LFDI Capítulo 11: Ira.


Capítulo 11:
Ira.

—Que no te dijo tu mami que no debías hacer tratos con demonios. —dijo Joel. Con suculenta delicadeza rodeó con sus manos la cintura de Amira y dejó descansar su mentón sobre el hombro de la chica —. A mi hermano no le gustará para nada.
—Eso es lo de menos —titubeó Amira —, además lo hago por él.
—Entonces Rauel, ¿qué dices? —Sonrió sensualmente el demonio —. Seamos honestos, desde hace mucho lo buscas y no lo has encontrado, y para ser sincero, ni yo tengo la menor idea de dónde puede estar.

Rauel se quedó en silencio. Si bien la oferta era demasiado tentadora había algo que no terminaba de encajar. Primero, el trato que tenía con Joel era que él mismo le iba a llevar a Amira, en lugar de eso el íncubo se vio sorprendido cuando vio a la chica llegar con el demonio quien supuestamente no tenía ni idea de quién era ella. Le había mentido, aunque eso era algo que debió esperarse, más cuando Joel se lo había advertido con anterioridad: nunca nadie dirá la verdad, en cambio la transmutaran y la convertirán en mentiras con el único propósito de manipularte.
Eso era lo que parecía que estaba haciendo Joel, estaba manipulando a todos a su alrededor y lo hacía fingiendo ignorancia. Podía decir que no sabía en dónde se encontraba su hijo, pero Rauel supuso que en eso también estaba mintiendo.
—Acepto —dijo el íncubo después de pensarlo un poco —. ¿Cuáles son los términos?
—Es sencillo —contestó Amira sacudiéndose a Joel de encima —. Tráeme a Eliel y yo te llevaré con tu hijo.
Entonces Amira se volteó y buscó la mirada de Joel, éste, en un impulso, tomó la mano de la chica y mordió uno de sus dedos, el cual casi inmediatamente comenzó a sangrar. Rauel miró la escena un tanto sorprendido para después deslizar su mano bajo su chaqueta, extrajo una pequeña navaja del bolsillo interno y procedió a cortar su mano.
—Y así se cierra este trato —dijo Joel juntando las manos de Amira y Rauel.
Joel sonrió. El trato entre Rauel y Amira era algo que él mismo podía deshacer fácilmente. Lo que le causó extremo placer fue descubrir que el trato entre Amira y su hermano no eran tan fuerte como él había creído, dado que no se había hecho el pacto de sangre.
Amira miró su mano ensangrentada y estaba a punto de limpiarse en su ropa cuando Joel tomó su mano y él mismo la limpió con un pañuelo blanco que anteriormente había sacado de su bolsillo. La chica no pudo evitar sonrojarse, admitía abiertamente que Joel era un pesado engreído, pero también tenía su lado amable.
—No terminas de convencerme —comentó Amira. El cielo aún seguía oscuro pero ya estaba despejado por lo cual una infinidad de estrellas podían apreciarse —. Sabes en dónde está Eliel y en lugar de decirme me llevas con un íncubo y me obligas a hacer un pacto con él.
—Pero yo jamás te propuse tal cosa, ¿no es así? Fue a ti a quien se le ocurrió semejante idea, no me culpes ahora.
—Como quieras —suspiró agotada —, no tengo deseos de pelear contigo, sólo quiero llegar a casa, sólo quiero descansar...
En ese instante sintió que su cuerpo flotaba, buscó frenéticamente la figura del demonio cuando sintió sus fuertes brazos proteger su cuerpo, en la confusión no fue capaz de reaccionar y apenas pudo apreciar algo, así que se sorprendió cuando de la nada, se encontró a su misma dentro de su habitación.
—Entonces descansa —susurró Joel, quien yacía acostado a su lado —. Te haré compañía el resto de la noche.
—No es necesario —se rehusó —, no me hace falta tu compañía, ya estoy acostumbrada a estar sola.
—Eres necia.
El demonio se levantó de la cama y se quitó la chaqueta negra que usaba, luego se desabotonó a medias, la camisa de seda blanca que llevaba bajo ésta. En su rostro claramente se podía apreciar una mueca, estaba maldiciendo en silencio.
—El cuerpo humano es una molestia —comentó fastidiado —. ¿Cómo soportas este calor?
Amira rio abiertamente, pero después tuvo que usar ambas manos para acallar sus carcajadas, acababa de recordar que estaba en casa y lo menos que quería era que su madre llegara y la descubriera con un tipo semidesnudo.
— ¿Quieres tomar una ducha?, el agua siempre está fría.
El demonio aceptó, Amira lo tomó de la mano y lo guió hasta su vieja habitación en completo silencio.
Muchas de sus cosas aún permanecían ahí, especialmente aquella caja de zapatos en donde guardaba las flores que Eliel le había regalado. De hecho con sólo entrar en esa habitación, era capaz de percibir el cítrico aroma que éstas despedían. Pero ella no era la única, Joel también era capaz de tal cosa y arrugó la nariz claramente disgustado cuando percibió el aroma.
