Catorce.



Hola. Otra vez ando por estos rumbos. Qué rápido, ¿no? Esta vez les traigo un fanfic, y sin intención de sonar egocéntrica o algo parecido, diré que es un fanfic basado en dos historias mías, lo que termina convirtiéndole en un Crossover, si tomamos en cuenta le fiel terminología del fanfiction. Pero este fanfic tiene una razón de ser. Hace mucho tiempo, desde el tiempo de la Tierra Media... Aps. No, si no fue tanto tiempo. En fin, una cercana amiga mía, una de esas amigas que sigue conmigo aún cuando seguramente la racionalidad le dicta que se separe de mí (XD), me dijo que sería interesante poner a Samuel de ANH, junto a Eliel, de LFDI. Bueno, más bien lo pidió, y yo accedí, porque era un regalo por no sé qué, ha pasado tanto tiempo que no lo recuerdo.
La idea original había sido otra, y tenía que ver algo con un café y otra cosa parecida, pero yo perdí ese archivo. La madrugada de hoy, por alguna razón, me dije que tenía que cumplir con ese pedido (aunque a ella se le había olvidado XD), y a poco más de las 2 am, me puse a escribir. Para cuando se hicieron las cinco, yo ya había terminado (¡ando desvelada!). Esto fue lo que quedó.
Quiero aclarar, de paso, y si han llegado hasta aquí, que el fanfic pueden leerlo incluso cuando no hayan leído las historias en que, de alguna manera, está basado. (Igual los invito a leerlas) Quise centrarme en Samuel, pero darle un estilo de narración parecido al de LFDI. Y me quedó algo así como lo que están -espero- a punto de leer.
Los comentarios, como siempre, son bienvenidos.

Título
Catorce.
Fanfiction. Crossover de El amigodel novio de mi hermana (ANH) y Las flores del infierno (LFDI) (Qué mala manía de ponerle siglas a todo XD)
Resumen: 
Los demonios no manipulamos, sólo le damos un ligero empujoncito a las personas que más lo necesitan. Lo mismo haría la suave brisa del mar, el aleteo de un ave, el llanto de una madre, o la sonrisa de un inocente muchachito cuyos graciosos risos rivalizan en intensidad con el mismísimo sol.
Advertencias: Ninguna.

Catorce.
Por Seiren.

Para mi cielo...

