LFDI Capítulo 7: Sueños de venganza.


Capítulo 7:
Sueños de venganza.

Eliel estaba frente a ella, desnudo, como cada vez que sufría esa una vez extraña pero ahora tan característica transformación. Más allá, Amira podía ver un enorme y apacible lago que era tan oscuro que asimilaba el cielo nocturno, o más bien, esa gran extensión de agua parecía un espejo en donde el cielo se reflejaba sin censura.
El demonio dio un paso atrás y luego otro y otro después de éste, con cada paso se alejaba de Amira y se acercaba a las oscuras aguas que parecían cubrir todo el horizonte.
— ¡Detente Eliel! —gritó Amira fuertemente —. ¡No te vayas, Eliel!
—Tengo que irme —dijo el demonio, pero la voz con la que fueron pronunciadas esas palabras no parecía la suya.
—Dijiste que siempre estarías a mi lado, dijiste que no te irías a menos que yo te lo pidiera y yo no te he pedido tal cosa —. Amira extendió su mano, pero Eliel hizo caso omiso de tal acción y siguió retrocediendo.
—El agua está tibia —dijo el demonio una vez que sus pies entraron en contacto con el líquido e ignorando por completo todo lo que la chica había dicho, siguió retrocediendo. Cuando el agua ya le llegaba por las rodillas se detuvo —. Ven a mí, Amira.

—Sólo... No te muevas de ahí... —Amira caminó hacia él, pero pronto descubrió que cada paso que ella avanzaba Eliel lo retrocedía. Ante tal descubrimiento se detuvo —. No te muevas  pidió esta vez de manera más anhelante.
Pero la súplica no fue escuchada y vio que el proceso se repetía: ella se adelantaba y él retrocedía, y por tanto decidió detenerse cuando vio que a Eliel el agua le llegaba hasta el pecho. Incapaz de saber qué más hacer, Amira observó desesperadamente sus alrededores. El lugar le parecía familiar mas no entendía por qué era de esa manera; no, jamás había estado en un lugar como este, todo debía ser producto de su imaginación, o alguien ponía esas imágenes dentro de su cabeza con el fin de inquietarla.
Amira retomó su paso con mucha más seguridad e incluso cuando el resultado era el mismo no se detuvo, sus pies tocaron el agua, que tal como había dicho el demonio, estaba tibia. A pesar de que el líquido apenas cubría sus pies no podía ver el suelo que pisaba, no era que el agua reflejara la oscuridad, el agua en sí misma era oscura. Asustada, retrocedió unos pasos, sus pies no estaban manchados pero sentía una incomodad sensación en ellos, era como un ligero adormecimiento.
— ¡Eliel! —gritó temerosa —. ¡Regresa!
El demonio no regresó, de hecho parecía que era incapaz de escuchar la suplicas de Amira. En ese entonces varios murmurios parecieron surgir desde las entrañas de la tierra. «Niña tonta... niña tonta» Resonaban como un eco constante e inagotable. «Te engañaron, te engañaron... un demonio, un demonio... un alma, un alma... la tuya, la tuya... ¡Traición!»
— ¡No! Eliel no es así...
«Un demonio, un demonio... un alma, un alma... un sacrificio, un sacrificio... el odio y el amor se entremezclan, el odio vence al amor... ¡Traición!»
— ¡Eliel!
— Aquí estoy Amira...
Amira abrazó fuertemente al demonio y después se tomó un poco de tiempo para observar a sus alrededores, le costó reconocer esa habitación porque no la frecuentaba, pero supo que era la enfermería. Después de tomar un breve suspiro se refugió en el amplio pecho del demonio, quien no demoró en acogerla entre sus brazos; pero a Amira eso no le pareció suficiente y casi con hambre voraz buscó los labios de Eliel los cuales capturó apasionada y desesperadamente.
—Siempre estás pidiéndome que te utilice y que te dé órdenes —jadeó sobre los labios de Eliel —. Esta será mi primera y última orden, no me dejes, no importa si en algún delirio te lo pido, no me dejes.
