Las flores del infierno 01: La visita del cuervo.

El agua fluía por encima de los tejados, por las cunetas en la calle, se escurría libertina entre las hojas de los árboles y, en general, por cualquier cosa que se atravesara en su camino. No era temporada de lluvia, cualquiera residente podría afirmarlo, más en una ciudad donde sólo se distinguen dos estaciones; y si aún no era invierno sólo podía significar una cosa: una aislada llovizna de verano. Aunque de llovizna no parecía tener nada.

Amira caminaba recibiendo abiertamente cada gota de lluvia. Estaba molesta. No porque no le gustara mojarse, de ser así hubiera esperado en el supermercado hasta que amainara; lo que le molestaba era cómo siempre terminaba haciendo todo lo que su madre pedía sin siquiera mostrar más leve oposición. Ese día tenía mucha tarea por terminar. Generalmente era de las personas que hacía sus deberes antes que cualquier otra cosa, pero había saltado esa norma por primera vez y ahora tenía mucho trabajo acumulado: tarea de gramática, de matemáticas, de química, de física, aún no cumplía con la lectura establecida para ese mes y, para colmo de males, su madre la obligaría a leer la biblia durante una hora entera, vigilándola para que no hiciera trampa. Como si ya no tuviera suficiente.
Un repentino estruendo hizo que se detuviera en seco dejando todas sus quejas de lado; podía no odiar la lluvia pero sí que detestaba los truenos. Para colmo de males, aún faltaban un par de cuadras para llegar a su casa. Esperó que no fuera una tormenta eléctrica así que retomó su paso, optimista. Un nuevo y más poderoso estruendo hizo que volviera a detenerse. Miró a su alrededor pero la lluvia le impidió tener una visión lo suficientemente clara. Necesitaba refugiarse, rápido. No pensaba que le caería un rayo que terminaría con sus escasos diecisiete años de vida ni nada parecido, simplemente odiaba como su cuerpo se paralizaba cada vez que escuchaba el explosivo sonido de los truenos y, claro, la sensación de inseguridad al encontrarse al aire libre en plena tormenta eléctrica tampoco le favorecía. Sujetó las bolsas que cargaba con más fuerza. No había nada a la vista que le sirviera de refugio, además, ya estaba empapada, así que lo que decidió fue acelerar su paso para llegar cuanto antes a casa.
Amira era la única hija de un matrimonio que profesaba abiertamente la fe católica. Asistían todos los domingos a las misas matutinas, daban las gracias antes de tomar cada comida del día y rezaban a su Dios antes de dormirse y al despertar. Amira odiaba eso. Odiaba tener que pedir perdón, agradecer y alabar a un desconocido, a alguien a quien jamás había visto, por cosas que estaba segura no había recibido de él y por pecados que definitivamente todavía no había cometido, y ni había pensado siquiera cometer. ¿Qué sentido tenía? Creía que la fe era un tipo de consuelo. «El consuelo de los tontos». Se guardaba sus comentarios, eso sí, para que no lo creyeran más loca, para que no la castigaran más. El instituto al que asistía también era católico y ahí tenía que hacer lo mismo: rezaba todas las mañanas antes de comenzar la jornada escolar, rezaba antes de comer, rezaba cuando era la hora de salida. Rezaba y rezaba sin cesar a lo largo del día y el lidiar con eso una y otra vez le generaba cierta repulsión. No creía. No creería. No lo haría porque no quería hacerlo. Porque no lo sentía.
Un nuevo trueno, el más poderoso que se había escuchado hasta el momento, la volvió a dejar paralizada, pero esta vez en medio de la calle. Tenía que moverse, eso era algo que sabía de sobra, pero no podía. Las personas la veían, indiferentes. Sí, veía el rostro de las persona, escuchaba las bocinas de los autos, insistentes, ruidosas, pero nadie se le acercaba a preguntarle qué era lo que le sucedía, nadie se acercaba a ayudarle o a sacarla de en medio de la calle aunque fuera a punta de patadas.
