Onii-sama 13.





De la nada todo comenzó a parecerme irreal. ¿Cuánto tiempo había transcurrido? ¿Dos o tres meses? Bueno eso parecía no importarme, menos cuando sentía la respiración acompasada de Hizumi estrellarse contra mi nuca, uno de sus brazos semirrodeaba mi cintura mientras el otro me servía de almohada. Así habíamos terminado después de nuestro fallido encuentro sexual a la intemperie. Poco después de lo ocurrido llegamos a casa y como estábamos tan cansados nos acostamos a dormir después de una corta e ininterrumpida sesión de besos.
Bostecé ligeramente y recapitulé lo sucedido, hice eso y después entré en pánico. ¿Qué sucedía conmigo? Eso era lo que quería saber, no sé si estaba mal sentir miedo, aunque sabía que eso era lo normal, simplemente me pareció que las cosas estaban avanzando algo rápido.
«Anoche no pensabas» lo mismo, me recordé a mí misma. Y era cierto, pero no podían culparme, la emoción nubla la mente, y yo creí morir cuando Hizumi dijo que ya no tenía que ver con Cindy. Cosa que en realidad no me constaba pero tampoco quería pensar mucho al respecto.
También pensé en otras cosas más «físicas» que por alguna razón comenzaron a perturbarme. El hecho de que ya había tenido sexo con Hizumi era una de ellas. Recordé que no había sido una experiencia muy grata pero también descubrí que ya no me sentía tan arrepentida, al menos no como antes. No sabía qué pensaba Hizumi al respecto y sinceramente quería saberlo, después de todo, por como resultaron las cosas después, parecía simplemente que se había comido el postre antes de la cena. ¿No se suponía que en una relación «normal» esas cosas se daban más lentamente? Según creía, primero un par de citas, luego un par de besos, más tarde una que otra tocadita indecente para después terminar en la cama. Con Hizumi por alguna razón yo siempre terminaba en la cama, aunque no necesariamente para tener sexo.
Bostecé una vez más pero esta vez con menos delicadeza, y en eso sentí que Hizumi acariciaba mi estómago. Me volteé y lo besé en la frente, él me miró y cerró los ojos. Y el cielo sabe cómo amé esa visión. En serio, los rasgos asiáticos eran mi debilidad, no podía resistirme a esos rasgados ojos negros, algún día serían mi perdición.

Como niña pequeña en busca de protección me acurruqué más cerca de él hasta que sentí como me abrazaba. Balbuceó algo que no llegué a entender y nuevamente se quedó dormido. Condenado asiático, no sabía qué tenía el muy desgraciado para que me gustara tanto. Sí, por fin podía aceptar que no sólo me gustaba o que ya prácticamente estaba enamorada de él, también podía afirmar que me tenía loca y eso no era precisamente muy de mi agrado, de seguir así terminaría como mamá: con un delantal, el símbolo de la esclavitud femenina. Está bien, tal vez pareciera que estoy exagerando pero... jamás me había sentido así.
Minutos más tarde me acordé de Luigi y no me perdoné el hecho de haberlo olvidado, tenía que llamarlo como fuera, tenía que saber si estaba bien y si su maniática madre ya se había ido. Con algo de esfuerzo me liberé del abrazo de Hizumi, busqué por todos lados para encontrar su teléfono celular, yo todavía seguía sin tener uno después de haberlo estrellado contra la pared en un ataque de furia o algo parecido.
—Deja de moverte —bostezó perezosamente.
— ¿Dónde tiraste el celular?
—Ha de estar por ahí... en algún lugar —bostezó una vez más —. A todo esto, ¿qué hora es?
—Ni idea, cuelga un reloj en la pared o algo, pero primero el celular, necesito hablar con Luigi.
Entonces Hizumi se quedó en silencio, en ese momento yo buscaba frenéticamente bajo la cama y al notar que se quedó callado, me levanté para verlo. Su mirada estaba perdida en alguna esquina de la habitación, en realidad no sabía por qué se había quedado quieto de la nada. Lo llamé pero no me contestó, entonces subí a la cama y pasé la palma de mi mano repetidas veces frente a su rostro.
