LFDI Capítulo 14: Descubrimientos.


Capítulo 14:
Descubrimientos.

«Niña tonta. Te engañaron. Un demonio. Un alma. ¡Tu alma! ¡Traición!»
Amira susurraba inconscientemente las palabras que hacía mucho tiempo atrás había escuchado. De hecho, tales palabras —que parecían formar parte de alguna especie de profecía— se deslizaban desde su lengua sin que ella se diera cuenta de ello. En ese momento, en lo único que podía concentrarse era en esa deliciosa caricia que hacía que su piel se erizara, de placer por supuesto.
De pronto se percató del cítrico aroma que impregnaba el aire de esa habitación. Abrió los ojos más no se movió, algo reptaba sobre su espalda, o por lo menos de esa manera lo definió en un inicio. Pero después de prestar un poco más de atención reconoció que eran los dedos de Eliel que dibujaban pequeños símbolos imaginarios sobre su piel. Volteó la cabeza para el otro costado y con eso consiguió averiguar de dónde provenía ese tan familiar aroma. Sonrió complacida, ya llevaba un buen tiempo en el que el demonio no le obsequiaba ninguna tan sola de esas hermosas y pequeñas flores.

Tomó una entre sus dedos y la acercó hasta su nariz, aspiró levemente la fragancia de la blanquecina flor para luego regresarla a su lugar, el cual le resultó extremadamente difícil de precisar porque parecía que toda la cama estaba llena de flores. Intentó entonces voltearse para ver con más facilidad las cosas, pero Eliel se lo impidió.
—Quieta —susurró el demonio rozando el lóbulo de su oreja.
Amira no luchó y se dejó hacer. En seguida el demonio la llenó de mimos, lo que hizo que su cuerpo se relajara considerablemente, cosa que no había podido conseguir el largo sueño que había tenido.
El demonio paseaba las yemas de sus dedos con extrema delicadeza sobre la espalda desnuda de Amira. Hacía a un lado de tanto en tanto los irrespetuosos cabellos que se atrevían a meterse en su camino, aprovechando la ocasión para sentirlos, eran lisos y sedosos después de todo, y se deslizaban sin dificultad alguna entre sus dedos. Incapaz de seguir soportándolo más, comenzó a trazar una especie de ruta sobre la espalda de la jovencita, luego esa misma figura que había trazado, la repasó con sus labios, de tal manera que la piel de Amira pronto se vio totalmente impregnada del cálido aliento del demonio.
Ella sólo sonreía. Una que otra leve risa se escapaba de sus labios, pero rápidamente se dedicaba a apresarlas. No quería que Eliel la escuchara, pero esto era porque no quería perturbar el hermoso ambiente que el demonio había creado. Un ambiente similar al de la noche anterior, aunque no había terminado precisamente como ella había imaginado. Su virginidad seguía intacta. Y no era de esas chicas que creían en llegar castas al matrimonio, primeramente, porque la castidad la veía con otros ojos y porque en el matrimonio jamás había creído. Eras cosas impuestas por la sociedad, y por ese simple hecho no le llamaban para nada la atención. Y obviamente, Eliel no era de esos seres que también se guiaban por ese tipo de ideales, simplemente no sucedió, así de sencillo, y no sucedió porque ella estaba tan extenuada que de la nada se había quedado dormida.
— ¿Qué susurrabas?—preguntó Eliel.
— ¿Dije algo mientras dormía?
—No parecías dormida, mi dulce Amira...
—Pensé que había sido un sueño —murmuró para después hundir su rostro en la almohada —. Supongo que lo que dije fue algo sobre una niña tonta, un engaño, un demonio, un alma y una traición.
—Justamente eso me pareció escuchar —contestó el demonio cuyas manos seguían ocupadas acariciando la espalda de Amira.
—Son cosas sin sentido —agregó ella rápidamente —, cosas a las que no se le debe dar demasiada importancia.
—Rara vez es de esa manera —suspiró Eliel —. Pero supongo que por ahora estará bien así.
La chica se volteó sin que Eliel se lo esperara. Con uno de sus brazos intentó cubrir sus senos desnudos, aunque eso lo hacía más por inercia que por vergüenza, no había algo de ella que el demonio no conociera ya.
Sentado como se encontraba, Eliel vio el rostro aun adormilado de Amira, lo que le arrancó una sonrisa a sus labios. Acarició la suave piel del estómago de la chica para después reposar su cabeza en ese lugar.
— ¿En qué piensas? —quiso saber Amira.
—En lo hermosa que eres y en lo afortunado que soy por tenerte sólo para mí.
— ¿Y quién dice que soy sólo tuya? —bromeó. Con su mano libre comenzó a peinar de manera ausente algunos mechones del cabello de Eliel que se encontraban regados entre las sábanas. El cabello del demonio seguía igual de largo y perfecto.
— ¡Oh! Me lástimas el corazón, mi cruel Amira —teatralizó Eliel sin que su voz sonará demasiado grave.
