LFDI Capítulo 15: Despertar.


Capítulo 15:
Despertar.

Eliel seguía sin poder atravesar esa puerta, aún estaba a la espera, Amira no le había respondido y, por la expresión que había adoptado, seguramente no le respondería. Había tocado un punto bastante crítico para ella. Le temía tanto a la simple idea de que se alejara de su lado que perdía la cabeza con demasiada facilidad.
Sopesó nuevamente sus acciones y sus palabras. Chasqueó la lengua, aunque nadie más que él se dio cuenta de ello. Cerró la puerta y se acercó a Amira. Probablemente esa era la primera vez que él la había lastimado tanto y estaba sumamente arrepentido por ello.
Amira vio como el demonio se le acercaba y, rencorosa como se sentía, lo único que se le ocurrió hacer fue retroceder. En el proceso se topó demasiado pronto con el borde de la cama y cayó de lleno sobre ésta. Llevó sus manos hasta su rostro, agitó su cabeza de un lado a otro. ¿Por qué temía perder algo que nunca había tenido? ¿Tan dulce era la libertad que con una pequeña degustación quería tenerla para siempre? Entonces la chica comenzó a cuestionar la interrogante de Eliel: «¿Tú qué sabes de libertad?»

— ¡Nada! —gritó—. ¡Absolutamente nada!
Con ese grito consiguió que la piel de Eliel se erizara, una ligera punzada de algo muy parecido al arrepentimiento subió desde las plantas de sus pies hasta la punta de su cabeza, pero se obligó a ignorarla porque no solucionaría nada con el simple hecho de sentir arrepentimiento. Con sumo cuidado fue acercándose hasta el lecho de Amira, se sentó a su lado y se inclinó sobre ella para quitarle las manos del rostro. Tenía que ver si estaba llorando o no. Para su alivio, no lo estaba, pero la expresión que usaba tampoco logró conseguir calmar el extraño pesar que lo embargó por haber lastimado a quien tanto quería.
—Lo siento —susurró con dulzura. Llevó sus labios hasta la frente de la jovencita, apartando primero algunos mechones de cabello que se habían situado ahí —. Mis palabras no han sido las correctas —continuó —, pero debes entenderme... sentí temor...
—Sé que he dicho lo contrario —dijo ella sin atreverse a abrir los ojos —, pero mis sentimientos no son algo de lo que me pueda deshacer fácilmente. —Sus sonrosados labios mostraban un ligero y esporádico temblor, lo que hizo que Eliel centrara parte de su atención sobre ellos —. Y también tengo miedo...
Y la besó, porque no pudo soportarlo más. Había olvidado la última vez que se había permitido  ser de esa manera. Aun con todas las maldades que había cometido a lo largo de los incontables siglos siempre hubo algo, una voz apenas audible dentro de él, que le indicaba cuando refrenarse. Cuando estaba con Amira esa voz perdía su fuerza y se volvía inaudible...
—Poco a poco —susurró Eliel sobre los labios de Amira —. Poco a poco iremos descubriendo todo...
—Poco a poco —repitió Amira. Abrió los ojos y lo miró con cierta melancolía —. Pero no quiero saber sólo sobre mí, también quiero saberlo todo sobre ti y los tuyos.
—Así será —aceptó.
Más calmada ya, Amira levantó su mano para acariciar el rostro de Eliel. Trazó con fina delicadeza el contorno de los labios del demonio, acarició sus pómulos, e incluso, en un gesto juguetón, tiró de su nariz. El demonio, mientras tanto, la miraba entre divertido y fascinado.
—Mi consciencia estaba dividida, tenía miedo —confesó —. Fue como si mi cuerpo estuviera habitado por dos mentes diferentes, y la mía era tan débil que sin importar que tanto tratara de impedirlo, sólo podía sentir como se iba desvaneciendo. Esa ya no era yo...
—Cuando ves el pasado de esa manera, lo que haces es adentrarte en los recuerdos de alguien con el que mantienes alguna especie de relación. Si le esencia de ese ser es más fuerte que la tuya, te termina absorbiendo y quedas atrapado en ese mundo. Es como una puerta que se abre, si no tienes cuidado queda abierta y cualquiera puede pasar.
—Pero, eso era sólo un sueño, ¿no es así?
—Inició como un sueño, pero te desviaste del camino, te separaste de ese mundo y te adentraste a otro muy diferente. Un mundo de recuerdos completamente ajeno al tuyo. Pudiste haberte quedado atrapada.
—No lo hice a propósito. Estaba cansada, me acosté a dormir, de pronto... Eso para mí sólo parecía un sueño, no creí...
