Recuerdos. (Relato lésbico)

Ok. Aquí otro relato corto de temática lésbica. Y como siempre, aquí viene mi palabrería: No sé cómo se me ocurrió, creo que todo comenzó con un: «Y qué tal si...» Una vez hube organizado mis ideas tuve que encontrar una manera de narrarlo. Decidí centrarme más en la manera en que recordaba que en los recuerdos en sí. Lo sé, no tiene sentido. Sin embargo debo decir que me agradó el resultado. He estado probando distintos estilos de escritura, influenciada por las diversas lecturas obligatorias de la carrera, supongo que algún día encontraré el que me pertenezca enteramente.
De antemano, muchas gracias por leer. Cualquier fallita que encuentren o cualquiera otra cosa no duden hacérmelo saber con un comentario,
Advertencias: Ninguna.


Recuerdos.
Por Seiren.
      
Trataba de entenderlo, pero esa imagen parecía haberse fragmentado en millones de partículas que se esparcieron como las piezas de un rompecabezas. O tal vez fue que el desconcierto había teñido uniformemente el cristal de mis ojos desfigurando los halos de luz que transportaban dicho retrato hasta mis sentidos. Cualquiera que fuese el caso, simplemente no me parecía real. Era como una vana ilusión, una finísima gota que distorsiona la clara superficie del agua creando infinitas ondas que se agitan hasta extenderse mucho más allá de lo imaginado.

