LFDI Capítulo 16: Desconfianza.


Capítulo 16:
Desconfianza.

— ¿Por qué puedo entenderla? —se preguntó Amira una vez más y en vos alta, como si necesitara que la pregunta fuese respondida nuevamente, como si esperara que el viento se la respondiera.
«Porque somos hermanas», recordó que le había respondido Cielo, pero Amira no creía que era simplemente por eso, y no creía porque nadie nunca le decía la verdad, sólo se encargaban de mentirle o de ocultarle cosas y ella ya estaba harta de eso.
«Y Eliel también te miente, no seas tonta, ¡despierta!». Reconocer eso era lo más difícil. Veía al demonio, sentía sus caricias, escuchaba las palabras que le susurraba al oído... y ella lo amaba, y de eso no podría desprenderse fácilmente en caso de que sus sospechas dejaran de ser sólo eso y se transformaran en verdades tan insoportables que por momentos deseaba jamás conocer. Pero no podía seguir mintiéndose, si quería que los demás fueran honestos, tendría que empezar con ella misma. Fue por eso que su primera medida fue comenzar a desconfiar de los demás.

Su negro cabello se agitó debido a una repentina ráfaga de viento. Amira acomodó uno que otro mechón que había quedado mal ubicado y luego levantó la vista. Estaba sentada en un banquito cercano a una fuente. A esa hora la plaza central de aquel pueblo al que Eliel la había llevado estaba atestada de transeúntes. Colocó sus manos sobre sus piernas en donde permanecieron entrelazadas, quietas, sudorosas... Le gustaba ir a sentarse a ese mismo lugar. Se había cansado de estar todo el tiempo encerrada y durmiendo, así que salía cada vez que quería y exploraba todos aquellos lugares que aún no conocía. Pero fuera adónde fuera, siempre terminaba ahí, viendo pasar a la gente y escuchando el extraño idioma en el que hablaban. No era capaz de reconocerlo así que pensó que tendría que ser alguna lengua que aun con el paso del tiempo las personas que habitaban en ese lugar habían conseguido mantener.
«Porque somos hermanas».
 Amira quería demostrar que no era simplemente por eso que ella era la única que podía escuchar a Cielo. Creía que había algo más.
Cerró los ojos. Sus manos entrelazadas seguían descansando sobre sus piernas, su espalda era una línea recta, pensó que así escucharía mejor y entonces, se dejó llevar... Por un instante dejó de escuchar las voces y se concentró en el sonido que hacía el viento al mecerse entre las hojas de los árboles cercanos, tenía que aprender a concentrarse, después haría lo demás.
«Sé que este es mi don. Incluso yo puedo tener un don», se decía porque necesitaba autoconvencerse, necesitaba creer en ella misma.
El sonido de las ramas y las hojas mecidas por el viento pronto fue sustituido por el tenue sonido que emitían los animales. Había aves, insectos, perros, gatos, incluso lagartijas y todos emitían una voz diferente y única.
Abrió los ojos y nuevamente lo único que fue capaz de escuchar fueron las pisadas sobre el empedrado y el bullicio de las personas que platicaban mientras caminaban. Cerró los ojos una vez más, y decidió que esta vez no los abriría hasta que fuera capaz de entender algo de lo que esas desconocidas personas decían. Sin querer, estuvo ahí sentada toda la tarde, y habría seguido así de no ser por las ligeras gotitas de agua que comenzaron a caer sobre ella. Por ese día, había fracasado, pero seguiría intentándolo hasta que pudiera.
Los relámpagos iluminaban el oscurecido camino de regreso a casa. Desde las ventanas de los distintos hogares se veía la tenue luz de las lámparas encendidas. A esa hora las familias debían estar reunidas para tomar la cena, luego seguramente charlarían un rato para después mandar a los más pequeños a la cama.
Detrás de todas esas puertas habían familias enteras, familias felices y otras no tanto, pero al fin y al cabo, familias. Amira creía que no había nada más hipócrita que aquello, la familia no era garantía de nada, igual que cualquier desconocido podían traicionarte, apuñalarte por la espalda, lastimarte más que nadie en el mundo; irónicamente sabía que las personas se sentían verdaderamente seguras cuando estaban en sus hogares con sus familias.
Para ella no era así. Vivía con Eliel y con Cielo, pero eso distaba mucho de ser una familia. Entonces recordó a su madre, y luego con más pesar, a su padre. A pesar de todo sabía que ambos estaban muy preocupados por ella.
—Debo escribirles para decirles que estoy bien —dijo en el preciso momento que un relámpago iluminaba nuevamente el empapado camino. Fue debido esto que pudo apreciar una extraña sombra que se movía a su lado.
