.
Lo eres, pero no podrás hacerlo sola.
Amira no dijo nada, sin que Eliel se percatara, ya la tenía encima. Ambos peleaban, pero le tomó un tiempo ser consciente de ello. Amira se movía rápido y manipulaba todo cuanto la rodeaba. Eliel reconoció enseguida la influencia de Joel en los movimientos de Amira. La forma en que creaba corrientes de aire, en cómo manipulaba hasta el agua estancada en el suelo. ¿Y qué tal cuerpo a cuerpo?, se preguntó Eliel. Se acercó a ella y comenzó a asestarle puñetazos y patadas con una velocidad que no denotaba en absoluto la posibilidad de que él estuviera conteniendo sus fuerzas. Amira recibía, esquivaba y devolvía los golpes lo mejor que podía, superándolo por completo es más de una ocasión.
Se separaron un momento, abrumados. De la frente de Eliel escurría un grueso hilo de sangre, sus labios estaban inflamados y también sangraban. Le dolía todo, pero no era algo que no pudiera arreglar en un minuto. Amira mostraba una apariencia menos afectada, pero el ir y venir en su pecho denotaba cansancio. Se sobrepuso rápido y nuevamente atacó a Eliel, quien la recibió con más entusiasmo.
Ambos tocaron el suelo en varias ocasiones, sus espaldas chocaron violentamente contra los gruesos troncos de los inmensos árboles que los rodeaban. Se reponían rápidamente y seguían atacándose mutuamente, arrancándose más sangre, más dolor e incluso lágrimas. No se decían nada, sus voces gemían de dolor o soltaban algún alarido antes de atacar, como las voces de bestias batallando por su vida. ¿Serían ambos capaces de detenerse?
Eliel de pronto se hizo con el brazo de Amira, con un movimiento la manipuló de tal manera que terminó arrodillada, con el brazo contra su espalda y los labios de Eliel en su cuello. La mano que la sostenía se ponía cada vez más caliente, al punto que el dolor provocado por las llamas que despedían las manos de Eliel la hicieron gritar. Podría recuperarse de eso, se dijo Amira, pero si el dolor seguía, terminaría desmayándose. Suspiró profundamente y cerró los ojos. Captó la voz del viento y con una silenciosa orden hizo que éste se abalanzara por completo sobre Eliel, con tal fuerza que el demonio salió disparado varios metros. Pero no se detuvo ahí. Haciendo uso de todas sus fuerzas, envolvió a Eliel en una burbuja de aire de la que el demonio parecía no poder liberarse sin importar cuanto lo intentara. Amira, satisfecha consigo misma, miró al demonio unos minutos más. Dejó que sus manos se relajaran, y sin necesidad de seguir esforzándose, dejó a Eliel completamente aprisionado en la burbuja. Entonces levantó las manos. Las copas de los árboles se agitaron con tanta violencia que parecía, serían arrancados del suelo de un solo tirón. Por lo que podía verse, el cielo se había ensombrecido por completo, y pequeñas líneas eléctricas lo surcaban a la espera de ser invocadas.
Puedo matarte —dijo Amira todavía con el brazo alzado —. Sólo necesito dejar caer mi brazo para que todo eso que prepara el cielo caiga sobre ti.
Eliel sonrió pero no dijo nada, se limitó a cerrar los ojos. Entonces Amira dejó caer su brazo, pero ningún estruendoso alarido alcanzó a escucharse, en su lugar, gruesas gotas de lluvia comenzaron a caer. Eliel ya estaba en el suelo, jadeante y sorprendido.
Durante un largo rato nadie dijo nada, ambos se estaban sanando a sí mismos. Cuando concluyeron, se quedaron viendo y se echaron a reír. Amira jamás había visto a Eliel reír a carcajadas. Su voz se escuchaba más jovial que de costumbre, y las facciones de su rostro se habían distorsionado de tal manera que se le dificultó reconocerlo. Pero allí estaba, y era él, era Eliel. Su cabello, largo y negro estaba empapado y lleno de lodo, al igual que el resto de su cuerpo. Amira se acercó, limpió las mejillas ensangrentadas del demonio y luego las envolvió en pequeños besos, los cuales, todos y cada uno, fueron a terminar en los labios de Eliel.
Eliel la atrajo más a sí, rodeándole la cintura y apretándola contra su cuerpo.
Eres libre, Amira, de hacer cuanto quieras. Pero yo también soy libre para seguirte si así lo deseo —susurró el demonio.
Pronto regresaron a la pequeña cabaña en donde Cielo los esperaba. Al verlos, la niña los reprendió en silencio y les señaló el chorro de agua que caía a un costado, en donde un canal sobresalía sobre el techo. Amira y Eliel se encogieron de hombros, se desvistieron justo en donde se encontraban y pronto se metieron bajo el amplio chorro de agua.
