LFDI. Capítulo 8: Sangre y tortura.


Capítulo 8:
Sangre y tortura.

Amira caminaba ensimismada por esas conocidas calles. No había tomado el autobús, no tenía el ánimo para eso, por tanto decidió hacer todo el trayecto hasta el instituto a pie. Había mucho en lo que tenía que pensar y había muchas incomodidades que tenían que ser tratadas. Aun así estaba mucho más aliviada, eso cualquiera podía verlo. Al mismo tiempo y por contradictorio que pudiera llegar a parecer, también estaba feliz: por fin la monotonía había desaparecido, ahora le tocaba vivir un día a día del cual no sabía si saldría viva. Esa sensación en si era excitante, el no saber si viviría para ver el sol salir una vez más la llenaba por dentro de una energía que jamás había sentido.
Todo eso había sido gracias a Eliel, de no haber conocido al demonio seguiría con su aburrida vida de siempre, llena de pasajes de la biblia y oraciones. Llevaría una vida de esclavitud mental y emocional. No le importaba verdaderamente si su alma terminaba en el infierno, no le importaba si al momento de ser juzgada no encontraran en ella nada lo suficientemente bueno para ser redimida, sólo quería vivir, respirar, actuar y comportarse de acuerdo a sus propios pensamientos y creencias. Y eso sería lo que haría, después de todo, la vida es demasiado corta, no tenía por qué seguir desperdiciándola.

Hizo una ligera pausa en uno de los cruces y en medio de ese sin número de desconocidos peatones esbozó una sonrisa: una autentica y amplia sonrisa de felicidad. Después aspiró una gran bocanada de aire que soltó cuando la luz se tornó verde. Retomó su paso y en el proceso miró el cielo y sacó la lengua en un gesto de burla. Sabía muy bien que no se trataba de elegir bandos, que era mucho más complicado que eso, pero sus propias palabras la perseguían: compañía por compañía. Y ella quería estar con Eliel mientras eso fuera posible.
El clima no había mejorado en absoluto. El cielo espantosamente despejado hacía que todo a su alrededor estuviera insoportablemente soleado y caluroso. Una autentica desgracia, no era de esas personas que toleraban el calor fácilmente. Se detuvo unos metros antes de llegar a la escuela, había ahí un kiosco improvisado en donde vendían bebidas —entre otras cosas— y compró una y la bebió rápidamente. Luego ingresó al instituto.
Al salón de clases entró sonriendo acaparando así muchas miradas. Todos se cuestionaban cuándo había sido la última vez que habían visto a esa horrible y extraña chica sonreír. La respuesta era simple: nunca. Por lo menos no de esa manera. Amira ignoró por completo los murmullos y cuchicheos de sus compañeros de clases, caminaba hasta su pupitre con mucha galantería, con la cabeza en alto y con pasos muy firmes. Colocó su bolso sobre el mueble y luego se volteó, hizo una ligera inspección, había una persona que esperaba ver con muchas ansias.
Ángela estaba sentada en el reposabrazos del pupitre de Abel, peinaba los rubios cabellos del joven y parecía estar muy deleitada por ello, tenía una cara de boba que ni desfigurándole el rostro perdería. Estaba completamente hechizada por los ojos azul profundo de Abel. Amira sonrió —otra vez— y caminó hasta donde se encontraban ambas personas, se posicionó frente a ellos y los miró fingiendo interés.
—Gracias por lo de ayer —ladeó los labios, estaba encantada de la situación —, no sé qué hubiera sido de mí sin ti.
—Sólo hice lo que debía —contestó Abel sonriendo también falsamente, hizo un gesto con las manos y Ángela dejó de jugar con su cabello —. Sé que eres muy amiga de Ángela.
— Si ese es el término que quieres utilizar a mí no me molesta. —Miró a su supuesta amiga y después volvió a posar sus ojos en los ojos azulados de Abel —. Sabes, siento que tengo que agradecerte de alguna u otra manera. ¿Te parece si nos vemos en el recreo? —Ángela vio las intenciones de Amira de muy mala manera, se pegó al cuerpo del chico para susurrarle algo al oído.
