¡Baila, Dánae! (Relato corto)


¡Primera entrada del año 2013! Si fuera supersticiosa, le pondría cuidado a ese 13, pero como no lo soy... Lo cual explica por qué al final del año, no hice todas esas cosas que muchas personas suelen hacer, y que no nombraré porque la lista sería inmensa. Les daré una pista: comer 12 uvas. Y así hay un montón, según me cuentan.
Pero a diferencia de la navidad, el fin de año sí me gusta. Eso de despedirse de todo un año, y ver atrás y notar que en realidad no parece que haya pasado tanto tiempo ni tantas cosas, y luego ver adelante, saber que pronto serás un año más viejo, que tendrás muchas más clases por cursar y probablemente muchas nuevas personas por conocer. Es alentador e intimidante al mismo tiempo. Al menos para mí.
Pero esta entrada no es para eso. Aunque si aprovecho para desearles a todas y todos muchas cosas buenas este año.
La entrada es para presentarles un nuevo relato corto. Lo escribí hace un par de semanas, pero no sé, algo tenía que no me convencía, pero por fin pude terminarlo. Lo que aligera un poco la carga porque tengo un montón a medio escribir. Lo cual me entristece, pero prefiero trabajar a mi propio ritmo para no presionarme ni frustrarme. Lo último, sin mucho éxito, eso sí.


¡Baila, Dánae!
Relato corto. 
Resumen: 
Alba tiene la costumbre de encontrarse con Tomás, el hermano menor de su antigua pareja. Lo hace para recordar viejos tiempos, para compartir experiencias. Lo hace, porque no puede deshacerse de su pasado.
Advertencias: Ninguna.

Quiero agradecer a Kat del blog iuskaºyo-escritora (blog el cual les recomiendo visitar) por haberme ayudado con el título del relato, porque en eso casi nunca me va bien. Muchas gracias Kat, sin ti habría salido con alguna cosa extraña.



¡Baila, Dánae!

