LFDI Capítulo 21

Después de siglos, por fin me digno en actualizar. Espero sepan disculpar la demora. También espero que les guste este capítulo. Parece que todo ya está llegando a su final. Muchas gracias por leer.



Capítulo 21: Escape.

Cuando Amira despertó, Cielo estaba a su lado derecho, Eliel al izquierdo. El pelo del demonio se escurría entre sus dedos como finos y oscuros hilos de araña. Se inclinó sobre él, asombrada, pensando que era un sueño.
Eliel se agitó un poco, un ligero ronroneo en su pecho hizo que Amira sonriera. No tenía ni la menor idea de lo que había sucedido, pero estaba en paz, casi feliz, casi satisfecha.

—Despierta —susurró contra la piel de Eliel.
Él enseguida despertó, la miró como si fuera lo más hermoso que veía en siglos, y se levantó un poco para alcanzar sus labios y besarla. Sabe bien, pensó Amira. Estuvo a punto de volverse a dormir cuando una voz totalmente ajena la distrajo. Pronto supo que se había equivocado, no era una voz, era el llanto de un bebé.
Una anciana se acercó a ellos con un bebé en sus brazos: piel morena y tersa contrastando contra arrugas y palidez.
—Gracias por traerlo de vuelta —dijo la mujer con verdadera alegría. La sonrisa pronto se deshizo y la piel de la anciana comenzó a desquebrajarse como la frágil cáscara de un huevo, pero antes de desaparecer por completo, la mujer gritó —: ¡Gracias por destruir el mundo!
Amira despertó. Los primero que notó fue el insoportable ardor en sus manos, una mata de cabello negro y un olor extraño. La voz de Tamiel enseguida alcanzó sus oídos, pero lo que más le impactó fue el rostro de total desesperación que mostraba el demonio que yacía arrodillado a escasos centímetros de ella.
—Qu...
Quiso hablar, pero no fue capaz. Apenas y podía escuchar, no sabía lo que sucedía. Se volteó y vio junto a Tamiel a Joel, y también a la mujer con el vientre abultado que había visto anteriormente. Otra vez su rostro se le presentó como un manchón indescifrable, pero esta vez la misteriosa mujer le sonrió.
Giró su cabeza bruscamente cuando escuchó como si Azazel hablara, pero de nuevo las palabras no fueron más que garabatos esparcidos en el aire.
—Lo único que le agradezco al Creador es haber cerrado las puertas del cielo —le pareció que dijo Tamiel —. La ineptitud e ignorancia de los Segundos y los Terceros estuvo a punto de estropear todo en cuanto hemos trabajado estos últimos siglos. ¡No lo entienden! ¡Los hijos están para superar a sus padres! Y nosotros, los ángeles, somos sus verdaderos hijos.
Ángeles no, demonios, quiso objetar Amira, pero en realidad no venía al caso, ¿por qué no podía poner orden dentro de su cabeza?
—De no ser porque las faltas cometidas fueron en perjuicio de Eva —continuó Tamiel —, Lucifer, en su gran misericordia, ni siquiera consideraría condenarte.
Tamiel dio un paso largo y luego otro. Caminó hasta pasar de Amira y estar totalmente enfrente de Azazel, desmintiendo por completo la avanzada edad que aparentaba.
— ¿Qué no le temes? —inquirió fríamente contra la oreja de Azazel —. Pues debiste hacerlo.
No supo si fue la falta de lucidez o el auténtico horror, pero Amira no fue capaz de ver como el cuerpo de Azazel ardía: diminutas llamas color escarlata que carcomían su piel, sus órganos, sus huesos. Por un momento sintió pena, a pesar de que había repudiado a Abel como a nadie más, no le pareció justo que su cuerpo cargara con el castigo de otro. No que ambos no se lo merecieran, sólo que la severidad fue tanta que consiguió despertar en ella ese lado humano al que apenas había acudido en días anteriores.