Esta vez la chica permitió que una sonora carcajada proveniente de lo más profundo de su garganta inundara la silenciosa habitación. Demoró un par de segundos en detenerse, pero cuando lo hizo se reincorporó sobre la cama. Acunó la cabeza del demonio entre sus brazos, muy cerca de sus senos. A Eliel todavía le perturbaba la enorme cicatriz que cubría el pecho de Amira, pero le perturbaba no porque se viera fea o estropeara bajo algún concepto su  belleza, la aborrecía porque era el recordatorio de su propio descuido e ignorancia.
—Creo que es necesario hacer el pacto de sangre —propuso Amira. Pero no lo había dicho porque en realidad quisiera hacer eso, lo hizo porque de alguna u otra manera tenía que iniciar esa conversación. De esa forma simplemente logró conseguir la total atención del demonio.
— ¡No lo es! —se exaltó Eliel. También se reincorporó y se sentó frente de Amira, con los ojos bien fijos en el rostro de la chica.
— ¿Por qué no? —inquirió la fémina sin que su rostro delatara confusión o algo similar.
—Porque no y punto. —Eliel se levantó de la cama, estaba enfadado. Sí, pero lo que sentía iba más allá que el simple enfado, lo que en realidad sentía era miedo y desconcierto. No sabía quién le había metido esas ideas en la cabeza a Amira —. No es eso lo que busco en ti Amira, creí que ya lo habíamos aclarado.
—Lo sé, tampoco es lo que busco yo en ti. —Agitó la cabeza de un lado al otro un tanto confundida —. ¿Hay algo malo con los pactos de sangre?
—Todo es malo en los pactos de sangre —dijo Eliel —, por eso me enfadé cuando me enteré que habías hecho uno con ese sucio íncubo.
—Jamás te noté enfadado —masculló Amira algo fuera de sus cabales.
—Pero lo estaba. —Eliel retomó su asiento sobre la cama —. No poseo la libertad que aparento tener —confesó con expresión dolida —, por eso no puedo arrastrarte conmigo, las razones son un tanto más difíciles de explicar y de entender. Las cosas son muchas más complicadas de lo que aparentan, siempre es así, jamás lo que tenemos frente a nuestros ojos es la verdad absoluta.
— ¡Explícame! —exclamó Amira —. Quiero saber cómo es tu mundo, no me importan los riesgos que tal conocimiento me acarreen. Simplemente no puedo andar por la vida pecando de ignorante. ¡Quiero saber!
Eliel suspiró, retiró unos cuantos cabellos de su rostro y nuevamente volvió a suspirar. Tomó la mano de Amira hasta entrelazar sus dedos con los de ella. La miró y se acercó tanto que poco faltaba para besarla. Y lo hubiera hecho si la frialdad que mostraba Amira no lo hubiera detenido. Se alejó nuevamente y como loco comenzó a dar vueltas y vueltas por toda la habitación. La figura del demonio lucía especialmente tentadora bajo los rayos de luz que alcanzaban a colarse dentro, especialmente porque no usaba más que unos sencillos pantalones, lo que dejaba al descubierto su duro abdomen y sus fuertes brazos. Su cabello negro y liso se balanceaba conforme los pasos que daba el demonio se hacían más largos y pesados, ocasionalmente acariciaba su barbilla y volteaba a ver a Amira.
Por su parte Amira no esperaba que Eliel la informara de todo cuánto deseaba conocer de buenas a primeras, pero se maravilló el notar que sus intenciones de alguna manera habían dado resultado. Clara muestra de ello era la inquietud en la que Eliel se había sumido. La chica lo miraba caminar de un lado para otro y aunque la expresión del demonio era seria, la suya estaba adornada por unos ojos resplandecientes y una sonrisa ladeada llena de autosatisfacción. Decidió entonces levantarse de la cama para acorralar a Eliel en una esquina de la habitación. Pocas veces el demonio se había sentido tan acorralado, y más era el temor porque no se atrevía leer la mente de la chica y por lo tanto no tenía ni la menor idea de lo que ésta estaba pensando. Con ella siempre todo era demasiado sorpresivo, nunca sabía que esperarse. Eso le encantaba.
—No tienes decirme nada si no quieres —habló Amira. Ambos manos estaban adheridas a la pared, de esa manera garantizaba la aprensión del demonio —. Igual permaneceré a tu lado.
—No te digo nada no porque tema perderte —aclaró Eliel —. No te digo nada porque aún no estoy seguro si podrás cargar con ello.
—Cuando creas que esté lista, ¿me lo dirás? —inquirió levantando una ceja de manera sensual, aunque la fémina era completamente inconsciente de sus gestos.
—Cuando considere que estás lista te daré el mundo entero si así lo deseas...
—No aspiro a tanto —rió Amira. —Con conocerte mejor me basta.
