Las flores del infierno 02: En sueños.

«Apártense de Mí, malditos, al fuego eterno que ha sido preparado para el diablo y sus ángeles».
Amira parpadeó, desconcertada por la evocación. «Mateo, capítulo veinticinco, versículo cuarenta y uno» recitó como si estuviera ante una de las evaluaciones de su madre. Sintió la piel fría y pegajosa, también, como si se encontrara bajo la mirada crítica de su progenitora, pero los ojos de esa persona eran diferentes. Pasó saliva intentando tranquilizarse, y menos de un minuto le bastó para reírse de sí misma. ¿En qué estaba pensando? ¿Qué estuvo a punto de creer? A ella —ni a nadie— le constaba nada de lo que estaba escrito en la biblia. El infierno bien podría ser una hoguera caliente, un páramo congelado, un vasto desierto o el más hermoso y verde jardín. Podía ser cualquier cosa porque, al no existir, cualquiera podría moldearlo a su conveniencia. Eso era: no existía. Ese joven sólo intentaba tomarle el pelo.
—No quiera pasarse de listo —Amira se obligó a encarar a Eliel mientras la oscuridad se hacía más prominente a su alrededor—. Eso lo convertiría a usted en un demonio, ¿no? —sonrió, despectiva. 
—Eso es lo que soy, Amira. —La voz ronca de Eliel calaba en las profundidades de la mente de Amira con más fuerza de lo que quería aceptar—. Soy un demonio. Una existencia sucia y en constante pecado. Un ser sin alma condenado a la reclusión infernal —teatralizó con notable diversión—.  El corruptor de lo puro, el amante de lo impuro y de las banalidades carnales. El que incita al pecado y vive de él...  Soy un demonio Amira. Un demonio.
—Claro —respondió Amira, fingiendo indiferencia, pero la verdad era que estaba nerviosa. Retrocedió hasta toparse con la piedra dura y fría que marcaba el final de su camino—. Esto no es gracioso. A la próxima escoja alguien con mejor sentido del humor.
—Si es sólo una broma, ¿por qué huyes de mí? —recalcó Eliel y adornó sus palabras con una sonrisa ladeada llena de satisfacción—. Si fuera un humano común y corriente, así como tú dices, no me temerías.
—Los humanos somos los peores —contestó desafiante, furiosa con ese rostro que Eliel le mostraba—. Usted es la clara muestra de ello. ¡Está demente! Espera convencerme con sus palabras pero no soy tan estúpida como para creer en ellas.
—Sin embargo, estoy seguro que si esa pared fría y sólida no estuviese en tu camino, hace mucho habrías huido. Huido de mí. Porque lo sientes. Lo que temes no es que yo sea un demonio o un humano demente, el verdadero temor lo genera lo que te hago sentir: esa fuerza que sin entenderlo te atrae y te ata a mí, la percibiste incluso cuando mi forma física era otra. —Eliel se acercó; Amira vio en ese momento que los ojos de Eliel eran plateadas, incluso más plateadas que la misma luna, recobrando su tonalidad al ser bañadas por los escasos rayos de luz que volvían a hacer acto de presencia cortando esa silenciosa oscuridad que los envolvía—. Amira, cree en mí, es mis palabras, cree cuando te digo que no he venido aquí para hacerte daño.
—Si es usted un demonio, ¿entonces por qué debería creerle? ¿No debería temerle y buscar consuelo y protección en la gracia eterna del Creador encomendándome a sus ángeles y a sus santos? —se burló—. ¿No debería condenar su existencia y huir, maldecirlo y al mismo tiempo rogar para que el Todopoderoso expíe sus pecados?
—Eres hermosa —dijo el supuesto demonio dándole un giro a la conversación. Amira sintió un pequeño calambre en su pecho pero se obligó a ignorarlo. «Demasiado te has creído las cosas que tu madre te dice sobre los hombres», se dijo en silencio. Entonces, Eliel continuó—: Sentí esta extraña atracción desde la primera vez que te vi, y no podía dejarlo pasar.    
