LFDI Capítulo 12: Travesía nocturna.


Capítulo 12:
Travesía nocturna.

El destino le preparaba algo mucho más inmenso e increíble, algo con lo que únicamente había soñado, pero que había dejado atrás cuando caía en cuenta que él no era más que un simple demonio de la más baja estirpe. Aunque debió suponer que esto no era del todo cierto si contaba con la confianza de un muy poderoso demonio, por algo le habían encomendado semejante tarea a él y a nadie más.
Y en ese preciso y especial momento no pudo evitar inflarse como pavo real al momento de expandir su colorido plumaje. Entre sus brazos tenía a un inconsciente, agotado y lastimado Eliel. Podía apreciar las quemaduras sobre los brazos del demonio, podía ver como la piel estaba por despellejarse y, por alguna razón, eso le hacía sentirse placenteramente poderoso. Después de todo, en el mundo humano no se podían apreciar —sin antes poner mucho esfuerzo—, esas cosas que si se apreciaban claramente en el inframundo. Y cuando Rauel decía «cosas» se refería sobre todo a esas desigualdades creadas en base al poder y a la longevidad en la que se basaban los demonios de alta estirpe al momento de pedir sumisión y respeto, aunque lo que más disfrutaban era infundir temor entre los humanos, los ángeles, y más aún, entre los seres de su misma especie.

En el infierno era tanta la competencia, la desigualdad, el odio y el caos, que un demonio como él, de bajísima estirpe, prefería pasar su día entre los mugrosos humanos antes que tener que rebajarse aún más, ante seres a quienes más que miedo y respeto, les tenía odio y asco. Sabía muy bien que no era el único, el cuerpo casi irreconocible que yacía tirado en el suelo era una clara y a la vez alarmante muestra de ello. Y además era un claro recordatorio de que él tenía que moverse con mucha más cautela, sino terminaría igual o peor que el súcubo que había recibido el castigo por aventurarse a aspirar a más, y por eso ahora no era más que una masa deforme e irreconocible. Sin duda no quería ese final para él.
Aun a sabiendas de la tarea que tenía que llevar a cabo, y el pacto que tenía que cumplir; por la cabeza de Rauel pasaron una serie de imágenes que activaron, por alguna razón, su extraño y retorcido deseo sexual. Acostumbrado como estaba a que lo trataran mal, que lo humillaran y torturaran... pensó que no sería mala idea hacerle algo parecido al cuerpo de Eliel, de por sí ya estaba lastimado, y un ligero corte por aquí y por allá no haría diferencia alguna, ni siquiera se notaría.
Una sonrisa malévola y de autosatisfacción se asomó de entre sus labios. Era tan fácil, lo tenía entre sus manos, y un golpecito por aquí o por allá, sólo eso necesitaba para saciar sus retorcidos deseos. Pero cuando su piel comenzaba a erizarse producto del extraño éxtasis que su cuerpo experimentaba con el sólo hecho de imaginar tales cosas, sintió de pronto, el inmundo e insoportable hedor que emanaba del cuerpo —o lo que quedaba— de Krystel. Recibió de esa manera un nuevo recordatorio. Por el momento sería mejor que siguiera con su postura sumisa, ya vendrían mejores tiempos para él.

Amira se había rehusado a desayunar. Su madre la había castigado propinándole cinco latigazos por haberla encontrado en su vieja habitación y no en la que ella le había preparado y de dónde —se suponía— no tenía permitido salir. A raíz de eso la jovencita se enfureció, y colérica y sin poder seguir conteniéndose, le gritó a su madre una infinita cantidad de palabras que muy dentro, en lo más recóndito de su ser, habían permanecido escondidas, enterradas, rogando salir más aun así obligadas a seguir sin ser pronunciadas. Pero por primera vez Amira había permitido que esos sentimientos de resentimiento hacía su madre escaparan de su boca en forma de palabras que si bien no eran ofensivas y mucho menos vulgares, si iban cargadas de mucho rencor.
Cabe decir que Nereida se sorprendió. Pero aparte de eso sintió impotentemente como la situación se le escapaba de las manos. Amira ya no era la sumisa niña que ella había educado a base de canticos, salmos y versículos de la biblia. Se había esforzado tanto en enseñarle a como ser temerosa de la ira del Señor y aun así con el paso de los días veía como su hija violaba una a una todas esas enseñanzas escritas en ese sagrado libro. Eso era intolerable. Su piel se erizaba cada vez que veía como su hija se alejaba más y más del camino de penitencia y rectitud que exigía el Señor. Nereida sintió temor por el futuro de su hija, no quería que una vez que ésta pereciera, en lugar de encontrar la paz del paraíso, fuera fundida por las inextinguibles llamas del eterno sufrimiento que encontraría si su alma llegaba a terminar en el infierno. ¡No lo permitiría!
—Es pecado renegar de los alimentos cuando hay miles de personas que no tienen ni una migaja de pan que poner en sus bocas —dijo Nereida. Ambas mujeres estaban en el comedor acompañadas del único hombre de la casa, quien como siempre, simplemente se dignaba a mirar sin tomar mucha parte en el asunto.
—Pero madre —dijo Amira con cierta teatralidad —, una mísera prisionera como yo no merece llevar a su boca semejante festín —. Miró a su madre fingiendo infinita humildad y con esto sólo logró que la mujer se enfureciera más.
— ¡Come! —exclamó impaciente —. Come si no haré que te tragues todo a la fuerza.
— ¡Ya no soy una niña! —gritó Amira levantándose bruscamente de la mesa al mismo tiempo que golpeaba fuertemente el mueble con ambos puños, provocando un sonido seco que por un momento dejó en silencio el lugar —. Ya no puedes manipularme, ni puedes engañarme a base de mentiras y miedos. Yo decido que camino tomo de aquí en adelante, y si no te gusta entonces déjame partir, porque yo ya no soporto estar encerrada, y porque el respeto que te tengo es tanto que prefiero pedirte permiso antes que marcharme sin dejar nada atrás más que una mal escrita carta informándote lo infeliz que fui en esta casa.
