LFDI Capítulo 5: El hechizo en tus ojos.


Capítulo 5:
El hechizo en tus ojos.

Una ligera y fresca brisa veraniega se sintió en el momento en que Abel pronunció su nombre, lo que le dio un aire sobrenatural a su ya hechizante apariencia. Y es que los ojos del joven y más aún la forma en que miraban, eran más atrayentes que cualquier cosa que ninguno de los presentes hubieran visto. Las chicas del salón de clases miraban al joven sin ocultar su entusiasmo y otras intenciones, no habían visto a un joven que irradiara tanta confianza y «disposición».
Pero a pesar de que todas las féminas del salón no podían dejar de ver a tan misteriosa y atractiva figura, esta persona sólo tenía ojos para Amira quien, ausentemente, miraba a través de la ventana con la sola de intención de ver a Eliel, que como ángel guardián con alas de negro plumaje, no se atrevía a despegarse de ella. Tal cosa le resultó extremadamente curiosa a Abel, pero por lo que conocía de la chica ya se esperaba ese tipo de reacción por parte de ella.

Ángela se revolvía en su asiento, su cuerpo estaba siendo presa de sensaciones que, a pesar que no eran del todo desconocidas, parecían haberse presentado sin razón aparente y más como una urgencia y una necesidad. Pero Ángela no era la única que se sentía de esa manera, así que al igual que las demás, fingía que no sentía nada.
Amira casi salió corriendo cuando el timbre anunciando la salida a recreo retumbó por cada rincón de la vieja escuela avivando el ánimo de todos los estudiantes. Apenas habían pasado unos segundos desde que tan familiar sonido llegara a oídos de todos y por todos lados ya se escuchaban cuchicheos y conversaciones que parecían haber surgido espontáneamente de entre un silencio casi sepulcral.
Todo en ese instituto estaba impecable, no había ni una tan sola pared rallada y mucho menos pupitres o las mesas de la biblioteca y la cafetería; no había ni un tan sólo papel fuera de la papelera, y apenas callera una hoja seca de algún árbol alguien de los encargados de la limpieza hacía su trabajo impecablemente. Las monjas que laboraban en el instituto eran algo egocéntricas producto tal vez de tantas horas hincadas frente a un altar frío e inamovible en donde día y noche rezaban sin recibir respuesta alguna, eso debía de molestarlas de vez en cuando, más cuando habían sacrificado la mayoría de los placeres de la vida por alguien a quien ni siquiera conocían en realidad, que ni siquiera habían visto o tocado.
Aparte de las monjas —que eran muchas— había también tres sacerdotes que eran quienes impartían ciertas clases especiales además de oficiar las misas, las cuales se hacían con mucha más frecuencia de lo que a Amira le gustaba. El resto del personal a pesar de ser personas «normales» tenían que mostrar también cierta entrega hacía las cosas de Dios, caso contrario eran despedidos. Por eso era que dentro del personal de aseo parecía haber gente nueva casi todos los meses.
Amira había aprendido a lidiar de manera prudente con todas esas excentricidades propias de ese instituto en el cual estudiaba, sabía que no ganaba nada quejándose porque por ella no iban a cambiar todo el sistema por el cual el instituto se regía, por lo que hacía lo mejor que podía en esas circunstancias: ignorar todo y a todos.
Por eso le había sido tan fácil ignorar al alumno nuevo, no tenía caso interesarse en él en primer lugar porque sabía que sólo era cuestión de tiempo antes de se olvidara por completo de su existencia, quizá al llegar mañana incluso olvidaría de que el joven era un estudiante nuevo y lo trataría como a alguien de quien había sido compañera de por vida, así como trataba a la gran mayoría excepto tal vez a Ángela.