Los gritos desgarradores que la garganta de Azazel despedía por borbotones ensordecieron a Amira. El último aliento del demonio fue lastimero y prolongado. Los ases de luz que consumieron su cuerpo se movieron lenta y dolorosamente, adueñándose de cada fibra nerviosa, convirtiendo el cuerpo de Abel en una verdadera prisión para Azazel, quien, aunque intentó desprenderse de él, no logró conseguirlo.
—Y esto fue todo —se dijo a sí misma.
—No lo es —objetó Tamiel —. Aún falta mucho.
Joel se acercó a Amira, le ofreció una sonrisa que ella ni siquiera alcanzó a notar.
—Ellos primero...
—No son de utilidad —intervino Tamiel —. Déjalos.
Amira estuvo a punto de replicar cuando sintió, incluso por encima del insoportable dolor que embargaba su cuerpo, que algo andaba mal. Con ligereza miró a los demás, temiendo que alguno de ellos no siguiera con vida, y a pesar de que apenas lo aparentaban, afortunadamente no estaban muertos. Sabía que no había caso que se preocupara por Joel o Tamiel, así que casi inmediatamente se fijó en la extraña mujer que con apacible tranquilidad guardaba una distancia a la vez sugerente a la vez prudente.
La mujer, cuyo rostro hasta el momento no había sido más que un lienzo vació, se torció. Un agudo quejido se escapó de entre sus labios, y antes de que Amira pudiera hacer algo, Tamiel ya estaba a su lado, socorriéndola con una amabilidad desconocida hasta entonces.
Supo, sin más, que no tendría una mejor oportunidad, tenía que irse. Sin mover sus labios llamó a Cielo, tuvo que insistir más de cinco veces para conseguir que la niña se levantara. Ésta, ensangrentada y amoratada, tomó su libro y caminó en dirección a Amira. Miró a Joel por tan sólo un segundo, pero fue lo suficiente para advertir el parecido entre él y Eliel.
Amira no supo si Joel lo hizo a propósito o si fue un simple descuido, lo último que alcanzó a ver de él fue una sonrisa, un guiño, algo de melancolía y desconcierto. Demasiado para ser apenas un vistazo.
El sol inmediatamente la cegó. Sintió el peso de Cielo en sus piernas cuando ésta, totalmente exhausta, cayó sobre ella. Amira enseguida buscó a Eliel, pero su preocupación se desvaneció rápidamente al notarlo a su lado.
No sabía cómo, pero estaban con vida, los tres, y planeaba que siguiera así por mucho tiempo.
Cerró los ojos lo que le parecieron apenas minutos, para cuando los volvió abrir, no obstante, ya había anochecido por completo. El cansancio ejercía un peso sobre sus huesos hasta entonces desconocido, cinco intentos fueron necesarios para que ella al fin pudiera ponerse de pie.
La cálida aspereza de la arena besó sus pies, la brisa marina acarició su piel y revolvió su cabello enmarañándolo incluso más. Miró sus manos y notó que seguían lastimadas, como oxido devorando metal. Se concentró, o al menos creyó hacerlo, pero su mente era un revoltijo caótico de extenuación, dudas y temores. Cielo aún seguía dormida y no planeaba despertarla aún, así que soportaría el ardor todo lo que fuese necesario con tal de dejarla descansar.
La bruma del océano entonaba una melodía revitalizadora y relajante. Con pasos cortos e inseguros, Amira fue acercándose más y más a las olas que rompían unas contra otras con inusitada familiaridad. El agua pronto alcanzó sus pies, los empapó: una caricia húmeda y extraña y a la vez tranquilizante.
