¿Demonios?


Y como siempre tengo algo que decir cuando escribo un relato corto, aquí va mi palabrería: Este relato se me ocurrió mientras rememoraba una conversación con un amigo. Mi amigo, mientras conversábamos sobre literatura Hebrea (que más temprano que tarde nos llevó a tocar el asunto de La Biblia) me hizo esta pregunta: «¿Y cuáles son tus demonios?» No le contesté por supuesto, y unos días más tarde se me hizo el material perfecto para un relato corto, el que le daré a leer a mi amigo un día de estos porque al fin y al cabo no lo habría escrito si él no me hubiera preguntado lo que me preguntó.

En fin… Espero les guste. Ya saben que siempre corrijo pero los errores igual se me van, así que notan alguno no duden en hacérmelo saber.

De antemano muchas gracias por pasar a leer. 

Género: Sobrenatural.


Advertencias: Leve contenido sexual (muy leve, casi nada). 




¿Demonios?
Por Seiren

— ¿Y cuáles son tus demonios? —preguntó. Por un momento se me ocurrió responderle, pero en lugar de eso señalé mi cabeza en repetidas ocasiones y dije:
—Todos están aquí dentro y no creo que quieras conocerlos.
Sonrió, sonreí y le quitamos importancia al asunto platicando de cosas más ligeras y agradables.
Esa noche, cuando llegué a mi casa, lo primero que hice fue mirarme en el espejo; no vi nada. Caminé y saqué una soda del refrigerador y una papitas de la alacena. Me senté frente al televisor, pero antes de encenderlo aprecié mi reflejo en la pantalla de éste... No, después de todos mis demonios no estaban dentro de mi cabeza.

