LFDI Capítulo 10: Tratos.


Capítulo 10:
Tratos.

Amira aún no se acostumbraba a una vida sin Eliel. Un par semanas habían pasado y el demonio seguía ausente. Sus días habían regresado a la normalidad y eso no era muy de su agrado. Parecía muerta. En su estado actual no habría supuesto diferencia alguna si Abel o Joel la hubiesen matado, no cuando parecía que vida era lo que menos tenía.
Su madre apenas la dejaba salir, de hecho, no la dejaba hacer nada. Amira comenzó a levantarse muy tarde por las mañanas y a dormirse muy tarde por las noches. El instituto se convirtió en una gran «NO» para ella y dejó de asistir. Según Nereida, si su hija no aceptaba internarse en un convento no tenía el derecho a ser educada en ningún otro lugar.

La mujer había recuperado su estado natural, es más, parecía haberse vuelto muchos más paranoica y llegó al extremo de cambiar de habitación a su hija. Nereida mudó a Amira a esa horrible habitación que servía únicamente para rezar y para castigar. Amira en un inicio se negó a cumplir la orden, e incluso pidió la ayuda de su papá, pero el hombre era débil, con poco poder de convencimiento y jamás se esforzaba por hacerse escuchar, así que a Amira no le quedó de otra más que obedecer a su madre, porque no quería empeorar las cosas entre ellas.
La habitación aparte de deprimente era insoportablemente calurosa. El altar seguía ahí, y durante el transcurrir del día, la madre de Amira llegaba y oraba como de costumbre sin importarle si invadía el espacio personal de su hija. Amira estaba —por decir poco —harta del incansable fanatismo de su progenitora. Lo peor era que la mujer de alguna manera conseguía vigilar cada uno de sus pasos y poco podía hacer para escapar de la insoportable mirada de su madre. Si Eliel no aparecía pronto, personalmente saldría a buscarlo. Eso se dijo a sí misma.

Abel aún seguía recuperándose, Eliel había conseguido lastimarlo de sobre      manera y poco importaba lo poderoso que él era si al fin y al cabo seguía siendo un humano, por eso siempre le habían dicho que tenía que ser cuidadoso, porque de perder su cuerpo, perdería su vida y su alma.
Un anciano con una barba blanca y extremadamente larga se acercó al lecho de Abel, su paso era torpe, lento y cansado, y le suponía gran esfuerzo poner un pie delante del otro. Al llegar a su lado se sentó y observó al joven cuyos largos cabellos rubios yacían desparramados sin orden alguno sobre la blanca almohada, sus labios descansaban inexpresivos al igual que las demás facciones de su rostro.
—Aún te falta mucho que aprender, hijo mío —carraspeó el anciano llevando la mano hasta la frente de su pupilo —. Pero sé que aprenderás mucho de esta experiencia.
 En ese momento la puerta se abrió con mucha cautela, y por ella pasó una niña que no aparentaba tener más de doce años. La pequeña vestía de manera recatado un ligero vestido de algodón, su cabello rojo contribuía de alguna manera a atenuar el sinnúmero de pecas que adornaban su rostro. La niña cargaba un libro grande y antiguo. Caminó hasta la cama y se colocó al lado del viejo, abrió el libro y las páginas comenzaron a moverse por cuenta propia. La pequeña veía semejante espectáculo como si no fuera nada del otro mundo, y cuando el libro se quedó quieto, sonrió.
—Lee, hija mía —ordenó el anciano.
La niña no habló, se limitó a asentir con la cabeza, para ese entonces la expresión del viejo se había ensombrecido notoriamente.
El lenguaje con el que la chica hablaba parecía sacado de otro universo, no se distinguía una palabra completo, mucho menos silabas y ni qué decir vocales; era más como una serie de sonidos entre melodiosos y guturales, en ocasiones daba la sensación de estar imitando el delicado canto de un ruiseñor y otras veces parecía el murmullo de varios rezos imperceptibles e inentendibles.