Ambos se hicieron camino entre un montón de cosas que permanecían regadas en el suelo: cajas, ropas, libros... En un ataque de furia la madre de Amira había despedazado casi todas las pertenencias de su hija. Había rasgado parte de su ropa, sus textos del colegio, quemado su uniforme. Y todo eso con el propósito de hacerla entrar en razón. Amira seguía preguntándose cómo era que su madre aun no la había metido al convento a la fuerza. Tal vez ella misma tenía sus dudas y no quería encerrar a su hija, o tal vez era que la fuerza que la mujer ejercía sobre ella ya no era poderosa como antes.
— ¿Te sucede algo? —preguntó Joel al notar que Amira se estaba ahogando en sus pensamientos.
—Nada, sólo pensaba... —La chica se acercó hasta la ventana que estaba cerrada y la abrió —. Vamos.
Las cosas dentro del baño eran las únicas que aún permanecían en orden. Amira sacó una toalla de un estante y se la dio a Joel. No pudo evitar sonreír, era extraño ver como un demonio se comportaba como un humano, le parecía de hecho, que el demonio era más humano que cualquier persona que ella había llegado a conocer. Y lo mismo sucedía con Eliel. No entendía porque se comportaban así.
—Tengo una duda, ¿Que el infierno no es caliente?
—Es frío —contestó Joel —, así como nuestros corazones —. El demonio llevó una mano hasta su pecho y con furia rasguñó su piel humana por sobre la seda blanca —. Por eso es insoportable tanto calor.
— ¿No te has acostumbrado?
—Hace mucho tiempo —interrumpió Joel —que no estaba tan cerca de un corazón que despidiera tanto calor. Tal vez por eso Eliel siempre permanecía cerca de ti, tal vez él se cansó de sentir frío y se dejó abrigar por tu calor.
—Mi corazón no es así como tú dices. —Amira llevó la mano hasta su pecho —. Mi corazón es frío, igual o peor que el tuyo, mi corazón está podrido, no siente nada, está vacío...
— ¿Acaso mi hermano no pudo llenarlo?
—No tuvimos el tiempo...
— ¿Puedo hacerlo yo?
—Ya déjate de juegos —sonrió —. La única fascinación que sientes por mí es la que trae consigo la fascinación que siente Eliel por mí, lo tuyo es curiosidad, ¿no querías matarme hace poco?, ¿es que ahora quieres amarme? Ya déjate de bromas.
—Nada de eso —bufó Joel —. Jamás amaría a una simple humana, no te creas tanto, mujer.
—Yo no me creo nada, ni siquiera los llamo y sin embrago prácticamente aparecen de la nada para robarme la paz. Yo no sé qué es lo que tengo que los atrae tanto, pero sea lo que sea definitivamente no lo hago a propósito.
— ¡Jáh! Engreída —sonrió el demonio extrañamente complacido.
En ese instante tomó y Amira y la metió al baño y, sin siquiera tocar la ducha, el agua fría comenzó a caer sobre ambos.
El demonio rió una vez más al percatarse de que lo que la chica le había dicho no era una mentira, el agua estaba fría, ¡y vaya que lo estaba! porque unas cuantas gotas fueron suficientes para que el demonio se olvidara del calor que alguna vez sintió.
De pronto las prendas que ambos aun usaban comenzaron a transparentarse, dejando casi por completo al descubierto el bien formado pecho y abdomen de Joel, y los maltratados pero voluptuosos senos de Amira. Al darse cuenta de esto, Amira se sintió extrañamente avergonzada, así que con un ágil movimiento intentó liberarse del agarre del demonio; cuando lo consiguió se alejó de él lo más rápido que pudo, tomó una toalla para cubrir su cuerpo y corrió hasta la ventana que había abierto con anterioridad, esa en donde Eliel solía posarse cuando adoptaba su forma animal.
Eliel jamás le había faltado al respeto y por tanto no podía afirmar abiertamente que todos los demonios eran unos libidinosos de primera; pero si podía decir que a todos los que ella conocía, —exceptuando a Eliel por supuesto— les iba muy bien ese calificativo.
Se sentó al borde de la ventana y casi enseguida su cuerpo resintió el frío aire de la madrugada, provocando de esta manera que un efímero pero placentero e inquietante escalofrío recorriera todo su piel. Por eso ella misma tuvo que frotar su cuerpo con sus manos cuando notó como su piel se erizaba. El sentir esto no le ayudó para nada, en su lugar hizo que recordara el calor que emanaba del cuerpo de Eliel y por tanto, pronto se vio entristecida ante la resiente creencia de que posiblemente no sería capaz de volver a sentir la calidez del demonio.
Sumergida en el dolor, como estaba en ese momento, Amira no se percató de la grácil figura que se acomodaba sobre sus piernas, un maullido hizo que se diera cuenta del peso y la presencia del animal y Amira enseguida reconoció a la criatura, así que después de cargarla y abrazarlo dijo:
—Me agradas más de esta forma...
