LFDI Capítulo 17: Renacer.


Capítulo 17:
Renacer.

La mujer parecía más arrugada y más débil, tenía un aspecto cansado y un halo de resignación flotaba a su alrededor. Su dedo índice estaba enroscado alrededor de la oreja de la taza de donde bebía ese aromático té cuya esencia impregnaba todo el aire a su alrededor. Amira la veía con nerviosismo y con miedo. La mujer tenía un aspecto intimidante y no era simplemente por la edad que aparentaba, Amira pensaba que era el peso de toda la sabiduría que se ceñía sobre ella lo que la hacía parecer tan inaccesible y tan severa. Sus examinadoras miradas eran como un interminable martilleo contra su ego. Esa mujer la miraba como si fuera lo peor de lo peor, tal vez sólo las ratas estarían por encima de ella y quizás ni eso.
— ¿Con qué nombre puedo referirme a usted? —preguntó tragándose todo su orgullo para aparentar humildad y sumisión, cosas que no dieron resultado.
—Lo que menos deseo es que tú, niña insignificante, sepa mi nombre. Me llamarás señora cuando quieras llamarme, pero de antemano te digo que eso no significa que siempre voy a responder.

La cansada mujer dejó la taza en la mesita de al lado, se levantó con cierta torpeza y se dirigió hacia donde Amira permanecía de pie, y luego, la olfateó. Amira sabía lo que significaba eso, así que no se molestó cuando la mujer habló.
— ¿Qué no te basta con Eliel? —preguntó con sorna y casi de manera escandalosa. Era  curioso que un demonio se preocupara por tales cosas —. Te mando a Joel y también lo quieres para ti. Eres una pequeña puta en celo.
—Yo sólo quiero a Eliel, señora —contestó Amira, por dentro se decía que nada de lo que le dijeran debía importarle, pero ya comenzaba a preguntarse por qué demonios había ido ahí.
La mujer arrugó el entrecejo y le profirió a Amira una mirada llena de recelo, esa fue la mirada más intimidante que había recibido hasta el momento, pero aparentó no sentirse afectada, lo que esa mujer quería era doblegarla y Amira no se lo permitiría, por lo menos no se la pondría fácil.
La mujer volvió a tomar asiento y le señaló a Amira que hiciera lo mismo, Amira vio aquel gesto con desconfianza pero para no parecer descortés se sentó precisamente en el lugar en el que Eliel se había sentado la primera vez que estuvieron juntos en ese lugar.
—Estás en peligro —dijo la mujer, hizo una pequeña pausa y luego continuó —. No quiero que Eliel salga lastimado, es como un hijo para mí, el único al que verdaderamente quiero. Así que te prometo decírtelo todo a cambio de que te alejes de él.
Amira no se desilusionó, por experiencia sabía que habría sido demasiado bueno que la mujer de buenas a primeras le dijera lo que ella verdaderamente quería saber. Pero por lo menos agradecía porque gracias a ese tipo de comportamiento ella iba perdiendo su inocencia y se iba haciendo más desconfiada.
— ¿Cómo sabe todo eso?
—No tengo por qué darte razones. Lo tomas o lo dejas, así de simple —resopló casi con indignación. ¿Quién se creía esa niña para cuestionarla de tal manera?
—Disculpe si mi reacción no es la que usted esperaba, pero he visto pelear a Eliel, y no se me hace fácil creer que de alguna manera yo podría meterlo en apuros. Que yo recuerde no es ninguna damisela en peligro —sonrió —. Entiendo su preocupación, pero no creo que haya alguien capaz de...
Se detuvo, su garganta se secó casi de inmediato y las palabras reptaban por su garganta como un bulto de afilados objetos metálicos que le roían y cortaban la carne. Sintió un gusto metálico y amargo y creyó que verdaderamente estaba vomitando navajas, pero al escupir sobre la palma de su mano se percató que era el regusto característico de la sangre lo que su paladar degustaba. Amira levantó la vista y clavó sus ojos en los sabios y serenos ojos de la mujer. Sus labios sonreían, lo demás no, de hecho eso parecía más una mueca de complacencia que de felicidad, verla sufrir sin duda le daba algo de alegría pero no era algo que verdaderamente hiciera su día.
— ¿Qué sabes tú, niña idiota? —dijo la mujer con un tono de voz más seco de lo normal. Amira decidió quedarse callada, hablar le resultaba demasiado doloroso —. ¿Te comieron la lengua los ratones? —inquirió con una sonrisa petulante.