—Por ahora está bien. Necesitas descansar, ya me encargaré yo de regresarte a este mundo si algo parecido te vuelve a ocurrir —sonrió —. También estaba pensando que ya va siendo hora que hables con Cielo, por algo eres la única que la entiende.
Detrás de las palabras del demonio sintió una falsedad jamás experimentada. Miró A Eliel fijamente, la dulzura no había desaparecido, nada en él parecía haber cambiado, pero todo se sentía diferente, ¿acaso una pequeña disputa podía cambiarlo todo de la noche a la mañana? Estaba confundida y no sabía por qué, pero de momento se quedaría con su consejo. Amira analizó lo que Eliel le proponía y no le pareció mala idea. Lo único que desconocía era la manera adecuada para iniciar esa conversación. Después se ocuparía de lo demás.
 

El dolor había desaparecido por completo, había sido testigo de hechicería antes pero nada tan grande como esto. Extendió su mano para tomar el cuenco que yacía sobre la destartalada mesa al lado de la aún más destartalada cama en donde reposaba, y en donde estuvo acostado por más tiempo del que estaba dispuesto a aceptar. Durante muchos minutos no quiso ser consciente de su propia apariencia física pues terroríficamente imaginaba que ya no quedaba nada de lo que solía ser.
Bebió un prolongado sorbo de ese brebaje preparado a base de yerbas y especias que le amargueada el paladar. Frunció el entrecejo como clara muestra de disgusto pero se bebió hasta la última gota. Cuando regresó el objeto a la mesa se percató de algo que hizo que su corazón casi se detuviera. Mantuvo la respiración por unos cuantos segundos. Se quedó inmóvil, tan quieto que de no estar sentado fácilmente parecería un cadáver, la palidez de su piel secundaría ésta creencia. Después de un corto tiempo recobró un poco la lucidez. Miró nuevamente sus manos y descubrió que no había absolutamente nada malo con ellas. Apretó la sábana que aun cubría sus piernas y de un solo jalón se la quitó de encima.
Su cuerpo desnudo enseguida resintió la repentina ausencia del calor que la manta, hasta ese entonces, le había proporcionado. Pero ante tal descubrimiento eso era lo de menos. Durante su largo sueño había despertado de tanto en tanto pero de manera demasiado esporádica como para recordar algo con lujo de detalles. Lo único que acosaba cada uno de sus apenas lucidos pensamientos estaba relacionado con la deplorable apariencia física que tendría que tener. Luego recaía nuevamente en un sueño tan pesado y prolongado que le ahorraba la desgracia de tener que preocuparse por ello. Pero lo que vio en ese momento no era lo que se esperaba. Sus piernas estaban en perfectas condiciones. Temeroso de que eso no fuera más que una humillante ilusión se dispuso a abandonar su lecho. Sobre el suelo puso primero el pie derecho, luego el izquierdo, sintió un ligero escalofrío pero lo ignoró por completo, y sin más, se puso de pie.
Se tambaleó un poco pero fue debido al prolongado descanso. Una vez hubo recuperado el equilibrio comenzó a caminar y a caminar como si jamás lo hubiese hecho en su corta vida. Con incontrolado frenesí comenzó a examinar el resto de su cuerpo. Palpó su rostro y pasó sus dedos por sus despeinados cabellos, luego, como una ráfaga salida de la nada, recordó la herida que debió haberle causado la muerte. Llevó su mano hasta su estómago y comenzó a sobarlo y a acariciarlo como si fuera una mujer embarazada palpando su abultado vientre. No había nada ahí, ni herida, ni cicatriz, ni dolor, ni nada que delatara que alguna vez hubo algo ahí. Eso hizo que sus labios esbozaran una sonrisa, picara, casi indecente, pero cargada de mucha vanidad.
Abel nuevamente se sentía dueño del mundo, ya apenas y recordaba la vergonzosa derrota —casi muerte— que había sufrido en manos del demonio que protegía a su media hermana. Ya ni siquiera recordaba el dolor, la desesperación, la agonía y la vergüenza. Nuevamente volvía a ser el orgulloso hechicero que el anciano había criado.
«También te mataré a ti —dijo para sí mismo al recordar al anciano—, te mataré de la misma manera que mataré a mi hermana y a su estúpido perro guardián».
El hechicero extendió sus manos de par en par y comenzó a dar vueltas por aquel lugar, parecía un experto bailarín, pero no pudo evitar ese comportamiento. El verse a sí mismo en una pieza era motivo suficiente para estallar en alegría. Y hubiera seguido con su extraña celebración de no ser por la torpe anciana que lo interrumpió.