El negro felino de mirada grisácea maulló nuevamente y en un acto repleto de atrevimiento, lamió los labios de la persona que lo cargaba.
—Tienes suerte de que me gusten los gatos —sonrió mientras le rascaba la cabeza al minino. Las caricias de Amira era placenteras, pero más placentero era oír el armonioso sonido de los latidos de su corazón.
«¿En qué momento dejé de temerte?», se preguntó Amira en silencio. Y Ambos se quedaron así hasta el amanecer.

Eliel estaba encadenado. No estaba encadenado físicamente, era su conciencia y raciocinio los que habían sido privados —obviamente a la fuerza— de su libertad. Aun así, estaba completamente consciente del lugar en donde estaba, y más aún, del acto que su cuerpo realizaba.
Su cuerpo se movía por inercia, presa del éxtasis que cada embestida que daba le provocaba. Bajo su cuerpo, uno más menudo y voluptuoso se revolcaba de placer con muy poco disimulo. Eliel distinguió enseguida a la mujer, esos orbes enormes, húmedos y verdes que lo miraban con lujuria no podían pertenecerle a nadie más que a Krystel. Renegó dentro de su mente con mucho enfado. ¿Qué tanto se había perdido a sí mismo? ¿Acaso había tirado su orgullo en vano al realizar esa plegaria? Eso se preguntaba, pues parecía que todo había sido en vano y que se había rebajado para nada más que para convertirse en un títere.
«Volviste a ser lo que fuiste en un inicio —bufó con cierta ironía—. ¡Eres patético!»
Si había negado su verdadera —y celestial— naturaleza había sido por que más que nada anhelaba libertad, después de un tiempo descubrió que tal cosa no existía, por lo menos no a cabalidad; pero ante tal descubrimiento en lugar de sentirse decepcionado se sintió feliz. Era la primera vez que se había atrevido a buscar su propia y única verdad, y en su momento, nada tuvo más valor que eso.
Pero ahora nuevamente se sentía aprisionado, no había nada que odiara más, prefería entregarle su existencia a la nada en ese preciso momento de ser necesario antes que seguir encarcelado dentro de ese cuerpo humano.
«Eliel»
La dulce y melodiosa voz de Amira inundó su conciencia. El color almendrado de sus ojos le iluminó, y el movimiento de esos voluptuosos labios cuando pronunciaba su nombre casi logró despertarlo por completo, pero, ¿qué era eso? ¿Su imaginación? ¿Un sueño? ¿Verdaderamente podía ser Amira quien lo estaba llamando?
Entre tanto agobio se llenó de una alegría indescriptible. El que Amira lo estuviera llamando significaba que ella seguía con vida... o que ambos habían muerto, y en su situación ambas cosas le sonaron a buenas noticias, aunque bien sabía que esto último no era así, lo usó para darse algo de consuelo, incluso los demonios necesitaban de tanto en tanto algo como esto.
Un calambre azotó su cuerpo, se sintió aún más extraño cuando escuchó a su propia voz humana soltar un alarido lleno de éxtasis. Atrapado en esa inusual prisión pudo sentir el palpitar acelerado de ese cuerpo que había usado durante décadas, así como también el errático vaivén de su pecho que denotaba una respiración perturbada.
Krystel también gimió de placer, cuando esa oleada caliente recorrió su cuerpo hizo que éste se tensara y después, se descontrolara, contorsionándose para darle la bienvenida a cada gota de la esencia del demonio que por el momento mantenía bajo su yugo. Pero no seguiría de eso modo por mucho tiempo; y era precisamente por esto que había ido en busca de ayuda, lo que necesitaba era un hechicero, ya que con el hechizo apropiado podría hacer al demonio suyo en todos y cada uno de los sentidos.
“¡¿Así es cómo me pagas?!”. Estalló Eliel furioso, aunque su cuerpo se comportaba de una manera totalmente diferente.
—Sé que ahí dentro puedes escucharme —sonrió Krystel en extremo complacida por sus hazañas —, pero te juro que llegará un día en que ni siquiera eso serás capaz de hacer.
Eliel hacía mucho había perdido la paciencia, en su plena libertad ya hubiera matado a Krystel, y no sólo eso, la habría torturado obviando por completo la poca piedad que existía en su interior. Pero una fuerza misteriosa le retenía de tal manera que sus intenciones no dejaban de ser más que eso; un pensamiento impregnado enteramente de odio, rencor y deseos demencialmente asesinos.
—Tu muñeca está muerta —dijo Krystel casi con orgullo, cómo si eso en realidad hubiese sucedido así, y cómo si ella hubiese sido la encargada de cumplir tal tarea. Se levantó de la cama y así desnuda como estaba, comenzó a pasear por el lugar —. No la salvaste a tiempo.
«¡Mientes!», se retorció el demonio en su interior, desconocía cuánto tiempo había permanecido inconsciente, pero apostaría su propia vida a que no había sido mucho.