Ignoré lo que había visto, encendí el aparato y comencé a cambiar canales. Lo hacía más para matar el tiempo que por otra cosa, la verdad, el televisor sólo servía para hacerme compañía, para no escuchar sus voces. Bostecé. Miré el reloj: 1:13 am, no había caso, tenía que dormir.
Me levanté, (dejé encendido el televisor por supuesto) tomé una toalla y me metí al baño. No intentaba que el agua fría se llevara mi somnolencia consigo, simplemente era costumbre bañarme antes de dormir sin importar la hora. Escuché un ruido, no le di importancia; escuché otro y me quedé estática. El continuo sonido del agua cayendo era una distracción así que giré la válvula para ponerle fin. Puse atención durante un par de minutos; no escuché nada.
Terminé de bañarme, me sequé apropiadamente y me acerqué al refrigerador para tomar una botella de agua. Noté entonces que el televisor estaba apagado... «Debí programarlo» pensé. Agité mi cabeza de un lado a otro, regresé el envase al refrigerador y me metí en mi habitación. La televisión de la sala estaba nuevamente encendida.
Cerré rápidamente la puerta, me metí torpemente bajo las sábanas... Un susurro, uno que no se había escapado de mis labios llegó hasta mis oídos:
— ¿En dónde están tus demonios?
Cerré los ojos más fuertemente, como si realmente fuese posible. Por un momento dejé de respirar, me aferré a mi almohada y a las sábanas que torpemente me protegían, o al menos me consolaba a mí misma creyendo que eso hacían.
Sentí en mi cabeza algo parecido a una caricia. Gemí de terror.
— ¿Están aquí tus demonios? —susurró.
La voz era tétrica, se escuchaba cerca y lejos a la vez, era seca, áspera, grave, tenebrosa... Tenía miedo, sí, pero quería verlo. Poco a poco fui quitándome la sábana de encima, poco a poco hasta que sentí su aliento sobre mi piel, entonces la regresé a su lugar.
— ¿O están aquí? —preguntó y yo sentí una fría caricia sobre mi hombro.
—No —jadeé aterrorizada.
— ¡Están aquí! —exclamó una voz diferente. Ahora habían dos, quizá más, estaba demasiado asustada para averiguarlo.
—Entonces... ¿somos nosotros tus demonios? —inquirieron ambas voces al mismo tiempo. Me exasperé tanto que casi llego al borde de la locura, pero cuando abrí los ojos noté que ya había amanecido.
Me levanté de la cama completamente empapada. Quité las sábanas y las metí en la lavadora. No tenía ánimos de ir a la universidad, pero quedarme sola en casa, ¡jamás! Por eso salí antes de tiempo. Ni siquiera revisé si llevaba todo lo que necesitaba.
— ¡Te ves horrible! —exclamó mi amigo, el mismo que me había preguntado sobre mis demonios.
Suspiré.
—Lo sé.
— ¿Ocurrió algo? —inquirió con preocupación. En sus pupilas se reflejaba todo el esplendor del sol, brillaban con demasiada intensidad, pero me resultó hermoso, así que no le quité la vista de encima.
Era mi amigo desde inicio del semestre. Él me agradaba y yo le agradaba a él, pero jamás nos habíamos visto como nada más. No importaba, si pasar la noche lejos de casa implicaría hacer eso, entonces lo haría con gusto.
—Nada de importancia —contesté con fingida calma —. Pero sabes, me preguntaba si esta noche puedo quedarme a dormir en tu casa, tengo problemas en la mía, ya sabes...
—Supongo... —contestó algo desconcertado.
Esa noche me llevó a su casa. No vivía solo, pero al parecer a sus padres no les incomodaba que llevara mujeres. Sí, vivía con sus padres, pero su habitación tenía entrada exterior y estaba lejos de todo lo demás.
Enseguida noté a una adolescente, una chica hermosa con los mismos rasgos que él así que me atreví a suponer que era su hermana.
—Es linda tu hermana —dije. Mi comentario pareció desconcertarlo, sin embargo contestó:
—Oh sí, claro...
Sus palabras se me hicieron tan vagas que me resultaron incómodas y no seguí insistiendo en el asunto. Después de una breve charla y una ducha, me acosté a su lado. Enseguida comenzó a tocarme, yo me dejé, simplemente pensé: «es el pago por tener una noche tranquila». Cuando el acto por fin concluyó, escuché como, a mi lado, su jadeante respiración retornaba a la normalidad, de pronto, se quedó dormido. Y mientras trataba de imitarlo, cerré los ojos, suspiré, me concentré para dejar mi mente en blanco, hasta que por fin me dormí yo también.
—No —susurraron —, tus demonios no están aquí
Esta vez fue una voz femenina, dulce, juvenil. Abrí los ojos, con pavor, desesperación e impotencia. Él se sacudió a mi lado.
— ¿Qué sucede? —preguntó con voz ronca.
—Dime una cosa —hablé lo más tranquila posible —. ¿Es tu hermana fanática de las bromas pesadas?
— ¿Qué dices? —bostezó —. Aquí la de las bromas pesadas eres tú, mi hermana murió hace dos meses, ¿recuerdas?
