Asesino de mariposas. Relato gay. PG



¡Hola, hola! Me vuelvo a aparecer después de tanto tiempo. Las cosas que tengo pendientes las estaré terminando pronto, sobre todo los fanfics que no suelolo alargarlos, mis relatos originales tienen para rato todavía. Perdón u.u Esta vez vengo con un relato corto y melancólico. Andaba yo buscando wallpapers cuando Google-sama me direccionó a esta cuenta de esta persona que tiene estos dibujos tan geniales, y sólo los vi y me dije: tengo que escribir algo. Es un relato corto y ligero, lo comencé ayer y lo acabo de terminar, y ya saben que cuando tengo ataques de estos no suelo corregir mucho lo que escribo así que pido perdón por cualquier error que encuentren. Sí lo revisé, una o tres veces pero hay cosas que siempre se me pasan. Sorry u.u
Dicho esto, espero les guste el relato. La fuente de donde tomé las imágenes está al final. Gracias por leer.

(Revisión: 04/07/2015

Asesino de mariposas.


Suena el timbre anunciando la hora del almuerzo, mi estómago gruñe. ¿Él? Él simplemente abandona el salón como siempre lo hace, alejándose de los demás, ignorándonos. Mis manos descansan sobre el pupitre, sin moverse, están sudadas, humedecen la madera, y mi vista se ha perdido más allá de la puerta y de lo que dejé escapar.
Él me gusta.
He perdido el apetito. Pero incluso así me levanto de mi asiento, estiro mis piernas y luego mis brazos, me desperezo, bostezo, se me humedecen los ojos y los limpio inmediatamente. No puedo pasarme el resto del día sin comer. Pienso esto pero sólo soy capaz de beberme un jugo de naranja, uno de caja, sintético, de esos que saben más a azúcar que a otra cosa. Pero, a pesar de esto, la bebida le sienta bien a mi estómago, ahora las mariposas, esas que siempre revolotean cuando lo veo, cuando lo tengo cerca, y que mueren una por una cada vez que él se aleja, se ahogan momentáneamente.
No creo que lo haga a propósito, sólo creo que es tímido, que no le va eso de socializar. Por eso, aunque sé que está mal, el «Él» que yo imagino y vive en mi cabeza, me reconforta. Para muchos es una no muy sana forma de idealizar a una persona, pero no tengo más nada.
A veces me regaño a mí mismo por mi estupidez. He hablado con él en varias ocasiones, sin embargo, de sus labios no he podido arrancar más que monosílabos, sonidos, chasquidos, como si el que yo le hablara le molestara, y esto me lastima, ¿no puedo ver que intento acercarme?
No creo que vea más allá de su propia nariz.
De camino al salón de clases paso por los servicios para arreglarme el uniforme. El pantalón ya me queda corto, la camisa demasiado ajustada, soy delgado, pero no esperé que tales cambios se operaran en mí, no pensé crecer para verme bien. Bien, con el cuerpo definido, nada exagerado pero igualmente notable. ¿Cómo me verá él? ¿Me verá de la misma manera en que yo lo hago cuando me veo en el espejo?
Regreso al salón y él ya está en su pupitre, una manzana descansa a un lado, casi en la orilla, a punto de caer. Miro la fruta, absorto, como si temiera por ella; pero de repente, él la toma, sólo la toma con su mano y nada más, no la lleva a su boca, no la limpia. El contraste del rojo intenso de la fruta y de su piel blanca, casi pálida, me resulta hermoso. Sus uñas sonrosadas, cortas, limpias, las venitas que se dibujan a través de su piel como caminos intransitables, el ligero aliento que escapa de sus labios, tan cerca de la manzana, cerca de morderla, de saborearla, de que el jugo se escurra por sus labios...
Nota que lo estoy viendo y desvía la vista. Otra mariposa muere en mi interior.
Recuerdo cuando llegó por primera vez al salón, mi etapa de gay rezagado ya había pasado, incluso las burlas de los compañeros cuando se enteraron ya habían desaparecido. Sólo era yo en mi soledad. No era precisamente tímido, pero sí había sido severamente marcado por esa etapa de bullying a la que mis compañeros me mantuvieron sometido durante tres meses. Después, otra persona pasó a ser el objeto de burla y por fin pude estar en paz. Me alegra, ahora que lo pienso, que todo se haya terminado tan rápido y de forma tan pacífica, no muchos corren con la misma suerte.
Pero él llegó y a pesar de ser tan… ¿extraño?, nadie lo molestó. Nunca. Ni siquiera al inicio. Jamás dio la impresión de ser un blanco fácil, era como si de su cuerpo delicado, cuerpo de muchacho en crecimiento, emanara una especie de sabia que repelía todas las cosas malas. Yo tenía que ver cómo atravesar ese invisible campo de fuerza; pero hasta el momento no había tenido suerte.
Los primeros días él demostró ser un muchacho reservado, pero bastante inteligente. Resolvía con habilidad las ecuaciones planteadas en la pizarra cada vez que el maestro lo pedía, y hablaba el inglés con un acento bastante creíble, daba la impresión de haber vivido en el extranjero y por eso había tenido la oportunidad de practicarlo, a diferencia del resto de nosotros que apenas habíamos salido de la ciudad. Noté que su clase favorita era Biología, o al menos era la que más parecía entusiasmarlo. Cada vez que la profesora ingresa en el salón el arregla su postura en el pupitre, dicho en otras palabras, se sienta adecuadamente, con la espalda derecha y los brazos alineados a los lados, como si fuera a tomar el almuerzo. Y participa, no lo hace en ninguna otra clase al menos que los profesores se lo pidan, pero en Biología él levanta la mano cada vez que quiere hacer una observación.
