LFDI Capítulo 19: Eliel.


Capítulo 19:
Eliel.

¿Cuándo se había percatado de todo? Quizá después del enfrentamiento final contra Abel. La presencia de Joel en todo el asunto le había resultado un tanto extraño pero jamás supuso que Tamiel tuviera algo que ver. Ahora, en cambio, ya no estaba muy seguro de muchas cosas, ni siquiera podía afirmar si seguía manteniéndose fiel a su intención inicial.
Hacía mucho, mucho tiempo que no había sido consumido por la verdadera oscuridad. La soledad, su respiración acompasada y algo cercanamente parecido a los latidos de un errático pero viviente corazón comenzaron a desconcertarlo por motivos que estaban mucho más allá de su entendimiento. Pero sobre todo esto, había algo que no podía quitarse de encima sin importar que tanto lo intentara.
El sudor de Amira parecía palpable en sus propias manos. El dulce aroma que emanaba de su cuerpo y su cabello humedecido lo perseguía insistentemente. La dulzura de esos carnosos labios, el incitante sonido de sus suspiros, de su respiración acelerada y los quejidos aparentemente silenciosos que había proferido una vez hubo invadido ese virginal cuerpo. No había manera de desprenderse de esta sensación. No había manera de evitar que su cabeza se llenara con todas esas imágenes, recuerdos ahora lejanos, de aquel día en que Amira se había entregado a voluntad.
Pero Amira no volvería a ser suya. Amira le pertenecía a alguien a quien él jamás sería capaz de enfrentar.

Era muy poco lo que Eliel recordaba de sus días como ser celestial. No era de extrañar, los ángeles son muy poco conscientes de la tarea que se les ordena realizar. Sin embargo, dentro de cada ángel vive latente esa pizca de libre albedrío al que sólo es posible acceder después de mucho esfuerzo. Lucifer había establecido la pauta y él la había seguido.
El amor que Eliel le profesaba a Lucifer (aun cuando no lo conocía) era enorme, vasto como las interminables profundidades del mar. Jamás se atrevería a contradecirlo. Era su verdadero Dios, y si bien no había contribuido en nada en su existencia, Eliel creía que había sido creado a su imagen y semejanza. Y lo veneró de la misma y ciega manera que lo humanos veneran a su Dios, y se creó un concepto tan idealizado de él sin tener certeza alguna de lo que había sucedido en realidad. Y cuando Eliel se enteró de los verdaderos motivos de la caída de Lucifer, algo dentro de él comenzó a anhelar fervientemente lo imposible. Sabía que ni como ángel ni como demonio tenía mérito alguno que llamara la atención de ese imponente ser, pero como humano... Como humano todo cambiaba. Después de todo el sacrificio de Lucifer había sido en pos de la libertad humana, no había nadie a quien él amará más que a los cambiantes humanos.
Así que cuando por fin cayó, lo intentó. Desconocía por completo la manera de ser de los humanos, pero los había idealizado de tal manera que una vez pudo apreciar la verdad, los odió. Eran egocéntricos, egoístas, mentirosos, ladrones, violentos, lujuriosos, manipuladores... ¿Quién en su sano juicio se sacrificaría por seres de tal calaña? Lucifer había sido engañado, manipulado, traicionado por aquella mujer humana de quien se había enamorado. Y Eliel odió a Eva como no había odiado a nadie en todo su existencia. Y la culpó. Debido a ella la grandeza de Lucifer había sido encerrada y ahora yacía inaccesible para todo aquel que quisiera fundirse con ella.
Sin embargo, no fue capaz de alejarse de los humanos. Sí, le parecían seres vacíos y traicioneros, pero al mismo tiempo le resultaba curioso ver sus distintas maneras de reaccionar. Así comenzó a jugar con ellos. Los manipulaba a su conveniencia, no era demasiado difícil después de todo. De esta manera provocó muchos accidentes, robos, violaciones, asesinatos. Era como si tratara de demostrar que no había nada en los seres humanos que valiera como razón suficiente para justificar su existencia. No. Era como si necesitara convencerse a sí mismo que los humanos no valían nada, y por tanto, él no debería aspirar a convertirse en uno de ellos, que no valía la pena volver a ser una marioneta.
Pero siempre sucede algo que le arrebata a tu mundo ese rumbo definido, que le da vuelta y lo pone al revés.