Olía a pan recién horneado, a humedad, a sol. Trató de poner atención, quizá, en algún lado, detrás del alboroto de los autos o el llanto de los niños que no querían ir a la escuela, podría escuchar el canto de las aves. Miró el cielo: despejado. Pequeñas lagunas sobre el asfalto eran la única evidencia de la tormenta que el día anterior había azotado la ciudad con inusitada fiereza. Por eso tenía un paraguas en la mano, aunque, sinceramente, temía no volver a tener la oportunidad para usarlo. Una pena, lo había comprado porque ya no le resultaba divertido bailar bajo la lluvia, no sola.
Retrocedió un par de pasos. Dejó el bolso a un lado mientras, con delicadeza, acomodaba su falda —azul marino— antes de sentarse, no fuera que se le arrugara por descuidada. Se inclinó un poco para buscar algo en su bolso, una vez tuvo el aparato en sus manos, miró la hora: 8:11. Había llegado demasiado temprano, pero no le importaba, no en realidad, le gustaba esperar, eso le daba tiempo para pensar, para observar, y otras veces, simplemente para perderse en la nada.
Nuevamente se inclinó, esta vez para sacar la pequeña botella de agua que siempre cargaba consigo. Con paciencia desenroscó la tapa, llevó el pico de la botella hasta sus labios y bebió, lentamente, como si lo que bebiera no se tratara de simple agua. Recordó que ella siempre se burlaba de eso. Jamás había conocido a nadie que disfrutara tanto el beber agua, eso le había dicho. Sonrió. El agua se escapó de entre las comisuras de sus labios y fue a parar a su perfecta blusa blanca. Chasqueó los dientes, molesta. Volvió a inclinarse sobre su bolso para sacar un pañuelo. El pañuelo tenía bordado unas iníciales que no le pertenecían. Se quedó ida en las letras color violeta, llevó el pañuelo hasta su nariz y aspiró fuertemente, como queriendo encontrar el último rastro de su aroma en ese trozo de tela que ya había lavado más veces de las que podía contar. Un nombre se formó en su mente y viajó lentamente por su piel, hasta llegar a sus labios. Lo ignoró. Limpió su blusa y regresó todo a su bolso, no sin antes echarle un vistazo a la hora: 9:13.
Levantó la mirada y suspiró. Seguía oliendo a pan recién horneado, pero también al humo del escape de los autos, a moho. Un chico, de no más de dieciocho años, ondeaba las manos energéticamente de un lado a otro. Ella volvió a sonreír. ¡Lo había echado tanto de menos!
Tomó su bolso y se levantó para salir a su encuentro. Los zapatos altos que hasta hacía poco se había acostumbrado a usar, no fueron impedimento alguno, y corrió —dejando muchos «clack, clack» en el camino— hasta que por fin tuvo al chico entre sus brazos,.
— ¡Has crecido tanto! —exclamó extasiada. En realidad, no había transcurrido mucho tiempo desde la última vez que se habían encontrado, pero cuando no se tiene a nadie más para hablar de ciertas cosas, el tiempo transcurre dolorosamente lento.
— ¿Algún día dejarás de tratarme como a un niño? —bufó el joven. Su cabello, endiabladamente ondulado y desordenado, ocasionó un ligero picor en las mejillas de la chica. Los ojos, oscuros, brillaban más con la tonalidad de un adulto que la de un muchacho, pero para ella, Tomás siempre sería un niño, algo así como un hermano pequeño, porque era su hermano pequeño, y porque tenía que repetirse esto hasta el cansancio para poder creérselo —. Apenas me llevas un par de años —discutió, sonriente.
—Siete años no son sólo un par de años —sonrió ella, divertida.
—Casi —replicó Tomás antes de que ella por fin lo liberara. El joven aprovechó esta libertad para reacomodar la mochila que colgaba de su hombro izquierdo —. ¿Sabes lo que encontré esta vez?
Ella se encogió de hombros, fingió ignorancia, pero en el fondo ya sabía lo que era, porque el rostro de Tomás sólo se iluminaba así cada vez que tenía la oportunidad de ver a su hermana.
Ambos caminaron hasta llegar al café de siempre. Como la hora pico ya había pasado, el lugar prácticamente estaba desierto. Esto les dio la oportunidad para acomodarse donde a ambos más les pareciera.
Ella ordenó un cappuccino, él un expreso. La velocidad con que las bebidas les fueron servidas los tomó por sorpresa, jurarían que antes demoraban más.
Después del primer sorbo, Tomás tomó su mochila y la hurgó con impaciencia. A los pocos segundos tenía en su mano un sobre manila, y con una sonrisa de complicidad, se lo tendió a la chica que impaciente esperaba enfrente de él, escondida por el halo de vapor que manaba de la taza de café que aún no se había atrevido a tocar.
Ella abrió el sobre con delicadeza, con miedo y curiosidad. Un buen bulto de fotografías pronto se encontró sobre la mesa, boca abajo, dejando a la vista los garabatos que poco o nada tenían que ver con la fotografía en que estaban escritos. No las miró todas, pero cuando llegó a una en particular, una que decía «Clara y Dánae» sus manos comenzaron a temblar. No era nada malo, sólo que había transcurrido demasiado tiempo desde la última vez que vio ese nombre escrito junto al de esa persona que tanto había querido pero que ahora ya no estaba en su vida.
También estaba el hecho de que no dejaba que nadie más la llamara así, ni siquiera escribía su nombre completo cuando firmaba. Ese nombre le pertenecía a ella y a nadie más.
—Creo que es de nuestro primer año en la universidad —comentó ausentemente, haciendo cuentas dentro de su cabeza.
Trazó cada letra de su nombre con los dedos «Dánae», ahora sólo era Alba, y Clara siempre sería Clara, aunque estuviera muerta.
—Era un juego, ¿no? —inquirió Tomás, curioso —. Porque ninguna de sus fotografías tiene fecha.
—Creo que fue cerca de su cumpleaños —masculló más para sí misma, pero luego centró su atención en Tomás —. ¿Ves los pendientes que lleva puestos? Yo los hice, ella me atrapó y no me quedó de otra más que dárselos antes.
Cuando estaba con Clara, Alba siempre tenía energía para todo. Hicieron tantas cosas juntas, visitaron tantos lugares, conocieron a tantas personas, vivieron experiencias tan gratificantes. Todo ahora estaba hecho cenizas y el tiempo encapsulado en esas fotografías impedían que la herida cicatrizara por completo.
Alba jamás se lo preguntó, no se lo preguntó a los demás, ni los demás a ella, pero viendo las sonrisas que con tan poco esfuerzo le había arrebatado a Clara, la interrogante no pudo seguir enterrada y emergió sola, como si tuviera vida propia.
Y en sus labios, la interrogante tomó forma. Las grietas que constataban la carencia de esos besos alguna vez tan anhelados, se distorsionaron varias veces a medida que sus labios se entreabrían con la intención de pronunciar eso que durante tanto tiempo había mantenido encerrado.
Tomás entendió a medias, por eso no dijo nada. Haciendo la taza de café a un lado, se inclinó un poco sobre la mesa, esperando encontrar lágrimas en los ojos de Alba, pero no había nada allí. La llamó, pero ella no contestó. Estiró su brazo, lo justo para alcanzar sus mejillas, para recorrer con paciencia y tratar de desaparecer con la yema de sus dedos, esas grietas —que el labial acentuaba— en los voluptuosos labios que alguna vez le habían pertenecido a su hermana y que ahora él anhelaba con insistencia casi enfermiza.
Alba reaccionó, cerró los ojos e imaginó. Pero sin importar qué tanto tratara, Tomás jamás sería Clara, ni siquiera se parecían. No dijo nada. Aunque las intenciones de Tomás siempre le fueron dudosamente claras, incluso cuando era un niño y para él ella no era más que la amiga de su hermana, siempre jugó a hacerse la desentendida. Tomás era lo único de Clara que le quedaba y no quería estropearlo.
—Es el clima —sonrió efusivamente, llevando sus propios dedos hasta sus labios para sentir el ardor que la reciente caricia le había ocasionado —. Ya sabes.
Alba buscó su chapstick en su bolso, y no se molestó cuando Tomás, embelesado, miraba cómo humectaba sus labios.
Había dejado de ser un niño, aunque apenas dieciocho, había madurado lo suficiente para llamar la atención, Alba lo sabía y lo negaba. Aunque su naturaleza bisexual la traicionaba, lo que había tenido con Clara superaba fácilmente cualquier otro tipo de atracción. Y no, probablemente lo suyo era nostalgia, nada más.