Un aletazo fugaz e inexplicable se presentó ante sus pupilas como un efecto producido por la mala iluminación, los tragos de más y el desvelo. De hecho, la botella de cerveza que sostenía en su mano derecha le pareció mucho más desconcertante que la sombría bofetada que acababa de recibir.
Las guitarras acústicas devoraban el ambiente con sus certeros acordes, mientras una voz femenina deleitaba a los presentes con letras sobre el amor y el desengaño.
Aquí no había amor ni desengaño, no había nada.
Samuel volvió a ver con desconcierto la botella que sostenía, aunque más con rabia y decepción, la llevó a sus labios para que su paladar degustara la última gota de alcoholizada amargura. Suspiró.
Le dolía el rostro. Las sonrisas forzadas eran igual de dañinas que los golpes.
Poco a poco fue encontrando los callejones que se formaban entre la multitud de personas: murallas calientes y sudorosas que respiraban con recelo y se inquietaban con el más leve contacto.
No había sido un buen día para visitar la plaza central, pero su apartamento era más una prisión que un refugio y ya no quería pasar su tiempo ahí, porque pensaba en él, porque reflexionaba.
Jamás entendió de dónde había sacado la osadía para comportarse de tal manera. Y de algún modo creía que lo suyo era sólo un engaño. Pero ese par de ojos color miel se le presentaron casi como una revelación. Algo dentro de él tomó las riendas de su vida, y ahora estaba confundido.
—Tengo que detenerme —pensó el universitario mientras buscaba un basurero para depositar la botella.
Poco a poco se fue alejando de la plaza. Las calles, secas y agrietadas como el suelo de un desierto, soportaban el eco presuroso de sus pasos. Estaba cansado, pero se obligó a seguir caminando sosteniéndose en la creencia de que el cansancio lo obligaría a dormir esa noche.
No fue así.
Abrigado por la oscuridad casi palpable de su habitación, lo único que ocupaba su mente era un número, uno y nada más: catorce.
La noche siguiente hizo lo mismo. Aunque ya no era una voz femenina, eran varias masculinas protestando contra las injusticias sociales. Y Samuel en lo último que quería pensar era en la sociedad, porque él aún no había hecho nada, pero sabía que la sociedad ya lo estaba juzgando.
Curiosamente, cuando se retiraba del lugar, le pareció haber recibido otra sombría bofetada. Algo desorientado, quedó viendo en todas direcciones, como un explorador que acaba de perder el norte, y entonces... entonces simplemente lo vio.
La manera en que resaltaba era casi sobrenatural. Sin haber tenido una experiencia de este tipo, Samuel no se arriesgaría a afirmarlo, pero al menos eso le pareció. Era más alto que él, un tanto más delgado, un tanto más apuesto. Su cabello brillaba oleoso bajo las torpes luces del alumbrado público. Sus labios dibujaban una línea de inconfundible resignación.
A Samuel se le dificultó quitarle la vista de encima, sin embargo, después de un tiempo que no fue más que uno o dos parpadeos, el extraño ya no estaba en su lugar.
El universitario entonces decidió seguir caminando. Furtivamente introdujo la mano en su bolsillo, al no encontrar nada ahí, chaqueó los dientes, irritado. Era demasiado temprano para volver.
Caminó y caminó hasta toparse con los escalones de la catedral. Tomó asiento, observó lo que había enfrente de él, mientras la escasa brisa nocturna se arrastraba como siendo sostenida por las notas musicales que aún transportaba.
Le pareció conocer esa canción.
De repente notó que alguien se sentaba a su lado. Hebras oscuras y lacias se desparramaban uno o dos escalones más abajo, como negras cascadas de brea fluyendo lentamente. La suavidad reflejada en los gestos de ese joven misterioso atizaba de alguna manera la culpa que hervía en su interior al punto de que temió pronto alcanzar la ebullición. No obstante, cuando el joven de cabello exageradamente largo habló, todo dentro de Samuel se calmó.
—Horrible noche, ¿verdad?
—La peor —contestó el universitario.
—Es increíble que una religión que tanto condena los rituales, se vea atestado de ellos —soltó el extraño, sin más —. ¿Es por la feria, verdad? El cumpleaños de algún santo, imagino, pero no logro acertar de quién. Son tantos que servirían para nombrar a toda la población del planeta, pero eso no es lo importante. He escuchado que habrá fuegos artificiales mañana. Espero seguir aquí para entonces.
— ¿Turista?
— ¿Qué no todos los somos?
Samuel sonrió. Asintió levemente y permitió que su mirada se perdiera un poco entre la multitud de gente que divisaba a los lejos. Luego volvió su vista al desconocido, moderó un poco su postura y sin más, se presentó.
—Soy Samuel —extendió la mano.
—Eliel —contestó el otro al tiempo que, con una familiaridad intimidante, tomaba la mano de Samuel.
Por un rato no se dijeron más nada. Se limitaron a ver lo que había enfrente, mientras con el pasar de las horas, el aire se hacía menos pesado y más fresco.
La presencia de Eliel por sí sola le resultaba reconfortante a Samuel, de una extraña manera, la familiaridad tan bien aceptada se le presentó como un diario cuyas páginas estaban en blanco, sus labios serían la pluma que gravaría sobre el papel la desdicha que en ese momento le impedía sonreír abiertamente. Y lo mejor de todo era que Eliel parecía dispuesto a escucharlo.
—Imagino que te habrás enamorado alguna vez —comentó el universitario, de la nada —. Imagino que te habrán decepcionado también.
—De eso mucho tiempo —contestó Eliel, tranquilo —. Sueño con volver encontrar algo al menos parecido, pero el tiempo se niega a concederme tal deseo.
—No me suenas muy paciente.
—Todo lo contrario, de conocerme, lo entenderías —sonrió el joven casi con coquetería.
Samuel se sonrojó.
—Lo suyo habrá sido un amor normal, ¿no?
—Me parece demasiado osado de tu parte catalogar al amor de normal. El amor es y ya —replicó Eliel —. Los humanos creen tener el poder para alterar las cosas. Le confieren complejidad a lo que no lo merece, y le roban la simplicidad a lo que por naturaleza es simple, enmarañándolo todo de tal manera que jamás son capaces de desenredarlo y llegan al final de sus días fingiendo haber tenido una vida plena, que no es más que otra manera de engañarse a sí mismos por temor a aceptar su propia mediocridad.
