LFDI Capítulo 18: Entrenamiento.


Capítulo 18:
Entrenamiento.

Los ojos de Amira adoptaban el color de lo que reflejaban. Cuando se veía a sí misma en el espejo se tornaban plateados, cuando su reflejo aparecía sobre la superficie del agua, sus ojos adquirían un tono entre azulado y verdoso. Y así sucedía con todo. Sus ojos permanecían incoloros únicamente cuando se encontraba en completa paz consigo misma, por eso habían sido capaz de ver sus ojos en ese estado una tan sola vez. Después de ese desdichado descubrimiento, la tonalidad se había perdido por completo.
Era un fenómeno extremadamente extraño. ¿Por qué los ojos de Eva carecerían de color? Y lo más importante, ¿cómo había podido Eva renacer en la tierra? ¿Por qué había renacido en el cuerpo de Amira?

En lo personal, Amira no se sentía diferente en ningún aspecto. Seguía viendo el mundo a su manera, seguía aborreciendo ciertas cosas de la misma manera que seguía aferrándose a esas a las cuales siempre se había mantenido aferrada. Pero había una diferencia en particular, que no había manera de pasar desapercibida.
— ¿Cómo te sientes? —le preguntó Joel cariñosamente, de la misma manera que un padre se lo preguntaría a un hijo enfermo.
Amira rascó su cuello casi con furia. Como si un mosquito la hubiera picado una y otra vez en el mismo lugar haciendo que la comezón se hiciese insoportable. Pero Amira no tenía nada en el cuello que le ocasionara malestar a excepción de una apenas perceptible marca que por alguna razón se rehusaba a desaparecer.
—No ganarás nada rascándote tan violentamente —le regañó Joel —. En su lugar sólo conseguirás expandir la marca.
—Lo sé —suspiró Amira quien seguía rehusándose a abrir los ojos.
—Supongo que aún es demasiado para ti, ¿no es así? —inquirió el demonio sentándose a los pies de la chica —. No es agradable ver el mundo como realmente es.
—No es eso —gimió la fémina —, es sólo que aún no me acostumbro... Y este dolor de cabeza. ¡Es insoportable!
—Ya, ya... —Joel se puso de pie para esta vez sentarse al lado de Amira, a quién tomó entre sus brazos para consolarla —. De poder, hago que ese dolor de cabeza desaparezca sin necesidad de que me lo pidas; pero ahora estás por encima de lo que soy, no hay manera de que mi poder tenga algún efecto sobre ti.
— ¡Já! Aparte de este dolor de cabeza no me siento muy diferente...
—Así que lo sigues negando —suspiró —. Y aun así te niegas a abrir los ojos. ¿Acaso le temes a lo que ves?
—No le temo —titubeó —, simplemente no me apetece verlo.
El desconcierto inicial había pasado hace mucho, sin embargo, Amira no podía negar que le seguía provocando cierta inquietud al ver todo aquello que antes no había visto.
Todo tenía un espíritu, un alma... no sabía cómo llamarlo, tal vez esos no fueran nombres apropiados pero al carecer del correcto no le quedaba de otra más que llamarlo así. Y de alguna manera eso parecía. Era como un halo flotando, una fina línea humeante que nunca se apartaba mucho de su fuente. En algunas ocasiones eran blancas, otras verdes o celestes, pero la gran mayoría despedían un efecto tornasol y brillaban con tanta intensidad que eso era lo que le provocaba semejante dolor de cabeza.
—Te acostumbrarás —le dijo la mujer antes de que ésta desapareciera. Pero ya había pasado más de un mes desde que había despertado y no se había acostumbrado en absoluto.

— ¿Nos saltamos las lecciones hoy también?
— ¡Claro que no! —exclamó Amira, molesta con la simple idea —. Ya estoy mejor.
En ese momento abrió los ojos. Sus ojos no mentían, estaban del mismo incoloro tono cristalino, nada se reflejaba en ellos, lo que demostraba la paz interna con la que gozaba en ese instante.
—Bien...
Amira se puso de pie. Caminó hasta el centro del enorme jardín. Las copas de los árboles comenzaron a danzar con la melodiosa tonada que transmitía el viento. Una brisa apenas perceptible comenzó a descender sobre todos, el cielo comenzó a ennegrecerse.
Aún le resultaba difícil. Lo había hecho de manera violenta cuando se había enfrentado a Abel tantos meses atrás, pero había sido de esa manera porque su instinto de supervivencia, uno de los más antiguos sentidos por el hombre, se había despertado automáticamente. Ahora que quería despertarlo a voluntad, no le resultaba tan fácil.
—Concéntrate —susurró Joel.