Eso sucedió cuando la conoció. Esa fue la primera vez que experimentó el amor carnal. Cada vez que la miraba, se sentía humano. Quería acercarse pero, de hacerlo, estaría contradiciéndose a sí mismo. Sin embargo, no fue capaz de mantenerse fiel a sus ideales. La buscó con frenético fervor, se rebajó, se humilló de maneras que eran insoportables a tal punto que le hacían desear una muerte que bien sabía no le llegaría fácilmente. Deambuló por aquí y por allá tratando de encontrar consuelo en otros ambientes. Se dejaba absorber con relativa facilidad, era como un camaleón que se fundía con el entorno con el único propósito de pasar desapercibido.
Pero la imagen de esa mujer parecía haberse adherido a sus sentidos. Cuando cerraba los ojos, la veía; cuando respiraba, sentía su delicado aroma; cuando soñaba, soñaba con ella. Por primera vez creyó ser capaz de ponerse en la piel de Lucifer. Esa mujer no parecía poseer grandeza alguna. No había mérito alguno en ella que justificara esa atracción casi fatal que se había apoderado de su existencia. Sin embargo, no podía dejar de pensar en ella, no podía dejar de anhelar ese mundo en donde ella le pertenecería enteramente, en donde ambos se entregarían el uno al otro de todas las maneras imaginables. 
Entonces decidió buscarla y después de un demasiado brevísimo esfuerzo, por fin pudo cumplir sus más oscuros deseos. El sentir por primera vez un cuerpo humano retorcerse bajo el suyo, que no era más que una pobre imitación, provocó un éxtasis que devoró su existencia como si fuera una poderosa droga. Se sumió en un delirio febril y alucinógeno y eso fue suficiente para que en innumerables ocasiones buscara consuelo entre el arrullo de otros cuerpos pensando que había sido esta tortuosa ansiedad la responsable de que esa misteriosa mujer se hubiera apoderado de su vida. Pero sin importar que tanto descargara este recién descubierto deseo físico, parecía no haber la cantidad de cuerpos suficientes para saciarse. Si no era ella, no servía de nada.
Sumido en sus recién concebidos sentimientos ya no volvió a pensar en Lucifer, ni en sus ideales para el mundo. Ya no quería ser humano, no importaba, lo único importante era tenerla, y aunque aborrecía el nombre que le habían dado se aferraba a él porque al fin entendió que formaba parte de una especie que nada tenía que ver con el que, desde arriba, miraba todo con especial desinterés. Se sintió libre. Y cuando se es libre no importa si se es humano, ángel o demonio. Lo que importa es que no se debe rendir cuentas a nadie.
Por supuesto no fue de esta manera. La libertad es un sueño efímero y traicionero que se esfuma cuando menos lo esperas. Desde un inicio estaba condenado. Había una prisión especialmente diseñada para los de su tipo. Entrar era fácil, salir significaba una verdadera proeza. Y cuando se vio a sí mismo atrapado en aquella fría cueva, por fin comprendió su propia insignificancia.
Cuando logró salir, apoyado por aquellos que le profesaban especial admiración al haber liderado la tercera y última bandada de caídos, se propuso jamás regresar, pero un miedo indescriptible permaneció latente en su interior.
Lo primero que se propuso, después de salir de su prisión, fue encontrarla, pero había pasado tanto tiempo que ella ya no seguía con vida. Fue así que experimentó por primera vez la verdadera y auténtica agonía, la única e inextinguible soledad, el eterno e insoportable sufrimiento. Necesitó años para que siquiera pensara en querer superarlo, y años más para por fin seguir adelante. Al final llegó a la conclusión de que su sufrimiento no había sido más que una mediocre muestra de estúpida dependencia. Los sentimientos eran vanas ilusiones de ideales imposibles, un consuelo transitorio para aquellos frágiles seres cuyas vidas apenas duran un parpadeo. Pero él no era un humano. El que él sintiera mucho de lo que ellos sentían respondía a ese oculto deseo que siempre había albergado por convertirse en uno de ellos. Pero nuevamente, y de una vez por todas, entendió que él era un demonio, no había manera de alterar esa realidad.
Sin embargo su decisión de no volver al infierno siguió latente, jamás se extinguió. Si bien por fin había aceptado que jamás se convertiría en aquello que Lucifer más amaba, no significaba que tenía que lamentarse eternamente.
Una nueva sed se apoderó de sus sentidos. Una sed insaciable y única. Y así, una vez hubo tomado una verdadera decisión, se propuso buscar un cuerpo humano en el cual residir durante todo el tiempo que resultase posible. No sentía especial predilección por ninguno de los que había visto hasta el momento. De hecho, su concepto de belleza era totalmente diferente a lo que los humanos habían establecido. Y así vagó y vagó sin poseer una sola apariencia, mudando de piel cual serpiente, sin importar las consecuencias que esto acarreara. No obstante, su secreta fascinación volvió a relucir pero esta vez el objeto de su incomprensible afecto fue un jovencito.