El viejo ahora mostraba un semblante tranquilo y calculador, la niña no mostraba expresión alguna mientras el rostro de Abel se tensaba y mostraba claramente el dolor que su cuerpo sentía.
La pequeña cerró la boca. Abel abrió los ojos y el anciano sonrió. El joven se reincorporó un poco, logró sentarse, observó a su alrededor y pronto descubrió que estaba en su habitación. Miró al anciano y luego a la niña.
— ¿Qué sucedió? —preguntó Abel sumamente desconcertado. Semanas habían pasado antes de que él recuperara la conciencia.
—Haz cometido una gran imprudencia —contestó el anciano en voz baja —y por eso casi eres asesinado por un demonio.
—Ya recuerdo. —Abel sobó su cabeza mientras una a una regresaban las imágenes de lo ocurrido con Amira y Eliel —. Tiene razón padre, ha sido una imprudencia demasiado grande de mi parte.
—Sé que no volverá a suceder —dijo el hombre y sentenció esas palabras con una mirada severa y calculadora, para luego levantarse trabajosamente de su asiento con el propósito de abandonar el lugar.
—Siento haberte preocupado, Cielo. —Abel se dirigió a la pequeña justo en el momento que el viejo abandonaba la habitación, la niña, sin soltar el libro, se acercó al joven hechicero y se dejó mimar.
Cielo era muda, aparte de la extraña lengua en la que hablaba no podía decir más nada, lo había intentado, pero las palabras normales nunca fueron capaces de deslizarse por su lengua. Abel había sentido su presencia mientras practicaba un hechizo, y gracias a eso la salvó. Cielo tenía un poder especial y misterioso y eso solo le trajo como consecuencia ser un imán constante de demonios y seres de distintas calañas.
La niña le dirigió una mirada de desaprobación a Abel, éste, sabiendo que no contaba con el apoyo de Cielo en su plan para vengarse de su madre, lo único que podía hacer para calmarla cuando comenzaba con una de sus tantas rabietas, era abrazarla y besarla. La llenaba de mimos y así a Cielo se le pasaba el mal humor.
Abel seguía cansado, así que después del breve encuentro le pidió a la pelirroja que lo dejara descansar, la niña asintió con una sonrisa, y con el libro bajo el brazo, salió tranquilamente de la habitación.
El hechicero estaba furioso, sabía que no tendría una oportunidad igual, ya había perdido el elemento sorpresa y por las malas descubrió que poco podía hacer contra al vasto poder del perro guardián de Amira. Ahora más que nunca sintió unos crecientes deseos por lastimar a su hermana. Pero esta vez por razones completamente diferentes.
Su viejo maestro, a quien él llamaba padre, le había dicho las distintas razones por las que un demonio decidía aliarse con un humano, generalmente era el humano quien, en su vanidad, creyéndose capaz de controlarlo todo, invocaba al demonio con el fin de cumplir sus más oscuros deseos. El demonio le hacía creer a la persona que tenía control total sobre él, pero raramente esa era la verdad, y cuando el demonio se cansaba terminaba con la vida de su «contratista» y se quedaba con su alma. Rara vez las cosas sucedían de manera contraria, de hecho era inconcebible la simple idea de un demonio contratando a un humano, eso sucedía simplemente cuando el humano tenía dotes oscuros, pero aun eso no era garantía de que el demonio se dejara dominar libremente.
Amira y Eliel eran un caso excepcionalmente atípico, nada en esa relación indicaba una unión con fines macabros u oportunistas, ahí nadie parecía ganar nada y el hecho de que un demonio tratara a una simple humana como a su igual ya decía mucho. Amira tenía que tener algo especial, algo que solamente Eliel con su inmenso poder y su increíble longevidad y experiencia había sido capaz de ver.
Abel se retorció sobre la cama completamente enfurecido.