Esas palaras fueron mágicas. Eliel creyó que de alguna manera cargaban un hechizo consigo porque la sensación que le provocó el lugar en donde se suponía debía yacer su corazón, era algo que muy pocas veces había experimentado. Con el revés de su mano acarició lentamente la suave y calidad mejilla de la chica, quien, ante tal contacto, no hizo más que cerrar los ojos, con lo consiguió que las sensaciones se intensificaran.
Las manos del demonio de pronto comenzaron a hacer lo suyo, desplazándose por toda la contorneada y curvilínea cintura de Amira. La piel de la fémina se erizaba placenteramente con cada gentil caricia que le era proporcionada, abrió los ojos y la expresión que usaba Eliel en ese momento la dejó fascinada. Fue ella misma que hizo a un lado el cabello que hasta entonces había estado desparramado sobre sus hombros y su pecho. Eliel tomó eso como signo de aprobación y comenzó a llenar de besos el cuello de la chica, desplazándose más abajo hasta toparse con la enorme cicatriz que contrastaba con el resto de esa nívea piel.
—Siento tanto esto —sollozó lastimeramente el demonio.
—No es tu culpa, mi demonio —trató de tranquilizarlo —. Nada de lo que me ha pasado o pueda llegar a sucederme será tu culpa. Aquí y ahora así lo proclamo.
Le fascinaba escucharla hablar. Siempre parecía entonar cada sílaba de una manera que el sonido que producía era melodioso y atrayente. Y cuando esas sílabas eran combinadas y transformadas en palabras, cargaban consigo significados que estaban mucho más allá de su demoniaco entendimiento. Creyó que todo eso era el resultado de todos los misterios que como velos incandescentes flotaban alrededor Amira haciéndola de esa manera agradable a la vista, al tacto, al oído, y en cualquier otro sentido que pudiese llegar a imaginar.
Con pasitos cortos y lentos, tanteando el piso y sopesando la distancia hasta la cama, ambos comenzaron a moverse, sin separar sus cuerpos ni un tan sólo centímetro. La chica que era ajena a todos esos sentimientos, sintió como si una especia de droga alucinógena se fundiera con todos sus sentidos. Su cuerpo se sentía entre adormilado y febril y por contradictorio que pudiera llegar a parecer también sentía como si estuviera flotando aun cuando las plantas de sus pies reconocían sin duda alguna el suelo que pisaban.

Ambos se tambalearon un poco cuando se toparon con la orilla de la cama, pero se dejaron caer de tal manera que no provocaron ninguna especie de ruido. Enseguida el demonio comenzó a hacer suyo cada centímetro de la piel de la joven aun sabiendo que eso era algo peligroso. Pero no podía evitarlo, si eso le acarreaba o no a Amira problemas en el futuro, él se encargaría de estar a su lado para protegerla. Entendía en parte porque de la nada a Amira le había nacido el deseo inconfundiblemente insaciable que sólo la sed de conocimiento provoca. Después de haberse visto envuelta en tantas disputas inexplicables, era de lo más natural que se sintiera un poco más curiosa y más temerosa por desconocer por completo el camino que estaba a punto de recorrer.
—El mundo que nos rodea está lleno de augurios —jadeó Eliel —. Hay señales por todos lados que nos indican el camino, aun así nos perdemos con una facilidad que sorprendería hasta al más incrédulo. Tú eres mi augurio Amira, estaba perdido pero por fin pude encontrarme.
—Sigo —gimió—, yo sigo perdida.
—Lo sé. Pero yo haré que encuentres tu camino y te diré todo aquello que deseas saber. El camino que te espera no es fácil.
No sería fácil. Eso no era algo que presentía, era algo que sabía. Ya había eliminado a uno de los obstáculos pero algo le decía que vendrían muchos más. Amira era especial después de todo, y eso ya no era algo que sólo él pudiese notar.

El delicioso e incoloro néctar que despedía el cuerpo de Amira fue como un exquisito manjar una vez que la lengua de Eliel lo hubo degustado. Levantó su rostro para poder apreciar la magnificente belleza que despedía aquel cuerpo sonrosado y tembloroso. Se notaba a leguas que Amira jamás había experimentado el placer sexual más no parecía inhibirse por ello.
—Ya sabes que no haré algo que tú no quieras —reiteró el demonio.
En ese momento Amira recordó todas las clases de sueños que había tenido sobre el demonio en aquellos tiempos, tan distantes ahora, en que él no había estado a su lado. En esos sueños lo había besado, abrazado, acariciado; le había dicho cosas que sus labios nunca habían pronunciado, ni siquiera su corazón había sentido mucho de aquello que sus sueños le mostraban. Pero ahora todo eso que sentía era real. Un cosquilleo exquisito se fundía en su vientre y hacía que su pecho convulsionara sutilmente. Lamía y mordía sus labios con la sola intención de acallar todo aquello que imploraba escapar desde lo más recóndito de su casto ser. Era delicioso; pero era de ese modo porque el encargado de hacerla sentir de esa manera era Eliel. El demonio que durante tanto tiempo extrañó y que ahora le pertenecía enteramente.