Inhaló fuertemente. Intentó no parpadear, tenía que fijarse muy bien en el curso de esos elementos que de manera natural aportaban los recursos necesarios para crear una tormenta eléctrica. Tenía que verlos y entenderlos para manipularlos a su antojo. Pero le resultaba tan doloroso. Sus ojos aún no se acostumbraban a lo que veían, la luz se refractaba de manera diferente, haciendo que hasta la más leve sombra pareciera un estallido de luminiscencia.
Levantó su mano izquierda, veía una pequeña corriente fluir hacía el cielo, sólo tenía que encontrar el punto correcto y cortarlo, entonces todo se desencadenaría...
—Es suficiente por ahora. —La detuvo Joel.
—Aún puedo —renegó Amira. Si había soportado tanto no lo desperdiciaría deteniéndose en ese momento.
—No, no puedes —insistió el demonio. Se acercó a Amira y tomó el rostro de la chica entre sus manos —. Tus ojos, sangran —comentó con preocupación —. Tal vez te estás esforzando demasiado por despertar tus poderes.
— ¿Demasiado? Por cómo voy avanzando más bien no parece suficiente.
—Tranquila, todo sucederá... a su debido tiempo.
Amira suspiró. No quería esperar más. Si era alguien importante, y más aún, si corría el riesgo de que alguien estuviera tras ella, más le valía aprender a defenderse por cuenta propia. Ya había sido traicionada una vez, y no era lo suficientemente estúpida como para dejar que eso sucediera una segunda ocasión.
Joel vio en el desconcierto de Amira algo que le resultó sumamente apetecible. Desde la desaparición de Eliel no se había despegado de Amira. Temía que hubiera sido ella quien se había deshecho de su hermano, y lo que más temía aún, era que lo hubiera mandado de vuelta al infierno, porque una vez Eliel lograra regresar, traería al infierno consigo, y eso no era algo que los humanos fueran capaces de soportar.
—Cierra los ojos —pidió con amabilidad —, limpiaré la sangre.
La jovencita hizo caso. Cerró los ojos y dejó que Joel se deshiciera de sus sangrientas lágrimas.
— ¿Puedo quedar ciega? —preguntó Amira.
—No lo sé. Cuando Tamiel vuelva se lo preguntaremos.
—Me sorprende... lo devoto que le eres.
— ¿Celosa?
—Para nada. Me resulta extraño, eso es todo.
—Bien. Tus ojos ya están bien, pero será mejor que no los abras durante un par de horas.
—Bien —Amira tendió su mano —. Entonces llévame de vuelta.
—Como órdenes.
Joel tomó la mano de Amira, y con mucha paciencia, la llevó de nuevo dentro de local.
El aroma a té se perciba en todos lados. No había mejor manera de saber que estaba de vuelta que aspirando fuertemente. Lo que le resultaba incómodo era que junto al aroma del té, también sentía esa característica fragancia que emanaban las flores del infierno que tiempo atrás, Eliel le había obsequiado por borbotones.
También percibía el extraño aroma de Tamiel. La mujer por fin se había dignado en decirle su nombre: Tamiel. Amira sabía que lo había hecho por el respeto y devoción que le guardaba a Lucifer. Y porque estaba más que empeñada en ganarse su favor una vez que consiguieran liberarlo de su prisión. En ese aspecto tampoco había cambiado, no es que quisiera que Lucifer siguiera preso para toda la eternidad, pero tampoco sentía especial inclinación por liberarlo, de hecho, lo que más sentía era indiferencia. ¿Y qué se Eva había amado a Lucifer? ¿Y qué si todo el mundo se empeñaba en decirle que ella era la reencarnación de esa mujer? No se sentía muy diferente, lo único que quería era hacerse fuerte para no tener que volver a depender de los demás, para no volver a sentirse tan débil e inútil.
—Descansa un poco —dijo Joel antes de marcharse.
Amira extendió sus brazos, cada vez su entorno le resultaba más familiar, tanto así que en nada le incomodaba transitarlo con los ojos cerrados; pero para evitar accidentes se guiaba con sus manos.
Cuando llegó a la cama, se acostó. Ya no necesitaba dormir con tanta regularidad, ahora podía pasarse días enteros sin dormir o sin comer, de hecho, el transitar del tiempo comenzaba a sentirse un tanto diferente. Pero esa vez, intentó dormir, ya que era en el único estado en que podía salir a buscar a Eliel.
Cuando dormía su esencia se desprendía de su cuerpo. Y si con sus nuevos ojos veía el mundo como es en realidad, cuando estaba en ese estado espiritual, podía hasta tocarlo y olerlo, podía platicar con los espíritus que se encuentran en todo lo que conforma el universo, y todos ellos la llamaban Madre.
No era de extrañar que algo parecido al instinto maternal comenzara a forjarse dentro de ella. Aunque no había alcanzado la magnitud necesaria como para comenzar a preocuparse por todo lo que le rodeaba. Aún tenía sus prioridades bien establecidas.