—Jamás serás más fuerte que yo —murmuró para sí mismo, luego mordió su labio el cual comenzó a sangrar inmediatamente.
No entendía porque su hermana tenía que tener una vida tan placentera, no entendía porque siendo ella «nadie» era capaz de atraer a demonios de la estirpe de Eliel. Él tenía que ser el único capaz de lograr tales cosas, él era poderoso, según su maestro nadie lo igualaba, por eso no entendía, como era que su hermana tenía a un demonio a su servicio mientras él no tenía nada.
La odió tremendamente. Un enorme deseo por exterminarla comenzó a apoderarse de él por completo.
Abel no entendía muchas cosas y desconocía el tipo de maltrato físico y psicológico del que era presa su hermana dentro de esa casa. De saberlo, seguramente no hubiera comenzado a odiarla con tanta fuerza. Pero ya era demasiado tarde. Odio era lo único que sentía su corazón.
Después de ese desliz mental se retorció varias veces sobre su cama, jamás lo habían lastimado de esa manera y no estaba acostumbrado al dolor. Cielo había invocado un extraño hechizo se sanación sobre él —y varios antes de éste—. Había sido uno muy poderoso y uno que sólo la niña era capaz de invocar, sin embargo su cuerpo claramente le demostraba que no había sido suficiente. Abel estaba a punto de llamar a Cielo para que intentara otro hechizo en él, cuando de la nada sintió un dulce y provocativo aroma danzar sutilmente entre la ligera corriente de aire que se colaba de alguna manera desde afuera. En ese momento dejó a un lado su dolor. Salió de la cama con mucha prisa.
Cuando llegó abajo una seductora mujer le hacía compañía a su padre. Con cautela y sin ser visto se acercó lo mejor que pudo para escuchar.
—Habíamos dicho que el demonio se quedaría conmigo —dijo la mujer de voz sensual y hechizante.
—Si no me equivoco, el demonio yace en tu poder.
— ¡Pero su voluntad sigue intacta! —se quejó bulliciosamente —. ¡Así no me sirve de nada!
—Si lo que quieres es una marioneta entonces vete a una juguetería, súcubo —dijo el viejo con paciencia —. No es fácil manipular la voluntad de un demonio como Eliel, es casi tan imposible como hacer un trato con el mismísimo Satanás.
—Dijiste que tu pupilo lograría hacerlo y si no es por mi intervención lo habrían matado, al menos me debes eso viejo.
—Abel aun es joven e inexperto —defendió el viejo a su pupilo —, yo ya te había advertido que no sería capaz de lograrlo al primer intento. Tiempo es lo que más te sobra demonio, ten paciencia.
—Eso no es lo que quiero escuchar —replicó la sensual mujer.
—Sigues tan impaciente como siempre, Krystel. —El anciano sonrió con aire paternal, la conocía desde hacía mucho tiempo después de todo, y hasta le había cogido cariño, pero no soportaba los berrinches que armaba de tanto en tanto.
El súcubo pareció calmarse. Inhaló fuertemente y después relajó sus hombros. Comenzó, entonces, a deambular por toda la sala deteniéndose simplemente para observar alguno adorno que había llamado efímeramente su atención.
—Es irónico —dijo al fin —, que lo que ambos buscábamos lo encontráramos en el mismo lugar. No entiendo como Eliel... con esa humana —pronunció esta última palabra con mucho desdén.
—Amira es especial —anunció el anciano.
— ¡Son sólo teorías tuyas! No tienes pruebas.
—Nació de dos humanos, sí; y por tanto es humana, pero el vientre en dónde se formó no era humano, estaba contaminado. —El viejo acarició su larga barba blanca y miró al demonio —. ¿Tienes ideas de lo difícil que es encontrar un vientre así?
—Entonces necesitas a Nereida y no a Amira.
—También me gustaría ponerle las manos encima a Nereida, sencillamente encuentro fascinante que una humana común y corriente haya dado a luz a un joven con dotes tan excepcionales como los de Abel.