—Sube a tu habitación —dijo la mujer con tono seco e imperturbable —. ¡Sube a tu habitación! —gritó esta vez al notar que Amira no se había movido ni un centímetro después de haberle dado la orden por primera vez.
Amira, aun sabiendo que era en vano, quedó viendo a su padre. El hombre había dejado de comer y hasta parecía que estaba escuchando y que ahora era parte de la acalorada discusión, pero como siempre, se llevó tremenda decepción al ver como tomaba nuevamente la cuchara y terminaba de comer el resto de la sopa que quedaba en el tazón frente a él.
Esa era una escena típica; típica e indescriptiblemente decepcionante, no sabía por qué seguía posando sus esperanzas en su padre. La lealtad de ese hombre era únicamente para con su mujer, ella —su hija— de alguna manera quedaba sobrando. Siempre había así y no sabía porque seguía esperando un cambio que definitivamente no sucedería de la noche a la mañana.
Enfurecida, decepcionada, traicionada, abandonada, desolada... Esa y otra buena cantidad de palabras describían a la perfección cómo se sentía Amira mientras de mala gana regresaba a esa calurosa e insoportable prisión. Eso era inhumano, se sentía peor que un perro callejero atrapado en una perrera a punto de ser puesto a «dormir», de hecho pensó que los perros la tenían mucho mejor que ella, por lo menos a ellos se les concedía una forma de libertad —la muerte— y ella seguía sin obtener nada.
Con los ojos llorosos hundió su rostro en la almohada. Su pecho convulsionaba levemente producto de los sollozos que se había esforzado, pero que al final no había logrado contener. Más que nadie sabía que llorando no se lograba nada, pero había mantenido todas esas frustraciones atrapadas que, por su bien, tarde o temprano tenía que dejar escapar, porque de pronto sintió que no le hacía bien guardarse tantas cosas y por tanto las dejó salir lentamente.
Se volteó y quedó viendo el techo. Varias sombras se formaban sobre éste debido a la luz de las velas que bailaban cuando alguna picara corriente de aire lograba colarse dentro de la habitación, y eso era mucho decir, dado que rara vez ocurría. Extendió su mano derecha, como queriendo tocar esas sombras, como queriendo que le invitaran a ese reservado baile, sintió de pronto que quería fundirse con ellas para crear un sólo ser. Pero la idea le resultó estúpida casi en el mismo instante en que la concibió, y los sollozos entonces se tornaron en carcajadas, luego nuevamente en sollozos y después de un rato volvieron a ser carcajadas, y así, en ese deplorable estado permaneció hasta que se quedó dormida.
Cuando despertó —ya bastante entrada la madrugada— sintió deseos de llorar, pero esta vez sí supo contenerlos. Ella no era una chica débil llorona y mal portada que armaba berrinches cada vez que quería llamar la atención de alguien. Ella era Amira, la chica a quienes demonios visitaban sin razón aparente. Después del incidente se había sentido totalmente derrotada, había dicho y repetido en su cabeza que todos estaban equivocados, que no había nada especial ni fuera, ni mucho menos dentro de ella. Pero luego estaba el hecho de que, con el pasar de los días eran más los demonios que había conocido. Eso no podía ser normal, estaba segura que habían personan que habían muerto y nunca en su vida se habían topado con un ser oscuro de esa calaña ni nada parecido, sabía que habían personas que morían incluso creyendo que tales seres no existían. Ella hubiera sido una de esas personas si Eliel no hubiese aparecido en su vida, tirando a la borda todo aquello en lo que alguna vez había creído, o más bien no creído, pero también dándole un nuevo significado a su insignificante y retraída vida.
¡Como lo extrañaba! Habían pasado tantos días, tantas semanas, y no había sido capaz de escuchar su voz. Eso la torturaba, le robaba la paz, la seguridad, y drenaba de su cuerpo la motivación que alguna vez sintió para ir a salir en su busca, o de irse de esa prisión que alguna vez llamó hogar.
Sabía que alguien mucho mejor que ella estaba realizando esa tarea, esa búsqueda; aun así no podía permanecer tranquila, lo de ella no era esperar a que alguien le cayera del cielo con buenas noticias, tal vez así fue alguna vez pero ahora lo de ella era salir a buscar esas buenas noticias. Pero cuando se sentía lista la motivación la abandonaba y se sumía en sueños que cada vez eran más pesados y duraderos. Y en esos sueños veía a Eliel, y lo abrazaba y lo besaba y le decía cosas que ella jamás le había dicho a nadie más en su vida, ni siquiera a su padre, a quien a pesar de todo quería mucho. Entre esas palabras había dos que la dejaban muy confundida y con una dolorosa y a la vez cándida sensación en su corazón. Por eso moría por verlo, porque quería corroborar eso que estaba sintiendo.
Pero con esa aparente seguridad que aceptaba lo que pensaba y sentía; así, con ese mismo fervor, lo negaba. ¿En qué estaba pensando? Tal vez era demasiado tarde para darse cuenta de ello pero, Eliel era un demonio, y no uno común y corriente, era uno poderoso e importante según le habían dicho, algo que ella ya había sentido con anterioridad.
Amira podía parecer segura y decidida antes los ojos de los demás pero lo cierto era que en ocasiones sentía que no había manera de avanzar, perdía su camino y no sabía cómo seguir. Se perdía a sí misma y no sabía cómo encontrarse, y como cualquiera otro humano la jovencita también sentía miedo y soledad. Esto último creyó que había sido la razón por la que había congeniado tan rápidamente con Eliel, después de todo, el mismo demonio le había confesado sufrir ese padecimiento, y también le había dicho se había acercado a ella con el fin de encontrar una cura y un fin para ese mal.