— ¿Sucedió algo mi apasionada Amira? —preguntó el demonio.
— Nada... No ha sucedido nada —contestó Amira para luego, con mucha impaciencia, hacerse nuevamente con los labios del demonio.
Los labios de Amira temblaban, todo su cuerpo temblaba mientras desesperadamente se aferraba al extrañamente frío cuerpo del demonio. Lo que sentía era una especie de apetito incontrolable, su cuerpo había sido consumido completamente por la lujuria, por el deseo de poseer a ese demonio en un pacto más físico que emocional; pero esa no era ella, esos pensamientos que inundaban su mente no eran los suyos, alguien la estaba manipulando, pero se rehusaba a creer que ese alguien podría ser Eliel. En ese momento Amira se separó de Eliel, lo vio directamente a los ojos y descubrió que no encontró en esa oscura profundidad lo que en ocasiones pasadas había encontrado. Esos no eran los ojos de Eliel aunque a simple vista así parecía. Llevó sus manos hasta el pecho del demonio en donde pudo sentir el hermoso vaivén de su respiración y el cálido retumbar de los latidos de su corazón, el sonido que producía dicho órgano tampoco parecía el de Eliel.
— ¿Quién eres? —preguntó dudosa, no sabía si se estaba comportando de manera demasiado cautelosa, pero había algo en el ambiente, y en Eliel mismo, que no encajaba.
— ¿Qué pregunta es esa, mi despistada Amira? —sonrió Eliel abiertamente, poco le faltó para estallar en carcajadas —. Soy Eliel, tú demonio.
— No... —Agitó la cabeza en negación —. No eres Eliel —. Paseó lentamente su mano por el brazo del supuesto demonio y después lo vio a la cara —. Estás frío, jamás he sentido el cuerpo de Eliel frío.
El aparentemente falso Eliel ladeó una sonrisa llena de indignación, llevó amabas manos hasta su rostro en un acto cargado con mucha melancolía, pero ese era un dolor fingido, el falso demonio se aferró al pecho de Amira con mucha vehemencia, lamiéndolo, mordiéndole mientras entre cada suspiro recitaba una serie de palabras que carecían de sentido alguno pero la fuerza con la que eran pronunciadas hacían que el temor que Amira sentía estuviera más que fundamentado.
—Si tan sólo —jadeó el demonio dementemente —, si tan sólo te hubieras sumergido conmigo en el oscuro e infinito lago de los sueños no hubiera sido tan doloroso para ti. A pesar de todo me pesa mucho matar a mi propia hermana. Pero no puedo perdonarte, no, no puedo perdonar a la mujer que me dejó tirado en el olvido. Ella fue la causa de todos mis sufrimientos y la única forma de hacerla sufrir es despojándola de lo que más quiere... —Abel había retomado su verdadera apariencia y después de haber recitado esas palabras, rodeó con ambas manos el delicado cuello de Amira, imprimiéndole mucha presión al agarre con el objetivo de que ella pronto dejara de respirar.
—Eliel —jadeó Amira con mucha dificultad mientras trataba de aferrarse a ese rayo de Luz que veía en la distancia y que parecía su única salvación.
Abel veía como entre sus manos la vida de su hermana iba reduciéndose cada vez más y más; en su rostro ya se podía ver como saboreaba la victoria. Durante mucho tiempo había estado abandonado, había pasado de orfanato en orfanato hasta que un extraño y misterioso ser lo acogió en el seno de su hogar. Esa persona se encargó de darles todas las comodidades con las que él ni siquiera había soñado, pero aparte de eso también le dio algo aún más importante: la verdad. Y para Abel la vida por fin obtenía sentido, por fin sabía porque él siempre se había sentido diferente a los demás, por fin entendía porque él miraba al mundo de manera distinta. Siempre había sentido que poseía un misterioso imperio sobre todo lo que lo rodeaba y estaba agradecido porque alguien se había mostrado dispuesto a ayudarle a entender y descifrar los misterios de su extraña vida.