—Por mi perfecto —aceptó Abel haciendo caso omiso de las palabras que Ángela secretamente le había susurrado.
—Hasta entonces...
Amira regresó a su lugar. Estaba segura que Abel no le haría nada mientras estuvieran en un lugar visible y público, había tenido su oportunidad el día anterior porque la enfermería generalmente pasaba sola, así que no le volvería a dejar tener semejante ventaja. Tampoco era que planeara algo grande, simplemente quería charlar, tratar de obtener fragmentos de la verdad de Abel, sabía que con un poco de sugestión lograría sacarle algo.
Mientras tanto, esperaba que las horas pasaran, los catedráticos llegaron uno tras otro, exponiendo las distintas clases que a lo largo del día les tocaba recibir, pero Amira no estaba para nada concentrada en eso, simplemente recordaba, muy vagamente, lo que había sucedido el día anterior...
Recordaba la horrible opresión sobre su cuello, el sabor metálico de la sangre, en su lucha había terminado mordiéndose la lengua; también recordaba la fría piel de Abel y esa silenciosa suplica que se había formado en su interior, para seguir sufriendo prefería morir, y no es que fuera cobarde, simplemente quería dejar de darle gusto a su agresor, porque la expresión de Abel parecía llena de éxtasis, así que no dejaría que su sufrimiento fuera el placer de otro. Pero al mismo tiempo, por sobre esa inaudible suplica había algo más, sobresalía libremente y de silenciosa no tenía nada. Amira en su interior también gritaba, y dolorosamente llamaba a Eliel.
Lo que Amira no supo en ese momento era que el demonio caminaba cual vago en las sucias calles de los barrios bajos de la ciudad, acababa de ver a Krystel y sumido en sus propios pensamientos se había olvidado del transcurrir del tiempo, costumbre que era común en él, pero que había comenzado a perder después de conocer a Amira. De pronto se vio embargado por una sensación, una bastante peculiar pero sobre todo familiar. Era un llamado y por la cálido y suave de la voz, sólo podía pertenecerle a alguien.
Por su parte Amira inconscientemente seguía llamando a Eliel, una eternidad había pasado y aunque sus pulmones ya comenzaban a resentir la falta de oxígeno por alguna razón aún no cesaban de funcionar. Amira esforzaba por batallar mientras de manera bastante inconsistente escuchaba las palabras de Abel. De pronto la opresión simplemente desapareció. Escuchó un ruido estridente y ensordecedor y luego la voz de Eliel llegó hasta sus oídos, pero no era su peculiar voz, varonil y dulce al mismo tiempo, era una voz llena de resentimiento y odio. Amira trató re reincorporarse pero apenas todo su esfuerzo le bastaba para seguir consiente.
Mientas Amira batallaba por mantenerse despierta Eliel maldecía a diestra y siniestra a Abel. A pesar de ser un demonio poderoso y de rango alto, era muy poco lo que podía hacer; no estaba en su elemento y esa era precisamente la razón por la que los demonios utilizaban a los humanos, no podían hacer mucho en un mundo que no les pertenecía. Eliel de sobra lo sabía, pero no era un cobarde, y a pesar de encontrarse sumamente desconectado al no conocer la verdadera naturaleza de Abel, se dijo a sí mismo que no se perdonaría nunca si dejaba que el susodicho se fuera sin recibir lo que merecía.
Pero Abel era fuerte, su sola mirada había dejado paralizado al poderoso demonio, marcando un invisible campo de fuerza entre ambos, era una fuerza poderosa, desconocida y al mismo tiempo familiar.

—No esperaba que mi hermanita tuviera semejante perro guardián —sonrió Abel moviéndose con suma libertad en esa habitación mientras Eliel apenas era capaz de mantenerse en pie.
