LFDI Capítulo 9: Vanidad e ignorancia


Capítulo 9:
Vanidad e ignorancia.

Vanidad e ignorancia. Había sido consumida por ambas y ahora tenía que soportar el resultado de este error.
La ignorancia la había hecho presa fácil. Supuso sin más que Abel era un íncubo y que manteniendo la distancia y reteniéndolo en un lugar público podría controlarlo. Grave error. Debido a esto no sólo había puesto su propia vida en peligro, sino también, había sido humillada de una de las maneras más temidas por cualquier mujer. El pánico y la sensación de suciedad en su cuerpo era el claro recordatorio de que ella no era nada más que un ser humano simple y ordinario.
Eliel le había mentido.

La vanidad venía siendo como un valor agregado. No era algo que en realidad le importara, sabía que había mucho más en una persona que una atrayente apariencia física, pero simplemente había aprendido a disfrutar las furtivas miradas de Eliel. En los ojos del demonio podía leer toda esa clase de halagos que sus labios retenían, temeroso tal vez, de llegar a ofenderla. Pero lejos de ofenderla Amira se sentía bendecida, apreciada, no sabía que fuera capaz de despertar tales emociones en otras personas y sin quererlo había comenzado a pavonearse de ello. Daba igual si sólo lo hacía en frene de Eliel, si al fin y al cabo lo hacía y eso la condenaba de vanidosa. ¿Qué había ganado con todo eso? Probablemente nada aparte de dolor y vergüenza.
Eliel había desaparecido. Amira no tenía claro qué era lo que había sucedido, en sus recuerdos, ella había sido violada por Abel y ya. Se quitó un enorme peso de encima cuando el médico había desmentido sus creencias. Eso le hizo creer que había sido rescatada por Eliel, que su suplica había sido escuchada y que el demonio había vencido sin problema alguno a ese detestable ser. Pero Eliel no aparecía para nada, sabía que conjeturando sin fundamento alguno nada ganaría, y que uniendo las borrosas piezas del rompecabezas esparcido en su memoria no la llevaría muy lejos. Necesitaba encontrar al demonio, y no era sólo porque quería escuchar la verdad de sus labios, la verdad podía esperar, lo único que no podía esperar era el verlo, tocarlo, sentirlo, comprobar que estaba bien, que seguía con vida, que seguía siendo el mismo Eliel de siempre.
Pasaban los días y Eliel no aparecía.
Amira se había sorprendido mucho cuando, de la nada, se encontró a sí misma dentro de una pulcra habitación de hospital. La confusión inicial no le permitió captar muy bien la situación. Llevó una mano hasta sus labios para disimular un bostezo y cuando quiso levantar la otra sintió una pesadez que no era para nada normal, sentía claramente el calor de otra mano sobre la suya, un leve vistazo y descubrió que era la mano de su madre.
Mientras se fue recuperando fue conociendo parte de los hechos, contestó preguntas, revivió breves momentos de su tortura... No dijo la verdad por supuesto, nadie le creería en primer lugar. No podía ir por ahí diciendo: estoy en medio de una batalla entre dos seres poderosos producto de unos enardecidos deseos de venganza, ah sí, y ese ser que quiere venganza resulta que es mi medio hermano. La terminarían encerrando en una institución mental y nuevos problemas no eran bienvenidos.
Según los hechos, Amira había estado a punto de ser violada en el terreno baldío atrás del instituto —en donde había sido encontrada casi totalmente desnuda— tras un rudo forcejeo el violador se vio incapaz de llevar a cabo su cometido y en un arranque de pánico intentó deshacerse de la evidencia que sin duda lo condenaría apuñalando el cuerpo de la víctima hasta que creyó que la había dejado sin vida. Punto. No había evidencia del posible agresor y de hecho parecía que el crimen no se había cometido en ese desolado solar sino en otro lugar y a Amira simplemente la habían tirado ahí. No habían encontrado el arma del criminal ni ningún otro indicio que lo delatara o por lo menos diera alguna pista sobre su procedencia o paradero. Ese era un caso con más interrogantes que respuestas, y Amira se cansó de estar siempre contestando mentiras, por lo que terminó diciéndoles a los oficiales que ella se contactaría con ellos en caso de que recordara algo.