Cuando lo vio, fue como si el mecanismo de un reloj comenzara a correr en reversa. Fue como el sonido de un oxidado cerrojo que se hacía añicos para abrir la puerta hacía un nuevo destino.
Tenía un nombre de lo más común, no era uno de esos que valiera la pena recordar; de hecho, no había nada en ese joven que resaltara particularmente a excepción de su negro, largo y liso cabello. A pesar de su apariencia mugrienta, o de la desnutrición que afloraba en esa piel adherida a unos huesos finos y delicados, aparentemente demasiado frágiles para alguien que se ganaba la vida haciendo todo tipo de trabajos, había algo en ese joven que había hecho que Eliel no le despegara la vista de encima. No había sido su rostro de barbilla fina y pómulos fuertes, un rostro demasiado vulgar con unos ojos aún más vulgares y acusadores. No era guapo, ni apuesto, no gozaba de la belleza andrógina alabada en esos tiempos, ni la masculinidad absoluta necesaria para llamarse hombre. No era un niño ni un adulto, sólo era un vagabundo más, con los dientes podridos y la piel demasiado tostada por el sol.
Pero Eliel sintió que ese era el cuerpo que quería habitar. No le importó si no era bello en absoluto. Era un cuerpo, uno que había demostrado soportar todo tipo de maltrato. Y así, durante mucho tiempo, lo habitó. Al tratarlo un poco mejor su apariencia cambió ligeramente, pero la fealdad seguía siendo evidente. Eliel pensó que esa mejor así, así pasaría desapercibido. Sin embargo, los suyos y los más fuertes que él, podían sentirlo, y fue así como por primera vez se topó con Tamiel.
Tamiel llegaría a convertirse en una especie de madre para él. Le enseñó todo lo que ella sabía de los humanos, de sus poderes, y por esto comenzó a sentir verdadero afecto hacía ella. Afecto que languideció durante un tiempo cuando supo que Tamiel había sido la responsable de devolverlo al infierno.
— ¡Por qué lo hiciste! —había preguntado Eliel consumido por la furia.
—Porque tenías que aprender a controlarte, tenías que darte cuenta que no eres dueño del mundo—contestó Tamiel con tranquilidad, absolutamente convencida de sus buenas intenciones.
Una vez hubo dejado su rencor a un lado, se dedicó a aprender. Viajaba de lugar en lugar. Llegaba a sitios desconocidos, conocidos, superpoblados, abandonados. Mudaba de piel cuando era necesario, cuando por error habían sido demasiadas personas las que habían descubierto su verdadera naturaleza. Y al final de la jornada regresaba al lado de Tamiel. Le relataba todo lo que había visto y oído, todo lo que había saboreado, tocado y olido. La magnificencia del Creador lo dejaba sin palabras, no podía creer que un ser tan egoísta hubiera sido el responsable de crear tal complejidad. Y mucho menos podía creer que ese niño insulso y malcriado fuera capaz de controlar todo eso que había creado.
Deseó, por un tiempo, encontrar una manera de quitarle al Creador todo lo que gracias a Él existía. Pero pronto descubrió que eso no era posible. Todo estaba estrechamente relacionado a Él, no había manera de escapar del destino. No había libertad.
No dejó que esto le arrebatara su recién adquirido entusiasmo. En su lugar, y sólo por un brevísimo espacio de tiempo, dejó de ver las cosas como el ser eterno que era y comenzó a verlas como si su vida fuera tan efímera como el cambio entre el día y la noche. Así continuó aprendiendo, observando, experimentando. Y fue tal el grado de conocimiento que adquirió que sin quererlo, por lo menos en esencia, se había transformado en el humano que tanto había anhelado. Para su pesar, ya había dejado eso atrás, y cuando se percató de este sutil pero visible cambio, comenzó a desprenderse de todo lo que había aprendido.
Era tremendamente contradictorio. Cuando no tenía algo, lo anhelaba con frenético fervor, y una vez obtenía ese algo, lo rechazaba con incalculable desdén. Igual no se reprochaba nada, aceptaba con relativa calma al carácter cambiante de la vida y de la existencia y la hacía suya.