Fue por medio de esa persona que pudo llegar hasta el vientre que le había dado la vida, y descubrió en el proceso que de ese mismo vientre había nacido otra existencia, una que a simple vista parecía no tener nada fuera de lo común; pero su padre adoptivo le advirtió a Abel casi enseguida que si no se deshacía de Amira su propia existencia estaría en peligro. No preguntó por qué, jamás se había atrevido a cuestionar a su padre, de hecho aprovechó la oportunidad para despojar a su progenitora de todo eso que con mucho fervor había conseguido.
***
Apestaba a cloaca. La humedad en el suelo y un ligero y molesto goteo proveniente de quién sabe dónde era lo único que impedía que aquel sucio y oscuro callejón se encontrara totalmente en silencio. Las estrellas y la luna brillaban por su ausencia y en el cielo nubes de tormenta era lo único que se podía apreciar. Un ulular taciturno y el insistente canto de un grillo se unieron a la orquesta. Joel odiaba el ruido, odiaba los lugares oscuros, apestosos y estrechos. No entendía porque los demonios que lograban abandonar el Hades decidían vivir en ese tipo de ambiente. A él le gustaba la opulencia, la manipulación, el poder; por eso cada vez que decidía pasar unos días en el mundo humano se sumergía en el universo de placeres carnales en que sólo los adinerados podían permitirse.
Pero estaba ahí por una razón, no era una razón de peso pero se estaba aburriendo de siempre lo mismo: alianzas con íncubos definitivamente no era lo suyo, pero las hermosas casualidades de la vida lo habían juntado con Rauel quien decía ser el padre de la nueva muñequita de Eliel. Y esto era precisamente lo que lo había tentado tanto, después de todo, uno de las cosas que más disfrutaba era de quitarle a su hermano lo que tan celosamente cuidaba.
Joel no había sentido nada especial al momento de ver a Amira, admitía sin duda que con un poco de educación podría a llegar a ser alguien muy poderoso, porque la chica poseía «talento»; pero aparte de eso, no había en ella ese «algo» que siempre atraía a los demonios más poderosos. El sonido de una lata rodando y un quejido casi silencioso obligó al demonio a abandonar sus pensamientos. Levantó la mirada y a pesar de la cegadora oscuridad pudo ver como Rauel se acercaba lentamente.
Los íncubos a pesar de ser demonios de rango bajo eran infinitamente hermosos, poseían un atractivo exótico que embriagaba las débiles mentes de los mortales que siempre terminaban convirtiéndose en sus presas. Eran ellos quienes, con un simple chasquido de dedos, sumergían a cualquier alma en un mundo de placeres inagotables, para de esa manera, convertir ese último éxtasis en su alimento.
Rauel avanzaba temeroso, su mirada seductora era completamente desaprovechada porque estaba fija en el húmedo concreto. Sus pasos sonaban pesados y cansados y su respiración parecía estar de la misma manera. Al estar frente a Joel hizo una breve reverencia. Una lámpara cercana, que hasta entonces había estado apagado se encendió, revelando de esa manera la apariencia de ambos seres.
EL cabello rubio platinado de Rauel reflejó la luz como si se tratara de oro, sus finas facciones también fueron reveladas, había una ligera marca en su mejilla izquierda, bastante parecida a un corte ya cicatrizado, sus ojos color azul eran ligeramente opacados por los mechones de pelo que como velo, cubrían su rostro.
Joel observó al demonio, debía aceptar que era uno de los íncubos más hermosos que había conocido, si no fuera por esa «impureza» en su rostro ya lo hubiera reclamado como suyo, no le importaba verse involucrado con un demonio de tal calaña, era un costumbre  bastante común entre las clases altas, después de todo, tanto los íncubos como los súcubos eran una especie de dioses del sexo.
— ¿Obtuviste lo que buscabas íncubo? —preguntó Joel, en ese momento llevó su mano hasta su barbilla en un gesto que a pesar de haber sido hecho con mucha delicadeza pareció obsceno.
—Me temo que no, mi señor  contestó cabizbajo —. Al parecer he cometido un error, mi criatura ya no reside en esa casa.