El sudor comenzaba a deslizarse sutilmente desde la frente de Amira, humedeciendo esos rebeldes cabellos que se rehusaban a mantenerse en su lugar y provocándole un efecto perlado a su rostro y sienes. Llevaba con cada paso toda la prisa del mundo, pero a pesar de eso se rehusaba a correr, aunque sus piernas casi suplicaban que eso era lo que quería que hiciera. La ansiedad se había apoderado casi por completo de sus sentidos y se hacía notar gracias a su respiración pesada y acelerada que parecía profundizarse más a medida que, con pasos lentos pero largos, se acercaba a su destino.
Lo que había sucedido recientemente la había asustado de sobremanera y para poder estar tranquila necesitaba respuestas y sabía muy bien que el único ser capaz de responder todas sus interrogantes probablemente era Eliel. ¡No!, era Eliel. El demonio lo sabía todo y por eso no se había despegado de ella, por eso había llegado en el preciso momento en que más lo necesitaba. El que alguien o algo la estuviera acechando no era en si un problema, el problema era que al parecer esa criatura tenía todas las intenciones de lastimarla, porque Amira, a pesar de que no vio físicamente a ese ser, pudo sentir en lo más hondo de su pecho que las intenciones de lastimarla que emanaban de esa criatura desconocida eran tan inmensas que poco le faltó para perder la cordura.
Después de haber caminado sin cesar se detuvo al fin frente a la capilla, el lugar parecía estar sumido en un silencio perturbador, pero a medida que se acercó al edificio se dio cuenta que no era así. Dentro de ese gran salón y como ecos que chocan y lo inundan todo, se escuchaban una serie de cuchicheos indistinguibles entre sí, era como el ronronear de varios enjambres de abejas o como el murmullo del viento, provenía de todas partes y al mismo tiempo de ninguna, o esa era la sensación que daba, lo cual era extraño porque dentro del lugar no habían más de cinco personas que, hincadas y con las manos juntas frente a sus rostros, rezaban ante la figura de Jesucristo crucificado.
Con mucho sigilo se adentró en ese recinto. Moderando su respiración mientras caminaba se fue haciendo camino con el debido cuidado de que nadie se percatara de su presencia. Era un dolor de cabeza que el campanario no tuviera una entrada externa.
Amira no se demoró mucho en llegar al lugar, sabía que tampoco tendría problemas si alguien la veía ahí, generalmente a esa hora casi no frecuentaba la capilla y si alguien lo hacía jamás se acercaban al campanario. Al llegar, Amira se agachó y casi gateando se acercó hasta uno de los extremos del lugar en donde decidió sentarse para esperar a Eliel que por alguna razón aún no estaba ahí. El piso estaba en extremo sucio y polvoso pero como no quería que nadie la viera en ese lugar decidió sentarse. A los pocos minutos el crascitar del cuervo en que Eliel se convertía llegó hasta sus oídos. Amira ni se inmutó, por encima de su cabeza, posicionado en la pared de ladrillos, estaba el cuervo, con sus alas extendidas y su orgullo inquebrantable.
No dijo nada en ese momento, simplemente se palmeó las piernas y en segundos el cuervo había volado hasta ella posicionándose en donde se la había indicado. Ambos se quedaron así en ese momento y por los siguientes minutos, parecía que el tiempo se había congelado y a los lejos lo único que se escuchaba era el ulular seco del viento. El cuerpo de Amira seguía sudoroso lo que le provocó una incomodidad inesperada e indeseada, intentó soplarse con las manos pero al ver que nada obtenía con ello desistió. Miró fijamente a los ojos del cuervo y por un momento creyó que se estaba perdiendo en ellos, sumergiéndose en ese mundo que sólo le pertenecía a Eliel. Suspiró. Acarició la cabeza del animal para después apoyar la propia en la fría piedra en donde ya estaba apoyada su espalda; cerró los ojos y suspiró otra vez.
— No vayas a abrir los ojos. —La voz de Eliel se escuchó algo distante pero Amira sin rechistar o sin siquiera dudar, obedeció lo que el demonio le pedía, porque para Amira eso había sido una petición y no una orden.
El olor a humo, las náuseas y los mareos se hicieron presente, y también el cuerpo de Eliel en su forma humana: el cabello largo y negro que caía cual cascada a su espalda; los ojos negros, que eran lo único que tenía en común su forma humana y animal; y las manos, una sobre los ojos de Amira tapándolos, mientras la otra la había posicionado estratégicamente sobre su cintura... El demonio aprovechó entonces la sumisión en que ella yacía para robarle un beso, se inclinó sobre el delgado cuerpo de Amira y sin despegar sus manos del lugar en donde las tenía, depositó un besó largo y ligero sobre los voluptuosos y sonrosados labios de la fémina. Amira sólo sonrió ante la osadía del demonio, pero como si ya estuviera más que acostumbrada a ese comportamiento, aceptó y devolvió el beso.