Creo que está enamorado de la profesora. ¿Serán cosas mías?
Me gustaría gritarle lo ridículo que se ve cada vez que se entusiasma tanto en y por su presencia, pero seguramente yo me veo igual de ridículo anhelando algo que nunca pasará.
La manzana rueda de sus manos y cae al suelo. En un acto reflejo me inclino y la recojo, cuando la toco por primera vez, él chasquea los dientes, claramente molesto. Quiero disculparme, decirle que no ha sido mi intención, pero desconozco qué he hecho mal. Se la tiendo, temeroso, pero su vista no está puesta en mí ni en la manzana, está en la entrada, sobre la persona que está ingresando en el salón. Mis mariposas mueren todas a la vez; aprieto la manzana con fuerza, quiero que la tome, que la aleje de mí, era para ella, siempre ella con su Biología, sus sonrisas, sus exámenes fáciles y sus respuestas acertadas. Ella es como Blanca Nieves, así de hermosa, así de perfecta. ¿Si tan sólo pudiera desaparecerla con la manzana que tengo en la mano?
La profesora saluda, todos nos acomodamos en nuestros pupitres, abrimos el libro de texto y ponemos atención. La manzana sigue en mi mano, él no ha querido tomarla y tiene que hacerlo, sólo así la recuperará, no pienso ponerla en su pupitre, él tiene que tomarla de mi mano, porque no soy tóxico, porque no lo he arruinado, él tiene que verlo, que notarlo, tiene que hacer algo.
La clase termina y la manzana sigue en mi mano, mi mano descansa a su vez sobre mi rodilla; me volteo en su dirección, él puede verla, puede reclamarla, pero no lo hace. Guarda sus cosas, se acomoda la mochila y abandona el salón. Siento furia, cuando noto su espalda quiero estrellar la manzana contra esta, obligarlo a ver atrás, lastimarlo, gritarle: ¡cómo fue que me enamoré de ti!
Sí, ¿cómo fue? ¿Cuándo ocurrió? ¿Dónde? ¿Cómo lo termino?
La manzana se siente pesada en mi mano, pero brilla con el mismo rojo intenso, brilla incluso más que cuando él la tenía en su mano. Veo en todas direcciones: el salón ha quedado completamente vacío, apenas y recuerdo haber puesto atención. La manzana está húmeda, es el sudor de mi mano. Mis mejillas arden, me siento avergonzado. Otra vez me equivoqué. No soy bueno leyendo a las personas.
Me levanto del pupitre, tomo mi mochila y abandono el salón. Afuera el sol sigue calando, insistente, molesto, me ofende la vista, me la opaca, por un momento todo mi entorno desaparece. Abro los ojos y lo veo a él, a lo lejos, sólo, sentado, con un cuaderno de notas en las manos y un lápiz grafito. ¿Dibuja? Sí, dibuja, eso parece. ¿Podré acercarme? ¿Cómo lo hago para no sentirme más humillado? No quiero que mis sentimientos me sigan humillando. Sé que puedo, sé que puedo lanzarle la manzana con fuerza y terminar con todo. Gritarle. ¡Idiota, no soy tóxico, todavía puedes comerte esta manzana si así quieres! ¡No significa nada el que la haya tocado, sigue siendo tuya!
Mi pecho arde, mis ojos arden, mis mejillas arden. Mi estómago también arde por todas esas mariposas que se descomponen en mi interior. Lo odio. Lo odio. Lo odio. ¡Cómo fue que me enamoré de ti! Me alejo, acelero el paso, no miro atrás. Busco los jardines, busco los colores, busco los olores. Llego, me siento en una banca, dejo mi mochila a un lado y me recuesto, utilizo mi mochila para sostener mi cabeza. Quiero llorar. ¡No lloraré!
La manzana sigue en mi mano. Veo un cesto de basura a lo lejos, no tanto, quizá a veinte pasos, sólo tengo que levantarme y depositarla ahí. Sólo tengo que tirar la manzana a la basura. Hago el intento de levantarme pero me detengo. Me recuesto boca arriba, miro el cielo. Sostengo la manzana frente a mi rostro y la veo. Se ve deliciosa, pero no es mía, no puedo comerla.
Una vez él me habló. Nos habían juntados en pareja para una actividad en la clase de Biología. Él me habló, me dio instrucciones, se notaba que sabía lo que hacía y decía, parecía entusiasmado y pronto la conversación giró en torno a otros temas. Lo conseguí, pensé, conseguí ser su amigo. Pero al día siguiente nada había cambiado. Se sentó en su pupitre y a pesar de mis intentos de conversación sus monosílabos y sus gestos lo mataron todo.
Asesino de mariposas.
Tengo el estómago vacío, seguro mis mariposas terminaron de descomponerse y allí dentro hay una gran nada. Aprieto la manzana, le entierro las uñas, el jugo pronto se escurre por mis dedos. ¿Estará dulce?
Sigo sin comprenderlo, ¿por qué no intentó recuperar su manzana? Era para ella, ¿no? ¿Por qué no me habla? ¿Por qué no me mira? No me odia, no me ama, para él simplemente no existo, ¿es eso?
La manzana sigue en mi mano, la gran nada se apodera de mi estómago. Tengo hambre. La manzana no es de nadie, pero si está en mi mano significa que ahora es mía, ¿no? La acerco a mis labios, pero la huelo primero. Mis dedos están pegajosos. Mi estomago gruñe. Abro la boca lentamente, temeroso, no sé muy bien por qué. Entierro los dientes, la fina y roja piel de la fruta muestra algo de resistencia, pero pronto se rompe, se rompe y su carne blanca se queda en mis dientes y permanece en mi boca mientras la mastico. No estoy llorando.