Siguió pasando las fotografías, ahora con más paciencia, pero no tan meticulosamente. Observaba sí, pero sólo a ella, sólo a Clara: sus ojos, su sonrisa, ese extraño gesto que hacía con sus manos, el cabello rebelde que tan peculiarmente enmarcaba su rostro. Era en lo único que se parecían ella y su hermano. Aunque, si no mal recordaba, Clara se parecía más a Simón, su hermano mayor.
Como esa persona no le traía buenos recuerdos, la espantó de su mente. Siguió viendo las fotografías al tiempo que buscaba en las expresiones de Tomás, las huellas de sus propias reacciones, sabiendo lo sensible que era el muchacho al estado de ánimo de los demás.
Le provocaba una extraña y culposa fascinación. Por más que lo intentara, se esforzara y lo negara, Tomás era la personificación misma de todas las buenas cosas en la que Clara siempre había creído. Sólo eran cosas buenas, claro, porque nadie jamás conoció las cosas malas, por eso es que Clara estaba muerta.

Alba devolvió las fotografías al sobre manila, para luego quedarlo viendo, despidiéndose silenciosamente de retratos de tiempos pasados que no volvería a recordar jamás, o que al menos lo intentaría.
Deslizó el sobre en la mesa, hasta que sus manos se encontraron con las de Tomás. Alba retiró su mano rápidamente, pero guiada por una arrebato de culpabilidad, la devolvió y la colocó justo encima de la de Tomás, la apretó con cariño, se esforzó porque eso fuera un gesto amistoso, pero tanto Tomás como ella no lo sintieron así.
Salieron del lugar tomados de las manos. Alba no supo si Tomás era consciente de la envidia que provocaba, y ella se sintió un poco egocéntrica al pensarlo, pero como si le hiciera algún favor al chico, comenzó a contornear sus caderas con más coquetería.
El «clack, clack» de sus tacones retumbaba sobre el asfalto como un prologando eco que era devorado por el bullicio que personificaba esa ciudad en la que alguna vez había vivido. Las miradas de los extraños transeúntes eran amantes celosos que profanaban su cuerpo a través de la ropa. Tomás lo notó, por eso se acercó más a ella, de manera posesiva, celosa y al mismo tiempo protectora y cariñosa. Alba no supo, quizá era él, su lado masculino, sus sentimientos hacia ella; o quizá las palabras de Clara seguían ejerciendo un terrible peso sobre su conciencia.
—No tienes que cuidar de mí —susurró Alba sin alterar su paso.
Tomás apretó su mano con intensidad, tampoco se detuvo cuando dijo:
—No lo hago por Clara. Ella está muerta, no tiene derecho alguno sobre ti.
Alba se detuvo, anonadada, las palabras se amontonaron en su garganta impidiendo el paso del aire. Se ahogaba. Tomás la haló para que siguiera caminando, pero ella se rehusó. Soltó la mano que tan celosamente sujetaba la suya y pensó en correr, lo habría hecho de no ser porque no estaba dispuesta a tomar más riesgos.
—No digas esas cosas —comentó con fingida tranquilidad —. No cuando no sabes nada.
— ¿Y tú sí? —inquirió cruelmente.
—Me marcho mañana, Tomás. Por favor, no...
Y Tomás volvió a tomar su mano, y a Alba no le quedó otra más que hacer como si no hubiera sucedido nada. Ya era hora de que fuera aceptando que ni Tomás era su hermano, ni era un niño. Aunque tal vez el problema era que jamás lo creyó así, al menos no verdaderamente, al menos no siempre.
Lo creyó cuando él apenas tenía trece. Echado sobre montones de cojines, con un control en la mano, la televisión y la consola encendidas. Apenas y saludó, Clara lo reprendió por eso, pero a Alba poco le importó. Miradas furtivas, ni juveniles ni adultas, infantiles. Desde el inició él mostró interés por ella, se le hacía bonita e interesante, lo vencía en los videojuegos, y además, prefería las películas de acción. Alba, por su parte, fue víctima de las circunstancias, porque cuando no estaba clara era Tomás o Simón, y a Simón lo odió desde el primer día.
Lo siguió creyendo cuando dijo que no le importaba lo que ella y su hermana eran, no en realidad, porque la quería, como a una amiga, como si fuera de la familia. Era su persona favorita en todo el mundo y si alguien llegaba a meterse con ella o su hermana, se las vería con él. Un niño jugando a adulto, jugando a ser hombre, jugando al enamorado.
La última vez que lo creyó fue cuando, con voz entrecortada, Tomás le comunicó la triste noticia, de repente su rostro empapado conoció la firmeza que era el pecho de Tomás, la calidez y seguridad que le proporcionaron sus brazos... Apenas dieciséis.
Dos años más tarde no había superado ni lo uno ni lo otro. Dudaba que lo hiciera, pero tenía que seguir intentándolo.