—Tenemos que hablar —dijo. Para eso había corrido hasta ese lugar después de todo.
—Lo sé. —Eliel se movió un poco, retiró ambas manos y en su lugar se refugió en el seno de Amira.
— ¿Qué fue lo que sucedió? —Sin más la interrogante que había estado molestando a Amira se hizo presente, la joven que no se atrevía a abrir los ojos, comenzó a acariciar de forma ausente la delicada línea que dibujaba la espalda desnuda del demonio mientras sentía como el aliento de éste calentaba su pecho. — ¿Quién es él?
—Un demonio, como yo. Somos del mismo rango, tenemos el mismo poder, se podría decir que casi somos hermanos...
— No, Eliel, tú y ese demonio son completamente diferentes, eso fue lo que sentí, contigo siento temor, pero con él... —suspiró y se aferró muy fuertemente al cuerpo de Eliel mientras su respiración y los latidos de su corazón se aceleraban con la sola remembranza de lo que ese ser le había hecho sentir.
—No temas, mi hermosa Amira, que juro que él jamás volverá a importunarte de esa manera. —Eliel apretó su cara contra los senos de Amira aspirando profundamente para sentir el dulce aroma que emanaba de estos —. Ha sido un descuido mío, la presencia de ese íncubo debió haberme confundido... ¡No! mi descuido no tiene excusa, no debí...
—Confió en ti —susurró Amira que ahora jugaba con los lacios cabellos del demonio —. El sentido común me dice que no debo, pero aun así, confío en ti, Eliel. Confío en ti.
Amira se atrevió entonces a abrir los ojos, lo que se encontró le hizo esbozar una tierna sonrisa, a pesar del tamaño de Eliel, de su desnudez o de lo intimidante que siempre parecía, en ese momento por la forma que estaba abrazado de su cuerpo, le dio la sensación de estar cuidando de un niño pequeño y mimado. Aun así no le dio tiempo de hacer ningún comentario sobre esto porque, sin previo aviso, se vio rodeada de una nube de humo muy espesa que hizo que sus ojos escocieran de dolor y su garganta se secara casi de inmediato. No fue consciente de nada por unos segundos, de lo último que se percató fue del sonido de aleteo provocadas por las alas del cuervo que de la nada ya había montado vuelo.
Sintió desconcierto. No sabía porque Eliel había actuado de esa manera, pero lo supo cuando escuchó pasos abajo indicando que alguien subía. Amira se puso de pie entonces, limpió los restos de polvo y tierra que se habían adherido a su falda, limpió las lágrimas de sus ojos provocadas por el reciente escozor y se dispuso a esperar a la persona que subía, pensó que era alguna monja o algún padre que había escuchado algo y que subían a verificar si alguien estaba arriba, pero su suposición fue incorrecta, y por primera vez y de manera casi obligada, vio al joven que tenía a todas las chicas suspirando.
Abel cubría su nariz con un pañuelo, parecía que el polvo no le agradaba mucho, pero al tapar su rostro de esa manera no había manera alguna de que Amira no se hubiera sentido no tentada a ver esas hermosas y profundas orbes azules que parecían ser las dueñas de alguna clase de encantamiento, porque una vez que las veías era casi imposible despegarles la vista de encima.
El apuesto joven se movió por ese estrecho lugar con la arrogancia propia de alguien que se cree dueño de todo, después de unos segundos, observó a Amira y por alguna razón se sintió ofendido por el poco interés que ella le profesaba. La miró de reojo, aun así, intensamente. Físicamente era como había imaginado: hermosa. Pero su interior. De eso no estaba muy seguro, se había hecho mil y una conjeturas y en base a eso había ideado su plan, pero todo le había salido mal, o por lo menos no le había resultado como esperaba, porque en si la chica en cuestión no era como él había esperado que fuera.
Amira era fría y extremadamente desinteresada, no te veía y mucho menos hablaba si no era absolutamente necesario, en resumen no era una chica a quien le importará la vida de los demás a menos que hubiera una razón para ello, y como no había ninguna razón entonces decidía ignorarlos. Abel no contó con que ella fuera así, pero tampoco se dejaría ahuyentar por eso, aunque sabía que debía proceder con mucha más cautela, más cuando descubrió, muy para su sorpresa, que la jovencita tenía un tenebroso y oscuro ángel guardián.
