LFDI Capítulo 13: Re-encuentro.


Capítulo 13:
Re—encuentro.

Amira sintió un escalofrío reptar por toda su columna vertebral, otra vez se había puesto a disposición de Abel, ¿cómo podía ser tan estúpida? Por unos segundos se obligó a enfrentar la precaria situación en la que ella misma se había metido. Podía salir corriendo de ahí, recordaba a medias el camino de regreso, no era mucho pero eso aún ayudaba en algo; y si alguien se interponía en su camino pues no le quedaría de otra que herirlo con el cuchillo. Tremenda arma la que había llevado consigo.
En ese quedó viendo a la niña pelirroja y visualizó en su cabeza la alegría con la que la había recibido. ¿Acaso la conocía? Amira podía afirmar sin duda alguna que era la primera vez que veía a esa niña, con un cabello y unas pecas así de coloridos, algo tendría que recordar si efectivamente se hubiera topado con ella en algún lado. ¿Podría atacarla en caso de que ella también decidiera agredirla? No podría sin duda alguna, se miraba tan inocente y pura que de hecho cualquiera que la viera afirmaría sin temor a equivocarse que no pertenecía a ese lugar.

Enseguida Amira posó su vista sobre el rostro del viejo. El tiempo se mostraba inclemente e irrespetuoso en cada arruga que surcaba esa piel lánguida y pálida. Pero al mismo y de una misteriosa manera, parecía que estaba demasiado consciente de lo que sucedía, cosa que no sería normal en un anciano común, por lo menos no en uno que aparentara tanta longevidad.
—No tienes por qué asustarte —habló el viejo con voz gentil —, no te haremos daño. Puedes pasar si así gustas, el cielo está terriblemente extraño hoy.
La jovencita miró el cielo y con ello le encontró sentido a las palabras del viejo. Pero eso no significaba que confiaría en él tan fácilmente. Abel estaba cerca y era una verdadera amenaza, de hecho le temía más a él que a Joel, no podía ponerse enteramente a su disposición para que hiciera con ella lo que quisiera.
—No tengo asuntos aquí —dijo Amira —. He venido porque el lugar me ha llamado la atención, no tengo ningún interés en enfrentarme a Abel, sé de antemano que esa es una batalla perdida.
—Oh querida —suspiró el viejo —, por favor no te menosprecies, se nota que te conoces muy poco a ti misma.
Ante estas palabras Amira no supo qué decir. ¿Por qué todo les decían que era especial cuando ella no sentía ser más que una simple e insípida humana con una vida aburrida y monótona?
—Tengo que irme —insistió la chica, ahora un poco más nerviosa.
—Pasa por favor —dijo Cielo prendiéndose del brazo de Amira, el viejo por supuesto no entendía nada de lo que la niña decía —. Abel está muy débil porque aún no se recupera del todo, prometo que no te hará daño. ¡No le dejaré!
Amira sonrió. Esa niña le agradaba, incluso podía decir que la quería y sentía que de alguna manera era muy especial para ella. En el fondo de su corazón, Cielo le hacía sentir una calidez desconocida, parecida a la que le producía Eliel pero ligeramente diferente. Pero no podía confiar demasiado, no podía obviar el hecho de que si aceptaba sin más la propuesta pronto estaría bajo el mismo techo que Abel, no lo permitiría.
—Si tiene algo que decirme bien puede hacerlo aquí —expresó Amira un poco más tranquila —, no tengo la intención de estar en el mismo lugar que el ser que tanto daño me ha hecho.
—Entiendo —el viejo suspiró, se volteó y miró hacia la puerta —, ya escuchaste a tu hermana así que sal de una buena vez.
La piel de Amira se erizó, su cuerpo se tensó y su corazón comenzó a bombear sangre con más intensidad. Esa era la reacción que le causaba su medio hermano... lo odiaba por eso. Abel hizo acto de presencia con una sonrisa de autosatisfacción, siempre se mostraba orgulloso y altanero, y miraba a los demás como diminutas existencias que no tenían influencia alguna sobre su magnífica vida. Sin saberlo, esas serían las cosas que marcarían su perdición.
—Cielo, ve acá —le ordenó el anciano a la pequeña, la niña lo miró con desconfianza y agitó su cabeza violentamente en negación.
—Hazle caso, Cielo —intervino Abel, le sonrió a la pequeña y a ésta no lo quedó más que obedecer. Con libro en mano se acercó al viejo. Luego de eso, el hechicero quedó a menos de dos metros de distancia de su media hermana —. Me sorprende verte aquí... después de lo que te hice.
—Algún día me las pagaras por eso —dijo Amira con mucho rencor.
— ¿Se puede saber a qué debo el honor de tu visita?
—Me perdí —contestó la fémina rápidamente y sin titubear.
—Adorable coincidencia sin duda alguna —se burló Abel —. De igual manera lo importante es que te tengo aquí. Verás, este viejo piensa que eres especial y yo me encargaré de demostrarle que no es así.
—No soy especial ni nada parecido...