— ¿A ver...? —lamió sus labios y comenzó a caminar alrededor de Rauel —. ¿Cómo llegaste a esa conclusión?
—Su hermano lo dijo, mi señor, no hay razón para dudar de su palabra —aclaró el íncubo con una actitud sobrecargada de fingida humildad.
—Mi hermano podrá parecer «fiable» —comentó Joel imprimiéndole mucho desdén a sus palabras —, pero al fin y al cabo es un demonio, como tú, como yo; y seres como nosotros no nos permitimos ser gobernados por los mandamientos supremos del Creador.
—No entiendo, mi señor...
— ¡Te mintió! —exclamó con impaciencia —. Es obvio que mi tan fiable hermano te mintió —. Sonrió muy divertido y se detuvo —. Has visto con tus propios ojos la extraña fascinación de mi hermano para con esa niña, y sabes cómo somos, lo queremos todo para nosotros mismos —. En ese momento Joel suspiró, redujo la distancia entre el íncubo y él rodeándolo con sus brazos en algo parecido a un abrazo, acercó sus labios hasta la oreja de Rauel y dijo —: No te rindas, es tú hija, de eso puedes estar seguro.
— Mi señor... —Rauel se estremeció.
— ¡Te ayudaré! Hoy me siento... caritativo. No soporto la idea de padre e hija separados por caprichos de la vida, la simple idea lastima mi corazón. Pero en fin, no debemos apresurarnos, haremos todo con mucha cautela, yo prometo ayudarte a recuperar a tu hija, sólo pido que me dejes charlar brevemente con ella, quiero descubrir por mí mismo que es lo que, ante los ojos de mi hermano, la hace tan especial.
— Pero mi señor, eso es tan poco...
—Sí, lo sé —interrumpió —, es sólo que me interesa conocer las cosas en las que anda metido mí hermano, simple curiosidad nada más.
—Muchas gracias, mi señor.
—Aunque hay una cosa que aun no entiendo —dijo lleno de interés —. Con todas las semillas que ha plantado, me parece peculiar que te preocupes por esta en específico.
—El simple hecho que haya nacido sana y normal, hace que tenga un especial interés en ella —contestó Rauel —. Como mi señor sabrá, generalmente esas criaturas no llegan a nacer, y si lo hacen son unos monstruos que no viven más que un par de meses.
—Bueno, bueno, tus razones tendrás, yo no soy nadie para entrometerme sonrió como restándole importancia al asunto —. Entonces, estaremos en contacto.
Joel se volteó y de despidió con ese característico gesto con la mano. Rauel vio como el demonio se alejaba y no se movió de su lugar hasta que vio que este se fundía con las sombras. Recuperó su postura habitual, altanera y a la vez elegante, odiaba tener que rebajarse tanto cuando estaba en presencia de un demonio de rango alto, pero de sobra sabía que no llegaría muy lejos si en lugar de mostrarse sumiso se mostraba petulante y controlador.
***
Amira despertó y lo primero que vio fue oscuridad, sus ojos tardaron un par de segundos en acostumbrarse a dichas tinieblas, pero cuando lo hicieron lo primero que notó fue el errante danzar de la cortina que semicubría esa ventana que siempre dejaba abierta. Le pareció curioso, porque esa cortina siempre estaba recogida, alguien debió haberla soltado, pero al mismo tiempo eso le hizo comprender que estaba en su habitación. La suavidad y el aroma de las sabanas así lo comprobaban. Restregó sus ojos con una calma desesperada, posó su vista nuevamente en la ventana sólo que esta vez una silueta yacía al otro lado de la danzante tela. Amira reconoció de inmediato a Eliel y estaba segura que esta vez no había cometido ningún error. La joven se levantó y caminó hasta la ventana, sujetó la cortina para hacerla a un lado y en ese momento el demonio tomó su mano.
Amira inmediatamente sintió esa característica calidez que siempre emanaba del cuerpo de Eliel. No había error alguno, ese verdaderamente era Eliel.
—Mi ausencia te puso en peligro —susurró dolorosamente.
