Llévame contigo (YAOI)

(Relato ligeramente correigo el 06/07/15)


Llévame contigo.


¡Apresúrate y llévame!, exigía el joven con fervor. En la apenas iluminada habitación podía apreciarse claramente un penetrante aroma a licor barato. Había una cantidad considerable de colillas de cigarrillos esparcidas por doquier, algunas incluso flotaban sobre ese líquido que alguna vez fue incoloro, pero que ahora estaba teñido de un rojo carmesí tan apasionante que hubiera podido seducir a cualquiera con dichosa facilidad.
Su respiración acompasada armonizaba con el lugar proporcionándole una armonía lúgubre y lujuriosa. De esa manera el joven había decidido declararle su amor a la muerte: sin ataduras ni remordimientos y con una seguridad tan clara y palpable que nadie jamás se hubiese detenido a cuestionar tal macabra muestra de afecto.

Pero ese era un amor unilateral, no correspondido. Y el joven lo supo casi enseguida.
Sus parpados se sentían pesados, su cuerpo sumergido era como una roca fría e inamovible; pero por encima de todo aquello que más que simplemente inerte parecía muerto, podía escuchar el insistente y aparentemente inextinguible latido de su corazón. Y le odió como nunca antes había odiado, y le aborreció porque le creyó el único obstáculo entre una vida solitaria y una derrochante de amor. Y con cada segundo que pasaba y con cada suspiro que se le escapaba, parecía que el joven era un fiel amante; sumiso y respetuoso, aun así inquebrantable cuando se trataba de sus enfermizos sentimientos. Pero la muerte no le amaba, de hecho huía de él, renegaba de él; o probablemente para la muerte el joven ni siquiera existía.
«¡Llévame contigo!», exigió nuevamente pero esta vez con mucho más dolor, con mucho más deseo.
El sonido de su corazón seguía torturándole. Sobre la fría y pulida cerámica podía apreciar el reflejo de las luces, erráticas y danzantes, que en silencio se reían de él. El joven no sabía que eran las parpadeantes llamas de las velas, para él eran seres que se burlaban de sus desdicha, de su amor no correspondido. Y también les odió y condenó sus burlas; ¿qué sabían esos fantasmales seres lo que era el verdadero amor? ¡Nada! Nadie sabía nada, nadie comprendía nada, nadie siquiera se esforzaba en entenderlo, simplemente le juzgaban y se reían en su cara y escupían sobre ésta mientras muy de cerca le gritaban que él nunca sería nada, que no estaba destinado para nada y por tanto que no merecía ser amado.
«Hay una sola doncella que jamás traiciona y que se prende de tu cuerpo en un pasional abrazo con el único propósito de hacerte experimentar el verdadero éxtasis. Y es seductora y sombría, y es hermosa y eterna, y una vez que te ha envuelto con sus largos y amorosos brazos jamás te soltará y te llevará a un mundo de eterna quietud del que nunca podrás escapar».
En algún momento que no lograba precisar, esas palabras le habían sido susurradas con mucho cariño, casi con piedad. Y el joven las había aceptado de la misma manera en que un vagabundo recibiría una hogaza de pan. Las había creído con tanta vehemencia y con tanto fervor que cuando llegó el momento no dudó en buscar su redención en ellas.
Pero todo no había sido más que una vil e insoportable mentira. La muerte era una doncella que, con refinada cortesía, escogía a sus amantes.
¿Qué le había llevado hasta ahí? ¿De qué manera había jugado la vida con él para recurrir a tan forzoso escape?
Podía sentir los ojos de su madre: claros azulejos que adornaban un mural aún más perfecto. El aroma a rosas y a pasión, el olor de la limpieza inmaculada mezclada con la iracunda suciedad, de lo correcto con lo que, bajo ningún concepto, debe ser... Todo eso entrelazado en una pasional danza que en cualquier otra circunstancia le hubiera parecido hermosa y excitante, despertando de esa manera su incontenible hombría.
Sin embargo lo único que despertaba en él era repulsión, y en lugar de exigirle a su cuerpo que saciara ese necesidad que los años y las visiones llenas de éxtasis le habían generado, las negaba; porque una llama se encendía pero muchas más se apagaban. Fue entonces que supo que jamás podría amar a una mujer o a alguien más. Ver a su propia madre fundirse en la intimidad con un sinnúmero de hombres le había arrebatado ese privilegio, ese derecho. Pero no la odió, ni tampoco se odió a sí mismo. Sólo lo aceptó para después esconderlo. Nadie debía saberlo.
Antes de refugiarse en la muerte el joven buscó refugio en brazos más humanos. Se sumergió en un mundo superficial y falso en donde día a día se obligaba a usar una máscara.
Esa máscara estaba teñida de colores alegres y vivos, estaba bordada con aceptación y verdad, adornada con moralidad y respeto. Y todos los que veían esa máscara se enamoraban perdidamente de él, y le adoraban llenándolo de halagos y palabras amorosamente superficiales cuyo valor sólo podía ser comparado con el de un amante castrado.
Eso al joven sólo conseguía lastimarlo. ¿Lo amarían igual una vez que se deshiciera de esa máscara? ¡Por supuesto que no! Nadie lo haría, en su lugar le repudiarían y maldecirían. Por eso una vez que decidió quitarse esa máscara, también decidió quitarse la vida.
Pero esa cruel doncella seguía huyendo de él, parecía que jugaran a las escondidillas y que la jovencita astuta no se quería dejar atrapar prolongando ese tormentoso y cada vez más agonizante juego. ¡Qué tortura! ¿Por qué huía de él la única mujer que se sentía capaz de amar?
Sus parpados convulsionaron epilépticamente, una extraña y blanquecina luz le torturaba con intencional insistencia.
—Aún tiene pulso...
Esas palabras resbalaron a través de su conciencia hasta llegar a su corazón. ¡Ah! Otra vez su corazón, cómo le odiaba, ¡por qué no se detenía!