No se detuvo por temor a parecer demasiado obvia, en lugar de eso siguió caminando con la misma naturalidad. La lluvia seguía cayendo, no era fuerte, no parecía más que una llovizna, sin embargo, ella estaba empapada porque llevaba mucho tiempo caminando bajo ésta. El vestido que usaba hacía mucho que se había adherido a su cuerpo, y se transparentaba de una manera que daba gracias el que estuviera tan oscuro. Luego hubo un nuevo relámpago y nuevamente percibió la sombra, y por un momento creyó que se trataba de un gato, fue hasta ese entonces que  regresó unos cuantos pasos para después detenerse.
—Ven aquí —ordenó.
En eso, un gato negro, salió de entre las sombras. Amira se arrodilló y cogió al minino entre sus brazos. Al igual que ella estaba empapado.
—Tramposo —sonrió —, sabes que me agradas más de esta manera.
El gato maulló y lamió ahí donde el escote era más pronunciado. Amira sonrió al recordar lo osado que era ese felino pero lo dejó pasar, levantó un poco más al gato y éste aprovechó para lamer los labios de Amira, cosa que tampoco le importó.
Cuando Amira llegó a su hogar cargaba un gato consigo y ella estaba más que empapada, su vestido chorreaba agua hasta más no poder, al igual que su cabello, y sus labios mostraban unos esporádicos temblores; era obvio que tenía frío. Cielo la recibió con una sonrisa y enseguida fue por una toalla, se la dio a Amira y después vio al gatito con recelo, no le quitaba la vista de encima, pero si mirada era infantil hasta más no poder, así que Amira no se incomodó, después de todo seguía comportándose como niña y por tanto había decidido seguirla tratando de esa manera.
— ¿Y Eliel?
—No está, como siempre —suspiró Cielo, luego regresó al sillón en donde le gustaba descansar.
Amira se llevó al gatito hasta su habitación. Lo colocó en el suelo porque necesitaba sus manos para desvestirse. Se quitó la ropa empapada, cogió de nuevo al minino y se lo llevó consigo a la ducha.
—Si te transformas te mato —lo amenazó, pero el gatito se limitó a maullar dulcemente.
El agua tibia fue un alivio inmediato y placentero, se llevaba consigo cualquier vestigio del agua helada que la había empapado hasta los huesos y le proporcionaba un calorcito embriagante. Amira colocó un poco de champú en sus manos y procedió a lavar su cabello. El minino seguía a sus pies y también estaba empapado, recibiendo esa misma agua que limpiaba el cuerpo de la fémina que con tanto deseo veía.
« ¿Acaso ya no me temes?», quiso preguntar Joel, pero de ese cuerpo no salió voz alguna. Así que se dedicó a ver como la chica lavaba cada parte de su apetecible anatomía.
Una vez Amira hubo terminado, le dedicó un poco de atención al gato. El animal no se quejó y se dejó hacer, lo que hizo que recordara cierta escena que había compartido con esa misma chica en una situación demasiado similar. Si hubiera podido habría sonreído, pero se limitó a maullar y a maullar hasta que pudo arrancarle una sonrisa a Amira.
—Cuidadito te transformas —le recordó una vez más, pero Joel no era alguien que obedeciera a los demás, y en ese momento lo único que quería era volver a su cuerpo humano y poseer a esa ingenua adolescente. Para Joel Amira debía estar loca o muy escasa de sentido común. Él sabía muchas cosas, sabía que Amira había abandonado a su familia para irse con Eliel, sabía que tenía un hermano que ahora estaba haciendo utilizado por un ser más grande que todos ellos aunque no sabía exactamente para qué, y por último había descubierto que su propio hermano había tenido la razón todo el tiempo; ella era especial.
—Cierra los ojos —susurró Joel en la mente de Amira.
Amira ya sabía lo que se avecinaba, no le gustaba que se transformaran frente a ella porque le resultaba muy molesto. Esas transformaciones hacían que sus ojos escocieran y se llenaran de lágrimas, hacía que su garganta se secara y le provocaba unos mareos y una nauseas casi insoportables. Sin embargo no le quedó de otra; cerró los ojos, cubrió su nariz con ambas manos y esperó. De repente sintió una leve caricia en su hombro y cuando abrió los ojos, Joel se encontraba arrodillado enfrente de ella.
—Te dije que no te transformaras —le regañó, pero al demonio eso no le importó.
—Lo que más me preocupa es que mi hermano me encuentre aquí —sonrió con vanidad —. Hace mucho tiempo que no peleamos.