A pesar de no tener control sobre su cuerpo humano, aun sentía la cálida y hormigueante sensación que la sangre de Amira había dejado sobre sus manos. Fue en ese instante que se percató de que podía ver sus manos frente a su rostro, sus dedos se movían como tamborileando en el aire; eso hizo que se diera cuenta de que los estaba moviendo a voluntad.
El sensual súcubo casi entró en pánico, pero se obligó a mantener la calma. De presentarse un enfrentamiento con Eliel la única manera de salir bien librada era escapando, y para hacer eso debía conservar la cordura, necesitaba que sus sentidos se mantuvieran imperturbables.
—La humana está muerta —prosiguió —, murió desangrada, yo misma la vi, presencié todo con mis propios ojos.
«Eliel»
La voz de Amira retumbó nuevamente en cada rincón de la conciencia de Eliel. Ahora si podía estar seguro de que eso en definitiva, se trataba de un llamado.
— ¡Mientes! —espetó con voz trémula pero sobrecargada de odio. Al súcubo se le erizó la piel cuando lo escuchó hablar pero igual siguió fingiendo calma.
— ¡Qué patético! Un demonio llorando por una simple humana —escupió con sorna —. Permanecer tantos siglos en este mundo terminó contaminando la verdadera naturaleza de tu ser. ¿En dónde quedó el demonio furibundo y despiadado que una vez fuiste?
—En el mismo lugar que terminarás tú si no detienes esto —contestó, luego notó que perdía movilidad pero en lugar de asustarse hizo que ganara mucha más determinación, y aunque sentía que no podía moverse ahora estaba mucho más consiente del peso de sus propias extremidades.
Trabajosa y tambaleantemente consiguió ponerse de pie, en ese momento sintió un terrible hormigueo en su espalda, y como no sabía qué era y no tenía manera de averiguarlo en ese momento, lo ignoró.
— ¿Se siente mal mí señor? —preguntó el sensual súcubo de forma petulante y, caminando muy lentamente, comenzó acercarse a Eliel. Mientras más se acercaba Krystel, más insoportable se le hacía al demonio de la mirada oscura la incomodidad en su espalda.
— ¿Por qué haces esto? —Eliel preguntó irremediablemente afectado. Ponerse de pie había supuesto un tremendo esfuerzo de su parte y ahora se lamentaba por ello, pero si seguía hablando e interrogando a Krystel era para ganar algo de tiempo; unos minutos más y recobraría la fuerza suficiente para salir de ahí moderadamente librado en el mejor de los casos, y si no sucedía así quedaría encarcelado de por vida, no tenía nada que perder.
Pero Krystel era astuta y sabía esto, sabía lo que el demonio podía y llegaría a ser capaz de hacer si ella se descuidaba aunque fuera una fracción de segundo. Fue por eso que con aprendida destreza, redujo la distancia entre ambos, aferrando sus manos a la espalda de Eliel.
—Estoy cansada que ustedes nos traten como si no fuéramos más que ratas en una sucia y apestosa alcantarilla —susurró rencorosa —, por eso te haré mío por completo, y te usaré para gobernar sobre todo aquello que dejaste abandonado.
—No puedes... —masculló Eliel, su espalda se sentía pesada, como sobrecargada.
—El hechicero que enfrentaste no es más que un niño, pero eso no quiere decir que no sea poderoso, de hecho lo es y mucho. Fue él quien, mientras estabas inconsciente, me ayudó a tatuarte un sello en tu espalda, y es por eso, y mientras así lo quiera yo, que no serás capaz de abandonar este cuerpo.
Con estas últimas palabras Krystel casi fundió sus manos contra la espalda de Eliel. El demonio no lo sabía, pero en su espalda había sido tatuado un intrincado diseño, era un circulo con varios círculos, fuera de este tenía escrito algo en una lengua ya olvidada por todos, dentro llevaba consigo pentagramas de distintos tipos. Tal cosa casi cubría poco menos de la mitad de la espalda, pero su reducido tamaño no significaba que fuera menos poderoso, todo lo contrario; ese era el sello que mantenía la conciencia de Eliel atada a ese cuerpo humano que él mismo había escogido centurias atrás, y al cual le había ganado mucho cariño al percatarse de las furtivas miradas que Amira siempre le regalaba.
Fue precisamente esto lo último que visitó la conciencia de Eliel. Amira, Amira y sólo Amira se había apoderado de sus recuerdos enteramente, pero con el orgullo tan lastimado no se sentía digno de pensar en ella, aunque no podía negar que moría por verla, abrazarla, y besarla; por sentir ese calor que había descongelado el frío infernal en el que vivía, que le había dado energías nuevas para seguir deambulando en un mundo superficial, sucio y destruido.
Oh sí, eso era amor, definitivamente era amor, no podía ser nada más, no quería que fuera nada más. No sabía si era normal o si era una señal de que nuevamente abandonaba su naturaleza. ¿Significaba que ahora quería ser humano? En definitiva no le importaría tener una reducida y efímera vida, ni que cuando esta se terminara fuera presa de torturas imposibles, castigo del mundo que había abandonado. Con tal de permanecer al lado de la chica sufriría eso y más de ser necesario.