—Sus halagos no lo llevaran a ningún lado, no conmigo —replicó—. Si insiste, gritaré. 
—Creo que malinterpretas mis intenciones. —Llevó su mano derecha hasta su pecho—. Compañía es lo único que deseo, y la deseo de ti.
—¿Por qué? ¿Qué me hace a mí tan especial? El mundo está lleno de mujeres, no hay nada en mí que resalte, no soy especialmente inteligente ni hermosa. No hay razón para…
—Eres tú —interrumpió Eliel—. No necesito saber más.
—¡Está loco! Nada de lo que dice tiene sentido.
—Estoy cautivado. Es una atracción de lo más simple. No busques horror donde no lo hay.
—¡Pero si habla como un loco! —insistió.
—De cierta manera, sí —asintió—, pero hay una razón para ello. Créeme. Si pudiera prestarte mis ojos para que vieras lo que yo veo, no necesitarías tantas explicaciones, no me temerías, todo lo contrario, te entregarías consciente del poder que el uno ejerce sobre el otro. Por el momento, sin embargo, no tengo alternativa; supongo que el tiempo se encargará de darme la razón, como siempre. De igual manera supongo que también el tiempo será quien te despierte. Por ahora fíate de mi palabra, confía que mí cuando te pido que no temas, ni en mis sueños más locos intentaría devorar un alma tan especial como la tuya, soy indigno. Lo único que pido por el uso de mis favores es tu compañía y un inagotable deseo por conversar.... Por eso utilízame, haz conmigo lo que te plazca que desde ahora soy tu humilde sirviente. Me pongo enteramente a tu disposición —finalizó con una reverencia.
—Maldito pervertido… En serio está loco —susurró, furiosa.
—¡Oh! Loco, muy loco. Y todo debido a ti...
Amira se hizo paso empujando a Eliel. El autoproclamado demonio ni siquiera intentó detenerla, dejó que se marchara porque la semilla ya había sido plantada. Intuyó que su repentina confesión no dejaría Amira en paz, y aunque ella podría haber huido en esa ocasión estaba seguro de que su próximo encuentro sería diferente.

El día hacía mucho se había despedido pero Amira no tenía noción del tiempo, bien podrían ser las siete de la noche o la una de la madrugada y no lo sabría, no cuando corría desconcertada presa del pánico y la incertidumbre. Su garganta estaba seca y áspera, y aunque se le dificultaba respirar no estaba dispuesta a detenerse. Amira sabía que si se detenía sus piernas la traicionarían y se desplomaría. Seguiría corriendo para llegar a su casa y refugiarse ahí. Tenía miedo, jamás se había sentido tan temerosa en toda su vida. Pero no sería bueno que su madre la viera en ese estado, se recordó, haría muchas preguntas y ni ella sabía qué tipo de fuerza misteriosa ejercía esa mujer que nunca la dejaba mentir, incluso cuando planeaba una excusa con antelación; su madre la encaraba y la agarraba a quemarropa interrogándola insistentemente hasta que el nerviosismo y el pánico hacían el trabajo sucio.
No podía decirle que se había encontrado con un demonio, no necesitaba darle más razones a su madre para creerla impura y sucia, poco digna de las enseñanzas del Señor. Incluso sabiendo que era broma, y relatándoselo a su madre de esta misma manera, tan supersticiosa como era tomaría cualquier pequeño indicio como una señal, y la encerraría y la pondría a rezar cada vez más y más hasta creerla pura otra vez. Fue sólo la  broma de mal gusto de alguien la vio subir al campanario y decidió burlarse de ella, pero su madre no lo vería así.