La mujer lo miró extrañada, desde un inicio pudo reconocer que Abel no era más que un muchachito malcriado y engreído, no se habría tomado las molestias de sanarle de no haber sido por la tarea que debía de cumplir.  Fue por eso mismo que dejó que Abel siguiera regocijándose, era cuestión de tiempo, después de todo, antes de que él dejara de existir.
— ¿Quién eres tú, vieja? —preguntó Abel con altanería mientras seguía palpando su perfecto cuerpo.
La anciana no contestó. En lugar de eso, se acercó a un cajón de donde extrajo unas cuantas prendas de vestir las cuales colocó sobre la deteriorada cama. Bufó por lo bajo al percatarse de que el muchacho seguía cada uno de sus pasos, pero lo que la molestó no fue precisamente esto, sino más bien ese brillo petulante que alcanzaba a apreciarse en esos altaneros y desafiantes ojos azules.
—Si supieras que pronto dejarás de existir —murmuró la anciana en esa extraña lengua que los humanos no entendían.
— ¿Qué has dicho?
La anciana nuevamente no se molestó en contestar, simplemente le profesó una mirada furibunda al hechicero y sin más se marchó.
Abel se acercó a la cama y tomó esas prendas que la vieja había preparado para él. Le parecieron demasiado viejas y desgastadas y enseguida las tiró a un lado. Alguien como él jamás debería ponerse semejantes trapos, alguien como él debía vestir las más finas telas, después de todo era un sobreviviente, ni siquiera un poderoso demonio había acabado con su vida. ¿Qué más grandeza podía demostrarse con eso? Él era grande.
La vida que no había perdido sólo le servía para alimentar su propio ego.
La anciana escuchó las sonoras carcajadas que se escapaban desde el cuarto en donde descansaba el hechicero pero no les profirió importancia alguna. Abandonó esa postura senil que siempre se obligaba a adoptar para aparentar los años que su rostro y su cuerpo reflejaban y así no llamar demasiado la atención. Pero cada vez que entraba a esa habitación se erguía, sus pasos se volvían seguros y firmes y su rostro parecía rejuvenecer, las arrugas seguían ahí por supuesto, era sólo que sus ojos violetas brillaban con más intensidad; la intensidad propia de la juventud.
La habitación apenas era iluminada por la tenue luz de un  par de velas. La mujer susurró unas palabas y luego emitió un silbido apenas audible y en cuestión de segundos, todas las velas del lugar, que eran muchas, ya estaban encendidas. Caminó con seguridad hasta el centro de la habitación, se sentó con las piernas flexionadas una sobre la otra y cerró los ojos.
Comenzó a recitar una extraña oración en esa extraña lengua que ella hablaba. Sus encillas oscurecidas por la edad podían apreciarse claramente porque la intensidad con la que hablaba hacía que abriera la boca y la mantuviera abierta sin censura alguna. Después, sus labios comenzaron a temblar, sin embargo, en ningún momento dejó de orar. Su voz comenzó entonces a parecer muy distante. No era más que un eco maldito que resonaba en cada esquina dentro de esas cuatro paredes. Las luces de las velas parpadeaban inquietas e incluso las flamas de éstas crecieron como si fuesen candiles alimentados por combustible. Y de pronto, prácticamente de la nada, la mujer se detuvo, abrió los ojos y sonrió. Pronto todo comenzaría.


Dormía mucho. No hacía absolutamente nada pero su cuerpo siempre encontraba alguna razón para hacerla dormir, y entonces dormía; dormía pero no soñaba. Eliel le había enseñado a no soñar. «Es fácil —le dijo—. Son los recuerdos y pensamientos que evocamos antes de dormir los que nos hacen soñar. No pienses en nada, no recuerdes nada, y no soñarás» Le resultó difícil al inicio, pero después de un corto tiempo pudo volver a dormir sin preocupaciones.
Pero el problema ahora era que dormía y dormía sin razón para ello. Cuando vivía con su madre hacía de todo, apenas y dormía cuatro o cinco horas, y aun cuando se sentía muy cansada sencillamente le resultaba imposible dormir un poco más. Ahora que vivía con Cielo y Eliel, no hacía absolutamente nada y no se preocupaba por nada ni por nadie, sólo le importaba conocer su verdad y sabía que para eso tenía que ser paciente. Tal vez por eso dormía, para matar el tiempo.
Despertaba casi siempre para la hora del almuerzo. Pero antes de comer lo que hacía era bañarse. Se metía en la tina de baño que Eliel siempre tenía preparada para ella y cuando salía encontraba sobre la cama un vestido debidamente planchado. A cualquier otra persona le molestaría estar en una situación así, seguramente verían aquel comportamiento como un atentado contra la individualidad, pero a Amira no le importaba el que Eliel la vistiera de acuerdo a sus gustos, después de todo, la fémina era una completa ignorante en asuntos de la moda y demás menesteres que inquietan a las muchachitas de su edad. A Amira lo único que le importaba era no andar desnuda por ahí, lo demás era una preocupación innecesaria.