— Pero si estoy aquí significa que me salvaste, además no puedes estar en todos lados, sólo hay alguien capaz de hacer eso y por lo que veo, no hace buen uso de esa habilidad.
—A pesar de todo no pierdes tu peculiar humor, mi dulce y solitaria Amira. Pero no hay excusas para mi comportamiento, sabía que te seguían y aun así te dejé sola.
— ¿Y se puede saber cuándo te convertiste en mi fiel perro guardián? Compañía por compañía Eliel, no lo olvides. —Amira liberó su mano, terminó de correr la cortina para de esa manera poder aferrarse plenamente al cuerpo de Eliel —. debo admitir que estos días me he sentido más asustada que jamás en toda mi vida.
—Lamento que sea por mi culpa —se disculpó Eliel mientras con sus finos dedos peinaba el cabello de Amira.
—No lo lamentes, en el fondo sabía que cosas así pasarían. Bueno, la verdad es que no tenía ni idea pero ahora que lo pienso un poco creo que es lo normal.
— ¿Cómo está tu cuello?
—Aún duele, pero no te preocupes, estaré bien.
—Vamos, regresa a la cama, necesitas descansar.
—Sólo si me acompañas...
El demonio sonrió mucho más aliviado, no pensó que Amira tomaría las cosas con tanta calma, no después de que alguien hubiera intentado asesinarla. Pero así era ella, vivía en el presente, de que lo que miraba en el momento, no se mortificaba con cosas que habían pasado y mucho menos por aquellas que aún no ocurrían, y era esa una de las razones por las cuales estaba completamente embobado por ella.
Hacía mucho que ese tipo de personas habían dejado de existir, y las que aún existían eran muy pocas por lo cual era verdaderamente difícil encontrarlas. La mente de los seres humanos siempre había sido débil y fácilmente manipulable. Era una pena que la obra maestra del Creador se deshiciera tan fácilmente y por razones  estúpidas. Un comercial bastaba para lavarles el cerebro, con una sola palabra de alguien «aparentemente influyente» podía cambiar el rumbo de sus vidas sin importarle a quiénes lastimaban en el proceso. Eran tan propensos a tomar decisiones apresuradas que Eliel creía que esa era en realidad la raíz de todos los males del mundo.
¿Y qué si los demonios vivían de corromperlos? Si no fueran tan débiles de mente ni siquiera podría acercarse a un tan sólo ser humano, pero por lo contrario era tan fácil manipularlos, en un abrir y cerrar de ojos los tenía comiendo de la palma de su mano y eran capaz de hacer lo inimaginable sólo por una cosa: riquezas. Esos estúpidos seres aún no entendían que a la hora de pasar a la otra vida nada de eso importaría, porque irían a un lugar en donde serían juzgados por la riqueza de su corazón y no la de sus bolsillos.
Por eso Eliel se cansó de ellos. Por eso había decidido dejar atrás la vida que durante siglos había vivido. Ya nada representaba un reto para él, antes, cuando no había anuncios comerciales, ni estrellas de cine, ni deportistas millonarios; antes, cuando a pesar de la pobreza, las familias se reunían a cenar todos juntos, o cuando en necesidad, todos acudían en socorro; antes la vida era mucho más difícil, probablemente por eso los seres humanos de antes tenían una mente mejor construida, porque se preocupaban por seguir vivos, mientras que ahora lo que preocupaba a la gran mayoría era vestir a la moda, tener lo último en tecnología, y se aferraban a eso y lo anhelaban con tanta fuerza que a pesar de no contar con los recursos económicos necesarios para adquirirlos hacían todo lo posible para obtenerlos. De esa manera se endeudaban y de esa manera el dinero se fue convirtiendo en una de las más abominables desgracias del mundo.
De alguna u otra forma Eliel sentía que Amira era totalmente diferente a todas esas personas que a lo largo de los siglos había conocido. Por fuera ella parecía tan alarmantemente normal, pero por dentro todo era divinamente diferente, como debía ser, como a él le gustaba.