—Tenían que ser hermanos —bufó Amira un tanto molesta e incómoda.
— ¿Y qué? —Joel tomó la mano de Amira —. ¿No vas a seguir lavándome?
Joel era fuerte físicamente, Amira a veces creía que incluso podía ser más fuerte que Eliel. Esperaba no descubrirlo pronto. El demonio llevó la mano de Amira hasta su pecho, la fémina en un inicio trató de resistirse pero desistió al ver que era inútil, no tenía la fuerza suficiente para soltarse. Luego, poco a poco, Joel fue acercando su cuerpo al de Amira. El agua seguía cayendo sobre ambos.
—No debí traerte —dijo Amira.
—Demasiado tarde para eso...
—No puedes tocarme —le advirtió.
—Para eso también es demasiado tarde —sonrió una vez más —. ¿Acaso no te estoy tocando ya?
—Llamaré a Eliel...
—Mi hermano no está cerca, es por eso que pude acercarme tanto a ti. Además, tú tienes toda la culpa, tú me trajiste hasta aquí, tú te desnudaste efrente de mí, y me metiste a bañar contigo. Cualquier hombre perfectamente normal y saludable sabe lo que significa eso.
—Tú eres un demonio, no un hombre, no es lo mismo.
—Es exactamente lo mismo —sonrió otra vez. Amira comenzaba a odiar esas sonrisas —. ¿O es que esto que cuelga entre mis piernas no es de hombres? —Llevó la mano de Amira hasta su semiendurecido miembro —. ¿O es que esto que escondes entre tus muslos tampoco es lo que tiene una mujer? Porque según me cuentan, no eres humana.
Eso hizo que Amira bajara la guardia. ¿Por qué Joel sabía todo eso? ¿Era posible que supiera más? Quería saberlo, quería pero sabía que sólo preguntando no ganaría nada, no podía volver a caer en el mismo error. Lo miró, y sólo vio lujuria en sus ojos, Eliel la había visto de manera diferente cuando estuvieron a punto de hacerlo, pero después de ese incidente apenas y la había tocado de esa manera; siempre estaba cerca de ella, la acariciaba y la besaba pero no la había vuelto a tocar de la manera que Joel la estaba tocando en ese momento.
A pesar del agua que seguía cayendo sobre ella, Amira fue capaz de sentir una humedad diferente entre sus piernas. Mordió sus labios, abrió los ojos y nuevamente vio a Joel, quería resistirse, no quería hacer eso con él, quería hacerlo con Eliel, pero también quería saber que se sentía. Jamás había sentido placer sexual, jamás había experimentado un orgasmo y en ese momento estaba tan embelesada con esa idea que se dejó hacer.
— ¿Acaso mi hermano no te ha tocado? —inquirió mientras una de sus manos jugaba con uno de los senos de Amira, la otra estaba entretenida más abajo —. ¡Qué noble!, pero por tu reacción puedo decir que te estabas muriendo porque alguien te tocara de esta manera...
Amira gimió, Joel había tocado un punto entre sus piernas que le había provocado un placentero calambre.
« ¿Por qué lo traje conmigo? —se condenaba —. ¿Por qué permito esto?» Estaba a punto de morder sus labios pero Joel se le adelantó. Los labios del demonio se aferraron a los suyos en un acto que parecía salido de su subconsciente. Él la besaba y ella respondía. Y en medio del apasionado beso abrió los ojos y por un momento creyó que ese era Eliel...
— ¡Basta! —empujó a Joel —. ¡No más!
Joel se echó a reír, peinó con los dedos su cabello sin quitarle en ningún momento la vista de encima a Amira.
— ¿Temes traicionar a mi hermano? —siguió riendo —. Niña tonta, mi hermano sólo juega contigo, y te ha traicionado más veces de las que eres capaz de contar. ¿Acaso te habías creído sus cursis palabras?
Esas palabras le dolieron, su corazón sintió un agonizante vuelco, sus presentimientos se estaban haciendo realidad en los labios de Joel. No quería escucharlo, pero lo necesitaba, porque necesitaba convencerse de que ni en Eliel tenía que confiar tan plenamente.
—Sé que hay cosas que no me dice, sé qué hace cosas que yo no aprobaría de saberlas y sé que su mundo no gira alrededor de mí —dijo Amira —. Siempre he sabido que no todo lo que me dice es verdad, y sé qué...
«Niña tonta. Un demonio. Un alma. Traición». En ese momento recordó esas palabras. Sabía que tenían que ser una especie de profecía, pero también creía que ella podía hacer algo para cambiarlas.
— ¿Quieres que te hable de mi hermano? —preguntó Joel poniéndose de pie.