Otro estruendo y otro después de éste hicieron que prácticamente se petrificara del pánico. Quería gritar para pedir ayuda pero incluso su voz se negaba a reaccionar.
«¡Ayúdenme, maldición!», maldijo en su interior. Su cerebro funcionaba pero no lo suficiente para controlar el resto de su cuerpo.
Un conductor impaciente bajó de su auto y caminó hasta donde Amira se encontraba tan quieta como muerta. Le habló con un tono de voz poco cortés, la zarandeó tomándola de los hombros para hacerla reaccionar. Cansado de su infructífero esfuerzo, comenzó a gritarle:
—¡Niña estúpida! —Tomó el húmedo, largo y lacio cabello de Amira, lo jaló con fuerza no sólo con la intención de lastimarla sino también para darle realce a sus palabras y de paso quedar como un completo idiota enfrente de todas las personas que desde lejos observaban lo que sucedía sin atreverse a intervenir—. ¡Muévete!
—No... No... —Aún no se recuperaba de la impresión y aunque se estaba esforzando al máximo no era capaz de articular palabra.
—¡Muévete! —volvió a zarandearla sin soltarle el cabello—. ¡Que te muevas! —El impaciente hombre acumuló toda su energía y fuerza en su brazo derecho y la liberó al propinarle a Amira un doloroso y certero puñetazo en el rostro.
Amira cayó de bruces sobre el húmedo y rígido asfalto y, con ella, las bolsas que cargaba. Todos los víveres se regaron y esparcieron a lo ancho de la carretera; la mayoría se estropearon. Su madre seguro la castigaría, sólo eso fue capaz de pensar en ese momento.
Amira observó los alrededores algo desconcertada y un poco mareada. Su pómulo derecho dolía un infierno y no tenía que ser adivina para saber que un enorme moretón adornaría su rostro sin importar que tratara el golpe enseguida o no. En la escuela preguntarían y eso la metería en problemas. Los chicos comenzarían algún chisme barato que se difundiría mucho más rápido de lo que se quema la pólvora y por eso también la regañarían en casa. Pero ya pensaría en eso luego, ahora lo que tenía que hacer era ponerse de pie e irse de ahí. El golpe, aunque doloroso, le había ayudado a recuperar la compostura. Vio a su agresor y con todos los deseos que sentía por maldecirlo y caerle a golpes, lo único que hizo fue disculparse. Una disculpa inútil e inmerecida.
Con ayuda de nadie levantó las pocas cosas que aún no se habían estropeado. Las colocó pacientemente sobre la acera y regresó —aprovechando la luz roja del semáforo— a recoger las que estaban inservibles. No las llevaría a su casa pero por lo menos dispondría de ellas de la manera adecuada: depositándolas en el basurero. Cuando terminó y regresó por las cosas que había dejado en la acera, se sorprendió un poco por lo que vio.
Era alto y delgado, de aspecto sombrío y, por lo demás, intimidante. El misterioso personaje veía a Amira con algo que fácilmente podría ser definido como interés. No le había despegado la vista desde que ella se había quedado paralizada en medio de la calle. Esbozó una sonrisa, cáustica, ladeada, serena e indiferente, era casi molesta y a cualquiera le parecería irritante. A Amira no le pareció así. Le causó curiosidad más bien, o tal vez temor, no supo descifrarlo en ese momento.
La extraña figura se le había adelantado, tenía los víveres en sus manos y se los entregó.
—¿Puedes con ellos? —preguntó el extraño. Amira pensó que nuevamente se quedaría paralizada, la voz del personaje era ronca y estruendosa incluso aunque había hablado en voz baja.
—Creo que sí —contestó Amira, tímida. Extendió sus manos y recibió lo que el extraño le entregaba—. Gracias.
—Ten más cuidado, y la próxima vez que haya una tormenta eléctrica, mejor quédate en casa —aconsejó el joven—. Nos vemos.