Su madre jamás se despegó de ella durante la estadía en el hospital, con rosario en mano rezó y rezó hasta que su garganta se secó. Amira vio dolor en los ojos de esa mujer y ese dolor hacía parecerla más humana, al fin parecía su madre. Aprovechando ese velo de maternidad que la mujer comenzó a usar, Amira aprovechó también la oportunidad para entender más a su progenitora. Ahora sentía, aunque a pequeña escala, lo que la mujer había sufrido, ella no había sido un intento de violación había sido violada, eso era algo que ninguna mujer debería sufrir jamás en su vida, era demasiado horroroso.
Y si, se sentía feliz porque había estrechado de alguna manera los lazos con su madre, y se sentía feliz porque la mujer por fin mostraba rastros de humanidad y de amor maternal, ese que estuvo ausente durante toda su infancia, y parecía que eso bastaba para sentirse mejor; pero no era así. Eliel ahora era parte importante de su vida y habían pasado semanas desde el incidente y aún no lo había visto. No necesitaba verlo en su apariencia humana, un simple graznido o un certero aleteo bastarían para alertar su presencia, pero ni siquiera eso había obtenido.
Amira se sintió entonces ignorante (comenzaba a odiar eso). Desconocía por completo si un demonio podía ser aniquilado y de ser así no sabía si regresaba al infierno y su existencia era devorada por la nada. Prefería lo primero que lo último. No sabía si era muy difícil para un demonio abandonar su mundo pero prefería que estuviera ahí, aunque no pudiera verlo, a que dejara de existir.
En silencio sollozó su nombre una y otra vez, deseó recibir una visita en sueños o que por lo menos le hiciera señales de humo. Pero no había ni una tan sola pista que indicara el paradero de Eliel.
Recibió un poco de consuelo cuando los médicos al fin le dieron de alta y pudo regresar a su hogar. Había recibido injertos de piel que tomaron delicadamente de otras partes de su cuerpo para colocarla sobre su pecho. Se veía horrible, para empezar no parecía su propia piel, tenía un aspecto demasiado liso y brillante y le escocía un infierno. Podía irse despidiendo de los trajes de baños y las camisas escotadas. Apenas había comenzado a apreciar la exquisita delicadeza con la que sus senos se estaban desarrollando y ahora lo único que podía apreciar era esa deforme mancha que contrastaba horriblemente contra el resto de su piel. Se extendía desde su pecho, rozaba ligeramente el seno derecho, pero en el seno izquierdo la mancha llegaba hasta el pezón.
Hasta ese entonces jamás había sido vanidosa y apenas cumplía con el régimen de cuidados necesarios básicos para una mujer. Pero ahora le resultaba hasta asqueroso lavar su cuerpo, y no era por la cicatriz, era por los vívidos recuerdos de las manos de Abel tocando su cuerpo. Recordaba lo ocurrido y se avergonzaba. Su ignorancia le había costado caro, e incluso podía haberle costado la vida a Eliel.
— ¿Dónde estás? —estalló en llanto bajo la ducha —. ¡Aparece de una buena vez, Eliel!
No había respuesta alguna, no importaba cuánto gritara, suplicara y llorara, Eliel parecía no hacer caso a su llamado.

Nereida, la madre de Amira, había asumido nuevamente su rol como ama de casa. Había estado abusando de su hija cuando se trataba de las tareas domésticas, pero ahora que ésta se encontraba indispuesta, no le quedó de otra más que retomarlas. En días pasados y a pesar de no ser una adepta a las labores domésticas, las hacía sin renegar, la habían educado de esta manera: la mujer permanece en la casa y sirve a su marido, las santas escrituras respaldaban esas palabras y ella siempre había sido devota, así que, aunque a veces no entendía o no quería, siempre llevaba a cabo cada una de las enseñanzas sin importar lo difíciles que parecían.