En ese instante Amira supo que no tenía por qué seguir soportando todo eso, así que sin importarle más nada, decidió que ya era hora de marcharse. Colocó ambas manos sobre los reposabrazos de la silla con la intención de ayudar a levantarse, pero cuando intentó hacerlo, no pudo; su cuerpo pesaba más de lo normal. No, era más bien como si cargara algo verdaderamente pesado sobre sus hombros. Miró nuevamente a la mujer pero esta vez no pudo mantener la vista encima de ella por mucho tiempo. Los ojos comenzaron a ponérsele llorosos y le escocían un infierno, intentó frotarlos con sus manos pero éstas seguían adheridas al sillón y por tanto le resultó imposible... Y de pronto, todo a su alrededor cambió...
 Una tormenta de arena se ciñó sobre ella apagando el lastimero alarido que estuvo a punto de dejar escapar...
El sol se mostraba en lo más alto del cielo, imponente, iluminándolo todo, calentándolo todo... La arena bajo sus pies estaba caliente, sin embargo, las callosidades le hacían la caminata más soportable. Un manto de algodón grueso y corroído la cubría por completo, de la misma manera, otra pieza de tela cubría su cabeza y la mitad de su rostro.
Delante de ella caminaba un hombre que halaba un par de camellos. Amira lo miró; del torso para arriba iba desnudo, la piel morena estaba surcada por motas rojizas, seguramente golpes recién recibidos. El hombre se volteó y le regaló la sonrisa más radiante que Amira jamás había visto, entonces lo supo...
«Esta no soy yo», se dijo al tiempo que ponía ambas manos frente a su rostro. En ese momento, sin que ella se diera cuenta, el hombre se le acercó y le tomó las manos, envolviéndolas con las suyas en un gesto totalmente empapado de dulzura.
—Lucifer —susurró Amira.
—Eva —dijo él antes de besar sus manos.
«Así es —pensó Amira —. Esta es la forma en que Eliel ve a esa mujer». Y en ese momento su corazón fue presa de un doloroso retorcijón, el descubrimiento de algo que sin duda no estaba dispuesta a tolerar.
Liberó sus manos antes la mirada perpleja del hombre que tenía frente a ella. Palpó su rostro, se deshizo del velo que lo semicubría y sonrió. Luego palpó las heridas sobre el cuerpo de Lucifer. Le pareció extraño, en un mundo con tan pocos habitantes, ¿quién se había atrevido a golpear a tan hermoso hombre?... Y lo besó, ahí, donde la piel se mostraba más rojiza, ahí, donde el sudor perlaba esa tez morena...
Bajo su espalda desnuda, la arena se sentía caliente, los granitos parecían apuñalar cada centímetro de su piel, parecían penetrarla casi de la misma manera que lo hacía el hombre sobre ella. Amira sintió placer, pero no le confirió mucha importancia ni le tomó mucho sentido. No era ella a quién ese hombre amaba, ella simplemente miraba todo aquello que había sucedido tantos siglos atrás.
«¿Por qué me muestra esto?», quiso saber Amira. No tenía ni la más remota idea de por qué esa mujer hacía lo que hacía.

Nuevamente el paisaje cambió, ahora era un oasis, agua, palmeras y frutos de distintos tipos... Amira estaba acostada bajo la sombra de un alto cocotero, Lucifer chapoteaba en el agua y mientras ella lo veía sobaba su abultado vientre...
«Ya entiendo —pensó Amira —. Ese fue el día que Eva y Lucifer dieron vida a Set». Y ella podía sentir esa vida que crecía en ese cuerpo que no le pertenecía, y veía a ese increíblemente hermoso hombre juguetear en el agua, y veía como sus miradas iban cargadas con un amor que tal vez nunca nadie había experimentado.
«¿Quién los separó?—quiso preguntar Amira —. ¿Quién fue el miserable que cometió tal barbaridad?»
Al terminar de formular esa pregunta el agua en donde Lucifer nadaba se tiñó de rojo, las arenas que cubrían todo se transformaron en espinales interminables, el cuerpo de Amira comenzó a ser acribillado y mutilado por dichas espinas. Extendió su mano para suplicar por ayuda, pero Lucifer era presa de esa misma tortura. Algo parecido a una sombra se acercó a ella, las espinas se apartaron brevemente, Amira podía sentir el dolor y veía su cuerpo completamente empapado de sangre. Quiso gritar pero no pudo, ni siquiera fue capaz de llorar.
«La matará —supo Amira —. Matará a la niña que llevo dentro».