«Una broma», reiteró. Se detuvo y esta vez lo dijo en voz alta: «una broma». Se apoyó sobre sus rodillas para intentar recobrar el aliento. «Una broma», murmuró otra vez, y otra, y así una cuarta y quinta, y lo siguió haciendo hasta que dejó de ser un simple murmullo y se convirtió en sonoras carcajadas que acapararon la atención de las personas que pasaban a su lado. No se podría decir que estaba histérica, ni descontrolada, mucho menos loca. Amira reía abiertamente, se burlaba de sí misma: pensar que por unos minutos había estado a punto de creer semejante estupidez. Cayó de rodillas sobre el duro y áspero cemento, se dañó sus rodillas pero como seguía carcajeándose no lo notó.
En cuanto a la hora, la supo por fin cuando su madre comenzó a azotar su espalda desnuda. El eco de sus lamentos resonaba por toda la desolada habitación. Hacía mucho tiempo que no estaba ahí, ¡detestaba esa habitación! Ni siquiera se atrevía a entrar a limpiarla, sólo pasaba enfrente de esa puerta de madera tallada con un par de querubines que parecían estar incitándola a entrar, pero Amira nunca lo hacía. En la casa había muchas más habitaciones de las que eran necesarias, así que muchas de ellas terminaron sirviendo como bodegas excepto esa, esa era especial. No había ahí más que un foco amarillento y un altar con la figura de Cristo santificado resguardado por un par de velas. Ese era el santuario de su madre, donde rezaba y rezaba sin cesar a lo largo del día y donde Amira recibía sus castigos desde pequeña.
Su madre tenía una manera muy peculiar de castigarla. Los primero golpes eran ligeros y leves, apenas calaban; los que seguían a esos iban con un poco más de fuerza, infligían más daño; ya en los últimos iba impresa toda la fuerza y la furia de esa mujer.
La piel de Amira al fin se rasgó al recibir el último de los quince azotes, fue tanta la fuerza con que la había golpeado su madre que incluso cayó al suelo incapaz de soportar su propio peso.
—¡Que sea la última vez que llegas tarde! —espetó la madre furiosa y colérica, su rostro estaba enrojecido y su respiración agitada, su condición física no era la misma de antes y azotar a su hija requería fuerza, fuerza que ella con el paso de los años estaba perdiendo.
La mujer se acercó a la puerta y antes de abrirla su marido lo hacía para entrar con la intención de tratar las heridas de su hija.
—¡La consientes demasiado! ¡Terminarás estropeándola! —gritó la mujer, y sin más que decir, se retiró.
Amira yacía en el suelo, boca abajo y sollozante. Su espalda ardía considerablemente a tal grado que era insoportable. Las marcas de los azotes se veían aquí y allá a lo largo y ancho de toda su espalda, pero el que llamaba más la atención era el que se encontraba en el centro, ese certero golpe que había cortado la carne y que ahora se veía inflamado y rojo por la sangre derramada. Si le hubiera dicho que un chico bromista le había hecho perder el tiempo, todavía sentiría azotes en su espalda.

—Lo siento tanto, hija —se disculpó su padre. Se puso de rodillas a su lado, y la ayudó a reincorporarse.
—No es tú culpa, papá —dijo Amira para consolarlo porque se sentía avergonzado por dejar que la maltrataran de esa forma. Con algo de esfuerzo se sentó, y con ambas manos cubrió sus senos desnudos—. No debí haber venido tarde.
—¿Tarde? ¡No eran ni las nueve! —exclamó sintiéndose impotente. En ocasiones como esa odiaba no tener la fuerza suficiente para enfrentarse a su mujer. Nunca la había tenido. Pero es que ella había atravesado tantas cosas, y él simplemente había olvidado cómo tratarla.
Las heridas de Amira fueron atendidas superficialmente por su padre. El hombre mostró mucha paciencia y delicadeza a la hora de hacerlo y por eso estuvo muy agradecida. Ahora lo único que le quedaba era encontrar una postura adecuada para dormir. Quería dejar de pensar en todo lo que le había pasado.