Siglos y siglos pasaron de esta manera. El cambio de las estaciones, de las épocas, de las modas, la música, el arte. Cosas que no eran aceptadas antes ahora eran vistas como normales y cosas antes normales ahora eran vistas con aversión. Pero, así funcionaba el mundo, así evolucionaba y transmutaba en algo enteramente diferente y sólo una minúscula parte quedaba grabada en los libros de historia, nadie, excepto los eternos, sería capaz de apreciar en plenitud, los verdaderos cambios del mundo.
Fue cuando las máquinas comenzaron a emerger que obtendría el cuerpo que conservaría indefinidamente. Cuando Eliel escogía un recipiente no tomaba muchas consideraciones, pero sin percatarse, siempre terminaba escogiendo a aquellos en dónde la línea que dividía la niñez de la adultez era demasiado ambigua para ser apreciada a simple vista. De igual manera sentía cierta predilección por los jóvenes de cabello largo, liso y negro.
Esta vez se obligó a recordar el nombre: Edward. Era un noble de apariencia hermosa y voluntad propia. Alguien que a simple vista parecía estar destinado a repartir grandeza por el mundo. Sin embargo, Edward padecía una enfermedad que constantemente amenazaba con quitarle la vida.  
Eliel, quien en ese entonces habitaba el cuerpo de un desgraciado pero adinerado comerciante asiático, se acercó al noble y, de la nada, entabló una amistad con él. Probablemente lo amó. Probablemente habría querido sanarlo o por lo menos prolongar su vida un poco más.
—Si he de morir joven, moriré joven —le había dicho Edward con sinceridad. Eliel se había asombrado al notar la firmeza en sus palabras.
—Una vez muerto, ¿me dejarás habitar tu cuerpo? —preguntó sin que su expresión delatara agonía alguna.
—Con una condición.
— ¡La que sea!
—Vete lo más lejos posible, no dejes que mi familia vea mi cuerpo nunca más —pidió, casi imploró, y selló esa promesa con un beso que se convertiría en el último de sus suspiros.
Eliel cumplió ese pequeño deseo y se fue lo más lejos posible. Pasado mucho tiempo, al no conocer a nadie que ayudara a soportar su acrecentado aburrimiento, pensó en darse por vencido. No había más nada para él, ni cielo, ni infierno; pero si desaparecía, si no dejaba rastro alguno de su existencia o de su paso por la tierra, entonces se daría por satisfecho. Una vida larga no es sinónimo de nada, y él ya estaba cansado.
Pero tan poca consciencia tenía del tiempo que durante años y años postergó su final. Y cuando verdaderamente sintió que llegaba la hora, la conoció.
A partir de ahí, todo cambió. Había algo en ella que sin duda no pasaba desapercibido. Ignoraba, en un inicio, a qué podía deberse tal cosa, pero después de un tiempo dejó de importarle. Nuevamente se había enamorado, pero esta vez no se reprochó nada, aceptó el sentimiento como ese primer paso hacia la liberación de su inexistente alma. Dejó que el destino hiciera con él lo que le apeteciera. No importaba, ella era suya, y él se encargaría de que así fuera para siempre.
Entonces los fantasmas del pasado, regresaron. Tamiel, íncubos, hechiceros y más demonios, pero sobre todos ellos, había una figura a la que le guardaba especial temor: Lucifer. Amira ya no le pertenecía a él, le pertenecía a Lucifer.
En un inicio notó que Tamiel había mentido. Había tratado a Amira como si se tratara de una sucia y promiscua vagabunda, pero Eliel conocía tan bien a Tamiel que el acto no surtió el efecto esperado. Tamiel había visto algo, sólo quedaba descubrir qué.
Sus largas e inexplicables ausencias se debieron precisamente a esto. Buscó, sin descanso, a todo aquel ser que pudiera saber algo. Pero no había en el mundo ser que presumiera de una longevidad tan aventajada como lo hacía Tamiel. Entonces volvió a ella.
—Jamás me has mentido, no comiences ahora —había suplicado Eliel.
—No sé a qué te refieres —contestó Tamiel con fingida serenidad.
— ¡Basta! —estalló Eliel en cólera.
—Son sólo sospechas, pero creo que Amira puede ser Eva.
Amira no podía ser Eva, esa mujer que desde los albores de su existencia había odiado con infinito desdén, y no podía serlo porque él amaba a Amira. No había manera de que el destino fuera tan malditamente insolente como para burlarse de él te esta manera.
