Agonía (Relato)


¡Hola! Este es un relato viejo del cual me había olvidado por completo. Lo que sí recuerdo es que lo había escrito con la intención de participar en un concurso (no recuerdo cuál), de hecho lo envié y todo. Obviamente no lo seleccionaron sino ya se habrían enterado. 
Ahora que lo vuelvo a leer me doy cuenta de lo inmadura que era (y sigo siendo, claro). Creo que de ese concurso un año o menos, y es poco tiempo, sí, pero me sirve para notar lo que he cambiado, en lo que he mejorado o empeorado. Ahora me pregunto qué demonios tenía en la cabeza que escogí éste, entre todos los relatos que tenía, para concursar... Tengo serios problemas jeje
Igual espero les guste, sunque acepto que no es de mis mejores.
Advertencias: Contenido sexual.

Agonía.
Por Seiren

Una pierna larga, esbelta y bien proporcionada se escapaba de entre las sábanas. «¡Vaya forma de dormir!», pensé, y mientras le daba un jalón al tercer cigarrillo que me fumaba esa noche, una pizca de remordimiento se tambaleó en mi interior. Dejé escapar todo el humo, el cual inhalé nuevamente debido al gran suspiro que le prosiguió. «¿A qué estoy jugando?», me pregunté a mí mismo. El dolor en mi pecho me decía que estaba todo mal, incluso mi cabeza se encargaba de recordármelo; era como una especie de señal advirtiéndome lo que estaba por venir… Pero lastimosamente, yo era uno de esos hombres que pensaban con el pene.

Jamás fui fiel, ninguna tan sola vez pude contener mis primitivos impulsos. No me importaba si era hombre o mujer, un joven o un viejo, con tal que tuviera un agujero en donde yo pudiese insertar mi virilidad más nada me importaba. Siempre me saciaba hasta más no poder, ninguna tan sola vez me quedé insatisfecho, y claro, todo eso a costa del sacrificio de las personas con quienes me enredaba. Jamás me interesó si sentían placer o no, sólo yo importaba.
Pero llegó un momento en el que pensé que, como humano y persona civilizada que era, tenía que seguir con algunas de las normas impuestas por la sociedad; así que contraje matrimonio con la primera mujer más o menos decente que me encontré. Desde el inicio todo fue una farsa por supuesto; pero debo admitir que la mujer tuvo lo suyo. Cumplía con el perfecto papel de «esposa», que desde pequeñas le enseñan a la mayoría de las niñas en esta cultura mediocre y retrograda. Y para mí, que apenas acataba las normas, esa era como una sarcástica bofetada en el rostro. Desde luego, no me importó en absoluto.
Así que mi hogar —el que creé con ella— se desarrolló en una dualidad compuesta por hipocresía y desinterés. Dentro de esas cuatro paredes y ante nuestros conocidos, éramos lo que podía considerarse como «la pareja perfecta». Fuera de la casa en donde los ojos curiosos no nos alcanzaban, éramos dos bestias salvajes que por sus propios medios saciaban sus necesidades.
Y mis necesidades siempre fueron coger, coger, y coger. El sexo fue lo mejor que jamás tuve en mi vida. Lo experimenté de manera tardía a los diecisiete años; pero esa primera vez me bastó para saber que jamás me saciaría. En un inicio pensaba que era como cualquier otro hombre. El que mi pene se parara por casi cualquier cosa lo tomé como signo de virilidad y hombría, de buena salud; y jamás como algo malo. Tiempo después comencé a entender que incluso los hombres tenemos límites y que somos nosotros mismos quienes tenemos que encargarnos de marcarlos; eso fue algo que jamás puse en práctica.