Sus piernas temblaron como señal de que algo se aproximaba. Amira cerró sus ojos con fuerza y se sujetó aun con más fuerza a las sábanas comprimiendo en el proceso algunas de las tantas flores regadas sobre la cama; otras simplemente se habían adherido a su sudoroso cuerpo, adornándolo y volviéndolo más tentador. Estaba completamente segura, no había ni un tan sólo rastro de duda en su corazón, pero sintió que debía decir algo antes de continuar.
—Te amo, Eliel —confesó. Le pareció muy extraño que se sintiera más avergonzada por esas palabras que por lo que hasta ese entonces había estado haciendo.
—Y yo a ti, mi hermosa y dulce Amira —susurró Eliel. La ligera vibración que produjo su voz se extendió por la delicada piel del pecho de la chica haciendo que su cuerpo se estremeciera una vez más.
—Sí vuelves a desaparecer, te mano —lo amenazó nuevamente.
Jamás habían hablado de nada de eso. Desde que se conocieron no habían hecho más que tener charlas extrañamente casuales, luego habían compartido una caricia o un beso ocasional, nada más grande, nada que fuera demasiado comprometedor. Pero ahora, estaban a punto de entregarse el uno al otro más por la melancolía que su distanciamiento les había provocado que por ese fuera el curso natural de las cosas. Aunque desde un inicio para ambos, nunca nada había sido normal y mucho menos natural...
— ¡Tengo hambre! —intervino Cielo en la escena sin saber que había interrumpido un momento muy íntimo. Por supuesto, Eliel no fue capaz de escuchar lo que la niña decía sólo había escuchado el rechinar de la puerta seguido de un sonido seco, pero Amira que había escuchado aquello más como un alarido que como un grito, se levantó de pronto y lo primero que hizo fue cubrirse.
— ¡Cielo! —la reprendió Amira, aunque bien sabía que ya no quedaba nada por hacer. Intercambió una mirada con Eliel y luego ambos se echaron a reír a carcajadas —. Dice que tiene hambre —le comunicó.
—Pues supongo que tendré que llevarlas a desayunar —dijo Eliel cuya desnudez no le inhibía en lo absoluto, y parecía que a Cielo tampoco, como si no fuera la primera vez que viera el cuerpo desnudo de un hombre.


El empedrado se sentía extraño bajo las suelas de sus zapatos. Un aroma para nada familiar danzaba en el aire, era una combinación entre menta y canela, nada que hubiese olfateado fuera de alguna dulcería o pastelería. Las paredes de las casas estaban enverdecidas por una especie de musgo que se extendía sin orden aparente. Enredaderas de varios tipos habían encontrado el camino desde el suelo hasta las ventanas de muchos hogares y se habían posado ahí convirtiéndose en extraños pero hermosos cortinales; muchos estaban plagados con flores pequeñas de distintos colores. Los tejados eran de un ocre oscuro lo que contribuía a darle una apariencia aún más arcaica a esas viejas casas. Ninguna era demasiado grande, por lo menos no para los estándares modernos, tampoco parecían demasiado suntuosas u opulentas, eran más bien humildes y cálidas.

En ese lugar parecía como si el tiempo se hubiese detenido o mezclado. Las personas que humildemente transitaban sobre esas calles vestían de maneras diversas; unos usaban tonos coloridos y otros no tanto, unos parecían ser dueños de algún guardarropa de los años sesenta, mientras otros vestían más bien a la moda. Lo mismo ocurría con la diversidad; había personas con distintas tonalidades de piel y de cabello, ojos en colores que jamás hubiese imaginado los miraban con recatada jovialidad aun cuando les pertenecían a ancianos o a personas mayores.
Amira se sintió libre. Apretó la mano de Eliel en un gesto de gratitud, de no ser por él ni siquiera se hubiera atrevido a salir de su casa, pero ahora se encontraba quién sabe dónde —no le importaba— caminando como si todo eso le perteneciera. Llenó sus pulmones con ese agradable aroma y luego lo dejó escapar. Todo era tan vivo, tan agradable y colorido, que enseguida se olvidó de todo aquello que atormentaba su mente.
—Es hermoso —suspiró cautivada.
—Sabía que te gustaría —contestó Eliel.
Siguieron caminando. El camino principal de pronto mostró varias bifurcaciones, tomaron la de más a la derecha y se aventuraron a entrar a lugares algo más sombríos, sin, embargo no menos encantadores. En una esquina un tanto solitaria, había un letrero bastante peculiar: «Las flores del infierno» Cuando entraron al lugar vieron que pequeñas figuras con diseños de cuervos en varias etapas del vuelo adornaban los estantes y las ventanas. Amira enseguida supo reconocer el cítrico aroma que danzaba en todo el lugar que en un inicio creyó, estaría desolado. Tremenda sorpresa se encontró cuando se percató de que prácticamente todas las mesas estaban ocupadas. Se sintió un poco aliviada cuando se dio cuenta de que no estaban destinados a ocupar ninguno de esos lugares. Y lo supo porque Eliel las dirigió por una pequeña puerta atrás de la barra en donde atendían. Ninguno de los empleados les dijo nada, era como si ye estuvieran habituados a la presencia del demonio o porque estaban demasiado ocupados para notarlo.