—No vayas por ahí —le dijo un pequeño espíritu. Amira hizo caso omiso de la advertencia y siguió deambulando.
— ¡Por ahí no! —exclamó otra pequeña esencia, había sido como un acallado eco siendo arrastrado por el viento. Pero nuevamente, Amira no hizo caso.
No era los primeros en advertirles que tuviera más cuidado al momento de hacer sus improvisadas «excursiones» Tamiel y Joel se lo habían advertido tiempo atrás, cuando por error se perdió. Pero ahora la esencia que despedía su cuerpo terrenal era tan fuerte que jamás lo perdía de vista.
Y la verdad, aunque —y a pesar de todo— sí quería ver a Eliel, lo que más le interesaba era saber cómo lo había hecho desaparecer, y sobre todo, si había cerrado el trato entre ellos.
Amira siguió caminando por un tiempo indefinido. Cada vez que deambulaba en ese estado era presa de una extraña sensación, perdía el correcto transcurrir del tiempo, lo que hacía que le pareciera haber estado caminando durante horas unas veces, y otras veces parecía no haberse movido ni un ápice de su lugar.
Pero esta vez miró una extraña luz a lo lejos. Lo más raro era que en el borde de la luz podía percibirse un grueso halo de oscuridad, de una manera que era difícil distinguir dónde terminaba uno y dónde comenzaba el otro. Mientras más se acercaba fue capaz de apreciar una extraña silueta. Poco tiempo le costó reconocer que se trataba de un hombre, pero aparte de eso, no fue capaz de descubrir más, por lo que decidió acercarse sin importar el riesgo.
—Es curioso —habló la figura —. Se supone que yo te estoy buscando a ti y resulta que yo fui el encontrado.
— ¿Quién eres? —inquirió Amira con temor pero con mucha determinación.
—Vaya —suspiró —, supongo que no tienes muchos buenos recuerdos de este cuerpo, pero verás, es el único cuerpo que puede soportarme, así que tendrás que lidiar con él lo quieras o no.
La figura caminó en dirección a Amira, dejando atrás esa cortina luminosa que escondía su verdadera apariencia. Fue hasta ese entonces que Amira lo reconoció: esa piel blanca, esas sedosas hebras de cabello que reflejaban el color del oro... Sí, sin duda ese era el cuerpo de Abel. La única diferencia yacía en el color de sus ojos, los cuales ahora mostraban una tonalidad dorada con motas verdosas, y los de Abel habían sido azules.
—Hiciste una mala copia —bufó Amira, sintiéndose extrañamente valiente —. Cometiste un error, los ojos del verdadero Abel, el que está muerto, eran azules.
—Mis ojos son azules... Claro, un humano común y corriente los vería de ese color, así que me temo que tú, linda señorita, no tienes nada de común y mucho menos de corriente—. Sonrió —. Es curioso, el Abel dentro de mí me dice que eres tú quien falta para ver cumplida su venganza.
—Déjate de tonterías...
—Verás, este cuerpo —extendió los brazos —es el único que puedo habitar aquí en la tierra, y por un momento pensé que lo tenía controlado, pero el rencor es un sentimiento tan fuerte y el deseo de venganza uno tan inextinguible, que no será mío por completo hasta que cumpla sus caprichos. La verdad, no tengo nada en contra de ti, pero el antiguo dueño de este cuerpo quiere verte muerta y yo quiero poseer este cuerpo en su totalidad así que... haz las cuentas.
—Di lo que quieras, no son más que estupideces. Probablemente no seas más que un demonio de baja categoría con complejo de dios —se burló.
—Eres mala —fingió tristeza —. ¿Cómo puedes llamarme de baja categoría cuando yo estoy por encima de ese pequeño demonio que tienes por amante? Es Eliel, ¿o no? —se preguntó más a sí mismo que a Amira —. El Abel que llevo dentro me ha puesto al día —guiñó un ojo.
Al escuchar el nombre de Eliel, Amira se vio presa de un miedo completamente inentendible, ¿cómo era posible que de amarlo pasara a temerle?