Como siempre abandonó esos pensamientos, dejó de conjeturar, de hacerse ideas en su cabeza que así como podían ser ciertas, también podían ser falsas. Hacer ese tipo de cosas era inútil, y más que inútiles contribuían a cegar el raciocinio y el buen juicio. Ella tenía que mantener su mente despejada de cualquier cosa, persona o pensamiento, para de esa manera, tomar una decisión coherente.
Después de ahogar un bostezo con el revés de su mano se levantó de la cama y caminó hasta el altar donde una nueva imagen de Jesucristo había sido colocada después de que su madre encontrara la vieja hecha pedazos en un rincón, lo cual también le valió un castigo, pero eso era lo de menos. De hecho en ese momento simplemente se limitó a sonreír cuando recordó que el responsable de eso había sido Joel, y sonrió aún más al recordar el cálido y reconfortante peso del minino cuando lo cargó entre sus brazos. No sabía que le gustaban los gatos, pero ese había sido un descubrimiento agradable y un poco sorprendente.
Sin embargo, el nombre que sus labios pronunciaron en ese momento con contenido dolor no fue el del demonio con apariencia de gato, sino de aquel que tomaba la forma de un imponente cuervo.
—Eliel —dijo Amira, mientras con toda la fuerza del mundo contenía el dolor y la impotencia que sentía y que cada vez eran más difíciles de controlar. Después de eso se agachó un poco para apagar las velas, esas que debían permanecer siempre encendidas.
El día siguiente y los que prosiguieron fueron agotadoramente iguales. Peleas, gritos, discusiones, riñas, palabras mal intencionadas e hirientes... Eso se asemejaba más a un campo de batalla que a un cálido hogar. Y la cosa se ponían cada vez peor, y los ánimos rozaban cada vez más el suelo mientras el orgullo de ambas mujeres ya prácticamente tocaba el cielo. Y nadie quería cesar, y nadie siquiera se esforzaba en ceder un poco. Todo era un caos.
Con el paso del tiempo Amira había comenzado a cansarse de llamar a Eliel, lo hacía porque recordaba como de la misma manera lo había llamado cuando Abel estuvo a punto de matarla, y él había llegado rápidamente en ambas ocasiones, ¿por qué ahora era tan diferente?
Lo que la fémina no sabía era que su llamado si había dado frutos, y sin ella siquiera sospecharlo, habían liberado al demonio que tan ansiosamente esperaba. Pero pronto se daría cuenta de esto.
Una noche se despertó nuevamente algo agitada. Recordó el trato con Rauel y en eso cayó en cuenta de que si conocía al hijo del íncubo, más no su paradero. Estaba en grandes aprietos, como muy pocas veces en su vida había actuado sin pensar obligada por la insoportable sensación de pérdida. No tenía cómo averiguar dónde encontrar a ese odiado chico, e incluso cuestionó si era prudente que se acercara a él dado todo lo que le había hecho, pero de igual forma, tenía que encontrar una manera de descubrirlo, no sabía qué consecuencias acarreaba consigo no cumplir un pacto.
Ese mismo día se armó de mucho valor e ideó un plan. La única persona que se había acercado verdaderamente a Abel —o ese creía Amira— había sido Ángela. Pero así como sabía eso también sabía que a la chica no le sacaría nada sin antes poner mucho esfuerzo.
Esa noche Amira esperó que sus progenitores se quedaran bien dormidos para poder salir. Pero antes de hacerlo ella se preparó. No tenía mucha ropa cómoda, mucho menos después de que su madre le destruyera gran parte de las pocas prendas que tenía. Así que cogió una falda larga color negro y sin delicadeza alguna le pasó las tijeras reduciendo considerablemente la longitud de la prenda. Luego buscó la camiseta que más ceñida le quedaba al cuerpo. La herida en su pecho ya había sanado, pera en esa zona la piel era extremadamente delicada y todo la irritaba, por eso Amira había dejado de usar sostén, y por eso había decidido usar una camiseta bajo la blusa gris que previamente había escogido. Una vez vestida se puso calcetines y unos zapatos deportivos color blanco.
Sabía que en esas fachas llamaría mucho la atención. Su intención inicial había sido pasar lo más desapercibida posible, pero en sus condiciones tal cosa hasta le pareció imposible y tuvo que conformarse con la ropa más cómoda que encontró, que por supuesto, no era la menos llamativa. Parecía una monja rebelde con zapatos deportivos, y todo por la recatada forma de vestir a la que siempre había estado acostumbrada.
Para rematar el conjunto se amarró el cabello en una coleta de caballo muy alta. Tomó su bolso del colegio y metió algunas cosas ahí: un cuaderno y un lápiz, un cuchillo de cocina, una botella de agua, algo de dinero, su copia de las llaves de la casa y la identificación del colegio al que ya no asistía. Una vez lista, con mucho sigilo y como si fuera un vil delincuente después de un robo, Amira abandonó su hogar.
Lo primero que hizo una vez se encontró a sí misma fuera de esa prisión, fue buscar con frenética impaciencia una cabina telefónica. Esperaba que para esas horas Ángela estuviera en algún lugar divirtiéndose, tenía que ser así si la chica no pasaba en casa en lo absoluto; al mismo tiempo rogaba porque su compañera no hubiese cambiado de número telefónico, porque el número de su celular era el único que se sabía.
A pocas cuadras cerca de un mercadito local encontró lo que tanto buscaba. Después de ver con cautela en todas direcciones se adentró a esa cabina de espacio tan reducido; insertó unas cuantas monedas en la ranura del aparato y después de tomar el auricular presionó una a una las teclas numéricas hasta marcar el número de Ángela. Para su sorpresa —y alivio— la chica no tardó en contestar.
— ¿Quién habla? —preguntó, su tono de voz denotaba que había estado bebiendo.
—Ángela, soy Amira...
— ¡Perra! —espetó interrumpiendo a Amira bruscamente.