Había sido bendecida —o maldecida según el punto de vista en que se vea— con una belleza casi celestial. Sólo era que usara ese vestido blanco que tanto le gustaba siendo joven para que todos los pueblerinos pensaran que habían visto un ángel. Su piel era blanca sin ninguna imperfección sobre ésta, sus ojos eran más claros que la miel y sus labios asemejaban una fresa deliciosamente madura, sus cabellos castaños claro brillaban bajo el sol y parecían repartir destellos de luz por doquier. Era hermosa, no había cómo ocultarlo. Pero a pesar de su belleza no había ni una tan sola pizca de vanidad en la mente o en el corazón de Nereida, probablemente jamás se había percatado de su propia belleza.
Los pueblerinos, no fueron los únicos cautivados, ya que entre las sombras, sigilosamente se movía un ser de dorados cabellos y mirada profundamente azulada, observaba desde su seguro escondite cual predador a  punto de saltar sobre su presa, y desgraciadamente Nereida era esa presa.
Rauel había visto a Nereida y en términos más o menos entendibles, se había enamorado de ella, por supuesto era más complicado que eso. Era de ese tipo de sensaciones que sólo se sienten una vez en la vida. Rauel enseguida sintió el irrefrenable deseo de hacerse con cada centímetro del cuerpo de Nereida, pero como se había dicho, era más complicado que eso.
Si el íncubo solamente hubiese querido el cuerpo de Nereida lo hubiera conseguido fácilmente. La hubiera visitado en varias ocasiones durante sus sueños, y dándole pequeñas muestras de lo que es el verdadero placer carnal, la hubiera convencido de que probara la fruta prohibida, sin saber que ella era en realidad la fruta y él sería quien la devoraría. Pero en lugar de eso decidió utilizar métodos más humanos y como consecuencia se encontró a sí mismo frustrado como nunca antes.
Nereida ya había planeado el resto de su vida y en sus planes no aparecía por ningún lado alguna figura masculina. Ella había decidió entregar sus servicios a su Dios, y Rauel —quien apenas había logrado entablar una amista con ella— no estaba para nada feliz con tal decisión. Se aferró sin embargo a sus metodologías humanas para ganar el aprecio de Nereida, pero el corazón de la joven ya tenía dueño, y fue cuando estuvo a punto de entregarlo que la desgracia ocurrió.
La joven emocionada y complacida consigo misma y con su vida estaba a punto de recibirse como monja. Una pequeña misa sería celebrada y luego de esta una fiesta en honor a sus recientes votos. Era muy tarde para Rauel, tras meses y meses de esfuerzo no logró conseguir nada, excepto humillación, dolor y rechazo. Había confesado su amor en numerosas ocasiones y en todas esas ocasiones lo único que recibió fue una sonrisa y un lo siento. Estaba furioso. No quería que Nereida se convirtiera en un instrumento de Dios, los únicos instrumentos a los que Dios utilizaba eran los ángeles y estos eran criaturas que más que seres vivos parecían títeres, obedeciendo cada orden que se les era dada.
Nereida recibiría esa clase de orden, pero sería de personas inescrupulosas que utilizaban hipócritamente el nombre del Señor en vano. No quería que Nereida fuera condenada sólo por no saber discernir entre el bien y el mal, sólo por desconocer que las personas detrás de esas togas purpuras, doradas y blancas no eran más que unos perfectos embusteros que reclutaban personas para repartir caos en todo el mundo infundiendo la idea de un Dios celoso y despiadado. No es que estuvieran errados, pero resultaba ridículo que el miedo resultara ser mejor fuerza de persuasión que el amor.