—Haz que alguien la preñe y listo —dijo el súcubo que no se dejaba sorprender por las palabrerías del viejo.
—Incluso si se hace eso, no hay garantía de nada.
—Tus ridículas hipótesis también carecen de garantía alguna —interrumpió Krystel —. Ante mis ojos Amira es una estúpida humana común y corriente, chicas como ellas las encuentras por montones, no sé qué es lo que ustedes le ven de especial.
—El que ella tenga lo que tú tanto quieres dice mucho —Abel mientras salía de su escondite —. Eso es lo que te molesta, ¿no es así? Mi hermana tienen lo que tú quieres y ella no tuvo que mover ni un tan solo dedo para conseguirlo, mientras tú has tenido que revolver el cielo y la tierra... Y aun no tienes nada.
— ¡Humano insolente! —exclamó Krystel completamente ofendida —. No eres nadie, no puedes hablarme así.
— Sí puedo. —Abel dejó escapar una sonrisa seductora, en silencio murmuró unas cuantas palabras, lo único que se veía era el sensual movimiento de sus labios y su penetrante mirada, luego movió su mano derecha como si dirigiera una orquesta. Krystel abrió los ojos y se dejó caer.
— ¿Qué... me haces? — sollozó aterrada, no sentía su cuerpo y por tanto no tenía control sobre él.
—Es suficiente, Abel —habló el anciano —. No es prudente que realices ese tipo de hechizos poco después de haberte topado con la muerte.
—Solo quería enseñarle unos cuantos modales a este demonio que cree que puede llegar a casa de alguien y hacer y decir lo que le plazca —contestó Abel con una sonrisa de satisfacción en su rostro.
—Si hago lo que me place es porque puedo, maldito humano, si no fuera por nuestra sangre no serías nada y hace mucho habría devorado tu insípida alma.
— ¡Basta los dos! —El anciano levantó la voz, Abel y Krystel lo quedaron viendo sorprendidos, no era común en él ese tipo de reacciones —. Estoy agradecido contigo, Krystel, por haber salvado a mí pupilo, pero al mismo tiempo estoy molesto, tuviste la oportunidad y no la trajiste, ¿por qué dejaste a Amira?
—Tenía las manos llenas viejo, era ella o tu estúpido pupilo. Además Joel estaba cerca, no podía arriesgarme, tenía que ser rápida.
Abel no recordaba haber sido salvado por el súcubo. Los últimos recuerdos en su cabeza mostraban a Eliel con cuchillo en mano, haciéndole daño a su hermana. «Borrando las marcas de mi hechizo» acertó después de haber analizado mejor las pocas imágenes mentales que aun recordaba. Después de esto, todo se volvió negro. Ni siquiera recordaba haber visto a Joel, el demonio del que Krystel se refería.
Se hundió de nuevo en un severo análisis interno, tenía que haber dentro de sus recuerdos algo más, algo que le ayudara a explicar el desconcierto que sentía o que por lo menos le ayudara a entender mejor la situación en la que se había metido. Porque por lo poco que había dicho la demonio, todo no era más que un trato entre el anciano y el súcubo.
Probablemente esa fue la primera vez que Abel se atrevía a cuestionar las verdaderas intenciones del viejo. Según habían estipulado, él tenía permiso para deshacerse de su hermana, esa era la venganza contra su madre. Recordaba que el anciano le había dicho que no se guiara sólo por las apariencias y que Amira podía parecer una chica normal, pero que él estaba seguro que no lo era.
—Padre, ¿para qué necesitas a Amira? —preguntó Abel, la conversación entre el anciano y el demonio no se había detenido, pero él se había sumido tan profundamente en sus recuerdos que no había escuchado absolutamente nada —. ¿Qué tenías planeado hacer con ella?
—No haré nada con ella, hijo mío; sé muy bien que es tu medio de venganza.