Eliel no contestó nada, estaba furioso, y esa furia le hizo explotar. Abel cayó de espaldas por la repentina cantidad de energía liberada. El demonio aprovechó ese momento y se abalanzó sobre él, capturó su cuello, de la misma manera que Abel había hecho con Amira, y le imprimió la fuerza suficiente para romperlo, pero Abel lo veía fijamente a los ojos, sentía malestar, sentía que le faltaba el aire, pero también sentía que podría liberarse del letal agarre fácilmente. En ese momento sonrió descaradamente, casi de manera insultante, separó un poco sus labios y emitió un ligero silbido, fue más bien un soplido, y al momento que el aire llegó a los ojos de Eliel todo a su alrededor se oscureció. La desconcertante situación hizo que bajara la guardia y recibiera un puñetazo de lleno en la boca del estómago, si hubiera sido un simple golpe no le hubiera hecho ni pestañear, pero en ese instante Eliel sintió como todas sus fuerzas se iban desvaneciendo. El golpe había sido demasiado agobiante y seguramente llevaba algún tipo de conjuro debilitante con él.
Abrumado por el dolor y la extraña pesadez que comenzó a embargarlo, Eliel se hizo a un lado, mientras más se esforzaba por ver, más se sumergía en las devoradoras tinieblas. Por tal motivo se detuvo, se quedó completamente estático tratando de recuperar el control de su propio cuerpo, pero para cuando la luz llegó a sus ojos, Abel ya había abandonado el lugar. Eliel rugió furioso, indignado consigo mismo. ¿Cómo había fallado? ¿Cómo había permitido que un ser de procedencia desconocida lo abatiera de esa manera?
Dejaría eso para después, tenía otras prioridades. Se acercó a la cama en dónde Amira aún seguía luchando consigo misma, notó unas extrañas marcas sobre el pecho de la chica y enseguida las reconoció: era la marca de un hechizo. Pero gracias al Creador estaba incompleto, porque era un hechizo de enfermedad y muerte, uno que él jamás sería capaz de deshacer.
Después de esa breve y ligera sensación de alivio, Eliel centró su atención es las horribles marcas en el cuello de Amira, suspiró aún más furioso, cerró los ojos y se obligó a sí mismo a mantener la calma para ver las cosas de mejor manera. Abel no era un demonio, a simple vista parecía un humano común y corriente, pero la sangre que fluía por sus venas era especial, entonces lo supo, era hijo de un íncubo.
Los íncubo no eran especialmente fuertes, de hecho eran débiles, simples demonios que se aprovechaban de las debilidades carnales de los humanos. Cuando preñaban a una mujer era casi improbable que ésta sobreviviera el embarazo, de ser así era porque el bebé maldito que crecía en su vientre moría, unas veces llevándose a su madre con él, otras veces liberándola. Cuando se daba la extraña situación de que la madre soportara el embarazo y la criatura nacía, lo que veía la luz era un ser horrible y deforme que poco podía ser comparado con un ser humano, y nacía tan débil que moría a los pocos meses, y si no era así, alguien se encargaba de darle la muerte. Pero sobre todo eso había ocasiones extremadamente peculiares en que la gestación de la criatura se daba normalmente, sin riesgos ni eventualidades, y el ser que nacía era tan hermoso que superaba por mucho cualquier belleza jamás vista sobre la tierra, pero no sólo con belleza se veía bendecida esa nueva vida, ya que nacía con un don que poco podía ser comparado con algo tan efímero como la apariencia física.
Abel era uno de esos extraños casos, un bebé maldito que había sobrevivido y que ahora cargaba consigo un gran poder. Eliel chasqueó la lengua, no entendía por qué no se había dado cuenta antes, probablemente Abel lo había confundido con alguna clase de hechizo, después de todo eso era lo que era: un hechicero.