—¿Algún otro pariente?
Despertó con el sonido de esas palabras. Esa voz fuerte y masculina encendió una de las tantas llamas que dentro de su ser permanecían apagadas.
—No —contestó una mujer de voz aguda y molesta—, su madre falleció meses atrás y era el único pariente que le quedaba. La guerra es cruel general, se lleva lo mejor de nosotros.
—Pobre chico.
¡Ah! Otra vez esa voz. Era melodiosa, armónica, excitante; se fundía entre sus sentidos como cuchillo en la carne, le provocaba un ligero ronronear su corazón, aceleraba su pulso y distorsionaba su acompasada respiración.
Le llevó mucho tiempo aceptar que su amor no había sido correspondido. Bajo la mirada incesante de varias mujer vestidas de blanco supo, sin embargo, que había encontrado otra clase de muerte y que ese era su infierno.
No pasó mucho tiempo antes que alguien lograra reconocerlo. Ese cabello abundantemente ondulado y rubio, esos ojos brillantes como esmeraldas, esos labios maduros y llenos, esa piel tersa y blanca. Todos sabían que era el hijo de la prostituta del pueblo, todos sabían que era el hijo de algún militar del bando enemigo, su apariencia así lo delataba, pero nadie sabía exactamente de quién. Lo que si sabían era que se llamaba Ahren.
Todos le querían mucho, la reputación de su madre había sido mala, pero Ahren habían mostrado tal desenvolvimiento que pronto supieron que no debían juzgarlo por lo que hacía su madre, menos cuando era él mismo quien más la condenaba.
Ahren era hermoso, astuto y refinado, mostraba una cortesía y una sutileza que sólo podía ser comparada con la de los antiguos nobles. Nadie sabía de dónde la había obtenido, no entendían como podía parecer tan culto un chico que apenas podía leer y escribir. Y mucho menos entendían cómo un chico como él había intentado arrancarse la vida.
Nada de eso importaba.
El color de los uniformes lo torturaba. ¿Cuánto tiempo había transcurrido ya? No sabía y ni quería saberlo. Pasaba los días sentado en una antigua silla mecedora colocada en la terraza de una antigua casona que habían dispuesto en tiempo de guerra como segunda ala del hospital. Ahí se mecía y mecía viendo pasar a los uniformados, deleitándose con su masculinidad y aborreciéndose al mismo tiempo por eso. ¿Había alguien notado la forma lujuriosa en que miraba a esos sudorosos hombres?
La guerra había culminado hacía meses en una tregua vergonzosa y forzada. Pero los soldados del bando enemigo, aprovechándose de la buena hospitalidad de la gente de ese pueblo, seguía ahí, preñando a sus mujeres, devorando sus alimentos, robándole los derechos a los más necesitados, imponiendo terror y confusión. Los pueblerinos no hacían nada porque eran un pueblo pequeño, sabían que nadie intercedería en su beneficio. Y por tanto dejaban que las camas de ese hospital fueran utilizados por soldados heridos dejando a su propia gente sufrir una muerte dolorosa.

***

Las gotas de lluvia se estrellaban contra el fango. Llevaba varios días así a pesar de ser verano, y frente a la vieja casona se formaba aun enorme charca que hacía muy difícil el acceso. Durante ese tiempo no vio a sus amados y odiados uniformados. Durante ese tiempo se dedicó a recordar la suave piel de su madre, sus caricias, sus senos desnudos rozando su rostro cada vez que se le antojaba dormir a su lado. La mujer le abrazaba, no le importaba si ese cuerpo ya había sido abrazado por una gran cantidad de hombres, igual le abrazaba, y Ahren era capaz de apreciar el sudor de otros hombres en el delicado cuerpo de su madre y eso le martirizaba.
«Mamá, no me gusta que otros hombres te toquen», quiso decirle cuando la inocencia era aún palpable en él, pero jamás pudo. Y ahora ya no podría decírselo, una enfermedad se la había arrebatado, y había sido así porque la cama que debía de ser para que ella se recuperase le había sido cedida a otro hombre, un militar.
Por eso los amaba y los odiaba. Los odiaba porque por su culpa su amada madre había muerto; los amaba porque hacían despertar en él esas sensaciones que él mismo se había obligado a esconder. Ya no podía hacerlo. Mientras se mecía y veía a esos robustos hombres pasar sentía como su propio cuerpo despertaba ante unas caricias invisibles y tentadoras. Fueron muchas las veces en las que tuvo que buscar el consuelo de su propia mano, y mientras lo hacía fantaseaba con que uno de esos uniformados lo encontraba en pleno acto y que en lugar de asquearse o marcharse se sentía seducido, y le tomaba, y le hacía gemir de placer, y le hacía sentirse lleno hasta las entrañas. Y su cuerpo vibraba y ardía, y con lujuriosa impaciencia se restregaba y lo buscaba, se abría y lo anhelaba porque a sus diecinueve años de edad jamás había conocido la verdadera pasión. Y Ya no podía esperar más.
Leía cuando a sus oídos llegó el sonido más melodioso que él pudiera recordar. Se levantó de la silla mecedora, dejó caer el libro al suelo, cuando se agachó a recogerlo vio las vendas que cubrían sus muñecas y se escandalizó; pero la voz le sacó de ese furor interno. Se apoyó en la madera húmeda de la terraza y vio hacía abajo, en el fango jugaban varios niños y un uniformado en silla de ruedas les hacía compañía.
Era él, el hombre que había encendido algo en su interior. Quería verlo más de cerca, quería tenerlo tan cerca que pudiera sentir la vibración de su voz, el calor de su cuerpo. Estaba enamorado sin duda, estaba enamorado de ese soldado en silla de ruedas.
Con disimulado apuro se encaminó hasta la entrada principal en donde aún podía escuchar las carcajadas de los niños. Abrió la puerta y les vio jugar y se sintió contagiado, de pequeño él no había tenido muchos amigos, le había costado mucho ganarse el afecto de sus vecinos, nadie quería involucrarse con el sucio hijo de una prostituta.
Con paso lento avanzó, con la mirada lo buscó... ahí estaba y era hermoso. Su cabello era como el cobre un poco más oscuro; sus ojos eran también muy oscuros, más tarde descubriría que eran de un terrible azul profundo; la piel de ese hombre estaba manchada por el sol pero esto sólo hacía que su sonrisa se viera más radiante. Era simplemente hermoso, un hombre corpulento de sonrisa sincera y ojos soñadores. ¿La guerra no había pasado por él? Al menos a simple vista no lo parecía, pero esto no cambiaba el hecho de que estaba sentado en una silla de ruedas.
Uno de los chicos se percató de su presencia y corrió hasta él, y así con la mano llena de lodo le llevó hasta el hombre en la silla de ruedas. Ahren se quedó atónito, hechizado por la bondad que emanaba ese hombre.
—Hola muchacho —saludó el hombre, la voz era esa misma con la que había soñado.
—¿General? —recordó que la enfermera así lo había llamado.
El niño soltó la mano de Ahren y regresó a jugar con sus amigos. Ahren, sin embargó, se quedó parado al lado del general viendo cómo los niños desataban una batalla sin cuartel con mugrosas bolas de lodo. Eso era un caos pero, al fin y al cabo, eran niños, que siguieran jugando todo lo que quisieran antes de que la realidad les arrebatara la inocencia.
—Te gusta mucho la lectura, ¿no es así? —comentó el general—. Siempre te veo leyendo en la terraza.
—Distrae mis pensamientos y relaja mi mente —afirmó Ahren—, aunque me temo que aún no soy muy bueno. Apenas aprendí a leer y a escribir, hay muchas palabras que aun no entiendo pero que fervientemente anhelo entender.
—¿Qué haces con esas palabras que no entiendes? —preguntó el uniformado.
— Las guardo en mi memoria y espero el día en que llegue alguien que pueda explicármelas.
El general sonrió complacido ante la calidez que las palabras del joven le proporcionaban a su viejo corazón.
—¿Cuál es la palabras que menos entiendes? —preguntó entretenido, no se esperaba que Ahren le diera semejante respuesta.
—Amor —contestó Ahren—, esa palabra jamás la he entendido.
—Un joven tan inteligente como tú ya deber saber —expresó el adulto— que para entender esa palabra sólo hay un camino.
—Lo sé... —Ahren se arrodilló frente al hombre de la silla de ruedas, con una tremenda inocencia colocó ambas manos sobre las extremidades del militar, después dejó reposar su cabeza ahí. Ese hombre le transmitía una paz inmensa y quería disfrutarla mientras fuera posible.
—Ay, mi niño —dijo el general. Luego simplemente se dedicó a acariciar el cabello del hermoso joven.