En ese instante Lucifer se abalanzó sobre la sombra y batalló con ella como si la sombra fuese un hombre de carne y hueso.
— ¡Vete!—gritó Lucifer. Pero Amira no podía moverse —. ¡Vete! —gritó nuevamente, pero Amira seguía sin moverse. Fue entonces cuando Lucifer gritó otra cosa —: ¡Llévatela!
Amira buscó entre todo aquel caos al ser que había recibido dicha orden, pero no fue capaz de verlo. Cuando abrió los ojos, fue a otro hombre al que vio y lo reconoció de inmediato...
—Adán...
Y ahora todo lo que veía era una vida laboriosa llena de tierra y sudor. Llevaba una pequeña a cuestas, enrollada y sostenida a su espalda por un simple manto de algodón que el sudor y la arena había teñido en un tono beige, casi café. En una mano cargaba un jarro, y en el otro un bastón torcido que le ayudaba a sostenerse. Caminó y caminó hasta que encontró una fuente de agua, introdujo el recipiente dentro para llenarlo y luego regresó al lado de Adán.
Adán la veía con recelo, casi con odio y con algo que fácilmente podría ser definido como rechazo. A Amira, o más bien dicho, a Eva, eso no parecía importarle porque únicamente se concentraba en el bienestar de su hija, de Set. Pero de igual manera se sentía cansada, estaba harta, le habían arrebatado todo aquello por lo que tan fervientemente había trabajado, quería su paraíso de vuelta, quería su poder de vuelta, y Amira podía sentir esa impotencia y parecía lastimarla de igual forma.
— ¡¿Qué hice mal?! —exclamaba al cielo —. ¡Me lo quitaste todo y no tenías derecho para ello! ¡Era mío! ¡Era mío!
Amira pareció desconcertarse en ese momento, algo en su interior se tambaleó, ya no sabía en dónde se encontraba, su visión era una dualidad entre el presente y el pasado y debido a esto sintió mucho miedo; recordó lo que Eliel le había comentado y temió quedar atrapada en el medio de todo aquello, pero lo más inquietante era que no sabía cómo despertar, cómo cruzar a un lado o al otro. Ya no le importaba, sólo quería tener la certeza de encontrarse en algún lugar...
—Yo salvé a Eva de las garras del creador, yo recibí la orden de Lucifer de ponerla a salvo —dijo la mujer. Amira se sintió más desconcertada aún, estaba de vuelta en la habitación de la mujer. Miró en todas las direcciones en que le fue posible y efectivamente supo que estaba de vuelta —. Aunque no eres de mi agrado, y aun cuando no sé con exactitud lo que eres, mi misión es cuidar de ti. Mi excelentísimo señor jamás me perdonaría el que yo dejase que uno de los suyos corriese riesgos.
—Lucifer...
—Él tarde o temprano vendrá por ti. Tarde o temprano reclamará todo lo que nos ha sido arrebatado.
—Fue el Creador quien intentó deshacerse de ellos... ¿Debo temerlo a Él?
—Todos le tenemos al Creador porque no es más que un niño a quien le encanta destrozar sus juguetes —bufó con recelo —. Y todavía tienen el descaro de culparnos por todas las calamidades del mundo, pero son los humanos quienes en su ignorancia lo corrompen todo. Nos condenan mientras a Él le rezan con infinito fervor. ¿Sabes qué es lo que hace con esas suplicas? Las ignora o se burla de ellas, se ríe de la estupidez de esos seres que él mismo creó. Lo peor de todo es que con esos rezos le confieren un poder que alguien como Él no debería tener...
—Pero, Lucifer puede detenerlo, ¿no es así?
—Lo intentó una vez y falló —suspiró—. No hay ser más puro que él. Me indigna el saber que está encerrado en esa prisión...
— ¿Prisión?
—El infierno es una prisión, niña. De no ser así, por qué crees que preferiríamos permanecer en el mundo de los humanos.
Claro, eso explicaba muchas cosas, pero al mismo tiempo, no explicaba nada de lo que ella verdaderamente quería saber. Y sin ser demasiado consciente de ello, recordó la vez que en sueños, había seguido a Eliel, fue hasta ese momento que se percató de algo muy curioso...
—Soy Eva —dijo Amira —. Por eso soy tan diferente de Cielo, por eso cuando sueño, sueño que soy ella, por eso cuando me muestran estas visiones tomo su lugar, por eso le besé como si fuera la cosa más natural en este mundo. Pero Eva está encerrada. Eliel me lo dijo, no es capaz de ir al infierno, ni al purgatorio, su prisión eterna es un campo lleno de flores, el paraíso que tanto anheló... Entonces —dudó. Eva estaba encerrada, no había manera de ser ella —. No... No lo soy.