El muchacho cuya pierna descubierta en ese momento miraba con especial morbo, se movió bajo las sabanas. Murmuró algo que no alcancé a escuchar y luego bostezó tan sonoramente que rápidamente hizo pedazos la impresión que yo tenía de él. Se reincorporó sobre la cama con tanta rapidez que consiguió sacarme un susto, pero luego me sentí decepcionado, esa pierna me tenía cautivado.
Deshice lo que quedaba del cigarrillo en el cenicero, luego me abrí aun más y llevé la mano hasta mi flácido pene, lo agité de un lado a otro y él entendió de inmediato. Se sentó sobre el borde de la cama y estiró esa pierna que tan embelesado me tenía. Los finos y bien proporcionados dedos de su pie alcanzaron a rozar mi miembro, gemí por lo bajo debido a esto mientras me permitía sentir como esas caricias endurecían cada vez más y más mi insaciable hombría.
Llevé ambas manos hasta esa pierna y la acaricié como si le estuviera dando un masaje. Su piel era suave y bronceada, y esa deliciosa tonalidad alcanzaba un brillo hechizante bajo la escasa luz de la pequeña lámpara de mesa que era lo único que alumbraba la habitación. Me gustaba sentir esa suavidad, ni un tan sólo vello cubría esas piernas, ni ese torso, ni cualquiera otra parte de la anatomía de ese hermoso muchacho. Una vez le escuché decir que era atleta y le atribuí su escases de vello corporal a este hecho, pero estamos en un sociedad en donde no sólo las mujeres acostumbran a acicalarse de esa manera, así que no le di ni le resté importancia, simplemente lo dejé ser, a mi no me importaba, y de hecho, la primera vez que acaricié una piel así de limpia —en un hombre—, sentí una pureza que jamás relacioné con el sexo desenfrenado que siempre acostumbraba a practicar.
Ese muchacho era especial y por eso le profesaba especial interés. No era mi único amante pero si era el menos molesto. Mientras las chicas veinteañeras me molestaban con cosas estúpidas como el compromiso y el matrimonio —no sabían que ya estaba casado—, y mientras los treintañeros que ya comenzaba en moderar sus excesos me pedían exclusividad —porque tampoco sabían que ya estaba casado—, ese joven universitario casi no decía ni pedía nada. Oh, pero era extremadamente demandante a la hora del sexo, le gustaba rudo y sin censura, precisamente como siempre me había gustado a mí, y eso era lo único que solía pedirme.
Solté un gemido y luego otro y otro lo que hizo que el silencio en esa habitación se viese estropeado por mi molesta voz. Incluso yo la encontraba molesta, pero el muchacho no parecía tener ninguna opinión al respecto. Palmeé mis mulos en forma repetitiva y como siempre, él entendió enseguida. Estar con ese muchacho era un deleite. Se bajó de la cama me dio la espalda y se arrodilló dejando que yo viera esos hermosos y firmes glúteos para luego comenzar a prepararse. No dejaba que yo me tomara esas molestias, él simplemente comenzaba a masturbarse enfrente de mí, llenaba sus dedos con lubricante y los introducía en su ano, una vez lo dilataba lo suficiente como para que mi pene entrara sin problemas, me lo hacía saber con una picara mirada.
Esa vez ésa mirada no llegó. Después de haber presenciado todo ese espectáculo, de la nada se puso de pie, se sentó a horcajadas sobre mí, tomó mi pene y lo dirigió hasta su lubricado ano, luego simplemente dejó que su peso y la gravedad hicieran lo suyo, y yo sólo sentí como mi pene profanaba su carne.
La estreches que me envolvía era casi celestial. Me volvía un devoto cristiano en esos momentos porque agradecía a Dios por haberle dado al muchacho un culo tan perfecto. No importaba cuántas veces me fundiera ahí, la estreches era la misma y el envolvimiento que sufría mi carne desembocaba en un placer único. Me sentía saciado.
La saciedad no solía durarme tanto cuando me acostaba con otras personas, pero cuando lo hacía con ese chico, podía pasar una semana entera antes de que yo demandara otro revolcón.
—Estaré ausente por un tiempo —dijo, y de inmediato su voz acaparó mi interés, y no por el mensaje que transmitía sino por esa placentera vibración que producía en mi pecho. Apenas tenía oportunidad de escucharlo, era un amante callado y sólo hablaba cuando lo consideraba absolutamente necesario.
— ¿Y puedo saber por qué? —pregunté cordialmente. El placentero vaivén de sus caderas, sus manos que apretaban fuertemente mis hombros y sus largos suspiros, hicieron que desde ese entonces comenzara a resentir esa ausencia que con antelación me comunicaba.
—Habrá una competencia regional pronto —gimió —, y debo entrenar mucho y sin distracciones.
Y así la charla llegó a su fin. Estaba en contra de mi filosofía de vida indagar en la vida de mis cuantiosos amantes y tampoco lo consideraba lo suficientemente especial como para romper esa regla; ellos tenían que venir a mí, jamás al revés. Así que me despedí y le deseé suerte.