Entró al baño a terminar de asearse. Siempre tomaba una ducha antes de acostarse pero esa noche no lo hizo. Caminó vacilante hasta su armario para sacar su pijama. Cambió su ropa interior y se puso el pantalón de algodón. Cogió un cepillo y una cinta, y se sentó en el borde de su cama. Llevaba el cabello a un lado, pero algunas hebras habían encontrado el camino de vuelta hasta la espalda. Cuando Amira los hizo hacia el frente para peinarlas gimió de dolor al sentir como su piel parecía desgarrarse aún más debido a esas cuantas hebras de cabello que se le habían adherido a la herida. Su padre no la cubrió porque pensó que por el momento lo mejor era que recibiera aire. Dejó que el dolor pasara y prosiguió. Al fin pudo cepillar su cabello y lo trenzó a un lado para evitar contratiempos.
—¿Todo bien? —preguntó su padre del otro lado la puerta.
—Sí, papá, gracias.
—Mañana no te preocupes por levantarte temprano, me haré cargo de todo.
—No, papá, puedo hacerlo.
—Hazme caso aunque sea sólo esta vez, Amira. Por favor, no hagas que tu viejo se sienta más inútil de lo que ya es.
—Gracias, papá. Buenas noches.
Amira se levantó de su cama para colocar las cosas en su lugar, abrir la ventana y apagar la luz. Se acostó boca abajo sobre su cama haciendo su cabello trenzado hacia un lado para que no le molestara. A pesar de las atenciones, la espalda aún le dolía y le ardía, parecía que el dolor palpitaba inconsistentemente y cuando creía que se le había pasado, volvía. Lágrimas comenzaron a aflorar de sus almendrados ojos, lágrimas que terminaron cayendo sobre la almohada en donde se hundieron y desaparecieron hasta que se quedó dormida.
Esa noche Amira soñó...
Su apariencia era la misma. Su cabello caía a un lado cubriendo su seno derecho, sus pies estaban descalzos y lo único que la cubría era esa prenda de algodón, la misma con la que se había acostado a dormir. El dolor de su espalda se había calmado. Se sentía aliviada y relajada, como en una nube. A sus pies, el suelo estaba húmedo y suave al mismo tiempo, y aun así no le resultó desagradable. La brisa rozaba de manera pausada su rostro y su torso desnudo, y el aire olía a lirios. El cielo totalmente despejado mostraba una tonalidad entre rosa y naranja que se expandía a lo lejos de manera que no podía distinguir qué había más allá.
Divisó un enorme árbol a lo lejos. Sobre una vieja y podrida rama de un viejo sauce, una flor blanca se mostraba solitaria y valiente. Amira se acercó con la intención de tomarla, pero entre más se acercaba el sauce más lejos parecía estar. Se detuvo decepcionada y molesta. Desistió de su tarea y se alejó del árbol. Un crascitar seco y áspero hizo que se detuviera. Luego escuchó un aleteo insistente, y después de éste,  un ruidoso estruendo que lo iluminó todo cegándola momentáneamente. Amira, después de recobrar la vista, posó su mirada en el viejo sauce, en la rama que sostenía la flor. Descubrió entonces que no estaba sola. A su lado, enorme e imponente, un cuervo mostraba sus negras alas extendidas de par en par.
En lugar de asustarse, Amira caminó en dirección al árbol el cual ya no parecía alejarse con su cercanía. Cuando llegó a la base, vio como el tronco hueco y podrido era devorado por termitas, las cuales, insaciables, parecían una jauría hambrienta e incontrolable. El cuervo crascitó nuevamente acaparando la atención de Amira. Ella alzó su rostro y lo vio, aun estático, aun imponente.
Amira colocó sus manos sobre el tronco seco con la intención de trepar, las termitas comenzaron a invadir su cuerpo y ella pareció no espantarse por ello. Lo único que le importaba era llegar al lado del cuervo sintiendo que algo estaba a punto de revelar.
El cuervo graznó y alzó vuelo en el preciso momento en que Amira estaba por alcanzarlo. La chica tomó entonces la flor blanca, que, viéndola de cerca, no era extensión de la rama del sauce, esa flor estaba ahí no porque era parte del árbol, estaba ahí porque alguien así lo quería. Entre sus manos, la blancura de la flor fue sustituida por un sutil y atrayento plateado.