—No quiero. —Amira desvió la mirada —. No serviría de nada, nunca nadie me dice la verdad, nunca nadie confía en mí... por eso yo no confiaré en nadie.
—Parece que vamos aprendiendo —le tendió la mano a Amira para ayudarla a levantarse —. Eso es bueno.
Como si nada, Amira ya había olvidado lo que Joel acababa de hacerle, al fin y al cabo la culpa era suya por haber llevado al gato con ella.  Amira salió del baño, le tendió una toalla a Joel y luego se secó ella misma, ya no le incomodaba que la viera desnuda, probablemente jamás le había incomodado y fue por eso que también se vistió bajo los ojos lujuriosos del demonio.
— ¿En serio Eliel no está cerca?
—Yo diría que está muy lejos, sino no podría haberme acercado tanto. Es algo sobreprotector.
—Ya veo —tomó un cepillo y comenzó a peinar su cabello —. ¿También es tu nana?
—A Eliel le gusta llamarla de esa forma, yo le digo vieja bruja, vejestorio y cosas parecidas. Pero soy su favorito así que jamás me riñe —sonrió, y esta vez Amira se sorprendió porque la sonrisa de Joel fue casi infantil —. Un pajarito me dijo que no le agradaste mucho a la vieja bruja. —Amira no contestó —, de hecho se refirió a ti como «puta en celo».
Amira colocó el cepillo en la cómoda y no dijo nada. No valía la pena enfadarse por comentarios como ése, además ella era la que más sabía lo mucho que le había desagradado a esa mujer que decía ser uno de los primeros caídos.
—No me importa lo que diga...
—Pero me envió a llamarte —interrumpió rápidamente —. Me dijo que quería verte, que quería hablar contigo, que quería ayudarte...
— ¿Crees que este vestido es apropiado para esa visita? —sonrió sarcásticamente, luego hizo una reverencia. Estaba molesta —. Reconozco que ustedes son grandes pero eso no significa que yo deba rebajarme. Además ya no necesito escuchar lo que tiene que decir, lo averiguaré yo sola esta misma noche.
La conversación terminó cuando Amira se metió a la cama. Joel enseguida fue a su lado y la ayudó a arroparse, luego gentilmente besó su frente y le deseó las buenas noches.  Después de eso, Amira soñó, pero no soñó con lo que ella había esperado, se había dormido pensando en Eliel y a Eliel fue a quien se encontró del otro lado, más allá de sus sueños...
Caminaba con galantería, y como siempre, lleno de mucha confianza. Su cabello negro se mecía de un lado a otro al compás de sus pasos, parecía que caminaba con prisa pero la verdad era que iba de lo más tranquilo. A su alrededor el ambiente era algo lúgubre. Las luces de los faroles del alumbrado público parpadeaban erráticamente. Se percibía un aroma un tanto extraño, probablemente a alcohol y drogas.
Eliel entró a un edificio en cuya puerta había dibujado una especie de diseño intrincado que Amira no supo reconocer.  Ya dentro pudo ver que el lugar era un caos, era una especie de discoteca, pero era demasiado tenebrosa para ser sólo eso. Eliel recibió varios saludos mientras se dirigía quién sabe adónde, él se limitó a caminar y a caminar hasta que nuevamente se encontró frente a otra puerta, esta vez no había nada dibujado en ningún lado.
Una hermosa mujer lo recibió con una apasionado beso, la fémina tenía los ojos grises y el cabello rubio, casi plateado, su piel brillaba bajo la opaca luz amarilla y le daba un aire casi angelical, desde ese momento Amira quiso despertar porque no quería ver nada de eso, pero de igual manera siguió viendo todo aquello. Eliel rodeó la cintura de la misteriosa mujer y profundizó el beso, y por alguna razón Amira era capaz de sentir toda esa intensidad... y en ese momento despertó, sintió que en la habitación en la que dormía no estaba sola, creyó que Joel le hacía compañía pero recordó que él se había ido. Se quitó las sabanas de encima y se sentó en la orilla de la cama, entre tanta oscuridad no fue capaz de ver nada.
— ¿Cielo? —llamó esperando que fuera la niña, pero nadie le respondió —. ¿Joel? —intentó una vez más pero el resultado fue el mismo.
—Prueba con: Eliel —dijeron a su espalda. Ella se volteó rápidamente, estaba muy asustada.
—Me asustaste —dijo o más bien susurró, todavía no se recuperaba de la impresión —. Pensé que era alguien más.
— ¿Joel?
—Tu nana lo envió a llamarme —contestó rápidamente —, por eso estuvo aquí.