Por supuesto no sería la primera vez que Eliel negaría su verdadera naturaleza, ya lo había hecho una vez, y sabía que podía seguir haciéndolo cuántas veces quisiera, eso era al mismo tiempo su bendición y su maldición. Pero también sabía, que dicha transición sólo podía darse en dos sentidos y definitivamente volver a ser parte del ejército celestial no estaba en sus planes, no quería volver a ser una simple en insípida marioneta, no volvería a obedecer órdenes sin sentido. Él ahora tenía poder sobre sí mismo, tenía conciencia y raciocinio, tenía el control.
Y ese poder comenzó a emerger desde lo profundo de sus entrañas, provocando que apareciera un aura maligna y negra a su alrededor, sus ojos se encendieron en un atemorizante rojo carmesí y su cuerpo comenzó a arder como si fuera el mismísimo fuego de las calderas del purgatorio el que hiciera acto de presencia.
Krystel sintió sus manos arder, parecía que el calor la calaba hasta los huesos, y eso dolía endemoniadamente. Pero a pesar de la agonía en ningún momento pasó por su mente la idea de soltar al demonio, eso marcaría sin duda alguna su perdición. Si Eliel no había perdido por completo el control era porque las manos de Krystel sobre el sello se encargaban de mantener atrapado todo su poder.
— ¿Olvidas quién soy súcubo? —dijo Eliel con una voz infernal que poco podía ser comparada a su voz habitual: masculina y serena —. ¿Sabes el castigo que te espera por ofenderme de esta manera?
—No habrá ningún castigo para mí, no regresaré al infierno. ¡De ninguna manera! —exclamó excitada y atemorizada al mismo tiempo, hacía tiempo que no experimentaba en carne propia tal grandeza.
***
Rauel caminaba ensimismado aunque con aire inconfundiblemente altanero. Así se comportaba cuando estaba solo, odiaba rebajarse cuando estaba en presencia de alguien que era más poderoso que él. Adoraba acaparar las miradas de todas las féminas, sólo era que encontrara una de su agrado para acercársele y hacer con ella todo lo que quisiera, al fin y al cabo la mujer no se negaría, jamás lo hacían.
En realidad al íncubo poco le importaba encontrar todas las semillas que había plantado a lo largo de su basta existencia. Si se había topado con una que otra, pero los había aborrecido inmediatamente pues sus ojos se habían encontrado con figuras deformes, casi cadavéricas, que despedían un hedor a inmundicia y pecado. Esto último no le gustaba del todo, esas criaturas horribles y carentes de conciencia, no podían cargar con un pecado que no habían cometido, pero así era Su ley, así que sólo le quedaba agradecer por no ser gobernado por un ser con pensamientos tan mediocres.
Alguna vez, en algún tiempo que no lograba recordar con claridad, una criatura misteriosa lo visitó; era una mujer; una anciana de abundante cabello plateado con un par de ojos violetas y un cuerpo lleno de tatuajes. Se le presentó con mucha reverencia y eso al íncubo —que estaba cansado de ser menospreciado — le encantó. Como si fuera en rey concediendo una audiencia, Rauel le permitió a la anciana que hablara, que expusiera todo aquello por lo cual lo había buscado, la anciana no habló en lengua humana, y eso terminó fascinándole aún más, porque reconoció enseguida, la lengua de su propia tierra.
—Un ser poderoso me ha enviado —dijo la vieja en ese tan familiar lenguaje —con un mensaje —prosiguió —. Un augurio de fortuna y poder, de dominación y oscuridad.
—Continúa —pidió Rauel algo impaciente.
—Llévalo... —La voz de la anciana cambió, ya no era la voz decrépita y atormentada de un inicio, ahora era la voz masculina y tenebrosa de un ser tan poderoso que no podía transportar su existencia al mundo humano —. Llévalo contigo a las puertas del infierno y serás dueño de la mitad de este mundo, yo así lo prometo.
— ¿A quién? —preguntó Rauel con fingido respeto.
—Un ser nacerá del vientre de una virgen a la que tú preñarás, así lo he visto y yo lo veo todo, mis ojos jamás me engañan.
— ¿Cuándo sucederá tal cosa?
—Tú lo sabrás, y lo sabrás porque dentro de tu pecho comenzará a arder la llama de algo que creíste jamás llegar a sentir, así será, no lo dudes, porque mis ojos jamás me engañan, porque yo lo veo todo.
La decrépita mujer comenzó a convulsionarse, se dobló casi de manera inhumana hacía atrás, sus pies y su cabeza tocaban el suelo al mismo tiempo. Luego se levantó y se dobló esta vez hacía adelante para vomitar una sustancia pétrea de olor insoportable, eso era maldad pura, Rauel así la reconoció y fue más que prueba suficiente para aceptar que ahora estaba bajo el control de uno de los demonios más poderosos del inframundo.