El demonio miró a Amira después de haber abandonado su mundo interior, siglos y siglos de recuerdos estaban amontonados unos sobre otros y eran tan obsoletos y tan banales que ni siquiera podía distinguir el orden cronológico con que los fue almacenando dentro de su cabeza, ese era el único mundo al que él verdaderamente pertenecía y era el mundo que Amira veía cada vez que se perdía en los oscuros ojos negros del demonio. Pero esta vez fue Eliel el que se perdió al sumergirse en las enormes y brillantes iris almendradas de Amira. Ambos yacían acostados de lado sobre esa cama que a pesar de ser pequeña en ese momento les parecía enorme.
Lo que Amira vio en Eliel fue alivio y algo ligeramente parecido a la felicidad; lo que Eliel vio en Amira fue tranquilidad, paz, serenidad, no había dentro de ella ninguna tan sola gota de ansiedad o alarma, como si no temiera por su vida, como si lo ocurrido hubiese sido no más que una simple e infantil pesadilla. Eliel, tal vez por primera vez en muchos siglos rogó muy fervientemente porque fuera él la causa de que Amira estuviera tan tranquila, de alguna manera quería aferrarse a la creencia de que la chica estaba a gusto a su lado, porque aun cuando sabía que así era, algo dentro de sí lo hacía dudar y le hacía creer que él estaba forzando su presencia en la vida de Amira.
—Mi madre lleva consigo la verdad —suspiró Amira sin despegarle los ojos de encima al demonio —. Necesito llegar hasta esa verdad.
—Pero supongo que simplemente preguntándole no será suficiente. —Acarició la tersa mejilla de Amira y dejó su mano ahí para disfrutar un poco más esa calidez.
—Ella no contestará, Eliel. Mi madre jamás me dirá la verdad porque está avergonzada de ella —. Posó su mano sobre la de Eliel que aún descansaba en su mejilla, y entrecerró los ojos al sentir la calidez.
—«Él» puede estar mintiendo —soltó el demonio con mucha sorna, odiaba a Abel, pero sobre todo odiaba haber permitido que todo eso pasara sin él darse cuenta de ello.
—No, todo lo que dijo encaja perfectamente —suspiró una vez más y aferró su mano más fuertemente a la mano de Eliel —. Probablemente mamá fue violada, pero ella siendo tan religiosa jamás hubiese podido deshacerse de esa criatura estando aun en gestación. Para mi madre, el aborto es un boleto gratis al infierno y ella siempre, desde que nació, ha sido muy devota. Pero alguien tiene que saber la  absoluta verdad.
—No existe tal cosa como la verdad absoluta, querida mía. Para Abel, la verdad es que su madre lo abandonó; para tu madre, la verdad es que tuvo que deshacerse de un niño porque probablemente pensó que alguien más lo querría como era debido. Tu madre jamás amaría a un niño producto de una violación, tal vez por eso tuvo que dejarlo.
—No, mi madre sabría que la criatura no tenía por qué cargar con los pecados de su padre. Aquí hay algo más, porque Abel no es normal, es un íncubo.
—Me temo que es mucho más poderoso que eso, Amira, aunque no niego que ciertas características en él afirman que lo sea. Pero por esto... —Despegó al fin la mano de la mejilla de Amira y la condujo muy lentamente hasta llegar hasta su lastimado pecho, en dónde se podían apreciar, gracias al escote del pijama, las mordeduras y arañazos que Abel había dejado. Mordió sus labios con impaciencia, trataba fuertemente de controlar sus impulsos —. Por esto... ¡Acabaré con él! —rugió indignado —. Acabaré con él y no porque tú me lo pidas, sino porque yo así lo deseo.
—Acabaré con él yo misma —sonrió Amira sorprendiendo a Eliel —. No le perdonaré jamás que haya jugado con mi mente y con mi cuerpo de la manera que lo hizo. Me hizo sentir cosas que yo jamás sentiría, me hizo actuar de una manera totalmente irracional ¿De qué sirve estar vivo si lo que sientes o lo que haces no lo decides tú mismo? Lo odio, Eliel, creo que por fin puedo decir abiertamente que odio a una persona. ¡Lo odio!
