Las flores del infierno 04: Presencias y apariciones.

Eliel sostenía Amira entre sus brazos; ella se mostraba delicada, con el cuerpo lleno de rasguños y de sangre. El dolor se escapaba de sus labios entre suspiros entrecortados. Eliel disfruta la estoicidad de su semblante, al mismo tiempo que deseaba que fuera ella quien, de repente, rogara por un poco de atención. Al no llegar ese momento el demonio aprovechó para observar la habitación: la única entrada estaba cerrada, no había ventanas, lo que le había parecido horrible en un principio; hasta el fondo y en el centro descansaba un altar, la imagen de Jesucristo era visible gracias a las dos velas que aún permanecían encendidas. Eliel sonrió. Fue capaz de evocar la cantidad de latigazos que habían sido repartidos ahí, todos para hacerle daño a la misma piel que ahora intentaba consolar.
—Al igual que Tú, Padre, que lo único que haces es observar —susurró el demonio sin apartarle la vista a la imagen—. Hasta que te aburres y lo destrozas todo. Es lo único que les has heredado.
Amira se quejó entre sus brazos, su sueño parecía ser bastante ligero, su dolor no, y el demonio era capaz, sino de sanar sus heridas por completo, de desaparecerlo; pero Amira se había negado rotundamente con anterioridad y ya estaba convencido de que no cambiaría de parecer sino con mucha insistencia de su parte.
—Puedo desaparecer a la mujer que te hizo daño, puedo destruir esta ciudad y a todos sus habitantes antes de que parpadees. Mi poder es enorme, Amira, ¿acaso no lo sientes? Tú, cuyo cuerpo se paraliza en presencia de esa energía empírea que desciende del cielo, ¿no lo sientes? ¿Por qué no me utilizas? Yo puedo hacer todo lo que me pidas y entre más egoísta sea tu petición más deseos tendré de cumplirla. Sin embargo, incluso te niegas a algo tan sencillo como aliviar tu dolor —masculló—. No imaginé que llegarías a ser tan inocente. Tan testaruda.
Amira se lamentó nuevamente. Apenas había alcanzado a escuchar las palabras del demonio, que no fueron más que quejas para ella. ¿Utilizarlo en qué sentido? No lo entendía, y tampoco entendía cuál era el verdadero precio de esos favores.
—Con lo mucho que hablas jamás podré descansar —se quejó Amira una vez más, ahora por razones diferentes—. Si tanto quieres ser utilizado busca a otra persona.
—Pero si lo hago tendría que separarme de ti y no es algo que quiera por el momento.
—Entonces ya deja de quejarte, si te utilizo o no, es mi decisión.
—Pero puedo hacer tanto por ti...
—No quiero, en el pacto sólo exigiste mi compañía y para ser justos me conformaré con lo mismo, así que ya deja de insistir.
—Así lo haré, lo prometo. Tu compañía es lo que necesito y si eso es lo único que pides de mí, entonces con todo el placer de este mundo y de todos los que existan, te lo daré.
—Deja de hablar de esa manera...
Amira cayó semi-inconsciente otra vez ante la mirada serena de Eliel. El demonio con mucha paciencia y delicadeza comenzó a acariciarla, a peinar su cabello y a susurrar palabras totalmente inentendibles.
—Si no descansas no te recuperarás.
—Lo intento. —En ese instante Amira apretó con mucha fuerza los hombros de Eliel al verse su cuerpo inundado por una terrible y cada vez menos llevadera ola de dolor. Sollozó, las lágrimas rodaron sobre sus mejillas hasta llegar a las manos de Eliel.
—Puedo detener el dolor —habló el demonio llevando los restos de esas gotitas saladas a sus labios.
—Ya deja eso...
—Terca —sonrió seductoramente—. Así sólo consigues gustarme más.