Pero en los planes de ese misterioso demonio no estaba que Rauel aceptara con gozosa honestidad los sentimientos que había desarrollado por la humana de la profecía, aunque en su vanidad no se percató de esto, puesto que estaba tan seguro de su poder que jamás creyó que habría alguien con el valor o la estupidez suficiente para no obedecerlo.
Rauel dejó de acosar a Nereida una vez la hubo violado, y se alejó de ella con temor a volver a lastimarla, fue por eso que ignoró durante mucho tiempo la existencia de su hijo, pues ya casi había olvidado esa profecía que le había sido confiada tantas décadas atrás.
Pero cuando pensó que la había olvidado por completo la misma anciana volvió a presentársele, su apariencia era la misma, igual que su voz y su torpe caminar. Y así sucedió exactamente lo mismo, y así recordó la tarea que le había sido encomendada. Fue esa anciana la que le regaló la cicatriz que llevaba en su rostro.
Entonces Rauel comenzó su búsqueda, recordando una a una las palabras de la profecía, supo enseguida que el vientre virginal al que se refería, había sido el de Nereida. Fue por eso que dudó, no quería reaparecer frente a la mujer que una vez había amado y cuya vida había arruinado; pero más fuerte que el amor que una vez llegó a sentir, era el temor de lo que vendría si el nuevamente se desviaba de su cometido.
Fue fácil encontrar a Nereida, tenía su esencia muy presente, aparte de eso era muy bueno rastreando cosas, personas e incluso demonios. Bajo el abrigo de los sombras se adentró al nuevo hogar de la mujer y así presenció lo que había sido de ésta en impotente silencio. Le dolió mucho verla así, no era la sombra de lo que una vez había sido; ya no había bondad en sus ojos ni delicadeza en su andar, su voz alguna vez melodiosa y llena de esperanza ahora estaba cargada de pena y culpa.
«¿Por qué te culpas de un pecado que no cometiste?», se preguntó el íncubo dolorosamente en silencio. En eso recordó que no había conocido a persona más devota que Nereida y eso le dio la explicación que él estaba buscando: esas eran Sus leyes, y para la mujer Su palabra era absoluta.
Ridículo, total y rotundamente ridículo. ¿Por qué debía ser condenada como pecadora una mujer que en contra de su propia voluntad había sido violada? ¿Por qué a la víctima se le encerraba en la misma prisión que al victimario? ¿Por qué esas leyes eran tan injustas? Rauel jamás entendió y supo que jamás lo entendería, para empezar no quería ni esforzarse, prefería vivir con un vacío en su interior, que bajo el yugo de un Dios celoso que más que respeto reclamaba sumisión disfrazada de amor.
Nereida pareció perturbarse, como si supiera que alguien la estaba observando, y ahí, en el mismo lugar en el que se encontraba se puso de rodillas, junto sus manos frente a su rostro y en un acto repleto de devota sumisión comenzó a orar:
—No te impacientes a causa de los malignos, ni tengas envidia de los que hacen iniquidad. Porque como hierba serán pronto cortados, y como la hierba verde se secarán. Confía en Jehová, y haz el bien; y habitarás en la tierra, y te apacentarás de la verdad. Deléitate asimismo en Jehová, y él te concederá las peticiones de tu corazón. Encomienda a Jehová tu camino, Y confía en él; y él hará. Exhibirá tu justicia como la luz, y tu derecho como el mediodía...
¿Sientes mi presencia?— susurró Rauel sin que Nereida llegara a escucharlo —. Ruegas en vano estúpida mujer, nadie te escuchará, nadie te escuchó, nadie te salvó, si alguien lo hubiera hecho ahora tu vida no estaría tan destrozada. Por eso siento lastima por ti, actúas como una pecadora cuando no lo eres...
Desistió. No tenía caso, la mujer se había perdido a sí misma en las santas escrituras y en su insaciable anhelo por encontrar el perdón. Jamás entendería que ella no era culpable de nada, que ella era una simple e impotente víctima y que por tanto lo mejor que debía hacer era seguir adelante.
Rauel dejó que Nereida siguiera rezando, y se aventuró a explorar las habitaciones contiguas. Fue entonces que vio algo que lo dejó anonadado, por decir poco, un demonio ya se le había adelantado en su tarea.
El íncubo vio como Eliel resguardaba a Amira en su lecho, y sintió algo tan poderoso proveniente de ambos que sin duda creyó que esa niña era la hija que estaba buscando.
Después de tener ese encontronazo con el demonio, quien violentamente le dijo que se mantuviera lo más lejos que pudiera de la jovencita, Rauel sintió que verdaderamente estaba en problemas, no podía acercársele a su propia hija si ésta era resguardada por un demonio de tan poderosa estirpe, la situación se le había salido completamente de las manos, o eso pensó, porque de la nada recibió ayuda de donde menos lo esperaba.