—No sé lo que eres, niña. Siento a Eva en ti, de la misma manera que la siento en la niña pelirroja... no sé más nada. Sólo hay alguien capaz de reconocerte, y ese es...
—Lucifer—susurró Amira, y al pronunciar su nombre fue presa de un placentero escalofrío.
Pero a pesar de ese pequeño pero importante descubrimiento, aún había algo que Amira no terminaba de entender, ¿por qué estaba en peligro? Cómo podía estarlo si para empezar nadie sabía quién era ella. Tal vez Eliel se había acercado porque había sentido algo extraño, sin embargo, Amira comenzaba a creer que ni él mismo sabía exactamente lo que sentía. No había razón, si su existencia era casi desconocida, para que alguien quisiera hacerle daño.
— ¿A qué o quién debo temerle? Son pocos los que saben de mi existencia.
— ¿Y sólo por eso tenemos que esperar a que estés moribunda para hacer algo al respecto? —bufó la mujer con desdén. Aún no podía creer que esa niña fuera tan estúpida —. Hay que agradecer que seamos pocos los que sepamos de tu existencia, porque una vez se llegue a saber, todos caerán sobre ti como buitres y te devoraran hasta que hayan conseguido de ti lo que quieren. Tu existencia es algo que debe de mantenerse en el más callado secreto. Nadie deber saberlo jamás, por lo menos hasta que él venga por ambas. Por eso tienes que alejarte de todos.
La tenía difícil, a pesar de todo lo que había acontecido recientemente, jamás había albergado dentro de ella el deseo de dejar a Eliel, pero al mismo tiempo con toda seguridad podía afirmar que ese era el siguiente paso que debía tomar si quería descubrirlo todo.

Regresó muy tarde ese día. Cielo la esperaba en la entrada de la casa, Amira sonrió, la abrazó y la besó con ternura, como si esa pequeña niña fuera su hermanita menor. Enseguida ambas entraron tomadas de las manos para después prepararse una deliciosa cena que disfrutaron sin censura.
— ¿Te irás? —preguntó Cielo, tan perceptiva como siempre.
—No se lo vayas a decir a Eliel —le pidió Amira colocando el dedo índice sobre sus labios como señal de confidencia. Cielo asintió y ambas se quedaron platicando hasta que Cielo terminó dormida sobre el sofá en el que extrañamente le gustaba descansar.
Amira regresó a su habitación, inhaló profundamente, cerró los ojos y luego de un breve instante dejó escapar todo el aire contenido en sus pulmones. Caminó hasta el cuarto de baño en donde comenzó a desvestirse con mucha paciencia, luego se metió bajo el reconfortante chorro de agua tibia que dejaba escapar la ducha, y se bañó minuciosamente, limpiando con especial dedicación cada rincón de su cuerpo.
—Eliel —susurró, un hilito de agua se deslizaba sobre sus labios —. Eliel —repitió, lo estaba llamando.
— ¿Qué sucede? —preguntó Eliel cuya silueta podía apreciarse del otro lado de la cortina.
Amira terminó de enjuagarse el jabón que aún cubría su cuerpo, cuando terminó, salió de ahí caminando con cierta sensualidad que no le pasó desapercibida al demonio.
—Después de lo que pasó comencé a sentirme un tanto insegura, por eso quería verte —contestó más nerviosa aún.
—Peleamos —dijo él —. Todo el mundo pelea. —Caminó hacía a ella con la intención de rodear ese húmedo cuerpo con una toalla, pero Amira se rehusó a recibir tal atención, después de todo no necesitaba ropa para lo que tenía planeado hacer.
—Dije cosas que no...
—Entiendo —le interrumpió —, y ya no importa.
Eliel rodeó la cintura de Amira y la atrajo más hacia sí, y fue precisamente esa cercanía que obligó a ambos a besarse, pero una vez que empezaron, parecían no querer detenerse.
Amira se aferró al cuerpo de Eliel con una vehemencia extrema, sus manos se aferraban tan fuertemente a la espalda del demonio que cualquier otra persona habría encontrado esa acción dolorosa, pero al contrario, para Eliel era excitante. Podía sentir las uñas de Amira penetrar su carne, rasgar su piel y lo disfrutaba de la misma manera que disfrutaba el que Amira mordiera sus labios, era como si la chica tratara de devorarlo entero.