El demonio llevó una de sus manos hasta el rostro de Amira, acarició la suave piel, se deleitó con el rubor que le cubría las mejillas, era tan recatado y encantador aunque fuese resultado de la tortura y el dolor; la manera en que lo soportaba todo hacía que le encantara más, revolviendo sensaciones conocidas pero enterradas, arrastrándolas a la superficie convirtiéndolas en nuevas. No se negó otra caricia, aunque ella parecía no querer recibirlas, e impulsado por esas falsas molestias que generaban en ella, se atrevió a hacer mucho más. Amira cerró los ojos e intentó concentrarse en ese contacto. Eliel acariciaba ahora sus labios, secos y dañados, y guiado por el atrevimiento, poco a poco intentó explorar todavía más.
Un tanto sorprendida y al mismo tiempo no muy consciente de lo que sucedía, Amira sintió como su boca era invadida y, en lugar de negarse o apartarse, cedió y la abrió más. Segundos después, en medio de la confusión, también abrió los ojos, y al ver a Eliel se incomodó por la expresión de placer dibujada en su rostro, se preguntó si ella tendría una expresión parecida a esa.
—Muérdeme —dijo Eliel, fascinado. Amira se entregaba de lleno a sus caricias, aunque sin intentar devolverlas. De igual manera, el que fuera partícipe ya resultaba demasiado tentador, y sabía de sobra que ese era una posibilidad todavía muy lejana.
Amira lo escuchó pero no supo cómo reaccionar. Se sintió diminuta y vulnerable, y  las sensaciones que los dedos de Eliel provocaban en sus labios y dentro de su boca eran desconcertantes. Intentó morderse los labios, pero no pudo. Era un sueño, envolvente y ligero, demasiado vago para poder ser definido y reaccionar acorde con lo que sucedía. Pero la piel de Eliel la reconfortaba, aunque intuía malicia en sus caricias no podía alejarse de ellas, y si no las buscaba era porque su cuerpo ya había soportado demasiado como para hacerlo partícipe de un nuevo dolor, por muy diferente que fuera.
—¿Me dirás que también existen los vampiros y tienes un fetiche con ellos? —intentó bromear, pero fue traicionada por la incomodidad.
—Existen —sonrió Eliel—, pero no como los pintan en la literatura.
—Igual no te morderé.
—Si yo disfruto de tu sufrimiento, ¿no te gustaría disfrutar del mío?
—No creo que una pequeña mordida sea comparable con...  —No pudo terminar de hablar, un latigazo de dolor cruzó su espalda, haciendo que se retorciera—. No me sostengas tan fuerte, Eliel, me lastimas —masculló.
—No puedo evitarlo, no puedo verte así, no puedo perdonar a quien te hizo esto. —La voz de Eliel sonó tan amenazadora en ese momento que Amira creyó que le haría algo a su madre si no lo detenía.
—No puedes hacer nada, no sin mi consentimiento. —Amira rodeó el delgado cuerpo de Eliel muy fuertemente, tanto que se hizo daño a sí misma—. Eliel, no vas a lastimar a nadie, no toleraré eso mientras estés conmigo.
—¿Y qué quieres que haga? —La apartó lo necesario para tomarle el rostro entre sus manos—. Esta es la clase de injusticia que más detesto: la injusticia que cometemos hacia nosotros mismos. ¿Por qué me atas? ¿Crees que no lo siento? No es por amor que te refrenas, es por miedo, por vergüenza. ¿Y para qué? El infierno no arde infinitamente condenándolo todo. Nunca fue esa su función y no la es ahora. No hay una justa voluntad universal, sino una caprichosa, infantil y desinteresada. La moral no rige este mundo ni ningún otro, sólo es un instrumento de control; no es natural y jamás lo será, por eso limita y condena, envolviéndolos a todos en un círculo vicioso de vergüenza y más vergüenza, atrapando «yo» verdaderos, silenciándolos, asesinándolos. No hay más redención que la que nosotros buscamos. El perdón verdadero, de existir, sólo puede surgir de la igualdad.