Fue así como conoció a Joel, y este con un discurso lleno de mentiras lo instó a que siguiera con su cometido, aun a sabiendas que el objetivo era el equivocado, que esa niña no era su hija, que su verdadero hijo estaba oculto tras un velo bastante parecido a la corrosiva niebla. Por eso no se había dado cuenta de su paradero, por eso y porque no podía negar que sentía algo emanar del cuerpo de Amira, algo que estaba mucho más allá de su escaso entendimiento.
Ahora mismo se encontraba en búsqueda del mismo demonio al que días atrás le había temido con incontenible sumisión, obligándolo a mantener la distancia. Pero ese era el trato que había firmado, si encontraba a Eliel encontraría a su hijo y quería terminar de una vez por todas esas tediosa tarea. Su hijo no podía importarle menos, simplemente quería deshacerse del temor que traía se acechado constantemente y sin descanso por entidades demoniacas.
 Mientras caminaba con petulante galantería por las sucias calles del mercado más frecuentado de la ciudad, algo se impactó contra él y le hizo perder el equilibrio. Estaba a punto de maldecir al descuidado humano que no se fijaba por donde caminaba, cuando se percató que era una niña pelirroja con el rostro lleno de pecas. Cielo se disculpó como pudo, y puesto que no podía hablar lo hizo con señas, moviendo sus manos en ese lenguaje que Abel se había tomado la paciencia de enseñarle.
Rauel se sintió extrañamente maravillado, y por alguna razón la pequeña niña le recordó a Amira, le hija de Nereida, el velo que las cubría a ambas era casi similar, apenas se percibía alguna que otra pequeña diferencia.
— ¿Cómo te llamas? —preguntó el íncubo. Cielo agitó la cabeza en negación y llevó ambas manos hasta su boca para después seguir negando —. ¿No puedes hablar?
Cielo asintió y sonrió. Luego señaló hacía arriba, el incubo la miró algo desconcertado, pero la niña lo hacía con tanta insistencia que por fin entendió.
— ¿Te llamas Cielo?
La niña sonrió ampliamente como afirmación. Luego recogió las cosas que llevaba y que había soltado cuando chocó contra el apuesto extraño. Tenía planeado cocinarle algo delicioso a Abel para que se recuperara más rápidamente, sabía que un humano no sólo podía vivir de magia, y lo sabía porque ella misma reconocía que ella no era uno, sentía dentro de sí que era algo más aunque desconocía qué. Igual reconoció enseguida lo que era Rauel, pero como la vida le había enseñado de mala  manera era mejor que aparentara no darse cuenta de nada.
—Fue un placer conocerte, Cielo —Rauel se arrodilló y besó con delicadeza la mejilla de la niña, Cielo enrojeció al instante, quería que ese tipo de cosas sólo se las hiciera Abel aunque bien sabía que era demasiado pequeña para que el hechicero la viera con esos ojos —. Espero que nos encontremos pronto.
La niña sonrió nuevamente y se despidió, Rauel siguió su camino. Tenía que un demonio que encontrar.
Por azares de la vida o jugarretas del destino, Rauel se dirigió al mismo lugar que se dirigían todos los demonios cuando con relativa urgencia querían encontrar a alguien. Jamás si quiera supuso que cumpliría su parte del trato con tanta facilidad.
Cuando entró en el decrepito lugar lo primero que sintió fue un temor terrible, como si el mismísimo infierno se hubiera desatado sobre la tierra. Miró como Krystel, cuyo cuerpo estaba casi destrozado, seguía aferrándose con aprendida terquedad al cuerpo del demonio que él buscaba. Inmediatamente supo que eso era peligroso, no sabía qué era lo que había hecho Krystel para ofender a Eliel pero sí supo reconocer que ese había sido un error irremediablemente grande. El súcubo no tenía salvación, y aunque eran seres de la misma calaña no arriesgaría su vida para salvarla, esperaría a que todo terminara y cuando así sucediera, el aprovecharía la debilidad del poderoso demonio para llevárselo a Amira, tal como había prometido.
Mientras la unilateral batalla se llevaba a cabo y él observaba, supo enseguida que Joel nuevamente había mentido, pero esta vez no sólo le había mentido a él, sino también a la fémina que era el objeto de culto de su hermano. Algo extraño se estaba desarrollando y no sabía qué.
Eliel ardía con inextinguible odio. El rencor se había apoderado de cada una de sus acciones desplazando por completo esa pizca de piedad que había mantenido dentro de su interior pensando que algún día le sería de utilidad.
Escuchaba los lastimeros gritos de Krystel y sus gritos de piedad. El súcubo había cometido un error abismal, ningún hechicero y por tanto ningún hechizo era capaz de contenerlo, sí lograban aturdirlo durante un periodo de tiempo más o menos razonable, pero jamás, más que eso, lo sabía muy bien porque Krystel no era el primer ser que había tratado de arrebatarle su poder y por lo mismo, no era el primer ser que asesinaba cruelmente.