Al descubrir esto comenzó a tratar a Amira de manera diferente. El miedo de perderla se hizo tan tangible que empezó a comportarse de una manera que hablaba muy mal de él. Pero no era como si pudiera evitarlo, después de todo, sólo podía pensar en una cosa: «Me dejará, Amira me dejará»
Se aferró, inútilmente, a la posibilidad de que Tamiel le estuviese mintiendo, y en su afán de creer en una falsa verdad se acercó a una de las más antiguas aprendices de Tamiel, creyendo que ella sabría algo más. Esa fue la vez que Amira lo vio. Sin que él lo sospechara siquiera, la astuta jovencita lo había seguido y como consecuencia lo había visto cuando cumplía su parte del trato: «Ámame como amas a esa dulce humana, y yo te revelaré todo lo que sé de Tamiel». Desafortunadamente, la mujer no sabía nada que él no supiera ya.
La desesperación comenzó a consumirlo, las llamas se extendieron tan rápidamente que ni siquiera pudo reaccionar. Cuando Amira por fin se entregó a él, ese miedo se convirtió en una realidad y, desesperado, trató de encontrar una manera de fortalecer ese delgado hilo que la ataba a su lado: atando sangre con sangre.
—No te lo permito —titubeó Amira —. No puedes…
— ¡Pero claro! Claro que puedo —había espetado demencialmente.
La sangre de él y la de ella estaba a punto de fundirse, de convertirse en un solo ser. O al menos eso había esperado. No estaba seguro de los resultados. No había garantías. Miles y miles de años recolectando conocimientos y todo se había resumido a nada. Al final, cuando verdaderamente necesitó hacer uso de esos «conocimientos» a la mala descubrió que le eran totalmente obsoletos...
Cuando abrió los ojos, despertó a millones de kilómetros lejos de la cama que minutos antes había compartido con Amira. Su olor seguía acosándolo, pero el desconcierto en que se había sumido le resultaba aún peor. No soportaba el molesto e insistente zumbido que ahogaba sus propios pensamientos.
Palpó su cuerpo con fingida calma. Se puso de pie, levantó la vista, miró en rededor. No tenía ni la menor idea de dónde podía encontrarse, y mucho menos, de cómo Amira había sido capaz de mandarlo tan lejos.
Eliel cerró los ojos y apretó los puños con impotencia. Respiró profundamente. Su cuerpo se sentía pesado y cansado, y su propia desnudez lo hacía sentirse vulnerable. ¿Amira había sido la responsable de su estado actual? Eso no dejaba lugar a dudas, lo había estado negando constantemente, pero al fin comprobaba de una vez por todas que Tamiel había tenido la razón desde el inicio, que él jamás había tenido oportunidad.
Respiró profundamente en varias ocasiones hasta que por fin fue capaz de calmarse. Nuevamente examinó sus alrededores y un ligero escalofrío recorrió todo su cuerpo al notar que no había ninguna tan sola alma a miles de kilómetros a la redonda. Miró hacía el suelo y notó mucha nieve. No la había notado debido al desconcierto inicial, pero una vez lo hubo hecho comenzó a tener miedo.
No quería regresar al infierno, primero muerto antes que volver a ese lugar al que jamás se había sentido bienvenido, en donde estaban reunidos todos, quienes como él, se habían revelado. Él no pertenecía ahí, tampoco al cielo ni a la tierra; él sólo le pertenecía a Amira.
— ¡Demonios! —gritó con impotencia. Cayó de rodillas contra el suelo, comprimió algo de esa blanca y fría nieve entre sus manos, y sólo después de haber descargado todo esta frustración notó las gotitas que caían y se fundían con ese frío invernal formando pequeños e insípidos cristales. Eliel lloraba. ¿Cuándo había sido la última vez que había llorado debido a un dolor demencialmente insoportable? Si él era un ser desprovisto de alma, ¿cómo era posible que agonizara de esta manera?
— ¡Amira! —gritó con dolor —. ¡Amira!
Estaba desesperado, cualquiera podría notarlo. Fue en ese momento, que salido de la nada, algo parecido a un niño, palmeó su hombro, como si tratara de consolarlo.
—Todo estará bien —trató de calmarlo con su infantil voz. Eliel sintió auténtico terror, el niño no era humano, no era un ángel, ni un demonio de clase inferior, de hecho, era tan vasto el poder que emanaba de ese pequeño cuerpo que Eliel sintió como éste lo abatía en infinitas ocasiones.
— ¿Quién eres? —Inquirió con temor—. ¿Qué haces aquí? ¿En dónde estamos?