Minutos después Eliel deslizó su hábil mano, dibujando antes con las yemas de sus dedos, pequeños círculos sobre la humedecida piel de la fémina, para que luego esa misma mano fuera a desembocar precisamente entre los muslos de Amira. Ese primer toque hizo que las piernas de Amira perdieran firmeza, un poco más y habría terminado desplomándose sobre el suelo, pero supo mantener la fuerza y el equilibrio. El segundo y certero toque logró arrancarle un suspiro que resonó con especial énfasis debido a lo reducido del espacio, en ese instante, Eliel lamió sus labios y se dispuso a continuar su labor. Tomó a Amira de la cintura y la levantó para sentarla sobre el tocador, al lado del lavamanos, acto seguido comenzó a saborear los sonrosados pezones de la chica, poniendo especial atención en el derecho que parecía el más sensible.
—Haz que sea algo que nunca olvide —gimió Amira.
Eliel no contestó y siguió con lo suyo, y en algún momento de todo aquello, Amira se encontró a si misma sobre la cama, aferrándose fuertemente a las sábanas, esforzándose en mantener los ojos abiertos, para que en sus retinas quedara bien plasmada la imagen de ese traicionero demonio que tanto amaba... y en ese instante, algo dentro de ella se rompió...
—Duele, Eliel —decía entre sollozos y suspiros, con sus manos apretando fuertemente las sabanas, aun rehusándose a cerrar los ojos.
Eliel no contestó, sólo se limitó a sonreír para después lamer sus propios labios con lujuria.
—Ve más despacio. —«Házmelo como si fuera ella», quiso decir pero no lo hizo.
En ese momento Eliel alentó su ritmo, aprovechando la ocasión para besar tiernamente a Amira, para acariciar su rostro y limpiar las lágrimas que aún brotaban de sus ojos y para acariciar esos suaves senos. El demonio sentía sus manos derretirse con el sólo contacto, mientras en su vientre un remolino de fuego batallaba por su libertad; no podía seguir conteniéndose.
— ¿Te sigue doliendo? —preguntó el demonio cuyo vaivén asemejaba el romper de las olas de un mar sereno, acompasado por la falta de viento y una marea aún no embravecida.
—Sólo un poco —susurró Amira.
El lento vaivén le seguía ocasionando un pequeño malestar, la fricción producida le resultaba más dolorosa que placentera pero Eliel se encargaba de distraerla susurrándole palabras dulces al oído, acariciándole los senos de tanto en tanto.
Amira no hablaba, gemía de vez en cuando o dejaba escapar un liberador suspiro, pero no hablaba. Tenía los ojos bien abiertos, sus manos habían soltado las sábanas y ahora se aferraban a los hombros de Eliel; y le miraba, y él le sonreía y la besaba mientras la llenaba cada vez menos de dolor y más de placer.
No sabía nada de las relaciones ni del mundo, por lo que lo único que pudo hacer fue comparar su situación con lo que había visto o leído, fue así que recordó que cuando alguna película no terminaba con un esplendoroso y radiante final feliz, terminaba así, con sexo de despedida y con una promesa que jamás sería cumplida. Fue entonces que Amira deseó jamás haber salido de casa, y por un momento trató de convencerse de que ya no necesitaba saber la verdad, porque mientras más conseguía descubrir, más traicionada se sentía.
—Te amo, mentiroso —susurró. Eliel la vio algo desconcertado pero aquello no la conmovió, después de todo, fingir y mentir era una de las cosas que mejor se le daba a ese traicionero demonio.
«Todo fue mi culpa —pensó Amira en ese momento —. Aun sabiendo que era un demonio decidí creerle. Todo esto es mi culpa».
—Algún día reconocerás que todo lo que hice, lo hice por tu bien —musitó Eliel como si se tratara de alguna confidencialidad.
—Deja de decirme lo que quiero escuchar —gimió Amira descontroladamente —. Dime lo que no quiero escuchar.
—Entonces prefiero guardar silencio…
«Es mejor así —se dijo Amira a sí misma —, tu silencio me dice más que tus palabras».
Después del intercambio de palabras, Amira apoyó ambas manos sobre el pecho de Eliel y lo empujó; pero no lo hizo para sacárselo de encima sino más bien, para posicionarse sobre él, para demostrarle que ya nunca más estaría por encima de ella.
Para acentuar esa determinación que sentía, comenzó a mover las caderas de manera rítmica y sensual. A Eliel no pareció molestarle el súbito comportamiento de Amira, todo lo contrario, se sintió sumamente deleitado y con eso su deseo no hizo sino aumentar. El demonio colocó sus manos sobre las caderas y Amira y de pronto se encontraron siendo participes de ese placentero ir y venir.