***
Ahren consiguió un empleo en el hospital. Una vez que se le declaró mentalmente estable y se aseguró que no volvería a poner su propia vida en peligro, tuvo que dejar el hospital y por tanto a su general. No quería. No quería volver a su destartalado casa para seguir recibiéndose invitaciones indecorosas. No era un misterio que tantos hombres y mujeres anhelaban cuerpo. ¿Por qué no se daban cuenta de que él no era capaz de amar?
El día que le dieron de alta corrió sin descanso en busca de su general. Lo encontró tallando pequeños trozos de madera. Se arrodilló frente a él y descansó la cabeza en sus piernas hasta que las empapó de lágrimas.
—No quiero irme —sollozó, desconsolado.
—No te entristezcas Ahren, que este viejo soldado seguirá aquí durante mucho tiempo, si te sientes solo podrás venir a verme cuando quieras.
—¡No es lo mismo! —exclamó adolorido—. Quiero permanecer siempre a su lado.
Esas palabras bastaron para conmover el gastado corazón del general y, de esa manera, consiguió hacerlo su asistente personal.
Ahren enseguida fue el encargado de proporcionarle comodidad a ese bondadoso hombre. Le llevaba la comida, le preparaba el baño en las mañanas y la cama en las noches. Le ayudaba a sentarse sobre la silla de ruedas, no era que las piernas del general no funcionasen, era que estaban demasiado lastimadas y merecían un largo descanso.
De boca del general Ahren conoció y entendió muchas cosas. Los relatos que el hombre contaba siempre estaban cargados de hazañas heroicas y humanamente imposibles, pero entretenidas, y él amaba escuchar esa melodiosa voz, vivía sólo para ello.
—¿Por qué es tan bueno con los niños? —preguntó Ahren. Como se había hecho costumbre, su cabeza descansaba sobre las piernas del general. Sentía un exquisito placer cada vez que el hombre acariciaba su cabello.
—Porque alguna vez tuve los míos —contestó el hombre. Ahren levantó la cabeza sorprendido y a la vez arrepentido, tal vez no debió hacer esa pregunta—. No pongas esa cara, Ahren. El dolor es inmenso y nunca desaparecerá, pero el estar aquí me proporciona la paz suficiente para no perder la cordura, para no cometer alguna locura —sonrió y acarició la mejilla de Ahren—. Puedes preguntar cuánto quieras.
—¿Los amaba?
—Eran mi mundo, mi vida, mi razón de ser... —expresó el general—. Sus sonrisas siguen presente en mi corazón, así como el fatídico día en que supe la noticia. Apenas tenían tres y cinco, ambos varones, ambos saludables e inquietos, era todo un reto lograr que se comportaran. Mi Rosa hacía su mejor esfuerzo pero siempre terminaba pidiendo la ayuda de alguien más.
—¿Su Rosa?
—Mi difunta esposa. Me alegra saber que, donde sea que estén, ella les está cuidando muy bien.
—Perdón, mi general —se disculpó Ahren—, le he hecho recordar cosas dolorosas.
—Está bien, mi niño, de hecho, me alegra verte tan interesado en la vida de ese inservible viejo.
—¡Pero si usted no está viejo! Me dijo que apenas tenía cuarenta y…
—Pero mi corazón se siente viejo y cansado, Ahren, y si mis piernas aún no han reaccionado es porque tal vez yo quiero que así sea, prefiero quedarme a tu lado, mí dulce niño, que volver a un lugar vacío y destruido.
—¡Entonces quédese conmigo! Sé que no puedo sustituir el lugar de su esposa y sus hijos, pero le aseguro que mi amor por usted es tan grande y verdadero como las heridas que adornan mis muñecas...
—Estoy cansado —contestó el hombre—, llévame a mi habitación.
Ahren se sintió mal en ese momento, pero cumplió la orden. Con algo de esfuerzo condujo al general por esos largos y silenciosos pasillos. De vez en cuando lograba escucharse una que otra carcajada pero nuevamente todo se sumía en silencio y oscuridad.
Al abrir la puerta de la habitación lo primero que hizo fue encender la luz de una vieja lámpara. Corrió hasta la cama y la preparó, y de nuevo le prestó total atención a su general. Como de costumbre le ayudaba a levantarse de la silla, y como si fuera una muleta le ayudaba a llegar al lavado preparando previamente una vasija llena de agua al tiempo para que el general pudiera lavarse la cara. Eran unas instalaciones viejas y mediocres, por tanto muchas cosas aún se hacían utilizando métodos un tanto antiguos.
El general caminaba con mucho esfuerzo, pero aun así parte de su peso le tocaba cargarlo a Ahren. Una vez lo sentaba en la cama le quitaba las botas, le aflojaba el cinturón y le ayudaba a ponerse una camisa más ligera. Esa vez no fue la excepción.
—Mi general debería esforzarse más —comentó Ahren para ponerle fin a ese incomodo silencio—, no está paralitico, y  sin embargo, no quiere usar sus piernas, ¿qué pasará si se tornan inservibles?
—¿No te tendré siempre a mi lado?
—Mi general, una vez que salga del hospital se encontrará una buena mujer y creará una nueva familia, para ese entonces yo no será más que un recuerdo.
—¿Por qué intentaste quitarte la vida Ahren?
—¿Teme que lo vuelva a hacer?
—Sí, no soportaría perderte.
—Mí general es dulce y generoso, siempre escoge las palabras apropiadas y lo amo por eso... lo amo.
—También te amo, Ahren.
—No es cierto, hace un momento me rechazó, le pedí...
—Eso fue porque verdaderamente te amo, Ahren, jamás haría nada que te lastimara.
—¡Mi general es demasiado bondadoso, jamás sería capaz de hacerme daño! —replicó Ahren con fervor.
—¡Ah! Mi dulce niño, mi dulce Ahren —suspiró cansado—, que error tan grande cometí al permitir que te quedaras a mi lado.
—Mi general sabe que la fuerza que ejerce sobre mí es absoluta. Una simple y única orden es necesaria para que yo desaparezca de su vida —dijo casi con lágrimas en los ojos. No quería alejarse de ese hombre, pero también sabía que no había nada que pudiera hacer si él ya no quería mantenerlo a su lado.
—Siento que el cielo se me viene encima cuando pones esa cara, Ahren.
Ahren siguió sollozando en silencio una vez que se quedó sin palabras. El general era una persona verdaderamente amable, no había usado ninguna tan sola palabra o gesto ofensivo, e incluso le había dicho que le amaba. Ahren sabía que no era la clase de amor que él esperaba, pero eso le bastó para seguir al lado del militar.