— Es extraño... —La melodiosa voz de Abel resonó en todo el lugar, observó nuevamente a Amira y sonrió más para sí mismo que para ella —. Es extraño que haya  una chica que no se me quiera tirar encima con solo verme.
—No sé a qué clase de chicas estarás acostumbrado —sonrió molesta —, pero será mejor que te vayas acostumbrando, porque por lo menos de mí no obtendrás la atención que tanto persigues.
—No seas tan altanera, no creas que me importa si me prestas atención o no. —Hizo una mueca de asco y le dio la espalda a Amira —. Esa atención que, según tú tanto quiero, ya la tengo y por montones.
—Entonces no tengo por qué seguir platicando contigo, me gustaría decir que fue un placer conocerte, pero no me siento con ánimos de mentir.
—Impertinente —masculló el rubio con furia, no dejaría que alguien lo tratara de esa manera, no a él.
Amira supo que no valía le pena seguir en ese lugar. Suspiró algo aliviada porque recordó que Eliel le había dicho que ya todo estaba bien, así que después de darle un último vistazo al lugar decidió que ya era hora de marcharse, y así hubiera sido de no ser por la mano opresora de Abel que la había sujetado fuertemente de una de sus muñecas impidiéndole de esa manera seguir avanzando. Amira no sabía cuáles eran las verdaderas intenciones del chico, pero ciertamente Abel estaba muy equivocado si pensaba que con eso bastaría para detenerla, o por lo menos eso era lo que ella pensaba también, pero al momento en que quiso soltarse descubrió que no sería tan fácil como había imaginado.
Por alguna razón los dedos alrededor de su muñeca parecían calientes y la fuerza que Abel le imprimía al agarre parecía intensificarse cada vez más y más haciendo que el dolor fuera también en ascenso. Amira no decía nada mientras seguía forcejeando, aquello era extraño, no importaba si usaba toda su fuerza, ni siquiera podía aflojar el agarre un poco. Levantó el rostro y sin quererlo sus ojos se encontraron con las iris azuladas de Abel y, en ese momento, todo comenzó a parecerle demasiado confuso. El aire a su alrededor comenzó a sentirse más pesado, su pecho se sentía caliente y dentro de éste una sensación de opresión hacía presencia y se hacía cada vez más notable, era casi insoportable; sus rodillas comenzaron a perder fuerza y a doblarse y la única razón por la que aún no había caído de lleno al suelo era porque Abel no la había soltado todavía, ni la soltaría, o eso fue la impresión que dio cuando Abel estrechó a Amira fuertemente. Ante tal contacto y aun con lo desconcertada que estaba Amira por alguna razón sintió que sus mejillas ardían, como si se hubiera ruborizado, su corazón comenzó a latir con mucha más fuerza y su respiración se había acelerado como nunca antes. Pequeños gemidos comenzaron a abandonar los rojos labios de la chica y en su vientre, y más abajo, comenzó a desarrollarse una extraña sensación.
Amira se sentía atrapada en su propio cuerpo, era incapaz de reconocer qué era lo que sucedía con éste o de terminar de entender por qué reaccionaba de esa manera cuando Abel no le estaba haciendo nada. Eso era lo peor, apenas y había un leve aunque opresor contacto entre ellos y con sólo eso sentía que todo estaba mal. Después de varios minutos de forcejeos y sensaciones extrañas el cuerpo de Amira se desplomó de lleno sobre el sucio y frío piso, una risa burlona e irritante fue lo único que dejó Abel antes de retirarse y dejarla tirada y sumamente desconcertada.
La confundida chica se levantó y nuevamente limpió su falda, se sentía aturdida y mareada y un ligero sentimiento de cansancio impregnaba su cuerpo. No, aquello que sentía no era para nada ligero, de hecho no sentía sólo el cansancio, sentía una pesadez en su cuerpo sobre todo en sus piernas, pero lo que más la asustó fue la leve humedad que logró percibir entre éstas. Sospechando que era la visita indeseada del mes, Amira, como pudo, corrió hasta los baños más cercanos. Entró sin demora en uno de los cubículos para revisar su ropa interior, pero en ésta no estaba esa mancha rojiza tan característica de esos días, era algo diferente, algo a lo que decidió no darle mucha importancia porque se sentía avergonzada como nunca antes. Se limpió, luego se lavó las manos hasta los codos y la cara, y a pesar de que ya era tarde decidió regresar al salón de clases. De camino se inventó la excusa que diría para justificar por qué había llegado tan tarde.