—El «yo» que ves ahora es el que existe por el momento, ¿cómo podría hacer algo que ni siquiera se me ha atravesado por la cabeza? ¿Piensas que infligir dolor me liberará de este que yo siento, que nos hará iguales? Entiendo que se así para tí, pero yo… —susurró—. Yo… Ya es demasiado tarde para mí. No crecí con tus libertades.   
—Pero si yo también sólo existo en el presente, Amira. Y es el mismo presente que me guía, nada tiene que ver lo que ya fue y lo que vendrá —respondió Eliel. Muchos otros, a esas alturas, ya le habrían dado la orden. ¿Qué era diferente? 
—Eliel... Necio...
—Tú eres la necia, mi adorada Amira, y si no quieres que yo sea tus manos al menos déjame disminuir tu dolor. Aunque disfruto tu sufrimiento, no disfruto la libertad de aquella que te lo ocasionó y la indiferencia con que lo aceptas.
—Hazlo —aceptó Amira al fin, temía que, de no hacerlo, su madre estaría en peligro—, pero hazlo de la misma manera que lo haría un humano, no quiero que me des más de lo que yo puedo darte.
—No soy humano, Amira, ¿por qué me pides ahora que actúe como uno cuando conoces mi verdadera naturaleza?
—Conozco lo que eres pero ni siquiera me atrevo a imaginar la magnitud de tu verdadera naturaleza —contestó—. Por lo mismo, ¿no es mi petición totalmente lógica?  
—¿Estás dispuesta a conocerme?
—¡Quiero saber tantas cosas de ti!, y al mismo tiempo... al mismo tiempo... —Una nueva oleada de dolor la interrumpió y esta vez Eliel ya no encontró fuerzas para refrenarse. Entendía el dolor de Amira pero también apreciaba la belleza que despertaba en ella.
«Sólo en el sufrimiento y el abandono somos fieles a nosotros mismos… No he de saberlo yo», de dijo a sí mismo. 
—¿Eliel? —masculló Amira al notar el cambio en el semblante del demonio.
—Eres hermosa, Amira.
—No es momento para tus tontos halagos —repondió, pero no pudo evitar sonreír.
—Es el momento para lo que yo quiera, Amira. Mientras otra Voluntad no nos reclame, tenemos que seguir la nuestra, que es la única sobre la que tenemos control.
—¿Y qué te dice mi voluntad ahora?
—Que quieres que te haga olvidar…
El tiempo no se detuvo pero sí comenzó a andar con más lentidud, condensando los suspiros, atrapando el dolor, convirtiéndolo en palabras. Amira notó el contraste entre sus pálidos dedos y el cabello negro de Eliel, incluso entre su piel húmeda y esa que siempre estaba impecable. Levantó la mano para alcanzar el rostro del demonio, el que, sin pretenderlo, terminó manchando con su sangre.  Se sobresaltó, pero volvió al relajarse cuando Eliel tomó su mano, y con una delicadeza hasta ahora desconocida, la acercó a sus labios.
—No lo digas —se adelantó Amira.
—No lo diré.
Eliel se mordió los labios, y con premeditada lentitud, acercó su rostro al de Amira, hasta que sus labios se encontraron, en un gesto que hizo que el dolor, y toda ella misma, dejaran de existir.         
Sentimientos diversos y contradictorios entre sí la invadieron. Lo que Eliel hacía en ese momento no le parecía mal en absoluto, aun así, y a pesar de que ese beso era la mejor anestesia que jamás le habían inyectado, también sentía miedo; Amira sentía miedo porque se conocía muy bien a sí misma; su comportamiento y todas las cosas que le permitía hacer al demonio sólo la delataban.
—Sin poderes —renegó, usando ambas manos para crear algo de distancia entre sus labios y los labios del demonio—, sin poderes...
—Sólo ha sido un beso, Amira, lo más humano que hay en mí—Eliel tomó las manos de Amira, esa única barrera entre ellos, y las llevó hasta sus labios para besarlas.
—No es cierto... el dolor... —Agachó la cabeza, notó parte de su cuerpo desnudo. Lo sentía diferente, ajeno. ¿A eso se refería su madre cada vez que censuraba su apariencia física?