***

En lo que pareció un parpadeo el general ya era capaz de sostenerse sobre sus dos piernas sin problema alguno. Aun así las caminatas siempre significaban un martirio para él; un sacrificio necesario, como siempre se encargaba de recordarle Ahren. Por eso era que el joven se esforzaba en regalarle los más increíbles paisajes. Veredas llenas de hojas secas y flores otoñales; el otoño ya podía percibirse en el ambiente, jamás había estado tan pendiente de los distintos ropajes de los cuales hacían gala las vanidosas estaciones, pero sin duda creyó que el color terracota pincelado con ligeros toques de naranja y verde olivo del otoño, era lo mejor que había visto y vivido.
Las hojas y ramas secas crujiendo bajo sus pies, el viento cada vez más fresco impregnado con el exquisito aroma de la melancolía, la mano de su general sobre su hombro; todo aquello hacían que Ahren viera las cosas con nuevos ojos.
—Un poco más —decía Ahren cuando el general comenzaba a quejarse del cansancio—. Llegamos hasta ese árbol, descansamos unos minutos y luego volvemos.
El terreno era llano y nivelado, no representaba ningún peligro, pero igual Ahren se encargaba de conducirlo con especial cuidado, para luego prestarle su mano cuando encontraban un lugar adecuado en donde descansar. Una vez sentado el joven le pedía al general que extendiera las piernas, y de esa manera se encargaba de darle un reconfortante masaje.
—Mi dulce niño, ¿qué haría este pobre viejo sin ti? —suspiraba el general mientras su cuerpo se relajaba bajo el toque certero de las manos de Ahren.
—Viejo, viejo, viejo... —cuchicheaba el rubio, entretenido—. ¿Cuántas veces le he dicho a mi general que no es ningún viejo? ¿Acaso un viejo se recuperaría tan rápidamente? ¿Acaso un viejo sería capaz de corretear con los niños?
—Mi dulce Ahren, si correteo con los niños es porque tú así me lo exiges, es bueno para sus piernas, me dices, y no me dejas en paz hasta que lo hago —sonrió paternalmente—. Eres mucho más exigente que mi Rosa.
El corazón se le contraía cada vez que escuchaba a su general hablar de esa manera. No había nada que él o alguna enfermera hiciera que no terminara siendo comparado con la manera en que solía hacer las cosas su difunta esposa. No había travesura que un niño hiciera que no valiera una larga y elaborada historia de cómo sus fallecidos hijos las habían hecho peores. Pero Ahren le amaba y era lo único que tenía, por eso soportaba en pulcro silencio todas esas cosas que dañaban su débil corazón.
—Eso quiere decir que su esposa era demasiado condescendiente —fingió sonreír—. Yo estoy aquí para que se recupere pronto y pienso hacer muy bien mi trabajo.
—Eres más dulce que una enfermera pero más severo que una esposa —expresó el adulto—. Eres justo lo que necesito Ahren, justo lo que necesito.

