LFDI Capítulo 6: Krystel.


Capítulo 6:
Krystel.

Amira sintió compañía. Estaba extremadamente soñolienta más aun así pudo sentir que al otro lado de la cama un cuerpo reposaba junto al suyo. ¿Quién era? No creía poder averiguarlo por quería voltearse para descubrir de esa manera al dueño de aquel cuerpo cálido y a la vez frío; pero no podía, no podía porque estaba siendo presa de una pesadez enorme y sofocadora, sentía como si sus pulmones fuesen incapaces de expandirse y por tanto también sentía como si el aire fuera a acabársele en cualquier momento. ¿Quién era el responsable de esa pesadez? ¿Quién apresaba su cuerpo de esa manera?
Abrió los ojos genuinamente sorprendida, su respiración erráticamente acelerada y los ensordecedores latidos de su corazón delataban lo que había sucedido, había tenido una pesadilla, un mal sueño y está vez Eliel no había sido el responsable de ello, en primer lugar el único sueño que había compartido con el demonio ni siquiera había sido una pesadilla, simplemente había sido diferente.

Necesitó varios minutos antes de que pudiera regular su respiración, el sudor caía desde sus sienes y brillaban tal pequeños diamantes. Fue entonces que sintió sed y por tanto se dispuso ir a buscar un vaso de agua. El instante en que las plantas de sus pies hicieron contacto con el piso una oleada bastante parecida a un escalofrío recorrió por completo su cuerpo, aun así eso no hizo que desistiera en su cometido.
Caminar en su casa a esas horas de la noche jamás le había parecido tan intimidante como en esa ocasión, veía las sombras bailar sin ritmo alguno en cada rincón de la casa, se reflejaban en cada pared, en cada mueble, en cada esquina; parecían tener vida propia, parecían acecharla, y esa sensación no le gustaba para nada. ¿En dónde se había metido Eliel? Desechó la interrogante casi en el segundo mismo que la formuló. No podía estar dependiendo de Eliel para todo, jamás había dependido de nadie en primer lugar y no tenía por qué comenzar ahora, y aunque era cierto que el demonio lo provocaba un sentimiento de seguridad que jamás había sentido, también era cierto que no podía abusar de ese privilegio.
Amira se detuvo en ese momento, respiró profundamente y luego dejó salir todo el aire contenido en sus pulmones para después seguir caminando hasta llegar a la cocina. Todo ahí seguía igual de oscuro y silencioso, se rió internamente por la observación, claro que iba a estar oscuro y silencioso si eran casi las tres de la madrugada.
Con algo más parecido a la pereza que a la paciencia, tomó un vaso y después abrió el refrigerador para tomar el envase en que siempre mantenían el agua helada. El incoloro líquido fluyó desde el recipiente hasta llenar el vaso, Amira regresó el objeto a su lugar y después se dedicó a beber el agua como si se tratara de la bebida más deliciosa del mundo, y aunque el líquido carecía de sabor, para la chica de hecho, así era.
Más calmada y menos sedienta se dispuso a regresar a su habitación para descansar un poco más, sabía que no supondría diferencia alguna dado que su hora de levantarse estaba cercana pero pensó que unos cinco minutos más la ayudarían aunque fuera un poco, más con lo pesadas que estaban las cosas últimamente. Posiblemente le estaba dando demasiadas vueltas al asunto y dándole una importancia que probablemente no se merecía, pero había sido tan grande el susto que se había llevado que en realidad no había mucho que pudiese hacer al respecto.
El amanecer al fin llegó y para esa hora Amira ya había cumplido todas sus tareas y se disponía ahora a servir el desayuno. Estaba agotada. Hacía mucho que no dormía decentemente producto de una serie de incomodidades que la acosaban durante las noches y cuya procedencia desconocía completamente. Pero no podía quejarse de nada de eso, ¿quién le creería para empezar? Seguramente nadie, solamente Eliel y de él se rehusaba a depender tanto.