—Jamás me has dicho exactamente qué es lo que hace a Amira tan especial. ¿Tiene que ver algo conmigo?
—Ya dinos viejo, también quiero saber —intervino Krystel.
— ¡No te metas mujerzuela! —espetó Abel, Krystel frunció el entrecejo claramente disgustada.
—Hay cosas que incluso los demonios más poderosos desconocen —habló el anciano peinando ausentemente su barba —, estoy seguro de que si alguien supiera la verdad detrás del nacimiento de tu hermana, ella ya no seguiría con vida, o estaría siendo sometida a toda clase de estudios y de torturas. Pertenezco, hijo mío, a una secta que se encarga de reunir información.
— ¿Con qué propósito? ¿Por qué no sabía nada de esto?
—El conocimiento infinito es el único motor que mueve al hombre, no todo el conocimiento es útil, sin embargo han sido muchos los que han muerto en su afán por conocer todo en el universo. Así que, hijo mío, si la información que recolectamos alberga algún propósito o no, no lo sabemos hasta que el momento en sí llega, jamás antes.
— ¿Y Amira qué tiene que ver en todo esto? —Nuevamente le preguntó el pupilo al maestro —. ¿Qué es lo que la hace especial?
—Tu hermana es un milagro —contestó el viejo, levantó su mano y la movió horizontalmente, en ese instante Krystel cayó inconsciente al suelo —. Al igual que lo eres tú —prosiguió, Abel miró a la mujer sobre el suelo y después posó su vista sobre su maestro —. La razón por la que Amira es especial tiene que ver contigo Abel.
—No entiendo —sollozó Abel desesperado.
—Tu nacimiento marcó el destino de tu hermana...
— ¡No entiendo! ¡Habla de una sola vez!
El anciano vio a su pupilo y la determinación que vio en su rostro hizo que decidiera romper el más sagrado voto de su secta, el cual decía que era prohibido el traspaso de información a cualquier persona que no estuviera enteramente comprometida hacía ellos.
—Ya te he dicho, hijo mío, que cuando un íncubo preña a una mujer...
—Eso ya lo sé —interrumpió —. Continúa.
—Lo que no te he dicho y que muy poco saben es que el vientre de la mujer que dio a luz a la criatura queda contaminado, queda... infértil. No se han dado estos casos desde hace siglos, nadie que ha dado luz a un ser de este tipo ha vuelto a dar a luz, los demonios no son conscientes de este hecho por la simple razón de que, en la gran mayoría de las ocasiones, la humana muere. Por eso tu hermana es especial, ella nació de un vientre infértil.
—No estás seguro de eso, puedes estar equivocado...
—No estoy equivocado, hijo mío; y tampoco te estoy mintiendo, mis palabras son tan verdaderas como el día y la noche.
—Eso no me basta, necesito pruebas.
Abel se marchó dejando a su maestro y padre con una expresión de dolor en el rostro. No quería la verdad a medias, la quería toda, sobre todo cuando no estaba muy seguro de lo poco que había escuchado. Desde que el viejo lo acogió y lo educó jamás había escuchado nada sobre sectas antiguas o conocimientos perdidos. Para él, el anciano era un hechicero, uno muy poderoso, y con eso le bastaba e incluso le sobraba, porque estaba tan agradecido con él que jamás cuestionó ninguna de las palabras que le decía. Lo amaba, lo respetaba, prácticamente lo veneraba... Ahora ya no sabía si podía decir lo mismo.

Cielo, se veía hermosa correteando de un lado a otro en el jardín. Llevaba apenas ropa interior y un corpiño, y aunque su cuerpo distaba mucho de desarrollarse, siempre le dijeron que no era apropiado que anduviera corriendo por ahí casi desnuda. Esa era quizá, la única regla que se había rehusado a obedecer.