—Sé que me odias, pero ahora no tengo tiempo para eso —intentó explicarse Amira —. Tengo que encontrar a Abel, es importante.
— ¿Para qué? —inquirió molesta y a la vez interesada —. ¿Para irte a coger con él?
—Ángela, en verdad no tengo tiempo para tus celos, por favor, esto es importante.
—Y dime —siguió hablando la chica sin hacer caso de lo que Amira le decía —, es hermoso perder la virginidad con alguien tan «hábil», ¿no es así? ¡Amiga, cuéntame! Dime cómo pasó todo. ¿Te hizo gemir? ¿Gritaste su nombre? ¿Cuántos orgasmos te regaló en una noche? Debiste dejarlo agotado, porque desde ese día no ha regresado a clases. Eres una auténtica zorra, ¿lo sabías?
—Escucha por favor, Ángela —habló Amira conteniendo las enormes ganas que tenía de decirle sus cuantas verdades a su «amiga» —, esto es mucho más importante que eso, no es por lo que tú crees, no te bajé al novio, él... —Lo pensó detenidamente, decir que Abel era su hermano podía resultarle un arma de doble filo, pero de alguna manera tenía que deshacerse de los celos de Ángela, y tan apresurada estaba que no se le ocurrió ninguna otra manera —. Él... Abel es mi hermano.
— ¡Incesto! —gritó neurótica, eufórica y al mismo tiempo totalmente incrédula. No era tan estúpida como para tragarse semejante mentira —. ¿Te acostaste con tu propio hermano?
— ¡Ya basta! —Enrojeció de furia cuando recordó las imágenes que habían visitado su mente antes de que Abel comenzara a «toquetearla» tan descaradamente.
—Zorra, zorra, zorra... —comenzó a canturrear Ángela que ya estaba disfrutando el hacerle perder la paciencia a Amira.
Amira estuvo a punto de estrellar el auricular del teléfono contra la cabina, no soportaba que Ángela le hiciera perder el tiempo de esa manera. Cuando colocó nuevamente el aparto cerca de su oreja escuchó que la chica seguía canturreando estúpida e infantilmente. Se cansó y sintió su cuerpo arder en furia. En ese momento, sin poder contenerse más golpeó con el puño —de la mano que tenía libre— el cristal de la cabina telefónica. Entonces, un estruendo que fácilmente podía reconocerse como un trueno, caló sus oídos e hizo que sintiera temor, lo que menos quería era quedarse paralizada ahí dentro, pero pronto notó que su cuerpo no se había paralizado, de hecho tenía la movilidad de siempre. Aun con el auricular en mano se asomó fuera de la cabina y observó el cielo: todo despejado. ¿Había sido en realidad un trueno? No le dio importancia, no había tiempo para eso, en su lugar insertó par de monedas, para poder seguir hablando.
— ¿Ya te cansaste de comportarte cómo estúpida? —preguntó Amira, ante lo cual Ángela se quedó en silencio —. Muy bien, ahora escúchame o juro que iré a buscarte a tu casa para darte la paliza de tu vida.
— ¿Quién te crees eh...?
— ¡Cállate! —espetó Amira ya sin paciencia alguna —. Ahora me dirás si sabes en dónde vive Abel.
—No lo sé —contestó la molesta chica ausentemente, como si a propósito quisiera hacerle saber a Amira que en realidad sí sabía pero que no quería decirle.
—Ángela, paciencia es lo que menos tengo en este momento pero con gusto salgo a buscarte para darte lo que mereces. ¡No estoy jugando! ¿Entiendes? —Ángela nuevamente se quedó en silencio —. Dime lo que sepas, lo que sea...
—No me dijo nada —tartamudeó la ebria chica —. La mayoría del tiempo sólo me preguntaba cosas sobre ti, por eso me enfurecí tanto, odio cuando no me prestan atención, pero no me tomes a mal, Abel es un bombón pero eso no quiere decir que estoy enamorada de él, sabes que yo no soy así, sólo quería que me vieran con el chico nuevo, nada más.
— ¿Qué te preguntaba sobre mí?
—Ya sabes, cosas... Qué desde cuándo te conocía, en dónde vivías, acerca de tu familia; ya sabes, ese tipo de cosas personales... —Al darse cuenta de lo que decía, y dejando a un lado su embriagues, Ángela se percató que esas eran preguntas demasiado personales, y en ese instante consideró las palabras de Amira; tal vez la chica no mentía y verdaderamente eran hermanos.
— ¿Sabes en dónde vive?
—Le pregunté una vez pero no me contestó en serio, la mayoría de las veces jamás me contestaba nada...
— ¿Pero te dijo algo? Es importante, Ángela.
—Sí, lo tomé por mentira pero...
Ese había sido un error que Abel había cometido sin percatarse de ello. Para Abel, Ángela no era más que una molesta y malcriada chica, por eso la trataba de manera tan despectiva, aunque el hechicero era tan engreído que trataba despectivamente a todos porque se sentía superior en todos los aspectos. Fue por eso, que dudando de la inteligencia de la fémina, le dio la dirección casi exacta de dónde vivía creyendo que la chica era tan predecible que no le creería, de hecho, Abel pensaba que de dar esa dirección a cualquiera persona nadie lo tomaría en serio. Y en esa ocasión no se equivocó, Ángela tomó todo como una broma, así que desistió y dejó de preguntarle esa, y muchas cosas más, dado que el chico o bien se quedaba callado y no contestaba, o bien contestaba con mentiras o bromas. Pero ahora que lo pensaba bien, ¿qué sabría alguien que recién llegaba a la ciudad sobre una zona tan antigua de la misma? Sobre todo cuando nadie se atrevía a hablar de ese lugar.
— ¡Dime!