Quería salvarla, quería evitar que viviera en una mentira y al mismo tiempo quería engañarla con promesas que sabía no podía cumplir, porque era un ser oscuro, porque no podía amar, porque lo que sentía no era más que un capricho momentáneo que desaparecería en el momento que cumpliera su cometido. Muy tarde se dio cuenta Rauel de lo equivocado que estaba y que lo que sentía por esa humana verdaderamente era amor. Se dio cuenta entonces que a pesar de todo, los demonios si podían amar, para cuando lo supo, ya había cometido su crimen.
Lloró sangre, su Nereida ahora no era más que un recipiente vacío, sabía que había un alma por ahí dentro pero ya no la sentía. No le había despojado simplemente su virginidad sino también su dignidad, su corazón, su paz. Nereida incluso olvidó cómo vivir. Durante mucho tiempo se aisló, el saber que había una criatura dentro de ella sólo empeoró las cosas. Mientras veía y sentía como su vientre se abultaba con el paso de los días comenzó a torturarse, arañaba su vientre, su cuello, rezaba y rezaba aunque se sentía indigna de ello. Quiso, bajo todos los medios, deshacerse del niño, porque durante la violación descubrió que Rauel era un demonio. Nadie le creyó e incluso la tomaron por loca. Fue en una institución mental donde Nereida dio a Luz a Abel (aunque en ese momento la criatura no tenía nombre), pero también fue en ese lugar dónde conoció a su esposo, el padre de su hija, el ser que le hizo creer que no sólo hay sombras en este mundo.
Así parecía que la felicidad había retomado su curso y aunque no se había convertido en servidora del señor le consolaba a sí misma diciéndose que era una buena pero desgraciada mujer, el Todopoderoso le había puesto una prueba y ella la había superado. Incluso se olvidó de esa criatura —la primera que su vientre había dado a luz— y se concentró en su propia felicidad. Pero algo que crece en base a engaños es débil y efímero. Esa falsa felicidad se desquebrajó cuando se dio cuenta de que nuevamente estaba embarazada.
Fingió muy bien que no le importaba. No había podido amar a su primero hijo, pero sabía que con el segundo todo sería diferente, porque era una criatura que nacería por amor y no por odio. Y mantuvo ese sentimiento durante todas las semanas de gestación e incluso años después de haberle dado la vida a Amira. Pero mientras más crecía Amira, más recordaba su propia maldición. La belleza se apoderaba del cuerpo de Amira y lo convertía en un perfecto imán. Nereida lo sabía, de seguir así terminaría como ella. Pero sabía que no podía hacer nada, no podía detener el crecimiento de su hija... Pero si podía educar su mente.
Nereida llenó la cabeza de su hija con versículos y salmos de la biblia, también con canticos y enseñanzas, educándola para que supiera discernir entre el bien y el mal. Pensó que había hecho un buen trabajo, pero no fue así, por lo menos ya no lo creía de esa manera.
—Creo que lo mejor es que dejes el instituto, lo mejor será enviarte a un internado lejos de todo y de todos, me gustaría mucho, hija que entregaras tu vida al Señor, considera lo que te sucedió como una señal, como un llamado.
Amira suspiró, si bien el semblante y las palabras de su madre parecían más humanos, en realidad no había cambiado para nada. Se levantó de la mesa, tomó la taza de dónde minutos antes estaba bebiendo té y la colocó en el fregadero, tomó un largo suspiro y lo dejó escapar. Le resultó gracioso que su madre le pidiera que entregara su vida al Creador, cuando ella hacía muchos días atrás se la había entregado al demonio, a Eliel, y su vida sólo le pertenecía a él.
— Madre —habló con delicadeza —, no creo que sea una buena idea, no tengo la vocación para servir.
—Pero en un convento estarás segura hija, ahí nadie nunca te pondrá un dedo encima...
—No iré a ningún convento madre.
— ¡Si irás! —exclamó y en el arranque se levantó bruscamente de su asiento, el cual retomó unos segundos después —. Sólo ahí te desharás de tú maldición.