En el horizonte, una inmensa luna plateada se encargaba de arrancarle hebras de plata al siseante océano: listones brillantes ondeando al ritmo del viento, de la brisa que cada vez más fresca se sentía contra su piel. Miró hacía atrás: ambos seguían dormidos. Y parecía tan fácil, caminar y caminar, olvidarse de que tenía que seguir un camino o que había alguien más en el mundo al que ella le importaba. Vaciar por completo ese recipiente que tanto peso ejercía sobre su propia vida. Sólo tenía que olvidar, tal vez correr, tal vez ambos. Pero no podía, estaba varada.
Regresó sus pasos, se echó justo al lado de Eliel y no le despegó la vista al cielo. La respiración de Cielo y Eliel pronto se unieron al ritmo de la marea, y del latir de su propio corazón.
Busca tu propia verdad, le había dicho Eliel. ¿Cómo hacía tal cosa?
Se quedó un buen rato quieta, pero no pensado, esperando. Supo que era cuestión de minutos antes de que Tamiel o incluso Lucifer mismo la encontrara. Pero el tiempo pasó y nadie apareció.
— ¿Por qué lo harían? —se dijo a sí misma —. Si siempre saben en dónde estoy, siempre lo han sabido.
Recordó la única vez que visitó la playa con su padre y con su madre. No había bañado en el mar, porque su mamá le quería poner un ridículo traje de baño, porque a pesar de que era niña, seguía siendo imperdonable que mostrara tanta piel. Su padre, como siempre, no la defendió, se quedó callado y observó como su única hija hundía sus manos en la cálida arena.
No extrañaba nada de eso, era un recuerdo lejano, casi extinto, quizá atraído por el rumor del oleaje pero no significaba nada, no en realidad, porque ahora, las únicas personas que significaban algo para ella, estaban allí, a su lado, tendidos en la arena y apenas mostrando signos de vida.
—Eliel —llamó al demonio con silenciosa urgencia —. Abre los ojos, Eliel. Mírame, vamos, el silencio me está devorando viva. Háblame.
— ¿Qué no escuchas el mar? —respondió él quedamente —. Te susurra, te llama, te incita. ¿Lo notas?
—Podrían ser sirenas e igual yo no notaría la diferencia —respondió ella a su vez anhelante y temerosa.
Eliel se reincorporó y notó que aun estaba desnudo, y al parecer Amira había ignorado este hecho hasta ese momento, pero al ser consiente nuevamente, recordó. Tomó, con una de sus manos lastimadas, la mano de Eliel, y muy lentamente, la llevó hasta su vientre. Levantó la mirada y buscó con brusquedad los ojos de Eliel, negros y expresivos, enormes y cautivantes.
—No —susurró, incrédulo. Amira no dijo nada, y cuando menos lo esperó, Eliel ya estaba llorando desconsoladamente en su regazo —. No —repitió adolorido y lo repitió y repitió hasta que sus palabras se convirtieron y melancólicos alaridos.
— ¿Cómo saberlo? —dijo ella acariciando el cabello de Eliel aunque esto le suponía mucho dolor —. Lo vi y no era nada, no era nadie.
—Entonces —agregó él levantando su cabeza —, ¿por qué duele tanto?
«No sé —pensó Amira—. No quiero saberlo».
Otro recuerdo revoloteó dentro de su mente, y éste parecía localizarse a años luz de su situación actual. Jamás habría imaginado que estaría consolando al demonio que tan autoritariamente se había inmiscuido en su vida. Ella lo había permitido, por supuesto, pero siempre reconoció que el poder de persuasión de Eliel era algo que estaba muy por encima de su propio entendimiento.
— ¿Y ahora qué? —preguntó Amira —. No hay manera de huir, ¿no? Al menos no para siempre. Mucho menos cuando eres una pieza significante en el tablero de ajedrez de alguien más. No es más que una riña entre padre e hijo, ¿por qué tenemos que vernos mezclados en esto?
— ¿Así lo vez? —inquirió Eliel aunque aun angustiado, un poco más sobrio.
— ¿Importa? Probablemente el resultado sea el mismo.