—Siempre he querido preguntarte —dijo seriamente — ¿qué clase de relación tienes con ese chico?
—Por favor Hizumi, anoche la pasamos de maravilla, no lo arruines... Por favor —suspiré, tenía que dejar ese asunto bien claro —. Luigi es mi mejor amigo, aunque nuestra relación es mucho más compleja, no hay una palabra que le defina bien. Somos una mezcla de amigos, hermanos, primos... ¡Ah! No sé. Sólo te pido que no pienses cosas raras.
—No te pongas así, es simple curiosidad, sólo quería saber.
—Bueno —lo besé en la mejilla —, el cariño que siento por ambos es diferente y no puede ser comparado, pero si te voy a dejar esto bien claro desde ahorita, si me pones a elegir no lo pensaría dos veces, Luigi es mi número uno y no pienso cambiar de opinión. ¡Ah! ¿No pudiste haber dejado esta conversación para más tarde? Apenas comenzamos y ya quieres arruinarlo, tonto, que no ves cuánto esfuerzo ha significado para mí el reconocer que me enamoré de ti...
—Perdón —se disculpó —. ¿Así que estás enamorada de mí, eh? —sonrió pícaramente.
—Tonto —desvié la mirada, y en eso sentí sus brazos rodeando mi cuerpo, depositó un beso en mi cuello y después hundió su rostro en mi pecho.
— ¿Desayunamos fuera?
Nos levántanos y nos bañamos juntos, y quiero aclarar: nada de sexo ni toqueteo indecente. Después, como si me tratara de un ladrón, caminé en puntitas hasta mi habitación, no quería que me vieran salir de la habitación de Hizumi usando simplemente una toalla de baño. Una vez en mi cuarto busqué algo de ropa, algo que no fuera muy llamativo, pero que si fuera muy cómodo. Así que me puse una camiseta algo holgada color negro y unos shorts jean, me amarré el cabello en una coleta alta y me puse unas sandalias bajas. Sólo iba a desayunar, además, con eso quería decirle a Hizumi que yo no era una persona que se moría por visitar restaurantes lujosos, de hecho, los evitaba a toda costa.
Bajé y saludé a mamá quien me miró un tanto extrañada. Estaba en casa porque la luna de miel la habían tomado por adelantado, el papá de Hizumi, Ryu, era una persona muy importante y no podía ausentarse mucho de su trabajo. Besé a mi mamá en la frente y la abracé, nuevamente me miró extrañada, no le di importancia y me dirigí a la cocina para tomar algo de agua. Lavarme los dientes en la mañana siempre me dejaba la boca refrescante pero seca.
— ¿Se puede saber en dónde has estado metida? —preguntó mamá, tenía los brazos cruzados y el entrecejo fruncido.
—Por ahí... —contesté sin prestarle mucha atención.
— ¿Por ahí es... dónde? —insistió.
—Emi, estás recién casada, así que sé feliz y déjame en paz, ¿está bien? —la besé nuevamente y salí.
Hizumi ya me estaba esperando fuera. Subí al auto y antes de ponerme el condenado cinturón de seguridad, lo besé, no me fijé si había personas cerca, pero la verdad, ni me importaba, así que procedí a profundizar el beso, introduje la lengua dentro de su boca, sentí, ese característico frescor que deja la pasta de dientes, luego me separé y nos marchamos.
Fuimos a parar a un restaurante de comida rápida en donde el desayuno no era nada del otro mundo, pero ¿adivinen qué?, esa era otra de las tantas cosas que no me importaban. Él, de vez en cuando me miraba y me sonreía, platicábamos y él no me despegaba la vista de encima, eso me avergonzó, no estaba acostumbrada a tales muestras de afecto, yo era más bien fría cuando se trataba de situaciones sentimentales, con el único que no era así era con Luigi, pero claro, mi Luigi siempre ha sido un caso único y especial para mí, con él rompía todas mis reglas.