—Eres como Cielo —intervino el viejo —. Son hermanas.
Amira lo quedó viendo muy extrañada. ¿Cómo podía ser hermana de esa niña pelirroja? Claramente el anciano estaba cometiendo un error. Sin embargo esto no hizo que tomara esas palabras con ligereza alguna, sobre todo cuando le parecía extraño que ella escuchara a la niña hablar cuando aparentemente los demás no podían hacerlo.
La vista de Amira se fijó por completo en el libro que Cielo protegía con tanto fervor, no se había dado cuenta que podía leerlo. «El diario de Eva» era el título. Pero de igual manera, aunque se sintió incomoda, hizo caso omiso de ese sentimiento y nuevamente se concentró enteramente en Abel.
—Hoy no tienes a tu perrito guardián contigo —sonrió Abel —, y te aseguro que jamás lo tendrás, ya no más, ya no es tuyo, y sin él no eres nadie.
—No sé en qué te basas para decir esas estupideces; yo era Amira antes de conocer a Eliel y lo seguiré siendo aun cuando él ya no esté.
—Estás enamorada de él, ¿no es así? —inquirió el hechicero claramente entretenido, luego agregó —: Sabes que sólo juega contigo, tarde o temprano se robará tu alma y te condenarán por ello, no eres nadie, no eres nada, no tienes poder alguno, no eres especial, y me encargaré de demostrártelo en este momento...
Amira no estaba preparada para nada de lo que sucedería esa noche. Abel se le acercó con mucha violencia y sin miramiento alguno la golpeó en la boca del estómago. Ese golpe hizo que Amira se doblara de dolor y cayera al suelo prácticamente agonizando. Llevó ambas manos hasta donde el dolor era más intenso y gritó sin censura alguna, levantó la cara, llena de lágrimas ya, y le ofreció a Abel una mirada de rencor, después de esto, y sacando fuerza de quién sabe dónde, se levantó y nuevamente lo encaró.
¿Por qué seguía en pie?, se cuestionó Abel. ¿Verdaderamente era simple debilidad por no estar completamente recuperado? «Esa no es la pregunta», se dijo a sí mismo. Lo que más le incomodaba era ver a Amira viva, después de todo, la había golpeado con toda la intención de acabar con su vida, su pensamiento anterior no había sido más que una excusa para disfrazar su mediocridad.
Soltó una fría y despreciable mirada, él había nacido con ciertos talentos. Sí, eso cualquiera podría afirmarlo, pero sobre todo eso él se había esforzado, ¿por qué tenía su hermana que ser especial cuando jamás había hecho nada para ser así? Entonces sintió su odio crecer, no paraba de cuestionarse a sí mismo, a Amira y al aparentemente torpe anciano que lo observaba con silenciosa destreza. El rostro del viejo no se había tensado y tampoco miraba todo aquello con alguna clase de excitación, usaba una máscara de neutralidad que hizo dudar a Abel. Ya no estaba muy seguro de que el viejo estuviera de su lado.
Por otra parte la respiración de Amira era irregular, el dolor en su estómago y las lágrimas que éste le provocaban nublaban su visión, pero esto no impedía que viera a la colérica figura que con claras intenciones asesinas se acercaba hacía ella. Despavoridamente, buscó en el suelo esa inútil arma que llevaba consigo pero que en algún momento había dejado caer. El brillo metálico del objeto rápidamente acaparó su atención, luego levantó la vista y se dio cuenta de que prácticamente tenía a Abel encima, así que en un impulso salido del terror de momento, se lanzó torpemente para así poder coger el cuchillo. Una vez lo tuvo en sus manos y más por instinto que por otra cosa, lo alzó hasta que sintió que el objeto se enterraba contra algo o alguien. La sensación de cometer tal acto le provocó nauseas, hizo que soltara el cuchillo y que cerrara los ojos incluso con más fuerza de lo que creía posible, su pecho convulsionaba violentamente, su cuerpo temblaba y sus mejillas ardían... estaba asustada, y eso que todo había pasado con tanta rapidez que apenas había sido consciente de ello.
Cuando abrió los ojos se encontró a Abel encima de ella, ni siquiera podía sentir el peso de ese cuerpo sobre el suyo. El rostro del hechicero mostraba una mueca de incredulidad, su labio inferior temblaba por la furia que sentía. Mientras tanto una de sus manos estaba sobre el pecho de Amira y la otra en torno al mango del cuchillo. En un arranque de furia y sin tener cuidado alguno, extrajo el objeto cortopunzante que hasta ese momento había estado hundido en su pecho; de manera demencial miró la sangre que cubría la parte metálica del mismo, y sin pensarlo dos veces, apuñaló a Amira cerca del hombro. Dejó ese afilado objeto ahí mientras excitado escuchaba a su media hermana gemir de dolor, y como si esto no fuera suficiente, extrajo el cuchillo lentamente para volverla a apuñalar a unos cuantos centímetros por debajo de la herida inicial.