«No, es más mío que nunca», se dijo a sí misma. Se liberó y llevó ambas manos hasta su pecho, su corazón palpitaba con mucha más fuerza, y un extraño calor comenzó a recorrerla de pies a cabeza, aligerando su malestar. No iba ganando claridad, y sin embargo, se sentía menos confundida.
—No lo hagas, Eliel, lo prometiste.
—Fue sólo un beso, Amira, ¿quieres que vuelva a demostrarlo?   
Volvía a estar confundida, si Eliel no estaba haciendo nada para reducir su dolor entonces no entendía qué era lo que le sucedía; desde ese beso el dolor había disminuido, y ahora, mientras sus labios y los del demonio volvían a encontrarse, esta vez con más intensidad, el dolor iba desapareciendo sin dejar rastro alguno, transformado en una sensación tan placentera como adictiva. Así, reconociendo que por el momento no iba a esclarecer nada, Amira se dejó arrastrar, consciente de ese nuevo placer que la amenazaba.
Al demonio lo deleitaba escuchar los pocos suspiros que escapaban de los labios que besaba. Sin duda llevaba demasiado tiempo sin encontrarse con un ser humano mínimamente interesante. Todos estaban construidos con el mismo molde, incluso entre los suyos no llegaban a ser más que copias, unas mejores que otras, que vagaban por el mundo creyéndose especiales. Existía una Voluntad, por encima de todos, que aflojaba y tensaba los hilos obedeciendo únicamente sus propios caprichos, esa misma Voluntad que había creado el mundo, engañándolos a todos con promesas falsas, para recrear un tonto juego de dominación y sumisión.
Amira era, entre esta infinidad de copias, un producto defectuoso; defectuoso por ser tan ordinaria, por aceptarlo con honestidad y sin dolor. Sin embargo, incluso empapada de esta insondable normalidad, ahí se encontraba, besándolo, enterrando los dedos en su cabello al ritmo de esos suspiros que le arrancaba. Eliel sintió algo diferente, una corriente que intentaba despertar ese cuerpo que llevaba demasiados años muerto, pero no supo comprenderlo. En su lugar, se dejó arrastrar, arrullado por esa energía que le pareció lejana pero entrañablemente familiar. La fue acomodando de a poco, embriagado y confundido. Algo en ella, en él, en todos lados, intentaba hechizarlo, y esto debió alertarlo, sin embargo, era a la vez tan liberador y placentero que… Eliel abrió los ojos al notar una presencia, en ese momento la luz de las velas que adornaban la figura de Jesucristo parpadearon, y no tuvo más opción que detenerse.
—¿Sucede algo? —preguntó Amira.
—No es nada. Descansa ahora.
Eliel sabía que sería reprendido por lo que acababa de hacer, pero ya no había tiempo para más juegos. Acomodó a Amira en el suelo totalmente dormida. Ya lidiaría con sus berrinches después. Echando una última mirada a la falsa figura de Jesucristo Eliel abandonó la lúgubre habitación; esperaba no tener que ensuciarse las manos demasiado.
El pasillo que comunicaba con las demás habitaciones y los escalones al primer piso estaba totalmente oscuro, aun así Eliel podía notar esa otra existencia; era débil, a pesar de ser una presencia demoníaca, mas no quiso arriesgarse, tenía que deshacerse de ella antes de que intentara pasarse de lista.
Eliel se acomodó exactamente en medio del largo y angosto pasillo, miró al frente, el color de sus ojos se tornó de un rojo carmesí intenso, entonces, los cerró. Sin moverse un tan sólo centímetro exploró la casa en su totalidad hasta que dio con el paradero de la criatura que lo había incomodado. Suspiró, molesto, y para cuando abrió los ojos ya se encontraba en la sala de estar y, frente a él, una figura oscura e insignificante que no valía ni un segundo de su tiempo.