Cuando terminamos de desayunar nos quedamos otro rato platicando, después de unos cuantos segundos abordamos el auto nuevamente.
El día estaba soleado, era día de clases, era lunes, pero como siempre cuando no quería asistir a clases no me obligué a hacerlo, así que no fui, en lugar de eso nos pusimos a pasear. Dejamos el auto en un aparcamiento cercano al centro de la ciudad y nos dispusimos a recorrer el lugar a pie.
Era increíble que todo estuviera tan vivo desde tan temprano, podía ver a los uniformados colegiales, a los empresarios, a las amas de casa que salían de compra y también a uno que otro vago que parecía no tener más propósito en esta vida que deambular por las calles sin importarle nada ni nadie... Y en eso me acordé de mi Luigi, aun no lo había llamado y quería hacerlo, pensé que sería mejor llamar cuando saliera de clases —si es que había asistido— pero no pude esperar más.
—Hizumi, préstame tu celular... —Esta vez no renegó y me lo prestó.
—A todo esto, ¿qué sucedió con el tuyo? —preguntó mientras caminábamos.
—Falleció, murió en un choque... se me cayó... lo estrellé contra la pared —sonreí recordando que había sido culpa de Hizumi que yo me hubiera quedado sin celular, me hacía enfadar tanto que terminaba desquitándome con lo primero que encontrara.
—Te compraré uno...
— ¡Alto! —me detuve de un solo, él también y me quedó viendo — ¿Recuerdas lo que te dije acerca de esa regaladera tuya?
—Necesitas uno. Además, soy yo o tu madre, y conociéndole, usará el celular como excusa para esclavizarte.
—Te odio —refunfuñé. Tenía toda la razón —. Uno barato, nada de lujos.
—Claro, claro —rio divertido.
Había tiendas por todos lados, era ridículo. De seguir así pasaríamos más tiempo en escoger una tienda que un celular. Entramo a la que más me llamó la atención. Con solo entrar comencé a ver los modeles, y a asustarme por los desorbitantes precios de esos aparatos. Algunos me parecieron bonitos, no lo voy a negar, pero tampoco quería uno de esos que sólo les falta caminar, no lo necesitaba.
Estaba en mis cavilaciones cuando una chica se me acercó. Yo seguía en lo mío, y poca atención le prestaba, pero en eso noté el olor de su perfume, el cual me resultó terriblemente familiar.
— ¿Puedo ayudarle en algo? —preguntó la chica cordialmente.
—Necesito un teléfono barato y que resista el maltrato injustificado —bromeé, y cuando levanté la vista, por poco no fui capaz de esconder mi sorpresa —. ¿Saray?
—Hola —saludó fríamente.
Hablando de momentos incómodos...
—Hola —dije algo apenada.
—Por aquí, por favor...
No podía pensar en teléfonos celulares, no en ese momento. Si bien no había pasado nada entre Saray y yo, por alguna razón me sentí incómoda. Tal vez fue por el hecho de que yo la dejara plantada lo cual debió quedar saldado cuando ella me dejó plantada a mí, pero, ¿cómo saber lo que ella pensaba?
Saray me mostraba los modelos según las especificaciones que le había pedido, lo hacía cortésmente, cortesía obligada por supuesto, después de todo yo era un cliente más.
— ¿Te agrada alguno? —preguntó Hizumi. Rodeó mi cintura y descansó el mentón en mi hombro.
—No me decido —contesté —. Escoge tú, sabes que me da igual.
—No parece que te diera igual si demoras tanto en escogerlo —replicó.
— ¿Tu novio? —preguntó Saray de la nada. En eso, algo en su expresión cambió porque su rostro se llenó de... ¿sorpresa? —. ¿Hizumi?
— ¡Vaya! —Hizumi se reincorporó y le tendió la mano a Saray para saludarla —. Saray, ¿cómo has estado?