—Probablemente.
— ¿Cuándo fue —dijo Amira, mirando fijamente la luna y el resplandor que seguía manando de ella —que cambiamos tanto?
Porque en el pasado, sólo habrían encontrado la situación interesante, participado un poco y luego olvidado de todo el asunto, como si nada hubiera sucedido en primer lugar.
—Como todo en este mundo, nada permanece igual —contestó Eliel.
— ¿Qué haremos?
—Lo que tú quieras.
—No quiero hacer nada.
—Mentirosa —sonrió Eliel para luego depositar un beso en los labios de Amira. Beso que fue correspondido con muchísima más intensidad, a tal punto que ella cayó sobre él.
—No es mentira —objetó ella, sonriente, divertida, con los ojos rivalizando en intensidad con la luna cuyos rayos ahora besaban su oscuro y desmarañado cabello —. Que destruyan éste y todos los mundos que quieran, yo sólo quiero vivir en paz.
Se inclinó para robarle un nuevo beso a Eliel, quien esta vez apenas se esforzó en devolverlo, confundido.
—Creo —continuó Amira —, que en cualquier momento despertaré... Golpes bruscos e insistentes en la puerta de mi habitación, los ensordecedores alaridos de mi madre, la cobardía inquebrantable de mi padre, una monotonía que ahora se me presenta como un apetecible paraíso... Me levantaré de la cama a regañadientes, bufaré, me quejaré con el agua de la ducha y saldré de la habitación vistiendo el estúpido uniforme de siempre, desayunaré y me marcharé. Y no te conoceré, y no conoceré a Abel ni a Rauel, ni a Joel o Tamiel, y seré la estúpida adolescente de siempre. Terminaré siendo una amargada profesora de primaria, sin esposo, sin hijos, sin gatos, sin nadie y luego moriré...
—Amira...
— ¡Y la muerte no huirá de mí ni me perseguirá con tanta insistencia! Caminará a mi lado, como con la gente normal —continuó, resuelta —. Y no temeré torturas o castigos más que los de mi madre, y no seré de nadie más que de mí misma y mi dolor. Y Esto —extendió sus manos —, así serán mis pesadillas. Y las encontraré fascinantes pero serán siempre sólo eso: pesadillas. Y en sueños te conoceré, e imaginaré que siempre te estuve esperando y te seguiré soñando hasta hacerte realidad, pero jamás te tocaré ni te besaré y aun así me daré por satisfecha. Y Dios y Satanás seguirá siendo parte de un libro de cuentos, y los ángeles y los demonios respetaran su lugar como seres mitológicos, y los otros mundos sólo los encontraré en libros, en historietas y en películas. Y no dolerá, no dolerá, aquí —tocó su pecho —, ni pesará, ni me agotará o torturará.
— ¿En realidad quieres eso?
Amira sonrió, sus ojos llenos de lágrimas. Ya estaba bien, los juegos, se suponían, debían ser divertidos, pero ese no lo era, ya estaba cansada de jugar a ser fuerte.
—Claro que no —sollozó —. Por supuesto que no.
Eliel la envolvió en sus brazos cuidadosamente. Besó su cabello paciente pero resueltamente, y la arrulló en silencio. Él también ya estaba cansado de verla sufrir, de verla intentar y fracasar, de verla temer y dudar, de verla llorar, aun cuando ella jamás se había derrumbado de tal manera enfrente de él o de nadie más.
—Pero —agregó Amira entre sollozos —, no quiero ser usada. Ya no más. Todo lo que aprendo es para ser utilizado en mi contra. Todo lo que sé en realidad no es nada. Todo lo que quiero ya no existe. Y lo único que quiero llegar a ser, jamás sucederá. Temo creer que tú no eres real... Se supone que tenía que hacerme más fuerte, ¿por qué estoy más débil?
—Débil no, Amira, consciente.
Hubo silencio mientras Amira se dejaba absorber por la inmensidad que era el cielo. Consciente. ¿Para qué? ¿De qué servía? Sólo le provocaba dolor y angustia; cansancio e incluso resignación.