—¿Qué haces aquí, sucio íncubo? —La voz de Eliel fue un poderoso estruendo lleno de furia e impaciencia, con eso logró intimidar al otro demonio más no hacer que retrocediera.
—Podría preguntarle lo mismo, ¿por qué alguien de vuestra estirpe se relacionaría tan familiar y amorosamente con un simple humano? De algún modo eso me... decepciona.
—¡Insolente bestia sexual! Si conoces mi procedencia y mi poder reconoce tu lugar y modera tus palabras, paciencia no tengo y mucho menos cuando se trata de ratas sucias e indignas como tú.
—Me disculpo por mis palabras, gran príncipe de la oscuridad. —El íncubo hizo una elaborada reverencia colocando su mano derecha sobre su pecho y agachando levemente la cabeza—. Pero no me juzgue por palabras que sólo son producto de mi curiosidad, verlo tratar de esa manera a esa humana fue sin duda... interesante.
—¿Qué haces aquí? —La curiosidad también estaba de su lado. Los demonios vagaban libres por el mundo pero al menos que alguna persona estuviera en una posición privilegiada, era raro que se entregaran a alguien. Ya suficientemente extraña era su atracción para aceptar una segunda presencia en ese mismo hogar y hacia el mismo ser humano.
—Me llamo Rauel, gran príncipe, es infinito el honor que siento por estar en vuestra presencia, y en cuanto al motivo que me trajo aquí... —titubeó—. Me fue informado que… Hace mucho tiempo tuve un encuentro con la madre de la jovencita cuya compañía tanto disfruta. Esta no es más que una simple visita...
—La única sangre que corre por sus venas es humana en su insignificancia, calidez y fragilidad. Te has equivocado, íncubo, regresa por donde viniste si no quieres volver al encierro eterno.
—Pero planté mi semilla en el vientre de su madre hace diecinueve años... —Rauel se mostró, más que sorprendido, atemorizado. Supo que el íncubo había planeado algo para la criatura a la que había ayudado a darle vida, pero esa criatura no era Amira, y él ya comenzaba a estorbar.
—Amira tiene diecisiete. Ya márchate antes de que cambie de opinión.
—Su esencia, siento su esencia, es similar a la mía.
—¿Insinúas que me atrevería a estar cerca de alguien incluso más insignificante que los de tu tipo? Probablemente mi presencia te atrajo. Acepta tu descuido y vete mientras puedas.
—No es mi intención... —El íncubo cayó sobre el sofá, abatido y sorprendido. Eliel percibió el temor que despedía, un temor tan crudo como inmenso. No estaba enterado de los movimientos de los suyos en la región, pero temía que estuvieran planeando cosas estúpidas y que se vería en la necesidad de intervenir. Cuando encontraba un lugar tranquilo en el cual descansar sin contratiempos esperaba que éste permaneciera así hasta su partidaa. Si se atrevían a perturbar su descanso…
El íncubo, por su parte, seguía recriminándose: ¿en qué se había equivocado? En sus cálculos había encontrado a la mujer correcta, era la misma de quien tiempo atrás se había enamorado y cuyo cuerpo había violentado al ver que sus sentimientos jamás serían correspondidos
—¿En qué me equivoqué? Planté mi semilla en esa mujer… Si no llevo a la criatura...
—¡Desaparece! ¡Jamás vuelvas a esta casa!
El íncubo, no osando seguir desafiando su propia suerte, desapareció dejando nada más que una espesa nube de humo y confusión.
Eliel no estaba satisfecho con lo que el demonio le había dicho pero por lo que pudo leer en su mente supo que no mentía, hacía poco más de diecinueve años Rauel había violado a la madre de Amira y para aumentar la desgracia ésta había quedado embarazada. ¿En dónde estaba el producto de esa violación? ¿Acaso muerto? Esperaba no volver a verse involucrado en asuntos de seres tan bajos. Amira era humana en su totalidad, era lo único que sabía y lo único que le importaba por el momento.
Regresó a la lúgubre habitación, Amira todavía era víctima de los efectos de sus poderes; descansaba, serena; en su facciones ya no quedaba rastro alguno de dolor.