— ¿Maldición, madre? —Arqueó una ceja totalmente incrédula —. ¿Hablas en serio?
—Cargas con mi maldición y mis pecados, no puedo dejarte caer más bajo —casi sollozó.
— ¿Te refieres al hijo que abandonaste? —preguntó sin censurarse, si alguna vez había buscado el momento adecuado para interrogar a su madre, supo que ese era.
Nereida no contestó. Su expresión se tensó, después se horrorizó y fue como si millones y millones de recuerdos enterrados resurgieran desde lo más profundo de  su alma con la única intención de martirizarla. Estalló en llanto, Amira jamás la había visto llorar de esa manara.
— ¿Cómo iba a criar al engendro de un demonio? —lloraba casi demencialmente.
— ¡Pues el engendro de ese demonio fue quien me hizo esto! —Los botones de su camisa salieron volando cuando ella la abrió con fuerza para mostrar su pecho —. Fue el engendro de ese demonio quien estuvo a punto de violarme. Ya deja de lamentarte madre, que a ti te violó un desconocido, a mí me intentó violar mi propio hermano, tú hijo.
—Él no es tu hermano y mucho menos mi hijo. —El cuerpo de Nereida parecía estar sufriendo un ataque de epilepsia, su cuerpo convulsionaba producto de los fuertes sollozos —. No, no, no. ¡No lo es!
 La mujer se perdió en sus recuerdos y Amira no fue capaz de sacarle ninguna palabra más. Dejó las cosas por el momento y dejó que su padre consolara a su madre hasta que ésta se calmara, ya hablaría con él después.
Amira regresó a su habitación, la ventana estaba cerrada y como si eso fuera totalmente inconcebible corrió a abrirla. Se asomó un poco y sintió la húmeda brisa chocar contra sus mejillas. Alguno que otro relámpago iluminaba el oscuro cielo nocturno revelando entre cada parpadeo el sinnúmero de nubes que se habían apoderado de éste. Una tormenta estaba por caer. El cuerpo de Amira comenzó a tensarse, le gustaba la lluvia pero no cuando venía recargada de truenos y rayos.
Aspiró nuevamente el agrio aroma en el aire, parecía que las primeras gotas de lluvia ya habían tocado el suelo, el olor a tierra mojada así lo delataba. Con mucho cuidado Amira se sentó en el borde de la ventana, estiró su brazo para sentir las frías gotitas de agua sobre su piel. Se quedó con la mirada fija en el cielo, estaba tan oscuro como los ojos de Eliel, como su cabello, o como sus plumas cuando adoptaba la forma de un cuervo.
— ¿Dónde estás? —susurró dolorosamente.
Cerró los ojos y trato de concentrarse solamente en la sensación dejada por el agua cada vez que las gotas de lluvia —que comenzaban a caer con más intensidad— se deslizaban sobre su piel. Entonces sintió que flotaba, alguien había tomado su mano y parecía estar indagando dentro de ella sin permiso alguno. Abrió los ojos, no había nadie, pero entonces bajó la mirada y sus ojos divisaron a un misterioso ser parado bajo la lluvia sin estar empapado.
Amira metió su mano y se asomó por la ventana, la figura seguía ahí y ahora hasta le sonreía. Supuso que le estaba pidiendo permiso para pasar, ella sonrió de vuelta, aunque eso que esbozó de sonrisa no parecía tener nada. Amira se retiró de la ventana y a los pocos segundos la oscura figura estaba frente a ella.