Cuando vio que Abel se acercaba corrió hasta él y se le tiró para abrazarlo. El joven hechicero acunó a la niña entre sus brazos y la sostuvo así durante varios minutos. Cielo no se quejaba, pero ya comenzaba a incomodarse, estaba a punto de liberarse del abrazo cuando escuchó a Abel murmurar:
—Qué bueno que no hablas, mi Cielo, no soportaría que tú me mintieras y me ocultaras cosas. —Tomó una gran bocanada de aire antes de seguir hablando —. Pensé que por fin había conocido la verdad, mí verdad, pero aquí también vivo en un engaño.
Cielo se separó un poco y con ambas manos acarició el rostro de Abel. El joven pudo leer fácilmente la expresión de la niña.
—No te preocupes, que si decido irme, definitivamente te llevaré conmigo.
La niña sonrió para luego acurrucarse entre los brazos de Abel, y así permanecieron hasta que el anciano les ordenó que entraran, porque una tormenta se avecinaba.

La única cosa que le confirmaba a Amira que estaba lloviendo era esas ligeras parálisis que sufría cada vez que caía un rayo. Los truenos apenas se escuchaban pero igual su cuerpo reaccionaba. Se cubrió el cuerpo por completo mientras esperaba que la lluvia cesara. Estaba empapada de sudor y muy sedienta, pero en su estado actual no llegaría muy lejos así que decidió esperar.
—Una habitación sin ventanas. ¡Qué horrible!
Amira creyó estar delirando. Esas habían sido exactamente las misma palabras que alguna vez fueron pronunciados por los labios de Eliel. Inmediatamente se quitó la sábana de encima y con mucha desesperación comenzó a buscar dentro de esa apenas iluminada habitación, al demonio que le había robado la tranquilidad.
Las luces de las velas que siempre estaban encendidas iluminando el altar de Jesucristo santificado, parpadearon. Una sombra comenzó a moverse erráticamente enfrente de ella y se movía con tanta rapidez que no le daba el tiempo necesario para descubrir lo que era.
Un espantoso y bullicioso rayo hizo que el suelo temblara, Amira cubrió su rostro con ambas manos en una fracción de segundo, sentía como si energía eléctrica transitara todo su cuerpo, la presión se hacía tal que incluso sus articulaciones comenzaban a dolerle. Un abrumador escalofrío hizo que sus labios temblaran para después tensarse, al mismo tiempo sentía como cada uno de los vellos de su piel se erizaban. Cuando menos lo esperó, ya se encontraba a sí misma siendo rodeada por los fuertes y protectores brazos de algún ser misterioso, porque en un inicio había pensado que era Eliel, pero después de recibir el abrazo supo que no lo era.
—Estás bañada en sudor —dijo Joel con un tono de voz difícil de descifrar, las palabras parecían despedir odio y sensualidad al mismo tiempo.
— ¿Vienes a matarme? —preguntó Amira que parecía no verse afectada por la visita sorpresa —. Parece que fue ayer que me dejaste estas marcas en el cuello —. Ladeó un poco la cabeza y claramente saltaron a la vista unos pequeños cardenales púrpuras.
Joel aprovechó el descuido de la jovencita y. en un arrebato de furia y lujuria combinada, besó apasionadamente el cuello de Amira.
— ¿Quieres otro tipo de marcas? —preguntó el demonio, su aliento hizo que la piel de Amira se erizara nuevamente.
—No soy ganado ni nada parecido...
Joel se levantó, aun no le gustaba la insolencia de Amira pero en algún punto había comenzado a acostumbrarse. El demonio caminó hasta llegar al altar, tomó la imagen de Jesús y la acercó a sus labios para besarla, después de hacerlo la estrelló contra la pared. «Me meteré en problemas», pensó Amira, pero en nada le incomodaron las acciones de Joel.
—Tu madre es un dolor de cabeza —comentó Joel—, no sé cómo la soportas.
—Es mi madre no me queda de otra.
—Ah, los humanos y sus lazos sanguíneos, al final nada de eso importa.