Curiosamente comencé a hacerme un devoto seguidor de los programas deportivos locales. Los fines de semana me sentaba frente al televisor, con un six pack de cervezas bien heladas a un lado y con bandeja de pollo frito al otro. Mientras mi «adorada esposa » estaba de compras yo miraba esos programas deportivos con la esperanza de encontrarme al muchacho. Pero lo hacía porque no recordaba cuál disciplina deportiva era la que practicaba y no porque quisiera verlo ni nada parecido.
Enseguida me cansaba y pronto salía en busca de mi próxima presa.
El morbo fue creciendo dentro de mí y noté un cambio para nadir sutil pero sí muy peculiar en mis gustos: con cada día que pasaba descubría que me gustaban menores, exactamente en el límite de lo legal. Las niñas eran especialmente fáciles. Caminaban moviendo sus caderas de un lado a otro de manera exagerada con el sólo propósito de mostrar eso poco que sus cortas faldas de instituto escondían. Oh, eran tan fáciles, bastaba con que les prometieras el mundo para que te lo dieran todo. Y una vez le rompías el corazón, se quejaban, sí, pero olvidaban todo muy rápido. Era perfecto.
Con los chicos era igual, pero era más fácil con aquellos indecisos, aquellos que le temían a la sociedad y por tanto se escondían siempre de ésta, sólo faltaba decirle que mantendrías el secreto y abrían sus piernas, y si luego comenzaban a sentirse desconformes no te lo hacían saber, porque de esa manera corrían el riesgo de exponerse ellos mismos y eso era a lo que más temían.
Así tuve muchos revolcones. Yo me sentía el hombre de treinta y siete años más afortunado sobre la tierra. Aún no había perdido el toque, siempre alguien calentaba mi cama. Aun así, un buen día, algo dentro de mí me obligó a tomar el mando del televisor para sintonizar esos canales donde transmitían todo lo referente al deporte local. Sin darme cuenta, lo buscaba. Pero como ya dije, esos repentinos ataques me duraban poco, esto, hasta que un día por fin lo vi en las noticias.
Supe más de él en unos cuantos minutos de programa que durante todos los acostones que habíamos protagonizado, que dicho sea de paso, fueron muchos. Tenía veintidós años, estudiaba en una prestigiosa universidad a la cual ingresó precisamente por una beca deportiva. Él practicaba la natación.
«Así que ese es el porqué de su piel lampiña», suspiré un tanto desganado y cambié de canal. No me importaba saber más. O al menos eso creía. Pero de repente, su recurrente aparición en los canales deportivos no sólo locales sino también nacionales, hicieron que fuera su ausencia precisamente la que si abriera camino dentro de mí. Así comencé a extrañarlo.
Me pareció curioso, raro y después de un tiempo, la mayor estupidez que jamás había enfrentado en mi vida. Era una agonía hasta entonces jamás experimentada. Me recordó a un momento de mi niñez en la que impaciente esperaba como uno de los cachorritos de la recién parida perra que teníamos en casa, abriera los ojos. Era pequeño, pero debí haber notado que si su pecho no se movía era poco probable que abriera los ojos, y yo era tan inocente que en ese momento no concebí un dolor más grande.
Una agonía similar me abatía ahora. Similar y diferente. No podía atribuírsela a la inocencia o a la ingenuidad, ya era todo un adulto y nada de las cosas antes mencionadas habitaban en mi consciencia. Así que inmediatamente supuse que era mi pene el que nuevamente tomaba control sobre mi razón, y por eso salí en busca de esos calientes agujeros que tanto alivio me proporcionaban... Pero no fue lo mismo, no me saciaba… Fue así como mi agonía se prolongó.
Creo que he de ser el único hombre que se ha masturbado viendo un estúpido programa deportivo. Pero el sólo hecho de verlo encendía mi cuerpo. Se hablaba mucho de él. Decían que era un nadador talentoso y un atleta disciplinado, incluso mencionaban medallas de oro y algo relacionado con las olimpiadas, cosas que nunca me interesaron pero que comenzaron a interesarme porque estaban relacionadas con él.
Y entonces, recibí una llamada... Y sonreí, sabía que llegaría ese día, eran ellos los que siempre me buscaban, los que siempre venían a mí.