Pero si creyeron que al atravesar esa puerta su travesía llegaría a su fin estaban muy equivocadas. Al abrir la puerta se toparon con una serie aparentemente infinita de escalones que serpenteaban más allá de lo que cualquiera de ellas pudiese llegar a calcular. El camino era angosto y los escalones delgados, tenían que posicionar los pies con extremo cuidado para no resbalar. Una vez hubieron subido todo ese trecho, se encontraron con un alargado y fino pasillo con varias puertas colocadas a muy poca distancia una de otra. Eliel las siguió guiando y entraron a la puerta más al fondo. Cuando entraron, ni Amira ni Cielo, se esperaban lo que allí encontraron.
La primera impresión que daba el lugar era el mismo que provocaría una casa de muñeca. Todo estaba pulcramente ordenado, pero los muebles, los adornos y cualquier otra cosa que estuviera a simple vista, parecían de fantasía.
—Es la primera vez que me traes visitas. — Una voz femenina inmediatamente acaparó la atención de los tres.
—Nana —sonrió Eliel —. Tanto tiempo sin verte.
—Mi pequeño pájaro errante —dijo la mujer con ternura —. ¿Cuántas centurias han pasado desde le última vez que te vi?
—Demasiadas, incluso ya había olvidado que jamás te ha gustado llamarme por mi nombre —contestó el demonio tomando la mano de la mujer para depositar un beso ahí.
— ¿Y qué son los nombres más que cosas que otros o nosotros mismo nos damos? Hay cosas con mucho más valor, no lo olvides.
—No lo olvido,  nana.
—Pero ahora veamos qué me traes aquí...
La mujer que aparentaba tener entre cincuenta y sesenta años, pasó al lado de Eliel y centró su atención en las dos jovencitas que lo acompañaban. Primero se dedicó a examinar a Cielo. Tomó a la niña del mentón y acercó tanto el rostro como si tratara de contar cada peca que lo adornaba, después peinó con sus dedos esas hebras pelirrojas las cuales se les antojaron hermosas, un estupendo color para una niña que de normal no tenía nada. Por suerte Amira había convencido a Cielo de dejar el libro bien resguardado en la casa de Eliel, de no haber hecho eso seguramente habría llamado mucho más la atención de la mujer.
—Excepcional mi niño, excepcional —celebró la mujer sumamente emocionada —. No había visto a una de estas desde hace siglos.
Dichas esas palabras posó sus profundos ojos verdes en Amira. Contrario que Cielo, Amira se le antojó demasiado normal, pero enseguida distinguió que el cuerpo de la jovencita estaba impregnado con la fragancia del demonio. Lo quedó viendo y levantó una ceja en un gesto que bien podía interpretarse como de complicidad o de desaprobación, era difícil de precisar en un rostro como aquel, tan aparentemente marcado por la edad y tan muerto a pesar de tener un par de ojos demasiado curiosos y sabios.
—Esta es todo un enigma para mí —comentó. Llevó la mano hasta su mentón y frunció el entrecejo claramente confundida. Se volteó y puso su mano sobre el hombro de Eliel —. ¿Has vuelto a las andadas?
Amira no supo cómo interpretar ni esas palabras ni ese gesto, aparte que no le había gustado la manera en que la mujer la había examinado. Estuvo a punto de marcharse cuando escuchó algo que llamó su atención.
—La energía parece más fuerte en una que en la otra, pero ambas son hijas de Eva, sin duda. —La mujer tomó asiento en un sillón floreado que aun siendo bastante viejo conservaba un estado aceptable.
—No eres la primera en mencionarlo —dijo Eliel —, más parece que nadie quiere explicarnos nada.
—Es una larga historia, querido —bostezó perezosamente —. Y estoy siendo mala anfitriona. Tomen asiento, enseguida traerán algo para comer.

Como si alguien hubiese escuchado la silenciosa orden, enseguida llamaron a la puerta y dos personas llegaron cargando bandejas con alimentos y bebidas. Cielo fue la primera en ampliar la sonrisa al percatarse que mucho de esos alimentos eran de su agrado. Ambas jovencitas se sentaron en una mesita algo separada del resto de cualquier cosa en la habitación, mientras Eliel platicaba con la mujer a la que había llamado nana.
—No te simpatiza, ¿verdad? —preguntó Cielo sin tener la delicadeza de antes tragar lo que había estado masticando.
Amira no contestó. Se limitó a comer unos panecillos con mermelada de mora y un delicioso y humeante té. Claro que no descuidaba para nada a la mujer, sobre todo porque Eliel la trataba con más familiaridad de lo que a ella le hubiese gustado. Una vez que comieron. La mujer se acomodó sobre el sillón, colocando su espalda en una postura recta y sus manos sobre sus piernas.