Y peor aún era que, sin tener una idea de lo que en realidad planeaba Lucifer, poco podía hacer. Proceder imprudentemente tomando como punto de partida sueños e ilusiones, era incluso más estúpido que cortarse sus propias muñecas, sumergirlas en la inmensidad que se extendía enfrente de ella, y dejarse arrastrar por el oleaje hasta llegar a otra vida, engañándose a sí misma con promesas de tiempos mejores.
A pesar de que la inmensidad que la rodeaba: la arena que rosaba su piel, la brisa que arañaba sus sentidos, el cielo que deslumbraba sus ojos y el océano que devoraba su determinación; y a pesar también de la desesperación que se escondía en sus entrañas, supo que no podía seguir así.
—Cielo. —Llamó a la niña con dulzura una y otra vez hasta que ésta por fin se puso de pie —. Ven, por favor.
Cielo se acercó, entre paso y paso podía verse la magnitud del daño que había recibido, pero incluso así, resueltamente, y abrazando su libro como su fuera lo único que la mantuviera con vida, obedeció a Amira.
En realidad no tenía caso el preguntar dónde estaban y mucho menos elegir un nuevo lugar al que ir, así que Amira no le preguntó eso a Cielo, simplemente le dijo que, cuando se recuperara, los llevara a un lugar más tranquilo y pequeño.
La recuperación de la niña fue lenta, al igual la de Eliel y la de Amira. Sentados ahora sobre la arena, hombro contra hombro, dejaron que el vasto océano los arrullara y les confiriera una falsa sensación de seguridad.
—En un tiempo, ahora ya muy remoto —habló Eliel con delicadeza —, se me ocurrió posible atravesar toda la inmensidad que es el océano. Sopesé la idea dentro de mi cabeza tantas veces que me parecía que ya lo había hecho. Sin embargo, apenas fui capaz de tocar el agua. Sentí temor. En el preciso momento en que mis pies tocaron el agua, me paralicé agobiado por la idea de ser devorado por el mar. Entendí entonces lo insignificante de mi existencia.
Cielo enterró sus manos en la arena, tomó un puñado y poco a poco dejó que se escapara de su mano, hasta que quedaron unos pocos granos de arena adheridos a su piel. Fijó la vista en su mano, y uno por uno fue deshaciéndose de los granos de arena que aun permanecían adheridos a ésta hasta que sólo quedaron tres. Los quedó viendo detenidamente, hasta que el viendo los arrancó y los hizo volar hasta donde ella no podría encontrarlos jamás.
—Temo, Amira, que llegará el momento en que te tendré en frente de mí, pero ya no serás tú. Tus ojos, extraños como los son ahora, me mirarán; tus labios, hermosos como siempre lo han sido, me hablarán; tus manos, cálidas desde el primer día, rodearán mi cuerpo. Pero ésa ya no serás tú. Y yo lo sabré. Y cuando llegue ese momento yo decidiré dejar de existir.
—No me parece justo como todas las criaturas gobiernan su propio destino. Es ridículo como yo, que poseo la habilidad para gobernar sobre ellas, no pueda gobernarme a mí misma. No lo acepto. No quiero seguir siendo solamente una pieza en un juego que ni siquiera conozco. Pero tampoco quiero seguir lamentando y sufriendo, así que por el tiempo que quede, aunque sea poco, estaremos juntos, los tres. No hay necesidad de hablar de lo que vendrá después.
Amira se puso de pie, ya había recuperado la energía suficiente para sanarse. Y poco a poco fue notando como Eliel y Cielo regresaban a su estado natural, aunque claro, la extenuación aun adornaba sus rostros.
—Hagamos valer el tiempo que queda —extendió su mano y sonrió.