La fuerza abandonaba a Amira, si alguna vez durante todos esos cortos pero eternos minutos de sufrimiento, por su cabeza había pasado una forma de escapar, ahora la idea se había ido, huyendo despavorida sin dejar rastro alguno. Sentía que su brazo izquierdo se adormecía y de pronto fue demasiado consciente del peso del cuerpo de Abel, dado que le resultaba muy dificultoso respirar debido a la opresión que ejercía sobre ella.
—Ahora todo el mundo sabrá que no eres nada especial —gimió Abel con demencial excitación, perdido y totalmente embriagado por el furor del momento.
Fue en ese momento que Amira sintió que esas serían las últimas palabras que escucharía, y fue por eso que el deseo e instinto de sobrevivencia que hasta entonces había permanecido en sinuoso descanso, se encendió como nunca antes, otorgándole fuerzas para luchar por su vida.
Con fuerza empujó a Abel hasta sacárselo de encima, se arrastró unos cuantos metros porque no sentía que sus piernas tuvieran la fuerza necesaria para sostenerla, pero luego de un rato logró ponerse de pie y se echó a correr sin pensarlo dos veces. Cuando estuvo a un par de metros de distancia de su agresor, se detuvo y se volteó para verlo. El cuchillo seguía enterrado cerca de su hombro.
— ¡No te atrevas a acercarte! —gritó la adolorida chica.
—Me sorprendes hermanita —sonrió el hechicero demasiado lleno de autoconfianza, a pesar de todo aun no la había perdido. Extendió la mano derecha en dirección a Amira y la quedó viendo con odio y rencor —. Quería matarte con mis propias manos pero supongo que tendré que hacerlo de esta manera...
No veía bien, no escuchaba bien, de hecho no sentía bien. Todo era demasiado confuso, pero eso no evitó que una extraña sensación embargara por completo su pecho, era como si algo dentro de ella fuese a explotar, como si con tan sólo pestañear todo terminaría...
— ¡Ya basta! —gritó una vez más pero ahora casi al borde de la demencia. En eso, una serie de rayos, unos más fuertes y estruendosos que otros comenzaron a azotar las zonas aledañas, sin razón aparente, prácticamente salidos de la nada.
El hechicero miraba todo aquello anonadado, sabía que esa era una de las energías de la naturaleza más inestable y difícil de controlar. ¿Acaso Amira había ocasionado todo eso? No podía ser así, porque para Abel la chica no era nadie y por tanto no podía hacer nada.
Mientras todo esto sucedía, Amira seguía en pie. porque al parecer alguna misteriosa fuerza así se lo ordenaba, sentía dentro de su cabeza algo dolorosamente parecido a un calambre, y le resultó molesto e incómodo; pero fue peor cuando sintió que se extendía por todo su cuerpo. No sabía qué sucedía, no sabía por qué tronaba con tanta intensidad, confundida como estaba, no era consciente de los violentos rayos que caían a su alrededor.
Cuando pensó que por fin recuperaba un poco la cordura y la consciencia, escuchó una voz, y otra después de ésta, y fue así hasta que sus oídos no pudieron soportarlo más. No tenía idea de dónde provenían, pero con frenético fervor se propuso averiguarlo... lo que descubrió la perturbó aún más. Las voces venían de todos lados, era como si el viento, la tierra, las plantas; todo le hablara; por supuesto que eso no podía ser posible, así que creyó que se estaba volviendo aún más demente.
A medida que recuperaba la visión fue testigo de los fulminantes destellos y eso la asustó, pero también la sorprendió, de alguna manera ese fenómeno de la naturaleza que no solía causarle más que parálisis e incomodidad, ahora hacía que se sintiera más ligera, como si se hubiese desprendido de su cuerpo humano. Parecía que no era más que una blanca y flotante nube sobre el cielo, y eso era lo único que sentía, el dolor había sido absorbido por completo por esa sensación, aunque se podía apreciar que las heridas seguían igual de graves. En ese momento Amira tomó el cuchillo y lo extrajo de su cuerpo, por supuesto y como ella misma esperaba, no sintió dolor, y eso la instó a fundirse cada vez más y más con esa extraña energía que arrullaba todo su ser. Fue por eso que con el paso de los segundos nuevamente comenzó a perderse dentro de sí misma, la diferencia fue que ésta vez no se esforzó en mantenerse despierta, en lugar de eso simplemente permitió que esa extraña pero placentera experiencia siguiera difuminándose por todo su cuerpo, ignorando por completo el hecho de que, de seguir así, muy pronto se toparía cara a cara con la muerte.
Pero el que Amira estuviera cada vez más y más cerca de los largos y fríos brazos de la muerte no significaba que todo el desastre a su alrededor había cesado, por el contrario, su furia seguía desatándose cual infierno. Cielo temblaba porque jamás había tenido la oportunidad de apreciar algo como eso, más no porque sintiera temor, de hecho era emoción lo único que experimentaba. El viejo, por su lado, miraba todo aquello sorprendido, seguía con vida de milagro y porque Amira a pesar de haber sido la responsable de iniciar todo aquello, aun no era capaz de controlarlo. Abel por su parte... estaba aterrorizado. Todo a su alrededor yacía en llamas o en ruinas, el viendo transportaba un extraño aroma a muerte. Los destellos que en un inicio parecía encontrarse lejos ahora podían apreciarse más cerca, el hechicero casi podía sentirlos, y por eso sabía que tenía que salir de ahí a toda costa, pero no podía, sus piernas, su raciocinio y cualquier otro rastro de sentido común lo habían abandonado, esa sería su perdición.