—Eva es madre de todos en todos los sentidos —comenzó a hablar. —Fue, después de todo, la primera mujer en pisar esta tierra, así como también fue la primera criatura en el universo en cuestionar las leyes del Creador. Sólo que la historia es diferente... En el sexto día el Creador dio vida a los primeros humanos en pisar este mundo. Adán y Eva. Adán, por su parte, no era más que una marioneta obediente y sumisa. Eva, en cambio, exhumaba curiosidad, y sin que nadie se lo plantara, dentro de ella existía una sabiduría que rogaba por ser explotada. Eva, al ser más astuta, comenzó a cuestionar todo aquello que estaba a su alrededor. Comenzó a explotar la relación que tenía con las plantas, los animales, y todo lo que la rodeaba a tal grado que la comenzaron a obedecerla sin chistar. Por supuesto, hubo Alguien a quien no le agradó perder el control sobre lo que había creado. ¿Pero desde cuándo el Creador tiene el total control sobre todo lo que ha creado?
» En fin... creo que está de más decir que Eva no comió de ningún fruto prohibido, porque para empezar nada en el jardín del Edén estaba prohibido, contrario a las versiones que durante los últimos siglos se han manejado. La única desobediencia en la que había incurrido había sido el no seguir el camino que el Creador había trazado para ella, y por esto fue desterrada. Adán la siguió, porque incluso había ganado su obediencia, su inteligencia no dio para más, era tan torpe.
»Fue debido a esto que algunos ángeles comenzaron cuestionar a su Creador aunque igual fueron muy pocos. Las escrituras dicen que fue Satanás quién engañó a Eva para que comiera el fruto prohibido, la realidad es que para ese tiempo, Satanás aún se llamaba Lucifer, y era el ángel más hermoso en el paraíso. Lucifer sentía una gran simpatía por la hermosa humana. Ante nuestros ojos, insípidos y carentes de emoción, aquellos eran seres que sin importar qué, debíamos resguardar. Lucifer se sintió tan atado a su misión que siguió a Eva y la acompañó durante gran parte de su exilio. Incluso le rogó al Creador para que la perdonara y le permitiera volver. Cuando no lo consiguió experimentó por primera vez algo demasiado parecido a la furia y a la decepción...
— ¿Cómo sabe todo esto? —preguntó Amira aun un tanto incrédula.
—Lo sé mi niña, porque yo formé parte de la bandada de los primeros caídos.
La mujer nuevamente tomó la taza de humeante té y la llevó hasta sus labios para beber un sorbo, pero demoró la acción para saborear la reacción que tal revelación les había provocado a los presentes. Regresó la taza a su lugar para después tomar una servilleta para limpiar con ceremoniosa paciencia la comisura de sus labios. Sonrió complacida por el silencio que se había formado y luego, sin más tiempo que perder, siguió hablando.
—Como sabrán —continuó —, Adán y Eva procrearon. Tuvieron muchos, muchos hijos. ¿Habrán escuchado de Caín y Abel? Bueno, esos chicos eran unas auténticas parías que nada heredaron de la sabiduría de su madre, pero luego vino otro hijo, una niña de hecho: Set —. Al notar la cara de desconcierto de Amira, la mujer se apresuró a reiterar sus palabras —. Así es, Set no era un varón como cuentas las historias, era un hembra.
—Lo que nos quieres decir —intervino Eliel—, es que Tanto Amira como Cielo, forman parte del linaje de Set, ¿o me equivoco?
—No te equivocas, querido, pero me temo que es más complicado que eso —sonrió la mujer —. Algo que casi nadie sabe, es que esa niña no era hija de Adán. Set, fue la primera criatura que nació de la relación sexual entre una humana y un demonio. Verán, para ese tiempo Lucifer y otros tantos ya habíamos caído. Pero él, incapaz de desprenderse de su misión como eterno servidor de los humanos, fue en busca de Eva sin saber que lo que realmente sentía era otra cosa. Por supuesto esto no fue algo que le agradó mucho al Creador, por tanto Lucifer, ya llamado Satanás por muchos, fue casado y perseguido por lo que se vio en la necesidad de crear su propio reino.
— ¿Y nosotros que tenemos que ver en todo eso? —inquirió Amira tal vez con demasiada prisa. La mujer arrugó el ceño, estaba algo disgustada, esa jovencita no lo agradaba mucho.
—Hay muchos misterios todavía. Llevo tanto tiempo aquí pero aún hay cosas que desconozco —dijo sin pensarlo mucho —. Luego a nuestro ejército ingresaron mucho más caídos, muchos de los cuales, no sentían aprecio alguno por los humanos, de esta manera comenzaron a corromperlos. Saboreaban enfermizamente destruyendo todo aquello que el Creador había creado, valga la redundancia. Pero para mí no eran más que niñitos mimados en busca de atención. Fueron ellos los que nos dieron la reputación que tenemos ahora. No quiero decir que somos buenos, pero tampoco somos malos, simplemente somos una especie más y tenemos nuestra propia visión del mundo.