Tampoco sabía de dónde sacaba Eliel todas esas prendas, o la comida que había en el refrigerador, o las cosas en el baño, o los cosméticos que había ordenado para ella sobre ese hermoso tocador y los cuales nunca se dignaba en utilizar, o cualquiera otra cosa que hubiera en esa casa. Ni siquiera sabía por qué se encontraba precisamente en esa casa, o si el demonio tenía algún otro refugio al que podrían recurrir en caso de que algo llegase a suceder. Tampoco sabía a dónde se dirigía Eliel cada vez que no estaba a su lado, no sabía lo que él hacía, decía o con quién estaba, pero se dijo que eso no tenía por qué importarle, e inocentemente lo dejó pasar. Confiaba en él.
Esa mañana despertó más temprano de lo que últimamente acostumbraba. Lo primero que sintió fueron las sedosas sábanas que cubrían su cuerpo. Bostezó sonoramente y limpió sus ojos. Luego simplemente salió de la cama. El camisón de seda que cubría su cuerpo era de un color aperlado, era corto y escotado, y no llevaba nada bajo éste. Sus largos y lacios cabellos negros se tambaleaban de un lado al otro con el compás de sus cortos pasos. Bostezó nuevamente y de repente escuchó risas, las cuales reconoció de inmediato.
Salió hasta el patio trasero de la casa y ahí vio a Eliel y a Cielo completamente cubiertos de lodo. Sonrió y se acercó a ellos. El césped bajo sus pies se sentía perfecto. Había cogido un especial gusto por andar descalza, porque su madre jamás se lo había permitido, pero ahora, prácticamente no se ponía zapatos al menos que fuera de visita el pueblo.
El demonio se percató de la presencia de la fémina y en cuestión de segundos ya no había ni un tan sólo rastro de mugre sobre su ropa o su cuerpo, se acercó a Amira casi con veneración no sin antes disfrutar la hermosa vista que suponía el ver a esa jovencita recién levantada: sus movimientos era un tanto torpes, sus ojos poseían un brillo somnoliento y estaban ligeramente humedecidos, por alguna razón sus labios se veían incluso más rojos cuando se despertaba que durante el resto del día, y en su piel podían verse las marcas que la almohada y las sábanas.
Eliel sonreía cada vez que la miraba en ese estado, pero en esa ocasión fue especial. Parecía que Amira caminara hacia él con la única intención de tentarlo. La suave seda contorneaba el movimiento de sus caderas y remarcaba con esplendorosa delicia esos senos redondos y firmes cuyos pezones endurecidos, tal vez por la frescura matutina, resaltaban bajo la tela.
El demonio acudió a su encuentro con el sólo propósito de depositar un ligero y tierno beso sobre los labios de esa jovencita, único objeto de su devoción, y así lo hizo.
—Buenos días —saludó Amira, sintiéndose muy somnolienta aún —. Cielo, estás hecha un desastre —sonrió al ver que la niña seguía concentrada en sus tareas de jardinería.
Amira aún no encontraba la manera adecuada de platicar con Cielo, porque para empezar, ni siquiera sabía qué podía o debía preguntar. Tenía la impresión que la niña sería como todos los demás seres con los que se había encontrado, y que por tanto, no sería mucho lo que lograría sonsacarle.
—Cielo —extendió su mano en dirección de la pelirroja —, vamos a bañarnos.
Cielo sonrió, limpió sus manos en su vestido y corrió al lado de Amira. Fue entonces que Amira notó, que esos ojos que la miraban con tanto cariño, no podían pertenecerle a una niña tan pequeña, porque parecía que ese par de ojos habían visto mucho más de lo que ella jamás había presenciado.
Minutos más tarde y después del reconfortante baño, Amira peinaba con especial delicadeza los mechones rojos que tan llamativamente adornaban la cabeza de Cielo. Ambas ya se habían vestido. Cielo se había puesto unos pantalones cortos con una camiseta, y Amira usaba un recatado vestido de algodón.
— ¿Quieres preguntarme algo, no es así? —preguntó la menor.
—Sí —contestó Amira sin dudarlo —, pero aún no sé qué preguntar.
—Es fácil —sonrió Cielo —. Inténtalo.
Amira pasó saliva, tomó el cepillo con más fuerza, y sin dejar de cepillar, preguntó:
— ¿Por qué sólo yo puedo entenderte?
—Porque somos hermanas —contestó Cielo sin titubear.
— ¿Por qué no puedes hablar en nuestra lengua?