Habían muchas clases de hechiceros, estaban los estudiosos, los que no habían nacido con el don del entendimiento pero que se esforzaban fervientemente por obtenerlo, de estos había muchos; pero estaban aquellos que habían nacido para eso, eran los más poderosos y a los que los demonios buscaban con más frecuencia, ya que eran estos seres los únicos, aparte del ser supremo, los que podían eliminar esa restricción que le impedía usar a cabalidad sus poderes en el mundo de los humanos. Eliel, por alguna razón, decidió ocultarle a Amira su descubrimiento y, tras haberle borrado las horribles marcas en su cuello, dejó que descansara, pero se quedó lo suficientemente cerca para seguir cuidándola.
Mucho de lo acontecido era desconocido por Amira, Eliel le había comentado acerca de cómo había luchado con Abel y también estaba lo poco que ella recordaba, aunque mucho de eso de poco servía ya, tenía que despojarse de lo obsoleto y guardar simplemente lo que podía ser útil. Bostezó sonoramente acaparando la atención de sus compañeros y de la monja que impartía la clase, se disculpó con una sonrisa, una muy amplia y extrañamente sincera, y luego volvió a lo suyo. Las cosas se estaban tornando placenteramente interesantes.

Eliel había decidido visitar a Krystel otra vez y se disculpó con el súcubos al encontrarla en plena faena. Pero una vez terminado el carnal encuentro se adentró en la sucia habitación. La demonio parecía falta de aliento, su exquisito cuerpo estaba adornado aquí y allá por perlitas de sudor que le daban un brillo celestial. A su lado, yacía el cuerpo inerte y sin vida de un hombre que parecía no tener más de cuarenta años. Krystel empujó el cuerpo hasta que éste cayó al suelo, una vez ahí, hizo un poco de fuerza para esconderlo debajo de la cama por temor a incomodar a su reciente visita.
—No lo esperaba tan pronto, mi señor —hizo una reverencia —. Me disculpo por las fachas en la que me ha encontrado.
—Eso es lo de menos —sonrió Eliel —. Espero que hayas tenido un buen banquete.
—No ha sido de los mejores pero no tengo mucho de dónde escoger —mordió sus labios pícaramente —, pero mientras mi estómago esté lleno jamás escuchará ni una tan sola queja de mí.
— ¿Hay algún rumor sobre un poderoso hechicero en esta zona? —Fue directo al grano, no podía darse el lujo de perder más tiempo.
—Sólo copias de mala calidad, nadie que valga la pena ser mencionado —sonrió de manera picara como era tan común en ella —. ¿Sucedió algo mi señor? Lo noto cansado.
—Nada que valga la pena ser mencionado —sonrió como con aire de complicidad, observó al súcubos, especialmente esas zonas expuestas y no pudo evitar morderse el labio al recordar las noches de éxtasis que había compartido con ese sensual demonio —. Simplemente pensé que tú sabrías algo.
—Ah, pero sí sé algo —recalcó con interés —. Supe que mi señor estuvo envuelto en una clase de enfrentamiento, y supe que mi señor fue derrotado...
—Ya veo que no sabes nada. —Fingió ignorar a Krystel, la apreciaba demasiado como para hacerle daño, pero tampoco estaba dispuesto a soportar sus burlas, más esas que le corroían el orgullo.
—Pero, mi señor —habló Krystel —, incluso aunque sea un hechicero muy poderoso no deja de ser un maldito hibrido, bendecido con el poder de los demonios, pero condenado con la corta vida de los humanos. No veo porque tenga que preocuparse con un ser de esa calaña cuando el tiempo mismo se encargará de borrar su existencia.
—Sólo digamos que últimamente me he vuelto muy... impaciente —dijo con una mirada sombría —. Lo que en verdad me interesa es saber quién está detrás de todo esto, no creo que ese muchachito insolente haya planeado todo esto por sí mismo.
—Supongo que no —contestó el súcubo desviando la mirada.
—Espero que la próxima vez que venga sepas algo al respecto. Te lo encargo.
Si mediar ninguna palabras más, Eliel abandonó el decrepito lugar, la reacción de Krystel al momento de comentarle sus sospechas no le había agradado para nada, supo entonces que la mujer le escondía algo, aunque dudaba que formara una parte importante en todo ese complot.