En los últimos días Eliel había andado de un humor de perros, se esforzaba por ocultarlo y sinceramente para ser un demonio —alguien que vivía de engañar a los demás— lo hacía bastante mal. Amira evitaba comentar acerca de su estado de ánimo y no era porque temiera molestarlo aún más, sino porque en el fondo sabía que no le importaba, los asuntos de Eliel sólo eran de él mismo y no quería entrometerse en la vida de los demás, jamás le había gustado eso. Pero poco a poco comenzaba a reconsiderar la idea, el humor de Eliel no parecía mejorar en absoluto, y aunque jamás se despegaba de ella, la verdad era que tenerlo cerca o no, no suponía diferencia alguna, ya que aun estando en la misma habitación o caminando a su lado, la presencia del demonio pasaba totalmente desapercibida.
Varios días después del incidente con Abel las cosas parecían volver poco a poco a la normalidad, Amira ya no se sentía acechada ni perseguida, cualquier presentimiento atemorizante había desaparecido, o bueno, eso era lo que parecía. Para empezar no le había comentado a Eliel lo que había sucedido con Abel en el campanario, en primer lugar, porque no tenía que andarle comentando todo al demonio, no era su deber; y en segundo, porque aún seguía gravemente desconcertada y se creía incapaz de encontrar las palabras adecuadas para describir tal acontecimiento. Aparte de eso parecía que el rubio de ojos azules al fin se había dignado en dejarla en paz y si a él ya no le importaba nada de lo que había sucedido entonces a ella tampoco tenía que importarle.
Por su parte Eliel aun encontraba desconcertante lo que le había sucedido a él, y es que dejarse abatir por un ser desconocido no era un asunto que podía tratar a la ligera. En parte sabía que su comportamiento era irritante y, aunque trataba de moderarse, sabía que le estaba ocasionando muchas molestias a Amira aun cuando no era su intención. Sabía que necesitaba alejarse aunque fuera un poco de ella, necesitaba pensar las cosas con claridad y con calma y eso sólo lo conseguía estando sólo, pero temía dejar a la chica sola porque, aunque parecía que todo se había calmado, por dentro sabía que no era así.
— ¿Qué pasó con el campanario? —preguntó Eliel al tiempo que tomaba el abanico que Amira sostenía en sus manos y gracias al cual se refrescaba un poco —. ¿Ya no te gusta ese lugar?
— No es eso —respondió Amira ofreciéndole una mirada molesta al demonio por haberla despojado de su abanico —, simplemente hace mucho calor para estar ahí, además con ese uniforme pasas totalmente desapercibido así que no importa que estemos bajo este árbol, aparte de eso, también es raro que alguien venga a este lugar.
La verdad era que estaba siendo cautelosa, temía encontrarse nuevamente con Abel si iba al campanario.
—Te conoces todos los escondites, supongo que eso se debe a que siempre has preferido estar sola —comentó el demonio para luego reposar su cabeza en el hombro de Amira, estiró el abanico y comenzó a refrescarla —. Te ves cansada —agregó sin despegarle la vista el hermoso perfil de la joven.
— Estoy bien. —Respiró hondo y posó su mirada en las hojas del frondoso árbol que los cobijaba —. Es lo normal.
— ¿Así que es normal acostarse a la una de la madrugada haciendo los deberes del instituto y que te despiertes casi a las cuatro de la madrugada para hacer los quehaceres de la casa? —preguntó Eliel con mucho sarcasmo. No estaría mal que Amira comenzara a quejarse un poco pero al mismo tiempo le gustaba como contenía todas sus incomodidades, generaba en él ansioso deseo de develar cada una de las facetas de Amira.
—Ah, ya deja eso, tengo mucho calor como para discutir.
—Apenas y duermes tres horas, de seguir así acabarás muerta —apuntó el demonio retirando su cabeza del lugar tan cómodo en donde reposaba.
— ¿Y qué eso no te gustaría? —preguntó divertida recordando que ya habían tenido una conversación similar —. ¿No habías dicho que así era mejor porque me tendrías sólo para ti?
—Eso dije, pero hice ese comentario pensando en que morirías de unos noventa años. —Al escuchar ese comentario Amira no pudo hacer otra cosa más que sonreír, el demonio hizo caso omiso de esa reacción y siguió hablando —. El ciclo de la vida tiene que respetarse, los humanos son los únicos que lo irrespetan.