***

Los tejados, los suelos, las copas de los arboles, rápidamente todo se tiñó de blanco, esa era la dulce bienvenida a esos fríos meses invernales. Lo niños corrían de un lado al otro con inextinguible fervor, en nada les incomodaba que la nariz le chorreara por borbotones, esos huérfanos de guerra eran felices. Igual de feliz era Ahren. Aunque de vez en cuando esa felicidad flaqueaba cuando escuchaba a su general gemir de dolor. El aire frío era un martirio para sus huesos, sus piernas se engarrotaban e inflamaban y era muy poco lo que él podía hacer para aliviar ese sufrimiento. Pero cuando eso sucedía se quedaba con él toda la noche, frotándole las piernas, masajeándolas, hacía de todo con tal de reducir el dolor y lo único que obtenía a cambio era pasar noches enteras en el mismo lecho que su general. Y durante esas noches en vela que Ahren tuvo que pasar cuidando a su general, escuchaba —dolorosamente— como éste en sueños llamaba a su esposa y a sus hijos. Ahren escuchaba con impotencia, no había nada que él pudiera hacer, no podía traer a su familia de vuelta, tampoco podía remplazarlos. No importaba lo que hiciera, el jamás podría aliviar ninguna tan sola de sus dolencias.
Si el general no hubiese sido un hombre alegre y bondadoso, mucho de los doctores, enfermas e incluso pacientes, hubieran comenzado a chismorrear acerca de la extraña cercanía que tenía con ese muchacho rubio de ojos verdes que ni siquiera era su pariente. En cambio miraban aquello con la mano en el corazón mientras decían lo afortunado que era Ahren por tener tan excepcional maestro.
—Mi niño —llamó el general a Ahren—, es un desperdicio que pases esta noche tan especial encerrado con este viejo, ¿por qué no vas y le haces compañía a las hermosas enfermeras en su festejo? Bebe algo de ponche en mi honor.
—Sé que me divertiré más si me quedo a su lado general, aún no me ha terminado de relatar la historia de Odiseo.
—Ya tendremos tiempo para eso muchacho, además, he recibido correspondencia y quiero leerla y contestarla lo antes posible, ya sabes cómo es el servicio postal en estos días, ¡demoran meses en llegar las cartas!
El general miró a Ahren con aire paternal, dejó el bulto de cartas —aún amarradas— sobre el escritorio y caminó hasta el joven para regalarle un apretado y prolongado abrazo, el cual Ahren devolvió con la misma intensidad.
Amaba el aroma varonil de su general, su mentón áspero por las constantes rasuradas, sus brazos firmes y fuertes que sin problema alguno rodeaban todo su cuerpo y le apretujaban plácidamente contra ese pecho amplio y fornido. Ahren quería hundirse en esa carne, dejarse embriagar por ese aroma, dormir arropado por esa calidez que ahuyentaba todos sus miedos e inseguridades. Se puso de puntitas, se empinó un poco hasta alcanzar los labios de su general en donde depositó un casto y amoroso beso que, por supuesto, el adulto no se esforzó en devolver.
—Mi Ahren —susurró el general acariciando con sus ásperos dedos la sedosa piel que cubría las mejillas del jovencito.
—Mi general —susurró a su vez Ahren.
Con el ánimo en aumento dejó muchas de sus inhibiciones atrás. Pegó su rostro al pecho del general, aspiró fuertemente y eso fue suficiente para que su cuerpo estuviera completamente listo para lo que hizo a continuación. Sus dedos temblaban como acosados por el frío, pero en realidad eran los nervios lo que los hacía dudar. Uno a uno se fue deshaciendo de los botones hasta que después de unos cuantos segundos pudo observar pecho desnudo de su general. Esa era una visión que ya había experimentado en ocasiones anteriores cuando le ayudaba a desvestirse, pero en ese momento se sintió diferente, era excitante, parecía un niño buscando un tesoro escondido que, cuando una vez lo encuentra, no sabe qué hacer con tanta alegría. Y cuando Ahren lo encontró pegó sus labios para saborear esa piel.
Depositó varios besos esporádicos por aquí y por allá, cerca y sobre los pezones, en la clavícula y más abajo, en el estómago. Sentía una cosquilleante sensación debido a los pocos vellos que cubrían el pecho del general, y eso le encantó. Sin más, se arrodilló y aflojó el cinturón y el broche del pantalón, bajó el cierre del mismo con mucho cuidado y besó ahí, justo sobre la ropa interior.
Siguió besando esa zona un buen rato. Estaba fascinado, encantado, total e inevitablemente embriagado, y su propia excitación subía cuando sus labios sentías como ese miembro crecía y se endurecía. Ahren no había hecho nada como eso, era tan casto y puro como cualquiera muchachita de convento, pero más que por elección propia había sido porque no se sintió jamás digno de amar o ser amado; por lo menos no hasta ese momento.
Bajó los pantalones del general hasta que le llegaron a las rodillas, para luego, muy lentamente, bajar la ropa interior que cubría esa enorme erección. Ahren no puedo evitar sonrojarse, no pensó que aquello le provocase semejante apetito, sentía su boca deshacerse en agua mientras veía el pene del general, cuando rozó el glande con sus labios… Quería devorarlo, engullirlo por completo y disfrutarlo; y parecía que su general quería lo mismo porque en ningún momento se había esforzado en detenerlo.
Abrió la boca lo más que pudo y de una sola engullida recibió el cálido miembro dentro de sí, estaba hambriento no pudo evitarlo. Sintió como su general se estremecía y esto lo incitó más. Comenzó a chupar con innata destreza toda la extensión del pene del hombre; el sabor salado y almizcleño le resultó extraño pero delicioso. Sin poder evitarlo más dejó en libertad su propia erección hasta ese entonces cruelmente aprisionada bajo sus pantalones y con sus manos comenzó a masturbarse. Pero mientras disfrutaba todo esto también se veía acosado por el miedo. Temía levantar el rostro y encontrarse con la mirada habitualmente paternal de general, temía encontrar decepción o dolor en esos ojos azulados, temía que para el general, más que una entrega total y desinteresada, eso sólo fuera otra forma en la que Ahren atendía cada una de sus necesidades. El general era un hombre joven y saludable, por supuesto que tendría ese tipo de necesidades.
