Sin título.

Hola.

Bueno, hay una historia detrás de esta historia. La verdad, no, sólo ocurrió que me vino la idea y el resultado fue una especie de spin off de mi historia "Llévame contigo" sólo que mucho más corta y no tan explícita. Luego, cometí la estupidez de leer esto (que la verdad es como un cuento) a mis compañeros de una clase (mi maestra favorita estaba presente) y al notar la expresión de sus rostros supe, que no había sido bien recibida. (Recuérdenme no volver a leer nada de lo que escriba a nadie nunca jamás). En fin, mi maestra me dijo que era una "narradora talentosa", pero vi que lo hacía por compromiso, de manera casi mecánica, y no porque verdaderamente lo creyera. (Y que duele que la persona que admiras se comporte así).
Pero como de los errores se aprende... no quiere decir que dejaré de escribir, sino, que jamás volveré a leer en voz alta, frente a una audiencia, algo que haya escrito. Pero en la WEB siempre publicaré todo lo que quiera. Para eso está, ¿no?

El cuento aún no tiene título, pero acepto sugerencias.



¡Apresúrate y llévame!, exigía el joven con fervor. En la apenas iluminada habitación podría apreciarse claramente el penetrante aroma a licor barato. Había una cantidad considerable de colillas de cigarrillos esparcidas por doquier, algunas incluso flotaban sobre ese líquido que alguna vez fue incoloro pero que ahora estaba teñido de un rojo carmesí tan palpitante que hubiera podido seducir a cualquiera con dichosa facilidad.
Su respiración acompasada armonizaba con el lugar proporcionándole una atmosfera lúgubre y lujuriosa. Allí sólo estaba él, en espera de una respuesta porque acababa de declarar su amor sin ataduras ni remordimientos y con una seguridad tan clara y palpable que nadie jamás se habría detenido a cuestionar tal macabra muestra de afecto.
Pero ese era un amor unilateral, no correspondido. Y el joven lo supo casi enseguida.
Sus parpados se sentían pesados, su cuerpo sumergido era como una roca fría e inamovible; pero por encima de todo aquello que más que simplemente inerte parecía muerto, podía escuchar el insistente y aparentemente inextinguible latido de su corazón. Y lo odió como nunca antes había odiado, y lo aborreció porque lo creyó el único obstáculo entre una vida solitaria y una desbordante de amor. Y con cada segundo que pasaba y con cada suspiro que se le escapaba, parecía que el joven era un fiel amante; sumiso y respetuoso, mas aun así inquebrantable cuando se trataba de sus enfermizos sentimientos.
El sonido de su corazón seguía torturándole. Sobre la fría y pulida cerámica podía apreciar, de manera borrosa, el reflejo de las luces, erráticas y danzantes, que en silencio se reían de él. El joven no sabía que eran las parpadeantes llamas de las velas, para él eran seres que se reían y burlaban de su desdicha, de su amor no correspondido. Y también les odió, y condenó sus burlas; ¿qué sabían esos fantasmales seres lo que era el verdadero amor? ¡Nada! Nadie sabía nada, nadie comprendía nada, nadie siquiera se esforzaba en entenderlo, simplemente lo juzgaban y se reían en su cara y escupían sobre ésta mientras muy de cerca le gritaban que él nunca sería nada, que no estaba destinado para nada y por tanto que no merecía ser amado.
«Hay una sola doncella que jamás traiciona y que se prende de tu cuerpo en un pasional abrazo con el único propósito de hacerte experimentar el verdadero éxtasis. Y es seductora y sombría, y es hermosa y perpetua, y una vez que te ha envuelto con sus largos y amorosos brazos jamás te soltará y te llevará a un mundo de eterna quietud del que nunca podrás escapar»”.
En algún momento que no lograba precisar, esas palabras le habían sido susurradas con mucho cariño, casi con piedad. Y el joven las había aceptado de la misma manera que un hambriento recibe una hogaza de pan. Y las había creído con tanto fervor que cuando llegó el momento no dudó en buscar su redención en ellas.
Pero todo no había sido más que una vil e insoportable mentira. «Ella» era una doncella que, con refinada cortesía, escogía a sus amantes.
¿Qué le había llevado hasta ahí? ¿De qué manera había jugado la vida con él para recurrir a tan forzoso escape?