Se detuvieron en un cruce, la luz roja parpadeó, acusante, y soltaron sus manos. Una gota atravesó la incomodidad reinante. Ambos miraron el cielo: lluvia.
No buscaron refugio, se fueron al parque, se sentaron en una banca y con paciencia miraron a los eufóricos transeúntes en busca de resguardo.
—A Clara no le gustaba la lluvia —comentó Alba. Las gotas de lluvia se deslizaban sobre su rostro, transparentaban su blusa, empapaban su cabello. En ese momento, hizo lo que hacía desde niña, levantó su rostro y abrió la boca, bebió y bebió, saboreó y recordó como Clara siempre decía que nadie parecía disfrutar más del agua que ella —, pero sabía que a mí me encanta, así que cuando llovía siempre me traía aquí, hacía que me sentara sólo para poder extender su mano e invitarme a bailar. No lo he vuelto a hacer desde entonces.
Tomás pudo haberse puesto de pie, extendido su mano y haberle dicho a Alba lo que fuera que quisiese; pero Tomás no quería ocupar el lugar de Clara, jamás había sido ésta su intención, así que no lo hizo.
— ¿Cómo es... tu ciudad, tu trabajo, tus amigos? —preguntó en su lugar, haciendo todo lo posible para que el rubor en su rostro no delatara la delicia que le ocasionaba la manera en que la tela se adhería en la piel de Alba.
—Aburrido, aburrido, aburrido.
¿Qué tanto piensas en ella?, quiso preguntar más en serio, pero no valía la pena, no cuando lo poco que alguna vez tuvo con Alba prácticamente estaba extinto, mucho menos, porque él pensaba en ella siempre.
—Pero me va bien —agregó Alba.
—Me alegro.
—Y a ti, ¿cómo te va?
—No hay quejas, no por el momento. Aunque a veces Simón...
La expresión de Alba se tensó, su cuerpo se acalambró producto del odio que le profesaba a Simón, la simple mención de su nombre le hacía perder el control.
Cuando conoció a Simón, lo primero que éste le dio fue una mirada acusante. Al ser Simón mayor que Tomás, mayor incluso que Clara, conocía un mundo distinto (o eso creía él), uno menos tolerante. Un mundo al que tanto Clara como Alba temían, pero en el cual habían aprendido a vivir.
Simón siempre tuvo un carácter fuerte y poco comunicativo, pero con lo poco que decía, hacía mucho daño.
Cerdas, cerdas, cerdas...
—Si nos quedamos más tiempo aquí, nos enfermaremos, y no quiero eso, son ocho horas de viaje, ¿sabes? —dijo Alba —. Vamos, mi hotel queda cerca.