—Detente Amira, detente o nos eliminaras a todos, incluyéndote...
Unos brazos extrañamente cálidos rodearon los hombros de la fémina. Amira despertó abruptamente cuando reconoció esa dulce calidez y esa sensual y reconfortante voz.
— ¿Eliel? —inquirió con un susurro completamente empapado en incredulidad.
—Ya todo está bien, Amira. Por favor detente —pidió Eliel una vez más.
— ¿Detente? —cuestionó Amira muy confundida, su cabeza daba vueltas —. Pero, ¿por qué? ¿Qué estoy haciendo?
—Trata de tranquilizarte... Respira profundo... —Mientras trataba de calmarla, Eliel liberaba a Amira de su abrazo, para posicionarse frente a ella para, de esta manera, tomar el rostro de Amira con ambas manos. Luego le regaló un par de caricias para seguir tranquilizándola —. Ahora... abre los ojos.
Y era él... Amira lo reconoció enseguida, jamás sería capaz de olvidar tan apuesto e intimidante rostro.
—Eliel —susurró, y en ese momento sintió que todo el peso del mundo se ceñía sobre ella. Y la pesadez fue tan grande que se habría estrellado contra el suelo si Eliel no la hubiera sujetado.
—Ya todo está bien, mi dulce Amira...
Antes que furioso, Eliel estaba sorprendido, apenas podía creer lo oportuna que había sido su aparición. Cuando Rauel y él vieron como una tormenta eléctrica iniciaba prácticamente de la nada no supieron a quién atribuirle tan repentino suceso, pero sí sintieron sus cuerpo arder por el vasto despliegue de energía. Ninguno de los dos había experimentado algo como eso, ni siquiera sabían con exactitud que sucedía, la cabeza de ambos demonios se había llenado de suposiciones pero sin llegar a formar alguna idea en concreto. Igual fue poco lo descubrieron cuando vieron a Amira parada exactamente en el medio de todo aquel desastre, y fue hasta ese entonces que Eliel recordó la extraña sensación que había experimentado su cuerpo la primera vez que se topó con esa chica.
Una vez pasada la sorpresa, el poderoso demonio se dispuso a fijar cada gota de su ira en todos los seres presentes, pero en especial sobre Abel. Con cuidado dejó que Amira descansara sobre el rugoso asfalto y caminó hasta donde se encontraba el hechicero.
Abel seguía en shock, y eso era decir poco. Había visto con sus propios ojos e incluso lo había sentido con cada centímetro de su cuerpo, pero su arrogancia no le permitía ver más lejos, y por tanto seguía rehusándose a creer que la causante de eso fuera su media hermana. Y su propia obstinación lo convirtió en una presa fácil. Sin que él se lo esperara fue embestido por una fuerza abrumadora, sólo un poco de su atención fue lo único necesario para descubrir que el demonio estaba sobre él, torturándolo, masacrándolo... El dolor era insoportable, incontrolable; pero sobre todo eso sabía que no había nada que él pudiera hacer para detenerlo.
Las manos de Eliel ardían, las llamas chispeaban y flameaban en varias tonalidades de naranja y amarillo, azuladas en el lugar de donde parecían originarse; dañaban su propia piel y su ropa, misteriosamente su largo y liso cabello negro seguía intacto. Con muy poca piedad comenzó a darle a Abel lo que —según él— merecía, de pronto el rostro del hechicero comenzó a desfigurarse, y un olor ofensivo impregnó el ambiente, era el cabello y la piel del joven que comenzaba a quemarse y chamuscarse sin que él pudiera hacer algo para evitarlo. Si lágrimas salían de sus ojos no podía asegurarlo, era tal el calor de las llamas que provocaba Eliel que seguramente esas diminutas gotas se evaporaban en un abrir y cerrar de ojos. Gritaba de dolor, sus propios y ensordecedores lamentos lo asfixiaban, ese sería su fin.
Sin saber qué más hacer o cómo defenderse, Abel extendió su mano, como si de esa manera rogase por ayuda, pero como era de esperarse, y para su decepción, nadie intercedía por él ni daba señales de querer hacerlo. Pensó que Amira estaba disfrutando todo aquello desde primera fila, y la odió aún más por eso, ella era la culpable de todo, la odiaría hasta el mismísimo día de su muerte y posiblemente mucho después de eso.
