~Con permiso~



Hola.  Aquí vengo con una historia corta o Drabble como se les suele conocer. ¿El tema? No tengo idea, es otra de mis historias raras que espero les guste. Es una lectura corta, así que espero no dañarles la vista.

~Con permiso~
Por Seiren.

Lo recuerdo claramente, de la misma manera que recuerdo mi primer beso, de la misma manera que recuerdo cuando mi hermanita menor vino a este mundo, de la misma manera que recuerdo las lágrimas de mi padre. Las únicas que le he visto derramar.
Mis recuerdos se centran más en hechos psicológicos y sociales, que físicos. Aunque debo admitir que mi cuerpo sufrió un daño bastante serio y desagradable. Lo que cabría de esperar al violentar con tanto salvajismo algo tan pequeño y frágil.


Yo no tenía más que once años. Era inocente, juguetón, travieso, un tanto malcriado con los desconocidos, pero nada que no se pudiese perdonar. Era hermoso, o eso decían todos los que me rodeaban, pero al parecer no sólo era hermoso sino también, ingenuo. No voy a entrar en detalles porque no creo que pueda encontrar las palabras correctas para describir el horror que supusieron esos agonizantes días de cautiverio en donde un completo desconocido sació sus más pervertidas fantasías a costa de mi cuerpo e  inocencia. Sólo voy a decir que sentí, durante ése tiempo, que experimentaba algo mucho peor que la muerte, así que simplemente rogué en silencio por la liberación de mi espíritu y mi cuerpo en ese acto idílico llamado asesinato. En cambio, lo que recibí, fueron unos días más de sufrimiento y, luego, un escape un tanto... torpe, torpe pero efectivo.
Llegué a casa arrastrado por el viento. Desde hacía mucho no sentía mis piernas, por lo tanto, consideré un milagro el que pudiese llegar tan lejos. Llamé a la puerta con desesperación, a cada segundo veía sobre mi hombro, sin importar que no hubiese nadie allí, jamás pude deshacerme de la alarmante sensación de ser perseguido por alguien indeseado, de hecho, hoy en día aún la conservo.
Papá fue quien abrió la puerta. Sus casi siempre inexpresivos ojos marrones se abrieron de par en par, pero no hubo tiempo para el asombro, aunque si pude notar alegría en su rostro -como era de esperarse-, sobre todo eso había una mueca que traicionaba cualquier sentimiento positivo. Papá cayó de rodillas, frente a mí, y me abrazó con mucha fuerza mientras, entre sollozos, llamaba a mi madre.
Mamá apareció y los tres nos fundimos en un abrazo eterno mientras me empapaban de lágrimas. Yo no lloré, yo ya estaba seco y, desde ese entonces, no he vuelto a llorar.
Pero como sucede con todos nosotros, el tiempo pasó y yo avancé con él, al inicio con pasos lentos y dudosos que luego se transformaron en gigantescas zancadas. Nada quedaba del niño de once años al que habían violado. O por lo menos eso era lo que yo hacía creer. Los traumas de la infancia son muy difíciles de olvidar.
Esa experiencia me hizo desconfiado e hizo que mi sexualidad se quedara estancada, comencé a retraerme, no daba cabida a las relaciones sentimentales porque sabía que éstas, siempre, eran seguidas por la entrega sexual, y yo no estaba seguro de poder satisfacer las demandantes necesidades de una mujer.
Así llegué a los veinticuatro años. Ataviado con una toga la daba la despedida a mis días universitarios mientras, temeroso, esperaba lo que estaba por venir. Aunque en mi caso sabía que sólo sería una cosa: trabajo.
 Y no me equivoqué. Me sumergí en mi trabajo de una manera que hizo que todos me creyeran extremadamente diligente, responsable, serio, seguro... claro que no podía decirles que esto era así porque era el único mundo que conocía, pero supongo que pronto se dieron cuenta, porque siempre terminaba declinando las invitaciones sociales.
Así que mi vida transcurría de esta manera: casa-trabajo, trabajo-casa. Ya no vivía con mis padres por supuesto, pero de vez en cuando iba a visitarlos y eso desviaba un poco la línea recta en la que funcionaba mi monótona vida. Yo no era feliz, ni triste, no podía precisar si estaba satisfecho o no con mi vida, lo único que era capaz de reconocer y por lo cual estaba sumamente agradecido, era que yo, estaba a salvo. Nada más me importaba.