—En casa —sonrió el pequeño dulcemente —. Ya no hay necesidad de que sufras más. Has viajado a través de los siglos por un mundo sucio y corroído, haz experimentado con cada uno de tus sentidos la decepción, el dolor, el desconsuelo... ¿No crees que ya sea suficiente? Quédate aquí, conmigo, yo te daré esa paz que tanto anhelas.
— ¡No quiero paz, la quiero a ella! —espetó con incontenida pasión.
—Pero ella no te pertenece, jamás te ha pertenecido —contestó el niño sin que su expresión delatara otra cosa que no fuera inocencia infantil —. Hermano pequeño, nadie quiere verte sufrir, deja que nuestro padre recupere lo que siempre ha sido de él, hazte a un lado, no te resistas, no muestres oposición alguna, ¡no seas estúpido! El amor que le profesas a él es más grande que el que sientes por ella, ¿no es así? Él también te ama, nos ama a todos de manera incondicional, por eso odiaría hacerte daño, sería como lastimarse a sí mismo.
—No, no... —No sabía qué decir. Se quedó en silencio durante un par de segundos. Cuando reaccionó, el niño había desaparecido.
Harto de permanecer en el mismo lugar, comenzó a caminar. Sin importar qué tanto aguzara sus sentidos para percibir algo, no había nada que pudiera definirse como vida. La nieve se iba adhiriendo poco a poco a las plantas de sus pies, y pequeños copos comenzaban a adornar su cabello a medida que la nevada se intensificaba. No sentía frío, sin embargo, podía apreciar como su aliento se condensaba frente a su rostro.
Negándose a darse por vencido, una vez más intentó buscar un rastro de vida a sus alrededores. Nuevamente la respuesta que obtuvo no fue positiva.
—Puedo darte todo lo que quieras —dijo el niño que de la nada había aparecido detrás de Eliel.
—No quiero nada —masculló Eliel, impaciente y molesto.
—No es cierto —rió el pequeño con inocencia, su delicada risa resonó dulcemente como un eco alegre y vívido.
— ¡Ya basta! —explotó y cuando se volteó para encarar a la misteriosa criatura, ésta ya había desaparecido.
—Te daré libertad, no aquélla falsa, sino, la verdadera. No dependerás de nadie, y si tú así lo quieres, nadie dependerá de ti —habló el niño, su voz parecía venir de todos lados al mismo tiempo —. Eso es lo que has estado buscando todo este tiempo, ¿no es así? ¿Acaso sacrificarías tu tan preciado libertad por un amor incierto?
¿Amor incierto? Esto le dolió, le provocó un insoportable retorcijón en el sitio en donde se suponía, debía yacer su corazón. Llevó su mano hasta el pecho y lo estrujó con fuerza. Movió la cabeza repetidas veces como señal de negación, pero lo que no podía negar eran esas dudas que, de la nada, comenzaron a martirizarlo.
— ¡No, no, no! ¡Mientes! Incluso él, no, él más que nadie sabe que la libertad no existe. Lo único incierto es nuestro futuro, pero eso no significa... ¡Ella me ama!
— ¡Te dejó! —interrumpió el menor juguetonamente —. Cuando por fin se encontró a sí misma, te dejó, y lo hizo porque inmediatamente reconoció que no le pertenecías, que le pertenecía a alguien más.
Los recuerdos de ese día extraño y a la vez amado volvieron a él. El cuerpo de Amira bajo el suyo, sobre el suyo; la delicadeza de terciopelo que lo había recibido, el roce de su piel sudorosa contra la de ella, sus besos, sus caricias...
—No —negó una vez más —. No. Ella me ama, y si me dejó fue para protegerme, no hay dudas.
— ¡Te dejó porque te teme, porque no confía en ti! —gritó el pequeño quien por fin mostraba señales de perder los estribos —. Te dejó, porque lo ama a él, así ha sido desde el sexto día, y así será para siempre.
Eliel decidió que no valía la pena seguir discutiendo con ese desconocido niño, así que se echó a correr como si, literalmente, su vida dependiera de ello.
— ¡Fue ella quien te encerró en este lugar! —gritó el niño con desdén. Y esas fueron las últimas palabras que Eliel llegaría a escuchar durante mucho tiempo.
Si jamás se interesó demasiado por el correcto transcurrir del tiempo ahora estaba anhelándolo casi con veneración. Como si ese constante tiempo se hubiese transformado en ese dios que, sin importar que tan fuerte le reces, jamás aparece ante ti. Enseguida supo que su condición actual poco distaba de lo que probablemente se sentiría entregarse a la nada. Después de todo, Eliel sentía que era precisamente ahí en donde se encontraba.