Joel comenzó a deambular por la tétrica habitación, seguido por el parpadeo insistente de la luz de las velas. Por donde pasaba dejaba un ligero aroma a sándalo. Amira se inquietó notablemente porque se permitió observar sin prejuicio alguno la forma humana del hermano de Eliel, y descubrió que eran demasiado parecidos, por lo menos en su andar, Joel caminaba despreocupadamente por allí y por allá y los ojos de Amira creían estar viendo a Eliel. Eso la asustó.
—Detente —susurró Amira muy angustiada —. Por favor, quédate quieto.
—Oh, ¿escuché un por favor? —sonrió Joel.
—Eso dije. —Amira desvió su mirada hacia el suelo —. Quédate quieto, por favor.
— ¿Por qué? —Con paso torturadoramente lento, el demonio se acercó a Amira —. ¿Te recuerdo a mi hermano?
—Sólo detente. Me desespera ver a las personas caminar de un lado a otro.
—Mientes —canturreó Joel, se arrodilló frente a Amira, que ahora permanecía sentada sobre el borde de la cama. Con mucha delicadeza comenzó a delinear el contorno de su pantorrilla, subiendo hasta llegar a la rodilla en donde depósito un beso —. Mentirosa.
—No... —Amira no pudo seguir hablando, ahora no era Joel quien se encontraba arrodillado frente a ella —. ¿Eliel?
—Mi hermosa Amira, moría por verte.
Amira extendió su mano para acariciar el rosto del demonio, no estaba segura, pero si esa era una copia de Eliel nadie la culparía por haber caído en la trampa, porque eran idénticos.
Las yemas de sus dedos se deleitaron al entrar en contacto con la piel del demonio, Amira se inclinó un poco, lo suficiente para besar los labios del ser que se hacía pasar por Eliel. Luego se puso de pie, caminó hasta posicionarse por detrás de él, se arrodilló para poder abrazarlo, aspiró su aroma y sintió la calidez que emitía su espalda, lo que no sintió fue esa paz que embargaba su corazón cada vez que estaba junto al verdadero Eliel.
— ¿Por qué se empeñan en usar su imagen en mi contra? —preguntó mientras se ponía de pie —. Conozco a Eliel y puedo distinguir perfectamente cuando es una copia lo que está frente a mí.
—Mi intención no era engañarte —dijo Joel después de retomar su apariencia —. Sólo quería ver como reaccionarías al verlo otra vez —. Tocó sus labios y sonrió complacido —. Me gustó...
— ¡Es el colmo con todos ustedes! —Amira se acercó a Joel y lo tomó con brusquedad por el cuello de la camisa de seda que vestía —. Ahora escúchame bien, no soy juguetito de nadie, así que ya pueden detenerse, soy una simple e insípida humana, no entiendo por qué me persiguen y me torturan con tanta insistencia.
— ¿Eres estúpida, humana? —La miró con furia —. ¿Crees que puedes hablarme así y salir bien librada?
— ¿Ya me matarás? —preguntó seriamente.
—No te mataré. —Tomó a Amira por la muñeca y la apartó con brusquedad —. Si he venido aquí es porque quiero que conozcas a alguien.
— ¿A quién?
— Sólo vístete, te llevaré con él.
Una vez Amira se hubo vestido, Joel la tomó de la mano, Amira creyó que se «transportarían» a otro lugar, pero en lugar de eso salieron de la casa como cualquier persona normal.
Afuera aún llovía, aunque con menos intensidad. Incluso así, los destellos intermitentes de los rayos iluminaban las oscuras calles. El negro cabello de Amira pronto se vio empapado por las gotas de agua. Joel seguía sujetándola de la mano y la chica creyó que debido a esto, su cuerpo no sufría las tan familiares parálisis
Amira no sabía con exactitud qué hora era, pero se le resultó particularmente extraño que no hubiera más nadie transitando esas calles por donde caminaban. Le habría parecido de lo más normal si estuviese cayendo un diluvio, pero la lluvia ya había amainado casi por completo y ni siquiera se veía algún auto transitar.