Eliel se quedó en silencio, y comenzó a caminar y a caminar alrededor de Amira. Los ojos del demonio brillaban en una tonalidad plateada, pero por un segundo a Amira le pareció que despedían un brillo carmesí.
—Ya vuelve a la cama —le dijo y se detuvo para luego simplemente desaparecer.
Amira se acostó esa noche creyendo que sólo había sido un sueño.
Esa mañana despertó muy asustada. Su respiración era entrecortada y los latidos de su corazón parecían un retumbar seco. También tenía seca la garganta, por lo que lo primero que se le ocurrió hacer fue ir por algo de beber. En la cocina se encontró a Cielo quien estaba desayunando, la saludó con una sonrisa un tanto forzada y se dirigió al refrigerador de donde extrajo el recipiente que contenía el agua. Bebió del envase y luego se sentó al lado de Cielo.
— ¿Quieres comer? —preguntó la niña a lo que Amira contestó con una negación.
—Buenos días. —Como siempre, Eliel aparecía prácticamente de la nada. Amira inmediatamente comenzó a sentirse muy incómoda, sabía que Eliel era consciente de lo que ella había hecho anoche. Igual ella no le respondió, en su lugar se puso de pie y regresó a la habitación para bañarse y arreglarse.
Amira se vistió con un ligero vestido de algodón color blanco marfil, se peinó un poco sus negros cabellos y sin calzarse, se dirigió al jardín. Ahí la grama ya no se sentía tan refrescante como en ocasiones anteriores pero le pareció igual de exquisita. Se acercó al bulto de tierra en donde Cielo estaba plantando su jardín y se sorprendió al ver que prácticamente todas las flores ya habían florecido. Eso debía ser obra de Cielo y sus extraños poderes, no tenía la menor duda.
Seguía sintiéndose vacía, y si durante ese tiempo había aprendido alguna lección, sería que nunca nadie la ayudaría, que todos le mentirían o le ocultarían la verdad.
«No puedo confiar en nadie, ni siquiera en Eliel», se recordó firmemente. Sí bien tenía que agradecerle por haberle salvado la vida en más de una ocasión, sabía que nadie hacía nada a menos que le diera algo a cambio, y seguro Eliel era igual, ¿por qué tendría que ser diferente?, se preguntaba, si al fin y al cabo era un demonio. Jamás lo olvidaría, no importaba que tan bien se portara con ella o que tanto lo quería, al final, siempre terminaría siendo un demonio. «Y me cobrará todo lo que ha hecho por mí, estoy segura». No le gustaba pensar así, pero ya era hora de que dejara de ser tan ingenua.
 Se tiró hacía atrás entrelazando sus manos tras su nuca, se acostó sobre el césped y miró las nubes. El sol no brillaba con tanta intensidad pero tampoco estaba opaco, era un día un tanto extraño. De igual manera las nubes tenían formas extrañas y parecían estar más cerca que de costumbre. Extendió una mano creyendo que sería capaz de alcanzar aquellas blanquecinas motas de algodón que adornaban el cielo, pero en su lugar, la mano de Eliel fue lo único que pudo alcanzar.
El demonio había llegado hasta ella como volando, había cogido su mano y entrelazado sus dedos, para luego, como una brisa apenas perceptible, posicionarse sobre su cuerpo. Eliel no pesaba lo absoluto, sobre el cuerpo de Amira no era más que una ligera sábana de seda que la abrigaba de pies a cabeza. «Seda negra», se dijo Amira al ver los largos mechones que adornaban la cabeza del demonio y que ahora yacían desparramados a sus costados.
— ¿Qué hay ahí arriba?—preguntó Eliel —. Dímelo y si lo quieres, te lo traeré.
—Ahí arriba no hay más que nubes en el día y estrellas durante la noche —contestó Amira —.Y no quiero nada de eso. Lo que único que siempre he querido está aquí —dijo levantando sus manos entrelazadas.
—Y lo único que yo siempre he querido está aquí —la imitó el demonio—. Y aquí —besó sus mejillas —, y aquí —besó su frente —, y aquí —besó sus labios —, aquí también —dijo besando su cuello —, y un poco más abajo y más abajo... todo eso que puedo tocar y lo que no puedo tocar, lo que puedo ver y lo que no...
— ¿Quieres todo de mí? —preguntó Amira agitándose un poco bajo el cuerpo de Eliel que ya no le parecía tan ligero. Estaba demasiado incómoda.
—Quiero todo lo que quieras darme, con eso me doy por satisfecho.
—Una vez que lo sepa todo, te daré todo lo que soy —prometió Amira, había una extraña expresión en su rostro.