Ahren sintió su mano humedecerse con ese cálido y viscoso líquido, la impresión había sido tanto que no había podido contenerse por más tiempo. Pero una vez su cuerpo se liberó de ese éxtasis se enfocó por completo en su general. Le lamía, mordía, chupaba, besada, frotaba su lengua y sus labios contra esa, no sabía qué más hacer, pero después de un rato ya no fue necesario que siguiera preocupándose por eso. El caliento liquido se estrelló salvajemente contra su paladar mientras su general se estremecía placenteramente. Se sintió feliz, porque a pesar de ser inexperto le había dado placer a su general.
Hasta ese entonces Ahren levantó la vista, sus humedecidos ojos verdes mostraban claramente la intensidad de lo que había sentido, gotitas de semen se escapan entre la comisura de sus labios, y el general sintió una estocada de culpa cuando vio como con su lengua los lamía y los regresaba de vuelta a su boca para saborearlos.
El general se arrodilló y con ambas manos tomó el rostro de Ahren y con ambas manos limpió los restos de semen de sus labios y rostro, y lo atrajo contra si con mucha fuerza, apretándolo contra su pecho desnudo y extenuado.
—¿Por qué no te detuve? —sollozó martirizado— ¡Oh, Dios mío! Me siento como un criminal; uno terrible y despiadado, jamás en mis años como militar me había sentido tan culpable, he matado tanta gente, dejado niños huérfanos, ciudades y pueblos destruidos, pero jamás me había sentido tan mal como ahora.
—Mi general no tiene por qué sentirse culpable —sollozó Ahren—, le he dicho que con gusto tomaré toda la culpa.
—Rogué porque tu amor fuera un simple capricho momentáneo, rogué porque fuera tu soledad y no tu corazón la que tan fervientemente me confesara sus sentimientos... Mi dulce niño, mi dulce Ahren, ¿qué te he hecho?
—Mi general no me ha hecho nada —replicó Ahren—. Yo he tomado lo que tanto quería a la fuerza. Pero mi general debe saber que no es suficiente, debe saber que hasta que no me tome yo no estaré tranquilo.
— ¿Cómo puedo tomar tu delicado cuerpo? ¿Cómo puedo poseer una existencia tan pura como la tuya? —se preguntaba el general más a si mismo que a Ahren—. Mi dulce niño, ¿por qué insistes con lo mismo?
—Mi corazón y mi cuerpo son los que insisten mi general, esta fiebre no desaparece y ya no sé qué hacer, me siento perdido, no sé qué camino seguir, sólo sé que no quiero seguir mintiéndome, ya no negaré nunca más mis sentimientos ni mis deseos.
Ahren se puso de pie y frente al general se fue quitando cada pieza de ropa que cubría su delicado cuerpo, y hacía todo eso con tanta sensualidad que la culpa embargó de nuevo al general al notar como su pene reaccionaba nuevamente. La sangre le había llegado hasta el rostro, el corazón le palpitaba con la misma insistencia que lo hacía su pene ya completamente erecto, hiciera lo que hiciera y sin importar cuánto se condenase, no podía quitarle la vista de encima a Ahren, tanto tiempo había pasado sin compartir la cama con nadie que ya no podía contenerse más.
El jovencito se movió de manera casi gatuna hasta la cama, la manera en que caminaba arrastraba consigo tanta sensualidad que embriagaba. La curva de sus caderas se le antojó deliciosa al general que examinó la espalda de Ahren con mirada experta, de arriba abajo hasta detenerse completamente sobre sus glúteos. Ahren se detuvo y miró sobre su hombro. ¡Cuánta sensualidad! Una vez en la cama gateó hasta el otro extremo, se sostenía sobre sus cuatro extremidades pero luego se dejó caer quedando completamente a la disposición del general.
Esas palabras calaron el corazón del general, quien sin percatarse de ello se había desnudado ya. Sentía la urgencia y el calor recorrer todo su cuerpo, pero la culpa no le abandonaba del todo aun.
«Podría ser mi hijo, podría ser mi hijo; por favor Señor no me dejes caer en la tentación...», se recordaba constantemente y lo repetía como si fuera una quejumbrosa plegaria. Pero, ¿acaso Dios había escuchado sus plegarias cuando, con los ojos completamente inundados de lágrimas, rogó por el bienestar de su familia? ¿Había escuchado cuando había pedido con infinito fervor que se acabara esa guerra eterna y sin sentido? Oh, por supuesto que no había escuchado, ¿entonces por qué él tenía que obedecer su mandato y sus leyes? ¿Por qué temía tanto al pecado cuando no había un Dios que lo castigase?
Enfocó su vista en el cuerpo de Ahren, las manos del chico despejaban el camino, se movía con impaciencia, le suplicaba, le rogaba. Y el general sabía que no era más que un simple humano, pero sintió la necesidad de atender esas plegarias.
Sin más, se acercó hasta donde yacía Ahren y, sin detenerse a pensar en las consecuencias de sus actos, le penetró enteramente, sin reservas, sin pensar que hacerlo tan bruscamente podría lastimar al jovencito, sólo le penetró y penetró cada vez con más fuerza hasta que no pudo contenerse más. Su cuerpo vibraba, se estremecía sin recelo alguno completamente complacido, con cada embestida sentía una libertad indescriptible, y el general no sabía que Ahren se sentía de la misma manera, porque descubrió que podía amar y ser amado y eso le hizo feliz. El dolor y la sangre no eran nada comparado con eso.
El murmullo de algunos borrachos les despertó ya bien entrada la noche. El general no había querido soltar a Ahren en ningún momento y así se habían quedado dormidos.
—Tengo sed —logró farfullar el soñoliento hombre.
Ahren bostezó perezosamente, se levantó y regresó de vuelta con un vaso lleno de agua. Mientras el general bebía sintió como el jovencito se apretujaba nuevamente contra su cuerpo.
—Le amo, mi general —susurró con ternura.
—También te amo, mi dulce niño, te amo como no tienes idea —susurró con dolor.