El no tener nada que ver, nadie con quien hablar, con quien relacionarse, también comenzó a constituir una agonía jamás esperada. Envuelto por la blanca nieve, su cuerpo comenzaba a tensarse, luego, de la nada, comenzó a dejar de sentirlo. Ese cuerpo que había adquirido a inicios de la Revolución Industrial parecía ir deteriorándose, pero de esto Eliel no estaba muy seguro, bien podría ser una ilusión, una jugarreta de ese niño que tan insistentemente le pedía que se rindiera. Sin embargo, esta dolorosa agonía le brindaba algo de alivio. Sí su cuerpo se deterioraba de esa manera, o mejor dicho, si aún tenía cuerpo era precisamente porque no se encontraba en el infierno.
—No es una ilusión, no es una ilusión, no lo es, no es una ilusión —murmuraba una y otra vez sin cesar. El poco raciocino que aún conservaba parecía evaporarse con cada murmurio que de sus labios se escapaba.
Cuando estaba dando todo por perdido, el niño nuevamente apareció frente a él, con la diferencia que esta vez no profirió palabra alguna.
— ¡No piensas decirme nada! —gritó Eliel con despavorido desdén. No obtuvo respuesta.
Siguió caminando, aunque eso bien podía ser otra ilusión. El panorama no cambiaba en absoluto, todo era blanco, puro, no había ninguna tan sola mancha que estropeara aquel perfecto y a la vez perturbador paisaje.
Intentó una vez más hablar con el niño.
— ¿Por qué te quedas callado? —inquirió esta vez con más calma —. ¿Qué tramas? ¿Qué buscas? ¿Planeas quedarte aquí hasta que yo desaparezca, hasta que permita que esta desesperación que me devora, devore también mi existencia?
—Me dolería presenciar tal cosa —habló el pequeño al fin —. Y me gustaría evitar eso a toda costa. Ven conmigo hermano pequeño, te llevaré con él, con ese ser a quien tanto amas y que durante tiempo has deseado conocer.
—Es una trampa —sollozó Eliel.
—No lo es, hermano pequeño. Esto no es el infierno, de eso puedes estar seguro, tampoco es el purgatorio, ni el paraíso. Este es el mundo al que ellos dos pertenecen, el que ellos dos comenzaron a crear juntos, una fusión entre la tierra y el paraíso en donde nadie jamás es juzgado, humillado, en donde todos conocerían por fin la verdadera libertad. Por eso ella pudo enviarte aquí, pero no pienses cosas que no son —agregó rápidamente al notar que el rostro de Eliel se iluminaba —, te envió aquí por error, porque aún no ha despertado del todo. Nuestro padre y señor me envió a rescatarte. Él no te odia ni desea hacerte daño, ni siquiera desea que tú mismo te hagas daño. Regresa a tu lugar en el infierno, recuperar tu poderío y tu honor, sé el príncipe que alguna vez fuiste y gozaras de su eterna bendición. Nuestro padre nos ama a todos por igual, odiaría hacerte daño.
—No regresaré al infierno. No pertenezco a ese lugar, ninguno de nosotros lo hace.
—Tampoco perteneces a la tierra, y mucho menos al lado de Eva…
— ¡Se llama Amira! —espetó Eliel furioso. El sólo recordar quién era Amira verdaderamente le hacía hervir la sangre.
—Recapacita, por favor, hermano pequeño —casi imploró el niño. Al no recibir la respuesta que esperaba su rostro se entristeció, pero no había más nada que pudiera hacer —. Entonces y hasta que nuestro señor y Eva logren su cometido, te quedarás encerrado aquí, por tu bien, porque el amor de ambos es tan grande que jamás entregarían tu existencia a la nada.
Eliel no dijo más nada, y el niño por fin desapareció.


Amira soñaba. No era de esos sueños en donde podía apreciar realidades paralelas, o donde podía ver el mundo desde una perspectiva más cómoda y exacta, por lo menos no lo parecía, pero comenzó a dudar. La nieve caía delicadamente, sus pies, descalzos, ya casi estaban entumecidos, la nieve en el suelo le llegaba hasta los tobillos. Tenía frío, y un delicado vestido de algodón era lo único que cubría su cuerpo. Frotó sus manos la una con la otra, la llevó hasta sus labios y sopló pensando que su propio aliento le proporcionaría algo de calor. No fue así mas no le importó, siguió caminando guiada por una extraña fuerza, asustada por la familiaridad proporcionada por aquel extraño paraje. De repente sufrió una epifanía, vio árboles por todos lados, su cuerpo ganaba calor a medida que iba siendo bañado por los rayos del sol, el olor a miles de especias y frutos inundó sus fosas nasales mientras una fresca brisa acariciaba cada centímetro de su piel… Vio a alguien al fondo, cerca de un lago de aguas cristalinas, extendió su mano, intentó hablar, pero no puedo, lo intentó una y otra vez, y cuando su garganta comenzó a agotarse debido a esos inexistentes gritos, despertó.