—Te dejaré sola ahora, hermosa, tengo cosas que hacer. Descansa.
Amira despertó varias horas después. La única puerta de la habitación estaba abierta, afuera podían percibirse los rayos del sol colándose por las innumerables ventanas de la casa. Creyéndose libre de su castigo se levantó; se tambaleó un poco, todavía agotada, pero supo recuperar el equilibrio. Le pareció extraño que la puerta estuviera abierta, su madre era la única que podía abrirla y casi siempre el levantamiento de un castigo iba precedido de un extenso sermón. Aun así no tenía el humor suficiente para analizar cada pequeño detalle así que simplemente se armó de valor e ignorando el extraño presentimiento que la agobiaba, cruzó la puerta.
Ni siquiera se había percatado de que aún permanecía desnuda o fingía muy bien que no le importaba. Amira colocaba un pie delante del otro muy pausadamente, incluso cuando el extenso y angosto pasillo estaba bien iluminado tenía la extraña sensación de que alguien la estaba observando, sabía que esa no eran cosas que Eliel hiciera así que  de inmediato descartó que fuera el demonio de los ojos negros...
—¡Amira! —La voz de su madre interrumpió su fuero interno, Amira se detuvo y se quedó estática—. ¿Quién te ha dado permiso para salir de la habitación?
—La puerta estaba abierta madre, pensé que tú...
—¡No mientas! ¡Desvergonzada! Caminando desnuda por toda la casa, ¿qué sucede contigo?
—Lo siento, madre.
—Ve a tu habitación y arréglate, no permitiré que faltes otro día a clases.
La sensación no desapareció, aun estando su madre ahí, Amira no dejaba de sentirse observada. No era Eliel. Al principio le había parecido atemorizante, pero con el tiempo...
—¡Muévete!
Obedeciendo las órdenes de su madre, Amira regresó a su habitación, su uniforme escolar ya estaba listo y también su bolso con su material para el instituto. Rodeó su cuerpo desnudo con la toalla que estaba colgada en el perchero detrás de la puerta y para cuando fijó su mirada en la ventana —que segundos atrás había notado cerrada—, se encontró con que ahora estaba abierta. Se asustó. Eliel no hacía esas cosas, Eliel preguntaba y pedía permiso, jamás actuaba sin su consentimiento, por lo menos así erala mayoría del tiempo, ¿acaso había cambiado de parecer? ¿Acaso se había aburrido de ella por eso actuaba de manera diferente ahora? No le importaba que fuera así, solo no permitiría que se divirtiera a costa de su propio miedo.
Con pasos cortos pero seguros caminó hasta la ventana, con temor asomó su cabeza pero no encontró nada, cuando retrocedió se encontró con que ahora la puerta de la habitación estaba abierta, presa de terrible presentimiento corrió a cerrarla. ¿Qué demonios estaba sucediendo?
Un crascitar seco la obligó a girarse hacia la ventana, estaba tan acostumbrado a él y a su voz tanto humana como animal que inmediatamente corrió en su dirección; para cuando Amira llegó a ésta el cuervo ya había desaparecido siendo recibida por los firmes brazos del demonio. Eliel entendió al instante el porqué del enorme temor de Amira, así que con voz firme ordenó al ser oscuro que abandonara el lugar.
—¡Vete! —dijo con autoridad—. No tienes nada que hacer aquí.
—Claro que sí —Amira se estremeció al escuchar una voz áspera y sombría que la caló con violencia—. Tenía que conocer a tu nuevo juguetito. Haz caído bajo. ¿Cómo te haces llamar ahora? ¿Eliel? No olvides que el Gran Adversario nos observa a todos.
—¡Vete!
—Un castigo aún más avasallante y cegador que las mismas tinieblas será lo único que recibirás, sigue así y no habrá lugar para ti, ni en el cielo, ni en la tierra, y mucho menos en el infierno.