Me preparé como un adolescente que se dirige a su primera cita. Reservé, tal vez con demasiada antelación, una lujosa suite en uno de los más prestigiosos hoteles de la ciudad. Fue un lujo que excedía las capacidades de mi bolsillo pero el cual tomé porque tontamente lo vi como una inversión. El muchacho vería que estaba dispuesto a consentirlo y eso le gustaría y derivaría en acostones más constantes; o por lo menos eso esperaba, de hecho, casi rogué porque así fuera.
Salí de mi casa, subí a mi automóvil, un simple Corola del ‘98 el cual conservaba más por el cariño que le había cogido que por otra cosa. Atravesé la ciudad en cuestión de minutos, tal vez me salté todas las normas de tránsito para ello pero en ese momento no me importaba más nada porque mi cabeza estaba congestionada con imágenes de él en posiciones eróticas. Mi boca se hizo agua sólo con fantasear con él, mi pene se endureció y mi anhelo aumentó y con ello, de manera implícita y casi desapercibida, alimenté esa futura agonía que no sería capaz de soportar.
Cuando llegué al hotel comencé a sentirme infantilmente nervioso. Parecía una de esas cada vez más raras y virginales jovencitas que se van a entregar por primera vez. Reí por lo bajo, me estaba comportando como un idiota sin razón aparente, eso no iba para nada con mi forma de ser, pero sólo se lo atribuí a las enormes ganas que le tenía a ese perfecto culo.
Llegué a la habitación, me sentí sobre la cama y aproveché a encender un cigarrillo. El primer jalón me supo a gloria, el segundo fue alucinante, el tercero incitante y el cuarto embriagante, para cuando sólo quedaba la colilla comencé a sentirme mal. El muchacho no aparecía. Encendí otro cigarro pero lo apagué de inmediato, me supo a agonía y eso no me gustó. Me puse de pie y comencé a andar en grandes zancadas por esa lujosa habitación. El tic tac de mi reloj de muñeca martillaba con insistente desdén y me recordaba que el tiempo pasaba sin consideración alguna. Me serví un vaso repleto de licor y lo bebí casi de un sólo sorbo. Me senté nuevamente, totalmente molesto y decepcionado.
Cerré mis ojos con mucha fuerza y pensé... No era algo que hiciera muy seguido, eso de pensar no iba conmigo, pero en esa ocasión la necesidad surgió sola. Entonces comencé a recapitular mi vida y no encontré nada bueno en ella. Tal descubrimiento me provocó una momentánea sensación de vacío, sensación de la cual me deshice bebiéndome otro trago. 
Y luego de ese trago vino otro y otro hasta que a final, aunque el enojo fue muy grande, el alcohol pesaba tanto en mi cuerpo que no fui capaz de demostrarlo de ninguna manera. En cualquier otra ocasión habría destrozado todo lo que encontrara a mí alrededor, no se me daba muy bien el ser rechazado, pero esa vez simplemente me dormí y soñé que era un hombre diferente…
Agonía, angustia, amargura, inquietud, ansia, anhelo... Cuando de pronto encuentras tu vida llena de estas cosas te das cuenta de que tienes que cambiar algo y, tras pensarlo un poco más, aceptas que tú eres quien tiene que cambiar, y en una totalidad, porque si se cambia sólo una que otra cosa será cuestión de tiempo antes de que tu antiguo ser vuelva a devorarte. Fue debido a eso que por unos breves instantes deseé cambiar y aferrarme a una vida un tanto más normal, monótona por supuesto, pero al menos normal.
Pero esa estúpida fiebre se me pasó rápido arrastrando consigo todos esos pensamientos y dejando lo que siempre hubo ahí: nada; después de todo jamás fui más que un recipiente vacio carente de utilidad alguna.
Me pareció curioso que la ausencia del atleta del culo perfecto me dejara en tal estado. Quise convencerme diciéndome que no era lo peor que me había pasado, que había experimentado cosas muchísimo peores. Pero mientras trataba de recordar cuál había sido la peor, caía en cuenta de que en realidad jamás me había sentido de esa manera. Fue entonces cuando me cuestioné por primera en mucho tiempo: «¿Será mi pene el que me sigue guiando?»
Responder esa interrogante suponía un gran problema para mí, porque, de no ser así, me convertiría en la marioneta de unos sentimientos que jamás esperé experimentar. Era imposible que yo me hubiera enamorado. Creía más probable la extinción total de la raza humana a que yo experimentara un enamoramiento de esa magnitud. Debía estar drogado.