—Porque mi voz es sagrada y ningún humano, ni demonio, ni ningún otro ser, merece escucharla.
— ¿Quién eres? —Amira se detuvo, respiró profundo y continuó —. Ya no eres una niña, ¿verdad?
Cielo se levantó de la cama. Dio unos cuantos pasos en dirección a la puerta por lo cual Amira creyó que había preguntado algo que no debía, pero segundos después, Cielo regresó para sentarse a su lado.
—Yo nací hace mucho, mucho tiempo —la pequeña comenzó a hablar —. Mi madre fue una prostituta, y mi padre... un eunuco.
Amira la miró sorprendida, sabía que eso no era posible, un eunuco no era capaz de tener hijos, durante la castración se les era arrebatada esa posibilidad.
—Parece imposible, ¿no es así? Pero eso es lo que somos, hijas de la imposibilidad, un milagro, o por lo menos eso es lo que me dijo el viejo —suspiró al recordar al viejo y a Abel, luego, como si nada, continuó —: Por supuesto que mi madre jamás imaginó que el estúpido eunuco podría ser mi padre, había abierto sus piernas para tantos hombres que ni siquiera podía decir quién de todos ellos era mi padre. Y ni le importaba —agregó rápidamente —. Yo era lo que llevaría su negocio a la ruina, pero por alguna razón no me vendió a nadie más, me crió, de mala manera, pero me crió.
— ¿Cómo supiste que el eunuco era tu padre? —preguntó Amira, seguía sin creer esa parte de la historia.
—Por esto —contestó Cielo tomando varios mechones de cabello —. El eunuco era pelirrojo... pero claro, tampoco fue el único pelirrojo con el que se acostó, lo que me dijo que él era mi verdadero padre fue esto... —Cielo tomó con ambas manos su cabello y lo levantó para que Amira viera su nuca. La jovencita reconoció una marca de nacimiento en forma de lirio, o por lo menos esa fue la forma que distinguió —. Mi papá tenía uno en el mismo lugar, lo vi yo misma, cuando mi madre me obligó a prostituirme con él.
Amira se quedó en silencio, petrificada y un tanto mortificada, por eso no quería preguntar sólo por preguntar, sabía que de esa manera se hacía más daño. Aunque pensándolo bien, ella jamás preguntó eso, no tenía por qué sentirse mal.
—No culpo a mi madre —continuó Cielo —, después de todo el eunuco ni siquiera entraba en la lista de mis posibles padres.
Amira siguió en silencio, no le importaba la vida que había llevado Cielo, podía parecer rudo pero esa era la verdad, lo único que le interesaba saber era cómo se había hecho tan poderosa, o qué era lo que la hacía diferente; quería saber porque la mujer a la que Eliel había llamado nana había visto a Cielo con tal reluciente mirada mientras a ella la había visto de forma despectiva.
— ¿Cómo conseguiste el libro? —preguntó Amira cambiando repentinamente de tema —. ¿Sabes usarlo?
— ¿Ves? Sí tienes muchas preguntas —sonrió —. Me lo dio el viejo. Antes de conocerlo yo seguí los pasos de mi madre, no me quedaba de otra, si quería vivir tenía que abrir mis piernas, pero desde ese entonces yo sabía que era diferente a los demás. No sé cómo ese torpe anciano me encontró, pero cuando lo hizo me llevó a su casa y me mostró el libro, luego ya no pudo quitármelo, no podía, después de todo siempre fue mío, o por lo menos así lo sentí yo.
—Pero, ¿qué es?
—Exactamente lo que dice que es —contestó Cielo —. El diario de Eva.
— ¿Puedo leerlo?
—Seguramente sí puedas, pero no creo que sea el momento adecuado —. Cielo se levantó y nuevamente se dirigió hacia la puerta —. Cuando sienta que estés lista, yo misma te lo daré.
La niña pelirroja abandonó la habitación, dejando atrás a Amira. Cielo seguía siendo un misterio. Amira no entendía porque con tanta facilidad, la niña había abandonado al viejo y a Abel, sobre todo porque a éste último parecía haberle guardado especial cariño. Igual hizo esos pensamientos de lado, ya estaba comenzando a cansarse, si alguien le volvía a decir que aún no estaba lista estallaría. Ya estaba harta de toda esa basura. Era hora de averiguar las cosas por su cuenta.

Cielo caminó y caminó por aquel alegre pueblo, rememorando los viejos tiempos. Lo primero que recordaba era el agrio aroma del sudor y el sexo combinados. Tal vez para ese entonces ella sólo tenía tres o cuatro años, no lograba precisar con exactitud, había pasado demasiado tiempo, quizá sólo imaginaba aquellas cosas pero no le importaba, eso era mejor a tener la cabeza vacía.