La pesadez en el pecho de Amira desapareció arrastrado por el último eco de la repentina amenaza. Era otro demonio, pero, ¿por qué? ¿Por qué aparecía otro justo en ese momento?
No recibió explicación alguna del demonio, Eliel permaneció en silencio, meditabundo y hermético. Ni siquiera la escuchó cuando le dijo que se sentía más segura y podía marcharse. Igual se convenció de que las cosas estaban demasiado mal porque Eliel, pese a su distanciamiento, la siguió hasta el instituto en su habitual forma de cuervo; desde los cielos el demonio convertido en ave podía observarlo, sentirlo y escucharlo todo. Amira estaba segura por el momento, pero ¿cuánto tiempo duraría eso? Tenía que ordenar las cosas antes de que algo grave e irremediable sucediera.
Nadie le preguntó a Amira el motivo de su ausencia, pero a sus espaldas cuchicheaban las mismas cosas que su madre le había dicho, sinceramente poco le importaba, no era asunto suyo y mucho menos quería verse relacionada con personas estúpidas que sólo vivían de los rumores que ellos mismos se inventaban. Entró en el salón de clases y se sentó. Como era habitual después de haberse acomodado, Ángela se le acercó.
—Te ves horrible, ¿te castigaron otra vez? —La chica peinaba su cabello con aire ausente para parecer desinteresada—. ¿Tiene que ver con el rumor?
—Sí —contestó Amira—. No sé qué es lo que estarán hablando, pero no me importa.
—¿De verdad te escapaste con un chico? ¿Es cierto que los vieron entrar a un motel?
Furiosa, Amira se levantó del asiento, y estaba a punto de abandonar el salón cuando el maestro entró y ordenó que todos los alumnos  se sentaran y prepararan para iniciar la clase. Detrás del educador seductoramente caminaba un joven que enseguida acaparó la atención de todas las jovencitas, Amira incluída.
El joven vestía el uniforme del instituto, tenía unos muy bien delineados ojos color azul, su piel era blanca más no pálida, y su cabello caía y lacio a uno de sus costados, era largo y rubio brillaba tanto como el oro pero en una tonalidad más suave.
—Tenemos un nuevo estudiante —anunció al maestro—. Preséntate por favor.

—Hola a todos, soy nuevo tanto en la ciudad como en este colegio, vengo de un internado católico sólo de varones así que estoy poco familiarizado con todo este asunto de las mujeres. Igual espero que nos llevemos bien... —El chico se detuvo, clavó su mirada en los ojos de Amira y después de sonreír seductoramente, continuó con la presentación—: Por cierto, pueden llamarme Abel…

Comentarios

  1. O.O Omg! Quiero que ese hermoso chico me lama los dedos. xD! Ajajajaj 
    Y guapa, recién me vengo a dar cuenta que, después del guion largo, usted comienza a escribir con mayúscula (—L) pero, debería ser así: Guion largo y minúscula (—l) según lo que leí por ahí.

    Esto me mató “Yo sólo vivo del presente, Amira. No me importa que me digas que no pasará, yo sólo me valgo de los que mis ojos ven ahora…” realmente él dice cosas muy sabias que me hace derretirme asd asdfd asdf :D

    ¡¡por qué la besó!! D:!! Noooooooo grrrrrrrrrrrrrrrrrrrr que envidia tengo… u.u

    “— ¡Insolente bestia sexual! Si conoces mi procedencia y mi poder reconoce tu lugar y modera tus palabras, paciencia no tengo y mucho menos cuando se trata de ratas sucias e indignas como tú.” Me mojé, total y absolutamente xD! Ujujujujuju

    ¡¡Quién es Abel!! D: Omg!”!!!!!

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  2. Como que demoré un poquín en contestar, ¿no? Pero supongo que muchas de tus interrogantes ya han sido contestadas... ¿o no? XD

    Me alegra mucho que ames a Eliel.Ya sabes, también yo le tengo cariño, es como un hijo (?) jajajaja.

    Besos.

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