***

Pasara por donde pasara, una algarabía se formaba a su alrededor. Para él no era más que otra manera para pasar el tiempo, para conocer personas, para educarse en las costumbres de los seres humanos.
Generalmente se referían a él como un niño inteligente y precoz, dado que desconocían que dentro de su cabeza giraban velozmente imágenes de tiempos infinitos, conocimientos que rápida y ávidamente fue recolectando desde el momento mismo de su creación, cuando el mundo no era más que un boceto: garabatos pensados por la mente de un niño incluso más caprichoso que él.
Y se aprovechaba del entusiasmo que provocaba en los demás para influenciarlos, en primera instancia, porque lo consideraba un ejercicio bastante recreativo; y luego para manipularlos, porque tantos había de los mismos que rápidamente se fue aburriendo.
Tamiel lo dejaba a sus anchas, no había razón para lo contrario, considerando que él era el padre de todo lo que iba en contra del Creador. Joel, sin embargo, que más habituado estaba al mundo de los humanos, se negaba a apartarse de él, aunque sus intenciones no eran del todo claras para nadie, por lo que poco a poco fue relegado.
La mujer que lo había dado a luz murió con una sonrisa de plena satisfacción en su rostro. Se fue con la promesa de un despertar provechoso y altamente recompensado. Cosa que Lucifer mismo se encargaría de proporcionarle por haber contribuido en su nacimiento en la tierra.
Crecía más rápido de lo normal, eso sí. Resultaba sumamente desventajoso que, siendo él el señor de los caídos, sufriera las calamidades que traía consigo el habitar un cuerpo aún en desarrollo. A pesar de que el cuerpo en sí no le traía problemas, era el saber que sus poderes se veían limitados lo que les preocupaba. Después de todo, sus más leales sirvientes seguían atrapados del otro lado, y los demonios que habitaban la tierra libremente poco o nada sabían de sus intenciones, y sinceramente a él no se le antojaba hacerlos participe, no porque los considerada inútiles, sino por indignos y mundanos.
— ¡Y han pasado miles de años y los humanos aún no aprenden! —exclamó divertido, mientras Tamiel y Joel lo flanqueaban —. Le temen al conocimiento y al poder. Y lo que es más gracioso aún, le temen al Creador, le rezan, como si verdaderamente a él le interesaran. ¡Estúpidos, estúpidos! Todos somos soldaditos de juguetes y marchamos al ritmo de las tiernas manos caprichosas de un niño malcriado y sádico. ¡Lo sé, lo sé!
Lucifer parecía fuera de sus cabales. Desde que perdió a Amira, se había comenzado a comportar así. No, fue desde que vio que Eva había huido de su presencia, que él se empecinó en burlarse de lo que Eva más amaba. Poco rencor conseguía despertar en el rencor de los demás, dado que por el momento, apenas pasaba como un niño.
—Mi señor —lo interrumpió Tamiel —, Eva...
— ¡Déjala, déjala! —refunfuñó como el niño que por el momento era —. Ella vendrá a mí. Tiempo es lo que más hay, y ahora sólo quiero gozar de mi libertad. En todo caso, yo siempre sé en dónde está. Somos uno en esta vida y en todas las que están por venir.