Y las imágenes que visitaban sus recuerdos estaban todas relacionadas con esa vieja choza en la que había vivido. No era una choza como tal, pero comparada con las viviendas modernas, en eso podía resumirse. Ahí dentro sólo había una cama, una mesita, una lámpara de aceite y un ropero. Era pequeña, pero descubrió que eso no era algo que incomodara a sus visitantes. Generalmente dormía en el piso, su mamá siempre tenía la cama ocupada, era lo único grande en todo aquello, lo suficientemente grande para albergar a tres personas, a todos los desconocidos que cupieran excepto a su hija.
La vida de Cielo siempre había sido un misterio, incluso para ella misma, su madre no había sido una prostituta cualquiera, o por lo menos siempre le pareció así, y no se equivocó, la verdad era que la mujer se dedicaba a ese trabajo más por gusto que por necesidad. Muchos nobles le habían pedido que dejara todo, que ellos le darían todos los lujos que jamás había imaginado, pero la mujer siempre declinaba esas ofertas con una cortesía nada habitual en una prostituta. Le gustaba su trabajo, había dicho con firmeza. Pero así era antes de quedar preñada. Por supuesto, cuando se enteró, no tenía ni la menor idea de quién podría ser el padre y sinceramente ni le importaba. Una niña sería una carga, cualquiera sabía eso, y la mujer no estaba para cargas. Pero cuando la niña nació no pudo deshacerse de ella, era muy pequeñita y frágil, así esperaría a que creciera más para dejarla abandonada en algún sitio donde alguien la recogería y le daría una vida decente, o donde alguien la recogería para llevarla a un orfanato, todo era mejor a quedarse con ella.
Con el paso del tiempo, el cabello de Cielo comenzó a teñirse de un color rojizo bastante peculiar. La mujer comenzó a recordar todos los pelirrojos a los que les había servido, pero aquella tonalidad se asemejaba casi a la perfección con el de un solo hombre. «Es imposible», rió la sexoservidora. Cielo debía ser hija de cualquiera menos de él.
El eunuco era sirviente de una persona importante así que podía costearse esos lujos con cierta frecuencia, posea un libido nada habitual en los de su clase y siempre había profesado especial predilección por esa única prostituta a la cual le pagaba muy bien, para que cuando él la necesitara, le garantizara que fuera el primero del día.
Cielo conoció a su padre por primera vez al cumplir los nueve años. Aún era una chiquilla pero sólo en apariencia, al final su madre, que había postergado interminablemente su abandono, terminó por quedársela y la educó como había considerado debido, para así poderla introducir a ese mundo.
El eunuco había pagado una fuerte suma de dinero por la virginidad de esa inocente criatura, sin saber que estaba profanando el cuerpo de su propia hija. Pero no podía culparse al hombre porque, él más que nadie, sabía que jamás sería capaz de tener hijos.
Cielo casi tropieza debido a una mal colocada piedra sobre el suelo. Se había perdido en sus recuerdos, todo aquello era tan distante que ya ni dolor le causaba, tampoco le guardaba especial rencor a nada ni a nadie.
Recordó, una vez hubo llegado al parque, la primera vez que sintió que era diferente. Lo supo porque ella podía ver a esos extraños seres que se escondían detrás de pieles humanas. Al inicio pensó que todo era un mal sueño, pero con el tiempo fue aceptando lo que sucedía a su alrededor, y con eso dejó de hablar, y dejó de hacerlo porque notaba que su voz atraía a ciertas personas que jamás terminaron siendo de su agrado y porque aun cuando lo intentaba, lo que salía de su boca no eran palabras. Después de cumplir con el trabajo que su madre le había impuesto fue secuestrada por un grupo extraño de personas que decían practicar la antigua hechicería, Cielo por supuesto no sabía nada de esto y jamás mostró interés por saber más; y como dejó de serles útiles a los supuestos «hechiceros», fue puesta en libertad cuando tenía casi quince años, dejada a su suerte en medio de la nada, los secuestradores, después de haber hecho con ella lo que quisieron, irónicamente no querían mancharse más las manos así que esperaron que los bandidos o los animales salvajes terminaran con la vida de esa inútil jovencita.
Cielo no murió, obviamente. Logró mantener la calma de la mejor manera que pudo, por dentro estaba aterrorizada pero no dejó que esos sentimientos opacaran su insaciable sentido de sobrevivencia. Y fue en esa situación tan precaria que finalmente despertó. En un inicio creyó que estaba loca, escuchaba voces y eso no podía ser posible porque ella estaba sola, ahí no había nadie más y sólo las personas hablaban. Pronto descubrió que no era así, todo tenía una voz interior: el viento le decía si ese día debía resguardarse del frío o no, la tierra le decía el camino que debía seguir, las plantas le decían si eran aptas para el consumo, los animales  pequeños le avisaban si habían depredadores cerca o incluso humanos, y el agua, el agua siempre arrullaba su cuerpo cuando el viento le decía que ese sería un día caluroso.