Estas palabras acapararon la atención de Samuel de tal manera, que por un minuto olvidó respirar. Cuando se giró un poco, para poder apreciar el rostro de la persona que extrañamente se refería a los demás como «humanos», se encontró con algo que jamás habría imaginado. Las pupilas del extraño parecían dos espejos en donde el resplandor plateado de la luna se reflejaba con intensidad, pero con un parpadeo, dichas pupilas se vieron teñidas de rojo, como si se tratara de un insólito eclipse lunar.
Samuel retrocedió, asustado. La sonrisa en el rostro de Eliel a pesar de intensificar su belleza también le confería un carácter místico que el universitario jamás había apreciado en nadie más. De pronto la voz del misterioso joven le pareció demasiado lejana, fue hasta varios minutos después que se percató de que esto fue así porque él se había alejado.
Regresó a su apartamento con una extraña sensación de derrota. Tenía miedo, por supuesto, pero más que esto era como una extraño sentimiento de pesadez, como si hubiera algo en él de lo que no pudiera desprenderse.
Se recostó en el sillón en la pequeña sala de estar mientras trataba de recordar lo que tenía que hacer el día siguiente. Se levantó de pronto y llegó hasta la cocina-comedor, se acercó a la mesa en donde mantenía apilados todos sus libros de la universidad y los hurgó como tratando de buscar un nuevo tesoro en ellos.
Un ruido que en su momento no supo definir, lo distrajo. Por un momento apartó la vista de los libros y la dirigió a la sala. El desvelo lo estaba matando. Si no lograba dormir esa noche iría al médico para solucionar el problema. No podía sentir pánico de todo cuanto escuchara.
La segunda vez el ruido fue más claro. Era un cuervo que crascitaba y revoloteaba como si frenéticamente tratara de advertirle algo. Buscó por todos lados, hasta que llegó a la pequeña ventana el final del pasillo por el cual llegaba a su habitación. La venta estaba abierta, pero no había más nada allí.
Cuando regresó de nuevo a distraerse con sus libros, Eliel se encontraba sentado en la mesa, ojeándolos de manera ausente. Estaba desnudo.
No fue la desnudez de Eliel lo que más lo distrajo, eso seguro, sino la incertidumbre que se apoderó de su ser al no encontrar una explicación razonable para lo que estaba pasando. Suspiró varias veces, se obligaba a mantener la calma.
—No te haré nada —dijo Eliel, sonriente —. Me pareces interesante, es todo.
—Entonces, ¿qué quiere? —inquirió el otro, manteniendo una distancia prudente, dentro de lo que cabía, y una actitud alerta.
— ¿Sabes qué se viene a mi mente cuando te veo? —preguntó, para luego responderse a sí mismo —: Catorce.
La sangre de Samuel se heló. ¿Quién era ese joven?
—Catorce, catorce, catorce. Podría ser quince, dieciséis, veinte, pero no, es catorce.
— ¿Quién eres? ¿Qué quieres?
— ¿En ese orden?
Eliel dejó el libro sobre la mesa, justo encima de otro, el de Ecuaciones Diferenciales. Se acercó a Samuel, rodeó el cuello del universitario con sus brazos, y reclinándose un poco a su costado, susurró:
—Un demonio.
Samuel quiso retroceder, porque en ningún momento fue capaz de tomar las palabras de Eliel como broma, y la manera en que su piel se erizó en el momento en que el demonio hizo contacto con él, le presagió un mal desenlace.
—Me resulta curioso —continuó Eliel —, que una cifra tan insignificante te atormente tanto. Si lo piensas un poco, debería ser otro número, prueba con... ¿ocho, tal vez?
— ¡No te atrevas a hacerle daño! —amenazó Samuel, que seguía sin entender del todo la situación, pero captaba lo suficiente como para saber de quién estaba hablando.
—El amor es y ya. Te lo dije —musitó el demonio, aflojando su agarre para liberar al universitario que temeroso se agitaba en sus brazos.
— ¿Y un demonio qué sabe de amor?
— ¡Ah! Ahí está, otra vez los prejuicios. —Eliel pareció entristecerse por un segundo —. Es porque soy demonio que lo sé. Nuestra mera existencia se sustenta en ello. La biblia es un pésimo libro, deberías saberlo.
— ¿No me has dicho qué quieres? —insistió Samuel, haciendo caso omiso a las recientes palabras de Eliel.
—Lo importante aquí es: ¿qué quieres tú? —apuntó en su dirección —. Lo importante aquí es que aprendas que los números son sólo eso: números.
Se acercó nuevamente a la mesa, tomó el libro de Ecuaciones Diferenciales y comenzó a ojearlo con tal intensidad, que parecía que el demonio resolvía los problemas que en esas páginas encontraba.
— ¿Qué te dice esto? —preguntó levantando el libro —. Esa insistencia de objetivar el mundo en qué viven no es más que la prueba fehaciente de su mediocridad. El que teme equivocarse intentará calcular todos sus pasos y entonces se olvidará de vivir. El que teme ser juzgado terminará convirtiéndose en una marioneta. ¿Qué serás tú? ¿Vivirás atado a un número que a la larga no significará nada, un número del que seguramente terminarás olvidándote?
— ¿Por qué hace esto?
—A veces olvido la mala reputación de nuestro nombre. Simplemente...
Suspiró.
De pronto a Eliel, Samuel le pareció demasiado aburrido. Un niño mimado que braceaba insistentemente hasta esa superficie llamada normalidad. Alguien que jamás había intentado siquiera conocerse a sí mismo. Una abierta cajita de pandora llena de prejuicios, casi todos dirigidos a sí mismo.
—Imagino el escándalo —habló Eliel —, el sufrimiento, la decepción, la vergüenza, y lo que me entristece es que, de todo esto, es al escándalo a lo que más le temes.
—Usted no sabe nada. Demonio o lo que sea, eso no le da el poder para juzgar a los demás.
—No se necesita ser poderoso para juzgar a los demás. Sólo se necesita tener una boca enorme y una mentalidad pequeña. Y no, yo no te juzgo, te libero.
Una vez más, Eliel soltó el libro. Con esa sensualidad tan propia, se acercó a Samuel tanto, que sus labios casi se rozan. Samuel veía en la cercanía del demonio todo eso hasta entonces negado, todo lo que temía y anhelaba. Pero tan pronto creyó esto, se desvaneció, porque la imagen de alguien totalmente diferente a él llegó a su cabeza, proporcionándole una nueva determinación.
—Gracias por sus palabras, pero no las necesito, ya no.
Eliel sonrió. Se inclinó un poco, hasta que sus labios rozaron la oreja de Samuel y entonces, con algo de picardía, dijo:
—Los demonios no manipulamos, sólo le damos un ligero empujoncito a las personas que más lo necesitan. Lo mismo haría la suave brisa del mar, el aleteo de un ave, el llanto de una madre, o la sonrisa de un inocente muchachito cuyos graciosos risos rivalizan en intensidad con el mismísimo sol.
Samuel no dijo nada, pero se sintió satisfecho, porque de pronto el miedo desapareció.
—Y te haré otro favor... Duerme.