—El barrio antiguo, el que está lleno de casonas abandonadas, ese que estaba aquí antes de que la ciudad fuera fundada y que no pudieron demoler porque cada vez que lo intentaban algo le sucedía a la maquinaria y a los obreros... Sabes bien que nadie vive ahí, de vez en cuando utilizan las casonas para fiestas, o vagabundos y drogadictos se apoderan de esos lugares para descansar o drogarse, pero aparte de eso nadie vive ahí, lo sabes Amira, es de locos ir a meterse a semejante lugar.
—No me queda de otra... —susurró Amira, la chica al otro lado no logró escucharla —. ¿te dio la dirección exacta?
—No, porque como te digo, lo tomé por broma —Ángela titubeó —. ¿Irás?
—Sí, gracias por todo, Ángela, nos vemos luego —Amira sintió que mentía, no sabía si eso sería posible.
Ahora que tenía una idea de a dónde ir a buscar a Abel comenzó a sentirse muy nerviosa. Tenía que irse caminando hasta ese lugar y quedaba muy retirado, no llevaba suficiente dinero consigo y no podía tomar un taxi, además de eso, nadie en su sano juicio la llevaría a un lugar tan peligroso a esas horas de la noche, adicional a eso ni siquiera se sabía los nombres de los barrios que colindaban con dicho lugar, así que tampoco podía pedir que la dejaran cerca. Tan ajetreada cómo estaba no se le ocurría nada.
Amira tomó una gran bocanada de aire, buscó dentro de su bolso y tomó el cuchillo de cocina que había guardado ahí. Era tremendamente estúpido pensar que podría defenderse de alguien —o de algo— con tan insignificante utensilio de cocina, y no era que no tuviera filo, simplemente pensó que hubiera tomado mejor un cuchillo de carnicero o algo similar, igual ya era demasiado tarde para pensar en eso. Tampoco iba con una actitud provocativa, no quería encontrar problemas quería evitarlos a toda costa, sólo necesitaba comprobar con sus propios ojos que efectivamente Abel se encontraba ahí.

Rauel no estaba precisamente feliz de visitar nuevamente ese lugar, ver a la mujer que alguna vez amó —o creyó amar— ahora le causaba pena y hasta repugnancia. Se preguntaba cómo había caído tan bajo, y se prometió al mismo tiempo jamás cometer semejante estupidez.
Tenía que idear un plan para entrar a la casa con Eliel a cuestas, por eso es que había esperado durante buen rato, no quería andar por ahí a plenas luz del día con un atractivo hombre a cuestas, no tenía el poder suficiente para esconder a ambos. El demonio seguía inconsciente o dormido, no distinguía diferencia entre ambas cosas pero tampoco podía afirmar abiertamente que fueran lo mismo; pero sin duda eso le facilitó un tanto las cosas.
Ya una vez frente a la casa de Amira, se adentró sigilosamente sólo para descubrir que la chica no estaba ahí. Eso lo molestó, por supuesto, pero también encendió su curiosidad. ¿Por qué una inocente chica de diecisiete años estaría fuera de casa cuando casi eran las dos de la madrugada? Podría ser que de inocente no tuviera nada, después de todo, ¿quién en su sano juicio se involucraría tan abiertamente con todo tipo de demonios? Lo que más le extrañó fue no haberse percatado del momento en que la fémina había abandonado el lugar, sobre todo porque se había asegurado de permanecer cerca. Y por esto y por otras cosas más lamentó no tener ninguna otra forma para contactarse con la chica, y en el apresurado desenvolvimiento de los acontecimientos olvidó que sólo tenía que decir su nombre, la sangre de ambos al momento de sellar el pacto creaba una especie de vínculo entre ellos que los dejaba «conectados». Pero Rauel había olvidado esto, porque jamás había disfrutado el servir a un humano de esa manera y por tanto, raras veces realizaba pactos.
—Mi señor —Rauel agitó un poco su hombro para despertar al poderoso demonio que llevaba apoyado sobre éste. Tuvo que realizar el mismo esfuerzo en repetidas ocasiones hasta que hizo que Eliel recobrara parcialmente la conciencia —. La humana no está aquí...
Eliel se puso de pie, cerró los ojos y sin moverse recorrió todo el lugar. Efectivamente, Amira no estaba en ninguna de esas calurosas habitaciones lo cual le extrañó. Tomó un respiro y a pesar de que el lugar estaba sumergido en unas absorbentes tinieblas fue capaz de ver sus brazos lastimados. Estaban quemados y tenían ampollas que él mismo se había hecho, aunque no a propósito, había sido un efecto secundario del magnífico despliegue de demoniaco poder que le había regalado a Krystel. El cuerpo humano era demasiado frágil, demasiado débil, y no era capaz de soportar a totalidad su magnificencia.
El demonio caminó hasta la habitación de Amira, la vio hecho un caos y se preocupó, ¿le habría pasado algo?, ¿por eso Amira lo había llamado con tanta insistencia? En eso reconoció el olor dejado por la esencia de Joel y —como si fuera verdaderamente posible— se enfureció aún más.
Recordó el lugar en donde Amira había escondido su ropa y la buscó. Con algo de agua limpió sus heridas, por supuesto que podía sanarlas, pero no quería desperdiciar su energía en esas cosas, tenía otras prioridades.
— ¿Cuáles fueron las condiciones del pacto? —Le preguntó Eliel a Rauel una vez que se hubo cambiado. El íncubo se quedó en silencio, no era su obligación revelar tal cosa —. ¿Quieres quedar igual que Krystel?
—Mi señor debe saber más que nadie, que si me mata, me llevaré a Amira conmigo; después de todo mientras los involucrados no hayan cumplido con su parte, el pacto de sangre permanecerá intacto sin importar el lugar en que nos encontremos, de hecho, una estará ligado al otro hasta que dicha promesa se cumpla.
— ¿Y quién dice que Krystel está muerta? —Rauel se dejó de juegos y decidió que lo mejor sería hablar, más valía seguir fingiendo humildad que perecer por prepotente —. Eres estúpido íncubo, olvidas el vínculo...