Eliel colocó sus ardientes manos sobre los codos de Krystel y los apretó con fuerza, obligando a que se desprendieran esas opresoras manos del sello —que aún no sabía— tenía en su espalda. Vio al súcubo con demencia y pudo apreciar como el hermoso rostro que alguna vez tuvo Krystel ahora tenía una apariencia deplorable, era como el plástico cuando se derretía. Los ojos de la mujer ya no permanecían en su lugar, sus pómulos mostraban una consistencia viscosa y virulenta, y sus labios se encontraban en el lugar en donde debía estar su mentón. Estaba muerta físicamente, pero Eliel la había tomado con tanta fuerza que no permitía que su conciencia se escapara y buscara refugio en otro cuerpo humano.
— ¡Acabaré contigo! —exclamó furibundo —, y de ser necesario yo mismo ordenaré que te torturen hasta el fin de la eternidad, tendrás lo que mereces sucio ser, lamentarás haberme ofendido. ¿Querías de vuelta al ser despiadado que siempre fui? ¡Pues aquí me tienes! —rió macabramente —. Sé que puedes escucharme ahí adentro, ¿lo sientes?, ¿sientes el temor y la desesperación? —siguió riendo —. Te encerraré en este cuerpo deforme y haré que el sufrimiento sea tu pan de cada día...
Eliel abrazó a Krystel, o lo que quedaba de ella, y en su espalda quemó con sus uñas una serie de garabatos que sólo unos cuantos podían ser capaz de entender. De esa manera el enfurecido demonio encarcelaba la existencia de Krystel en ese decrepito y malgastado cuerpo, condenándola a una vida de eterno sufrimiento entre los humanos, con una apariencia que más que humana era monstruosa. Porque Eliel sabía que la verdadera forma de torturar a un súcubo era arrebatándole su belleza, el arma que utilizaba para conseguir alimento.
—Será mucha tu hambre y tu sed, pero jamás serás capaz de saciarte, ¿qué humano fornicaria con alguien como tú? Terminarás fornicando con animales pero de ellos no conseguirás absolutamente nada. ¡Ah! Pero descuida, que yo mismo me encargaré que este cuerpo ya muerto siga manteniéndose en pie, pero será tanta la pestilencia que despedirás que nadie nunca más se acercará a ti, serás un cadáver viviente, así será mientras yo lo quiera.
—Mi señor —interrumpió Rauel, se arrodilló frente a Eliel manteniendo una distancia prudente —,estoy seguro que la ofensa contra su venerable persona debió ser muy grande y horrorosa, pero si sigue con el castigo, su cuerpo humano también sufrirá las consecuencias, y algo me dice que lo valora tanto que odiaría perderlo.
Eliel se desconcertó al escuchar la voz del íncubo y por poco estuvo a punto de saltar sobre él para imponer la ira que sentía, para demostrar que sólo un estúpido se metería con él. Pero Rauel había tocado un punto muy importante, ese cuerpo humano era el que Amira conocía, el que había abrazado, tocado y besado y no quería perderlo, le resultaría especialmente fácil hacerse de otro cuerpo, incluso de uno mejor, pero no quería hacer tal cosa, quería que cuando Amira lo viera reconociera enseguida ese cuerpo que durante décadas había habitado.
—Tienes razón —habló Eliel con su tono de voz normal —no te equivocas, este cuerpo es especial para mí. Soltó a Krystel, el cuerpo del súcubo (o lo que quedaba de él) se estrelló contra el sueño con mucha fuerza, pero en lugar de producir un sonido sólido y seco, produjo uno viscoso y asqueroso.
—Ahora si mi señor disculpa mi atrevimiento —se levantó y se acercó a Eliel —sería para mí un gran honor llevarlo con la humana que tan fervientemente espera su regreso.
— ¿Amira te envió? —preguntó Eliel desconcertado, pero entonces y poniendo algo más de atención olfateó en las manos del íncubo los restos de la sangre de la jovencita.
—Así es mi señor, y como se habrá dado cuenta, fue un pacto hecho bajo mutuo acuerdo y para beneficio de ambos... —Rauel agachó la mirada para esconder la sonrisa que se formaba en sus sensuales labios —. Pero no se enfade, que en ningún momento he tocado a su adorada humana, jamás lo haría, yo si conozco el verdadero significado de la palabra temor y además de eso conozco mi insignificancia, jamás...
Rauel no terminó de hablar. Eliel podía ser un demonio extremadamente poderoso pero atrapado en un cuerpo humano y en un mundo que no le pertenecía era poco lo que podía hacer. Además el arranque de furia lo había agotado por completo, por tanto cayó rendido a los brazos de Rauel.
—Jamás me atrevería a hacer algo en su contra, mí señor... —continuó y sonrió con malicia —. Lo llevaré a dónde se me encomendó, después de todo el destino que me espera es mucho más grande que esto...


Comentarios

  1. De verdad que amo esta historia xD es tan genial... ah pobre Eliel, ja Krystel se merecia eso y mas, bueno espero que publiques pronto...hasta luego n_n

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