— ¿Cómo... qué es lo que nos hace ser hijas de Eva? ¿Qué o quién hizo que fuera de esa forma? —preguntó Amira, interrumpiendo bruscamente el relato.
—No lo sabemos. Es un misterio. A pesar de que llevan dentro de ustedes la sangre de Lucifer, no son demonios... —llevó la mano hasta su mentón, parecía que tratara de evocar algún recuerdo muy remoto.
—Pero, ¿somos humanas?
—Ni humanas ni demonios, forman para de una raza extinta, bueno cualquiera dudaría de su extinción viéndolas a ustedes dos. Pero cierto es, que su existencia está llena de misterios. Misterios que desgraciadamente desconozco, así que no puedo decirles más nada. Supongo que para eso las has traído, ¿no es así? —dijo, dirigiéndose a Eliel.
— ¡No es suficiente! —exclamó Amira —. Yo quiero saberlo todo...
—Nadie puede saberlo todo, mi niña. Cuando madurez un poco con gusto te diré todo aquello que quieras saber y que yo conozca—miró a Eliel —. No sabía que tenías tan malos gustos. Esta niña no es consciente de su posición, ¿acaso no sabe que con un chasquido de mis dedos puedo pulverizar su existencia? ¡Qué impertinente! Pero con gusto tomo a la pelirroja como mi pupila...
—Por el momento así está bien, nana. Ha sido grato volver a verte después de tanto tiempo.
— ¿Te quedarás un par de meses, años tal vez?
—Me quedaré mientras me sea posible —contestó Eliel —. Espero que nos recibas también en visitas futuras.
—Te estaré esperando con toda la paciencia que esta larga vida me ha otorgado.

Salieron del  local algo extrañados. Ciertas cosas que la mujer había dicho habían tomado por sorpresa incluso a Eliel. Aunque era más que normal que la mujer supiera tanto, si era una de los primeros caídos. Aun había muchas verdades por develar.
El camino de regreso a la extrañamente normal casa a la cual Eliel se había referido como hogar, no fue nada placentero. No era que Amira se encontrara molesta, sólo pensaba que el corto viaje no le había servido de mucho, lo suyo ahora parecía más una causa perdida. ¿Si uno de los primeros caídos no sabía nada de ella, entonces quién podría saberlo? De que le había servido descubrir que era una hija de Eva si en ese rincón se iban a quedar atorados. Lanzó un gruñido de indignación que nadie fue capaz de escuchar, luego, sin importarle nada más, se separó del grupo. Nadie se lo impidió.
«Y pensar que esta mañana él y yo...» Agitó la mano frente a su rostro como queriendo espantar algún mosquito, pero lo había hecho más para esfumar esos recuerdos que le venían a la cabeza. Se estaba comportando de la manera errada. Olvidaba por periodos de tiempo demasiado prolongados que Eliel era un demonio y que se le había acercado por alguna razón; razón que ella aun desconocía.
Recordó la interrogante que le había formulado mientras jugaban bajo las sabanas: ¿Qué hizo que te sintieras atraído hacía mí? No recibió respuesta. No esperaba que el demonio le dijera todo pero empezaba a odiar la frecuencia con la que jugaba al desentendido. Se volteó cuando escuchó un revoloteo. Plumas blancas cayeron flotando con cierta lentitud producto del reciente vuelo que había levantado un grupo de palomas que se encontraban sobre tejados cercanos. Tal suceso hizo que Amira levantara su vista hacía el cielo. Estaba nublado, parecía que llovería en cualquiera momento, tal vez por eso las aves habían alzado el vuelo con tanta prisa.
Decidió regresar a casa.
Recordaba el camino sin problema alguno y durante el trayecto no se le presentó ninguna eventualidad. Apresuró el paso cuando los primeros relámpagos comenzaron a iluminar el opaco cielo, pero antes de eso intentó aguzar sus sentidos, quería saber si lo que había sucedido la noche pasada había sido real y no sólo su mente jugándole trucos baratos. No escuchó nada.
Regresó a casa y con habilidosa frialdad ignoró a Eliel y a Cielo quienes jugaban en la sala de estar. Caminó hasta la habitación y se tiró a la cama, ahogando su cabeza en la almohada para acallar un grito de desesperación. Entre más conseguía averiguar menos sabía y más preguntas habían. A eso se había referido la mujer cuando le había dicho que no podía saberlo todo, pero Amira jamás imaginó la clase de impredecible tortura que le ocasionaría no saberlo todo sobre sí misma cuando era eso lo único que le importaba.
Un plácido sueño la embargó cuando menos se lo esperó. Cerró los ojos porque sus parpados comenzaron a parecerle demasiado pesados y entonces, soñó...