En ese preciso momento, el recuerdo de todo cuanto habíamos compartido comenzó a deambular en mi mente como un espectro condenado: un espíritu errante danzando insistentemente al ritmo de la melodía entonada por la monótona vida de la que carece. Pero al mismo tiempo, esos recuerdos fueron como una brisa pasajera y cálida, y cuando dejaron de fluir, algo dentro de mí se erosionó como el seco suelo de un desierto.
Por esto me sentí desolada. El entorno se fundió con el desconcierto que aún me sofocaba. Todo desapareció. Era la única habitante en ese estado tormentoso que era mi consciencia, mis sentimientos, mi vida...
Por un brevísimo segundo me propuse enfrentar la verdad, pero, ¿cuál era el caso? No sólo me mortificaba por algo que había terminado varios meses atrás, sino que en mi interior también cuestionaba si era justo. Digo, ¿quién goza de la autoridad suficiente para arrebatarle la felicidad a alguien? Retrocedí y me alejé. La muchedumbre me abrigó con sus fríos brazos y, así, permití que mi ser interior se fundiera con el falso consuelo que proporciona la indiferencia.
Me sentí vacía, por supuesto. De alguna manera, lo que mis ojos vieron se convirtió en la prueba que negaba a esa yo del pasado, y si mi yo del pasado desaparecía, mi yo presente no existiría; mi yo presente también sería una vana ilusión, un falso reflejo de un pasado imaginario que seguramente sólo era real en mi subconsciente...
Me perdí por unos momentos. En mi descuido, tropecé con un niño y el pequeño, impotente, cayó al suelo y se echó a llorar. La madre me profirió una mirada desaprobatoria, me disculpé lo mejor que pude y me alejé rápidamente del lugar. De haber podido habría volado, hubiera dejado que el viento levantara mis alas y me elevara al cielo en donde las nubes me abrigarían con su aroma a nostalgia y recuerdos infinitos. Felicidad. Pero no, simplemente regresé a casa.
El penetrante olor de la soledad me recibió en mi apartamento. Las coloreadas paredes nada aportaban al ambiente que ahí se respiraba. A pesar de los tonos vivos y destellantes, la luctuosa sensación que generaba el que esos muros resguardaran a una sola y desinteresada persona se apoderaba de todo el entorno. Desde luego yo ya estaba acostumbrada. No me importaba.
El sillón de cuero pareció desinflarse al recibir el peso de mi cansado cuerpo. Llevé el brazo atrás de mi nuca, cerré los ojos, y nuevamente recordé.
Las primeras imágenes evocadas aparecieron dentro de mi mente como una sucesión de fotografías monocromáticas. Los rostros saltaban brillantemente acentuados por las alegres expresiones que vestían. Los paisajes eran suculentas pinturas que adornaban perfectamente los pasillos que transcurrían serpenteantes hasta lo más profundo de mi memoria. Y en lo más profundo estaba ella, con sus ojos de cristal y sus labios de terciopelo, su cabello ondeando libremente arrastrado por la fresca brisa matinal, sus pies descalzos gozando la delicadeza del césped, una sonrisa que competía contra el mismísimo cielo, brazos extendidos con dulzura, palabras pronunciadas con amor, suspiros acogedores, lágrimas de alegría.
— ¿Arielle?
—Dime, Rachel.
— ¿Me amas a mí y sólo a mí?
— ¿Y a quién más podría amar?
Constantemente me acosaba con interrogantes de esta índole. Yo era su mundo, «su pedacito de cielo». ¿Cuántas veces me dijo lo mismo? Cuando lo hacía, su vocecita parecía la linda melodía de una cajita de música, y esas notas armoniosas vibraban en mi pecho, en mis labios, en mi corazón, me brindaban un consuelo absoluto, me elevaban hasta el cielo y allí me sostenían eternamente.
Me  recosté de lado. El sillón chilló al sentir el cambio en mi postura, pero luego, todo volvió a tornarse silencioso. Ese silencio devoró enteramente mi entorno. Se apoderó del insistente «tic tac» del reloj, de mi acompasada y serena respiración, de los acalorados latidos de mi corazón...
Esta vez las imágenes llegaron a mí como una película antigua. La sucesión de escenas en blanco y negro parecían no hacerle justicia a los coloridos días que habíamos vivido juntas: los viajes al campo, los chapuzones en el mar, o el simple hecho de permanecer todo el día bajo las sábanas dejando que la delicadeza de la seda contorneara su hermosa figura. No. El mar que veía era negro, no azul; el vasto cielo, gris; las sábanas, blancas, como un trozo de papel en el que no se ha escrito nada.
La melodía que acompañaba la película parecía una lastimera tonada arrastrada por el viento, sofocada por la indiferencia, constreñida por la traición. Las notas musicales rememoradas de manera inconsciente por mis susurros eran como puñales que atravesaban mi alma y la cercenaban hasta reducirla a nada. El dolor consiguió arrancarme un par de lágrimas. Lágrimas que surcaron mi rostro con la prisa de un desamparado que no tiene hogar al que regresar.
Nuevamente cambié la posición en que descansaba. El sillón renegó una vez más y una vez más el tortuoso silencio se vio interrumpido. Respiré profundamente, acaricié mis labios...
— ¿Arielle?
—Dime, Rachel.
— ¿Tus besos son míos y sólo míos?
— ¿Y de quién más podrían ser?
La noche llegó sin que yo me percatase de ello. Dichas reminiscencias me habían arrastrado hasta un plácido y abandonado sueño, y cuando desperté, mis pensamientos flotaban errantes dentro de mi cabeza formando ideas incoherentes y retorcidas. Sin embargo, como un faro brillando en medio de la tormenta, esa imagen seguía viva en mí y resplandecía con la claridad de una calurosa mañana de verano.