— ¿Qué tal un poco de historia? —sonrió Azazel —. Hay tres generaciones de nosotros. Cuando digo, nosotros, me refiero a los demonios que alguna vez fuimos ángeles, los proclamados Caídos. La primera manada, la liderada por Lucifer es donde se encuentran los más poderosos, esos que no pueden dejar la prisión porque son demasiado grandes y las puertas demasiado pequeñas. Unos completos inútiles. La segunda manada, a la que pertenezco, es la que llegó al mundo y lo corrompió, bueno, en todo caso, lo terminó de corromper, los humanos son tan... débiles. En fin, la tercera, la última manada, a la que pertenece tu querido príncipe, es aquella que cayó impulsada por un anhelo un tanto perturbador, verás, ellos... quieren ser humanos. Por eso viven entre los humanos, se comportan como humanos, y al mismo tiempo, no son capaces de dejar a un lado sus poderes demoniacos. Unos verdaderos hipócritas si me lo preguntas... Ahora que esto te quedó claro —sonrió con petulancia —, más vale que me guardes más respeto, niña estúpida, porque te encontraré, te torturaré, violaré y mataré, de la misma manera que hice con Rauel, y con tu madre. Al anciano también lo maté, pero a ese no lo violé, digamos que no era de mi tipo.
Azazel hablaba y sonreía. Era una sonrisa pedante, de esas que te desagrada en el preciso momento en que una persona la esboza porque sabes lo que significa. Amira intentó retroceder. Pero las palabras del demonio habían calado fuertemente su estado de ánimo. Cuando eso sucedía, tenía que calmarse para poder intentar regresar a su cuerpo, sino la tarea le resultaría más complicada de lo normal.
— ¿Crees que me importa? —inquirió don frialdad —. Por algo huí de mi madre y pues... El íncubo y el anciano me tienen sin cuidado.
— ¡Qué dura! —exclamó el demonio sarcásticamente —. Pero eso no cambia el hecho de que están muertos. Así como tampoco cambia el hecho de que te encontraré, te torturaré, te violaré muy lentamente y después de asesinaré, me bañaré con tu sangre y les daré tus huesos a los perros. Todo será tan lento y tan doloroso que suplicaras clemencia, así como lo hizo tu madre...
—Ya veremos —sonrió Amira con autoridad, para después desaparecer dejando nada tras de sí.
Despertó en su cama completamente empapada de sudor. La ventana de la habitación estaba abierta de par en par. Afuera no podía percibirse ni una tan sola luz, pero el viento susurraba. Amira se levantó, se quitó la ropa mojada y comenzó a deambular desnuda en la habitación hasta que se asomó por la ventana.
— ¿Quién era ese demonio? —preguntó.
—Azazel... Azazel... Azazel —contestó el viento con un molesto chillido.
Un escalofrío lento y perturbador recorrió toda su espina dorsal, su piel se erizó. Pero no dejaría que el miedo la devorara viva. Si Azazel venía tras ella entonces lo recibiría con los brazos bien abiertos.
— ¡Joel! —llamó al demonio.
— ¿Sucede algo?
—Llévame a mi casa —ordenó.
—Con gusto. —Hizo una pequeña reverencia a modo de broma —. Pero antes recomendaría que te vistieras —sonrió pícaramente.
Amira sonrió en respuesta. Caminó hasta el armario de donde extrajo un delicado vestido de seda blanco. Últimamente encontraba más liberador vestir ese tipo de prendas. Probablemente porque la temperatura parecía estar más alta de lo normal. Una vez estuvo lista, estiró su mano, Joel la tomó y para cuando nuevamente abrió los ojos, descubrió que ya se encontraba en su vieja habitación.
Todo estaba reluciente de limpio, la cama estaba debidamente arreglada, no había ninguna tan sola arruga en las sábanas. El aire que aspiraba aun guardaba la esencia de las flores que tenían que estar escondidas en algún lado, eran aquellas que había guardado para comprobar si en realidad no se marchitaban. Pero eso era lo de menos en ese momento. Con delicadeza, abrió la puerta de su habitación. Sintió un extraño escalofrío al observar ese estrecho y largo pasillo, pero no le confirió mucha importancia y se dirigió hacia la habitación de sus padres.
El aroma a licor enseguida inundó sus fosas nasales. Eso por si sólo le pronosticó un mal augurio. Cuando abrió la puerta, sin embargo, descubrió que la habitación estaba vacía. Algo demasiado atípico considerando que para esas horas sus progenitores ya deberían estar dormidos.
Bajó a la sala. Una pequeña luz parecía titilar sin mucha insistencia. El aroma ahí era más débil, pero unos ligeros murmullos consiguieron acaparar su atención.
— ¿Papá?
— ¡Amira! —exclamó el hombre no dando mucho crédito a lo que sus ojos veían —. ¿Eres tú?
—Así es, soy yo...
—Pensé que te perdería a ti también —suspiró aliviado. Se levantó del sofá en donde tan melancólicamente había estado embriagándose, pero se detuvo al notar la extraña mirada de su supuesta hija.
— ¿Sucede algo? —preguntó Amira.
—Tus ojos...
—Ah, esto —tocó sus parpados —, es que ya no soy la misma que antes. Vine porque me enteré que mamá había sido asesinada.
El padre de Amira se dejó caer sobre el sofá. Llevó sus manos hasta su rostro y comenzó a sollozar.