—Ayudados por ustedes según sé —interrumpió la chica.
— ¿Y qué si así es? Al final son ustedes los que tienen la última palabra, nosotros sólo les damos un ligero empujoncito.
—Eso no lo discuto —sentenció la fémina —. Ahora bien... —volteó un poco la mirada encontrando una manera para abordar el tema —. Mo quería inmiscuirme de esta manera, pero habrás notado que tú súbito cambio de humor me está afectando un poco.
—Siempre logras sorprenderme mi dulce y multifacética Amira —suspiró el demonio —. Y yo aquí pensando que mis oídos jamás escucharían una queja proveniente de tus deliciosos labios. Ya que lo mencionas, no es nada grave, uno que otro papeleo por aquí y por allá, los demonios somos como empresarios, tenemos que hacer ese tipo de cosas.
—Ah... —Amira volteó los ojos para nada convencida, la verdad la mentira no le había molestado, Eliel era un demonio después de todo, era obvio que mentiría a cada momento —. Pues suerte con eso —dijo desganadamente para después ponerse de pie.
El demonio, al sentir que Amira se alejaba, no hizo otra cosa más que tomarla de la mano, le puso unos ojitos como de cachorrito diciéndole de esa manera que no se fuera y que se quedara a su lado, pero lo que el demonio no sabía era que a Amira ese tipo de chantaje no la convencía y por tanto era inútil usarlo en ella. La chica hizo algo de fuerza para desprenderse del agarre de Eliel quien terminó soltándola después de unos breves y a la vez, eternos segundos. Se despidió del demonio con un seco «hasta luego» y se adentró de nuevo al edificio en dónde pronto comenzarían las clases.
Al llegar a su salón de clases, descubrió —muy para su sorpresa— que no había ninguna tan sola alma dentro de éste, lo cual era raro, ya que sin importar que fuera recreo o no, siempre había alguien que decidía pasarlo dentro de esas odiadas cuatro paredes. Restregó sus ojos pensando que todo era una ilusión, y al parecer así era, porque cuando vio nuevamente, más de tres compañeros de clases estaban dentro del salón. Amira no se explicaba cómo no los había visto, atribuyó lo acontecido a su cansancio, debía hacerle caso a Eliel y dormir más de tres horas diarias.
La jovencita se hizo camino entre las pocas persona y los pupitres para llegar hasta el suyo y sentarse, no tenía idea de cuánto tiempo faltaba para que comenzaran las clases pero aunque fuera sólo un minuto lo utilizaría para descansar aunque fuera un poco sus ojos. Esa había sido su intención inicial, pero la acción tuvo que posponerse al escuchar las ruidosas carcajadas de Ángela. Levantó la vista y vio que la chica venía de la mano con el chico nuevo. Abel sonreía galantemente mientras Ángela reía a carcajadas muy abiertamente, sin importarle si sus alaridos molestaban o no a los demás presentes. La pareja se acercó a Amira, sentándose Ángela en el pupitre de la par y Abel en el que estaba enfrente de ella.
Como pudo se esforzó en ignorarlos, mas conociendo a Ángela sabía que eso sería imposible. La chica comenzó a hablarle casi de inmediato y con un tono de voz más grosero de lo normal. Para Abel el comportamiento de la chica era total y rotundamente insoportable, nada en ella podía catalogarse como agradable y mucho menos como aceptable; pero a pesar de que la velocidad con que le hacía perder la paciencia era tremenda, decidía hacer esa incomodidad a un lado, ya que de una u otra manera, Ángela terminaría siéndole útil.
Las voces de Ángela y Abel comenzaron a retumbar dentro de la mente de Amira provocándole un terrible dolor de cabeza, que junto a las altas temperaturas, generó en Amira un incontenible deseo por abandonar el salón de clases a como diera lugar, pero cuando quiso ponerse de pie, descubrió que su cuerpo estaba como adherido al pupitre. La ansiedad y la desesperación del momento hicieron que se agitara casi epilépticamente sobre la silla, pero segundos después de haberle dado inicio a ese errático movimiento en su cuerpo, se halló a sí misma incapaz de seguir moviéndose. Varios sonidos, entre ellos voces de niños y adultos, comenzaron a azotar su sentido auditivo; dichas voces se le hacían peculiarmente familiares y al mismo tiempo completamente extrañas, pero sí podía distinguirlas o no poco importaba en ese momento, porque igual seguiría sintiéndose abatida debido a éstas mientras no desaparecieran del todo.