Las maletas yacían amontonadas en una esquina. La puerta del ropero estaba abierta, de las perchas metálicas —desperdigadas y oxidadas—, no colgaba nada. Tomás, acostumbrado como estaba a no dejar nada abierto, se acercó y cerró la puerta con delicadeza. El ligero chirrido de las bisagras llamó la atención de Alba a medio camino de deshacerse de su blusa, la falda completamente empapada a sus pies.
No era la primera vez que Tomás la veía así, y algo le decía que no sería la última. Así, con una mezcla de decoro y excitación, se dio la vuelta. No se percató de la ausencia del Alba hasta que el continuo quejido de la ducha atrajo su atención. Se volteó sólo para notar, sobre la cama, una toalla perfectamente doblada. Dejó su mochila al lado y mientras se acercaba a la cama, comenzó a deshacerse de su ropa.
Alba salió del baño minutos más tarde. El cabello, aún chorreante, se adhería a sus mejillas, sienes, cuello. Los labios aún secos, algo púrpuras ahora, temblaban sutilmente.
— ¡Te has bañado con agua fría! —la reprendió Tomás. Alba sólo sonrió, caminó hasta la cama y se sentó, sin dejar ningún momento de secar su cabello.
Tomás se sentó a su lado, llevó sus manos hasta las de Alba y de pronto él era quien secaba el cabello de la mujer, de la misma manera que se lo había secado a su hermana cuando, por descuidada, olvidaba que tenía una cita y se apresuraba a arreglarse aun sabiendo que Alba siempre la esperaría.
La toalla que rodeaba el cuerpo de Alba poco a poco fue perdiendo agarre dejando a la vista, primero, la graciosa curva de su seno derecho; luego, esa zona un tanto más morena que resaltaba acentuada por la certera caricia del agua helada. Tomás sostuvo la mirada uno, dos segundos, tiempo más, minutos. Alba llevó su mano hasta su pecho, la deslizó sobre su piel hasta toparse con la toalla para deshacerse de ella. Sin más, se levantó, y en puntillas, como fingiendo llevar zapatos de tacón, llegó hasta sus maletas, se agachó sin flexionar sus rodillas, y durante un lapso aparentemente eterno, buscó en los compartimentos más pequeños, su ropa interior.
¿Por qué lo había hecho? Tal vez para comprobar que tan hombre era Tomás ahora, pero cuando se hubo volteado, Tomás había desaparecido, y cómo había sucedido con él, el quejido de la ducha la angustió.