— ¿Me dejarás? —preguntó Eliel.
Por supuesto, Amira no contestó, su cuerpo estaba tenso y al mismo tiempo demasiado extenuado para hablar y para continuar, pero siguió esforzándose porque tenía que terminar lo que ella misma había comenzado. Segundos después, una extraña sensación comenzó a apoderarse de su cuerpo.
—Ya falta poco —susurró Eliel, casi con cariño.
Amira descansó ambas manos sobre el pecho del demonio y se inclinó un ligeramente para conseguir un poco de aplomo. Eliel aprovechó esto y deslizó sus manos hacia los glúteos de Amira los que primeramente apretujó para luego, desde ahí, empujar el cuerpo de Amira con la única intención de ayudarla un poco. De repente Amira se desplomó sobre él, gemía, suspiraba, tal vez susurraba algo inentendible pero eso a Eliel no pareció importarle, lo que él verdaderamente le interesaba era sentir el sudoroso y tembloroso cuerpo de Amira en ese último vestigio de éxtasis. Hizo el cabello de la chica a un lado y le besó el hombro, ella seguía temblando y jadeando por la falta de aliento.
—Mi condición física es un asco —alcanzó a balbucir.
—Descuida, lo has hecho bien —sonrió Eliel para luego ayudarla a recostarse a su lado —. ¿Fue como esperabas?
—No esperaba nada —contestó —, siempre he creído que este es el tipo de cosas que simplemente pasan y ya.
—Puede ser. —Eliel sonrió una vez más, pero esta vez la sonrisa fue diferente, ahora llegaba el turno de retomar el control. Fue por eso que se posicionó sobre Amira, le sujetó ambas manos por encima de la cabeza y la miró; tal vez con rencor o con odio, y si no era eso Amira no sabía qué más podría ser —. Me dejarás, ¿no es así?
—Ya te lo dije. No tengo adónde ir.
—Mentirosa —susurró de manera sensual —. Traidora.
— ¿Traidora? —Amira tuvo que contenerse para no estallar en carcajadas —. Nada nos une más que nuestra palabra, y ya sabes lo que dicen…
—Ése fue mi error, pero no se lo digas a nadie. —Llevó el dedo índice contra sus labios como signo de confidencia.
—Tonto —le reprendió Amira mientras forcejeaba sutilmente con la intención deliberarse, pensó que Ahora que Eliel solo la retenía con una sola mano le resultaría más fácil; pero se equivocó.
—Debí aceptar el pacto de sangre cuando lo propusiste.
—Ahora es demasiado tarde para eso.
—No lo creo. —Ladeó una sonrisa. Eliel llevó el dedo corazón hasta su boca y lo mordió hasta hacerlo sangrar.
— ¿Me obligarás? —preguntó Amira con tono desafiante —. Quiero que sepas que jamás te daré mi sangre, jamás accederé a esto. Te decidiste demasiado tarde.
—Eso está bien pero… Ya tengo tu sangre...
El dedo sangrante de Eliel presionó casi con desdén el vientre desnudo de Amira dejando, allí donde tocaba, un rastro de sangre. Amira se sorprendió cuando supo lo que el demonio tenía planeado hacer. Creyó que aunque sí había sentido dolor no había sangrado, mucho menos después de lo que le había hecho su madre.
—No te lo permito —titubeó Amira —. No puedes…
— ¡Pero claro! Claro que puedo.
En eso momento, Amira sintió que el mundo se le venía encima, por fin conocía lo que era la verdadera decepción, el verdadero y auténtico terror; pero sobre todo, condenó su propia inutilidad. No le quedó de otra que cerrar los ojos mientras Eliel hacía lo que se suponía tenía que hacer, en ese instante, recordó lo que se sentía estar dentro de Eva, ser Eva, tener el poder de Eva; porque en sus sueños lo había sentido, había sido como un placentero calambre que se extendía por todo su cuerpo, como una cálida brisa de verano que agitaba su cabello, como la fría agua de un arroyo que empapaba sus piernas… era como si fuera una con el mundo... Cuando abrió los ojos, Eliel había desaparecido.
No sabía si el demonio había conseguido su cometido, pero no tenía tiempo para pensar en esas cosas. Se levantó de la cama, se metió el baño y se aseó lo mejor que pudo.