Pero como dijo Aristóteles: somos seres sociales, no pude evitar verme a mí mismo involucrado con otras personas. No voy a decir que fue un éxito cuando en realidad fue un aparatoso fracaso, pero sí debo mencionar que me ayudó mucho. Hizo que fuera perdiendo el temor que cargaba conmigo desde los once años. Algo dentro de mí despertó en ese momento.
Hasta los veintiséis inicié mi vida sexual y, penosamente, tuve que recurrir a los servicios de una sexoservidora. Recurrí a ella en varias ocasiones y debo decir que me enseñó muy bien y, por tanto, hizo que ganara un poco más de confianza en mí mismo.  Debido a esto comencé a socializar con las damas con mucha más frecuencia y, en la mayoría de las ocasiones, me terminaba llevando a la cama a dichas mujeres. Mi cuerpo se satisfacía por supuesto, pero de pronto sentí que faltaba algo más.
Entonces la conocí. «Muy cliché, ¿no?» Y me enamoré como nunca antes lo había hecho. Pero si pensaron que les diría que ella sería mi único amor, se equivocaron, ni siquiera llegué a establecer una relación que traspasara las barreras de la agonizante amistad, y no pude hacerlo por el simple hecho de que ella ya estaba casada. Fue así como experimenté mi primera decepción amorosa... Luego de esa vinieron muchas. Y gracias a esas «muchas», descubrí que todo había sido una ilusión y que verdaderamente nunca me había enamorado. Aun así no me dejé amedrentar por la decepción que supuso esa ausencia de cariño por las demás personas, todo lo contrario, aprendí de ello.
Y fue así como llegué a los treinta y dos años. La juventud se me escapaba como el agua entre los dedos pero yo no mostraba especial prisa en ninguna de las cosas que realizaba. Conocía de sobra el irrespetuoso correr del tiempo, cuando se está solo, resulta más agonizante, sin embargo, no dejé que éste me apaleara y me obligará a actuar dejando al lado mi raciocinio. Siempre fui muy racional, por lo menos dentro de lo que cabía, y por ello jamás me vi envuelto en problemas innecesarios. Siempre supe manejar las cosas a mi conveniencia.
Aún sigo estancado en mis treinta y dos años, y de vez en cuando  -muy de vez en cuando- recuerdo al inocente niño de once años que alguna vez fui. Esas miradas al pasado me hacen preguntarme una sola cosa: ¿qué tanto he cambiado? La respuesta no siempre me resulta agradable, menos, cuando en el proceso, descubro la infinidad de errores que he cometido. Me doy cuenta de la indiferencia de la que constantemente he pecado y mi corazón se contrae en un suculento retorcijón de dolor, más nunca de arrepentimiento.
Descubrí -no sé si para bien o para mal- que las personas no me importan en lo absoluto y que sólo las utilizo pasa saciar ciertas necesidades. Entonces me pregunté: ¿Qué tan diferente eres del hombre que te violó?
Recuerdo el rostro de ese hombre y recuerdo el placer que se apoderó de su rostro en el momento que violaba mi cuerpo, fue por eso que supe que su expresión en ése momento, y la mía durante el sexo, es casi la misma, la única diferencia radica en el hecho de que yo no tomo nada a la fuerza...

Yo pido permiso.


FIN.

Comentarios

  1. :C

    No lo había leído. Y vaya... que mal. :(

    Muy lindo, me gustó. Y a pesar del tiempo que lleva aquí, escondido... tu forma de narrar es fascinante. Siempre tan pulcra.

    Ya comencé a hacerle promoción en el tumblr. Sé que no será mucha, puesto que nadie me sigue... :) pero, amo saber que puedo ayudar con ésta buena causa. ¡Que el mundo disfrute de una buena lectura como lo son tus escritos!

    :)

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    Respuestas
    1. Muchas gracias, linda. No sé por qué no te había hablado de este relato. O lo hice y me ignoraste olímpicamente. Una de dos XD

      No importa si tienes o no mucha gente siguiéndote ahora (algún día tendrás cientos), la intención es la que cuenta.

      Gracias por pasar tan pendiente de mí.

      Saludos y besos.

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