Cenaron en la calle, junto a un carrito de Hot Dogs. El pavimento brillaba oleoso frente al reflejo de las luces y escaparates. El bullicio, un poco más sutil pero igual atrayente, sustituía al producido por la lluvia tan sólo horas atrás. El viento soplaba y aun cargaba consigo algo de la frescura de la mañana: nostalgia.
— ¿Me preguntaba...? —interrumpió Tomás, mirándose las manos de manera ausente. En momentos como éste era que perdía un poco la madurez que tanto se esforzaba en aparentar.
—Dime —lo alentó Alba, saboreando el último bocado de su perro caliente.
— ¿Podría ir a visitarte?
Alba limpió la comisura de sus labios con la servilleta de papel extra que le había dado la dueña del carrito de Hot Dogs. Sería una pena que ensuciaras esa bonita camisa, le había dicho la mujer, y ella la aceptó.
—Podrías —contestó al fin —, pero algo me dice que no lo harás.
Tomás se quedó en silencio, tratando de comprender las palabras de Alba.
—Vamos —dijo ella, cortando los pensamientos de Tomás —, hay un lugar que quiero visitar.
Por alguna razón, él pensó que sería la tumba de Clara. El día ya había desaparecido, no había nada más qué hacer, nada más qué decir y después de todo, era su aniversario. Incluso así, no fue mucha la sorpresa que se llevó cuando vio que ella lo guiaba a esa librería.
En silencio, revisaron cada uno de los estantes de cada una de las secciones. Se entretuvieron leyendo cuentos infantiles, relatos de terror, fragmentos de novelas de suspenso, resúmenes de libros de autoayuda, biografías... Después de un rato se quedaron en un rincón, hombro contra hombro, libros completamente distintos.
Era el lugar favorito de Clara, ambos lo sabían.
Alba sostenía en sus manos una copia de «Orgullo y prejuicio». Personalmente lo detestaba, pero había sido —sin exagerar— la biblia de Clara, así que se lo sabía casi de memoria. Lo triste era que, en esa historia ninguna de ellas fue el Señor Darcy, ninguna de ellas fue Elizabeth Bennet. Ninguna de ellas tuvo la oportunidad de ser alguien, porque una de ellas se fue antes de siquiera intentarlo.
Tomás le arrebató el libro, se arrodilló frente a ella sólo para poder acunar el rostro de Alba entre sus manos.
No llores, le pareció escuchar, su propio llanto devoraba las palabras de Tomás, nublaba sus gestos, sus caricias.
Dos años y no, aún no lo había superado, no lo habían superado.
Un encargado del lugar se tomó la molestia de guiarlos a la salida. Por varios minutos caminaron por las calles casi desiertas. El «clack clack» de los zapatos de Alba hacía eco en los desolados y oscuros callejones. El viento ululaba, le susurraba al olvido.
—Quizá en navidad —dijo ella mientras se abrazaba a sí misma para disipar un poco el frío que sentía —. Cocinaré algo, como siempre.
—Al fin comeré algo decente —suspiró él, emocionado.
—No garantizo nada —rió ella.
El camino de vuelta al hotel, lo recorrieron en silencio. Tomás acompañó a Alba a su habitación, pero a diferencia de esa tarde, él ya no encontró la fuerza suficiente para atravesar la puerta.
— ¿Algunas vez te lo has preguntado? —inquirió él desde su lugar, sombrío.
Alba negó en silencio, y de la misma manera rogó porque Tomás se detuviera. Sin embargo, él agregó:
— ¿Algunas vez has sentido culpa?
¡Siempre!, quiso contestar, pero sólo cerró sus manos lentamente, hasta que sus uñas rasgaron su piel, hasta que el dolor la distrajo.
— ¿Alguna vez has pensado en mí como algo más que su hermano?
Silencio. Duda. Miedo. En eso había pensado Alba, en eso y en Clara, porque después de Clara era lo único que tenía cabida en su vida, y avanzar, y utilizar a alguien que había sido tan cercano a ella, a ambos; y aprovecharse de esa establecida cercanía, de la comodidad que ahí encontraba porque era alguien con quien podía compartir su recuerdo y disipar sus culpas... La cabeza de Alba se movió de un lado a otro, en un torpe intento de expresar lo que sus labios no podían. No podía.
—No sé —contestó al fin, temerosa.
—Te conozco desde que tengo trece, sé que lo sabes.
— ¡No, no lo sé! —espetó —. No quiero saberlo.
Tomás retrocedió, se detuvo únicamente para acomodar la mochila que ahora pendía de su hombro derecho. Sonrió, o más bien torció sus labios, tensó su semblante, se entristeció.
—Siempre me lo he preguntado, siempre, porque ella parecía tan feliz, tú la hacías tan feliz y de repente... —La mochila impactó, súbitamente, contra el suelo. Alba levantó la mirada y observó detenidamente a Tomás —. ¿Por qué? ¿Por qué tuvo que s...?
No pudo terminar la interrogante, las manos de Alba sellaron sus labios cruelmente, adueñándose de sus palabras, enterrándolas. Él, con brusquedad, se las sacó de encima.
— ¡Cómo vas a superarlo si ni siquiera puedes afrontarlo! —exclamó al borde de las lágrimas.
— ¡No se te ha ocurrido que tal vez no quiera hacerlo! —contestó ella igual de enfurecida.
— ¡Tienes que hacerlo! —gritó Tomas —. Tienes que hacerlo, sino... ¡sino jamás habrá espacio para mí!
Y de pronto se vio reducido a lo que era, un joven de dieciocho años que sobre el amor no sabía más ni menos que nadie, pero que tenía que cargar con la pena de saber que se esforzaba fervientemente por robar algo que siempre le había pertenecido a su hermana.
—Vete —susurró Alba —. ¡Vete!
Tomás la vio entre adolorido y desconcertado. Recogió la mochila del suelo, la colocó en su hombro, intentó despedirse, pero no pudo. Dio un paso y otro, y otro después de éste. Caminaba lentamente, pesadamente, incómodamente; caminaba aunque no quería hacerlo.
—No. —Escuchó que masculló Alba —. Lo siento, no, por favor, no, sólo...
Antes de que Alba se derrumbara, Tomás ya la tenía en sus brazos, la sujetaba de una manera tan casta y delicada que apenas sentía otra cosa que auténtica preocupación.
Ella enterró su nariz en el cuello del joven, sollozó en silencio hasta el cansancio. Cuando interpuso algo de distancia, la volvió a reducir acercando sus labios a los de Tomás, en un beso que no estaba ideado para despertar ninguna pasión, sino únicamente para trasmitir todo lo que no podía ser dicho.
Tomás retiró un mechón de cabello de la frente de Alba, le susurró algo al oído, palabras lindas, palabras reales. La cargó hasta la cama, y se acostó a su lado. En ningún momento dejó de hablarle, ni siquiera cuando ella se hubo quedado dormida.
Le pareció soñar con tiempos pasados, situaciones similares en dónde él no había sido el protagonista. Visualizó a Alba llorando, sujetando los brazos de Clara de manera resignada. Sucedía cuando escuchaban cosas en la calle, cuando las miraban y juzgaban. Pensó que Alba era la débil, pero durante mucho tiempo estuvo equivocado. Alba lloraba sí, y mucho, quizá demasiado, pero luego de llorar quedaba mejor que nueva y salía y enfrentaba al mundo como el más fiero de los guerreros.
Su hermana, que alguna vez creyó fuerte, en realidad fue débil, se lo quedaba todo, contribuyendo de esta manera a que la bomba que se gestaba en su interior se fuera haciendo cada vez más potente, hasta que el recipiente no pudo seguir conteniéndola y explotó.
Los últimos días de Clara fueron lentos y dolorosos. Abstraída en su propio mundo, las velas que iluminaron su alguna vez interminable entusiasmo, se apagaron debido a esa ráfaga inoportuna que misteriosamente siempre sopla en los lugares encerrados y tenebrosos: callejones sin salida.
Alba se retorció bajo sus brazos, entreabrió los ojos, sonrió. Tomás depositó un beso en su frente, no sin antes remover unas cuantas hebras de cabello. Él también sonrió, aunque con dificultad, consiguió que sus ojos brillaran y que sus labios se curvaran graciosamente hasta dejar al descubierto la perfección blanquecina que escondían. Ella se acercó más a él, susurró algo, o al menos lo intentó, y cuando Tomás menos lo supo, se habían quedado dormidos.
Tampoco distinguió si lo que ahora veía seguía siendo un sueño o una jugarreta de sus recuerdos. La habitación de Clara, tan desordenada y caótica, estaba limpia, lo que significaba que Alba estaba en casa. Tomás corrió de habitación en habitación buscándola, tenía un videojuego nuevo, bueno, no tanto, se la había pasado todo el fin de semana jugándolo, sólo para así poder derrotarla, pero diría que era nuevo, para sorprenderla.
Escuchó voces provenientes de la cocina. ¡Genial!, pensó, aunque fuera derrotado, al menos tendría un almuerzo decente. Se detuvo, no obstante, a pocos metros de la habitación, vacilante.
Cerdas, cerdas, cerdas...
La cara de horror de Alba contrastaba con la de resignación de Clara, y él, él simplemente regresó sus pasos, porque era Simón, y a Simón lo odiaba a pesar de ser su hermano, y le temía, y él era un niño y no había nada que pudiera hacer.
A menudo se preguntaba sí, de haber intervenido, el resultado habría sido diferente. Quizá le habría evitado a Alba el sufrimiento que supuso la pérdida de un ser tan querido, tal vez él se habría resignado y fijado sus sentimientos en alguien más, porque competir con su propia hermana, ¡eso nunca!
Pese a que ahora le pertenecía a la muerte, Clara seguía siendo su hermana, pero no importa lo que seas, cuando ya no estás, no eres nadie. Y Tomás, a veces, se sentía mal por aprovecharse de esto. A veces...