—Pues, muy bien —contestó ella sin saber disimular su entusiasmo —. Me alegra verte después de tanto tiempo.
Ese comentario no me gustó para nada, pero lo pasé. Era increíble que ya estuviera sintiéndome celosa. «Vamos —me dije— no te comportes como una idiota niña celosa» Claro, decir algo y hacerlo, no siempre van de la mano.
—No me gusta ninguno —balbuceé infantilmente.
—Vamos, si no escoges tú, elegiré uno de esos a los cuales sólo le falta hablar.
—No importa. No quiero ninguno.
— ¿Qué te pasa? —preguntó algo consternado. Y no lo culpaba, me estaba comportando estúpidamente y sin razón que me justificara. Muy de mañana estaba diciéndole que no se entrometiera en mis relaciones y un par de horas después era yo quién moría por entrometerme en las suyas. Era solo que dentro de mi mente no dejaba de dar vueltas una sola interrogante: ¿cómo se conocían?
—No, lo siento, no fue mi intención... —traté de entrar en mis cabales. Me incliné un poco sobre el aparador y me concentré en los aparatos —. ¿Este tiene reproductor de música?
—Así es —contestó Saray servicialmente —. También te conecta con las redes sociales, navegador de internet, cámara fotográfica...
Suspiré. Es que ya no había un maldito teléfono que sólo fuera... pues bueno, ¿un teléfono?
— ¿Te sientes mal? —inquirió Hizumi con preocupación.
—No... Creo que es el calor... Se me pasará —me obligué a esbozar una linda y radiante sonrisa. Pero la mirada de Hizumi me dijo que el resultado no había sido el que yo esperaba —. Nos llevamos ese —agregó rápidamente.
—Muy bien. En un momento tendré todo listo. Y Érika, si te sientes mal puedes traerte algo.
—Gracias, pero estaré bien —decliné su oferta —. Sólo me sentaré un momento.
Con pasos torpes y lentos, llegué hasta un mullido sofá localizado en el extremo derecho de la tienda. Apoyé de lleno la espalda sobre el respaldo y cerré los ojos. Increíble que los celos me dejaran en tan mal estado. ¿Cómo podía ser tan estúpida? Obvio sólo eran conocidos... ¿Por qué no podía convencerme de eso?
— ¿En serio estás bien? —preguntó Hizumi una vez más al tiempo que tomaba mi mano.
—Sí, el aire acondicionado no debe de estar funcionando bien. ¡Qué calor!
—Por cierto, noté algo que me resultó curioso.
— ¿Qué cosa?
—Saray te llamó Érika. Tú odias que te llamen así, y de hecho, cuando te presentas, pides que te llamen Eri.
Atrapada.
—Recuerdas el día que tuvimos sexo. — Hizumi asintió —. Se suponía que ese día iba a encontrarme con Saray. La había conocido en un bar y, me gustó y... cosas del pasado que ya no vale nada.
—Bien —asintió —. Aunque quiero detalles, no preguntaré, porque eso sucedió antes de que los dos nos juntáramos.
Carajo, maldije, ahora no había manera de que yo trajera su pasado a colación. No había manera de que yo le preguntara de dónde la conocía.
Una vez realizado el intercambio comercial, nos fuimos a almorzar como era debido. Eso, si a la pizza puede llamársele un almuerzo en toda la extensión de la palabra.
El restaurante estaba atestado, era hora pico después de todo. Por suerte, encontramos asiento rápidamente.
Pasado el almuerzo dimos otro par de vueltas más. Llegamos a casa hasta la hora de la cena. Yo estaba cansadísima, así que después de conectar el celular para que se cargara, me acosté y me dormí.
Desperté pasada la media noche. Me regañé por haberme dormido, porque no había manera de que volviera a faltar a clases, no después de las súper vacaciones extendidas que me había tomado con permiso de nadie.
A hurtadillas llegué a la habitación de Hizumi. Noté el hilito de luz que se colaba por entre le hendidura de la puerta, pero como aún no perdía los modales, toqué.