—Baja, Amira. —Una voz ronca y familiar le habló desde abajo—. Ven a mi lado.
—No puedo bajar —contestó Amira—. Ven tú.
—¿Estás segura de que eso es lo que quieres? —preguntó la voz con mucha ternura—. Si es así entonces pídelo, pídelo con pasión y deseo, haz que sea tu corazón el que hable y no tu boca.
—¡Ven! —dijo Amira extendiendo sus brazos de la misma manera que el cuervo había extendido sus alas—. ¡Ven a mí! ¡Te deseo a mi lado!
Al escenario cambió. Ya no había viejas y podridas ramas de sauce, ni cielos rosas o suelos húmedos, ahora todo estaba oscuro. Amira yacía acostada de espalda, todo a su alrededor se sentía cálido, la brisa ondeaba fresca y agradable y, en lo alto, en esa enorme y negra mancha llamada cielo, una hermosa y plateada luna llena lo iluminaba todo con su eterno esplendor.
—¿Serás mía? —le susurraron. La voz parecía venir de todas partes—. ¿Te entregarás a mí en cuerpo y alma?
—Dijiste que nunca serías capaz de devorar un alma como la mía —contestó Amira.
—Y no mentía. La clase de entrega que pido es diferente.
—¿De qué clase es?
—De una clase que ni tú ni yo hemos sentido. —Amira aferró sus manos en la tela de su pantalón. Sentía suspiros en todo su cuerpo, como si alguien respirara encima de ella—. Aprenderemos juntos, tú me enseñaras a mí y yo a ti y será diferente a todo lo que conocemos. Te entregarás a mí sin temor y yo haré lo mismo. Tomaré tus deseos como míos, tus deseos se convertirán en mi razón de ser.
—¿Y tus deseos en que se convertirán?
—En ti. Mi único deseo es estar a tu lado.
—Eres un demo...
—¡Shh! Sólo soy un ser más. Uno que cree haber encontrado en ti lo que estaba buscando.
— ¿Y si no es así? ¿Si no consigues de mi lo que deseas?
—¡Shh! —la silenció nuevamente—. Eso no sucederá. Eres lo que deseo; me he pasado toda la eternidad buscándote y al fin te encuentro.
—¿Hablas de amor?
—Sí.
—¿Por qué?
—¿Se necesita una razón para amar a alguien?
—No, no me refiero a eso. Un ser como tú... ¿no se supone que no...?
—Mi amor Amira, es amor; egoísta y celoso pero al fin y al cabo amor, me sorprende que tú lo dudes.
—¿Lo ve?, de mí no obtendrás lo que deseas... lo siento.
—¡No es así! Te encontré al fin, Amira —reiteró con tono melancólico.
—No fue mi intención... —Y Amira, así como yacía, extendió sus brazos con la intención de acogerlo en su seno—. Desconozco tanto. —Gotitas tibias comenzaron a bañar su pecho y sus senos, y esa tibieza comenzó a expandirse en su cuerpo convirtiéndose en algo que Amira jamás había sentido. Fue hasta ese entonces que la voz decidió materializarse.
—No tienes que pedirme perdón —susurró Eliel. Su largo cabello caía como negra cascada a sus costados exponiendo de manera recatada toda su desnudez—. Mi hermosa Amira, me basta con que me dejes estar a tu lado.
—No lo entiendo. —Amira vaciló al ser demasiado consciente del peso sobre su cuerpo y aun así, con una firmeza hasta entonces desconocida para ella, aceptó—. Pero si es eso es lo que quieres...
—Pídelo, de otra manera no funcionará, eres tú quien debe llamarme, jamás lo contrario.
—Eliel...
—Ese no es mi nombre —susurró Eliel tan cerca de los labios de Amira que ella por poco no logra suprimir el deseo de tocarlos con los suyos
—¿Entonces cuál es?
—Es... —Un estruendo inundó el escenario. Amira escuchó el nombre y al pronunciarlo el contrato quedó sellado.