Por fin Abel decidió aceptar su destino cuando la mano de Eliel penetró su estómago hasta atravesarlo, la sangre comenzó a caer por borbotones desde la herida, Eliel extrajo su mano y como si se tratara de algún trofeo lamió la sangre del hechicero, después sonrió; era una sonrisa un tanto ladeada, poco amplia, pero sobrecargada de autosatisfacción y sumamente impregnada de maldad. Éste era su recordatorio para el mundo y todo aquel que pensara enfrentarlo, de esa manera reiteraba que él definitivamente era un demonio y que debían pensarlo más de dos veces antes de decidir meterse en su camino.
—No eres tan engreído ahora, ¿no es así? —escupió Eliel con sorna. Tiró a Abel al suelo mientras con regocijo miraba el resultado de su venganza, en cuestión de minutos el hechicero tendría que estar muerto.
Comenzó a caminar alrededor del cuerpo del moribundo joven. Abel yacía tirado, más muerto que vivo, sentía dolor, y sabía en dónde estaba, sabía que debía permanecer ahí, pero no podía seguir sosteniéndose. La vida comenzó a parecerle demasiado pesada, en su estado no la soportaría. Llevó una de sus manos frente a su rostro y lo que vio le perturbó, su piel estaba quemada, ardía, estaba llena de ampollas a punto de reventar; luego tocó su cabeza, la cual alguna vez estuvo cubierta por un perfectamente sedoso cabello rubio, ahora no era más que una masa deforme de restos mal olientes de cabello. Intentó levantarse pero la herida en su estómago se lo impedía, quiso saber si todas sus vísceras ya estaban regadas a su alrededor pero no fue capaz de hacerlo. Pronto moriría. De saber que terminaría así hubiese preferido que le extrajeran su corazón de una vez por todas, de esa manera por lo menos se habría ahorrado el sufrimiento y la vergüenza que siempre cargaba consigo la derrota.
—Estarás feliz ahora, hermanita —balbuceó no sin antes poner mucho esfuerzo para ello.
—Tú te lo buscaste —dijo Amira quien ya se encontraba a escasos centímetros de su convaleciente hermano.
—Siempre tuviste todo... —Se vio interrumpido en ese momento por un ataque de tos, el interior de su boca estaba llena de sangre y por la escaldada piel de sus mejillas podían distinguirse el brillo de unas cuantas lágrimas —. Me lo quitaste todo...
—No te he quitado nada —aclaró la chica, a quien la escena no parecía perturbarle. Luego cambió su mirada de Abel a la niña pelirroja que se le acercaba.
Cielo se puso de rodillas y abrió el libro, pero a diferencia de las ocasiones anteriores las páginas no se movieron por cuenta propia. Miró a Amira desesperada y después de cerrar el libro lo volvió a abrir, nuevamente no pasó nada.
—Cielo dice que es tu culpa —comunicó, sólo ella podía entenderla, lo menos que podía hacer era transmitir su mensaje —. Dice que si le hubieras hecho caso y me hubieras dejado en paz nada de esto habría sucedido. Estoy de acuerdo con ella.
—Tú qué sabes —masculló molesto.
—Tú tampoco sabes nada, y ahora ya nunca lo sabrás... —Miró a Eliel y luego se arrodilló al lado de Cielo —. Sí alguna vez me necesitas, no dudes en buscarme...
—Lo sé, también sé cómo encontrarte —contestó Cielo.
— ¡Espera! —intervino el anciano —. No puedes irte, ¿acaso no entiendes lo que ha sucedido?
—Ya estoy cansada de tantas estupideces...
—Jamás habían aparecido dos en una misma década, ni siquiera habían aparecido dos en un mismo siglo, pero ahora, después de tantos años de búsqueda y espera... al fin tengo a dos hijas de Eva.
Eliel abrió los ojos de par en par, las palabras del anciano habían acaparado su atención. Pasó por encima del cuerpo de Abel, ni siquiera se molestó en mirarlo; se acercó al viejo y examinó su expresión, tenía que saber si estaba mintiendo, pero de ser así no lo había notado.
—Sigue... —Eliel le instó al anciano a que continuara.
—Deja que Amira se quede conmigo y te diré todo lo que quieras saber...
— ¿Y qué si no quiero? —Lo miró divertido, sólo era un viejo, nada podría hacer para detenerlo.
—Entonces vete, no te diré nada.
—Eres divertido anciano... —Eliel se echó a reír, caminó de regreso y de paso cargó a Cielo en sus brazos, ahora estaba decidido a llevársela con él —. No sé qué planeas viejo, pero sí sé que no es seguro que esta niña se quede contigo, y con el engreído muerto alguien debe cuidar de ella. Vámonos Amira.
El demonio se acercó a Amira. La chica colocó su mano sobre el hombro de Eliel y en un parpadeo ya se encontraban en otro lugar. La fémina enseguida supuso que se encontraba de vuelta en su casa, pero a medida que sus ojos se iban acostumbrando a las tinieblas descubrió que ese no había sido el caso, y que ese era un lugar en el que jamás había estado. Respiró profundo y con imágenes superpuestas una sobre otra dentro de su cabeza, comenzó a recapitular lo sucedido. Mientras hacía esto comenzó a vagar sin un rumbo definido por aquel desconocido lugar. Se volteó, no se había dado cuenta de que las luces estaban encendidas, pero lo supo cuando vio a Cielo en brazos de Eliel.