— ¿Vínculo? —inquirió Rauel algo confundido —. ¡Ah! Lo había olvidado mi señor y por eso me disculpo, mi incompetencia ha sido tal que me ha dejado como un completo idiota frente a usted, simplemente supuse que la humana estaría aquí, después de todo esta casa es para ella más una prisión que un hogar, por eso yo...
—Déjate de palabrería, sucio íncubo, llámala y sabrás en dónde está.

Amira se detuvo en ese momento, sintió que alguien había pronunciado su nombre, pero por temor a parecer demasiado obvia siguió su paso y miró tras su hombro lo más delicadamente posible. No vio a nadie tras de sí y eso le quitó un enorme e inquietante peso de encima. No sabía cuánto tiempo llevaba caminando, pero supo que su resistencia física era deplorable porque ya estaba muy cansada, estaba sudorosa y respirar se le hacía cada vez más dificultoso y pesado.
Mucho menos sabía qué hora de la madrugada era. Simplemente se había enfocado en caminar con mucho cuidado, escondiéndose entre las sombras cuando escuchaba a alguien a hablar o cuando sentía pasos relativamente cerca. Lo cual se le hacía especialmente difícil precisar, algunas veces por la intromisión de su propia y turbulenta respiración, y otras, porque el viento ululaba de manera misteriosa, casi tenebrosa. Pero todo esto en lugar de mermar la determinación de la chica más bien la alimentaba. El paisaje sombrío y silencioso por ratos, era algo con lo que definitivamente no estaba acostumbrada y reconocía que eso lo atemorizaba, pero luego recordaba que ella había estado en situaciones mucho peores, no tenía por qué tenerle miedo al murmullo del viento.
Se acercaba a un cruce doble cuando enseguida reconoció las voces de varios jóvenes que seguro venían de beber de algún bar o discoteca, o de «bandalizar» algún edificio. Se detuvo en seco y sin pensarlo mucho le dio una rápida mirada a su alrededor con la clara intención de buscar en lugar en donde refugiarse, lo que menos quería era meterse en problemas innecesarios. Amira divisó a los lejos un enorme contenedor de basura pegado cerca de un edificio de apartamentos y, con un rápido cálculo mental, sopesó si le resultaba viable refugiarse ahí dado que los chicos sonaban cada vez más cerca y parecían venir en esa dirección. Sin pensarlo mucho más, y sin importarle lo agotada que estaba, corrió hasta el contenedor de basura, pero su desdicha no pudo abrirlo porque estaba bien asegurado con un enorme candado.
Amira ya no tenía tiempo, no podía retroceder. El enorme recipiente de metal, sin embargo, creaba una sombra, no era muy larga, pero supuso que agachándose, casi acurrucándose, podría refugiarse allí. Como no le quedaba de otra así lo hizo, tomó el cuchillo con mucha fuerza y se puso en cuclillas bien pegada a una de las esquinas del contenedor con la espalda contra la pared; después de eso se obligó a mantener la calma y a moderar su pesada respiración.
—La muy zorra me dejó plantada, yo ya había comprado condones y todo, la perra incluso me había dicho que me la chuparía, y luego me sale con que su papá la había castigado... Por eso es malo querer cogerse a las niñas «buenas», serán preciosas pero son todas muy estúpidas... —relataba uno de los jóvenes, como Amira no los veía no fue capaz de precisar su edad, ni nada parecido, y ni le importaba, sólo esperaba a que los chicos se alejaran rápido.
—Pero la chupan como nadie, ya sabes, como tienen que conservar las apariencias te la maman para que no tengas que cogértela, y bueno en lo personal eso me basta por un tiempo... ¡Pero a mi amigote no! —rió a carcajadas otro de los jóvenes que tenía la voz más grave.
Amira escuchaba todo aquello, y le pareció extraño que en las voces, en lugar de ir desvaneciéndose, se escucharan cada vez más cerca.
— ¡Epa, epa! Espérenme un rato, tengo que descargar el tanque.
Conteniendo la respiración esta vez escuchó pisadas tambaleantes pero fuertes en su dirección. Abrió bien los ojos, estaba oscuro, la escasa iluminación sin duda dejaba mucho que desear pero en su situación era algo ventajoso. Casi frente a ella, y sin que nadie la notara, el chico sacó su miembro, tal vez él no podía ver a Amira, pero Amira bien podía verlo a él, y arrugó el entrecejo al ver semejante asquerosidad, pero siguió obligándose a mantener la calma, aunque eso significara ser mojada por los inmundos orines de un vago.
— ¡Epa, epa! Chicos...  —canturreó el joven mientras realizaba sus necesidades fisiológicas, se notaba que estaba ebrio —. Aºlgo se mueve aquí...
— ¿Un elefante rosa? —Carcajearon los otros tres que lo esperaban.
—Más bien un gatito perdido, qué dicen, ¿lo atrapamos y le prendemos fuego?
—Como cuando éramos niños —masculló el más ebrio de todos, era un milagro que aun pudiera hablar y mucho más que aun pudiera caminar —. Lo degollamos y esperamos a que se desangre... ¡Qué divertido!
— ¡Epa, epa! —dijo el joven cerrando la cremallera de su pantalón... creo que es...
Y se acercó tanto que a Amira no le quedó otra que ha echarse a correr. Los borrachos amigos ni cuenta se dieron de lo que había sucedido, pero cuando vieron a una chica corriendo, más por el desequilibrio que le causaba el alcohol a su raciocinio, que por iniciativa propia, decidieron seguirla.