—Adelante —dijo él, y yo abrí la puerta con tanta delicadeza que apenas y se escuchó el pomo girando.
— ¿Qué haces?
—Estudio —contestó y levantó un libro de texto sobre no sé qué que era tan grueso que me pareció una proeza el que lo levantara con una sola mano.
—Jugaré un rato —dije señalando a sus tan amados consolas —con el volumen muy, muy bajo.
Sonrió y asintió en silencio para después volver a sumergirse en su libro.
Encendí el televisor y después la consola. Tomé el mando y esperé a que pasaran los respectivos créditos de entrada. Me gustaba jugar Mario Kart con Hizumi, pero dado que él estaba estudiando, jugaría un videojuego individual. Mataría zombis. Me regocijaría al ver sus sesos volar en pedacitos hasta quedar irreconocibles sobre el frio asfalto bidimensional. Echaría de menos sus moribundos gemidos pero era eso o Halo, y este último juego también era mejor en multijugador, y no me arriesgaría a que me dieran una paliza en línea.
Llevaba varias horas jugando cuando el cansancio me hizo cometer un torpe descuido cuyo resultado fue que mi avatar computarizado quedara en medio de un charco de sangre con la cabeza a por lo menos dos metros del resto de su cuerpo. Bostecé. Apagué todo. Hizumi seguía estudiando en silencio, la diferencia era que ahora se había acomodado sobre la cama.
Gateé hasta él. Le robé un beso y me acosté a su lado.
— ¿Qué hora es? —bostecé una vez más.
—Pronto amanecerá.
—Despiértame cuando sea hora de ir al colegio...
Cuando abrí los ojos, ya era de día, y Hizumi dormía aferrado a mi cuerpo. Hasta entonces recordé que no había llamado a Luigi para nada. No podía perdonarme esa clase de descuido.
Bruscamente me levanté y corrí hasta mi habitación. Tomé mi nuevo celular, y marqué.
—No me digas que hoy tampoco irás a clases. —Con ese reproche, Luigi contestaba mi llamada.
—Sí iré —dije con pereza.
—Entonces será mejor que te apresures. Hablamos en el instituto.
Me alisté a velocidad luz. No desayuné, sólo me despedí de mi madre y salí corriendo a tomar el autobús.
Llegando al instituto divisé a Luigi, su hermoso y lacio cabello negro se tambaleaba de un lado a otro siguiendo el ritmo de su sensual andar. Su trasero llamaba especialmente la atención cuando caminaba. Había un no sé qué que te impedía despegar la vista.
Me acerqué por atrás, y lo seguí como si fuera su sombra...
—Sé que estás detrás de mí —canturreó infantilmente. Se volteó rápidamente y me acogió fuertemente entre sus brazos —. Buenas días —saludó y besó mi frente.
—Buenos días... —contesté algo apenada —. Perdón por haberte dejado tan abandonado.
—Bueno —suspiró —, me hago una idea de lo que pudo haber sucedido.
La jornada escolar se hizo insoportablemente larga, más larga que de costumbre, y para colmo, recibí una bonita cantidad de castigos y de deberes extra. Todo por mi bien, me decían, dado que si seguía faltando con tanta regularidad lo más seguro era que perdiera el curso. Por esto mismo no tuve hora de almuerzo, no, el almuerzo lo tomé mientras ordenaba los polvosos y obsoletos libros de la biblioteca. El receso corto fue peor, me tuvieron de mandadera, y en tiempo record recorrí las instalaciones. Terminé sudada, agotada, hambrienta y mal oliente...
—Quiero ir a casa y quedarme tres horas en la tina —renegué.
—Eso te pasa por faltar a clases —rió Luigi —. Y bien, me dirás qué pasó.
Me apenaba mucho decirlo, pero a Luigi no podía guardarle secretos ni aunque mi vida dependiera de ello.
—Pues... —titubeé —. Tengo novio.
—Bueno, no me sorprende, y te diría te lo dije pero...