El demonio dejó a la niña en el suelo, acarició con mucho cariño esos rojizos cabellos y después le dijo que se pusiera cómoda en dónde quisiera, al fin y al cabo, de ahora en adelante, ese lugar sería sólo para ellos tres.
— ¿En dónde estamos? —preguntó Amira mientras veía como Cielo correteaba alrededor de un mullido y aparentemente cómodo sillón.
—Mi... ¿hogar?
— ¿Tú hogar? —inquirió una vez más.
—Amira, seré un demonio pero de vez en cuando siento la necesidad de volver a algún lugar... —comentaba el demonio mientras con paso lento y moderado se acercaba a la fémina.
—Siempre me ha asustado el hecho de que pareces más humano que cualquier humano que conozco.
—Ironías de la vida, mi amor, ironías de la vida —suspiró, luego sonrió. Amira estaba a un solo paso de distancia.
— ¿Mi amor? ¿Desde cuándo soy tu amor?
—Desde que supe que no me importaría morir con tal de verte una vez más —susurró muy cerca de los labios de Amira —, desde que el deseo por besarte se hizo más grande el deseo de ver al sol salir anunciando de esa manera el inicio de un nuevo día... y desde que tu bienestar y felicidad son mucho más importantes para mí que cualquier otra cosa...
—Eres bueno con la boca...
—Claro que sí, pero puedo demostrarte que soy mucho mejor de lo que piensas...
—Somos un desastre —le dio la espalda.
—Eso no importa ahora, mírame.
—No quiero...
Fue hasta ese entonces que se dejó caer totalmente abatida por el dolor y por la pérdida de sangre. Cielo vio como Amira se desmoronaba prácticamente de la nada y con el libro en mano precedió a acercarse a ella, pero Eliel, quien resguardaba a la jovencita en un sobreprotector abrazo, impidió que Cielo se siguiera acercando. Él se encargaría de sanar a Amira.
—No te dolerá —dijo Eliel mientras se preparaba para sanarla.
—Estás peor que yo —renegó la chica —, sánate primero.
—Tan testaruda como siempre —sonrió el demonio.
— ¿Qué, no me amas por eso?
—Por eso y por muchas cosas más...
Amira acarició el rostro de Eliel. Estaba sucio, humedecido seguramente por el sudor, y también estaba manchado de sangre; pero aun con todo eso seguía viéndose muy apuesto. Tomó entonces unos cuantos de mechones del largo cabello del demonio y se sorprendió al notarlos intactos, y luego, incapaz de seguir soportando la agonizante espera, juntó sus labios con los de Eliel.
La respuesta no se hizo esperar, Eliel rodeó el cuerpo de Amira con mucho cuidado mientras el beso, casto pero significativo, se iba profundizando, y de paso aprovechó ese momento de desconcierto para sanarla. De la nada, Amira comenzó a dejar de sentir dolor e incomodidad, su respiración ya no estaba tan pesada, tampoco lo estaba el resto de su cuerpo. De igual manera las quemaduras en el cuerpo del demonio sanaban como por arte de magia. Amira separó un poco de Eliel y le regaló una mirada llena de fingido reproche.
—Ahora sólo somos sudor, suciedad y sangre —dijo Eliel —. Nada que un buen baño no pueda arreglar, y que conste —agregó rápidamente —que tal como lo pediste me sané primero, fue sólo que en el proceso te sané a ti también.
—Tonto —sonrió Amira y, luego y de la nada, todo el peso de la realidad cayó sobre ella. Lo tenía en frente, después de semanas y semanas sin verlo ahora estaba ahí, y era sólo para ella, por eso se le tiró sin reprimirse y lo abrazó con mucha fuerza —. ¡Si vuelves a desaparecer, te mato!
—Si vuelves a hacer algún trato tonto con algún demonio aún más tonto moriré por cuenta propia y no habrá necesidad de que me mates —bromeó.
—No sabía qué más hacer, ni siquiera conozco mi propio mundo, ¿cómo esperas que conozca el tuyo?
—Por ahora no hay necesidad de que lo conozcas. Por ahora lo único que todos necesitamos es descansar.

El lugar era amplio. Contaba con una cocina—comedor, una sala de estar, un lobby, dos baños y una espaciosa habitación. Y todo estaba cultamente amueblado, como si hubiese sido obra de algún diseñador de interiores.
«Después me dirá que es empleado de alguna empresa importante, que es padre de familia y que él mismo hace las tareas domésticas», bromeó Amira consigo misma. El comportamiento de Eliel era, por mucho, demasiado desconcertante. Minutos atrás había asesinado a alguien y ahora se encontraba mostrándole la casa como si eso fuera lo más natural, en cualquier otra ocasión y con cualquier otra persona, ese habría sido el caso, pero para empezar, Eliel ni siquiera era una persona.