La manzana está dulce pero arenosa, trago con dificultad, no me gusta esa textura. Sigo sin llorar, pero he perdido el apetito otra vez. Cierro los ojos, mi brazo cae inerte a un lado con la manzana mordida aferrada a mi mano. Tengo que dejarla caer. Tengo que dormir para poder despertar. Mañana la manzana estará podrida, pero yo estaré como nuevo, y el jardín estará lleno de mariposas, mariposas que sólo revolotearán para mí.

 
Fuente: 



Comentarios

  1. Hermoso. ¿Qué más puedo decir? :C Me llegó al corazón. Muchas veces me he preguntado lo mismo. ¿Por qué de él? Por qué, cómo y cuándo comenzó todo... u.u
    Malvada gente que.... quizá sin saberlo mata las mariposas de otros. :C Y lo peor... que al no saber cómo sacarlas de nuestro interior, estas se pudren... :C y lastiman aún más nuestros sentimientos u.u
    Snfif


    ´Lo amé. de verdad! Un beso, mon amour, muack, mauck! :3

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    1. Ya sabes que me alegro mucho cuando te gusta lo que escribo, e incluso cuando señalas mis faltas jeje

      Gracias por leerme, y por siempre leerme y soportarme jajajaja

      Besos :*

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  2. Respuestas
    1. Jaja que mal que no te ha gustado, ni modo. Igual gracias por leer :)

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  3. Me gusto mucho :) me gusto la personalidad del chico serio y misterioso y el otro chico enamorado. Y como expresa su amor aparentemente no correspondido. Me inspira a imaginar si este chico indiferente le diera una oportunidad. Como seria? :D

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    1. ¿Còmo sería? ¿Lo sabremos algún día? jeje

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  4. bello.

    Habrá una continuación de esta historia?

    me quede con ganas de leer mas.

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