Al verlo pensó que era Eliel, el rostro de ese ser era casi igual al del demonio, su cabello igual de oscuro, lo único que lo traicionaban eran los ojos, los de Eliel eran inmensamente oscuros, y los de ese ser eran grises. Joel hizo una pequeña reverencia, sonrió con galantería, se podía apreciar en cada gesto la perfección que habían alcanzado sus modales después de tantos siglos de vida. Se quitó la chaqueta y la colocó a un lado, sobre el suelo, peinó con ambas manos su cabello, que a diferencia del de Eliel era bastante más corto. Observó el lugar y pronto descubrió que cada rincón estaba cubierto por la esencia de su hermano, supo entonces que había encontrado una manera de pasar todo el tiempo que pudiera con Amira. Cosa que no entendía, aún no encontraba en Amira algo que justificara la admiración que su hermano sentía por ella.
—Soy Joel —extendió la mano.
—Soy Amira...
—Lo sé —sonrió seductoramente —. La mayoría de los humanos temen a los demonios, es raro encontrar una persona que esté dispuesta a estrechar manos con uno.
—Acostúmbrese —sonrió de vuelta —. Además no es el primer demonio que conozco y estoy segura que no será el último.
— ¿Sentiste mucho miedo cuando conociste a mi hermano? —preguntó sin soltarle la mano
— ¿Hermano? ¿Eliel? —Joel sonrió, igual ella —. Casi muero de pánico, pensé que era una broma de alguien, aunque la verdad después no tuvo muchos problemas en convencerme.
—Una chica con una mente abierta, eso me gusta.
—No. Más bien una chica con una vida aburrida.
— ¿Qué no es lo mismo?
—No lo sé, pero bien podría serlo.
Amira tomó asiento sobre su cama. Joel comenzó a rondar la habitación, como queriendo encontrar algo en ella. Era atraído por aquellos lugares en donde el aroma de su hermano se percibía más fuerte, se terminó sentando al lado de Amira.
—Mi hermano pasó mucho dentro de esta habitación —comentó mientras acariciaba la suave seda que cubría la cama —. ¿Alguna vez te poseyó?
— ¿Se refiere a espiritual o físicamente?
—Ilumíname —levantó una ceja claramente interesado.
—Bueno... — se acostó de lleno y hundió su rostro en las sabanas para aspirar el aroma que el demonio había dejado en ella, no importaba cuántas veces las lavaran, Amira seguía sintiendo el aroma del demonio en ellas, por eso siempre ponía las mismas. — ¿Lo pregunta porque las sábanas están impregnadas con su olor?
— ¿También los sientes? —La miró algo confundido, no tenía por qué hacerlo.
— ¿Dónde está Eliel? —preguntó evadiendo la interrogante del demonio.
—No sé —Joel se rehusó a contestar, desvió la vista y se levantó para comenzar a rondar dentro de la habitación con pasos verdaderamente lentos —. Me parece curioso, generalmente los humanos sientes más fascinación por los ángeles que por los demonios.
—Porque somos superficiales. Preferimos belleza antes que cualquier otra cosa, y eso es lo que son los ángeles, ¿no?, una coraza hermosa pero vacía. ¿Por qué me sentiría a gusto asociándome con alguien que no piensa por sí mismo, que no actúa por sí mismo o que no hace nada a menos de que halen sus cuerdas como si fuera una marioneta?
—Porque eso es precisamente lo que son. —Se volteó para verla —. Son hermosas marionetas cuyas cuerdas son haladas por la voluntad de un Dios ciego y perezoso que hace creer al mundo que su voluntad en absoluta cuando no es más que un niño que no sabe cuidar de lo que ha creado. — Amira sonrió —. Veo que estás de acuerdo conmigo.
— ¿Me dirá en dónde está Eliel? —preguntó evadiendo la actual conversación.
—Me gustaría saber... —Se sentó a su lado nuevamente —. ¿Qué es lo que te ata a mi hermano con tanto fervor?
—Nada me ata a él, es una simple pregunta la que estoy haciendo.
— ¿Cuántos días han pasado desde la última vez que lo viste?
—Noventa y tres días y contando —contestó, intentó disimular el dolor que eso le provocaba.