Podía sentir los ojos de su madre; claros azulejos que adornaban un mural aún más perfecto. El aroma a rosas y a pasión; el olor de la limpieza inmaculada mezclada con la iracunda suciedad; de lo correcto con lo que, bajo ningún concepto, debe ser... Todo entrelazado en una pasional danza que en cualquier otra circunstancia le habría parecido hermosa y excitante. Sin embargo, lo único que despertaba en él era repulsión; y en lugar de exigirle a su cuerpo que saciara ese necesidad que los años y las visiones llenas de éxtasis le habían generado, las negaba; porque una llama se encendía pero muchas más se apagaban. Fue entonces que supo que jamás podría amar nadie.
Decidió, por eso, sumergirse en un mundo superficial y falso en donde día a día se obligaba a usar una máscara. Esa máscara estaba teñida de colores alegres y vivos, estaba bordada con aceptación y verdad, adornada con moralidad y respeto. Y todos los que veían esa máscara se enamoraban perdidamente de él, y lo adoraban llenándolo de halagos y palabras amorosamente superficiales, cuyo valor sólo podía ser comparado con el de un amante castrado.
Eso al joven sólo conseguía lastimarlo. ¿Lo amarían igual una vez que se deshiciera de esa máscara? ¡Por supuesto que no! Nadie lo haría, en su lugar le repudiarían y maldecirían. Por eso una vez que decidió quitarse esa máscara, también decidió quitarse la vida.
Pero esa cruel doncella seguía huyendo de él, parecía que jugaran a las escondidillas, y que la jovencita astuta no se quería dejar atrapar, prolongando de esa manera, ese tormentoso y cada vez más agonizante juego.
 Sus parpados convulsionaron, una extraña y blanquecina luz le torturaba con intencional insistencia.
—Aún tiene pulso...
Esas palabras resbalaron a través de su conciencia hasta llegar a su corazón. ¡Ah! Otra vez su corazón, cómo le odiaba, ¿por qué no dejaba de latir?
— ¿Algún pariente...?
Despertó. Esa voz fuerte y masculina encendió una de las tantas llamas que dentro de su ser permanecían apagadas.
—No sabemos —contestó una mujer de voz aguda y molesta.
—Pobre chico...
¡Ah! Otra vez esa voz. Era melodiosa, armoniosa, excitante; se sumergía en sus sentido como las sirenas en el agua, provocaba un ligero ronronear en su corazón, aceleraba su pulso y distorsionaba su acompasada respiración… le daba vida.
***
Le llevó mucho tiempo aceptar que su amor no había sido correspondido. Bajo la mirada incesante de varias mujeres vestidas de blanco supo, sin embargo, que había encontrado otra clase de muerte, y que ese era su infierno. Así, el joven se convirtió en un muerto en vida. Ya nada tenía sentido para él.
Cuando las traviesas gotas de lluvia decidían liberarse del tormentoso mandato del verano, lo único que hacía el joven era dejar que la insípida melodía lo arrullara hasta quedarse dormido. Pero luego, cuando despertaba, era sumamente consciente del calor que amenazaba con derretir su piel, y aun así, le daba igual, tal vez ese avasallante calor contribuiría a terminar con su vida.
Cuando el calor era más soportable caminaba y caminaba, pensando que esta vez el cansancio lo liberaría de su miserable existencia, pero nuevamente esperaba en vano, la muerte seguía rehusándose a visitarlo.
Cuando su agonía se tornó más llevadera, conoció a un hombre. Las canas amenazaban con llevarse su juventud y las arrugas que surcaban su rostro le conferían una afabilidad casi utópica. Y ese hombre, sentado en su silla de ruedas, leía y leía; y el joven reconoció esa voz enseguida, y encontró en ella esa paz que tanto anhelaba. Y entonces decidió, jamás separarse de él.
De boca del hombre, conoció, aprendió y entendió muchas cosas. Los relatos que él contaba casi siempre estaban cargados de hazañas heroicas y humanamente imposibles, pero entretenidas. También tenía la paciencia para explicar cosas más complicadas sobre la vida, porque de la muerte jamás hablaba; y a pesar de que el joven no entendía mucho de la vida porque era un tema que aborrecía con injurioso desdén, guardaba silencio y escuchaba porque amaba escuchar esa melodiosa voz, y si aún vivía era sólo para ello.
— ¿Por qué es tan bueno relatando historias? —preguntó el joven. Como se había hecho costumbre, su cabeza descansaba sobre las piernas del hombre. Sentía un exquisito placer cada vez que él acariciaba sus cabellos.
—Porque he vivido mucho, y porque alguna vez tuve hijos, quienes al igual que tú, me escuchaban —contestó.
—Perdón —se disculpó—le he hecho recordar cosas dolorosas...
—Está bien, de hecho, me alegra verte tan interesado en la vida de este viejo.
— ¡Pero si usted no está viejo! —exclamó indignado.
—Puede que sí, puedo que no —sonrió el hombre.