Fue entonces cuando Amira notó algo bastante peculiar: el cabello de esa persona estaba seco, su ropa igual e incluso sus zapatos. Aún llovía, la brisa era bastante más ligera pero aún llovía. El extraño no cargaba un paraguas consigo, por lo menos jamás vio uno, ¿cómo explicaba algo como eso? En la distancia aún podía percibir la silueta del desconocido. Su cabello extremadamente largo y negro se movía con soltura, no parecía que al agua siquiera lo tocara. Era tan extraño. De pronto, Amira comenzó a sentirse soñolienta sin razón. Agitó la cabeza como intentando sacudirse el sueño repentino. Decidió dejar las cosas así, nada ganaba por interesarse en pequeñeces como esas. No se había recuperado del susto y estaba desconcertada. Sólo era eso. El golpe la había afectado más de lo que había creído.
Regresó a casa en donde la recibió un sermón de más de media hora. Su madre ni siquiera se preocupó por tratarle el golpe, la mandó sin cenar a su habitación pidiéndole que reflexionara sobre su comportamiento. Amira no se sorprendió. Su madre era de esas personas que creían que si algo malo le sucedía a alguien era porque había atraído esa maldad con sus pensamientos.
***
Temprano en la mañana ya estaba en el colegio. El instituto quedaba algo apartado de su casa, por eso que siempre tenía que madrugar. Se levantaba incluso más temprano porque había que hacer la limpieza diaria de la casa y preparar el desayuno. Su madre era estricta y no podía verla inactiva, tenía que mantenerla todo el tiempo haciendo algo, cualquier cosa, sino se impacientaba. La holgazanería era un pecado que su hija no cometería. Además, mientras más ocupada estuviera, menos pensamientos indebidos tendría.
Amira descendió del vehículo junto con otros estudiantes. En la entrada se encontró con una de sus amigas. Decir amigas era un tanto generoso, eran compañeras de clases, por mucho. Si hablaban fuera del instituto siempre era por alguna tarea, los mismo si se reunían, y ya que para asuntos personales nunca lo hacían, su relación en realidad no significaba nada.
—¿Hiciste la tarea? —preguntó Ángela—. Yo no logré terminarla. ¡Oh! ¿Qué te pasó en el rostro?
—Sólo hice la de matemáticas —contestó Amira—. Las otras ni las toqué. Y lo del rostro, sólo me caí.
—Qué mal —suspiró Ángela—, y yo que tenía planeado pedírtelas prestadas... ¡Qué feo moretón!
—No es nada. Sólo espero no llamar demasiado la atención como para...
—No creo, eres buena alumna, tal vez por esta vez lo dejen pasar.
Pero no fue así, aunque era la primera vez que no cumplía con sus asignaciones. Probablemente se debió a mejilla amoratada y a los rumores que desde temprano comenzaron a circular. «Es más prudente intervenir cuando sabemos que todavía puedes regresar al buen camino», le dijeron, como si lo suyo hubiera sido un crimen espantoso. Como castigo se tuvo que quedar después de clases limpiando —sola— la capilla del colegio.
El lugar producía un eco perturbador. Las estatuas y pinturas de los ángeles y los santos cobraban vida entre cada pestañeo, parecía que la seguían con la vista, que la acosaban, y eso la inquietaba todavía más. En el altar, la figura de Jesucristo crucificado, estático y rígido, siempre acaparaba su atención. Era, después de todo, el hijo de Dios, nacido del vientre de una madre virgen y traído a este mundo para reivindicar a la humanidad.
«Qué padre más despiadado», pensó. Las campanas comenzaron a sonar. Amira jamás se había quedado hasta esa hora en el colegio, así que el repentino repiqueteo la tomó desprevenida, aunque no lo suficiente para conseguir asustarla. Dejó sobre el altar el sacudidor, se limpió sus polvorientas manos en la falda y se dirigió al campanario. Escalón tras escalón sólo podía pensar en lo que la estaría esperando en casa. El simple pensamiento la agobiaba, por más que lo intentara, jamás conseguía acoplarse con la cruda disciplina de su madre. No lo entendía ni con la mente ni con el dolor de los castigos físicos. A veces sólo quería huír, pero ¿para qué? Estaba convencida de que todo allá afuera era aún peor, y también estaba su padre, no podía romperle el corazón.