***

La nieve comenzaba a derretirse, ya se podían apreciar la alegría de la primavera. Sobre el blanco suelo podían verse pequeñas y verdes islas. Las ramas de los árboles, los tejados, las rocas que guiaban los largos senderos, todo parecía estar cubiertos por diminutos y brillantes diamantes. El hielo derretido creaba un lodazal insoportable pero eso no mermaba en absoluto el ánimo de esas personas que cada día agradecían al cielo la vida con la que habían sido bendecidos.
Ahren corrió hasta la cocina, le habían dicho que al almuerzo de su general ya estaba listo y él se esforzaba porque lo comiera lo más caliente posible. Cuando llegó, dejó que sus pulmones se llenaran con el agradable y dulce aroma del pan recién horneado, miró uvas en un tazón y no dudó en robarse unas cuantas para repartirlas entre los huérfanos. Una vez con bandeja en mano, regresó a la habitación en donde su general convalecía producto de una ligera fiebre que según los médicos, no era demasiado grave.
Enseguida le ayudó a reincorporarse. Colocó un par de almohadas a su espalda para que se sostuviera bien. El general mataba el tiempo leyendo libros y redactando cartas a todos sus conocidos, tanto en esa desconocida patria como en la suya. Su rostro rejuvenecía cuando recibía respuestas, lo cual no sucedía muy a menudo, el correo demoraba meses en llegar.
—¿Es mi imaginación o la sopa es cada vez más insípida? —inquirió el general, llevó una cucharada de ese cálido alimento a su boca y quedó sopesando su propia pregunta.
—Los caminos han sido tomados mi general, he escuchado en la cocina que las cosas han empeorado a pesar del cese al fuego que ambos bandos acordaron muchos meses atrás. El abastecimiento es tan pobre que se pelea por los víveres y este es un pueblo tan pobre y tan pequeño... —suspiró entristecido.
—Entonces es hora de que vayamos pensando qué clase de hortalizas podemos sembrar —sonrió. Luego dejó la cuchara a un lado y tomando a Ahren por la barbilla lo acercó hasta que sus labios se encontraron.
Ahren hizo el tazón a un lado y con suma delicadeza se sentó a horcajadas sobre las piernas de su general. Se quedaron viendo un largo rato, y lo único que miraban en el rostro del otro era amor; amor, lealtad y felicidad. La tristeza que le había provocado la pérdida inesperada de su familia iba desapareciendo y se iba convirtiendo en una realidad que debía aceptar mas no lamentar; era hora de seguir adelante y con Ahren a su lado sabía que podía hacerlo. Lo mismo sucedía con Ahren cuando pensaba en su difunta madre. De alguna manera todo iba tomando forma.
Era tanto lo que Ahren había aprendido al lado del general que enseguida quiso transmitir ese conocimiento a los huérfanos. Con ayuda del cada vez más rejuvenecido militar levantaron una escuela improvisada. Un enorme trozo de madera vieja pintada de negro hacía de pizarrón, tenían tiza gracias a un yacimiento de yeso que se encontraba cerca. Ahren y el general, con ayuda de los niños mayores, repararon de la mejor manera unas mesas viejas y destartaladas, al igual que unas desgastadas sillas, no ajustaban para todo pero con algo se tenía que empezar.
En el tiempo libre Ahren y el general salían en largas caminatas. Cuando se encontraban lo suficientemente lejos se refugiaban bajo un árbol y sin importarle más nada hacían el amor. El cielo era el único testigo de esa unión, pero como sacerdote en un confesionario se guardaba todo. Nadia jamás sabría del amor que ambos se profesaban en secreto.
***
Los niños reían muy contentos, sus caritas estaban manchadas por los tomates que devoraban sin piedad. Se hizo una costumbre acompañar los almuerzos con ensaladas, y a medida que todos se fueron involucrando en el proyecto, el deseo por sembrar cualquier tipo de verduras o frutas se hizo más frecuente. Todos se convirtieron en una gran familia.
La felicidad que le proporcionaba a Ahren escuchar a esos niños leer sus primeras palabras no se comparaba con nada más que él hubiese experimentado. La alegría que sentía cada vez que el general llenaba su cuerpo de amor era algo que ni siquiera podía ser comparado con alguna otra sensación. Estaba tan feliz, tan contento y rebosaba tanta dicha y alegría por doquier que ya nadie podía creer que alguien como él alguna vez intentase quitarse la vida. Ya nada quedaba del viejo Ahren, ni de la guerra, ni de la muerte. Todo era como se suponía, debía ser.
—Los albaricoques están deliciosos —dijo Ahren mientras se sentaba junto al general. El hombre leía un manojo de cartas que le habían sido entregadas semanas atrás, y que no había tenido la oportunidad de leer por estar tanto tiempo concentrado en su rutina diaria—. La cocinera dice que puede hacer deliciosos dulces para los niños —siguió hablando Ahren, de sus labios resbalaban los restos del dulce jugo que escurría de la fruta cada vez que le daba un mordisco.
El general seguía sumido en un extraño y aparentemente inquebrantable silencio. Frente a él sostenía una carta, como estaba escrita en un lenguaje ajeno al suyo, Ahren no llegó a comprender ninguna de las palabras impresas sobre el papel, pero se preocupó cuando vio las lágrimas manchar las mejillas de su general.
—¿Sucedió algo? —preguntó temeroso. Creyó que era la noticia de algún amigo fallecido o algo por el estilo, porque según le había dicho su general, no había familia que lo esperara en ningún lado.
Los labios del hombre seguían sellados, pero su pecho convulsionaba envuelto en lastimeros sollozos que cada vez le eran más imposibles contener. A Ahren le torturaba demasiado verlo así y, sin más, se le pegó a su cuerpo en un apretado abrazo. El general se asustó e inmediatamente se apartó del chico que lo quedó viendo desconcertado.
 ¿Cómo se lo diría? ¿Cómo soportaría Ahren semejante noticia? ¿Cómo haría él para esconder su felicidad? No podía y, por tanto, durante varios días se quedó callado. Aunque una nueva llama ardía en el corazón del general con tanta intensidad que sabía que no podía ocultarlo durante mucho tiempo. Pero de alguna manera Ahren comenzó a intuirlo, su general ya no le besaba ni le tocaba, habían dejado de hacer el amor, las largas caminatas comenzaron a desaparecer y cada uno se sumía por su cuenta en sus propias labores. Sin duda alguna intuía un fatídico y repentino final, pero su general era tan bondadoso que hacía todo lo posible para alargarlo.
—Me iré... —soltó Ahren sin previo aviso—. Ya es hora que deje este refugio, ya es hora de seguir adelante.
—¿Qué cosas dices, mi dulce niño? —El general dejó a un lado las cosas que hacía y se acercó a Ahren quien descansaba sobe su cama—. ¿Te irás así de repente?
—No es de repente —confesó—, llevo pensando en ello desde hace varios días. Prefiero partir ahora que el amor que mi general siente por mi aún no se ha extinguido, prefiero todo antes de que el general me deje aquí abandonado. —El general no contestó nada—, pero antes de irme quiero pedirle una última cosa.
—Lo que sea mi Ahren, lo que sea...
—Quiero que mi general me haga el amor una vez más, la última vez... lo necesito para sentirme completamente libre.
El general desvistió a Ahren con sumo cuidado, como si fuera una muñeca de porcelana o una figurita de cristal. El pálido y delgado cuerpo del joven era como un lienzo en blanco y él era el artista que con cada pincelada debía transformarlo en una bella obra de arte. Para el general, Ahren era una exquisita y perfecta escultura, el sólo verlo le arrebataba varios suspiros, el sólo sentirlo encendía la más incontenible pasión. ¿Cómo podría dejar todo eso? El deber lo había llamado demasiadas veces ya. ¿Habría algo malo si no respondía esta vez? Ya pensaría en eso luego, ahora en lo único que podía concentrarse era en los sensuales movimientos que Ahren realizaba sobre él.
«¡Ahren, Ahren, Ahren...!», gemía cada vez que sentía su propia carne dentro del cuerpo de aquel chico de apariencia soñadora. Y lo seguía gimiendo aun con sus labios ocupados, y lo seguiría llamando siempre porque le amaba y jamás lo olvidaría aunque tuviera que separarse de él.
Cuando el general abrió los ojos a la mañana siguiente, Ahren estaba sentado en la orilla de la cama.
—¿Por qué no me había dicho que están vivos? —preguntó sin siquiera voltearse—. ¿Acaso mi general pensó que de saberlo intentaría alguna estupidez? ¿Acaso mi general pensó que intentaría quitarme la vida nuevamente?
El general se quedó en silencio. Se limitó a ver la blanca espalda de Ahren.
—Pues mi general debe saber que está equivocado, ya no soy el torpe chico al que trajeron aquí con las muñecas cortadas todo ensangrentado. El general me ha enseñado a vivir y yo no pienso menospreciar eso, lo que no soporto es que no tuviera el valor de decírmelo.
—Mi amado, Ahren, ¿cómo podía? —sollozó dolorosamente el general, de un impulso se acercó a Ahren y lo estrechó con fuerza—. ¿Cómo podía decirte que los habían encontrado todos sucios y harapientos en un viejo refugio?
—Su esposa está viva, sus hijos están vivos, ¿cuántos años tendrán ahora, diez y ocho, doce y diez? Supongo que muere por verlos, por abrazarlos... ¿quién soy yo para impedírselo?
—¡Eres mi todo! —exclamó el general y lo abrazó con más fuerza.
—Pero no soy lo suficiente para que me elija a mí, ¿no es así?, el deber es  muy grande, ¿no es así? —El general asintió con la cabeza—. Entonces no tiene por qué reprocharse nada mi general. Me iré.