No, no recordaba. ¿Acaso me lo había dicho y yo lo había olvidado? No sabía, no entendía nada, ¿cuándo había comenzado todo en realidad? ¿Acaso estaba perdiendo la cordura?
— ¿Qué te sucede? —inquirió con preocupación. Sentí la cama agitarse y luego una luz intensa caló mis ojos.
—Nada —contesté, mi voz desquebrajada por el terror, un poco más y me echaba a llorar.
—Ya, dime —insistió él recostándose nuevamente a mi lado, acariciando con la yema de sus dedos la tersa piel de mi vientre...
Mi piel se erizó, y no supe reconocer si por el miedo o sus caricias.
—Ya te dije que no es nada...
—No te creo —se apresuró a agregar.
Ahora que la luz estaba encendida y podía ver mejor, busqué, en cada rincón de aquella habitación, a la portadora de la voz que me había despertado. Noté, casi de inmediato y sobre el escritorio, una fotografía.
—No —susurraron en mi oído —, tus demonios tampoco están allí, tus demonios no son esos...
Me levanté abruptamente. Él me miró entre asustado y sorprendido, se levantó de la cama y se apresuró a abrazarme. Me sentí en paz y le devolví el abrazo. Sí, estaba bien, podía fiarme de él, apenas recordaba algo, lo intentaba pero no lograba recordar cuándo había comenzado esta pesadilla, pero sabía que esto ya no importaba, que él me cuidaría, que yo ya no soportaría lidiar con esto sola, que necesitaba alguien, y que él no se negaría, lo conocía...
Levanté la vista, lo miré con nuevos ojos, sí, podía llegar a enamorarme de él. Me puse en puntitas para alcanzar sus labios. Enseguida el beso fue correspondido y cuando se rompió sentí nuevamente sus brazos rodeando mi cuerpo.
—Entonces dime... —susurró muy quedo, casi de manera sensual —. ¿Ya sabes cuáles son tus demonios?
— ¡Qué! —me separé rápidamente de él. Noté desconcierto en sus ojos, algo de miedo, duda, pena, impotencia... Fue esto último lo que me hizo volver a sus brazos. Sí, todo había sido mi imaginación. Desde el inicio todo había sido mi imaginación, claro, no podía ser otra cosa. Las voces que danzaban dentro de mi cabeza eran creadas por mí misma, lo que decían también era producto de mi consciencia, y lo que veía de mí locura. Las sombras que gimoteaban con insistente locura a mí alrededor no era más que el reflejo de mí alma, de esos sentimientos tan celosamente confinados —. Discúlpame, sólo estoy un poco cansada.
—Está bien —masculló no muy convencido —. Regresemos a la cama.
Dormí plácidamente lo que quedaba de la noche, y no desperté al día siguiente sino hasta la hora de almuerzo. Volví a sentirme viva otra vez, como si el enorme peso que mis hombros cargaban hubiese desaparecido de la nada. Sin embargo la alegría no duró mucho. Cuando nuevamente regresé a mi casa, los encontré ahí, platicando unos con otros, riéndose, burlándose de mí; pero en el instante que me vieron, desaparecieron.
No tenía caso, no había manera de eliminarlos, de confinarlos en las infinitas tinieblas, no había un mundo de luz en el que yo estuviera totalmente tranquila.
Rendida, me metí a la cama, cerré los ojos y soñé. Era un salón enorme, de techo alto, paredes negras, luz cegadora. Había una silla en medio y por un instante me pareció ver a alguien sentado allí. Froté mis ojos para deshacerme de esta ilusión, y cuando volví a ver ya no había nada, ni persona ni silla. Desconcertada caminé en esa dirección. Me posicioné justo en el centro. Comencé a girar lentamente y mientras lo hacía noté como el negro de las paredes comenzaba a diluirse cayendo como una sustancia viscosa y pétrea cargada de inmundicia y resentimiento. Me detuve. Sentí que comenzaba ahogarme, el oscuro líquido parecía reptar sigilosamente en mi dirección. No había escapatoria…
Desperté. Mis pulmones parecían estar a punto de estallar, mi corazón martillaba contra mi pecho con pavorida violencia y el sudor manaba de mi cuerpo a borbotones. Di un último suspiro y fue hasta ese entonces que lo noté, sentado al pie de la cama, observándome con insistencia, casi con anhelo. En ese rostro no había más que dos cuencas vacías en lugar de ojos, una asquerosa protuberancia donde debía estar la nariz y un negro agujero que debía ser la boca… Y entonces me sonrió, o al menos eso pareció una sonrisa.
La criatura se puso de pie. Era delgada y larga, encorvada, las coyunturas abultadas, la piel agrietada de un color verduzco oscuro. Se señaló a sí misma, dedos cadavéricos desprovistos de uñas.
— ¿Soy yo? —gimió. Su voz parecía ir impregnada con toda la agonía del mundo —. ¿Soy yo tu demonio?
En mi perplejidad no hice más que agitar la cabeza de un lado a otro en negación. La criatura entristeció, y luego de una pequeña reverencia, desapareció.