 Cuando llegó ya todo estaba apacible y silencioso y ella un poco cansada no sólo por la limpieza, sino por el esfuerzo que le supuso subir hasta allí; pero valió la pena, se dijo: la vista era hermosa y el tiempo perfecto para apreciarla. Pudo distinguir en el horizonte parte de la ciudad y entre los edificios —que ninguno tenía más de diez pisos— notó un espacio que seguramente era el parque. No se molestó en ver las instalaciones del colegio, ya era suficiente que pasara más de ocho horas metida ahí, igual ni le parecían bonitas. Lo que vio fue el horizonte y más allá, lo que no se veía, pero que igual quería ver.
Un aleteo logró distraerla, ¿o fueron varios? Lo primero que vio fueron un par de alas negras, grandes, hermosas, brillantes, atractivas... Caminó lentamente con el temor de que pudiera espantar al ave, pero no fue así. Ahí, del otro lado del campanario, posaba, elegante y misterioso, un enorme cuervo. Su plumaje brillaba exquisitamente, sus ojos lo hacían de manera casi similar teñidos también del mismo negro azabache que las plumas. En el pico sostenía algo. Amira se acercó más y con mucha cautela.
El ave no se perturbó ni mostró señal alguna de intentar montar vuelo. Dejó que Amira se le acercara. En el pico sostenía una pequeña flor blanca, muy blanca. Amira no logró reconocerla, no había visto ese tipo de flores en ningún lugar en la ciudad. Tampoco estaba muy interesada en ellas para empezar. Y peor aún, no se le daba mucho eso de salir, así que ¡qué podría saber ella!
El cuervo esperó paciente a que Amira redujera la distancia entre ellos por completo. Permitió que la chica acariciara su terso plumaje, que tocara su cabeza y sus patas. El cuervo alzó vuelo y Amira se sintió decepcionada, pero el ave sólo lo hizo para poder ubicarse sobre su hombro. Ella se maravilló por el comportamiento del cuervo y comenzó a acariciar su pico nuevamente. Por un momento recordó el dicho, fue entonces cuando el cuervo dejó caer la pequeña flor en la palma de su mano.
—Gracias —sonrió, maravillada por la actitud tan apacible del animal.
El cuervo pronto alzó el vuelo y esta vez de manera definitiva. Y pensar que le había agradecido a un ave. La familiaridad con la que lo había hecho le resultó peculiar, eso sí, y se rio de sí misma. Había creído que los cuervos eran animales más esquivos vaya sorpresa se había llevado. Guardó la flor con mucho cuidado, no quería que en el camino de regreso a casa se estropeara. Ya vería que haría con ella para conservarla, después de todo, había sido un obsequio. No estaba acostumbrada a recibirlos, y menos de manera tan curiosa.

De camino a casa se encontró con su padre. El hombre ya era algo mayor, y estaba a punto de jubilarse, sólo esperaría que Amira saliera del colegio y la dejaría hacer lo que quisiera con su vida. Sabía que su hija se había perdido muchas cosas gracias a la severidad inquebrantable de su madre, y por lo menos quería apoyarla en lo que fuera cuando cumpliera la mayoría de edad.
—Hija, ¿cómo te fue en el colegio? ¿Por qué vienes a esta hora? —preguntó Rafael.
—Me castigaron —contestó serenamente. No tenía por qué preocuparse, ya que a diferencia de su madre, su padre era bastante más tranquilo y comprensivo—, por los deberes que no hice.
—Será todo el libro de Lucas esta vez —sonrió el adulto—. ¿Te dejaron más deberes?
—Tengo que hacer los que no hice y los que dejaron hoy, los castigos de mamá son los que me atrasan. Pronostico que esta noche no dormiré —suspiró más molesta que apesarada. Aunque no se estaba quejando, después de todo, el hombre poco podía hacer para defenderla, ni siquiera lo había visto intentarlo.