—Una vez que lo sepas todo, te darás cuenta de la magnitud de tu grandeza y ya no me querrás a tu lado.
—Exagerado —rió Amira —. No soy nada aún, Eliel, y me temo que jamás llegaré a serlo, pero eso es algo que tú ya sabes.
— ¿Por qué dudas tanto de ti?
—Porque incluso si descubriera que puedo hacer girar al mundo sobre mi mano... simplemente no es algo que yo quiera. Si descubro que soy poderosa, ¿qué haré después? Nada, porque nada me interesa. He pensado que lo único que quiero es vivir y morir en paz, no dejar que nada corrompa mis creencias, no dejar que nadie altere mi paz. Abel ya está muerto y no volverá, no sé cuánto tiempo te tendré a mi lado pero planeo disfrutar cada segundo. — Eliel la vio un tanto confundida, ella se aferró al cuerpo del demonio con mucha vehemencia y continuó —: No soy ninguna especie de heroína. ¿Y qué si soy fuerte?, no pienso utilizar esa fortaleza ni para mi beneficio ni para el beneficio ajeno, no pienso salvar el mundo ni a los más desdichados y necesitados... Dicen que no soy humana, pero yo decidí vivir como tal...
— ¿Y morir como tal?
—Y morir como tal —aceptó Amira —, para esperar el día en que tú me vayas a buscar al infierno, si aún lo quieres...
—Las hijas de Eva no van al infierno —comentó Eliel con tristeza —, ni al purgatorio, ni a ningún otro mundo que exista. El destino de las hijas de Eva ha sido y siempre será el paraíso.
—Sí es así no deseo morir, sí es así me dedicaré a hacer todas las maldades jamás imaginadas para ganarme mi entrada al infierno...
—Incluso haciendo eso—la interrumpió —, igual terminarías en el paraíso...
—Tu nana te dijo algo más, ¿no es así? —inquirió sin resentimiento alguno —. ¿Es ahí donde vas cuando no estás a mi lado? —preguntó, aunque en el fondo sabía la respuesta, por eso había comenzado a desconfiar tanto de él.
—Así es  —contestó Eliel. Amira sabía que mentía.
—No te preguntaré acerca de lo que te ha dicho porque sé que no me lo dirás. Prometiste que descubriríamos todo juntos pero sé que es esa es una promesa que no mantendrás. —El tono de voz de Amira no había sido duro en lo absoluto, las palabras se habían deslizado sobre su lengua como si fueran pétalos de rosas pero habían llegado a los oídos de Eliel como afilados cuchillos —. Está en tu naturaleza mentir, así que no te reprocharé nada —agregó sin resentimiento alguno —. Compañía por compañía, ¿recuerdas? Yo por poco lo olvido. En algún punto, y silenciosamente también nos pedimos amor, y yo te lo di, y con eso debería bastarte, no pidas confianza porque jamás te la daré, es algo que no le daré a nadie, porque nadie me la  ha dado a mí. «No estás lista para saberlo», me dicen. ¿Cuándo estaré lista, Eliel? A este paso, probablemente nunca. ¿Esperas que me quede de brazos cruzados esperando que algún día se les antoje decirme todo lo que saben? ¿Cuántas veces he preguntado, rogado y anhelado una verdad que dicen desconocer? ¿En verdad la desconocen? Si es así, ¿por qué siento que sabes más de lo que dicen? ¿Lo supiste desde que me conociste, por eso me buscaste con tanto anhelo? ¿Qué viste en mí, Eliel? ¿Para qué me necesitas?
Por el momento se quedó callada, tal vez a la espera de la respuesta de Eliel o esperando que el silencio devorara su sentido auditivo, tal vez ni siquiera quería escuchar nada y al mismo tiempo lo quería escuchar todo. Sabía que Eliel era un demonio, por momentos lo olvidaba pero se había obligado a recordárselo.
«Esa es su naturaleza y yo igual lo acepté, así que jamás le reprocharé nada», se dijo a sí misma.
—No concibo, bajo ningún concepto, el que yo pueda llegar a ser de alguna utilidad para ti —continuó al ver que Eliel se quedaba callado —. Eres un demonio poderoso, un príncipe. ¿Y qué si yo soy una hija de Eva? No creo tener más poder del que tú tienes.
Eliel seguía sin decir palabra alguna, y con eso Amira sólo verificaba sus creencias. Cuando le había dicho que era especial, fue porque había sentido algo, lo demás eran mentiras, se había enamorado de un mentiroso, sin embargo, no tenía el corazón roto.
—Ya te dije, no te reprocharé nada, así que no tienes por qué contestar —sonrió Amira.