No maltrataba ni a los animales ni a la vegetación. Había días en los que se podía pasar horas enteras observando las flores, incluso los insectos que revoloteaban por todos lados. Una mística belleza los envolvía, Lucifer lo reconocía, había en ellos los deseos más puros del Creador. Llegaba a pensar que, cuando los creó, cuando los concibió como una realidad, fue el único momento en el que él sintió verdadera admiración por su padre. Si el mundo se hubiera quedado así, habría sido perfecto, ahora lo sabía.
Como ocurrió con los caídos, los humanos también tenían sus estirpes, sus familias, sus legados. Adán y Eva fueron los primeros y de allí, del incesto, del rencor, los celos y el odio, surgió el resto de la humanidad. De Eva y él surgió algo totalmente diferente, algo que ya no existía. Atrapado, a veces soñaba con la niña, la criatura que se parecía más a él que a ella, pero de la cual había tenido que renunciar, porque el Padre lo era sólo de nombre y no lo reconoció como un semejante. Por fin experimentaba lo que su Padre cuando los creó, pero la sensación no le duró mucho. Esto sólo afianzó el rencor y el odio que la persecución no había alcanzado a despertar. El poco amor que sentía desapareció.
Luego se la quitaron a ella, a Eva, la apartaron de su lado, se la negaron. Todo en cuando ambos habían trabajado terminó como sedimento en el fondo del lago de la vida. Fue entonces cuando se perdió por completo. Fue ahí cuando supo que no había mejor venganza que esa: le arrebataría a su padre todo lo que había creado.
—No estás arriba, no estás alrededor ni debajo de mí, Padre —dijo Lucifer viendo fijamente sus manos extendidas, de pronto, varias mariposas comenzaron a revolotear a su alrededor, hasta que dos o tres se posaron sobre sus hombros—. Ellas saben quién soy, reconocen la sangre de su sangre. Ya nada de esto es tuyo, Padre. Yo soy uno con este mundo, y este mundo ya no te necesita.
El cielo se ensombreció, oscureciéndolo todo. Los alrededores eran iluminados de manera intermitente entre relámpago y relámpago. El sonido de los truenos y la lluvia inminente se levantaba amenazante, pero ni cuando las gotas comenzaron a caer, las mariposas huyeron, se quedaron cerca de Lucifer, al igual que los otros animales que lo veían desde una distancia prudente. Ellos lo reconocían, era su hermano, en su interior nacía una existencia que por instinto sabían reconocer, pero que nunca habían sentido como propia hasta ese momento.
—Dicen, Padre —continuó —, que eres lo único perfecto en este mundo. Permíteme demostrarte lo contrario.
Cómo era posible, se preguntó Lucifer, que los humanos no reconocieran la perfección de su existencia. Aquel que hizo temblar al Creador tenía el derecho de estar por encima de todo. Aquel que lo había sacrificado todo por ellos. Aquel que había puesto a su creación en su contra, el primero en desobedecerlo a pesar de ni siquiera conocer esa palabra. No era un rebelde, era un nuevo dios, uno nacido de los errores y las incompetencias del anterior, uno en realidad perfecto.
—Tus estúpidos muñecos de carne ni siquiera lo sabrán, me presentaré ante ellos con tu nombre y me creerán. Los haré temer, de la misma manera que Tú lo hiciste y así me jurarán su amor. Con esto dejarás de existir. Ni tus marionetas de luz podrán impedirlo. No eres más que un viejo cansado con la mentalidad de un niño malcriado. Tu tiempo por fin llegó a su fin.