Después cogió algo de ropa, un pantalón de mezclilla, una camiseta y unas zapatillas bajas; y salió corriendo de la habitación. No entendía cómo era posible que Eliel hubiera desaparecido, tenía la sensación que de un momento a otro aparecería enfrente de ella y la haría hacer algo, tampoco sabía qué pero por alguna extraña razón esa era la sensación que tenía.
Corrió sin mirar atrás. La noche estaba fría, el viento soplaba tenebrosamente y susurraba cosas, no era imaginación de Amira, el viento verdaderamente le estaba hablando.
Por aquí, por allá... el viento la guiaba, le decía qué camino tomar, cuando detenerse y cuando seguir. No confiaba del todo, y sus sospechas parecieron intensificarse al notar que se alejaba cada vez más y más de todo lo que ella conocía. El empedrado se había transformado en tierra, las luces que emanaban a través de las ventanas de las casas no eran más que pequeños luceros apenas perceptibles en la distancia. Y con cada paso que daba todo era devorado por la oscuridad. No temía, por lo menos no a lo que le habría temido antes al encontrarse en una situación como esa. Pero ya no estaba segura si lo mejor era avanzar. El viento había dejado de hablarle, y cuando se volteó, notó que el sendero que había seguido durante horas y horas había desaparecido, y a su espalda no había más que un desierto.
Se detuvo y se obligó a mantener la calma. Todo eso podría ser obra de Eliel. El demonio trataba de asustarla, enseñarle la lección que se merecía. O quizá, sólo quizá, era eso sobre lo que la mujer le había advertido. Ese misterioso y silencioso peligro que se ceñía sobre ella.
Amira se sentó, con sus manos sintió el suelo suave, húmedo, de quedarse dormida ahí, no le supondría problema alguno, de hecho, comenzaba a sentirse tan cómoda que no le pareció mala idea. Luego trató de recordar una vez más lo que sentía cada vez que tomaba el lugar de Eva en esos lejanos recuerdos que más bien parecían sacados de un relato de ficción.
Su cabello nuevamente comenzó a mecerse cuando una misteriosa brisa aparentemente salida de la nada comenzó a soplar. Cerró los ojos y suspiró, los abrió y volvió a suspirar. Fue así como a lo lejos, notó una extraña silueta. No sabía si la silueta avanzaba en su dirección o se alejaba. Se puso de pie  trató de aguzar la vista. Pero sin importar cuánto lo intentara eso que veía no dejaba de ser una silueta.
Una nueva y potente ráfaga de viento casi le hizo perder el equilibrio. Amira llevó sus manos a su cabello y lo enrolló a un lado. Nuevamente trató de distinguir la dirección que tomaba la misteriosa silueta cuando el viento, insistente como nunca antes, le dio otro pequeño empujón.
—Ve con él —parecía que le susurraba, y a Amira no le quedó de otra más que obedecer.
Al principio sus pasos fueron cortos y dudosos, después de varios minutos aligeró el paso pero incluso así parecía que jamás lograría sacarle ventaja al misterioso ser que perseguía. Se detuvo para recobrar algo de aliento. Retomó su paso, pero sin importar qué tanto caminara, no parecía poder alcanzarlo.
— ¡Ya basta! —gritó Amira totalmente molesta y cansada. No tenía planeado continuar con la persecución.
— ¿Sucede algo? —le preguntaron y por un momento Amira fue incapaz de levantar su rostro para ver el dueño de tan cálida voz, voz que por supuesto reconocía.
—No sucede nada —contestó con la voz temblorosa.
—Tan terca como siempre —dijo lo misma voz pero esta vez con un tono más cariñoso —. Me estabas siguiendo, ¿no es así? Siempre has sabido encontrarme, pero esta vez demoraste más de lo normal, Eva.
¿Acaso era un sueño? ¿Acaso nuevamente se encontraba tras la piel de Eva experimentando un recuerdo que no le pertenecía? Hasta ese entonces fue capaz de levantar su rostro. Y en ese momento Amira quiso saber qué era lo que ese ser veía. Acaso era su piel blanca, su cabello largo, sus ojos almendrados... o era Eva, la mujer que ni ella misma conocía.
—Dime, ¿qué ves? —preguntó con temor.
—A ti —contestó él.
— ¿Y quién soy yo?
—Eva.
— ¡No, no lo soy! —exclamó al borde de la histeria.
—Sí, lo eres. Eres Eva —dijo la extraña silueta cuya figura parecía ir tomando forma.
—Soy Amira —susurró —. Jamás seré lo que ustedes quieren que sea.
— ¿Y quién es Amira, si se puede saber?