Había en frío enfrentamiento visual entre los  azulados ojos de Abel y los almendrados de Amira. Ya era la hora de descanso, estaban en el patio el lugar más concurrido del instituto a esas horas, de hecho no era para nada raro que las monjas se pasearan por ese ahí cada cierto tiempo. Abel sonrió, Amira le regresó la sonrisa. En ese momento no había en ese lugar más nadie que ellos, así lo sentían ambos por lo menos, y no estaban del todo errados dado que ellos eran los únicos que sabían lo que en realidad sucedía.
— Sé lo que eres —dijo Amira sin dejar de sonreír.
— ¿Lo sabes? —Abel ladeó los labios en una recatada mueca de incredulidad —. ¿En serio lo sabes?
— ¡Lo sé! —sentenció Amira y a pesar que su voz apenas era audible las palabras salieron de su boca con mucha fuerza.
—No lo sabes, niña estúpida —Abel acercó su mano al cabello de Amira hasta hacerse con un mechón, llevó esas hebras hasta sus labios y las besó.
— Lo sé...
No pudo continuar, Amira mordió sus labios al notar que no podía despegar los ojos de los labios de Abel. Sintió celos de su propio cabello, quería ser ella a la que esos labios estuvieran besando. Retrocedió genuinamente horrorizada cuando se percató de lo que estaba pensando, y no es que fuera una divina representante de la moralidad del mundo, pero Abel era su hermano, no debería estar sintiendo atracción sexual hacia él. Pero de hecho así era, y para más sorpresa descubrió que esa no había sido la primera vez que se había sentido de esa manera. Durante todos sus encuentros con Abel se había sentido igual, sólo que en ese momento era peor. Le resultaba muy difícil mantener su racionalidad, no podía dejarse vencer por algo tan corriente como la lujuria. Las relaciones nunca habían estado en su lista de prioridades y eso incluía las relaciones sexuales, y no era que pensara que era una sucia e inmoral forma de demostrar afecto o de satisfacer ciertos apetitos, simplemente la había pasado por alto porque involucraba relacionarse con alguien más y ella era pésima para eso.
Sus piernas temblaron cuando sintió una ola fría en todo su cuerpo, como si estuviera totalmente desnuda en pleno ártico, pero rápidamente esa fría sensación fue sustituida por un calor intenso, más intenso que el mismo sol. Bajo la mirada de Abel perdía la cordura, perdía control sobre su propio cuerpo. Su respiración comenzó a acelerarse, los latidos de su corazón habían enloquecido y frenéticamente martillaban contra su pecho. No podía contenerse más, jamás lo había sentido en esa magnitud pero sabía lo que era, de alguna manera Abel había sido responsable de que su apetito sexual surgiera desde lo más profundo de su ser. Estaba perdida, de nada había servido verse en un lugar concurrido, de nada valía que decenas de pares de ojos la estuvieran observando, nada de eso calmaba la inmensa pasión que latía sin recelo alguno en su cuerpo.
—Te lo dije —Abel se inclinó sobre Amira para susurrarle al oído —, aún no sabes lo que soy.
— ¡Basta! —espetó Amira furiosa, sentir el aliento de Abel tan cerca de ella por poco arranca la última gota de autocontrol que cargaba consigo.
Abel la tomó de la mano frente a la mirada atónica de todos los presentes. Amira se estremeció con el sólo contacto y sin desearlo se vio a si misma siendo guiada por Abel. No sabía a dónde la llevaba y, aunque dentro de su cerebro luchaba por detenerse, soltarse de su agarre y correr, su cuerpo no llevaba a cabo la orden. Su cuerpo estaba hechizado, Abel le había hecho algo al momento de besar su cabello y ahora estaba condenada.