Amira corría, otra vez se había metido en problemas por su incompetencia, aunque desde un inicio había imaginado que tarde o temprano tenía que toparse con un grupo de vagos o de borrachos, más en la zona de la ciudad que se encontraba. Se lamentaba por no haberse ido más preparada, incluso pensó que mejor hubiera esperado a reunir algo de dinero para pedirle a un taxi que la dejara cerca, tal vez también hubiese sido mejor transitar por esos lares en horas más accesibles y no en plena madrugada. Pero se había cansado de esperar, y por eso terminó haciendo las cosas sin pensarlo demasiado. Aparte de eso se, le hubiese dificultado mucho más salir de la casa en la mañana o en la tarde, y de conseguirlo hubiera terminado llamando mucho la atención, ver a una chica sola, y mal vestida acercarse a esos lugares, era demasiado sospecho.
Igual ya era demasiado tarde para lamentarse, en ese momento tenía que enfocarse en correr lo más rápido que sus piernas le permitiera y encontrar un lugar seguro en donde refugiarse. Pero no fue capaz de tal caso, antes de llevar a cabo ese plan sus extremidades la traicionaron y cayó de bruces hiriendo superficialmente su costado derecho con el cuchillo que llevaba en la mano, entonces supo que por algo había llevado esa pequeñez en lugar de uno más grande, las cosas sucedían por una razón.
— ¿Una chica? —Se preguntó a sí mismo el primer chico en alcanzarla — ¡Una chica!
Los chicos comenzaron con su mediocre muestra de intimidación, y lo hacían de una forma que no se necesitaba ningún estudio científico para afirmar que el homo sapiens verdaderamente descendía de un primate. Enseguida los cuatro ebrios rodearon a Amira y comenzaron a ofrecerle desde miradas llenas de incredulidad hasta unas llenas de lujuria y perversión. Estas últimas llegaron a atemorizarla verdaderamente, no volvería a pasar por eso. ¡Primero muerta!
Apretó el cuchillo con más fuerza y viendo que los chicos se limitaban a corretear a su alrededor, Amira se puso de pie y los quedó viendo detenidamente. Los cuatro eran altos y fornidos, probablemente deportistas descarriados o delincuentes muy bien entrenados, aunque eso era lo de menos en ese momento. Todos presentaban distintos grados de ebriedad, pero igual todas conseguían asustarle. De nuevo se encontraba ante una de las tantas ironías de la vida, ¿cómo era posible que le temiera más a un simple humano que a un demonio? Se mentalizó después de tener ese pensamiento, era hora de escapar. Pero para ese entonces fue demasiado tarde. Los cuatro chicos de abalanzaron sobre ella, la tiraron al suelo cada uno se dedicó a sostenerla de cada una de sus extremidades.
— ¡Epa, epa! Es bonita... —dijo uno que ya parecía potro en celo, su voz así lo delataba.
Amira recordó lo que le había dicho su madre acerca de su maldición. ¿Acaso se había referido a eso? ¿Acaso no había manera de huir una segunda vez de ese destino que parecía acecharla sin descanso? ¿Acaso era su destino ser violada al igual que lo había sido su madre? ¿A ese tipo de maldiciones de refería? Recordó que algo de eso habían hablado en una de las clases teológicas que cursó en el instituto. Había ciertas maldiciones según algunos libros de la biblia, que perseguían a las familias durante generaciones; estaban las de divorcio, las de incesto, las de enfermedad, las de muerte, entre muchas otras. ¿Acaso era todo eso verdadero? ¿Acaso no había manera de evitarlas o de sacárselas de encima?
La jovencita miró al cielo muy asustada, pero no porque creyera que allá arriba residiera algún dios misericordioso y omnipotente. Nada de eso. Vio el cielo porque se mostraba infinitamente oscuro y esa tremenda y profunda oscuridad le recordaba la basto mundo que se encontraba escondido tras las negras iris de los ojos de Eliel. De pronto en el demonio era en lo único que podía pensar.
Y habría seguido pensando en él si no hubiese sentido las manos de esos bárbaros profanar su cuerpo. Sin pensarlo mucho, miró los ojos de cada uno, pacientemente, como en cámara lenta, como tratando de encontrar algo de bondad ahí, algo de misericordia. No encontró nada, ni siquiera sabía por qué había intentado buscar algo ahí para empezar, desde un inicio debió suponer que sería inútil.
—Yo primero —dijo alguien. Y eso empezó una acalorada discusión. Discusión que le dio el tiempo a Amira para armarse de valor. Tenía que llegar al barrio antiguo como diera lugar, tenía que encontrar a Abel y después llamar a Rauel, y así tendría de vuelta a su demonio, todos felices, no dejaría que unos insignificantes humanos arruinaran sus planes.
Asustada, pero llena de seguridad, se abalanzó sobre uno de ellos y lo apuñaló a un costado, donde sabía el daño no sería muy considerable. El chico dejó escapar un lastimero alarido que acabó enardeciendo a los demás chicos, quienes enseguida volvieron a lanzarse encima de la chica.
— ¡Perra!
La golpearon con fuerza en el estómago y en el rostro. Pero Amira, en lugar de doblegarse por el dolor pensó: las he tenido peores. En ese momento su mente se puso en blanco, y sin que nadie ahí lo esperara, un estruendoso rayo cayó cerca de ahí, a unos cuantos metros, dejándolos a todos bastante perplejos y confundidos. La vieron, y quién sabe qué vieron en el rostro de Amira que rápidamente se sintieron atemorizados.
— ¡Váyanse! —gritó Amira.
Y los chicos corrieron como perros apaleados, sin siquiera ver atrás.
La chica no entendía del todo lo que había sucedido. Miró nuevamente al cielo y lo vio igual de despejado, no parecía que iba a llover ni nada parecido. Eso era extraño, pero no se atrevió a llevar sus pensamientos más lejos, en lugar de eso, se levantó, se limpió y siguió caminando.