Me exasperé. Sentí la fortuita necesidad de arrancar mis globos oculares, ahogarme para siempre en la apacible oscuridad y así jamás volver a ser testigo de algo tan cruel. Era inútil. Mis retinas no eran las que resguardaban esa efigie de dolor, mi corazón era el único responsable, era el que evitaba que mi memoria erradicara de una vez y para siempre lo que tanto me atormentaba...
Me olvidé por completo del sillón. En mi inestabilidad sólo pude reaccionar cuando el agua helada comenzó a calar mi cuerpo. Gotitas plateadas impactaban mi piel con violenta delicadeza regalándome un sosiego momentáneo. El aroma a lavanda del jabón se perdía entre la espuma que rodaba en mi cuerpo y descendía hasta perderse en un inextricable laberinto de tuberías. De repente noté que ese sonido como de lluvia se asemejaba a sus dulces y relajantes palabras de consuelo.
Cerré los ojos. El murmurio del agua me arrastró consigo. Los recuerdos vinieron a mí como un colorido y elaborado collage. Las fotografías se superponían una después de otra de tal manera que sólo podía apreciar su sonrisa: sonrisas amplias, sinceras, amorosas, tiernas, dulces; sonrisas que me pertenecían enteramente pero que nunca tuve el descaro de reclamar.
— ¿Arielle?
—Dime, Rachel.
— ¿Esa sonrisa es mía y sólo mía?
— ¿Y de quién más podría ser?
¿Cuándo fue que todo cambió?
Mis recuerdos, aglomerados sin patrón lógico, resaltaban como guiados por un oculto deseo. Me arrastraban súbitamente al pasado, me devolvían al presente de una manera cruenta y despiadada y mientras lo hacían sólo se dignaban en mostrarme momentos alegres, escenarios de ensueño y fábulas infinitas que únicamente conseguían sumergirme en una enorme depresión, me internaban en un laberinto de penas tapizado con los gloriosos detalles de días desaparecidos, devorados por el inclemente paso del tiempo y unos sentimientos ahora extintos.
— ¿Arielle?
—Dime, Rachel.
—Ya no te amo.
¿Qué fue lo que contesté? No conseguí recordarlo, pero al imaginarla de pie frente a mí, como la polvorienta y roída muñeca de trapo que fue cuando pronunció esas palabras, sí logré recordar lo que pensé en ese momento, y esto fue lo que pensé:
Es inmensa la influencia de las personas. La importancia que inconscientemente le otorgamos a sus discursos vacíos y sin fundamento es increíblemente absurda. ¿Existirá acaso alguna persona que haya conseguido desprenderse para siempre de este dominio ideológico, pseudo—moralista e hipócrita? No lo creo. ¿Acaso sus palabras no serán el resultado de este imperio insípido e insolente, devorador de almas, conciencias y libres albedríos? Sí, eso debe ser. Son estos seres irreverentes los que hablan a través de su voz. Ella jamás diría algo así.
Sí, lo sé. Un discurso mediocre, una invisible puerta de escape, un consuelo incluso más falso que el amor que muchas veces dijo sentir por mí. Sin embargo, en ese momento no lo creí así, en ese momento me sentí tan convencida que de haber querido habría cargado sus maletas, despedido en la puerta e incluso le habría dado un beso de despedida y un «hasta luego». El tiempo me la traería de vuelta.
Pero fue precisamente el siempre continuo tiempo el encargado de despertarme: una fuerte bofetada en el rostro que me arrebató todos los sentidos sólo para después devolvérmelos intensificados. Este súbito aguzamiento sólo consiguió hacerme más miserable. Parecía suficiente castigo por haber dejado que se fuera sin oponerme, sin embargo, ya no había más nada que yo pudiera hacer aparte de sufrir. ¿Superarlo? ¡Jamás!
Salí del baño. No me molesté en secarme, caminé desnuda hasta la habitación, abrí la ventana y dejé que la brisa nocturna enfriara mi cuerpo. Claro, en ocasiones anteriores Rachel me estaría viendo desde la ventana, y me habría ofrecido amablemente un espacio a su lado, bajo las sábanas, en donde sus manos me acariciarían y sus labios me consolarían. No fue así, en su lugar, dentro de mi cabeza sólo había cabida para cuatro palabras: Ya no te amo. Inmediatamente estas palabras me transportaron al pasado...
— ¿Arielle? —Me había llamado con lágrimas en los ojos.
—Dime, Rachel.
—Es cierto, no miento, no inventes excusas, sé que lo estás haciendo. Acéptalo y nada más. Ya no te amo.
Las palabras,  en ese momento nuevamente repetidas, me habían calado tan fuertemente que por un instante me interrumpieron la respiración. Mi alrededor se tiñó con el macabro color de la desesperación. Tenía un nudo en la garganta y mis ojos se vieron sofocados por una extraña acritud. ¿Llorar? No lloré. La eterna fuente que día a día me había proporcionado ese vergonzoso pero necesario consuelo instantáneamente se había secado negándome para siempre cualquiera clase de desahogo.
Los recuerdos desaparecieron. Las suaves sábanas ocultaron mi desnudez más no mi estado de ánimo. Y en ese estado, me dormí.
Curiosamente, cuando desperté, me encontré a mí misma incapaz de recordar nada. La almohada estaba húmeda, pero no supe reconocer si fue debido a mis lágrimas o a mi cabello mojado. Lo único seco eran mis recuerdos. Suspiré.
La cortina ondeaba al ritmo de la cálida brisa matutina, el sol resplandecía con una intensidad cegadora, no había rastro del sombrío día que había constituido ese ayer tan dolorosamente aceptado.
Cerré los ojos, y por última vez me permití ver lo que me había orillado a este deplorable estado: sonrisas que ya no me pertenecían, cariño devorado por el tiempo, palabras arrastradas por los tormentosos remolinos del olvido; un vientre abultado, una sortija, un hombre...
Con razón ya no era capaz de recordar más nada.
Suspiré.
¿Cómo podría recordar una mentira? ¿Cómo podía llorar por una mentira?
¿Cómo podía seguir enamorada de una mentira?
-Ya no te amo.
Suspiré.
¡Ah! Los recuerdos habían vuelto. ¿Llegaría, acaso, el día en que conseguiría enterrarlos para siempre?
Eso espero...