Cuanto más o menos recobró un poco de autocontrol se percató de que estaba en... No, ni siquiera sabía en dónde estaba, pero una pequeña mirada a los alrededores y supo que no había nadie. Se había propuesto no quedar nunca a solas con Abel y eso era lo primero que no había cumplido. Respiró hondo, muy hondo, como si esa fuera la última bocanada de aire que tendría el gusto de disfrutar, aunque en realidad no la había disfrutado nada. Con mucha frustración dejó escapar ese aire, cerró los ojos para hacerlo y agradeció ya que por lo menos la pesadez de su cuerpo había desaparecido.
Pero el que hubiera desaparecido de la nada no le daba muy buena espina. Y supo poco después que no estaba equivocada. Desde atrás Abel se aferró a su cuerpo, proclamando con sus manos y de manera viciosa e intensa los redondos senos de Amira. La chica gimió al sentir la presión sobre su cuerpo, sus piernas se debilitaron nuevamente y dentro de su cabeza imágenes apenas distinguibles fueron pasando una tras otras. Esas imágenes eran como una premonición, le decían de la forma que terminaría ella si Abel no se detenía. No le gustaron para nada, y mucho menos cuando implicaban que ella terminaría desnuda con los restos de los fluidos corporales de Abel dentro de su cuerpo.
Intentó forcejear, se esforzó por aferrarse fuertemente a todo eso que tenía dentro de su mente. Ella era fuerte, Eliel se lo decía muchas veces, Eliel la alababa constantemente debido a esto, era hora de demostrarle que tenía toda la razón.
Amira, en primer instancia, intentó enfocarse en una sola idea, independientemente de sus temores o de lo que su cuerpo traicioneramente le hacía sentir, ella sólo tenía que pensar en una cosa: escapar. Mientras tuviera su vista en una sola meta todo lo demás tendría que ser más fácil. Pero no fue así. Cada vez se le hacía más difícil mantenerse fiel a sí misma. Abel era el culpable de ello o más bien sus manos que ahora acariciaban sus senos desnudos. Estaba en serios problemas, ni siquiera había sentido cuando la había despojado de su camisa y de su corpiño.
—Basta —jadeó involuntariamente.
Abel se deleitaba, Amira por fin estaba sumisa entre sus brazos, había detenido los forcejeos, los insultos, las miradas llenas de desafío. Ahora no era más que una marioneta. Bajo el toque certero de sus manos sentía como su cuerpo vibraba, se tensaba y se desmoronaba pieza por pieza mientras ella inútilmente se aferraba a un milagro.
Una de las manos de Abel fue bajando lentamente, delineó con las yemas de sus dedos el delicado contorno de la cintura de Amira, para seguir delineando su cadera y parte de sus piernas. Tomó la falda con fingida delicadeza, metió la mano debajo hasta encontrarse con el elástico que mantenía la ropa interior en su lugar. Con los dedos fue tanteando el terreno, acariciando por encima de la pequeña prenda, adentrándose lentamente a terreno jamás explorado. Amira gimió y pronto los dedos de Abel se encontraron humedecidos por la pasión desenfrenada que Amira sentía, y  casi de la misma manera que las mejillas de Amira se hallaban humedecidas por sus lágrimas.
Dos tipos de fluidos corporales en un solo cuerpo. Abel estaba extasiado, había descubierto que esa era la única manera con la que podía torturarla y para su fortuna esa era la clase de tortura que más disfrutaba realizar. Lamió el cuello de Amira mientras otro dedo se unía a la tortura que era llevada a cabo bajo de su falda.

— ¡Gime! —exclamó Abel, excitado —. Jadea, suplica, implora —jadeó aún más exasperado  —. Di que quieres mi carne dentro de ti, ¡suplica! —La empujó con fuerza, Amira apenas fue capaz de amortiguar la caída con ambas manos.
— No... —Su rostro se puso pálido de horror, estaba en cuatro cual perra en celo, deseando que las palabras de Abel se hicieran realidad.
—Violaré cada centímetro de tu cuerpo —susurró mientras levantaba la falda de Amira exponiendo de manera descarada sus partes íntimas.