***
Ángela era una chica de espíritu libre, sus padres eran adinerados hasta más no poder. Desde pequeña la habían consentido demasiado y como resultado terminaron estropeando su carácter. Ángela se enojaba cuando no obtenía lo que quería, pero aun así rara vez se llevaba algún disgusto porque siempre obtenía lo que quería, y esa vez no fue la excepción; había puesto los ojos en el chico nuevo y ahora ese mismo chico iba camino a su casa con ella. La verdad es que no fue muy difícil convencerlo, de hecho no tuvo que hacerlo, fue el chico nuevo quien muy distinguidamente se ofreció a acompañarla hasta su casa. Ángela ni siquiera titubeó al momento de aceptar su oferta y caprichosa como era le dijo que no habría nada de malo si él quería pasar a charlar un rato.
Así era como Ángela obtenía todo lo que quería, unas cuantas palabras y un poco de coquetería dependiendo del caso la hacían acreedora de un don que muy pocos tenían: el don de hacer que las personas hicieran todo lo que ella quisiera. Lo que la orgullosa y libertina chica no sabía es que en este único caso, ella era la que estaba siendo utilizada. Abel se había percatado de la extraña cercanía existente entre Amira y la chica, y había decido utilizarla para recolectar cierta información que necesitaba para cumplir su venganza, y es que no había persona en este mundo que Abel odiara más de lo que odiaba a Amira.
La jovencita invitó al de los ojos azules a entrar a su casa tal y como lo había prometido, le ofreció algo de beber en el jardín aprovechando que aún no anochecía, además que ese era probablemente el lugar más tranquilo de toda la casa y en donde la curiosa servidumbre no podía hacer de las suyas. Y fue en ese jardín donde Ángela fue partícipe de la conversación más interesante que había tenido en su vida, o por lo menos que había tenido con un joven de su misma edad, ya que ella prefería a los hombres mayores.
Al caer la noche y para cumplir el último de sus caprichos, la astuta chica invitó a Abel a su habitación. Por supuesto el joven no la rechazó, no tenía intenciones de marcharse con lo poco que había conseguido averiguar, así que como un perrito dócil y bien entrenado fingió que seguía cada una de las órdenes que recibía de Ángela con una sonrisa muy amplia pero cien por ciento falsa. Abel ya no quería estar al lado de la insolente chica que sin descaro alguno lo trataba con una familiaridad que lo ofendía tremendamente, y es que la jovencita se refería a él como si fueran iguales, como si los dos tuvieran la misma importancia en ese mundo, como si los dos fueran igual de magnificentes y poderosos. Abel era —según él mismo— todo eso y más, y cada vez que un ser humano lo trataba con tanta igualdad, él no podía evitar enfurecerse. En su interior el odio y el asco crecían a tal grado que cada vez se le dificultaba más y más suprimir los intensos deseos que sentía por maltratar a esos sucios seres.
—No sabía que fueras tan «influyente» —Ángela hizo el comentario mientras se ponía cómoda sobre su propia cama, mordió ligeramente su labio y de reojo vio al apuesto joven que apenas cruzaba la puerta —. No te preocupes que nadie nos interrumpirá.
—No estoy preocupado —dijo Abel mientras por dentro se maldecía a sí mismo, ya no soportaba la actitud de la chica y lo peor era que aún no obtenía la información que necesitaba —, además se nota que tú no eres para nada tímida.
—Claro que no, ¿qué te hizo pensar eso? —preguntó curiosa, llevó una de sus manos hasta la camisa (aun usaba el uniforme) y pacientemente comenzó a desabotonarla.
—Bueno, eso fue lo que supuse —rio el rubio jovialmente —. Además como te vi con esa chica que parecía tan callada, pensé que tú eras igual.
— ¿Amira? ¡Para nada! —comentó como restándole importancia al comentario —. Amira es una buena chica pero demasiado inocente, aunque no dejes que su fachada te confunda, puede ser una fiera si se lo propone.
— ¿Por qué dices eso? —preguntó Abel después de haberse sentado al lado de Ángela, aprovechó después la cercanía para colocar una mano sobre la pierna de la chica.
—La otra vez llegó muy lastimada, tenía un horrible morete en el rostro y hace poco corrió el rumor de que se había escapado con un chico y que había sido vista en un motel. —Tomó entonces la mano de Abel y la guió un poco más arriba, dándole luz verde para que explorara su cuerpo todo lo que quisiera —. Yo le pregunté si era cierto, porque la trataron muy mal en la escuela, ya sabes, nadie se imaginaba que fuera toda una zorra con la cara de niña buena que tiene; Pero ella me aseguró que no había hecho nada con el chico—
— Ya veo, supongo que por ahora no necesito saber más...