— ¡Ah, mi bella Amira! Jamás dejas de sorprenderme.

La mañana siguiente Amira se levantó decidida, sabía que su madre jamás le diría de buenas a primeras acerca del hijo que había abandonado, pero no era un asunto que podía dejar pasar tan fácilmente, mucho menos cuando su vida corría peligro. Con lo mucho que odiaba depender de los demás no le quedó de otra más que aceptar que su vida habría terminado de no ser por la intervención de Eliel. Era algo que de alguna manera le molestaba muchísimo, pero dejó de mortificarse por ello porque tenías cosas más urgentes de las cuales preocuparse.
Estaba Abel y su madre. Sabía que al momento de que se revelaran los misterios del nacimiento de Abel también se revelaría su verdadera naturaleza, y necesitaba saber con quién estaba tratando. Eliel le había dicho que era más poderoso que un íncubo, más en primer lugar jamás aceptó que fuera un demonio, pero tampoco lo negó. Amira creía que Abel era diferente, no era un demonio, no era un humano... las ideas se le agotaban. ¿De qué le servía que supiera lo que Abel no era cuando lo único que necesitaba saber era qué era? Pensó entonces que probablemente su padre tendría conocimiento de algo, y era más probable que él sí le dijera algo.
Se arregló rápidamente. Sorpresivamente Eliel seguía dormido en su cama, no pensó que un demonio se cansaría tanto. Pero una vez estando lista se acercó a él para depositar un beso de buenas días en su mejilla. El demonio rápidamente despertó y al ver a Amira no pudo hacer otra cosa más que sonreír. Cuando Amira abandonó la habitación, Eliel se desvistió, dejó la ropa guardada en un cajón y rápidamente se transformó en cuervo, tenía la sensación de que ese sería un día bastante largo.
Por primera vez en mucho tiempo Amira había dormido tranquilamente. Su madre le había dicho que estaba bien si dormía toda la noche y que no necesitaba madrugar, la mujer se había preocupado cuando del instituto de su hija le hablaron comunicándole que ésta se había desmayado, porque obviamente la mujer desconocía por completo lo que había sucedido.
Por desgracia, como se había despertado tan tarde, no fue capaz de ver a su padre, por lo cual, obviamente, no fue capaz de averiguar lo que tan intrigada la tenía. Pero pensó en ese momento que no sería bueno, aun tratándose de su padre, que soltara la interrogante a quemarropa, debía encontrar una manera más sutil para lograr su cometido.
De camino al instituto vio su cuello en una de las vitrinas de las diferentes tiendas que adornaban el camino, no habían ninguna tan sola marca sobre éste, lo cual le pareció curioso, se suponía que los dedos de Abel tenían que estar impresos sobre su piel en una tonalidad purpura enfermiza. Pero no había nada ahí. Examinó su cuello durante unos segundo más pero cuando por fin se convención de que no encontraría nada sin importar cuántas veces viera decidió retomar su camino con una enorme sonrisa, si Abel pensaba que las tendría fácil estaba muy equivocado.

Eliel ya había retomado su forma humana nuevamente e incluso ya había encontrado prendas con las cuales vestirse. Al igual que Amira él se sentía extrañamente perdido, como si hubiera perdido el camino. Como si le acabaran de arrancar, abruptamente, todas las respuestas. También sentía una especie de necesidad, pero esa necesidad no le era para nada desconocida, quería matar: acabar con la vida de Abel, tomar la dulce venganza con sus manos y saborearla hasta saciarse.
Entendía por completo a Amira y aunque hacía mucho que no odiaba a ningún ser en toda la extensión de la palabra, eso había cambiado cuando Abel decidió meterse con lo que más atesoraba. En ese momento los ojos del demonio brillaron, el tono carmesí que los embargó fue más intenso que nunca; lamió sus labios y luego los mordió, peinó su largo cabello con ambas manos y luego de eso esbozó una sonrisa siniestra: esa noche iría de casería.


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