Como ya mencioné, lo veía en los programas deportivos locales, luego en los nacionales, pero sí el mundo quería seguir torturándome hizo un estupendo trabajo; ahora lo veía en los programas deportivos internacionales; y lo que vi, no me gustó. No concebía que él se viera tan feliz luciendo sus brillantes e inútiles medallas de oro mientras yo convulsionaba mortalmente con el movimiento de las manecillas del reloj. Sabía que era una estupidez de mi parte, pero yo esperaba que me llamara. Incluso sabiendo que podía dejarme plantado una vez más, anhelaba fervientemente recibir una llamada de él, no tenía que ser para tener sexo, sólo necesitaba escuchar su voz.
No llamó, el tiempo pasó y no llamó, y yo comencé a enloquecer.
La ausencia de ese muchacho arruinó mi vida. Sonará exagerado pero así fue, y lo peor de todo fue que yo jamás estuve dispuesto a aceptar que jamás me volvería a revolcar con ese chico, que no volvería a insertar mi pene en su estrecho ano... Éste pensamiento fue mi perdición.
Continué teniendo sexo, era algo que iba adherido a mi vida, no había manera alguna de quitármelo de encima; pero como esos revolcones jamás me saciaron, simplemente no era lo mismo.
Jamás imaginé que mi modus operandi me metería en tal embrollo. Ya sabía su nombre, su número de teléfono e incluso la dirección de su casa —si es que seguía viviendo ahí—, pero aun así no me dignaba a buscarlo porque iba en contra de mis «principios», sentía que si no era él quien viniera a mí, no tendría sentido buscarlo. Parecería que un hombre como yo no tendría orgullo en lo absoluto, pero descubrí (también me tomó por sorpresa), que incluso alguien como yo podía tenerlo; y como no tenía al muchacho, ni sexo que me saciara, estúpidamente decidí aferrarme a mi dudoso orgullo, sin saber que con eso sólo lograría prolongar mi agonía...
¿Estaba enamorado de él o era un simple capricho de mi pene?
La verdad, aún no lo sé, creo que es algo que descubriré la próxima vez que lo vea... Así es, sigo esperando su llamada… Porque sé que llamará…

Fin.

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