***

Amira vio el cielo ensombrecerse, de pronto su cuerpo fue abatido por una extraña sensación de inquietud. Le tomó varios minutos normalizar su respiración.
Cielo tomó su mano y la miró con impaciencia. Amira se arrodilló, besó la frente de Cielo y luego la abrazó con fuerza.
—Te amo, Cielo —dijo con cariño.
—Y yo a ti —contestó Cielo. Amira se sintió agradecida de poder entender a la niña cuando más nadie podía hacerlo.
—Siento haberte metido en esto.
Cielo agitó la cabeza, depositó un beso en los labios de Amira y luego la miró fijamente.
—Tarde o temprano tenía que pasar. Tarde o temprano nos íbamos a encontrar. No existen las casualidades, esta es una granja de hormigas y cada pequeño bicho desempeña un papel, lo queramos o no.
— ¿Cuál será el mío? —inquirió Amira, aún temerosa.
—Pronto lo sabrás. Pronto todo terminará.
—Pronto todo terminará —repitió Amira. Levantó la vista, a escasos metros de ella, recostado en el tronco de un viejo y frondoso árbol, Eliel descansaba. De los tres, era al que más le había costado recuperarse. Su piel aún estaba herida y no había recuperado por completo su energía, de estar en batalla, apenas soportaría un par de minutos.
Amira se puso de pie y caminó en su dirección, la brisa cada vez más fría se coló entre sus piernas y revolvió su blusa, dejando su abdomen al descubierto por un momento. Sus pies se deslizaban hábilmente sobre la grama, arrancándole olorosos suspiros que se expandían con cada paso; cuando estuvo cerca del demonio, se detuvo y se tomó un par de segundos para apreciar la extraña belleza de Eliel. Tomó un suspiro y se sentó a horcajadas sobre él.
—Despierta, bello durmiente —rió Amira contra los labios de Eliel —. El mundo se acaba y tú duermes. Te envidio.
—El mundo se acaba y te tengo sobre mí, también me envidio. —Apretó a Amira contra su cuerpo, hasta sentir el aroma de su cuello, y el jugueteo de sus cabellos contra su nariz.
—No, el mundo no se acaba, lo único que está por terminar es nuestra existencia en él.
—Dejemos el pesimismo para más tarde —murmuró Eliel —. El clima está especialmente agradable este día. No lo desperdiciemos.
Eliel besó a Amira primero vorazmente, para luego ir disminuyendo la intensidad. Las manos del demonio se pasearon por el cuerpo de Amira con una paciencia envidiable, como si tuviera todo el tiempo del mundo cuando claramente no era así. Amira disfrutaba de su certero tacto y de sus húmedos besos, pero ahora revoloteaba en su interior y se lo estropeaba todo.
El demonio se había deshecho de la pequeña blusa que hasta entonces Amira estaba vistiendo, dejando de esta manera sus senos al descubierto. Amira ladeó la cabeza, también hizo su cabello a un lado. Eliel no podía despegarle la vista de encima. El demonio fue deslizando sus dedos lentamente por todo su costado, las yemas de sus dedos quedaban impregnadas con el leve aroma que despedía el cuerpo de la fémina. Lento y más lento, los aromas danzando con más libertad, sus cuerpos humedeciéndose, tensándose, abriéndose y recibiéndose... Cuando Eliel estuvo a punto de besar sus senos, sin embargo, Amira lo detuvo.
Eliel la quedó viendo entre herido y temeroso. Retiró sus manos para luego tomar un leve suspiro. Una vez pasado su desconcierto, no obstante, pudo sentirlo, y se regañó en silencio por el segundo de egoísmo que se había permitido tener. A veces era demasiado demonio para su propio gusto.
—No puedo —susurró Amira, acongojada, sus ojos antes de cristal, ahora oscuros como la brea, oscuros como la cosa deforme que había salido de su interior —. Aún lo siente dentro. Siento que me devora, que me persigue, lo siento en todos lados.
El demonio no dijo nada, se limitó a verla, a intentar sentir como suya todas sus sensaciones, incluso la de ese ser invisible que reptaba entre ellos. No pudo.
Estuvo a punto de abrazarla cuando algo llamó su atención: detrás de Amira, docenas de mariposas negras parecían emerger de la nada. La lluvia cayó de pronto sobre ambos, el ir y venir de los relámpagos los distrajo por un segundo. Amira se levantó rápidamente y se acomodó la ropa. Increíblemente, estaban rodeados de animales. Animales de todo tipo, algunos que ni siquiera alcanzaba a reconocer.
Amira miró a su espalda, Eliel estaba de pie e igual de desconcertado que ella. ¿Qué demonios estaba pasando?
—Es él —murmuró Amira. La lluvia caía por su rostro entorpeciéndole el habla y la visión, estaba empapada y apenas alcanzaba a sentir la intensidad con que la lluvia descendía sobre ellos. Estuvo por dar el primer paso cuando la lluvia se detuvo de una buena vez. Los animales comenzaron a parecer desconcertados y fuera de lugar, y poco a poco se fueron alejando. En el espacio en donde revoloteaban las mariposas hasta hacía pocos minutos ya no había nada. Cielo corría hacia ellos.
Eliel tomó la mano de Amira, ella lo vio y en ese instante el movió su cabeza de un lado a otro de manera negativa. La niña por fin los alcanzó, el libro eternamente contra su pecho, y les preguntó si era hora de irse a otro lugar.

Amira miró a todos lados. Los enormes y frondosos árboles, el césped verde y húmedo y las charcas que comenzaban a formarse, el cielo apenas visible, la escasa luz que se colaba entre el follaje y las ramas y que se agitaba y cortaba con el ritmo del viento y la lluvia. El fresco y oloroso viento que apenas alcanzaba a agitar su húmedo cabello y acariciaba su piel. Se sentía tan fuera de lugar, como nunca antes, ahora en verdad podía afirmar que no pertenecía a ese mundo. No, el mundo ahora era una enorme prisión para ella. No había escapatoria. Era cuestión de tiempo y los tres bien sabían que llevaban las de perder.


...

Comentarios

  1. Cuando vi la actualización no me lo creía... Me tenías desesperada ya por otro capítulo, eres muy muy mala (?), espero que el siguiente no tarde tanto xD o acabaré por dejarme las uñas cortas otra vez.

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    1. Lo siento! >//< Es que soy una torguga cuando se trata de esto.

      Muchas gracias por la paciencia, eso sí, y por seguirme leyendo a pasar de las constantes demoras :')

      Trataré de no demorar tanto, pero no prometo nada.

      Saludos :)

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