Deseaba morir, todo era mejor que eso incluso la muerte, no quería que su cuerpo fuera violentado de esa manera, porque sabía que si llegaba a sobrevivir se odiaría como nunca. Cerró los ojos fuertemente, mordió sus labios con locura hasta hacerlos sangrar. Abel era bueno en lo que hacía, más que la tortura física estaba la emocional, si seguía con algo de cordura era porque él así lo había deseado, no había mejor forma de torturarla que esa.
Pero al mismo tiempo ese fue el error de Abel. Cuando Amira se rindió ante su destino, su mente misteriosamente se despejó, entonces recordó, pensó, imaginó a Eliel. En ese momento entreabrió sus ensangrentados labios:
— ¡Eliel! —gritó con su último suspiro, creyó desfallecer, pero para su sorpresa permaneció consciente.
—Sólo hay una forma de acabar con un íncubo. —Escuchó la voz de Eliel por detrás de ella. Eliel echaba chispas, había llegado en el momento justo, un poco más tarde y hubiera presenciado como ese sucio ser penetraba y violentaba el cuerpo de Amira con su aún más sucia carne —. Para deshacerse de un íncubo hay que deshacerse primero de su virilidad —susurró al oído de Abel —. Te la cortaré ahora mismo.
—Pero sabes muy bien que no soy un íncubo —rió Abel con disimulada tranquilidad.
—Sé que no eres solamente un íncubo, sé que de esta manera no podré matarte, pero por lo menos te extirparé esto — apretó fuertemente el miembro de Abel —por el simple hecho de haber querido introducir tu inmundicia en el cuerpo de Amira.
Abel se defendió enseguida, le propinó a Eliel un codazo que, como en la ocasión anterior, no era simplemente un pequeño golpe. Los golpes de Abel iban impregnados de hechizos de daño, hechizos silenciosos que eran casteados a una velocidad imperceptible, prueba de que Abel no era un hechicero cualquiera. Pero en esa ocasión no surtió el efecto deseado, y era de esperarse dado que Eliel no era un ser que podía verse a sí mismo sorprendido una segunda vez por el mismo truco.
Con inhumana velocidad, Eliel se hizo con el cuello de Abel, acorralándolo contra uno de los tantos árboles que los rodeaban. Presionaba con mucha fuerza. Bajo otras circunstancias Abel ya estaría muerto, pero con anticipación había colocado un hechizo de protección sobre sí mismo. Aun así eso no lo liberaba de la tensión que inmediatamente se apoderó de su cuerpo debido a la recién concebida idea de muerte.

—Antes de matarte —rugió Eliel —quiero saber quién está detrás de todo esto.
— ¿Por qué...? — Apenas fue capaz de balbucear Abel.
—Ahora sé lo que eres y para tu desgracia jamás podrás volverme a hacer daño, hechicero —pronunció con furia estrechando su agarre —. Ahora dime, ¿quién es tu amo?
— No tengo amo —contestó Abel, sus ojos ya estaban totalmente inundados de lágrimas.
— ¡Dime! —exigió propinándole un certero golpe en el estómago, Abel se arqueó de dolor.
—Morirá... — sonrió altanero a pesar de la situación en que se encontraba; su voz apenas era audible, sus pulmones estaban a punto de colapsar y ahora incluso parecía que lloraba sangre.
— ¡Eliel! —gritó Amira con terror. Eliel volteó su mirada y se horrorizó al ver a la chica bañada en la sangre que por borbotones emanaba de su pecho desnudo.
— ¿Qué hiciste? —reclamó el demonio.
— Puede ser un hechizo incompleto, pero al fin y al cabo es un hechizo, uno del que sólo yo tengo control... —sonrió cual niño —. Puedes seguir aquí, intentando quitarme la vida, porque una vez que me mates el hechizo desaparecerá, pero al mismo tiempo, sabes tanto como yo que para ese entonces ella también estará muerta.
— ¡Lamentarás esto!