No fue el libro de Lucas sino Salmos, y para molestarla más tenía que aprenderse uno, pero nada de: «El Señor es mi pastor...» Su madre le había especificado claramente que tenía que ser uno con el que estuviera poco familiarizada, que luego discutirían para evitar malas interpretaciones.
Así, entre el salmo nuevo y las tareas de la escuela terminó durmiéndose pasadas las tres de la mañana. Sus días eran todos iguales y por eso estaba acostumbrada a su ritmo. Visualizó al ave en el campanario, y antes de cerrar los ojos, sonrió. Los dedos todavía olían, impregnados por el cítrico aroma del inesperado obsequio que había supuesta una única y pequeña diferencia en su monótona existencia, obsequio que, aunque pequeño, había encendido algo en su pecho.
Sin embargo, incluso con esta pequeña alegría, apenas pudo dormir media hora. No necesitó ni la brisa matutina que se colaba todas las mañanas por su ventana siempre abierta, ni mucho menos el reloj despertador; su propio cuerpo la traicionaba. Le tocaba el aseo y el desayuno. No sabía cómo lo conseguiría, tan cansada como estaba, pero tenía que hacerlo para evitarse otro castigo. De repente fue consciente del hecho de que la estaban castigando con mucha más frecuencia, pero sabiendo que poco podía hacer para evitarlo, decidió no pensar en ello; su madre estaba loca y no era alguien con quien se pudiera razonar. De mala manera lo había aprendido.
La casa era enorme y vieja, más antigua tal vez que el propio instituto y ese sí que ya llevaba muchos años ahí. El techo crujía, las paredes estaban algo rajadas, con la pintura resquebrajándose, el piso desnivelado, las ventanas y demás entradas era lo único que parecía en buen estado. La casa era fría y grande, también húmeda y olía a viejo, a tiempo acumulado. Había sido herencia de los padres de su madre por eso había vivido ahí desde siempre. Que la casa fuera así de grande sólo le daba dolor de cabeza. Por sí mismo, el lugar parecía poseer la habilidad de llenarse de polvo incluso cuando no había explicación para tal cosa, y por eso se veía en la necesidad de madrugar. Mientras ella aseaba, su madre oraba. ¿Quién era la inútil en ese hogar?
Muy cansada regresó a su habitación y se metió inmediatamente al baño en donde la esperaban otro de los castigos de su madre: agua fría. Cada vez que Amira se portaba mal eso era lo que recibía: una biblia y agua fría.
Al salir del baño, con los labios temblando y su piel erizada, vio algo que llamó enseguida su atención. Sobre el marco inferior de la ventana, un ave negra yacía casi estática y la observaba directamente. Amira sonrió, caminó hacía el ave y acarició su cabeza con aire ausente, inclinada por la sumisión dispuesta del animal.
—Buenos días —saludó con una sonrisa en su rostro. Se había olvidado del cansancio, del desvelo y los castigos. Estaba encantada con el cuervo que al mismo tiempo parecía estar encantado con ella.
Por supuesto no recibió respuesta alguna. Amira caminó en dirección a la puerta e hizo algo que estaba estrictamente prohibido: le puso seguro. No iba a arriesgarse a ser interrumpida.
Regresó y se paró justo enfrente del ave.
—Supongo que te tienes algo conmigo —sonrió otra vez. Se acercó; el ave seguía silenciosa, apenas se movía—. Espero verte más seguido de ahora en adelante—comentó ahora, todavía más fascinada con la situación. El cuervo la había encontrado dos veces, ¿qué tan extraño era eso?—. No sabía que había cuervos en esta zona —murmuró después para sí misma.
Amira le dio la espalda a la ventana, sabía que el cuervo nunca le respondería, no tenía caso seguir hablándole. Sin embargo, un repentino aleteo la obligó a que se volteara nuevamente hacía a la ventana; la prisa del momento hizo que la toalla que rodeaba su cuerpo resbalara. El cuervo, al percatarse de esto, volvió a posicionarse sobre el marco de la ventana, y se quedó ahí, quieto. Casi parecía interesado. Amira sonrió y a punto estuvo de recoger la toalla para volver a cubrir su cuerpo con ella cuando decidió no hacerlo.