—Ten un poco más de tacto, quieres —habló Joel que hasta el momento había permanecido como una sombra fiel y silenciosa.
— ¿Es él —preguntó —la persona con quién te fugaste?
—No —contestó —. Es alguien que conocí en el camino.
— ¿Por qué te fuiste?
—Eso no importa. Ahora, descansa papá.
Las palabras de Amira fueron como un hechizo que pusieron a dormir a su padre. Aún no podía controlar ese poder a voluntad, y por lo poco que había practicado con Joel, supo que por el momento sólo funcionaba con personas cuya voluntad se veía seriamente afectada. Alguien como su padre.
Subió nuevamente a la segunda planta de la casa. El pasillo estaba totalmente sumido en la oscuridad. Pero Amira era capaz de distinguir un ligero rastro, un halo finísimo matizado de carmesí guiaba su camino. Enseguida, sus ojos si tiñeron de rojo.
Era la habitación que más odiaba. Recordaba los prolongados castigos a los que había sido sometida dentro de esas silenciosas paredes, el altar que yacía en el centro de todo aquello con la imagen de Jesucristo santificado, las aparentemente inextinguibles velas con su danza luminosa, rítmica y a la vez errática. Para los ojos comunes, aquella  habitación seguiría exactamente igual que tiempo atrás, pero para Amira, no era así.
Veía los rastros del odio y la violencia regados por doquier. Sangre, lágrimas, sudor... Restos de suplicas, oraciones y rezos interminables que jamás fueron escuchados: las últimas palabras de su madre.
Caminó hacía el altar. Tomó la imagen de Jesucristo y sin miramiento alguno, la estrelló contra la pared.
—De esta misma manera, Él trató tus oraciones, madre —murmuró con molestia.
Colocó su mano sobre la mesa, cerró los ojos y vio todo, tal y como había sucedido...
Su madre estaba rezando, su voz no era más que una lejana y débil letanía que cargaba consigo palabras que poco o nada significaban para el ser a quien iban dirigidas.
—Regrésame a mi hija —susurraba con dolor —. ¡Devuélvemela!
Sus ojos se habían llenados de lágrimas y había sujetado con tanta insistencia el rosario que resguardaba entre sus manos que ya se podía ver ahí donde el prologando contacto comenzaba a desteñirlo.
La mujer estaba más delgada, más pálida, y había algo en sus ojos que en nada podía compararse con su antigua forma de ser. Verdaderamente se sentía arrepentida.
Cuando estaba a punto de ponerle fin a sus suplicas por ese día, la puerta se abrió abruptamente. Un joven, de piel blanca y cabello rubio apareció de manera petulante. Nereida, por alguna razón, fue capaz de reconocer la voluntad que había llevado a ese joven hasta su casa. Sujetó el rosario con más fuerza y lo encaró.
Pero no hubo intercambio de palabras. Azazel se limitó a sonreír. Sus labios esbozaron su tan característica y petulante sonrisa. Y en un abrir y cerrar de ojos se abalanzó sobre la mujer. La golpeó, le profirió golpes en esos sitios que no eran mortales pero que si garantizaban mucho dolor. Mutiló sus dedos uno a no, despellejó sus parpados, cercenó sus senos, la sometió a una lenta y tortuosa ablación... Y al finalizar, en ese mar de sangre en que se encontraba, la violó...
Amira retrocedió abruptamente y cayó al suelo, perpleja, sorprendida, horrorizada. Lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos: lágrimas carmesí.
—Has visto demasiado —dijo Joel.
Amira no dejó que el demonio se acercara más. Limpió sus lágrimas y se levantó. De no ser porque su padre aún vivía ahí, habría destruido el lugar.
—Regresemos —susurró. Joel la abrazó por detrás. Cuando abrió los ojos, ya estaba de vuelta en su habitación, en ese local que se había convertido en su nuevo refugio.
— ¿Cómo te has enterado?
—Lo he visto —contestó Amira —. He visto al demonio que hizo eso... Azazel.
Por un instante, el rostro de Joel pareció desfigurarse. Sin duda el nombre que Amira había pronunciado había conseguido hacerlo vibrar y su intento para disimularlo fue muy pobre.
— ¿Azazel? —inquirió gravemente afectado —.  ¿Estás segura?
—Lo estoy.
— ¿Te ha dicho que quería?
—Venganza. El cuerpo que habita desea venganza, y no será suyo por completo hasta que logre complacer los deseos de Abel. Según me dijo, soy la última, viene por mí.
—Eso quiere decir que aún no sabe quién eres —suspiró —. Bien, esperemos que eso siga así, por lo menos hasta que regrese Tamiel, no se atreverá a mover un dedo mientras estés bajo su cuidado.