Samuel abrió los ojos y lo primero que logró distinguir fue el malestar que aquejaba su estómago. Se levantó de la cama, salió de su habitación y sin más se metió al baño. Salió de ahí sintiéndose una persona nueva.
La monocromática pantalla de su desfasado teléfono celular anunciaba que la hora del almuerzo hacía mucho había pasado. No recordaba desde cuándo no dormía tanto, pero no se quejó. Llegó a la cocina y notó que su libro de ecuaciones estaba en el suelo, lo recogió y lo colocó sobre la mesa.
No había nada diferente esa mañana pero estaba feliz, descansado y con muchos ánimos. Sería una pena pasar el día encerrado.
Antes de salir, regresó a su habitación. Sobre la mesita de noche, descansaba un retazo de cinta color verde azulado, una cinta como cualquiera, pero que albergaba un significado especial.
¿Por qué había dudado? Ya no lo recordaba.
Salió de su apartamento. Caminó pacientemente por aquellas calles que tan familiarmente guiaban sus pasos. Contagiado por tan repentino optimismo, no notó que llegaba a un cruce, hasta una persona lo detuvo.
—Cuidado —dijo. Era un joven de cabello curiosamente largo que Samuel juraría, jamás había visto en su vida.
—Gracias —musitó el universitario, sintiéndose un poco avergonzado por su descuido.
—Por cierto —continuó el joven —, esta noche habrán fuegos artificiales en la plaza central. Sería una pena perdérselos, ¿no crees?
—Creo... —contestó algo desconcertado.
—No olvides mencionárselo a los demás.
Y no lo olvidó, lo que olvidó fue el rostro de la persona que se lo había hecho saber. Esto no impidió, no obstante, que esa misma tarde, enfrente del niño que de pronto había dejado de ser una cifra, dijera:
—Habrá un evento esta noche en la plaza del centro, y habrá fuegos artificiales...
El entusiasmo con que su proposición fue recibida lo emocionó aún más y la cifra en su cabeza por fin desapareció.