Cuando la noticia de la partida de Ahren llegó a todos nadie se lo creía, pero luego le atribuyeron tal hecho al ciclo de la vida, el pájaro tenía que dejar su nido y levantar el vuelo hacía una nueva vida, así era con todos. Los niños lloraban y le rogaban a Ahren que no se marchara, pero el joven ya había tomado una decisión, no había vuelta atrás.
Sólo dos semanas fueron necesarias para tener todo listo. Había perdido la vieja casa en donde solía vivir con su madre pero eso no le disgustó, era su oportunidad de dejar ese olvidado pueblo e irse a vivir una vida en un ambiente totalmente diferente al que estaba acostumbrado. Pensó en trabajar en el día y estudiar en la noche, quería ser maestro de primaria, incluso pensó en la posibilidad de poner su propia escuela, pero dejaría eso para después, aún era muy pronto.
En los días anteriores a su partida Ahren recorrió nuevamente el pueblo. Saludó al viejo vendedor de nueces tostadas, a la señora de los pollos a la que tanto miedo le tuvo de pequeño. En la calle vio a muchos de los clientes frecuentes de su madre pero los ignoró con serena maestría, ya no le incomodaban. Por último fue al cementerio cargando un enorme ramo de rosas rojas, su madre le decía que amaría por siempre al hombre que le regalara un buen ramo de rosas rojas, aunque no eran más que sueños infantiles.
De regreso al viejo y destartalado hospital militar se encontró con muchos uniformados, pero la reacción que provocaban en él no era la misma, así que con mucho respeto los saludó sin importar el color del uniforme que portaran. Se preguntó cuánto tiempo duraría esa forzada tregua. Rogó porque durara para siempre aunque no era más que la solapa de un enfrentamiento que había durado desde siempre.
Una vez en el hospital subió a la terraza en la que solía leer, visitó las hortalizas y el improvisado corral donde criaban pollos, pasó a visitar algunos enfermos, se despidió una a una de las enfermeras y los doctores, fue a la cocina en donde las cocineras lo atiborraron de comida y dulces, le dijeron que pasara antes de partir para darle una buena merienda para su largo viaje. Luego llegó a la habitación de su general, y no le encontró ahí. Eso hizo que dirigiera sus pasos al sendero en donde solían caminar solos, y así caminó y caminó hasta esa familiar bifurcación, el árbol que muchas veces les había cobijado mientras hacían el amor estaba a unos cuantos kilómetros, pero también quería despedirse de él.
Y ahí estaba él, parado frente a ese frondoso árbol y lloraba, pudo escuchar sus sollozos, sus lamentos, esas palabras jamás pronunciadas. Pero Ahren en lugar de acercarse a su general se alejó, porque si lo veía así perdería seguridad y perdería la fuerza y la determinación y no se marcharía, y no podía hacer eso, no podía ser así de egoísta, su general sólo sería completamente feliz una vez que tuviera a su familia de vuelta, y él no sería el que se interpusiera en su felicidad. Se volteó y regresó al hospital, se acostó en su cama y se durmió, al día siguiente despertó antes del amanecer y sin que nadie se diera cuenta, se marchó.
El camino estaba seco pero la vegetación de bordeaba el paso estaba húmeda gracias al agradable rocío de la mañana. Escuchó los gallos cantar, el susurro del viento contra su oído, el bullicio de las amas de casas que salían a los molinos, el llanto de los recién nacidos que hacían trasnochar a sus progenitores... jamás nada le había parecido tan vivo. Sumido en su propia e inventada desgracia jamás había conocido ese mundo bullicioso, colorido y lleno de vida. Vio las cicatrices en sus muñecas y sonrió, estaba listo para el futuro, sería fuerte, así como su general le había enseñado.
Estaba listo para todo, y cuando decidió no volver a ver atrás, una voz le obligó a hacerlo.
—¡Ahren! —Lo llamaba a gritos el general quien desenfrenadamente corría para alcanzarlo.
Ahren no podía creerlo, estaba viendo cosas, estaba soñando, no podía ser él. Enseguida retomó su paso, si era real no lo sabía y no quería saberlo. Ya había tomado una decisión. Y la hubiera cumplido de no ser por el tirón que lo plantó bruscamente en el suelo. Adolorido y confundido levantó la vista, sus ojos se empaparon de lágrimas cuando vio a su general casi ahogándose del cansancio enfrente de él.
—¿Por qué me tortura de esta manera? —sollozó Ahren— ¡Váyase! ¡No quiero verlo!
—Mi amado Ahren —susurró el general antes de abrazarlo fuertemente. Él también lloraba.
—¿Qué hay de su familia? —insistió Ahren—. ¿No deseaba tanto volver amar a su esposa, abrazar a sus hijos, jugar con ellos, ser feliz para siempre? ¿Por qué me siguió?
—Porque esa ya no es la vida que quiero, mi dulce niño. —Lo besó con insistencia—. Porque sin importar cuantas veces lea esa carta jamás podré convencerme de que están vivos, para mi están muertos desde hace mucho. Sí, sentí felicidad, pero rápidamente se desvaneció porque están muertos, igual que mi antiguo ser, mi nueva vida eres tú, no pienso dejarte ir. Sé que Rosa y mis hijos me repudiaran por haberles abandonado, sé que nadie me perdonará nunca por esta decisión que he tomado, pero no puedo más, no puedo seguir engañándome.
—Pero yo no pienso quedarme aquí, quiero salir, vivir mi vida, conocer gente, salir de este cascarón en el que yo mismo me he encerrado.
—Eso está bien. —Lo besó y lo abrazó nuevamente—. Puedes hacer todo lo que quieras que yo jamás me interpondré en tu camino.
—Es su familia general, la tiene de vuelta, rogó y rogó para que así fuera y ahora la tiene de vuelta. —Lloraba porque una parte de él estaba feliz y la otra triste. Tomó el rostro del general entre sus manos y lo miró fijamente esperando una respuesta, esperando una señal, una excusa—. Sin importar su decisión yo me iré mi general.
El general fundió nuevamente sus labios contra los de Ahren. A lo lejos podía escucharse el parloteo de algunas mujeres, así que ambos se vieron obligados a levantarse y seguir la conversación en otro lugar.
Ninguno de los dos estaba familiarizado con esos nuevos parajes, encontraron la experiencia reconfortante y aterradora, aun así, siguieron caminando y caminando hasta que se vieron en la necesidad de descansar bajo la enorme copa de un árbol. Ahí el suelo estaba húmedo y la vez alfombrado con pasto y hojas recién caídas. Ambos se sentaron el uno al lado del otro, pasaban los minutos y las horas y nadie se acercaba, era un lugar desolado.
—Mi general está cometiendo un grave error —dijo Ahren—, mi general está confundido, ¡no sabe lo que hace!
—Si lo sé —lo arrinconó contra el árbol—, y te lo demostraré.
Le besó como nunca antes, intercalando entre besos profundos y largos, superficiales y cortos. Sus manos enseguida lo despojaron de sus ropajes y cuando menos lo esperó Ahren ya sentía dentro de si las certeras y profundas estocadas. Eso para Ahren no era más que una tortura agonizante y placentera a la vez. Era eterna. ¿Por qué su general no veía las cosas como él? ¿Qué pasaría una vez que se cansara de seguirlo? ¿Qué pasaría una vez que el sentimiento de añoranza hacía su familia fuera más grande que sus sentimientos hacía él? Eso era algo que sin duda no soportaría, prefería alejarse antes de que lo dejaran a él.
—Me perdí una vez a mí mismo cuando perdí a mi familia —susurraba el general entre embestidas, sus palabras eran interrumpidas de tanto en tanto por los placenteros gemidos que se escapaban de la boca de Ahren—, pero tú me ayudaste a reencontrarme y dejé de sentirme viejo, y sentí que mi cuerpo se llenaba de energía mientras me convertías en una mejor persona, y no quiero perder lo que ahora soy, por eso no quiero perderte a ti.
—Mi general no sabe lo que dice —gemía Ahren cuyo cuerpo no era capaz de soportar tanto placer y agonía juntos.
—Lo sé Ahren, lo sé. ¿Qué puedo hacer para que me creas?
— ¿Qué será de mí cuando mi general quiera nuevamente de vuelta a su familia?
—Te juro que eso no sucederá, viviré sólo por ti y para ti.
Hubo una pausa antes de que ambos cayeran al suelo rendidos y embriagados por el placer, inmediatamente el general abrazó a Ahren con mucha fuerza, tenía que hacerle entender que su decisión era absoluta.
—No sabemos qué clase de vida tendremos —susurró el joven contra el pecho del adulto—. Usted no podrá ver a sus hijos y yo tendré que vivir con esa carga... y si descubren nuestra relación, será mucho peor. Por favor general se lo pido, regrese con su familia, sea feliz por ambos, se lo ruego.
—No puedo, Ahren, ya no.
—Por favor, si me sigue diciendo esas cosas ya no podré seguir rehusándome.
—Te amo, Ahren.
—Tengo que irme mi general, tengo que irme.
—Eso está bien mi Ahren, ya te dije que no me interpondré, por eso, llévame contigo.
No había forma de hacer entrar en razón al general, o eso pensó Ahren, así que en lugar de seguir insistiendo lo besó, y lo besó hasta que no pudo más, y se lo llevó consigo, así como el general le había insistido, deseando que la dulce doncella que alguna vez amó se alejara de la vida de ambos durante un buen tiempo, porque seguiría aferrándose a la vida mientras el general estuviera a su lado.


Comentarios

  1. Ahh Maldición, Que increíblemente hermoso.. :') Me encantó :') Eres tan talentosa, adoro tu blog.

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  2. Que linda historia, Seiren-san ;O; Hasta lloré.

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  3. Gracias por leer, que bueno que les gustó, a ver que nueva historia las traigo la próxima vez. Saludos.

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  4. Que hermosa historia! Me llegó al alma ❤ sos muy talentosa!! Gracias por regalarnos estos relatos deliciosos, los disfruto a todos con una delicadeza y el tiempo que se merecen.

    P/d: Nunca dejes de escribir.

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  5. Que hermosa historia! Me llegó al alma ❤ sos muy talentosa!! Gracias por regalarnos estos relatos deliciosos, los disfruto a todos con una delicadeza y el tiempo que se merecen.

    P/d: Nunca dejes de escribir.

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