En un punto de su aparentemente eterna caminata, se detuvo y volvió a ver hacía el cielo seguía despejado, pero aun así su cuerpo se sentía extraño. ¿Podía ser que en algún lugar cercano estuviera cayendo alguna tormenta eléctrica o algo parecido? ¿O acaso era fresca brisa de la madrugada combinada con el sudor de su cuerpo la que la hacía sentirse tan extraña e incómoda? Podía ser que de los nervios se estuviera inventando todo, o también que el encuentro con los chicos la hubiera dejado más indispuesta de lo que quería aparentar y creer. Fue en esa breve pausa que hizo que recordó que se había lastimado, había sido un corte superficial pero como bien había aprendido no había que tomar ningún golpe a la ligera, sin importar lo insignificante que pareciera.
Buscó colocarse bajo de una las lámparas del escaso y pobre alumbrado público para poder apreciar mejor la herida; aun sangraba. No llevaba nada que pudiera usar como vendaje, que no fuera muy profunda no era garantía de que dejaría de sangrar pronto. Buscando el cobijo, esta vez de la oscuridad, Amira se quitó la blusa gris y después la camiseta blanca que llevaba bajo ésta. Con el cuchillo hizo jirones dicha camiseta y precedió a vendar el corte, una vez lo sintió bien colocado —el vendaje— se colocó la blusa y siguió caminado. No se encontró más contratiempos y, sin problema alguno, llegó al barrio antiguo.
El lugar estaba sumido en una absorbente y macabra oscuridad, aparte del ulular seco y taciturno del viento, se escuchaba el canto de algunos insectos, grillos sobre todo, también el murmullo de algunas aves nocturnas y el aullido de algunos cuantos perros, callejeros sin duda alguna. Lamentó no llevar una linterna consigo, pero pensó que tampoco sería buena idea, llamaría demasiado la atención.
Se quedó de pie ahí, tanteando lo que debía hacer a continuación. No veía nada, no podía entrar como si nada a un lugar que casi nadie se atrevía a visitar, y quienes se atrevían no eran precisamente el ideal de ciudadano modelo. Pero había llegado tan lejos que le parecía un verdadero desperdicio. ¿Por qué no había llevado una linterna consigo? Era tan estúpida, tan pero tan inocente, y había vivido bajo tiempo protegida en esa aparentemente inquebrantable cajita de cristal, que conocía poco, o más bien nada de los verdaderos peligros que ofrecía la vida.
No tenía tiempo para aquello. En lugar de lamentarse tenía que encontrar una forma de entrar ahí, porque no sabía nada, muy bien su vida podía estar en peligro, ¿qué pasaría si Rauel cumplía con su parte del trato y ella no? No tenía ni la más remota idea, ese era un mundo que también desconocía.
Levantó la cabeza y miró al cielo una vez más... Sí tan sólo estuviera relampagueando..., pensó, casi suplicó. No importaba la fuente de luz, sólo quería algo que levemente iluminara su camino. Y como por arte de magia ahí arriba lo encontró. Primero fue como un leve y casi imperceptible destello, pero pronto éste se vio acompañado de otro y otro y lo hacían con tanta frecuencia, que ahora podía apreciar el camino frente a ella, ya no le pareció tan macabro ahora que sabía en dónde colocar los pies.
Tomó una gran bocanada de aire, lo que hizo que sintiera algo de malestar en el costado, pero sin más, siguió caminando. Seguía caminando sí, pero eso no quería decir que estuviera segura del todo. ¿Por qué no pensó salir de su casa una o dos horas antes del amanecer?, así no lo hubiera tenido tan difícil.
¡Basta Amira!, se reprendió a sí misma, de nada valían los «si hubiera» ahora lo importante era seguir su camino.
Y si le pareció de la nada que con sólo desearlo había comenzado a relampaguear, más extraño le pareció el hecho de que, entre más caminaba, más se iluminaba todo. Y si alguna vez temió demorarse mucho en encontrar la casa de Abel, también supo en ese entonces que eso ya no sería problema. Porque por alguna razón, de entre todas esas casonas destartaladas, había una que se mostraba en buen estado.
Amira se detuvo frente a la enorme casa de tres plantas. La puerta era enorme de madera de un color cobrizo, estaba tallada con algún intrincado diseño, muy al estilo de las películas épicas. La distancia entra la entrada y el lugar en dónde se encontraba estaba alfombrada por un delicado y verde césped, no había más nada, ni flores, ni estatuas, ni fuentes... nada. ¿Por qué podía ver esa casa mientras las otras estaban sumidas en la oscuridad?
Tomó aire y miró a ambos lados. No tenía que entrar a la casa, sólo tenía que corroborar —de alguna manera— que Abel se encontraba ahí. Por eso se decidió a dar el primer paso, y cuando pensó que estaba lista se topó con algo que jamás habría esperado.
La enorme puerta doble se abrió de par en par, una adorable niña pelirroja salió de lugar y corriendo se tiró a los brazos de Amira y la abrazó y la llenó de beso.
—Hermana... —escuchaba Amira que la niña decía, y eso la desconcertó.
— ¿Hermana? —preguntó Amira sintiéndose muy descolocada, fuera de lugar.
— ¿Puedes entenderme? —preguntó Cielo sorprendida —. ¿Entiendes mi Idioma?
— ¿Idioma? —Amira la vio aún más extrañada —. Si por idioma te refieres al idioma español pues sí, lo entiendo perfectamente.
—Pero yo no puedo hablar, soy muda, sólo hago sonidos raros que nadie jamás entiende...
—Estás hablando en perfecto español...
Ambas se miraron sorprendidas. Algo ahí estaba mal... o bien; no sabían precisar. Ni siquiera tenían idea de lo que estaba pasando. Y cuando la cosa no podía ponerse más extraña, un anciano de barba largo apareció y la invitó a pasar.
—Mi niña —se dirigió a Amira —, no sabía que vendrías por voluntad propia.
—No entiendo—expresó Amira con desconfianza.
— ¡Abel! —gritó el viejo —. Tienes visita...
Enseguida Amira supo que estaba en serios problemas, sin querer se había ofrecido a si misma al enemigo, y en bandeja de plata.


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