—¿Crees que me estoy desarrollando bien? —giró lentamente mostrando su cuerpo desnudo por primera vez, no le importaba que ese «alguien» ni siquiera fuera capaz de razonar, al menos era un ser vivo.
El cuervo seguía estático, silencioso, inalterable. ¿Eran las aves así de silenciosas? Tampoco lo sabía. En sus ojos negros la figura de Amira se reflejaba claramente, insinuante y sensual. El cuerpo de Amira estaba muy bien desarrollado, los recatados atuendos que su madre la obligaba a vestir ocultaban esta realidad. Ella no lo sabía, o más bien, no se le había educado para eso. Incluso así, por mucho que su madre se empecinara en recalcarle que su cuerpo sólo era una herramienta más para el pecado, Amira no podía verlo así. Era sólo carne y huesos. Nada por lo que perder la cabeza.
Para cuando Amira dejó de girar el ave ya había desaparecido. Una verdadera lástima, pensó, pero estaba segura de que no pasaría mucho tiempo antes de que se volvieran a encontrar.
***
Avisó a su madre que esa tarde llegaría poco después del anochecer. Utilizó como excusa su reciente castigo y su madre no se opuso, no iba a hacerlo cuando era una maniática de la disciplina. Amira se dirigió al colegio. Las horas pasaban, las clases y los maestros también; ella sólo esperaba impaciente la hora prometida. Sabía que llegaría, el cuervo ya la había encontrado dos veces así que una tercera era bastante posible. Disfrutaba esa esencia sobrenatural que respiraba en el aire. Era mística y hechizante, totalmente inverosímil pero fascinante. Incluso aunque todo no fuera más que un invento suyo, se aferraría a la situación mientras durara. Sólo era un pequeño soplo de aire fresco. Nadie resultaría lastimado.
Después de haber terminado las clases se encerró en la biblioteca entre montones de libros viejos, polvosos y mal olientes, con cubiertas rotas o por romperse, y, entre la sección de «Milagros reconocidos por la iglesia» y «Las cartas encíclicas», se durmió un par de horas. Despertó sin problema alguno y se dirigió al campanario. En la capilla escuchó ruidos, pensó que el padre estaba haciendo horas extras aceptando la confesión de algún estudiante descarriado, pero no se quedó para averiguarlo. Tenazmente subió la torrecilla hasta llegar al campanario. Ya arriba presenció la misma escena que el día anterior, el sentimiento era el diferente.
El sol mostraba los últimos rayos del día, pero el cuervo no aparecía. Te lo has inventado todo, ¿qué esperabas?, se dijo, sonriendo decepcionada. Esperaría unos minutos más para que la impresión de que algo diferente estaba por ocurrir perdurara, pero ya se había resignado.
—Amira —pronunció su nombre una voz ronca y penetrante, bastante familiar. No supo de qué dirección provenía y esto la desconcertó un poco. Amira creyó que dormía y que eso era un sueño—. Amira.
Se estremeció al escuchar el llamado por segunda vez. Se levantó de un solo y frenéticamente buscó con la vista al poseedor de esa voz. Pero el lugar era pequeño, si alguien estaba ahí con ella, tendría que estar viéndolo.
—Amira —la llamaron nuevamente—. Aquí estoy.
—¿Dónde?
—Aquí...
—¡Dónde! ¡Sal!
Algo bastante parecido a una sombra fue lo que se reflejó en la enorme campana. El cuervo se posicionó en lo más alto de ésta y desde ahí observó a la incrédula chica quien lo veía entre pasmada y sorprendida. La fineza y delicadeza de su rostro era traicionada por el leve sentimiento de temor.
El cuervo voló hasta llegar al hombro de Amira, quien se paralizó de miedo por un instante, pero al reconocer el peso del animal se tranquilizó y pensó que después de todo sí se había quedado dormida. Solo había sido un sueño.