Las noches que siguieron fueron igual de desconcertantes, de insoportables; así que decidí ya no regresar a casa, ya no dormir. Me sumí en un mundo de excesos, de desvaríos y acogedoras ilusiones. Me entregué al mundo de los vivos, me fundí con él hasta el grado de que nos convertimos en un ser indivisible. Y me sentí tan a gusto con este cambio que por fin me perdí a mí misma. Dejé de ser lo que era, dejé de buscar la paz y me concentré en esas sombras que con tanta insistencia me perseguían.
Ya no les huía, a pesar del miedo los veía, los analizaba, trataba de encontrarlos y de darle sentido a su presencia. ¿Por qué sólo yo podía verlos y escucharlos? ¿Por qué sólo me buscaban y me perseguían a mí? Sus miradas desprovistas de pupilas, las palabras que no eran pronunciadas por sus labios, sus torpes caricias… ¿Acaso no eran un reflejo de mí misma? Fue así como las tinieblas comenzaron a envolverme más y más, pero yo ya no tenía miedo, las veía como a un igual, otra parte de mí que ya no podía ser negada, que ya no podía permanecer oculta y que más bien rogaba por ser aceptada.
Una vez comprendí todo esto, regresé a casa. Ya no encendía ese ruidoso aparato para que me hiciera compañía. Ya no cubría mi cuerpo con esa gruesa sábana que absurdamente creía una barrera entre ellos y yo. El sonido reseco y tormentoso de sus voces comenzó a convertirse en una armoniosa melodía que cargaba el aire con un pesado y grato halo de desesperación. El aura oscura que manaba de sus cuerpos macilentos y repugnantes se convirtió en la suave seda que acariciaba mi cuerpo. Ellos y yo éramos uno. ¿Por qué había tardado tanto tiempo en descubrirlo?
—Pregúntame otra vez —le dije a mi amigo mientras compartíamos la cama.
— ¿Qué cosa? —inquirió desconcertado.
—Sobre los demonios.
—Ya sé que están aquí dentro —sonrió mientras acariciaba mi cabeza juguetonamente.
Lo detuve.
—Te equivocas —le dije —. Ya no están aquí —ladeé la cabeza y sonreí.
— ¿Entonces…?
—Están aquí —toqué mis ojos —, y aquí —toqué mis labios.
De la misma manera toqué cada centímetro de mi piel desnuda ante la mirada sorprendida de mi amigo que creyó que aquello era sin duda alguna clase de juego erótico. Tomé su mano y guié uno de sus dedos hasta mi interior.
—Aquí también, por supuesto —sonreí con picardía. Él se abalanzó sobre mí pero algo debió notar en mi expresión que se quedó quieto —. Ya lo ves, ¿no es así? Ya te diste cuenta, ¿verdad?
Se quedó en silencio, usando una expresión de terror e incredulidad.
—As es —continué —. Yo no tengo demonios. El demonio… soy yo.

Comentarios

  1. Me ha encantado tu historia! Relatas muy bien y poco a poco le permites a uno introducirse en la piel del personaje y sentir lo que el siente. Hacer de sus sensaciones una sola con las tuyas!!
    Felicitaciones!!

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    1. Wow. Muchas gracias. Ni sé cómo contestarte. Me siento como en las nubes jajaja.

      Pero volviendo a la tierra. Me encanta cuando me dicen eso, hacer que alguien se introduzca a la piel de un personaje ficticio, de un personaje que salió de tu mente y de tu pluma (o teclado XD) es bastante difícil, y que las personas noten esto es el mejor reconocimiento que puedo llegar a recibir.

      Muchas gracias por tus palabras, por comentar, y por leer, por supuesto.

      Saludos.

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  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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