***
—Me resulta extremadamente curioso —comentó Azazel con cierta sensualidad —que esa niña sea capaz de transitar por el mundo intrínseco. Me preguntó cómo es posible. ¿Tú qué opinas, Lior?
—Estoy igual desconcertada que usted, mi señor —contestó la anciana. Sus ojos violetas parecían brillar con lujuria. Su desdentada sonrisa le confería un aire tétrico y repulsivo. El que la anciana descansara sobre las piernas del demonio sería una imagen que perturbaría a cualquiera por el fatídico contraste que provocaba.
—Mi bella Lior —susurró Azazel con complacencia —. Sé qué harás todo  lo posible para descubrir...
—Ya he investigado, mi señor —interrumpió Lior —. Y hay algo que sin duda llamará su atención.
—Y dime, ¿qué puede ser eso? —inquirió Azazel al tiempo que acariciaba los blancos cabellos de la anciana.
—La niña tiene un respetable protector —sonrió tétricamente —: el único de los primeros que habita en la tierra.
— ¿El guardián de Eva? ¿Tamiel?
— ¿Acaso, mi señor, no resulta curioso que uno de nuestros más respetables fundadores cuide tan vehementemente a una simple humana?
—Curioso, sin duda muy curioso.
—Y más oportuno aún es que... —La anciana se inclinó sobre Azazel, lamió sensualmente la oreja del demonio y susurró —: Tamiel ha desaparecido.

***
Amira yacía tirada en el suelo, sudorosa y jadeante. Su ropa estaba hecha jirones, su cabello era una maraña color azabache y sus mejillas habían sido teñidas por el rubor provocado por la extenuación absoluta. Joel, en cambio, yacía de pie, apacible y sereno. Su oscura mirada permanecía fija en los ojos de la fémina, no había mejor indicador que ese, tenía que enseñarle a controlar su estado de ánimo dado que sólo así sería completamente capaz de controlar su poder.
La chica se puso de pie, escupió a un lado: saliva mezclada con sangre. Limpió su boca con el reverso de su mano, apretó sus puños y nuevamente se puso en guardia. Sus ojos eran casi cristalinos.
— ¡Si no te esfuerzas más, terminarás como tu madre! —gritó Joel. Y la furia de Amira no hizo sino aumentar. El recordar lo que había sufrido su madre antes de ser asesinada hacía hervir su sangre. Pero esos sentimientos eran obsoletos, de seguir aferrándose a ellos desencadenaría su propia perdición.
Respiró profundamente. Acompasó el ritmo de los latidos de su corazón. Levantó la mirada, Joel ya no estaba ahí.
El demonio se movía con una rapidez inimaginable. Un parpadeo bastaba para perderle la pista. Amira sólo tenía que derribarlo una sola vez, pero las acciones de Joel le hacían perder la concentración. Para el demonio, no había mejor manera para aprender que el dolor, y aunque sabía que le traería consecuencias golpear a Amira, no mermaba en absoluto la fuerza de sus ataques.
Por su parte Amira estaba extenuada.
—El mundo te pertenece. ¡Úsalo! —le había dicho Joel. Pero aún no podía. No tenía ni la menor idea de cómo «usarlo».
Una suave briza caló sus mejillas y agitó su cabello. El aire estaba ahí, siempre lo estaría, pero de qué le servía, no era más que un gas cargado de partículas volátiles. ¿Pero y qué si dejaba de serlo? ¿Sería capaz de juntar las moléculas que lo componían de tal manera que crearan una pared invisible e impenetrable? ¿Cómo haría tal cosa?
—Concéntrate —se dijo a sí misma.
La corriente comenzó a fluir más lentamente, lo hacía al ritmo de su respiración. Los acompasados halos de luz que lo cubrían todo comenzaron a mostrarse erráticos. Se veían tan cerca y lejos a la vez, tan manipulables y tan imposibles...
Amira cerró el puño fuertemente. Podía ver los elementos que conformaban el viento y los aprisionó en su puño tan repentinamente que Joel, quien se movía libremente por todo el lugar, rápidamente quedó aprisionado.
—Nada mal —sonrió complacido. Amira no terminaba de sentirse a gusto consigo misma pero devolvió la sonrisa —. Ya extrañaba eso —murmuró Joel antes de que su cuerpo se doblara en dos. Sin saber por qué, del demonio se arqueó y cayó al suelo, comenzó a vomitar sangre y de sus ojos emanaba una especie de bilis amarillenta y apestosa.
— ¡Qué sucede! —exclamó Amira sintiéndose repentinamente culpable. Pero viera cómo le viera, no había manera de que eso fuese culpa suya —. ¡Joel!
—Yo soy lo que pasa. —Azazel pareció de la nada. Lior venía tras él, usando una sonrisa casi tan petulante como la de su amo —. ¿Por qué esa cara? Te dije que te encontraría, mi niña misteriosa.