***
Eliel se sentía mareado, él no había querido transformarse, ni siquiera pudo reconocer la presencia que le había obligado la transformación. Por eso estaba furioso consigo mismo, nunca había sido tan descuidado, y lo peor era que ya habían pasado varias horas y él no podía deshacerse aun de ese molesto y nauseabundo mal presentimiento. Por alguna razón Amira estaba siendo acechada, primero el íncubo, después el demonio y ahora ese ser cuya naturaleza desconocía. Eso lo ponía aún más furioso, nadie excepto él tenía el derecho de estar cerca de ella, ese era un derecho que la misma Amira le había otorgado y por tanto no dejaría que nadie se aprovechara de ella. Sabía de sobra que Amira no era estúpida, sabía que podía defenderse, pero también sabía que era humana y contra lo que se enfrentaba no tendría posibilidad alguna a menos que recibiera ayuda de su parte, pero primero Amira tenía que aceptar recibir esa ayuda.
Eliel espero varias horas más hasta que por fin pudo transformarse en su forma humana. Había quedado prácticamente en medio de la nada, por lo que se vio obligado a caminar más de diez kilómetros totalmente desnudo. Para empezar no tenía ni la menor idea de cómo había llegado tan lejos pero poco le importaba, lo único que le importaba era, primeramente, proteger a Amira y, segundo, hacer pagar al ser que lo había humillado de esa manera. El orgullo demoniaco de Eliel estaba seriamente lastimado, y es que habían pasado cientos de años desde que alguien había logrado abatirlo de esa manera, recordar tal cosa sólo lograba enfurecerlo aún más.
Cuando por fin veía que se adentraba a la ciudad decidió hacer el resto del camino cobijándose en las sombras, aún estaba débil y desnudo así que no podía andar con plena libertad, lamentó entonces haber perdido su forma animal, ya que sin duda alguna le sería más útil en ese momento que su cuerpo humano. De camino robó algo de ropa del patio de una casa, se vistió y aunque la ropa le quedaba grande poco le importó.
Siguió caminando varios minutos más hasta que se encontró a sí mismo frente a la casa que habitaba Amira. Eliel sentía en ese momento lo que cualquier humano común sentiría después de tan larga y extenuante caminata: fatiga, sed, malestar. Aún no se recuperaba y no era capaz de hacer todas aquellas cosas que si sería capaz de hacer si no estuviera tan cansado, de hecho, ya había olvidado el sentimiento por eso era que lo encontraba tan insoportable.
Como pudo subió hasta la habitación de Amira, le ayudó saber que la chica siempre dejaba la ventana abierta, y esta vez no fue la excepción. Con algo de esfuerzo Eliel atravesó la ventana y se alivió mucho al ver que Amira descansaba plácidamente sobre su cama, o eso fue lo que le pareció a primera vista porque luego escuchó como la chica gemía sin razón aparente. Se acercó más y se hizo a un lado para dejar que la luz del exterior iluminara el rostro de la joven. Bajo las sabanas Amira se quejaba, su cuerpo se movía erráticamente y bajo sus parpados sus ojos temblaban, era como si en ese momento sufriera alguna pesadilla, pero para Eliel no era eso, el rubor en las mejillas y lo dulce de sus gemidos le decía que no era precisamente una pesadilla lo que acosaba a Amira en ese momento.
Aún más molesto, Eliel se sentó al borde de la cama y besó los labios de la jovencita que dormía con sumo cuidado, después acercó sus labios a uno de sus oídos y susurró unas palabras inentendibles, en ese momento la pesadilla o lo que fuera que Amira estaba sufriendo cesó, porque su cuerpo se quedó casi estático y su respiración y el movimiento de sus parpados se normalizaron.
—Parece que solo aparecen en manada, son peor que las plagas—masculló Eliel —. ¡Malditos íncubos!

Comentarios

  1. “…ventana con la sola de intención de ver a Eliel…” ¿está bien escrito así? :D
    —Confió en ti —susurró” Aquí, encontré un pequeño error con la tilde. :)

    Y pensar que hay gente así. Tan molesta como aquel chico, que están acostumbrados a una atención “especial” y esperan lo mismo de todas. Grrrrrrrrrr.

    “; Pero ella me aseguró que no había hecho nada con el chico—¡ aquí, mi niña, en vez de finalizar con el “punto”, lo hizo con el guion.

    O: cada vez aparecen más interrogantes, y aún no veo respuestas.
    Seguiré leyendo, porque quiero saber qué pasa con mi amado.

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  2. No, no está bien escrito así, supongo que tendré que corregirlo... ahora tengo pereza XD

    Gracias por leer *-*

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  3. >:C Sigo leyendo, una y otra vez los mismos capítulos, LOOOOL pero me gusta!

    Te amo :D !!!!

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