Las palabras que ella misma había susurrado esa mañana seguían dentro de su cabeza, por lo menos así era en ese sueño. Se encontraba en un lugar tan hermoso que ni ella misma se atrevería a describirlo por temor a no encontrar las palabras adecuadas. Lo único que podía asegurar sin temor a equivocarse era que lo provocaba un sentimiento de calma hasta ese entonces jamás sentido.
—Eva... —susurraba el viento, y aunque ese obviamente no era su nombre, Amira sentía que a ella le hablaban. Contestando el llamado se volteó y de pronto se vio envuelta en unos brazos cálidos y fuertes. Enseguida comenzó a llorar. ¿Por qué? Le preguntaba a su propia consciencia. ¿Por qué se sentía triste? ¿Por qué, a pesar de ese dolor, sentía que ese era el lugar en el que debía estar? Regresó el abrazo con mucha intensidad, un nombre fue el que pronunciaron sus labios en medio de todo ese tortuoso silencio: Lucifer.
Debía de estar soñando estupideces. Se había dejado influenciar demasiado por las palabras de esa mujer. Eso que veía en sueños no era más que el reflejo de lo que le habían relatado ese día... ¿O no era así? De pronto su adormilado cuerpo comenzó a convulsionar sobre las sábanas. En su sueño sentía como se entregaba a ese ser que amaba con todo su corazón, pero no era ella. No era ella. Era su cuerpo sí, pero su consciencia estaba dividida en dos: una parte estaba sumergida en un mundo irreal mientras la otra cuestionaba incesantemente esa irrealidad.
No era ella, esa no era ella...
Quiso despertar pero su cuerpo estaba siendo poseído y no encontraba la manera de deshacerse de ese placentero aprisionamiento. Su boca gemía en ambos mundos, su cuerpo se contraía en ambos mundos. Pero esa no era ella...

— ¡Despierta Amira! —gritó Eliel mientras la sacudía e intentaba ayudarla a salir de ese trance.
¡Ah! Esa voz, sólo tenía que guiarse por esa voz y así no perdería su camino de regreso al mundo real. ¿Entonces por qué ni siquiera lo intentaba?
— ¡Amira! —gritó Eliel una vez más y lo repitió y repitió hasta que una jadeante Amira se aferró demencialmente a su cuerpo.
— ¿Por qué me despertaste? —gritó despavorida. Seguía sin ser ella misma —. ¿Por qué lo hiciste? ¡Por qué!
—Te das cuenta por qué te decía que aún no estabas lista para saberlo todo —exclamó el demonio.  Estaba preocupado, sí, pero sobre todo enfadado.
—Eh... ¿Eliel? —inquirió confundida. Miró sus manos, palpó su rostro y el resto de su cuerpo. Estaba verdaderamente de regreso —. ¿Qué sucedió?
— ¿Cuándo aprendiste a hacerlo? —preguntó indignado.
— ¿Cuándo aprendí a hacer qué? —Amira lo veía y no entendía por qué estaba tan enojado. Ni mucho menos sabía qué había hecho para ponerlo así.
—Te he hablado de las consecuencias de quedarse atrapada en ese mundo... Entonces, ¿por qué?
—Sólo fue un sueño, no entiendo por qué te pones así...
—No fue sólo un sueño, Amira —la interrumpió —. En sueños visitaste el pasado y uno muy lejano por lo que alcancé a entender.
—Deja de bromear, no digas estupideces, ¿es por eso que estás tan enojado?
— ¡Es en serio! Tu consciencia estaba dividida, ¿no es así? ¿Qué viste?
—No vi nada —contestó cabizbaja. Entrelazó sus sudorosas manos para ocultar la mentira.
—Si es así cómo quieres jugar, por mí está bien —se levantó furioso, caminó hasta la puerta y antes de salir agregó —: Por tu propio bienestar es mejor que no sepas más nada.
— ¡No puedes hacerme esto, Eliel! —exclamó asustada —. Pensé que a tú lado encontraría por fin la libertad pero también quieres aprisionarme —. Se levantó de la cama para darle más énfasis a los que estaba por decir —. Me iré. No hay pacto de sangre que me obligue a quedarme a tu lado, mis sentimientos son lo único que me atan a ti y puedo deshacerme de ellos si lo que tú planeas es robarme la libertad... Tengo tanto derecho a saber la verdad, tanto como cualquier persona allá afuera.
— ¿Libertad? ¿Tú qué sabes de libertad, Amira? A ver, instrúyeme. —Se cruzó de brazos y la miró fijamente, sin siquiera parpadear.
Amira se sintió afectada. Por supuesto que ella no sabía qué era la verdadera libertad, siempre había vivido bajo el yugo de su dominante madre. Pero no dejaría que eso le volviera a suceder, y si eso significaba apartarse de Eliel, entonces lo haría.


Comentarios

  1. Esta historia mas qe fascinada me encanto *__* en cada cap. qe termina se qedaa en suspenso tan-tan.tan.TANN.... Es la primera vez qe leo algo asi Suerte Seiren ^^

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