—Pensé que no vendrías. —Acarició al ave. El animal era pesado y cálido. Amira reconoció una vida diferente, incluso le pareció percibir el aroma de la libertad en su plumaje—. Eres tan hermoso —susurró—. En verdad hermoso.
Notó hasta ese entonces, luego de estar embelesada con el peso del ave sobre su hombro,  que ésta  sostenía en su pico una flor parecida a la que le había dado el día anterior.
—Muchas gracias. —Colocó su mano recibir el obsequio, y luego, todavía embriagada pero nunca separada de la realidad, se dijo—: Espero encontrar una forma para impedir que se marchiten rápido, sería una pena, con lo bonitas que son y con lo delicioso que huelen.
—No lo harán...
Todo se tiñó de oscuridad lo que hizo que se sintiera desconcertada y experimentara náuseas y mareos. La lucidez de su mente estaba en la cuerda floja, el temor se hacía camino cada vez más y más, paralizándola. Respiró profundo, sintió que le faltaba el aire, llevó las manos hasta su cuello en un claro acto de desesperación, sentía que estaba a punto de morir asfixiada. Se obligó a abrir los ojos, si iba a morir por lo menos quería conocer al culpable.
Una figura se presentó enfrente de ella. Era alta, delgada, imponente pero sobre todo atemorizante. Poco a poco la luz fue volviendo. La figura que un inicio parecía borrosa fue ganando forma. Era un joven de cabello largo, muy largo, que yacía de espaldas y aparentaba estar desnudo. Se volteó y miró a Amira, sus ojos eran negros, más oscuros que la noche, más oscuros que la misma oscuridad.
—Amira. —Se acercó a ella. Se hizo su largo cabello hacia el frente para ocultar su desnudez—. Las flores no se marchitaran porque no pertenecen a este mundo.
—¿Quién eres? —preguntó con voz entrecortada llena de temor.
—Tú lo sabes.
—¿El ave, el cuervo?
—Sí.
—¿Cómo es eso posible? —Se quedó en silencio momentáneamente mientras veía al joven frente a ella—. ¿Qué eres?
—Eso no importa ahora, Amira. —La voz ronca del joven hacía un extraño contraste con su apariencia, no encajaban por completo, lo que hacía que se sintiera distante—. Puedes llamarme Eliel.
—¿Qué eres? —Volvió a preguntar. Poco a poco la lucidez regresaba, pero el temor seguía gobernando—. Dijiste que las flores no se marchitarán porque no son de este mundo, ¿eso también aplica para ti?
—Así es.
—¿De dónde vienes entonces?

—Yo vengo... —Eliel se quedó en silencio, tanteando si era apropiado que nombrara su lugar de procedencia tan pronto. No lo había planeado, pero tampoco imaginó que desarrollaría una afinidad con la chica. Al final decidió hacerlo. No se había acercado a ella sólo por un simple capricho después de todo. Entonces, sin prolongar más el asunto, respondió—: Vengo... del infierno.



Comentarios

  1. um.......bueno como nadie a comentado..........;me paresio muy interesante e intrigante en verdad, de seguro leeré le resto buen,bueno después de todo me fascina este tipo de literatura. En verdad me agrado veremos le resto.

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  2. Me costó mucho encontrar el primer capítulo, esta es la segunda o tercera vez que lo leo, y siempre que me animo a continuar hago algo m´+as xD hoy no será así n.n

    Prizel

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    1. Y recuerda que te dije (o creo que te dije) que lo había "medio-corregido" pronto lo re-subiré!:)

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  3. siglos tarde pero aqui estoy! jejejeje.
    me gustó mucho, voy a seguirlo con muchas ganas, y me tardé en leerlo porque hasta ahora tengo chance de sentarme tranquilamente ante la compu... de nuevo desempleada asi que aprovecho todo el momento que pueda.
    de verdad que esta muuuy bueno ;)

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