En la estación de autobuses, el alboroto matutino iba de la mano con el mal humor, el desvelo y el insomnio. Tomás se abrió paso, ambas maletas en sus manos, sin problema alguno. Divisó un asiento en una esquina y volteándose, le hizo una mueca a Alba para que lo siguiera.
Alba se sentó, sólo para después sacar los polvos de su bolso. Notó las líneas negras que enmarcaban sus ojos, y la rojiza inflamación que los hacía parecer víctimas de conjuntivitis.
—Estás preciosa —dijo Tomás. Alba levantó la mirada y sonrió, sólo para luego seguir viendo las marcas de su colapso. Un lujo que no se había dado desde la muerte de Clara.
—Gracias —susurró sin despegar la vista del espejo, y no supo cómo, pero juraría que vio a Tomás sonreír.
Por los altavoces, una voz aguda y chillona anunció la hora de salida, y como si se tratara de una sentencia de muerte, el cuerpo de Tomás se tensó, las líneas de expresión que remarcaban la sonrisa que casi siempre usaba, parecieron desaparecer dejando su rostro como un lienzo en blanco.
Alba se puso de pie, plisó su falda y se acomodó la blusa antes de tomar su bolso. Vio a Tomas. Ya lo había notado anteriormente, pero le fascinaba que, incluso usando zapatos de tacón alto, él siguiera siendo más alto que ella. Colocó el bolso sobre la silla para, sin más, extender sus brazos y dejar que el cuerpo de Tomás se fundiera en el suyo.
—No sería muy sano —susurró contra el cuello del joven —, que así, destruidos como estamos, permanezcamos juntos. Como tampoco sería justo que sigamos usando a Clara como atadura para esto que tú y yo tenemos.
Tomás no dijo nada, no fue capaz. Asintió levemente, entre resignado y adolorido. Alba continuó:
—Te esperaré en navidad.
Y tomó nuevamente su bolso, y sin decir más nada, y sin siquiera voltearse para verlo una última vez, se subió al autobús, en donde permaneció en su asiento, los puños dolorosamente cerrados, el corazón palpitándole vívidamente, los ojos cerrados, visualizando a Clara...
—Tú me traicionaste primero —le dijo al aire, a Clara, a sí misma.
Era hora de ser la Dánae de alguien más.