Se metió al baño sin mucha oposición, Cielo la acompañaba, de esa manera Amira pudo ver que verdaderamente el demonio había sanado sus heridas, pero lastimosamente la enorme cicatriz que cubría casi por completo su pecho seguía ahí, lo que despertó la curiosidad de la pequeña pelirroja.
— ¿Qué te pasó ahí? —le preguntó la pecosa mientras enjabonaba su delicado cuerpo.
—No lo sé, no recuerdo muy bien —mintió Amira porque no estaba de humor para relatar lo que le había hecho ganar esa cicatriz y, porque en parte, era cierto que no recordaba con lujo de detalles lo que en realidad había sucedido, eso era algo que quería comprobar preguntándoselo a Eliel.
—Ya veo... —susurró Cielo agachando la cabeza cuando se percató de que ese no era un tema del que la chica quisiera hablar, y a ella le agradaba Amira por lo que no quería seguir molestándola con sus preguntas tontas e indiscretas.
Una vez que se vistieron con la ropa que Eliel había preparado para ellas y qué sólo él sabía de dónde había sacado, ambas chicas se dispusieron a dormir. Cielo se negó a compartir la cama con Amira, en su lugar se fue a acostar al sillón de la sala, eso hizo que Amira y Eliel quedaran solos, acostados uno al lado del otro y demasiado cerca considerando el tamaño de la cama.
—Descansa —le pidió el demonio.
—No puedo —suspiró Amira —. ¿Qué fue lo que pasó Eliel? ¿Qué hice?
—No es el momento para que preguntes esas cosas, por ahora descansa.
— ¿A qué se refería el viejo con eso de «hijas de Eva»?
—No lo sé, Amira, confía en mí, no lo sé. Si tanto necesitas saberlo entonces yo mismo le extraeré toda la verdad a ese anciano, o buscaré a alguien aún más sabio —dijo esto último con cierta picardía.
—Eliel, cuando me conociste, ¿qué sentiste? ¿Qué hizo que te sintieras atraído hacía mí?
— ¿Estás cuestionando mis sentimientos, mi incrédula Amira?
—Estoy cuestionando tus razones —aclaró rápidamente —. Todos ven en mi algo que no soy, o que por lo menos yo no siento ser, pero esta noche... Lo viste, ¿no es así?
—Lo vi, lo sentí, y prácticamente fui abatido por ello. Es la primera vez que le temo a un humano, pero bien podría el viejo tener razón, y tú eres mucho más de lo que aparentas —. Se colocó de lado, dejando que su codo descansara sobre la almohada para así acomodar bien su cabeza y tener una mejor vista del rostro de Amira.
—Tu mirada ha cambiado —comentó la chica, mientras sentía como todo su ser era absorbido por los bastos ojos negros del demonio —. También tú buscas con fervor algo que no poseo.
—El que tú no creas poseerlo ni significa que no esté ahí, pero créeme, no lo estoy buscando, de hecho estoy esperando a que decidas mostrármelo.
— ¿Cómo puedo mostrarte algo que no existe?
—Eres necia mi dulce Amira, eres necia. Pero sí, así te amo —sonrió cálidamente.
— ¿Cómo puedes decirlo tan fácilmente? —preguntó Amira sin despegar su vista del rostro del demonio.
—Porque cuando dejas que las cosas que sientes fluyan sin opresión alguna por todo tu ser, todo deja de parecerte tan difícil; y, porque verdaderamente me siento de esa manera.
—Eliel, eres...
Amira se levantó en ese momento, depositó un beso en la mejilla de Eliel y sin que el demonio lo esperara lo obligó a acostarse de lleno sobre la cama. El demonio miraba todo aquello entre sorprendido y divertido. Amira se sentó a horcajadas sobre él y poco a poco se fue levantando la camisa, dejando sus senos al descubierto.
—Ahora quiero que me digas, ¿cómo sucedió esto? —pidió sin más.
— ¿No recuerdas? —Eliel desvió su mirada, esa horrible y deforme cicatriz sobre el pecho de Amira había sido más obra suya que de Abel, y todo por su torpeza al momento de intentar salvarla.
—Los doctores dijeron que no... —Mordió su labio, su entrecejo se frunció con sólo recordarlo —No me violaron, ¿es eso verdad?
—Es verdad, el engreído no llegó tan lejos. Lo detuve a tiempo.
—El hechizo sobre mi pecho fue el que me dejó esta cicatriz, ¿o me equivoco?
—El hechizo en si ya era una cicatriz, pero fui yo quien la extendió de esa manera —desvió la vista nuevamente, sólo que esta vez estaba más avergonzado que nunca —. Te estabas desangrando por culpa del hechizo, y no se me ocurrió otra manera de deshacerme de él más que cortando y extrayendo toda la piel sobre la cual estaba escrito. Lo siento Amira.
—No tienes por qué disculparte, de hecho, ya había imaginado que algo como lo que me acabas de confesar era lo que en realidad había sucedido. —Se inclinó sobre el demonio para besar nuevamente sus labios.