— ¡Ya, ya! —lo interrumpí —. Pero eso no es lo importante ahora. Dime, ¿qué pasó con tu mamá?
—Cuando regresé a casa ya no estaba —comentó incómodo —. Esa noche que me llamaste y te fuiste, me fue a quedar a un hotel...
—Ya imaginaba que ibas a terminar encamado, nadie podía quitarte la vista de encima...
—Pero eso no es lo importante ahora —me remedó —. Mi hermana ya está bien, ya no hay riesgo.
— ¡Wow! —exclamé verdaderamente aliviada —. ¡Qué bueno! Uff, qué susto nos sacó. —Me abalancé sobre él y estuve a punto de abrazarlo y besarlo cuando él me detuvo —. ¿Qué sucede?
—Lo estuve pensando un poco y creo que debemos refrenar nuestras muestras de afecto... como ahora tienes novio.
— ¡No, no y no! —exclamé enfadada —. El que ahora tenga novio no cambia nada en mí y no debe cambiar nada en ti —lo regañé —. Además, se lo dejé claro a Hizumi, y es algo que deberías saberlo mejor que nadie, si he de elegir, no lo pensaría dos veces, eres mi número uno y eso no cambiará nunca.
—Eso dices ahora —murmuró. El que dudara de mí me afectó más de lo que habría imaginado.
— ¡No me crees! —grité —. ¡Bien! —Saqué el teléfono celular de mi bolso y marqué —. Entonces enseguida terminaré con él...
—Espera —me detuvo y me arrebató el aparato —. ¡Estás loca! Él te gusta muchísimo.
—Pero a ti te amo, y aunque lo nuestro no es un romance ni nada de eso jamás te cambiaré por nadie más. Y si las personas no pueden entender eso se pueden ir muy al demonio porque jamás te dejaré ir, jamás permitiré que me alejen de ti.
Estaba tan agitada, jamás había discutido con él de tal manera que me quedara sin aliento. Traté de normalizar mi respiración pero al no conseguirlo, decidí sentarme un momento, no fuera que callera tiesa al suelo.
—Perdóname... —se sentó a mi lado, y me buscó como un gatito en busca de cariño, hacia eso cuando sabía que había obrado mal. También buscó mis labios, los besó, enterró sus dedos en mi cabello y luego del beso, hundió su rostro en mi pecho.
Suspiré. Sin duda el encuentro con su madre lo había dejado en un estado demasiado frágil. No era justo que esa mujer convirtiera a mí siempre alegre Luigi en alguien tan inseguro. Por eso la odiaba tanto. Jamás le perdonaría que lo tratara de esa manera
—Ya, no te preocupes —sobé su cabeza —. He exagerado. Pero me pone mal que dudes de mí porque lo sabes, ¿no? Eres a quien más amo en este mundo. No podría vivir sin ti.
—Lo sé. También te amo, Eri. Eres lo mejor que me ha pasado.
—Ya. Ahora parecemos protagonistas de una novela rosa —sonreí y tiré tiernamente de su cabello —. Y bueno, creo que ese baño puede esperar, ¿comemos?
—Claro. Yo invito.
—Y a todo esto, ¿con quién te acostaste?
—Créeme, cuando te lo cuente, te morirás de la risa.
Eso no me la esperaba, él siempre se mostraba renuente cuando se trataba de hablar de sus conquistas. Así que me sorprendió el que se mostrara tan dispuesto.
Entendí la razón cuando por fin me lo confesó todo. Cindy. La chica con la que se había acostado no era ni más ni menos que la ex novia de mi novio. Y como Luigi pronosticó, reí mucho.
Intenté indagar más al respecto, pero fue poco lo que logré sacarle, igual, eso poco me alegró el día.
Regresé a casa pasada las siete de la noche. Mamá me recibió y extrañamente se tomó el tiempo para servirme la cena. Las sorpresas no cesaban en ocurrir. Por un instante me pareció que me toparía con un unicornio, que los duendes llegarían esa noche a remendar mis zapatos y que el hada de los dientes llegaría a dejarme todo el dinero que me debía.