Los elementos comenzaron a asemejarse a personas, incluso podía verles rostros, ninguno tenía la voz similar que el otro e incluso el olor que despedían era diferente aun cuando se tratara del mismo arrollo, de mismo viento o de las mismas plantas. Aquello era tan mágico que a la niña ya ni le interesó buscar una ciudad o un pueblo cercano, su hogar era todo el mundo  y podía vivir donde quisiera, a fin de cuentas, jamás estaría sola, y de hecho, eso era mejor. Ahí no habían hombres apestosos; virilidades hinchadas y asquerosas jamás volverían a profanar su inocente cuerpo, ahí sería una niña para siempre. Lo único que quería Cielo era recuperar la infancia que había perdido.
Gradualmente fue recuperando su cuerpo infantil, era como si el tiempo pasara al revés para ella, en lugar de envejecer rejuvenecía, pero pronto supo que no quería terminar siendo un bebé, así que cuando adoptó la apariencia de una niña de doce años se dijo: «hasta aquí», y mágicamente se quedó estancada en esa edad. Seguía sin saber cómo lograba esas cosas, sólo lo pensaba y sucedía.
Pero, después de tantos y tantos años de vagar por el mundo como una niña de doce años, Cielo se encontró con un viejo que enseguida vio a través de ella, y creyendo que le enseñaría más de lo que podría aprender sola, Cielo se fue con el viejo y así fue como conoció a Abel. Aunque claro que no lo conoció de buenas a primeras, el viejo mantenía su existencia en secreto y le decía cosas que Cielo no podía reconocer como verdaderas o falsas, simplemente eran palabras; palabras extrañas, vacías, llenas de significado, palabras pesadas que se hundían en su subconsciente y otras tan ligeras que se las llevaba el viendo. Al final no supo si aprendió lo que verdaderamente valía la pena aprender, pero no le dio importancia. Todo el mundo la trataba como a una niña y eso era lo único que le importaba.
—Para siempre una niña —susurró y luego escuchó que el cielo le hablaba —. «Cosas están por suceder», se dijo a sí misma, se volteó y emprendió su camino de vuelta a casa, y en ese momento el viento le dijo:
«Los hermanos siempre tienen que mantenerse unidos».

Abel vivía de mal humor, se despertaba así y se acostaba así y durante el día no podía sentir otra cosa que no fuese incomodidad. Odiaba a la torpe vieja, odiaba estar encerrado, odiaba no poder hacer más nada. Pero siempre se decía que era cuestión de tiempo. La anciana le decía que aún no se recuperaba del todo y él ya comenzaba a dudar de sus palabras. Él se sentía bien, nuevamente se sentía capaz de todo sin embargo rara vez salía de esa pestilente habitación. Ya estaba cansado de la vieja, sus brebajes, sus cuidados y su horrible aspecto. Cielo lo habría sanado con mayor facilidad y con menos molestias.
«Pero la muy traidora también me abandonó», susurró con rencor. La niña siempre se había mostrado muy fiel, pero a la hora de la hora lo había dejado abandonado, igual que los demás, igual que el viejo, igual que su madre... Su venganza aún no estaba completa, necesitaba encontrar a Amira, y se la llevaría de regalo a su madre, la violaría, la torturaría, la haría sufrir de todos las formas imaginables, y luego la cortaría en pedacitos, la metería en una caja a la cual le colocaría un hermoso listón rojo y eso le regalaría a su hermosa madre. Esa era su venganza, tenía que cumplirla para poder seguir viviendo.
Esa noche salió sin que la vieja se lo permitiera, igual esa mujer no era nada, no tenía por qué seguir obedeciéndola, pero lo que se encontró afuera no fue lo que él habría esperado. Era de noche... Esa fue su primera suposición, pero no estaba muy seguro porque a su alrededor sólo veía árboles, árboles y más árboles. Caminó un poco, pensó que seguramente sus ojos le estaban jugando una broma, peo no era así, a pesar de estar oscuro seguía viendo árboles, de vez en cuando escuchaba el ulular de algún búho o el canto de los insectos, pero aparte de eso todo estaba en calma. El viento apenas soplaba y el suelo parecía estar totalmente alfombrado por hojas y ramas secas que crujían cada vez que él les pasaba por encima.