Luego de un lapso que pareció más bien una eternidad, las voces comenzaron a acallarse una por una hasta que el silenció volvió a reinar dentro de su cabeza, ya ni siquiera podía escuchar las voz de sus propios pensamientos; fue hasta ese entonces que creyó que al fin lograría calmarse.
Aspiró una gran bocanada de aire que luego dejó salir, repitió este proceso una y otra vez hasta que a los lejos logró distinguir las voces de Ángela y Abel; pero cuando comenzaba a recobrar la lucidez, todo, tanto a su alrededor como en su interior, se nubló nuevamente. Proveniente de su derecha, escuchó pasos: pasos lentos, pesados y cansados, como si le pertenecieran a alguien muy viejo. A medida que dichos pasos se iban alejando sintió una corriente ligera y fría que terminó sonando como el aleteo violento de algún ave.
Reinó el silencio nuevamente, todo estaba oscuro lo que hacía que el temor creciera y se multiplicara incesantemente. Amira deseó ser sorda en ese momento, porque ya no soportaba escuchar sonidos cuya procedencia desconocía. Aun así se obligó a no bajar la guardia, quería seguir lo mayor atenta posible, pero mentalmente se agotaba más y más, y cuando pensó que todo se impregnaba nuevamente de tranquilidad, una nueva voz, esta vez proveniente de su lado izquierdo, comenzó a martirizarla.
La voz era infantil, eran tímidas pero a la vez vividas carcajadas infantiles, eran sonidos melodiosos y dulces. Con cada carcajada la voz parecía agravarse aún más; pasaron de ser las risas de niños pequeños a la risa de varios adolescentes y estas a su vez a las de muchos jóvenes, las joviales carcajadas mutaron una vez más dándole cabida a unas que parecían más maduras, las cuales, luego de un tiempo, se convirtieron en las desgastadas risas de un anciano. Y cuando parecía que ya no se desarrollaría ningún cambio más, las voces y sus respectivos tonos mutaron nuevamente, pero esta vez lo que resonó en todo ese oscuro y tenebroso espacio fueron carcajadas macabras, temibles, llenas de resentimiento y odio, eran secas y extremadamente agobiantes.
Amira se sintió pesa de un pánico como ningún otro, lo peor era que entre esas tinieblas no podía reconocer absolutamente nada, ni siquiera lograba acertar si eso lo vivía en realidad o si todo era producto de su mente, una pesadilla. Pero tenía que ser una pesadilla, ya había sufrido muchas con anterioridad entonces esa no tenía por qué ser la excepción.
¡Así era! Estaba dormida y ese no era más que un mal sueño del que pronto, muy pronto, despertaría. Comenzó a mentalizarse de esa manera y se dispuso a esperar el fin de ese horrenda pesadilla, pero en lugar de eso las macabras carcajadas comenzaron a intensificarse y pero aún, ahora parecían sonar más y más y cada vez más cerca.
«¡Cállense, no se acerquen! ¡Ya basta!» gritó Amira desesperada, llevó sus manos a sus oídos para taparlos pero no supo si en realidad había hecho tal cosa porque ni siquiera sentía sus extremidades. Ya no soportaba más, se sentía enloquecer las insoportables risas ahora retumbaban junto a su oído...
— ¡Cállense! —gritó Amira llena de pánico. Abrió los ojos y lo único que encontró fueron las miradas confundidas de sus compañeros. Seguía en el salón de clases, ella había vivido un infierno mientras el resto de sus compañeros de muy mala gana le prestaban atención a la profesora.
— ¿Se encuentra bien señorita? —preguntó la educadora quien vestía los típicos ropajes oscuros de una monja.
Amira no contestó nada, al final sí había tenido razón, sólo había sufrido una pesadilla. Se levantó entonces de su asiento, la inmensa necesidad que sentía por abandonar el lugar aún no había desaparecido. Muchos gritos agudos y chillones inundaron el salón cuando prácticamente todos los presentes vieron como Amira se desplomaba estrepitosamente.
Abel fue el primero en socorrerla.