Hizumi no había llegado aún de la universidad. Pero como tenía su permiso exclusivo, entré en su habitación y me puse a jugar con sus consolas. Esta vez elegí el chico de verde con orejas puntiagudas.
—Eres toda una friki, ¿lo sabías? —comentó Hizumi de manera jovial desde la entrada de la habitación.
—Era esto o hacer los deberes y los deberes pueden esperar, tengo una princesa que salvar.
—Cómo amo tus ocurrencias —rió. Caminó hacia mí, me arrebató el mando de las manos y cuando estaba a unos segundos de protestar, me besó.
«Ah bueno —me dije —, la princesa puede esperar»
Me aferré fuertemente a su cuello, él me levantó y me llevó hasta la cama. Siguió besándome, y segundos después dio inicio a unas caricias que no olvidaría en mucho tiempo.
Llevaba una camiseta, unos shorts y no sé qué más, no lo recuerdo muy bien, quién va a recordar esas nimiedades cuando el objeto de tu afecto hacía tantas proezas con su lengua.
En cuestión de minutos mi camisa estaba tirada en algún rincón. Tan poco autocontrol tenía que era yo quien prácticamente pedía a gritos ser acariciada.
—Hizumi —gemí.
—No podemos, tu madre está aquí...
Dijo eso, pero con una habilidad sobrenatural me despojó de los apretados shorts y de la ropa interior, para segundos después hundir su lengua entre mis piernas.
—Hizumi —gemí su nombre una vez más —. Hizumi, Hizumi...
Dejó de importarme lo demás, sobre todo esos pensamientos sobre el postre antes de la cena. ¡Qué importaba! Todas las personas somos diferentes y todas y cada una tienen su propio ritmo. Y yo quería sexo con Hizumi porque él me encantaba, ¿qué había de malo en eso?
Por un instante él se detuvo y sacó un preservativo de su siempre abastecida mesita de noche. De manera borrosa, por mis ojos llorosos, noté como lo deslizaba cuidadosamente sobre su miembro endurecido. Quise ayudarlo, pero el tiempo no estaba precisamente de nuestra parte. No con mamá en casa.
Se introdujo dentro de mí lentamente. Sentí como me penetraba con cada centímetro de su erección. Me causó un ligero malestar, pero se desvaneció rápidamente después de esas primeras y rítmicas estocadas. Y su intrusión era tan certera, que tuvo que acallar mis gemidos con sus labios. Descubrí en ese momento que me encantaba gemir, el saber que él me escuchaba, que yo misma me escuchaba y que alguien más podría escucharme, me resultaba excitante. Qué sé yo, tal vez alguna clase de fetichismo o algo parecido.
Cuando terminé, me aferré tan fuertemente a su espalda que lo dejé todo aruñado. Dejó su peso caer de lleno sobre mí, y a pesar de que ya estaba flácido se rehusó a salir de mi interior.
—Delicioso —susurró completamente complacido.
—Vamos, levántate —le pedí —, no eras tú el preocupado, arreglemos este desastre antes de que nos descubran.
—Si no nos descubren después de semejante alboroto que armaste es poco probable que nos descubran ahora.
— ¡Tonto! —bufé infantilmente —. Ya, levántate.
—Claro, claro...
Pensé que estaba a punto de hacerlo cuando de nuevo se abalanzó sobre mí, pero esta vez con su poderoso e infalible ataque de cosquillas. Me estaba ahogando de la risa, casi literalmente, cuando me pareció escuchar algo...
—Chicos... ¿están aquí?
Menuda suerte. Apenas comenzábamos con nuestras locuras y ya estaban a punto de descubrimos... ¡Carajo!

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Gracias por leer.

Comentarios

  1. Hola me preguntaba cuando ibas a tener el capitulo 14 porque este fic lo amo. Al igual que Verde azulado y el amigo del novio de mi hermana. Eres una excelente escritora de fanfic. Espero ver pronto la continuacion

    Hasta luego

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