Sus ojos se encontraron de una manera intensa y anhelante... Él tenía razón, pensó Amira, estaba por experimentar algo que jamás había sentido. El joven se inclinó su rostro sobre el de Amira, que en ese momento se mostraba temeroso y decidido. Como una ligera y agradable brisa de verano, deseó sentir el cálido aliento de la joven y reclamarlo como suyo. Esos labios que a través de los años habían besado a tantas personas se entregaban con renovado interés. Y así, como en un sueño, dado que estaban en uno, ambos compartieron un beso cálido y tierno, apasionado en cuanto la intensidad del sentimiento más no así del acto.
—Te espero en el campanario...
De esa manera Amira despertaba. Colocó ambas manos en el suave colchón y con firmeza se apoyó en ellas para ayudarse salir de la cama. Por inercia llevó sus dedos hasta sus labios. Se había sentido demasiado real para ser un sueño. Pero al fin y al cabo, eso era lo que había sido. No debía pensar demasiado en lo que había sentido.
Volvió a experimentar el malestar en su espalda, era menor que el de la noche anterior pero seguía ahí como claro recordatorio de la demencia espiritual de su madre. ¿Qué pensaría ella si le dijera que había firmado un contrato con un demonio? La enviaría a un convento en Siberia sin duda, o de paso a un sanatorio temiéndola loca. Pero nada de eso había sucedido en realidad, no podía haber sucedido, demasiado irreal y fantástico. Por eso le dolía. Lo mejor era que dejara de pensar en ese asunto. Si quería un cambio en su vida tenía que mantenerse atada a la realidad.
Fue en ese momento que se percató de algo, no sólo era la brisa matutina que se colaba desde su ventana, había un ligero aroma en el aire, olía dulce y cítrico al mismo tiempo, olía como la flor blanca que el cuervo le había regalado. Entonces las vio a su alrededor, cubriendo casi por completo su cama. ¿Cómo era posible que no las hubiera visto antes? Y qué demonios importaba ahora si ahí estaban, blancas, puras y hermosas... Las diminutas flores yacían en perfecto estado a su alrededor excepto por algunas pocas que habían caído al suelo.
Un aleteo combinado con un graznido la obligó a dirigir su mirada a la ventana, lo único que pudo notar, sin embargo, fue una sombra negra que se alejaba. Quería seguir dudando, pero sobre todo quería creer: él la había visitado en sus sueños y en sus sueños la había convencido de que aceptara su trato. ¿Tal cosa tendría valor aun cuando no se llevó a cabo en el mundo real? Obviamente no lo sabía.
«Ni me interesa saberlo», murmuró levantándose de la cama; arrastró la sábana con ella dejando caer sobre el suelo esos pedacitos de cielo en forma de flores. Era una extraña forma de llamarlos, pero no por eso estaba errada. Aunque fuera un engaño, por el momento eran una pequeña prueba del paraíso. «Cualquier lugar fuera de esta casa es el paraíso», se dijo.  Semicubrió su torso desnudo con la sabana que arrastraba. Se asomó a través de la ventana, no vio nada. Recordó que en su sueño había escuchado el verdadero nombre de Eliel y trató de recordarlo, pero no pudo; sería Eliel hasta que él decidiera decirle su nombre nuevamente.

Comentarios

  1. Este capítulo lo he leído unas 4 veces, y sigue sorprendiendome... :)
    te quiero!!! Y sabes, Dios, sí, es amor... pero, él es celoso, vengativo y blabalbalabla, los 7 pecados, reflejan fielmente lo que Dios es en verdad.
    xD eso me dijo un amiga, después de todo, es ella la que va a la iglesia, no yo. :)

    Besos, seguiré leyendo... o re-leyendo. xD

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  2. Jajajajaja *-* Qué bueno que te gustó este capítulo. Y espero que me sigas leyendo.
    Es la primera vez que lees una historia larga hetero de mi autoría XD
    Así que gracias por leer. :D

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