Eliel se encontraba a varios kilómetros del instituto y desconocía en su totalidad el sufrimiento de Amira. Se encontraba en ese momento en un barrio marginal en donde vivían asesinos, ladrones y prostitutas; había demonios que preferían abiertamente ese tipo de ambiente y el demonio que él buscaba era uno de esos.
Honestamente jamás estaba al tanto de quién «salía» dado que realmente no le interesaba, pero sabía que ciertos demonios se beneficiaban mucho por conocer dicha información.
— Mi señor, su presencia me honra.
— No estoy de humor para reverencias Krystel.
Krystel era un súcubo que ya llevaba varios siglos entre los humanos, había sido tal el tiempo que había convivido entre ellos que ya prácticamente se comportaba como uno. Al ser un súcubo su apariencia física era innegablemente atrayente, poseía unas iris color verde claro que le daban un aire angelical a su ya delicado rostro de finas facciones, sus labios eran carnosos y tentadores pero bajo esa tonalidad roja intensa dada por el lápiz labial se veían vulgares y corrientes, de igual manera iban a tono con su vestimenta habitual: botas altas, falda corta y un top que apenas lograba cubrir sus voluptuosos senos.
Krystel era una sexoservidora. Después de haber probado una infinidad de trabajos y oficios ese tipo de trabajo era el que más le había gustado, dado que con él, no sólo se ganaba unas cuantas monedas, sino que también, sin necesidad de salir a buscarlo, obtenía esa esencia de la cual se alimentaba y que sólo los hombres poseían.
—Es una grata sorpresa en verdad. —Krystel lamió su labio inferior y después observó de pies a cabeza la apariencia humana de Eliel —. Debo decir que esa apariencia le sienta muy bien mi señor.
— No vine aquí para eso Krystel...
El sensual demonio comenzó a deambular por esa estrecha habitación, no había ahí más que una cama, una mesa llena de ese peculiar polvo blanco y un ventilador de techo que apenas soplaba. La sexoservidora se quedó quieta y sólo un instante después se volteó para ver a Eliel.
— ¿Ya me dirá mi señor para qué me necesita? —Ladeó su cabeza lo que hizo que sus largos y finos cabellos almendrados se sacudieran brevemente.
—No tengo imperio sobre ti en este «lado», no es necesario que me llames «mi señor» —comunicó Eliel para después tomar asiento en la sucia cama.
—Puede que el ambiente en el que me he desenvuelto en las últimas décadas sea como este —dijo el súcubo extendiendo ambos brazos —, pero esa no es excusa para no poner en práctica mis modales señor, además, la deuda que tengo con usted no podrá saldarse ni aunque viva mil eternidades.
Eliel ladeó una sonrisa llena de satisfacción y en menos de una fracción de segundos recordó esos cortos años que había compartido con la tentadora súcubo. No se podía afirmar que fueron pareja o algo remotamente similar, aun cuando lo que ambos habían compartido iba más allá que cualquier mundana muestra de afecto; era solo que los demonios no reconocían ningún tipo de atadura sentimental, no entre aquellos de su misma especia y estirpe, y mucho menos aun con aquellos que eran inferiores.
— ¿Serían un atrevimiento de mi parte creer que mi señor echa de menos nuestras aventurillas de antaño? —sonrió Krystel tímidamente haciendo que su rostro mostrara brevemente algo ligeramente parecido a la inocencia.
—No sería un atrevimiento, pero me apena decir que no he venido por eso —contestó Eliel serenamente —. Necesito información Krystel, necesito saber quién ha «salido».
—Son muchos los que han abandonado la morada infernal mi señor —enfatizó Krystel —, pero dentro de esa multitud son muy pocos a los que verdaderamente se les debe tener especial cuidado. ¿Será que mi señor se ha dejado absorber demasiado por el mundo humano que ha perdido la capacidad de sentir a los de su propia especie?
— No estás en posición de criticarme. —Eliel sonrió.
— ¿Será que mi señor siente más libertad en este lado que en el otro? —inquirió la bella demonio.
—Sabes muy bien Krystel que sólo hay alguien capaz de disfrutar de la libertad verdadera, nosotros apenas saboreamos sus sobras; incluso los humanos tienen más libertad que nosotros.
—Esa es una dolorosa verdad mi señor —suspiró pensativa, luego tomó asiento al lado de Eliel —. Han salido pocos demonios poderosos en los últimos años —comunicó seriamente —. Específicamente el más poderoso en salir fue Malthas, creo que ha adoptado el nombre Joel, así que si desea buscarlo mi señor, búsquelo con ese nombre.
—Ya tuve un encuentro con él —aseguró el demonio de los ojos oscuros —, pero no es a él a quién busco, sino no estaría aquí.
— ¿Podría ser que la existencia que mi señor busca sea la de un ángel? —inquirió dubitativa —. Puede ser un atrevimiento de mi parte pero, ¿quién aparte de una entidad celestial se atrevería a retar a un demonio con su rango y posición?
—También lo hubiese sentido —dijo Eliel muy impaciente, apretando los puños que reposaban sobre sus piernas  —. Tiene que ser alguien más.
—No tengo ni la menor idea de quién podría ser ese ser a quién mi señor busca. Lamento mucho no haberle sido de mucha ayuda —. Krystel se disculpó con un pequeño gesto parecido a una reverencia.
—Descuida, ha sido mi propia incompetencia la que me ha traído hasta aquí. —Se levantó y se dirigió a la puerta —. Deberías cambiar tu morada —recomendó —, ésta apesta a muerte —. Ante tal observación Krystel sonrió.
—Son muchos los que he tenido bajo estas sábanas. —Paseó ambas manos sobre la sucia tela, acariciándola —. Algunos de ellos develan su último suspiro en el éxtasis encarnado de mi pasión. Muchos han sido los hombres que, a través de los siglos, han expirado entre mis piernas, y yo he sido la única responsable de haberle dado a esos hombres la muerta más placentera jamás conocida, y en cambio, por ese favor que los doy, se me es otorgada esa ardiente esencia que alimenta mi existencia —. Dijo lo último con una expresión lasciva en su rostro.
—Nunca cambias. —Eliel sonrió y se marchó.