— ¿Duele? —deslizó su mano entre el cabello de Amira, acercó su rostro tanto, que sus labios se rozaban mientras hablaban —. Contesta humana, ¿duele? —colocó una mano sobre su pecho, deslizando casi imperceptiblemente hasta apoderarse con fuerza del seno de Amira. La chica gimió, su cuerpo aún seguía sensible, pero aborreció el contacto y empujó a Joel para apartarlo de ella, fue en vano.
—Me está matando —contestó sin despegarle la vista.
— ¿Lo amas?
— ¿Quién está hablando de amor? —preguntó con sorna, seguía forcejeando porque aunque parecía que el demonio no ejercía nada de fuerza sobre ella, la realidad era otra.
—Ah —suspiró con fingida suspicacia —. ¿De casualidad no estarás enamorada de él?
—Parece que es todo lo contrario y es él quien no puede estar sin...
— ¡No eres nadie humana! —escupió dejando a un lado la fachada de «caballero» que hasta entonces había mantenido —. Sólo eres el juguetito nuevo de mi hermano.
— Eso ya me convierte en alguien, o más bien, en algo —sonrió con la clara intención de hacer enfadar al demonio; lo consiguió, los ojos de Joel se encendieron en un iridiscente rojo carmesí.
— ¡Qué pérdida de tiempo! —espetó Joel, la cercanía que mantenía aún era atemorizante, el demonio adoraba tener el control de todo y bajo su peso podía sentir como la fémina se retorcía de terror, aunque el rostro de Amira muy bien ocultaba este hecho —. Al fin y al cabo no hay nada especial en ti. Simplemente no vales la pena humana.
— Eso explica porque está aquí...
—Pensé que sería bueno ponerle fin a tu sufrimiento. —Los ojos de Joel aún seguían encendidos, claramente estaba enfadado, pero había algo que no podía explicar, la atracción que emanaba del cuerpo de Amira era innegable. Se acercó a ella hasta reducir a cero la distancia entre sus labios, con extrema habilidad cernió su lengua dentro de la boca de la sorprendida chica, descubrió entonces que no sólo los objetos contenían la esencia de su hermano, sino también Amira. Aborreció el contacto y enseguida se separó —. ¡Mentirosa! Mi hermano ya te ha proclamado como suya.
—Eliel no ha hecho nada que yo no haya consentido, no sé en qué te basas para decir semejante cosa.
—Su esencia está por todas partes, incluso en tus labios...
Amira abrió los ojos lo más que pudo, las palabras de Joel la habían sorprendido de sobre manera. No tenía muy claro a lo que se refería el demonio cuando decía «esencia» ella lo único que podía percibir era un ligero aroma, y había pasado el suficiente tiempo con Eliel como para distinguirlo en todo aquello que el demonio había tocado. Con las yemas de sus dedos acarició sus labios. No lo había olvidado, era simplemente que no lo llevaba presente consigo todo el tiempo. Eliel la había besado en más de una ocasión, pero le pareció que no había sido nada especial, la naturalidad con la que se daban las cosas entre ellos causaba esa sensación de «no es nada especial». Descubrió hasta ese entonces que si se sentía natural era precisamente porque era especial.
— ¿En dónde está Eliel? —preguntó con más intensidad.
—Muerto —contestó Joel inmediatamente después de haber sido formulada la interrogante.
— ¿Se supone que tengo que creer eso?
—Tú decides —arqueó una ceja mientras estudiaba con pericia la expresión de Amira.

Tomó un gran suspiro, uno muy profundo y después cerró los ojos con la misma intensidad. Eliel no estaba muerto, lo sabía, lo sentía, y no estaba segura si era que ella misma se estaba engañando para creer de esa manera porque quería creer de esa manera. Temía perderlo. Era importante en su vida, como más nadie jamás lo había sido. Tenía que recuperarlo. No sabía si eso era amor como había dicho Joel pero si fue consciente de la dependencia que había desarrollado.