— ¡Vete! —gritó Amira, furiosa, impotente.
—Créeme que quisiera, porque este lugar me da escalofríos, pero no puedo.
—Tamiel no te dejará ir tan fácil, Azazel —gimió Joel dolorosamente.
—Esa anciana es un problema, sí, lo acepto, pero no es la más grande de mis preocupaciones —suspiró —. Lo que me preocupa es esa pequeña obsesión que últimamente perece sentir hacia esta niña.
Si Joel se movía rápido, pronto Azazel demostró ser mucho más capaz que él. En un parpadeo, el poderoso demonio se ubicó detrás de Amira, a quien aprisionó con un aparentemente delicado abrazo. El demonio sintió un extraño calor transitar su cuerpo, entonces lo supo: Amira le temía al cuerpo de Abel.
Enseguida hizo jirones la ya maltratada ropa que apenas cubría el cuerpo de la chica. Los senos de Amira fueron los primeros en ser rozados por la brisa de la tarde. Luego su estómago, sus mulos, hasta quedar completamente desnuda.
— ¡Detente! —gritó Joel alarmado. Intentó levantarse pero se sentía demasiado débil. Lior se acercó y llenó su dedo meñique con la sangre que Joel había derramado, y entonces, dibujó un pequeño pentagrama en la frente del demonio. En ese momento, Joel cayó inconsciente.
Ante tal escena el miedo de Amira no hizo sino aumentar. ¿Cómo una anciana había podido derribar tan fácilmente a Joel?
No había tiempo para tales interrogantes, mientras su cuerpo era profanado por las hábiles manos del demonio, se regañaba a si misma por su incompetencia, había estado entrenando día y noche sin descansar y al momento de verse envuelta en una batalla real, no podía ni moverse.
— ¿Por qué le tienes tanto miedo a este cuerpo? —quiso saber Azazel.
Amira recordó la vez en que Abel por poco la había violado. Si bien había creído que era algo que ya había superado, su cuerpo le demostraba todo lo contrario.
« ¡Concéntrate! —se repitió a sí misma —. No te dejes llevar, tranquilízate.»
Abrió los ojos de par en par, como pudo elevó su mirada hacia el cielo. Todo comenzó a nublarse repentinamente, las copas de los árboles comenzaron a aullar acompañando al triste chillido del viento, sentía los iones que cargaban el aire. Una línea espesa pero prácticamente invisible comenzó a dibujarse en el cielo. Era cierto, el mundo era suyo, y el mundo sentía tanto amor por ella, que acudía en su auxilio cuando más parecía necesitarlo.
Un estallido ensordeció el ambiente consumiéndolo todo con su blanquecino resplandor.  Amira se hizo a un lado cuando sintió que los brazos de Azazel ya no la retenían. No sabía cómo era para el demonio, pero ella, podía ver a pesar de aquella cegadora luminosidad. Cuando encontró a Azazel, tirado en el suelo usando una expresión de perplejidad absoluta, lo señaló con el índice, y un nuevo estruendo cayó sobre él.
El cielo ya se había ennegrecido por completo, pero era iluminado por esos ligeros estallidos que no alcanzaban a tocar tierra, eran como un pelotón de valientes soldados esperando a que se les llamara a la batalla. Amira era quien tenía que señalar que era lo que debían atacar, lo demás corría por cuento de ellos.
— ¡Cómo te atreves! —espetó Azazel terriblemente afectado. Su ropa estaba chamuscada, su piel quemada, y de sus ojos se desprendía la ira de mil infiernos. Lo que sucede cuando el orgullo de alguien que juega a ser dios se ve afectado.
— ¡Vete! —gritó Amira. Lo señaló una vez más y esta vez notó temor en el rostro de Azazel. Sonrió —. Será mejor que te deshagas de ese cuerpo —bufó autoritaria —, porque si vuelves a ponerme «esas» manos encima, todo acabará para ti.
Por el rabillo del ojo Amira notó que la anciana intentaba dibujar algo en el pecho de Joel. No le dejó tiempo para que lo hiciera. Amira profirió una manotada al aire y la anciana salió volando hasta estrellarse bruscamente contra el suelo.
Aun así, Azazel se rehusaba a torcer el brazo. No huiría de una pequeña puta con poderes sobrenaturales. No él. El poderoso demonio que había corrompido al mundo, quien le había enseñado a las mujeres a prostituirse, a los hombres a asesinar, torturar, violar... No retrocedería. ¡Jamás!
— ¿Te crees muy importante, no es así? —dijo furioso —. ¡Zorra! ¡No eres más que una prostituta barata que le abre las piernas a cualquier demonio! ¡Sucia! ¿Te crees mejor que yo? Pues tengo noticias para ti, ¡no lo eres! Esto no terminará aquí, tu tortura será peor que la que recibió tu madre.