***
 Espero les haya gustado. De ser o no ser así, pueden hacérmelo saber mediante un útil y sencillo comentario. Como siempre es un placer escribir, e igual de placentero es darles algo decente para leer. 
Nuevamente les deseo un grandioso año nuevo.
Saludos.




Comentarios

  1. Saludos!!

    Feliz año nuevo!!

    A mi me gusta más la navidad, se me hace más colorida, además en año nuevo nunca tengo deseos que pedir u__U

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    1. Oh, es que tengo algo en contra de la navidad, creo que soy decendiente directo del Grinch jajajaja

      Feliz año!

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  2. Me gusto bastante la historia, Tomás, el personaje de él fue mi favorito del relato, me gusto como se fue desarrollando todo...Gracias.

    aprovecho para decirte que te incluí para una campaña aqui...http://sobrefics-lila.blogspot.com/2013/01/campana-fomentando-la-lectura.html

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    1. Muchas gracias por tus palabras. Y ya vi la campaña, se me hace muy interesante. Claro que la promocionaré ;)

      Saludos.

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  3. Y probablemente ya te sepas esto de memoria, después de tantas cavilaciones en el facebook... Pero lo escribiré por aquí de todas maneras, para dejar constancia pública :D

    El relato me gustó. Ya había estado en mi mente desde esa vez, cuando colgaste ese fragmento en el facebook, y me andaba preguntando qué tipo de desarrollo tendría... Las imágenes del baile y de la lluvia, ya sabes que me gustaron mucho; y ya sabes esto también, pero todo el tiempo tenía la impresión de Dánae atrapada en el mismo sitio, en el mismo momento, como un baile eterno. El baile en el que ella y Clara se habían sumergido. Ahora Clara se había ido, pero ella seguía atrapada. Y hasta el final, así seguía... Incluso su decisión de escapar, que tal vez ni ella misma lo notara, pero tengo que la impresión de que seguía siendo impulsada por el mismo baile. Así sea para recordarla o para "traicionarla", Clara siempre estuvo allí. Y ella siempre sería Dánae... Porque ese nombre mismo, ya le daba la conexión.

    Tomás también me gustó mucho... Esa espera, luchando contra un recuerdo, que parecerá un recuerdo, pero se ha hecho parte de ella misma. Y aceptarla es no solo aceptarla a ella, a Alba, sino a la Clara que hay en ella... Porque todo eso es Dánae. Y él lucha con ello, y toda esa pasión... Porque él es el Tomás que la ama, pero también es el Tomás hermano de Clara.

    Y creo que lo dejo aquí, que hasta se me va a pasar el espacio de todo lo que dije en facebook x) Sobre el nombre, de nada. Me alegro de haber podido colaborar :D

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    Respuestas
    1. No he contestado tu comentario... ¡Por qué no he contestado tu comentario! O.O

      En fin...

      Y como ya dijiste, de esto ya habíamos hablado, así que te agradezco hasta el infinito que, además de eso, te hayas tomado la molestia de venir a dejarme un comentario tan hermoso y elaborado, que es que si no me dices yo no me entero que había escrito algo así de bueno (?) Bueno, al menos decente. Que el que algo que uno escriba ponga a pensar a alguien, aunque sea un poco, siempre es ganancia. Así que muchísimas gracias por tomarte todo el tiempo que te tomaste para leer,comentar, discutir, etc.

      Saludos!

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