Eliel dejó libre a Abel, el hechicero tenía razón, con un hechizo de protección encima  necesitaría más tiempo que habilidad para matarlo y tiempo era precisamente lo que menos tenía. Corrió hacía Amira y la acunó entre sus brazos, lamentándose enormemente por el grado de ignorancia del que sufría y que el mismo se había obligado a adoptar. En otros tiempos hubiera sido capaz de quitar el hechizo que ahora parecía reclamar la vida de Amira, después de todo estaba incompleto lo que significaba que no tenía ni un cuarto del poder que tendría si lo estuviera. Pero había dejado parte de sus conocimientos ocultos en siglos pasados, había esparcido los fragmentos más oscuros de su memoria por aquí y allá, convencido de que era hora de terminar con su existencia. Si dejaría de existir más temprano que tarde, entonces esos conocimientos no eran más que palabras vacías carentes de sentido y propósito, carente de utilidad alguna. Por eso los abandonó. Y ahora estaba sumamente arrepentido. Su aburrida vida lo había orillado a eso, jamás imaginó que habría alguien capaz de hacer que sus deseos por vivir, resurgieran desde su interior cual ave fénix.
—Amo cuando la desesperación se apodera de ti, le da un brillo a tus ojos que sencillamente encuentro fascinante.
—No tengo tiempo para tus palabrerías, Joel.
—Sólo el hechicero que recitó el hechizo puede deshacerlo, lo sabes, acepta que tu muñequita pronto morirá.
—Sé que hay forma de deshacerlo, el hechizo está incompleto —murmuró lleno de horror. — Sólo lo he  olvidado...
—Hermanito, hermanito, te desconozco. —Joel Lanzo una fina  daga a los pies de Eliel —. Deshazte de la piel sobre la cual está escrito el conjuro.
—Es... No podría...
—Eso quiere decir que estás con esa sucia humana por su belleza, una vez arruinada su belleza ya no interesará, una vez que su cuerpo se encuentre corrupto perderá el encanto que tiene sobre ti —suspiró —. Y yo aquí pensando que ella era especial y que por eso te tenía tan hechizado, qué pérdida de tiempo de mi parte.
—No es su belleza —tomó la daga —, tampoco es su alma... Simplemente es ella...
Amira yacía agonizando entre sus brazos, jadeando aquello que en cualquier momento, parecía, se convertiría en su último aliento. Eliel besó sus ensangrentados labios y comenzó prácticamente a despellejar los lugares en donde estaban las marcas. Eliel se vio en la necesidad de limpiar la sangre en varias ocasiones, no quería cortar demasiado, no quería lastimar de manera brutal la delicada piel de Amira, pero ya era demasiado tarde para eso. La herida dejaría una enorme marca, una que él jamás sería capaz de ocultar.
Joel se acercó a la agonizante pareja y colocó una mano sobre el hombro cansado de su hermano, como si de esa manera tratara de demostrar alguna clase de fraternal apoyo. Tomó la daga de manos de Eliel y la envolvió —sin limpiarla— en un pañuelo. Luego simplemente desapareció.
Eliel ni siquiera se percató de que, ni su hermano ni Abel, seguían cerca de ellos. Con su mirada expectante puesta en el rostro de Amira, de lo único que era consiente era del dolor que sentía su... ¿corazón? ¿Su alma? No, él no tenía ninguna de esas dos cosas, no explicaba el dolor que sentía, simplemente lo sentía, era como si su propia vida pendiera de cada uno de los pequeños suspiros de la chica, por alguna razón se sintió atado a ella, no sabía qué era eso.
—Que viva por favor —suplicó viendo el cielo. Después limpió los labios de Amira para depositar un nuevo beso sobre estos —. Doy mi vida o lo que queda de ella, doy lo que sea que quieras, pero por favor deja que viva.
Eliel elevaba una sincera suplica hasta el cielo, imaginando el lugar en el que el Creador reposaba, arrepintiéndose por primera vez por haber abandonado ese lecho de paz. El dolor que sentía era avasallante, insoportable, daría cualquier cosa por dejarlo de sentir y entonces... Todo fue devorado por la oscuridad.


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