Amira abrió los ojos, estos estaban llenos de lágrimas haciendo que sus naturalmente almendradas orbes obtuvieran un tono cristalino, era como si el otoño se reflejara en sus ojos al mismo tiempo que estos, ardían con la intensidad del verano.
Las lágrimas siguieron deslizándose, empapando por completo sus mejillas. Llevó una mano hasta su pecho, su corazón palpitaba con fuerza, su respiración era irregular. Volvió a cerrar los ojos y esta vez, con todo el fervor que tenía, llamó a Eliel en silencio; no era su voz sino sus sentimientos lo que lo llamaban.
Lastimosamente no hubo respuesta.
—Está muerto —dijo esta vez Joel con algo de dolor.
—No lo está. Eliel sigue vivo —aseguró Amira con mucha convicción.
Joel en ese momento sintió un extraño pero familiar aroma, venía de detrás del armario. Caminó hasta ahí, lo abrió y se arrodilló para tomar una caja de zapatos, la abrió y se sorprendió el encontrar dentro de ella un sin número de olorosas flores blancas.
—Cuando me dijo que no se marchitaban no le creí, una noche llenó mi cama con muchas de ellas y decidí guardar unas cuentas para ver si era cierto que las flores nunca se marchitan. Es verdad.
—No tienes idea de lo que es mi hermano, ¿no es así? — Preguntó Joel tomando una pequeña flor con sus dedos.
—Un demonio...
—Es más que eso —interrumpió al tiempo que olfateaba el cítrico aroma de la flor —. Mi hermano es un príncipe en nuestro mundo. Estas flores sólo florecen en sus tierras.
Amira creyó que debía sorprenderse, pero algo dentro de ella había imaginado que Eliel no era un demonio más del montón. Sus modales, su andar, las palabras que usaba, todo le decía que era mucho más que eso. Al principio se lo había atribuido a la larga vida del demonio, pero después supo que no podía ser simplemente eso.
En ese momento, Amira se encontró a sí misma llena de una cantidad interminable de interrogantes. ¿Qué tipo de príncipe era Eliel? ¿Qué tanto poder tenía en realidad? ¿Por qué se había rebajado tanto para estar con ella? ¿En realidad los demonios podían morir? ¿Era difícil abandonar el infierno?
—Ya veo —dijo Amira y por alguna razón comenzó a reír levemente.
— ¿Ahora reconoces tu insignificancia, por eso ríes?
— ¿Crees que el que ahora yo sepa que es un príncipe hará que algo cambie? —Volvió a reír —. Porque no cambia nada.
— ¡Esto no es un maldito cuento de hadas! —estalló Joel y en cuestión de un parpadeo se halló a si mismo frente a Amira, con sus manos rodeando el cuello de la chica.
—Aquí vamos de nuevo —suspiró como si nada le importara —. ¿Qué no pueden dejar mi cuello en paz?
— ¡Eres terriblemente insolente!
—Mátame —pidió Amira —, de esa manera sabré si Eliel regresó al infierno.
— ¡Oh! —gimió complacido —. Te mataré lo pidas o no...
—Hazlo —cerró los ojos —, sé que tienes la suficiente fuerza para quebrarme el cuello. Hazlo.
—Pasaran siglos antes de que puedas encontrar a mi hermano...
—No importa. Hazlo.
—Te torturaran, te violaran, te masacraran...
—Hazlo.
Joel retiró sus manos del cuello de Amira. No había visto ni una tan sola gota de indecisión o de terror en los ojos de la chica. Por fin entendía la fascinación de su hermano. Era la primera vez después de mucho tiempo con una persona que no le temiera a la muerte.
¿Qué tiene esta mujer que la hace tan especial?”
Esa interrogante dio vueltas dentro de su cabeza una y otra vez.
Veía a Amira y veía mucho, y al mismo tiempo no veía nada. ¿Era una ilusión? Tenía que serlo, no encontraba otra explicación, lo único que sabía era que ahora, él también se encontraba encantado.

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