Sacarse el lodo y la sangre de encima no les resultó tarea fácil, mucho menos sacar el lodo del cabello de Eliel, tan largo como era. Amira le dijo que utilizara sus poderes para quedar limpio de nuevo, pero el demonio le dijo que no encontraba nada de divertido en eso. Y así, como dos niños, juguetearon bajo el agua y la lluvia, persiguiéndose el uno al otro para de nuevo caer al suelo y enlodarse, mandando al olvido todos los esfuerzos que habían necesitado para deshacerse de toda la suciedad.
Cielo los veía ahora desde la ventana. Reía al verlos y se sentía feliz. Sabía, por supuesto, que esa paz y esa felicidad no se prolongarían durante mucho tiempo. Suspiró. El libro yacía bien acomodado sobre sus rodillas. Estaba completamente cerrado y parecía tan nuevo como siempre, como si nunca lo hubiese hojeado. La niña comenzó a deslizar sus dedos por la pasta dura que lo protegía, por el lomo y por las páginas mismas, en donde estas se juntaban en un todo indescifrable. Recordó al ser de luz que se lo había dado, tan hermoso e incomprensible, pero las palabras ya no tenían voz, no era más que un recuerdo silencioso.
Un poco de viento se coló por la ventana y la niña miró afuera. Ahora Amira y Eliel, todavía tirados sobre el lodo, se besaban y abrazaban casi con violencia. La lluvia seguía cayendo sobre ambos y estaban tan sucios como al inicio, pero a ninguno de ellos parecía importarle. Cielo cerró la ventana y se preparó una taza de té. El fuego ardía plácidamente y le proporcionaba calor. Mientras bebía, había comenzado a hojear su libro, pero mientras no buscara nada en particular, las hojas seguirían en blanco.
¿Qué es lo que no recuerdo? —se preguntó a sí misma —. ¿Por qué lo he olvidado?
Había pasado tanto tiempo. Después de encontrar el libro, se había encontrado con un extraño ser que sin más, había intentado arrebatárselo, pero ella quedó en tal mal estado que sabía que no podría defenderse ante un nuevo ataque. Sumida en sus temores, de pronto fue iluminada por una luz que no alcanzaba a asemejarse a nada que ella había visto sobre la tierra, y antes de recobrar sus cabales, todo había terminado. Pero ese pequeño momento bastó para que su mente se empapara con parte del conocimiento que emanaba libremente de él, ella enseguida dedujo que se trataba de un ángel, pero jamás logró comprobarlo y en su lugar decidió seguir aceptando que eso había sido a pesar de la poca seguridad.
Un ángel... —susurró Cielo, sus labios casi rozando la taza de té —. ¿Por qué entonces y no ahora?
Dejó la taza a un lado y abrió el libro. Pasó hoja tras hoja pero nada aparecía. Bufó, molesta e impaciente.
¿Es que no es para ella? ¿No es para Amira, sólo para mí?
No alcanzaba a comprender mucho. Las risas que se colaron desde afuera la distrajeron un rato. Eliel y Amira seguían jugueteando como niños, eso estaba bien, eso le gustaba. Ella jamás había tenido una infancia, por eso su apariencia, por dentro era una mujer vieja, por fuera una niña, pero así lo había querido y estaba a gusto.
¿Tendré que sacrificar algo? —se preguntó esta vez. El libro se agitó —. ¿Qué es?
El libro volvió a quedarse quieto sobre sus pequeñas y delgadas piernas. Volvió a tomar la taza para al intentar darle un nuevo sorbo, se percató de que estaba vacía, se levantó por más, pero no regresó al sillón frente al fuego, lo bebió ahí mismo, para así poderse servir una taza más antes de regresar.
Otra vez acomodada, comenzó a hacerse las mismas preguntas hasta el cansancio, hasta el punto que venían sin que ella se las plantease. Estaba dejando pasar algo, algo que sentía en la boca de su estómago, en la punta de su lengua, algo que tenía y no tenía, algo que probablemente había perdido hace mucho tiempo. ¿Qué tanto tendría que obligarse a recordar? ¿Toda su infancia? ¿Todos los hombres que habían ocupado la cama de su madre, y su propio lecho a pesar de ser todavía una niña? El recuerdo le erizó la piel. No, no era adecuado referirse a sus días de juventud como infancia, hacerlo denotaba cierto aire de inocencia, cosa que ella jamás se dio el lujo de tener.
Deja de pensar en esas cosas, céntrate en lo importante —se regañó.
En el constante ir y venir entre su pasado y su presente, Cielo se quedó dormida. Despertó tiempo después, al sentir una fría caricia sobre su mejilla. Amira estaba arrodillada frente a ella, el cabello todavía mojado adhiriéndose a su cuello y hombros. Estaba desnuda, como si el jugueteo con Eliel apenas hubiera concluido.
¿No tienes frío? —susurró Cielo.
Amira negó, para luego abrazar a la niña fuertemente.
Me vestiré y luego comeremos, ¿sí?
Cielo asintió y cuando Amira se alejó, comenzó una vez más a analizar el contenido de su mente.



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