Amira volvió a señalarlo, había perdido por completo la cordura al escuchar que ese sucio demonio había llamado a su madre. Pero para cuando el rayo impactó el suelo, Azazel ya había desaparecido.
No había tiempo para desconciertos. Buscó a la anciana en donde había caído inconsciente pero tampoco estaba, así que corrió al lado de Joel. La sangre parecía seguir brotando sin control alguno. Un humano normal, habría muerto hace mucho, pero Joel no lo era, así que había tenido suerte.
Borró, como pudo, el pentagrama sellado en la frente del demonio. Limpió esa sustancia amarillenta que se había desprendido de sus ojos y con algo demasiado parecido a la ternura, limpió la sangre de la comisura de sus labios.
—Joel —susurró al borde de las lágrimas.
Joel había sido su maestro desde que había despertado. Pero no sólo eso, había sido su compañero, y si bien había aprendido que un demonio siempre sería un demonio sin importar nada, no podía evitar sentirse afectada. Un nuevo cariño había nacido en su corazón, y aunque no se comparaba en nada a lo que había sentido por Eliel, era lo suficientemente grande como para que no pasara desapercibido.
— ¡Demonios! —espetó con violencia —. ¡Abre los ojos!
Lo sacudió con rudeza. Pero Joel no despertaba. Dejó el cuerpo del demonio en su lugar. Sus propios brazos cayeron inertes a sus costados cuando sintió que la fuerza comenzaba a abandonar su cuerpo. Sus rodillas estaban empapadas de sangre, la de Joel por supuesto. Ella yacía sentada en un mar de sangre.
Suspiró.
—Joel —susurró el nombre del demonio una vez más...
—Si lloras por mí jamás me lo perdonaré —dijo Joel con mucha dificultad. Esbozó una sonrisa que de sonrisa no tenía nada, no era más que una mueca de dolor.
— ¡Idiota! —lo regañó —. Si te vas a morir por lo menos avisa.
—No es tan fácil matarme, aunque si debo admitir que Azazel me dejó hecho una bola macilenta de inutilidad —sonrió consternado. Ni siquiera se había percatado de la presencia de Azazel sino hasta que fue demasiado tarde —. Pero parece que mi pequeña alumna está a punto de graduarse. Te enfrentaste a un grande entre los grandes, ¿lo sabías? Lo malo es que después de esto dudo de que se quede con los brazos cruzados.
—Está bien. Cuando regrese, estaré lista.
—Sé que lo estarás... —Joel extendió su mano para acariciar el rostro de Amira, manchándolo en el proceso de su propia sangre. Hasta ese entonces fue consciente de la desnudez de la chica. Y recordó, sentir como propio, el miedo que ella sintió cuando Azazel intentó profanar su cuerpo.
Le resultó curioso, que siendo tan fuerte y poderosa, le temiera tanto a algo como eso. Tal vez tenía que ver con el pasado de su madre, tal vez temía que la maldición de su progenitora la persiguiera a ella y que inevitablemente un día, fuera violada.
—Azazel ahora conoce tu debilidad —masculló Joel —. Tienes que desprenderte de tus miedos... Tienes que comprender que lo que le hagan a tu cuerpo jamás se comparará con la tortura que puede recibir tu alma. El cuerpo es algo pasajero, su dolor también lo es, no debes temer.
—Es fácil para ti decirlo —bufó. Al recordar lo sucedido con Abel tanto tiempo atrás, su cuerpo comenzó a temblar —. Una cosa es entregarte a voluntad, otra muy diferente es que te arrebaten tu dignidad, que te humillen...
—Sólo era un consejo. Tranquila. Por ahora lo más importante es buscar otro refugio, mientras Tamiel no regrese, somos blanco fácil...
Para cuando terminó de hablar, Joel notó que los ojos de Amira se habían cerrado. Su cuerpo apenas lograba sostenerse, así que la haló hacía si y la abrazó con ternura.
—Está bien —susurró —. Por ahora está bien descansar.

Comentarios

  1. Llevo tiempo leyendo Las Flores Del Infierno y esta la primera vez que comento, me parece muy buena la forma en que describes la historia, los personajes, sus acciones y sentimientos. Creo que tienes un don único para transmitir a travéz de las palabras un no-se-que que me hace desear seguir leyendo cada captítulo que le sigue, y en mi umilde opinio tienes un buen futuro como escritora. Sigue así y buena suerte.
    Espero con paciencia la continuación.
    R.J. Maestre

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  2. Me encanta esta historia, por favor termínala cuanto antes ;D

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    Respuestas
    1. Hola!

      Muchas gracias por tus palabras. Espero continuarla pronto :)

      Saludos!

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