—No lo sabía —habló Eliel —. No sabía nada de Hijas de Eva, jamás lo había escuchado. Pero cuando te vi, en medio de la calle, empapada y humillada, sentí algo. Sentí que no eras humana y como a simple vista no alcancé a descubrir lo que eras, decidí acercarme a ti.
—Y me llenaste la cabeza con todas aquellas cosas que yo quería escuchar —suspiró —. La pobre niña de mami y papi, maltratada, solitaria, que sólo quería alguien con quien compartir su tiempo.
—No hay nada en este mundo que yo no conozca, o por lo menos eso pensaba, hasta que apareciste tú...
— ¿Así que ahora soy tu animalito exótico? —sonrió con malicia —. Y cuándo te canses de éste animalito exótico, ¿qué harás? Ahora me doy cuenta que nada ha cambiado, sólo que ahora mi jaula es de oro.
Amira intentó sacarse a Eliel de encima, apoyó ambas manos en el pecho del demonio y lo empujó con toda la fuerza que tenía, pero él ni se movió, ni siquiera forcejeó. Los ojos de Eliel se tiñeron de plata, plata pura, fundida por el inmenso calor que se habitaba en la voluntad del demonio. Nadie jamás le había hablado así, y para ser sincero, le molestaba, pero era Amira, y a ella no podía hacerle daño.
— ¿Sabes que puedo matarte con tan sólo pensarlo?
—Lo sé —contestó Amira sin pensarlo dos veces, sin que la expresión en su rostro mostrara alteración alguna —. Pero supongo que querrás jugar un poco más con tu animalito exótico.
—Todo iba tan bien hasta ahora, ¿por qué tenías que arruinarlo?
—Siempre me dijiste que yo era mucho más sabia de lo que aparentaba... Mentías, ¿no es cierto? La verdad es que siempre me has tomado por estúpida. Por eso no accedes a un pacto de sangre, no soy humana, no podría hacerlo… pero lo hice con Rauel, con él si pude, descubriste que puedo hacerlo, mandaste a tu hermano, mandaste a Joel, todo era una prueba, ¿Qué pasó con Rauel una vez hubo concluido el pacto?... No sé para qué me molesto —bufó —, si nunca me contestaras nada.
—Con Rauel no sucedió nada —contestó Eliel —, y tampoco envié a mi hermano.
— ¿Soy peligrosa para ti, Eliel, o al menos llegaré a serlo?
—No sé más nada...
— ¡Mentiroso! —espetó con furia.
Ya había perdido la calma y la paciencia. Sí, en el fondo, muy en el fondo, Amira había esperado que Eliel desmintiera sus creencias, pero no lo hizo, no le dolió pero si fue un trago bastante amargo. Había sido tonta, había creído tanto en él. Las veces que había salido en su auxilio habían ayudado a reforzar una confianza que jamás había existido. Era un castillo de arena que se había derrumbado, que una ola había derribado o que los fuertes vientos habían erosionado, pero al fin al cabo un castillo de arena que nada soportaba, frágil, efímero, traicionero...
—Me vistes y yo estaba sola, necesitada de afecto y te aprovechaste de eso. Me dijiste que era especial porque entre tanto maltrato, necesitaba saber que era mejor que los demás y que si yo sufría todo aquello era por error del destino, que yo estaba destinada a mejores cosas. Me hiciste creer que era alguien. Yo hacía como si eso no me importara, pero no era cierto, me importaba y mucho. Demonios, hechiceros poderosos, todo eso en lo que jamás creí apareció de la nada en mi vida, y sí, no te lo voy a negar, me sentí especial. Tus palabras alimentaron mi ego y mi orgullo, y ahora destrozaron todo eso —siguió viéndolo fijamente, ya había desistido en su intento de quitárselo de encima —. Pensé que, sinceramente temías perderme, que tu amor era tan grande que te hacía enfrentarte a todos esos terribles peligros con tal de salvar mi vida, ahora veo que nunca fue así. Dime, Eliel, ¿eres alguna especie de coleccionista?, ¿coleccionas animalitos exóticos? Por eso temes perderme, ¿no es así? Por lo que he escuchado, las Hijas de Eva son animalitos muy extraños. ¡Imagínate! En este momento en el mundo hay solo dos, y tú las tienes a ambas...
Los ojos de Eliel seguían siendo plata fundida, no la miraban con rencor, ni resentimiento, ni nada remotamente parecido, la miraban con tristeza, con duda, con dolor, con desesperación... quería hacerla callar, no soportaba escucharla. Tiempo atrás su voz le había parecido la más perfecta melodía, pero ahora era el ruido más insoportable que jamás había escuchado en toda su existencia.