Comentarios

  1. Era por mi cumpleaños, mon amour.
    Y ya sabes todo lo que sentí con cada palabra que leí. :) Me encantó, me enamoró.
    a elegancia de Eliel, la forma de ser de Samuel.
    Todo lo tuyo es perfecto. Y espero que las demás personas que leerán les guste tanto como me gustó a mí. Y sé que será así, sabes por qué? porque tú lo has escrito n.n
    Te amo, mon amour, mucho muchote.

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    1. Amora, lo había olvidado, no tengo perdón de dios. Y qué regalo de cumpleaños más atrasado! Desde cuándo me lo habías pedido, para cuál cumpleaños? Siento que pasaron siglos! (No que te esté diciendo vieja, eh XD)

      Y no, no todo lo mío es perfecto, pero gracias por estar ahí en mis altos y bajos, y por ser sincera con tus críticas.

      Me alegró lo mucho que te gustó y emocionó este relato. Lo colgaré en amor yaoi xD

      Saludos.

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    2. ¡Sí! Hazlo, hazlo! *-* Omg!!

      Y sólo fue mi cumpleaños del año pasado, eh! XD jajaja Pero, me lo diste cerca del que viene (9 de marzo...) En realidad, pensaré en qué relato pedirte.

      Quizá un encuentro parecido entre Eliel y Lucas... no sé... XD Jajajaj

      :) Besos, mon amour y por supuesto que estaré para ti. :)

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    3. Dije que lo iba a poner en AY y aún no lo he hecho XD

      Y deja de darme ideas! Aunque bueno, con lo que tardo en cumplir...

      XD

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  2. :O

    Te quedó bien y en tan solo tres horas!!

    Yo a esas horas de la madrugada como que no funciono para escribir, me gana el sueño :(

    Saludos!!

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    1. Es que, ¿sabes? El desvelo me vuelve productiva, no sé por qué, pero últimamente, me he desvelado tanto y he hecho tanto. Luego me paso bostezando todo el día pero llegada la noche no me da sueño y pues tengo que hacer algo para no aburrirme jajaja

      Saludos.

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  3. Meses sin leer y aún me produjo el mismo sentir. Te amo, mon amour. :)

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  4. Aquí, nuevamente, leyendo tan hermoso relato. Y qué lo hace más hermoso de lo que ya es? Que está dedicado a mí.
    Los lugares, la escritura, las palabras, los sentimientos. >w<
    Todo me encanta. Sigo teniendo el mismo recelo con el final, pero... Dios, lo amo. Quizá.... no, no supera Frío diciembre (lo leí ayer).

    Te amo. Gracias por ser tú. Gracias por escribir, por estar allí, por ser mi amiga, por soportarme. Gracias.

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