— ¡Yo!
—No, no lo eres.
— ¡Lo soy!
— ¡No! —exclamó la figura —. Te lo mostraré.
En el cielo parecía brillar algo con demasiada intensidad, era parecido al sol, sin embargo, no podía serlo, porque era de noche. Amira quedó desconcertada, y cuando dijo a levantarse, notó que el suelo que sus pies pisaban parecía un enorme espejo. Se asustó mas no se movió. Quedó hechizada viendo su reflejo, reconociendo sus facciones, la curvatura de sus labios, el brillo de sus ojos... No había error, era Amira, jamás había dejado de serlo.
—Lo que vez, es lo que yo veo. Lo que sientes, es lo que yo siento...
—Me veo a mí misma —replicó —. Soy Amira.
—Eres Eva.
—No, no lo soy —replicó una vez más.
—Entonces, ¿por qué te estaba esperando?
El suelo de cristal en el que estaba parada se hizo añicos en un parpadeo, Amira quiso sujetarse de algo pero sus manos jamás encontraron nada. Cayó y cayó, hasta que sus fosas nasales se llenaron de agua. Comenzó a bracear, pero tan confundida como estaba no supo distinguir cuál era la superficie y cuál la profundidad. ¿Acaso moriría ahogada? ¿Había escapado para nada?
Alguien la tomó del brazo y la jaló casi con violencia. Desesperada como estaba, no trató de resistirse. Es un sueño, pensó mientras perdía la consciencia, es un sueño...
Abrió los ojos. La luz brillaba aunque no supo reconocer si era el sol el que tan violentamente calaba sus ojos. Luego, casi con urgencia, palpó su cuerpo con la intención de saber si había sido herida o algo parecido. Estaba intacta, y de no ser por la pesadez en su pecho, estaría tan buena como nueva.
— ¿Qué pasó? —se preguntó a sí misma.
—Joel te encontró tirada en la calle como una sucia muñeca abandonada y apaleada.
—Entonces, ¿fue un sueño?
—Antes dime, ¿qué sucedió con Eliel?
— ¿Eliel?
Amira tomó asiento, miró a la mujer, a la que tanto temía y cuyo nombre seguía sin pronunciar, y a pesar de todo, se sintió a salvo, estaba de vuelta en un lugar que al menos conocía.
— ¿Qué pasó con Eliel? —preguntó nuevamente la mujer.
—No lo sé —contestó Amira —. Estábamos en la cama, él sabía que lo iba a dejar y dijo que no lo permitiría, yo había sangrado, mi cuerpo estaba adolorido, estaba cansada, era mi primera vez haciendo algo así, no pensé que demandaría tanto esfuerzo. Entonces él dijo que me obligaría a sellar el pacto con la sangre que en el acto había derramado. Yo le dije que no lo dejaría, pero él era más fuerte, yo no podía defenderme, así que cerré los ojos, y recordé lo que sentía cada vez que tomaba el lugar de Eva... Cuando desperté, Eliel ya no estaba, entonces corrí, corrí y corrí, y luego... —Se detuvo y respiró profundamente —. Un demonio es capaz de saber si un humano ya ha sellado un contrato.
—Un demonio lo sabe, sí, pero querida, tú no eres una simple humana.
— ¿Y qué pasó con Eliel?
—Desapareció —contestó la mujer con serenidad —. Joel lo está buscando desde hace semanas, pero aún no lo encuentra; lo mismo yo.
— ¿Semanas?
—Niña, llevas dormida casi dos meses.
— ¿Dos meses? —preguntó consternada, no podía ser que había pasado tanto tiempo.
—Cuando Joel te trajo parecías estar sumida en un extraño trance y al no reconocer la fuente que te provocó tal reacción me pareció que lo mejor era dejar que despertaras por tus propios medios. Lo más interesante era que con cierta frecuencia pronunciabas un nombre.
— ¿A quién llamaba?
—A Lucifer —sonrió la mujer —. Creo que puedes hacerlo...
— ¿Hacer qué?
—Traer a Lucifer de vuelta, liberarlo de su prisión.
—Yo no soy Eva...
—Lo eres, ahora no tengo dudas al respecto.
— ¿Cómo estás tan segura?
—Tus ojos —susurró extasiada —, no tienen color... —Enseguida le tendió un espejo y Amira se espantó al ver que sus ojos parecían un trozo incoloro de cristal —. Solo ella tiene los ojos así, lo recuerdo claramente, ya no quedan más dudas, por fin haz vuelto a renacer en este mundo.

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