— ¿En dónde estoy? —preguntó en voz baja. Cerró los ojos, eso era lo que siempre hacía cuando estaba perdido, cerraba los ojos y se concentraba para poder más allá, pero lo que vio más allá seguía siendo lo mismo: árboles, árboles y más árboles. Todo era un espeso y siniestro bosque, levantaba la vista y tenía la sensación de que esos árboles se le venían encima.
Siguió caminando pero con mucho más cuidado. Estaba pendiente de cada ruido que escuchaba o cada sombra que veía... entonces se percató de que todo estaba lleno de sombras. Las sombras bailaban, flotaban, volaban, se deslizaban por el suelo, entre los troncos, las ramas, incluso entre sus piernas, pero de esto último él no se daba cuenta. Parecían niños pequeños que jugaban con él, no tenían forma alguna pero eso le parecía. Levantó la vista otra vez, no veía más que hojas, pero no había ni un ápice de luz, pero eso era extraño, ¿cómo podía ver?, ¿cómo podían danzar las sombras si no había nada ni nadie que las creara?
Restregó sus ojos con insistencia, después colocó las manos frente a su rostro y no pudo verlas, de hecho intentó ver sus pies pero tampoco pudo verlos, ¿cómo veía todo lo demás? ¿Qué eran esas sombras?
Su respiración comenzó a agitarse al igual que el latido de su corazón. Todo era una pesadilla, no podía ser más nada, jamás había experimentado nada como eso, esa era la única explicación lógica. Se volteó para regresar por donde había venido, pero se topó abruptamente con el tronco de un viejo pino. Cayó abatido por el repentino choque, su nariz comenzó a escocer y a doler, la limpió... era sangre, podía ver su sangre pero no sus dedos, ni sus manos, ni sus brazos, ni ninguna otra parte de su cuerpo, ¿por qué podía ver la sangre, la sombra, los árboles y no todo lo demás?
«Es una pesadilla, una pesadilla, sólo una pesadilla —reía mientras se repetía esas palabras una y otra vez —. Es una pesadilla, no puede ser otra cosa, es una pesadilla...»
Se puso de pie rápidamente y con menos calma de la que le hubiese gustado aparentar, pero esa era lo de menos, después de todo nada ahí era real. Las sombras comenzaron a abalanzarse sobre él, con más insistencia, cada vez eran más y más y amenazaban con devorarlo.
«Es una pesadilla, una pesadilla, sólo una pesadilla, una pesadilla...»
— ¿Se encuentra bien, mi señor?
—El mocoso sigue insistiendo...
Abel escuchó primero la voz de la anciana y luego una voz que sonaba como la suya, pero él no había dicho nada, seguía atrapado, no encontraba su camino, quería regresar a la destartalada cabaña, quería regresar a su cuerpo. Se detuvo en seco... «¿Mi cuerpo?», inquirió con duda. Nuevamente intentó ver sus manos pero no vio nada.
Siguió corriendo, las sombras aún lo cazaban, lo perseguían con tanta vehemencia que supo que sólo era cuestión de tiempo antes de que lo atraparan, antes de que lo devoraran...
«Es una pesadilla, una pesadilla, sólo una pesadilla, una pesadilla...», repetía una y otra vez, mientras se fundía con la oscuridad, mientras se adentraba cada vez más y más a ese profundo bosque...
—Es un mocoso fuerte —dijo quien parecía ser Abel. La vieja lo miraba con anhelo, casi con veneración.
—Pero mi señor es mucho más fuerte —dijo la mujer que sonreía tan abiertamente que se podían ver claramente sus encillas totalmente desprovistas de dentadura.
—Dentro de poco me acostumbraré —sacudió su cabeza de un lado al otro, los largos mechones rubios se despeinaron un poco pero rápidamente volvieron a su sitio. El joven se levantó y caminó hasta el espejo colocado en el otro extremo de la habitación —. Un cuerpo exquisito sin duda —comentó mientras examinaba frente al espejo cada centímetro de su nuevo cuerpo, incluso tomó su virilidad la cual no tardó en endurecerse —. Ah, la juventud —sonrió con lujuria.
—Cuando me lo trajeron estaba en muy mal estado —confesó la vieja —, pero me esforcé en restaurarlo...
—Hiciste un buen trabajo —la felicitó y se volteó para verla, luego caminó en su dirección, la tomó por la cintura y la besó apasionadamente —. Jamás me has decepcionado, Lior.
— ¿Cómo debo referirme a usted, mi señor?
—Será costumbre de mis hermanos, pero yo no cambiaré mi nombre, quiero que el mundo sepa quién soy y para que he venido, así que puedes usar mi único y verdadero nombre.
—Así lo haré, mi señor Azazel.


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