Posó su mirada sobre el rostro serie de Joel, intento entonces liberar su mano pero el demonio se rehusaba a soltarla.
—Es por tú propio bien —dijo y ella desistió.
El entorno fue cambiando rápidamente. Primero habían sido casas lujosas con jardines de fábula, luego establecimientos comerciales, después más casas nuevamente pero éstas eran más humildes. Y así siguieron caminando hasta que llegaron a una zona marginal.
El ambiente apestaba a suciedad y parecía que la lluvia había revuelto grotescamente los olores. El lugar apenas estaba iluminado y aunque no se veían nadie en las calles se percibía mucho ruido: niños llorando, mujeres y hombres gritando, incluso disparos.
Amira sujetó la mano de Joel con más fuerza, jamás había ido ahí, jamás había siquiera pensado en ir a ese lugar, ella estaba más que bien en su zona residencial de clase media. Y ese sitio parecía un tiradero de basura o un criadero de ratas. Las casas estaban destartaladas, era un milagro el que la lluvia no las hubiese derrumbado ya. Los tejados eran de láminas de cinc en el mejor de los casos, pero la mayoría eran de cartón cubiertos con bolsas plásticas para impedir el paso del agua. Las paredes eran de ladrillos y estaban sucias y manchadas, algunas otras tenían escrita alguna vulgaridad.
¿Cómo pueden vivir así?, se preguntó Amira. No podía imaginar cómo sería una persona crecida en un ambiente como éste.
—Maravillosos contrastes muestran hasta las ciudades más opulentas —comentó Joel.
—Si tú lo dices... —dijo como restándole importancia a pesar de que ella estaba pensando lo mismo.
Siguieron caminando hasta que llegaron a una casa que parecía fuera de lugar. La puerta se abrió y un hombre de cabello platinado los recibió.
—No sé por qué insistes en vivir en este tipo de lugares —dijo Joel indignado —, ya sabes cómo los odio.
—Discúlpeme por eso, mi señor, pero como verá, mis días de gloria han pasado, tengo que conformarme con lo que salga.
— ¿Quién es él?  —preguntó Amira quien aún no se había atrevido a cruzar la puerta.
—Pues verás, Amira, es curioso pero, esta criatura dice ser tu padre —contestó Joel casualmente.
—Me llamo Rauel...
— ¿Eres el íncubo que violó a mi madre? —Amira interrumpió la presentación de Rauel —. ¿Para qué me has traído aquí, Joel?
—Sólo quería que padre e hija se encontraran.
— ¡Para ser un demonio eres bastante estúpido! —espetó Amira furiosa —. No soy la hija de este íncubo.
— ¿Cómo estás tan segura? —preguntó Rauel un tanto afectado. Aunque él internamente aceptaba que no sentía su propia sangre en ella.
—Créeme, no soy tu hija. —Amira sonrió ampliamente y sus ojos se iluminaron —. Pero conozco a tú hijo y te diré en dónde está con una condición.
— ¡Dímela! —suplicó el incubo, que aunque no confiaba en las palabras de la chica, estaba desesperado y estaba dispuesto a hacer lo que fuese necesario —. Haré lo que sea.
— ¿Lo qué sea? —Levantó una ceja mostrando una expresión que denotaba que estaba completamente segura de sí misma.
—Lo que sea...
— ¿Lo matarías por mí? —Rauel se quedó en silencio —. Ya veo que no la harás.
— ¿Por qué lo mataría cuando he pasado años buscándolo?
—Entonces no lo verás nunca —rió a carcajadas —. Mo me pongas esa cara, estoy  de bromas. Pero si te pediré algo a cambio.
— ¿Qué es? —preguntó Rauel.
—Tráeme a Eliel y yo te llevaré con tu hijo.


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