 En ese momento Eliel dejó que su cuerpo lo embargara el delicioso placer que suponía sentir los senos de Amira sobre su pecho desnudo. Hizo a un lado el cabello de la chica para así poder pasear la yema de sus dedos por toda esa suave y tersa espalda, provocando de esa manera que la piel de le fémina se erizara y que de sus labios salieran unos dulces y melodiosos suspiros.
En un nuevo arrebato Amira volvió a apoderarse de los labios de Eliel, y éste, aprovechando una vez más la situación, y con un rápido y apenas imperceptible movimiento, invirtió las posiciones. La chica fue de pronto demasiado consciente del peso del demonio y eso hizo que dentro de ella un sinnúmero de sensaciones y sentimientos comenzaran a arremolinarse revolviéndolo todo y haciéndolo más confuso. Lo quedó viendo entre indecisa y segura, aunque la verdad, no podía visualizar lo que harían a continuación.
—No temas mi bella Amira, que jamás haré algo que no quieras —la tranquilizó Eliel.
—Eso lo sé —replicó Amira un tanto avergonzada. El demonio podía apreciar claramente el apetecible rubor que se había apoderado casi por completo de las mejillas de la jovencita.
—Sé que lo sabes —sonrió Eliel.
Y entonces, la batalla entre sus labios se desató, y era más violenta que cualquier otro enfrentamiento que ambos hubieran tenido en sus vidas. Era entre tierno y salvaje, entra apasionado y cariñoso. Pero en un punto de todo aquello Amira comenzó a reconocer que eso era lo que verdaderamente quería, lo único que le importaba era tener a Eliel a su lado, y jamás permitiría que alguien volviera a arrebatárselo.

Rauel estaba a punto de perder la cabeza. Una tan sola y simple tarea le había sido encomendada y por poco había fallado. Aunque bien sabía que no estaba a salvo del todo. Enfrente de él y sobre una destartalada cama, yacía Abel, apenas había llegado a tiempo para salvarlo, pero para su mala suerte y pesar, no había podido ver a su hijo cuando su apariencia física aún no había sufrido tal calamidad. Si no hubiese presenciado todo capaz ni él mismo habría reconocido a ese chico como hijo suyo, pero había sabido mantener la distancia, no tenía por qué inmiscuirse en pleitos que no le correspondían, fue por eso, y por su grandiosa habilidad para pasar desapercibido, que fue capaz de presenciar todo escondido entre las sombras. Incluso Eliel se había olvidado de él, así que sin más, y sabiendo que el viejo no presentaría ninguna oposición, se llevó a Abel para ponerlo a salvo antes de que fuera demasiado tarde.
Abel gemía de dolor. La herida en su estómago suponía un riesgo, pero también eran igual de riesgosas el sinnúmero de quemaduras que adornaban y torturaban su cuerpo. Nadie jamás lo volvería a llamar atractivo, nadie jamás si fijaría en él por su belleza, si salía a la calle y alguien lo veía con demasiado detenimiento ya no sería a causa de esto, ni por la vanidad y galantería que siempre lo habían caracterizado, ahora todo eso había quedado en el pasado, y si alguien se fijaba en él sería por la horrible apariencia con la que le tocaría vivir el resto de sus días. Bueno, eso era si en realidad lograba sobrevivir. El íncubo había hecho todo lo que estaba a su disposición para sanarlo, pero el hechicero parecía estar a un paso de atravesar las puertas de la muerte.
— ¿Lo tienes? —preguntó una anciana que había salido de la nada, pero el íncubo no se asustó ni nada parecido, era como si hubiese estado esperando su llegada.
—Sucedieron cosas... —tartamudeó temeroso —, pero aún sigue con vida, aún puede salvarse.
—Así será —dijo la vieja de cabello blanco y ojos violeta, era la misma que lo había visitado la primera vez que la profecía le había sido confiada y que su tarea le había sido encomendada.
Con fuerza sobre humano, nada propia de una anciana que aparentaba llevar viva más de cien años, la vieja cargó el cuerpo desgastado de Abel. Pasó al lado de Rauel y le sonrió, su sonrisa estaba desprovista de dientes, se podían apreciar simplemente las rojizas y maltratadas encías.
—No te preocupes mi niño —habló —, que mi señor sabrá recompensarte. Tu esfuerzo no habrá sido en vano. Tampoco te preocupes por el bienestar de tu hijo, que así como he vivido más de trescientos años te puedo afirmar, que mi señor lo sanará y lo dejará como nuevo, después de todo, este es el cuerpo que lucirá... Él pronto vendrá a reclamar lo que siempre ha sido suyo.


Comentarios

  1. Ne~ ne~ eres una chica increíble. Sin duda alguna tienes talento, y, por la manera en la que escribes, se nota que lo disfrutas fuertemente. Es mas que un placer leer tus textos. Buen trabajo, esta historia es fascinante, y este capitulo os quedo bastante bien.

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  2. Sí, me fascina escribir, y sobre todo, me he enamorado de esta historia. Así que me alegra saber que te gusta. Gracias por leerme.

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