Quien también sonreía lascivamente era Abel, frente a él estaba la inconsciente Amira acostada sobre una vieja cama de la enfermería. Él mismo la había cargado en brazos hasta ese lugar, y después de haber hecho esto, él mismo también se ofreció a velar por su bienestar mientras esperaban que la jornada escolar terminara.
Una sábana blanca cubría parcialmente el cuerpo de Amira, la camisa de su uniforme estaba totalmente desabotonada dejando a la vista parte del corpiño que usaba bajo ésta. La poca piel expuesta creaba un efecto embriagador y alucinógeno en la conducta de Abel y también en sus pensamientos. Movió un poco esa molesta tela que cubría el cuerpo de Amira hasta dejar todo su torso al descubierto, después se subió a la cama, se posicionó sobre la ausente chica y besó ligeramente sus labios, sonrió, si hubiese podido también se hubiera carcajeado a todo pulmón pero supo contener el impulso.
Muy despacio introdujo su mano bajo el corpiño, su piel se vio impregnada rápidamente por la calidez en la piel de Amira. Besó sus labios nuevamente...
—Te llevaré a un sueño del que nunca despertarás... Hermanita.


Comentarios

  1. Chica....eres increíble. Tus textos son completamente geniales!!!!!!! ¡ Increíble! ¡Encantador!

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  2. Woh, al fin avancé.
    Nunca creí que llegara este día.

    Jajaja

    Bueno, seguiré leyendo.
    Tonto Eliel que no llega jajajaj :)

    Veamos qué sucederá ujujuju

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