Comentarios

  1. Al fin puedo leerla!! Y completa.
    ¡No sabes todo lo que esperé! Nunca imaginé que sería así. Cuando leí los nombre me sentí bien, porque dije; Esto me lo mostró a mi primero (bueno, así pensé, no sé su fue así en realidad :P)
    Me gustó mucho, y aunque no lo creas, hay muchísimas personas que se aferran a una mentira para seguir creyendo que son amadas, o algo así.
    Muy lindo, sigue así.

    ¡ah! Se me olvidaba, cada día más poética tú. Eso de querer volar y sentir las nubes, me gustó mucho. <3 te amo.

    Un beso, y bueno, ya sabrás que historia estoy esperando a que actualices.

    PD/ Faltan dos días para mi cumpleaños 1313 ojojojojojoj :)

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    1. Pues si sabes que eres como mi asesora personal, así que te enteras de muchas cosas antes que nadie ;)

      Y como ya te he dicho, creo que se me sale lo poética, y de paso, abuso de las metáforas... Pobres! Seguro ya no me soportan XD

      Y no olvido tu cumple, pero me tendrás que tener paciencia,¿ok? ;)

      Besos.

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  2. Simplemente magnífico el relato que acabo de devorar.

    Has conseguido transmitirme todos los sentimientos de la muchacha y tu narración es maravillosa, me encanta cómo envuelves al personaje en sus pensamientos.

    Muchas felicidades :)

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    1. ¡Wow! ¡Muchas gracias! Me alegra muchísimo que te haya gustado, y gracias por lo de la narración, le puse un esfuerzo extra y que bueno que lo hayas notado :)

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  3. Seiren,

    Una vez más, un relato estupendo. Más poético, cierto, pero esa manera de narrar es también más personal, te hace sentir más cerca del personaje... Aunque Arielle no habla directamente de hechos, meterse en la piel de la protagonista es también una manera de contarlos. No tanto lo que le pasa, sino lo que siente ante lo que le pasa... Y la verdad es que las personas muchas veces pensamos y recordamos así, cuando incluso los recuerdos se desvanecen y solo quedan los sentimientos que nos dejaron.

    Te confieso que los primeros párrafos que perdí un poquito, en algunas metáforas... Tal vez también porque es algo diferente a tu narración habitual, pero es como dices: probando un nuevo estilo, y déjame decirte que este también te queda bien :) Gracias por el relato, que lo disfruté mucho. Y sigue escribiendo, a ver con qué nos sorprendes a la próxima :D

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    1. Gracias por notarlo *-*

      Cuando lo escribí me centré más en lo que Arielle sentía que en lo que en realidad había pasado. No sé, quería hacer algo diferente (o quizá era que andaba sentimental, no lo sé XD).

      Muchísimas gracias por tus palabras y por tu apoyo. Lo aprecio mucho.

      Saludos! (Y perdón por haber demorado tanto en contestar)

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  4. eii a mi me parecio hermoso, sera porqe escribo de forma parecida, no lo se. pero es muy bueno (Y)

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  5. Es estilo de escritura me llena tanto, porque más que hechos son emociones. La manera más fácil de caer en una trampa es cuando esta envuelta en emociones, nos deja inmersos en un mar. Bellisima tu alma poética dentro de estas líneas.

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