Suspiró en repetidas ocasiones. Se levantó de la cama, miró su rostro en el espejo, extendió su mano y tocó el cristal.
— ¿Sucedió algo? —preguntó Joel desde una esquina de la habitación.
—No… no estoy muy segura pero… —dudó. No podía ser eso. Había perdido la costumbre, hacía mucho tiempo que no tenía sueños normales, sueños que no eran viajes hacia otros mundos hacia otras dimensiones. Ese era un sueño común y corriente, una jugarreta de su mente, de su subconsciente.
— ¿Pero…?
—No sé a quién vi. No sé con quién soñé. Ni si quiera sé si fue un simple sueño o algo más… Era un lugar extraño, algo que nunca he visto, estaba todo cubierto de nieve y sin embargo yo podía apreciar con claridad lo que había ahí… No. No fue así, en realidad aprecié lo que llegaría a haber ahí. Es extraño, lo sé, pero esa es la sensación que conservo aun después de despertar.
—Más no creo que eso fue lo único que te sorprendió.
—No… —titubeó —. Yo… los vi a ambos.
— ¿Ambos? ¿Quiénes?
—Lucifer y Eliel. Ambos estaban en ese mundo… No es posible, ¿no es así? —Amira se volteó y encaró a Joel —. Yo no pude haber enviado a Eliel de vuelta al infierno, ni siquiera sé si tal cosa es posible.
—Esa fue mi teoría inicial pero… —Joel caminó en dirección a Amira —. Sólo los primeros pueden estar en presencia de Lucifer, nosotros, aunque quisiéramos no podemos, es imposible. Lucifer está en un lugar que nos es inaccesible, es imposible que los hayas visto a los dos al mismo tiempo. Tiene que ser un lugar en donde las diferencias se disuelvan como el polvo en el agua… ¿No recuerdas nada más?
—Yo… No, para nada. Probablemente mi mente me está jugando bromas. No sentí que el sueño tratara de transmitirme algo en particular, creo que simplemente fue un sueño.
— ¿Tan grande es el amor que le guardas a mi hermano que lo llamas inconscientemente? —inquirió Joel con seriedad.
—Eso ya pasó…
— Mírame —casi ordenó Joel —. Esto ya no es un juego, tu existencia está atada a la de Lucifer. Si antes no gozabas de libertad ahora ésta está más lejos de tu alcance. Él volverá y te reclamará, Eliel no tiene oportunidad alguna, ya no pienses en él, olvídalo.
—Nadie puede reclamarme, no soy un objeto y nunca lo seré. No me importa si soy la reencarnación de Eva, no me importa que ella haya amado a Lucifer más que a sí misma y al mundo, yo soy yo, y jamás dejaré de serlo. Yo lo he visto, he sentido sus besos, sus palabras dulcemente susurradas en mi oído, la delicadeza de su tacto, de su trato y sus miradas… Él la ama a ella y yo no soy ella. Soy Amira, siempre lo seré, nadie cambiará eso. Yo… —se volteó —no lo amo, no a él. Dentro siento que le guardó un cariño especial, tan grande que estaría dispuesta a dar la vida por él, pero no es amor porque… él no es Eliel.
— ¡Olvídate de esos deseos! —espetó Joel —. ¡Entiende! ¿Crees que Lucifer no hará nada al respecto? Él te ha estado esperando desde el nacimiento de la humanidad…
—Basta —susurró Amira —, no quiero saber más nada.
—No puedes huir —habló Joel esta vez con más calma —. Él regresará y hará justicia, y para eso te necesita. Él no puede hacer nada sin ti, eres la puerta, el arma, la voluntad… Eres la madre de todo y como tal la encargada de poner orden…
—No, sólo soy Amira, ¿por qué nadie quiere escucharme?
—Lo siento tanto —dijo Joel tristemente, se acercó a Amira y la estrechó entre sus brazos con una ternura incalculable —. No importa qué tanto te esfuerces por hacernos entender, eres tú quien debe entender que ya no eres Amira y que, probablemente, nunca lo fuiste.



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