« ¿Por qué? —se preguntaba el demonio —. ¿Cuándo viste a través de mí? ¿Acaso fue esa estúpida niña? ¡Dime, Amira! ¿Qué te cambió tan drásticamente?».
—Pensé que dándote lo que querías, compensaría lo demás...
— ¿Me quieres, Eliel?
—Te amo —contestó.
El corazón de Amira no pudo reaccionar de otra manera, los latidos se intensificaron tanto que el demonio fue capaz de escucharlos, y eso le encantó. Se levantó lo suficiente para colocar su mano sobre el pecho de Amira. No sólo su corazón latía con más fuerza sino que también su pecho subía y bajaba en un frenético vaivén que sólo denotaba su nerviosismo. Ella había dicho todo eso, pero no le había resultado para nada fácil, todo lo contrario, se la estaba jugando, le temía, sentía temor hacía él, lo sabía, siempre lo supo, sin embargo, contrario a los pronósticos que alguna vez llegó a albergar, ella nunca se alejó de él.
Cielo no podía estar detrás de nada de eso. Eliel creyó que la niña le confesaría todo a Amira y eso le ayudaría a despertar sus verdaderos poderes, simplemente quería ver qué sucedía una vez se unían esas dos niñas que compartían una sangre tan ancestral que incluso él se había sentido tentado.
Ella se agitó un poco bajo su peso, el demonio nuevamente fijó su mirada en el rostro de Amira el cual ya no se encontraba tan apacible y seguro como minutos atrás.
— ¿Te irás? —preguntó Eliel.
—No tengo adónde ir, y no pienso regresar con mi madre —contestó —. En mis sueños, te vi con una mujer muy hermosa, y la besabas y por la intensidad del beso sé que no hicieron sólo eso. ¿Me amas, Eliel? ¿Es ese el amor egoísta y traicionero que alguna vez me mencionaste? Estoy celosa, lo acepto —agregó antes de que Eliel hablara —. Tal vez son esos celos los que hacen que te digan todas estas cosas, o lo que hace que no te tenga nada de confianza... yo vi y sentí... nunca me has mirado así, ni me has besado de esa manera...
Se detuvo. Amira se sentía mal con ella, no quería sacar todo eso a flote porque se estaba comportando como esas niñitas tontas que alguna vez criticó. Además, no sabía por qué aún esperaba recibir amor de ese ser que le había ocultado todo lo que siempre quiso saber.
—Conozco límites.
— ¿Un demonio me habla de límites? —bufó más molesta aún —. Me tomas por tonta, ¿por qué simplemente no puedes decirme la verdad?
—No es nadie —dijo Eliel, Amira tampoco le creyó esta vez.
— ¡No es cierto! —espetó Amira, su furia sólo iba en aumento —. Igual no me importa —dijo cuando se hubo puesto de pie —. Ya no esperaré nada de lo que no me ha sido prometido. Compañía por compañía, Eliel, ya es hora que nos apeguemos a las condiciones.
Las palabras lo calaron fuertemente. Durante un minuto sintió furia y al siguiente, tristeza, una mezcla un tanto extraña de sentimientos pero no podía negar que Amira era la única que lo hacía sentir de esa manera. Quería, por tanto, explicarle, que aunque hiciera cosas que el sentido común dictaba como incorrectas, no quería decir que no la amara con todo lo que tenía.
—El problema es que me ves como si yo fuera un humano, y no lo soy —intentó aclarar Eliel. En un parpadeo se levantó e incluso con mucha más rapidez alcanzó a Amira y la abrazó fuertemente —, por lo tanto no me rigen las mismas leyes.
—Pero yo sí soy humana...
— ¡Tampoco lo eres! —la interrumpió —. Siempre lo has sabido, por eso siempre te has sentido tan fuera de lugar.
—Ya no quiero seguir hablando de esto, iré a ver a tu nana.
—Ella no es confiable, no vayas.
—Tengo que...
El demonio se aferró a ella con más fuerza. Tenía el poder para llevársela lejos, pero alejarla de todos aquellos riesgos potenciales, pero por alguna razón no podía ir en su contra y aunque no quería dejarla ir, sabía que tenía que hacerlo.
—Te cuidado —fue lo último que alcanzó a decir, luego simplemente, desapareció.
« ¿Irás a ver a esa mujer?», quiso saber, pero después de meditarlo por uno segundos supo que era mejor no saberlo para no seguir siendo lastimada, lo único que podía hacer era aferrarse al trato inicial.
«Compañía por compañía, Eliel. Ya no te daré más que eso.»


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