El joven jamás había estado tan pendiente de los distintos ropajes de los cuales hacen gala las vanidosas estaciones, pero la compañía del hombre hacia que viera las cosas desde otra perspectiva, y como se había perdido la brillante belleza del verano, disfrutaría del etéreo perfume del otoño.
Con las veredas rebosantes de hojas secas y flores que hacen alusión a la estación, el otoño estaba teñido de colores terracotas, pincelado con ligeros toques de naranja y verde olivo, perfumado con el exquisito aroma de la melancolía. Y así, el hombre y el otoño transformaron los dolorosos recuerdos del joven y le otorgaron una sensación reconciliadora, aun no amaba la vida, pero al menos la toleraba, y si por él hubiese sido, se habría entregado por completo al casto éxtasis que le regalaba esa estación perdida, pero el tiempo es infernalmente efímero, y cuando menos lo supo los tejados, los suelos y las copas de los arboles rápidamente se tiñeron de blanco: esa era la apática bienvenida a esos fríos meses invernales.
Pero el invierno no le arrebató a su corazón ese ápice de calidez que el otoño le había obsequiado, todo lo contrario. A pesar de que la tierra se mostraba más infértil, todo a su alrededor rebozaba de vida: los niños corrían de un lado al otro con inextinguible fervor, en nada les incomodaba que la nariz le chorreara por borbotones, esos huérfanos de guerra eran felices y al igual que la nieve eran puros. ¿Cómo podía su propia antipatía ensuciar todo aquello?
—Disfruta del viento sea frío o caliente —le dijo el hombre mientras ambos permitían que los copos de nieve empaparan su cabeza y sus hombros —disfruta de la tierra sea oscura o clara y del agua sea salada o dulce, de la fruta este verde o madura, del cielo este despejado o abrumado por nubes que presagian tormenta… todo esto es tuyo y solo tuyo, no lo desperdicies.
La nieve comenzaba a derretirse, sobre el blanco suelo podían apreciarse pequeñas y verdes islas. Las ramas de los árboles, los tejados, las rocas que guiaban los largos senderos, todo parecía estar cubierto por diminutos y brillantes diamantes. El hielo derretido creaba un lodazal insoportable pero eso no mermaba en absoluto el ánimo de esas personas que cada día agradecían la vida que se les había otorgado.
Ya había llegado la alegría de la primavera. Ahora el canto armonioso de las aves acompañaba rítmicamente los latidos del corazón del joven y se fundían en una sola y eterna melodía sobrecargada del más puro optimismo. Y el escenario en donde esa perfecta melodía era interpretada estaba impregnado por el aroma de los dulces frutos de la tierra y estaba cubierta por una manta verde, ribeteada con narcisos y tulipanes, y bordada por los más resplandecientes y vivos colores. Y el joven ya había aprendido a amar todo aquello; unas pocas palabras, una mano cálida y firme, una sonrisa verdadera e inextinguible habían sido el mejor maestro. El hombre ya le había enseñado a vivir.
Sin embargo, mientras la primavera más se coloreaba la vida del hombre parecía ensombrecerse convirtiéndose en una horrorosa acuarela de tonos opacos y lúgubres. Y su cielo era constantemente amenazado por esas oscuras nubes de tormenta que alguna vez mencionó. Entonces, el hombre supo que ya era hora de aprender a morir. También sabía, por supuesto, que no sería fácil. ¿Cómo soportar la idea de dejar de transitar aquel dulce sendero que lo conducía a través de esas perfectamente esculpidas estaciones? Ni siquiera se atrevía a imaginarlo.
Pero, nuevamente, la inclemencia devoradora del tiempo se hizo presente, y antes de que llegara a comprender algo, los días del hombre se agotaron.
—No me hagas esto, no me hagas esto… —repetía el joven dolorosamente mientras internamente repudiaba a esa cruel doncella, que primero se había burlado de él y que ahora se atrevía a quitarle lo que más quería.
En ese mismo instante el joven cogió una cuchilla, la colocó sobre su muñeca y la deslizó delicadamente hasta que un finísimo hilo carmesí resaltó en esa piel blanca y tersa. Fue así que el joven sintió como la calidez de su sangre reflejaba el verano, comprendió que su agonizante añoranza vislumbraba el recato propio del otoño, y que en su pecho latía el corazón mismo del invierno; entonces, ¿por qué al ver el rostro sin vida del hombre, sólo podía apreciar el regocijo renovador de la primavera?
Una lágrima se deslizó en su rostro y cuando ligeramente rozó sus labios, el joven sonrió, cerró los ojos y susurró:
¿Lo sientes? Ya es verano otra vez.



Fin. 

Comentarios